Hola a todas y a todos!
He terminado los exámenes, pero no me preguntéis mucho sobre ello hehehe...
Esta noche, cervezas y Heavy Metal y mañana a seguir escribiendo Lucía quiere biberón!
Os diría todo esto por Facebook pero el Señor Zuckerberg ha decido cancelarme la cuenta. Ha sido gracioso porque me ha puesto un test para ver si era una persona real y conocía a mis contactos, y después de pasarlo me ha dicho que subiese un documento personal rollo DNI o pasaporte y me he negado porque bastante privacidad nos roban ya.
En fin, mi andada en Facebook ha sido corta, y tampoco muy intensa. De hecho, ha sido una kk^^
En fin, bromas a parte. Espero que sigáis todos bien!
Os dejo que me voy de cerves!
(Mañana a escribir, lo prometo)
:)
Bienvenidos a este rinconcito de Internet dedicado al mundo Little y AB/DL. Novelas, relatos cortos, artículos y muchas más cosas te están esperando! Entra y siéntete segurx^^
- INICIO
-
Vida de Chris
- Capítulo 1: Un pañal para dormir
- Capítulo 2: Noche en casa de los primos
- Capítulo 3: Sueño interrumpido
- Capítulo 4: Solo en casa
- Capítulo 5: Cambio de pañal en el centro comercial
- Capítulo 6: Un día más
- Capítulo 7: Mojado en el supermercado
- Capítulo 8: Visita al médico
- Capítulo 9: En la buhardilla
- Capítulo 10: El comienzo
- Epílogo
- Canción de Leche y Pañales
- Lucía quiere biberón
-
Los 2 Mundos de Robin Starkley
- Cap1. Todo lo demás
- Cap2. Pañal en una conversación
- Cap3. Nappynception
- Cap4. Mojados por la lluvia y por pipí (en mi caso)
- Cap5. Nada de lo que preocuparse
- Cap6. Avioncitos, helicópteros y cohetes
- Cap7. ¿Todavía nos hacemos pipí encima?
- Cap8. Plástico sobre piel
- Cap9. Mi verdaderos problema
- Cap10. Aguanta, Robin
- Cap11. Es lo que tienen los bebés
- Cap12. Tú mismo
- Cap13. El dolor de barriga
- Cap14. Compañero de pañales
- Cap15. Chupete sonoro
- Cap16. El bebé de Schrödinger
- Cap17. Cosas que pasan
- Cap18. Restos de pipí seco
- Cap19. ¿Pero vosotros sabíais que llevaba un pañal?
- Cap20. Esto es Halloween
- Cap21. Te he traído pañales
- Cap22. Las mejores partes
- Cap23. Así que era verdad
- Cap24. La soledad
- Cap25. Quince minutos
- Cap26. Las Aventuras de Elia y Robin
- Cap27. Una vida de bebé
- Cap28. Lo único que tiene sentido
- Historias cortas
31 de enero de 2017
13 de enero de 2017
31 de diciembre de 2016
En busca de un agujero de gusano para meterme por él y escribir...
Hola a todas y a todos!
Quería aprovechar para felicitaros la navidad y el año nuevo como marca la costumbre social :)
Pero no sólo voy a limitarme a eso, sino que quiero comentaros algunas cosas sobre el blog y también sobre mí mismo.
Lo primero es que seguro que habréis notado que estoy tardando más en publicar las historias que otras veces. Se debe a lo que me pasa todos años: por esta época estoy estudiando para los exámenes de Enero de la Universidad, pero además este año ha venido con una complicación extra, pues estoy trabajando también por las mañanas porque el alquiler del piso no se paga sólo hehe
Debido a esto me resulta totalmente imposible sacar tiempo para escribir así que hasta finales de Enero, que ya habré terminado de estudiar y estaré más libre, podre volver a escribir y subiros el capítulo cuarto de Lucía quiere biberón.
Otra cosa que quería deciros es que valoro muchísimo que metáis prisa para publicar, se nota que os gustan mis historias y ese es el mejor regalo de navidad que me habéis hecho. Lo que pasa es que he tenido mucha suerte y he ganado lectores por encima de mis posibilidades para escribir, pues si os remontáis a los inicios del blog, los capítulos de Vida de Chris se publicaban cada mes y pico. Ahora, aunque no lo parezca, he aumentado la rapidez de publicación, pero también el número de lectores, sin embargo, tengo límites temporales para escribir y quedan lejos de vuestras ganas de leer, lo que es una suerte, repito :)
Así que eso, felices fiestas y tened paciencia :)
Se os quiere :)
Con una sonrisa detrás de mi chupete,
Tony P.
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19 de diciembre de 2016
Lucía quiere biberón - Capítulo 3: La Visita
Sara se levantó y
fue hasta la habitación de Lucía cruzando los dedos, pero nada más abrir la
puerta, ya le vino un olor a pipí. Cruzó la habitación a oscuras y subió un
poco la persiana, dejando entrar poquita luz por los agujeros.
-Puedes subirla
del todo –la voz de su sobrina le llegó desde la cama-. Estoy despierta.
Sara subió la
persiana hasta la mitad de la ventana. No sabía cómo empezar la conversación
con su sobrina. Decidió omitir que había olido el pipí al entrar y fingir que
lo descubría al destaparla. Pero no hizo falta porque ella ya se lo dijo:
-Me he hecho pipí
otra vez.
-¿Sí? –Sara
levantó las mantas-. Vaya… Pero… -realmente no tenía ni idea de qué decir a
continuación-. Pero… ¿No te das cuenta cuando te haces pipí o cómo…? –tenía que
elegir las palabras cuidadosamente, no podía volver a cagarla como ayer.
-No… -contestó
Lucía-. No lo sé… -parecía que fuese a llorar otra vez.
Sara se apresuró a
sentarse en la cama con ella y abrazarla. Lucía pegó la cara a su pecho y
empezó a llorar. Lo que necesitaba era comprensión, no castigo.
-Tranquila…
Tranquila… -le susurraba mientras le acariciaba el pelo-. Verás cómo
encontramos una solución, ¿vale?
Lucía se apartó de
su bata, dejándole un rastro de lágrimas sobre ella y asintió.
-Por lo pronto,
¡vamos a quitarte este pijamita mojado y a prepararte tu bibe! ¿Te parece?
Lucía asintió
restregándose los ojos. Sara la llevó al baño y la duchó. La secó fuertemente,
abrazándola contra ella, para que así se sintiese segura y protegida, y la
vistió con las únicas prendas de ropa que le quedaban. Más pronto que tarde tendría
que ir a comprarle ropa, aunque pensándolo de otra manera, si todos los días
tenía que poner una lavadora con las sábanas de Lucía, no le haría falta
comprarle más ropa.
No. eso era una tontería.
No era sólo que no dispusiese de la lavandería del edificio todos los días,
sino que lo que estaba pensando era más bien una broma.
En fin, necesitaba
serenarse y pensar con claridad.
Lo primero era Lucía.
La llevó hasta el
salón y le dijo que esperase en el sofá mientras ella le preparaba su biberón.
Se lo llevó y se lo tendió, pero lucía
no lo cogió en el acto como hacía siempre.
-¿Me lo puedes dar
tú? –dijo con un hilo de voz.
Eso pilló por
sorpresa a Sara.
-Esto… Sí, claro…
No sabía si era apropiado
darle el biberón a una niña tan mayor. Ni siquiera estaba segura de si era
apropiado que tomase biberón una niña tan mayor. Pero Lucía no necesitaba lo
correcto en ese momento, sino cariño. Y de un modo, el cariño siempre es lo
correcto.
Se sentó en el
sofá y Lucía gateó hasta su regazo. Sara le puso un cojín debajo de la cabeza
para que estuviera cómoda. Cogió el biberón y lo llevó hasta los labios de Lucía,
que abrió la boca y empezó a tomárselo.
Si ya estaba mona
bebiéndose ella sola el biberón, ahora parecía un ser extremadamente adorable.
Lucía parecía una bebita monísima chupando de la tetina. A Sara le creció una
ternura enorme por dentro al ver a su sobrina alimentarse de ella. Era casi
como si le estuviese dando teta. Lucía chupaba del biberón súper concentrada,
con los ojos cerrados y disfrutando de cómo se lo daba Sara. De pronto los
abrió y pilló a Sara embobada mirándola. Lucía sonrió, de una forma traviesa y
avergonzada, y siguió tomándose la leche. Cuando se acabó su bibe, Sara la aupó
par que expulsase los gases. Tras hacerlo, la dejó de nuevo en el sofá, aunque
se sorprendió a sí misma acunándola un poco antes de hacerlo.
Regresó a la
habitación de Lucía, quitó todas las sábanas y las echó en el cesto de la ropa
sucia, que junto con las de ayer estaba ya hasta arriba. Esa tarde debería
bajar a la lavandería y poner una lavadora urgentemente. Pero el problema era
que ahora se había quedado sin sábanas para Lucía. Fue hasta su habitación y
cogió las de repuesto de su cama. Eran más grandes que las de Lucía, pero servirían.
Tras ponérselas a
su cama, regresó con su sobrina al salón. Se puso a ver los dibujos con ella,
pero mentalmente estaba recordando todo lo que tendría que hacer el lunes. No
sólo esperar la visita del asistente social, sino comprar sábanas y ropa para Lucía
y un par de biberones más. Al menos que tuviese uno para cada toma y que por la
noche pudiese ponerlos todos en el lavavajillas.
Pasaron el domingo
entero tiradas ambas en el sofá viendo películas y comiendo palomitas. Cuando
llegó la hora del biberón de la merienda, Lucía quiso tomárselo sin pausar la
película. Esa vez no pidió a Sara que se lo diese.
Cuando llegó la
hora de cenar, ya habían visto La Princesa Mononoke, Wolf Children y Los
Cuentos de Terramar.
Cenaron verdura,
ya que Sara pensó que era momento de que Lucía comiese algo sano. Y para su
sorpresa, ella no protestó y se comió su plato entero.
A la hora de
dormir, Sara apareció en la habitación de Lucía ya con el biberón de leche
caliente listo.
-¡Bibe! –exclamó
Lucía cuando la vio entrar. Y se tumbó bocarriba sobre la cama esperándolo.
-¡Tu bibe!
–exclamó Sara también.
-¿Me lo puedes dar
tú? –dijo otra vez.
-¿Si? ¿Quieres que
te lo de la tita Sara? –le preguntó con emoción.
-¡Sí! –contestó Lucía-.
¡Quiero que me lo de la tita Sara!
Sara se acercó con
el biberón hasta la cama. Se sentó con la espalda apoyada en la pared y Lucía
gateó hasta ella. Se acostó sobre sus piernas e hizo el gesto de tomar bibe con
los labios. Sara sonrió y le tendió el biberón, que inmediatamente Lucía agarró
con la boca y empezó a chupar.
Su sobrina estaba increíblemente
mona, y se la veía muy feliz. Se tomaba el biberón y realmente estaba
disfrutando mucho con él.
A Sara no le
importó que eso no fuera lo apropiado. A Lucía le gustaba el biberón y no le
hacía mal a nadie tomándoselo. Punto.
-¿Te gusta cómo te
da el bibe la tía Sara? –le preguntó
Lucía asintió, y
al hacerlo, unas gotitas de leche se derramaron por la comisura de sus labios.
Sara se las limpió con su dedo.
Se lo terminó y
Sara le hizo expulsar los gases. La dejó de nuevo en la cama, le puso a Peppy a
su lado y la arropó.
-Buenas noches,
guisantito –le dijo.
-Buenas nochzzzzz….
Lucía se había
dormido ya.
A la mañana
siguiente, volvió a amanecer con pipí.
Lucía estaba
alterada, pero no tanto como antes. Sara sí que estaba más preocupada. Una cosa
era que mojara la cama por el cambio radical de su vida y porque se sintiese fuera
de lugar, pero Sara había hecho todo lo posible para que su sobrina estuviese
cómoda; la había tratado muy bien, siempre con una palabra amable.
Comprendiéndola, no castigándola. Había tratado de que su sobrina lo llevase lo
mejor posible. La había cagado una vez, vale. Pero Lucía no parecía una chica
triste. Estaba bien dentro de las circunstancias, es decir, no se pasaba el día
llorando. Entonces, ¿por qué diablos se seguía haciendo pipí por las noches?
Hizo la misma
rutina de siempre. Lavó a Lucía y luego las sábanas.
Lucía volvió a
pedirle que le diese el biberón. Sara aceptó.
Necesitaba comprensión,
no castigo.
Lucía se tomó el
biberón mientras Sara se lo daba. Lugo, la levantó y le dio palmaditas en las
espala hasta que expulsó los gases. La dejó de nuevo sobre el sofá y fue a
vestirse. Esa mañana tenía que ir a comprar varias cosas. Cuando estaba a punto
de salir, se acordó que entonces Lucía se quedaría sola en casa. Su cerebro
todavía no había terminado de asimilar que ahora tenía que contar con una variable
muy importante cada vez que hiciese un plan.
Podía dejarla sola
en casa, no le pasaría nada. Pero pensó que sería mejor llevársela hoy que no
tenía que comprar muchas cosas a otro día donde fuese cargada hasta arriba.
Vistió a su
sobrina y la llevó hasta el centro comercial. Primero pasaron por la sección de
hogar y compraron dos juegos de sábanas nuevos. Sara dejó a Lucía escogerlos y
ella eligió uno rosa de las princesas Disney, que era demasiado caro; y uno de
Las Supernenas, más barato pero aun así valía más de lo que Sara pensaba
gastarse. Se dio cuenta que en algún momento le tendría que decir a su sobrina
que su cuenta de ahorro no era excesivamente grande.
Tras eso, fueron
hasta la zona donde estaba la ropa de niños. De camino, pasaron por el pasillo
de los pañales. Sara los miró fugazmente, pero descartó la idea.
Llegaron a la
sección de ropa de niños. Lucía quería una camiseta de alguna de las películas
que le gustaban, pero no había nada de anime allí, así que se tuvieron que
conformar con unas cuantas de la marca del centro comercial, que además eran
baratas.
A Sara le gustó eso.
Compró también
varios pantaloncitos y salieron de la sección.
Cuando ya tenían
las sábanas y la ropa en su poder, Sara se acordó que tenía que comprar un par
de biberones. Como no quería llevar a Lucía a la sección de bebés porque sabía
que no sería bueno para ella, le dio a su sobrina un euro y le dijo que fuese a
por golosinas y que se verían en la salida.
Sara fue hasta
parte en la que se encontraban los biberones, y de nuevo pasó por el pasillo de
los pañales. Lo pensó, pero volvió a descartarlo al instante.
Compró al final
tres biberones: Uno para cada toma de Lucía y otro de repuesto. Intentó que el
plástico en el que se coloca la tetina fuese de diferente color, pero compró
todos de recipiente transparente, como
el que tenía Lucía. Al final se llevó uno con el plástico de la tetina azul,
otro rojo y otro verde. El de Lucía tenía el plástico de la tetina de color
rosa. Pero Sara pensó que ya había mucho rosa en su vida.
Pagó los biberones
y fue hasta la salida, donde estaba esperándola Lucía con una pequeña bolsa de
chuches. Cuando Sara era pequeña, con un euro podría haberse comprado tres
bolsas más de chuches como esa, pero ahora estaba todo más caro. Le pidió a Lucía
un par de golosinas de fresa, que eran sus favoritas y ella había comprado
muchas. Para su sorpresa, también eran las favoritas de su sobrina. Le dio unas
cuantas y ambas volvieron a casa.
Sara preparó
macarrones para comer. Al terminar, Lucía le dijo que estaba cansada y si podía
echarse una siesta. Sara asintió. Fue hasta la habitación, le puso las sábanas
que acababan de comprar y la arropó. Le pareció raro acostarla sin darle antes
un biberón.
Mientras Lucía
dormía, Sara aprovechó para ensayar un poco de La Celestina. Al día siguiente
tenía ensayo con la compañía de teatro y debía de llevar bien preparado el
personaje.
- ¡Oh,
desdichada soy! ¡Y cómo vas, tan recio y con tanta prisa y desarmado, a meterte
entre quien no conoces! Lucrecia, ven presto acá, que es ido Calisto a un
ruido. Echémosle sus corazas por la pared, que se quedan acá. –iba diciendo,
tampoco muy alto para no despertar a Lucía.
En ese momento,
tocaron el timbre.
Sara abrió y se
encontró con un hombre bajito, con bigote y con sombrero hongo.
-Buenas tardes –la
saludó. Tenía una voz increíblemente aguda.
-Buenas tardes
–contestó.
-Soy el asistente
social de la señorita Lucía Creus. Usted debe de ser su tía y ahora tutora
legal Sara Blanc.
-Así es.
-¿Puedo pasar?
-Por supuesto,
adelante.
Sara se apartó
dejó que el asistente social entrase. Lo llevó hasta el salón. El único camino
para llegar era pasando antes por la cocina. Al entrar, Sara se fijó en que el
biberón que Lucía se había tomado esa mañana estaba sobre la encimera, junto
con los otros 3 que le había comprado. Se apresuró a esconderlos en los cajones
que iba pillando mientras le daba conversación al hombre.
-Entonces… -decía atropelladamente-.
Entonces… ¿Usted es el asistente social de mi hermana?
-En efecto.
-Vaya, que bien
–iba hablando muy deprisa, guardando los biberones donde primero pillaba e
intentando taparlos con su cuerpo-. ¿Qui-quiere comer algo?
-No. No, gracias.
Terminó de
guardarlos. Suspiró aliviada y se giró para seguir hablando con su visitante.
-Bien, en ese
caso, vayamos al salón. Por aquí, por favor.
Le indicó el
camino y dejó que se sentase primero en el sofá. El asistente social abrió su
maletín y empezó a sacar documentos y a ponerlos sobre la mesita que tenía
delante. Sara se dio cuenta de que estaba llena de migas de pan y que aún
estaban ahí los dos cuencos de las palomitas de ayer, en los que sólo quedaba
ya el maíz crudo.
Miró al asistente,
pero él no dijo nada. No había caído en que debía de haber tenido la casa
impoluta para su visita. Sin embargo, no es que fuese a adoptar a alguien. Al
contrario, ella ya la tenía adoptada.
-Aún no me ha
dicho su nombre, señor asistente –le dijo.
-Me llamo Mariano
Alfonso García –dijo sin levantar la vista de sus papeles-. Bien, veamos -ahora
sí la miró-. Como único familiar vivo de Claudia Blanc, ha recaído sobre usted
la tutela de Lucía Creus. Tiene usted 25 años, trabaja cinco días a la semana…
-En turnos de 10
horas –lo cortó.
-Lo sé –continuó
el asistente social-. En turnos de 10 horas, tiene unos ingresos de 500 euros mensuales…
¿Cómo va a poder ocuparse de su sobrina?
¡Espera un momento!
¿Acaso ese tío pensaba quitarle a lucía? Lo llevaba claro.
-Lucía tiene que
empezar ya en algún colegio, que me imagino que usted me ha traído ya asignado…
-Lo he traído.
-Bien, porque no
me gustaría que estuviese más tiempo sin ir a clase. Eso para empezar. Segundo,
mis ingresos constan de un sueldo de 500 euros más pequeños ingresos que recibo
de mi trabajo como actriz que están en torno a los 100 euros mensuales. Tercero,
este Estado putrefacto al que usted representa y que tardó una década en apartar
a mi sobrina de una persona que no se ocupaba de ella, le da ahora una mísera
ayuda de 150 euros al mes –hizo una pausa, disfrutando de su ataque-. En total
hacen unos 750 euros al mes…
-Sé sumar.
-No me corte. En
total hacen unos 750 euros al mes. Mire mi casa. No tengo grandes lujos.
Llevando a mi sobrina a un colegio público creo que podremos vivir
perfectamente. Bueno –añadió-, perfectamente no. Pero es lo que este gobierno
corrupto nos ofrece.
Se produjo una
pausa. Sara no pretendía abrir la boca. Tenía mucho rencor acumulado y el asistente
Mariano Alfredo o como se llamase y la posibilidad de que le pudiesen quitar a
Lucía la había hecho estallar.
-Bien –dijo el
asistente social al cabo de un rato-. Aquí tiene el colegio al que deberá
llevar a su sobrina –le tendió un papel-. Está al lado de esta casa.
Sara cogió el
papel y lo miró. El colegio era el Federico García Lorca. Estaba detrás de su
casa. En realidad, por proximidad, era el colegio que esperaba que le
asignasen.
-De acuerdo –Sara
dejó el papel sobre la mesa-. ¿Algo más?
-Sí –el hombre
sacó otros papeles del maletín y se los tendió-. Aquí tiene los papeles de la
adopción. Su hermana ya los ha rellenado. Deberá rellenarlos usted y
presentarlos en el juzgado.
-Gracias –Sara
dejó los papeles a un lado.
-Pues eso es todo…
¿Ha habido algún problema durante estos días que ha estado la niña con usted?
Sara pensó en el
biberón y en las sábanas mojadas.
-No. Ninguno
–contestó.
Acompañó al
asistente social a la puerta y cuando ya se iba no pudo evitar preguntarle:
-¿Qué tal está mi
hermana?
El asistente
social se giró.
-Está en la Clínica
de Desintoxicación Rivera. Se va recuperando.
-¿Ha preguntado
por su hija? ¿Ha preguntado por mí?
-No –contestó. Y
se fue bajando por las escaleras.
Sara volvió a
dentro para despertar a su sobrina, que ya iba siendo hora. Se percató en ese
momento que el asistente social ni siquiera había preguntado donde se
encontraba Lucía. Eso es lo que debía importarle a ese hombre la niña.
30 de noviembre de 2016
Un paso adelante!
No, el título no va por esa horrible serie española de hace unos años x)
Hola a todas y a todos, esta entrada es para contaros que a la luz de los recientes acontecimientos, he decidido crear una página en Facebook sobre este blog. El título de dicha página es Ponme un pañal - Historias de pañales y ABDL y podréis encontrarla aquí: https://www.facebook.com/Ponme-un-pa%C3%B1al-Historias-de-pa%C3%B1ales-y-ABDL-717492938408681/
En la página iré subiendo también poco a poco enlaces a la historias de este blog, así como reflexiones y opiniones pensadas más en el momento que no requieran de una entrada en el blog, que seguirá siendo mi principal vía de contacto y publicación.
Sin embargo, la razón principal para crear esta página en Facebook es que he querido dar un paso adelante para proteger mis obras. Escribo sólo por placer y publico porque os gustan las historias, y es genial poder hablar sobre ellas y estar en contacto con vosotros, sin embargo he sufrido varios robos de propiedad intelectual, y aunque afortunadamente han sido subsanados rápidamente y de forma amistosa, siempre tengo que cubrirme las espaldas más allá de lo que Blogger me ofrece.
Es por ello que tanto con la página en Facebook como con mi perfil en la misma red social, Tony Prince, podré dar la cara de una manera más rápida que si sólo hablase por este blog.
Hoy en día, las redes sociales o Webs 2.0 ofrecen una oportunidad idónea para el contacto cercano y al instante, y es lo que quiero pretender con esta página, además de por supuesto, expandir el contenido de mi blog en la web de Zuckerberg.
Quería deciros también que he empezado con el experimento de publicar Lucía quiere biberón en Wattpad, pero no me gusta nada el formato de esa web así que será la única historia mía que podréis leer allí, junto con Ady, que ya la publiqué al tratarse de una historia cortita de un único capítulo.
Es posible que en Wattpad también haya otras historias mías que algún usuario esté plagiando porque le sale de ahí. En ese caso, os ruego que me lo hagáis saber, como habéis hecho ya otras veces y por las que os estoy inmensamente agradecido. Sois geniales :)
Recapitulando, dos nuevas presencias mías en Internet:
Perfil de Facebook: Tony Prince.
Página de Facebook: Ponme un pañal - Historias de pañales y ABDL
Espero vuestras peticiones de amistad!! :D
Con una sonrisa detrás de mi chupete,
Tony P.
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22 de noviembre de 2016
Lucía quiere biberón - Capítulo 2: El Problema
Al día siguiente, Sara se despertó muy descansada.
Era sábado. No tenía nada que hacer. Podría pasarse el día entero en su
cam… ¡Mierda! ¡Lucía! ¡Se había olvidado que ahora vivía con su sobrina!
Miro la hora en el móvil y vio que eran las 11 de la mañana. Quizá su
sobrina se había despertado ya. Debería ir a prepararle su biberón. Salió de su
habitación y vio la puerta de Lucía cerrada. Su sobrina no se había levantado
todavía.
Pensando que ya debía ser hora de que una niña de 10 años estuviese
despierta, aunque la verdad es que no tenía ni idea, tocó suavemente la puerta
de la habitación de Lucía.
No hubo respuesta.
-¿Lucía? –pregunto mientras abría.
La habitación estaba totalmente a oscuras.
-Estoy despierta –dijo la voz de Lucía desde la cama.
Sara encendió el interruptor que había al entrar. Su sobrina estaba
sentada sobre la cama, tapada hasta la cintura. Tenía una expresión triste.
-¡Buenos días, guisantito! –le dijo Sara mientras se acercaba hasta
ella-. ¿Cómo has dormido?
-Me he hecho pipí –fue la respuesta que le dio.
Sara creyó no haber oído bien.
-¿Qué? -repitió confusa.
-Que he mojado la cama –dijo.
Parecía a punto de echarse a llorar.
Aquello pilló a Sara por sorpresa.
-Pero… -no sabía cómo reaccionar a eso-. ¿Te haces pipí por la noche, Lucía?
–preguntó con todo el tacto que pudo.
-No… -respondió la niña-. La verdad es que hacía ya muchos años que no
me pasaba.
Nadie le había informado a Sara de que su sobrina aún mojase la cama.
Tampoco le habían dicho que aún tomaba biberón, así que suponía que el hecho de
que se hubiera hecho pipí se debía a que su vida acaba de experimentar un giro
completo y habían sido demasiadas emociones fuertes seguidas. Al fin y al cabo,
acaba de dejar a su madre y empezar a vivir con una persona a la que sólo había
visto un par de veces en su vida, así que Sara pensó que era normal que la niña
se hubiera hecho pipí.
-Bueno, tranquila –contestó Sara al fin con una sonrisa que pretendía
trasmitir seguridad-. Vamos a quitarte este pijama mojado y a cambiar las
sábanas, ¿vale? –su sobrina empezó a hacer
pucheros-. No… No llores, cielo –Sara la abrazó-. Es normal que te hayas hecho
pipí después de todo lo que has pasado –la apretó contra ella y dejó que
llorase sobre su pecho. Al cabo de un rato, en el que pensó que ya se habría
desahogado suficiente, la apartó delicadamente de ella y le limpió las lágrimas
con la punta de la bata.
-Venga, vamos al baño a lavarte.
Llevó de la mano a Lucía hasta la bañera y la metió dentro. Abrió el
grifo hasta que salió agua caliente y puso a su sobrina debajo del chorro.
Lucía no paraba de dejar caer lágrimas por sus mejillas. Estaba muy
avergonzada. Saraa la lavó y luego la secó fuertemente con la toalla que tenía
de sobra. Llevó a su sobrina en brazos hasta la habitación y le dijo que se
fuera vistiendo mientras ella cambiaba las sábanas. Lucía se mantuvo enrollada
a la toalla sin moverse. Sara terminó de quitar las sábanas y las echó en el
cesto de la ropa sucia. Luego volvió hasta la habitación y puso unas nuevas.
Eran un poco más grandes, puesto que eran de las que usaba para su cama. Había
montado la habitación de Lucía deprisa y corriendo y no había tenido tiempo de
comprar más sábanas. De igual manera que tampoco tenía otro pijama para
ponérselo ya que sólo había traído uno. Debía ir de compras lo antes posible.
Vistió a su sobrina y la llevó hasta la cocina.
-¿Qué quieres desayunar, cielo? –le dijo mientras la sentaba. Estaba
mimándola mucho, pero era lo que le salía al verla tan triste.
-Mi bibe –respondió lucía.
Su bibe. Cómo se le había podido olvidar. Pero, ¿dónde estaba el
biberón? Sara pensó durante un segundo y se acordó que Lucía se lo había tomado
anoche y estaba aún en su habitación. Fue a por él, pero al cogerlo se dio
cuenta de que no lo había lavado y tenía aún restos de la leche de anoche.
Frustrada consigo misma, regresó a la cocina para lavar el biberón antes de
dárselo a Lucía para que se lo tomase.
-Lo siento, Lucía –dijo al entrar-, anoche se me olvido lavarlo. Voy a
hacerlo y te lo preparo, ¿vale? –ella no respondió-. ¡Y no le des más vueltas a
lo del pipí, nos puede pasar a cualquiera! –añadió tratando de animarla.
-¿Te ha pasado a ti alguna vez? –le preguntó.
Sara se paró en seco. Había llegado el momento de mentir.
-Eh… ¡Claro! –respondió-. ¿Quién no ha mojado la cama alguna vez?
-¿Y cuántos años tenías?
-Umm… 13, creo.
-¿Mojabas la cama con 13 años? –se extrañó Lucía.
-Sí, y mi madre, tu abuela, me castigaba siempre.
-¿Qué te hacía?
La historia se le había ido de las manos.
-Me… Eh… Cogía las sábanas y las tendía en el balcón para que todos los
niños las vieran.
-Jope, que vergüenza…
-Sí –ahora tenía que reconducir la historia hacia un final pedagógico-.
Pero al final entendió que un par de accidentes lo puede tener cualquiera y
dejó de hacerlo. Y después yo dejé de hacerme pipí en la cama.
Había terminado de lavar el biberón. Metió un vaso de leche en el
microondas y miró a su sobrina. Estaba callada mirando al frente. El microondas
pitó, Sara sacó el vaso, le echó dos cucharadas de Cola-Cao, lo removió y lo vertió
en el biberón. Le enroscó la tetina y se lo dio a su sobrina. Lucía lo cogió de
inmediato y se lo llevó a la boca. Con la mirada perdida, chupaba la tetina y
absorbía el contenido del biberón. Se lo tomaba con ansia, como un bebé que
necesita mamar de la teta de su madre. De nuevo, Sara comprobó cuanto
necesitaba el biberón su sobrina. Se tranquilizaba chupando de su tetina.
Primero pensó que no iba a ser fácil quitárselo y después si debía hacerlo.
Cuando terminó, Lucía dejó el biberón sobre la mesa. Sara la alzó y
comenzó a darle golpecitos en la espalda para que expulsase los gases. Todavía
no se creía que su hermana no hubiera hecho esto nunca. Era de primero de ser
madre. Tras unos pocos eructos y una risita nerviosa que los siguió, Sara dejó
a Lucía en el suelo.
El problema era que Sara no sabía que hacer ahora con ella. Nunca había
tenido que cuidar de nadie. Pensó que Lucía ya había pasado mucho tiempo dentro
de una casa que era nueva para ella, y que la primera noche no había sido todo
lo buena que esperaba, de hecho, había sido un desastre. De modo que se decidió
por llevar a su sobrina al parque. Pensó en llamar a Laura, su mejor amiga,
para que acudiese con Esteban, su hijo de 7 años. Podía ser un buen compañero
de juegos para Lucía, aunque fuese más pequeño. Pero al pensarlo mejor se
arrepintió; Lucía estaba afrontando muchas cosas nuevas de golpe. Quizá un
nuevo amigo sería demasiado. No obstante, ella sí tendría que hablar con Laura.
Ella era madre y podría ayudarle mucho con Lucía, y también con el tema del
biberón. Sara suponía que el mojarse la cama era consecuencia del periodo de
adaptación a su nueva vida y que dejaría de hacerlo enseguida, si es que alguna
vez volvía a hacerlo.
El paseo por el parque no resultó tal y como a Sara le hubiese gustado.
Lucía todavía no tenía mucha confianza con ella así que se sentía un poco
cohibida. Lo normal era que una niña de su edad quisiese correr, saltar, jugar…
Pero Lucía se mostraba taciturna, siempre pegada a Sara. Ella le dijo varias
veces si quería ir a jugar a los columpios, a tirarse del tobogán o algún otro
lado, pero la pequeña siempre contestaba que no. Sara pensó que después de todo,
si le hubiese venido bien traer a otro niño. Una presencia infantil habría
hecho que Lucía quisiese jugar a los columpios, estaba segura.
Ya de vuelta a casa, comieron y se sentaron al sofá a ver una película.
Sara, sabiendo que iba a venir su sobrina, había puesto a descargar en el
ordenador un montón de películas infantiles. Esa tarde pusieron la versión de animalitos
de Disney de Robin Hood. Sara llevaba años sin ver esa película, no se acordaba
de que el Príncipe Juan todavía se chupaba el dedo, llevaba ropa interior de
bebé y a veces se comportaba como tal. Miraba a Lucía mientras salía alguna
escena en la que pasara alguna de estas cosas por si se sentía incómoda, pero
la niña no daba ninguna muestra de ello. Las mentes de los niños son puras e
inocentes, pensó Sara. Es una pena que con el tiempo se conviertan en lo que se
ve a veces en las noticias. Aunque hay niños que son crueles por naturaleza.
Sara pensó en un artículo que había leído en el que unos niños de la edad de
Lucía se divertían jugando al futbol con un cachorro de gatito. Miró a su
sobrina, y estaba tan mona abrazando a su muñeca y riéndose con la película,
que se convenció de que ella nunca haría algo así. De hecho, parecía incapaz de
hacerle daño a alguien.
Cuando terminó la película llegó la hora de merendar. Sabiendo lo que tocaba,
Sara fue hasta la cocina y le preparó a Lucía su biberón. Tomando nota de sus
fallos, había lavado el biberón cuando Lucía se lo tomó por la mañana. Le llevó
el biberón a su sobrina, que lo recibió encantada, cogiéndolo con las manitas y
llevándoselo a la boca.
Chop, chop, chop,
chop, chop, chop, chop. Lucía se tomó el biberón entero. Sara la levantó
y la ayudó a expulsar los gases. Cuando la dejó de nuevo en el sofá, la pequeña
tenía una sonrisa en su carita.
-Me gusta mucho que tomes y me hagas eructar –dijo.
Sara no pudo evitar sonreír también.
-Es que eres una bebita –le dijo mientras le pellizcaba flojito en la
barriga.
A Lucía se le humedecieron los ojos. Sara se dio cuenta enseguida de su
error.
Mierda, pensó.
-Ooooh, cariño –se intentó acercar a ella pero Lucía le apartó la mano
y se hizo una bola encima del sofá-. No quería decir eso. Perdóname.
-¡Sé muy bien lo que querías decir! –contestó, llorando y con la cara
pegada al sofá-. ¡Que soy una bebé que toma bibe y que todavía se hace pipí en
la cama! ¡Pues lo siento si te molesta! ¡Ojalá nunca hubiera venido aquí! ¡Así
nunca me hubiera hecho pipí!
Se levantó y se fue corriendo a su habitación y cerró de un portazo.
Genial, pensó Sara. Simplemente genial.
La había cagado pero bien.
Suspiró.
Necesitaba una cerveza.
Tenía que ensayar para su grupo de interpretación, pero no tenía cuerpo
para meterse en la piel de Melibea, de La Celestina, obra que llevaban en
marcha.
Esa era otra. Seguía atascada en su grupo de teatro de barrio, cuando
su ilusión había sido siempre ser actriz profesional. Y ahora, con la llegada
de Lucía, lo tenía más difícil. El destino le había dado la responsabilidad de
cuidar de una niña que no era su hija, aunque la quería como si lo fuera.
Cuanto más pensaba en la responsabilidad que le había caído, más necesitaba una
cerveza.
Llamó a Laura.
-Dime, fea –contestó su amiga por el otro lado del móvil.
-Hola… ¿Te apetece una cerveza?
Su amiga río.
-Que directa. ¿Un día cómo madre y ya te has arrojado a la bebida?
-¿Quieres esa cerveza o no?
-Sí, sí, claro. ¿Cuándo he dicho yo que no a una cerveza?
-¿No tienes a esteban contigo?
-Este finde está con su padre. ¿Por qué?
-Porque se viniera una tarde a jugar con Lucía, que lo está pasando
mal. Aunque bueno, yo no estoy mucho mejor.
-Anda, anda, que exagerada que eres, hija mía –le reprochó-. Pero escucha,
mañana lo recojo de casa de Sal, si quieres esta semana nos pasamos un rato.
-De acuerdo –contestó Sara-. Pero esta tarde necesito esa cerveza.
-Que sí, pesada. ¿En Joe’s en media hora?
-Perfecto. Invito yo.
-Ya lo daba por hecho. Múa.
Y colgó.
Sara sonrió. Una simple llamada con Laura y ya se sentía mejor. Se vistió
y se despidió de Lucía, que seguía encerrada en su habitación.
-Lucía –tocó la puerta sin obtener respuesta-. Oye, ya sé que estas
enfada, y tienes motivos, pero voy a salir un rato a hacer un recado. Tienes
algo de picar en la cocina y más películas para ver al lado de la tele. Volveré
a la hora de la cena.
Al pasar por la cocina, se acordó que no había lavado el biberón de Lucía.
Maldiciendo para sus adentros volvió al salón a por él. Regresó a la cocina
pensando que debería comprar más biberones, porque era un follón estar lavando continuamente
el mismo. Por fin terminó y pudo y a reunirse con su amiga.
-No sé qué hacer, Laura. Me ha venido todo de golpe –decía Sara sentada
en una mesa del fondo del bar, con una Estrella Galicia bien fría delante.
-Bueno, lo primero es no dejar que te sobrepase la situación –le
contestó Laura mientras daba un trago de su cerveza.
-No lo entiendes, la situación ya me ha superado. Mis planes eran no
ser madre hasta… Bueno, hasta tal vez nunca. Y ahora me he encontrado de pronto
con una niña de 10 años a mi cargo.
-¿Y qué ibas a hacer? ¿Dejar que se la llevasen a un centro de acogida?
–inquirió su amiga levantando una ceja.
Sara se serenó un poco. Estaba muy alterada.
-No, no iba a dejar que hiciesen eso.
-Entonces ahí lo tienes –continuó Laura-. La vida no es como nos la
planteamos. ¿Te acuerdas que yo no quería ser madre?
-Sí.
-Y ahora mírame con Esteban, se me cae la baba con él y lo quiero más
que a mi vida
-Pero te costó –le recordó Sara-. Al principio, llorabas más que él.
-Cierto –admitió-. Por eso hablo con conocimiento de causa. Y al final,
Lucía será lo mejor que te haya pasado en la vida.
-Pero no es la misma situación, Laura –siguió Sara-. Tú a Esteban no lo
tuviste cuando él tenía 10 años. Ni venía de un hogar roto.
-Pero al final las dos somos madres. Y el 80% de ser madre, te lo digo
yo, consiste en estar ahí. En no dejar que tu hijo se sienta solo nunca.
Eso recordó a Sara lo que había pasado esa mañana.
-Ho se ha enfadado conmigo –le dijo después de beber un largo trago de
cerveza.
-¿Y eso?
Sara le contó lo del biberón, que había mojado la cama esa noche y que
ella le había dicho que era una bebé.
Para su sorpresa, Laura sonrió.
-Bueno, a todas se nos escapan cosas de vez en cuando –dijo.
-La he cagado, Laura. Necesito otra cerveza.
-Tampoco te vayas a emborrachar ahora por eso.
-No me voy a emborrachar, digo que ya me la he acabado.
-Y yo te lo digo porque estás bebiendo demasiado rápido.
Y era cierto. Se había acabado ya su cerveza y Laura apenas le había
dado tres sorbos a la suya.
-Vaya –dijo Sara sorprendida, mirando su tercio vacío.
-Espera a que me acabe yo la mía para pedir, anda. Que ahora eres madre
y no puedes ir emborrachándote por ahí –le dijo sacando la lengua.
-Qué mala eres –le contestó Sara.
Pero a Laura no le parecía tan importante el hecho de que hubiese
mojado la cama como que todavía tomase biberón.
-Es normal que un niño moje la cama si acaba de sufrir un cambio
drástico en su vida, lo que no es normal es que con 10 años todavía tenga que
tomar biberón.
-No es como tú crees.
-¿Ah no?
-No –contestó Lucía-. Con ella es diferente. Su biberón es… No sé, como
si fuera parte de ella. No sé si me explico.
-No, para nada.
Sara suspiró.
-Es que es raro. Me cuesta entenderlo hasta a mí. Pero es así. El
biberón ha estado con ella toda su vida. Es como si a ti te cortan un brazo.
Parecería que te faltase algo.
-Hombre, es que me faltaría algo –le dijo.
-Sí, sí –admitió Sara-. Pues por eso mismo.
-Mira, no sé qué quieres decir con eso de que forma parte de ella, pero
si a ella le viene bien, no se lo quites. Al menos de momento.
-Ya… Eso tenía pensado.
-Exacto, lo mejor es que su transición hasta su nueva vida sea lo más
cómoda posible. Y en cuanto a lo de mojar la cama, ni te ralles. Lo raro sería
que no la hubiese mojado.
-¿Tú crees?
-Estoy segura. ¿Una niña de 10 años que separan de su madre
drogadicta y que trasladan a vivir con
su tía que apenas ha visto? No sé cómo no estás tú también meándote en la cama.
-Capulla –Sara le dio una patada cariñosa por debajo de la mesa.
-Eso sí. Llamarla bebé fue una gran cagada.
-Ya lo sé –Sara bajó la cabeza y miró el tercio de Laura- ¿Qué te queda
para acabarte esa cerveza?
Laura se bebió lo que le quedaba de un sorbo y pidieron otra ronda más.
Esta vez se la sirvió Joe, el dueño. Lo conocían desde hace bastante porque
ellas siempre iban a su bar. Era un viejo amigo de la madre de Laura, un hombre
simpático y regordete que sabía cuidar a sus clientes. En especial a Laura y a
Sara.
-Ya están aquí –dijo mientras dejaba las cervezas sobre la mesa-. Dos
rubias para dos rubias.
-Yo no soy rubia, Joe –le dijo Laura por enésima vez riendo.
-Bueno, bueno –contestó Joe-, es que si no, no podía hacer el chiste.
-Nos lo haces siempre, Joe –le recordó Sara-. Y nunca tuvo gracia. Ni
la primera vez.
-Un día os voy a poner a las dos a trabajar aquí sólo para que tengáis
que reíros de mis chistes, como el pelota de Alberto.
Alberto era el camarero que trabajaba allí. Era muy amable, pero
peloteaba a su jefe más de la cuenta.
Joe se sentó con ellas un rato. Y ya la conversación derivó hacia el
teatro y las clases y actuaciones que tenían Laura y Sara. Como siempre, Joe
les dijo que iría a verlas. Pero como siempre, luego no aparecería.
Cuando ya se quedaron solas e iban a seguir hablando de la vida de
Sara, era ya la hora de marcharse.
Se despidieron y acordaron quedar la semana que viene para ir al parque
y que Lucía pudiese conocer a Esteban.
Cuando Sara llegó a su apartamento, se encontró a Lucía abrazada a
Peppy y viendo Detective Conan en la televisión. Sara se sentó a su lado y no
dijo nada. Todavía no sabía si su sobrina la había perdonado y notaba algo de
tensión en el ambiente. Al poco, cuando le parecía que ya estaba más relajado,
le preguntó a Lucía si tenía hambre. Le dijo que sí. De pronto, Sara tuvo una
revelación.
-Oye, Lucía, ¿te gustaría cenar en McDonalds?
A su sobrina le apareció una enorme sonrisa en la boca.
-¡¡SÍÍÍ!! ¡Claro que sí!
-¡Pues vamos a cambiarnos, que nos vamos enseguida! –le dijo Sara
mientras la cogía en peso y la llevaba a su habitación.
Cambió a Lucía de ropa y fueron en coche hasta el McDonads más cercano.
Sara odiaba el McDonalds y todo lo relacionado con las
multinacionales y la comida basura, pero pensó que ya le contaría esas cosas a
Lucía cuando fuese más mayor.
6 de noviembre de 2016
Lucía quiere biberón - Capítulo 1: La Llegada
Lucía llegó a su
casa una fría y lluviosa mañana de Noviembre. Llevaba puesto un chubasquero de
color amarillo, y en una mano sujetaba
una pequeña mochila y en la otra una muñeca de trapo. Permanecía inmóvil bajo
la lluvia mientras el taxista sacaba su equipaje del maletero. Sara, al verla
por la ventana, se apresuró a bajar con un paraguas para que la niña no se
mojase.
Al llegar al
portón desde su sexto piso, Lucía estaba ya más que calada y el taxista la
acompañaba hacia la entrada. Sara les abrió la puerta a los dos.
-¿Es usted Sara
Blanchett? –le preguntó el hombre.
-Sí, lo soy
–respondió.
-Marcus Locknet,
encantado –le dijo mientras le estrechaba la mano-. He sido yo quien ha traído
a esta encantadora princesita hasta aquí.
Sara le sonrío a
Lucía, que no apartaba la vista del suelo. Al ver que la niña no se inmutaba,
Sara volvió a mirar a Marcus.
-Ha permanecido
callada durante todo el trayecto –le explicó-. Desde que salimos de casa de su
madre no ha dicho ni una palabra –miró a Lucía-, que por otro lado es normal.
-Claro –asintió
Sara-. Bueno, si queréis ir subiendo…
-Sí, hay que
descargar todo esto.
-¿Tienes ganas de
ver tu habitación, Lucía? –le preguntó Sara.
La niña no
contestó.
Sara y Marcus se
miraron.
Sara le dijo que
no iban a coger todos en el ascensor con el equipaje así que primero subió ella
con Lucía y después los seguiría Marcus.
-Es este, el sexto
–le dijo a Sara mientras abría la puerta del ascensor.
Salieron al
rellano. Sara la llevó hasta su piso y metió la llave en la cerradura. Le dijo
a lucía que entrase mientras ella daba la luz en el interruptor de la derecha.
-Bienvenida, Lucía
–le dijo-. Espero que estés tan a gusto como en casa de tu madre.
Inmediatamente
pensó que a lo mejor no había sido una buena idea hacer ese comentario.
Le quitó el
chubasquero y lo colgó del perchero.
-¿Quieres que
llevemos esta mochilita y a tu muñeca a tu habitación?
Lucía no contestó.
Sara estaba
bastante incómoda. Sabía que el comienzo iba a ser difícil, pero no contaba con
que la niña no dijese ni una palabra. Además, ella no era una total desconocida
para su sobrina. Se habían visto varias veces, aunque siempre había sido en la
fugaces visitas que le hacía su hermana con ella para pedirle dinero a Sara.
Llevó a Lucía hasta
su habitación. El piso de Sara era realmente pequeño. A parte de la habitación
donde ella dormía, sólo había otra más que estaba ocupada con todos los trastos
que las personas con una casa más grande guardaban en el desván. Sara tuvo que pasar
dos días acondicionando ese cuarto para poder acoger a su sobrina.
Era una habitación
pequeña. Sara había comprado una cama, un armario y un escritorio. También le
había dicho a su amiga Laura que fuera una tarde con ella para ayudarla a
pintar. El resultado de todo eso era un cuarto acogedor, con las paredes en
verde clarito y con lo imprescindible para una niña de 10 años. Tampoco es que
Sara, con su pequeño sueldo de cajera pudiera permitirse más, y con el teatro
no ganaba un duro.
Lucía no dio
ninguna muestra de que le gustase su nueva habitación. Tampoco de que no le
gustase. Simplemente no mudó el gesto.
Sara le colgó su
mochila en la silla del escritorio.
-¿Qué quieres que
hagamos con tu muñequita? –le preguntó en un tono amable y dulce-. ¿La ponemos
en la cama o quieres seguir teniéndola contigo? –Lucía no dijo nada-. ¿Eh?
–insistió cariñosamente Sara.
-Cumigo –contestó
en voz bajita y sin despegar los labios.
-¿Cómo? –le
preguntó Sara con voz amable-. No te he entendido bien, cariño.
-Conmigo –repitió
la niña.
Sara sonrió. Era
un comienzo. Si Lucía sólo había abierto la boca para no perder a su muñeca
debía ser porque ésta significaba mucho para ella. Sara lo tendría en cuenta
para más adelante.
Se oyó el timbre.
Debía de ser Marcus con las maletas. Y así era. Cuando Sara abrió la puerta,
entró con sólo dos pequeñas maletas de equipaje de mano.
-Bueno, pues esto
es todo –le dijo-. Me marcho. El asistente social debería venir en un par de
días. Traerá los papeles de la adopción y todo. Lo urgente, según me han dicho
al recogerla, era sacarla de allí lo antes posible. Ah, y son 70 euros, que no
me han pagado.
Sara suspiró. Fue
hasta la cocina a por su monedero. Volvió con el dinero y se lo dio al taxista,
quien lo contó minuciosamente.
-¿No me va a dar
nada por haber subido las maletas?
-¿Pensaba dejar
que lo hiciese la niña sola? –contestó Sara con otra pregunta.
-¿No podría
haberla ayudado usted?
-Esto no es un
concurso de ver quien hace más preguntas, Marcus –le dijo Sara, cansada aunque
sorprendida a la vez por la actitud del taxista.
La gente podía ser
muy simpática, hasta que llegaba el momento de hablar de dinero. Era una de las
cosas que Sara había visto más en su vida, pero no dejaba de enfadarle como la
primera vez.
Marcus se encogió
de hombros y se dirigió a la puerta.
-¿Ha podido ver a
mi hermana en su casa? –le preguntó sin poder contenerse.
-No –respondió
Marcus secamente-. A la niña me la ha entregado una vecina.
-Chencha –pensó
Sara en voz alta. Había hablado con ella ayer.
-No me dijo su
nombre –dijo Marcus. Y salió y cerró la puerta tras de sí.
Sara suspiró y
llevó a las maletas hasta la habitación de Lucía. Ella se encontraba sobre la
cama, abrazando su muñeca.
-Ya ha subido el
taxista tus maletas, ¿quieres que coloquemos tu ropa en el armario? –le dijo
alegremente.
Lucía no
respondió, pero a Sara ya no le sorprendió. Abrió sus maletas y comenzó a
deshacerlas. Dentro, había poca cosa: unas pocas camisetas, dos pares de
pantalones pantalones, una falda, unas cuantas braguitas, unos cuantos
calcetines… También había dos muñecas de juguete, una toalla… Y un biberón.
Sara lo cogió y se
lo mostró a Lucía.
-¿Es tuyo, cielo?
Lucía no dijo
nada.
‘Vaya estupidez de
pregunta’, pensó. Era evidente que el biberón era suyo. Lo que le sorprendía a
Sara era que una niña de 10 años tomase biberón todavía.
-Mami me lo daba –dijo
Lucia al ratito-. El bibe.
Típico de su
hermana, pensó Sara. Claudia había sido siempre una persona muy vaga. Seguro
que era mucho mejor darle un biberón a su hija que enseñarle a beber de un
vaso. Pero comparado con la manera que tenía su hermana de educar a sus hijos,
el hecho de que Lucía todavía tomase biberón con 10 años era algo anecdótico.
-¿Pero ya eres
mayor para el biberón, no? –le preguntó Sara con toda la delicadeza que pudo.
Como respuesta,
Lucía se encogió de hombros.
Cuando ya hubo terminado
de guardarle la ropa en el armario, lo que le llevó muy poco tiempo, le puso los
dibujos en la televisión y fue hasta la cocina. Quería dejarle un tiempo a
solas para que se sintiera más relajada y se fuera acostumbrado poco a poco a
su nuevo hogar.
Sara se miró la
mano y vio que se había traído el biberón hasta la cocina. Lo guardó en un
armario, pensando que si podía evitar dárselo, mejor. Lucía ya era muy mayor
para tomar biberón.
De pronto sonó el
teléfono. Sara lo cogió y era Chencha, la vecina de su hermana. Sólo llamaba
para saber si Lucía había llegado bien. Sara le dijo que sí y Chencha empezó
con una perorata sobre lo mal que lo había pasado la niña, los malos tratos que
había sufrido, las condiciones en las que había tenido que ver a su madre… Se
cortaba un poco porque Claudia no dejaba de ser la hermana mayor de Sara,
aunque ella estaba acostumbrada a que fuera así desde eran pequeñas.
Claudia tenía 32
años y durante toda su vida había estado dando vueltas de un lado a otro, sin
asentarse nunca. En su camino le habían acompañado muchos hombres distintos;
distintos y poco recomendables. Los que no le pegaban le daban drogas. Los que
no, las dos cosas. Sara y su madre habían tenido que ir más de una vez a
recogerla de hospitales con sobredosis que harían que lo de Uma Thurman en Pulp
Fiction fuera un simple mareo.
La cosa no cambió
cuando tuvo a Lucía. Sara y su madre pensaron que quizá la llegada de una hija sirviese para que Claudia
sentase la cabeza. Nada más lejos de la realidad. Y el hecho de que el padre de
la niña no hubiese aparecido nunca tampoco ayudaba mucho. Claudia se sentía
sobrepasada por la llegada de un bebé que le daba una responsabilidad las 24
horas del día, y trataba de escaparse de ella recurriendo a las drogas. Se
gastaba el poco dinero que ganaba en cocaína, speed, anfetas… Lo que podía
pillar. Se olvidaba de pagar el alquiler, lo que hacía que fuera cambiando de
casa cada dos por tres. Pedía dinero a su madre. Sara le decía que la ayudase
no por ella, sino por la pobre niña que no tenía culpa ninguna de la madre que
le había tocado. Finalmente, el último desahucio que vivió Claudia, y el aparecer
desnuda en un hospital con una sobredosis mientras Lucía lloraba sola en su
casa, hicieron que su madre sufriese un ataque al corazón y muriese.
Durante el funeral,
Sara le echó la culpa a Claudia. La acusaba de haber matado a su madre. Y a día
de hoy sigue pensándolo. Desde ese día, Sara no había querido saber nada más de
su hermana. Aunque seguía interesándose por el estado de su sobrina
preguntándoles a las vecinas.
Ahora hacía unos
años que parecía que Claudia había dado cierta estabilidad a su vida. Había
encontrado a un buen hombre con un trabajo decente y ella estaba terminando un
curso de peluquería. Esto había hecho que Lucía pudiear ir durante más de 6
meses al mismo colegio. Sara se alegraba por ella, pero también por su hermana.
No dejaba de desearle lo mejor. Los servicios sociales habían levantado un poco
la vigilancia sobre ella. Pero un día, Claudia amaneció drogada en la puerta de
su casa. Según los vecinos, esa noche habían oído discusión en su casa y
después habían visto como Claudia salía corriendo. A la mañana siguiente estaba
tirada en la calle, llena de moratones y con una sobredosis de cocaína. Si los
moratones se los había hecho su novio o alguien durante esa noche que estuvo
fuera, nunca se supo, porque el novio había desaparecido. Sea como fuere, los
servicios sociales decidieron que había llegado el momento de quitarle a esa
madre la custodia de su hija.
Así fue como Lucía
ha acabado viviendo con su pariente más cercano y como Claudia ha terminado
interna en un centro de desintoxicación.
La conversación
por teléfono con Chencha la había hecho rememorar la vida de su hermana y la
dejó bastante mal. En cualquier caso, ahora era ella quien tenía la
responsabilidad de criar a Lucía, y lo iba a hacer lo mejor que pudiera.
Llegó al salón y
encontró a Lucía donde la había dejado. Le preguntó si le gustaban esos dibujos
para entablar conversación, pero la niña contestó con un Sí escueto. A la hora
de cenar, Sara le preparó salchichas, que luego metió en un perrito caliente.
Pensó que una cena divertida ayudaría a que Lucía se sintiese mejor. La niña se
mostró más predispuesta a conversar e incluso intercambiaron un par de frases
sobre Detective Conan, una serie anime que les gustaba a las dos. Sara pensó
que podría usarla para acercarse a ella. También lo tendría en cuenta.
El problema llegó
a la hora de dormir. Sara la acompañó a la habitación y le ayudó a ponerse el
pijama. Hasta ahí, todo normal. Pero cuando llegó el momento de meterse en la
cama, Lucía permaneció quieta.
-¿No me vas a dar
mi bibe? –preguntó tímidamente y poniendo carita de pena.
¡El bibe! Sara se
había olvidado del dichoso biberón.
-¿Tu madre te daba
el biberón todas las noches? –preguntó.
-Me lo daba para
que me lo tomase yo. Uno para desayunar, uno para merendar y otro para dormir.
‘Jesús’, pensó
Sara. Ahora veía la relación que tenía Lucía con el biberón. Para ella, tomarse
un biberón era lo más normal del mundo. Lo había hecho durante toda su vida.
Teniendo en cuenta
que Lucía acababa de llegar a una nueva casa y que todo era nuevo para ella,
Sara pensó que lo mejor que podía hacer era darle también un biberón. Cuando ya
estuviera acomodada se encargaría de quitárselo.
-¿Con qué te
preparaba el bibe mamá, cielo? –le preguntó.
-Con Cola-Cao.
Sara salió de la
habitación y se dirigió hasta la cocina. Cogió el biberón del armario y lo
llenó de leche. De pronto, se dio cuenta que no sabía cuanta cantidad de leche
le había echado pues esas marcas en mililitros que tenía el biberón no le
decían nada. Vertió la leche del biberón en un vaso y vio que había echado
demasiado. Tiro la leche que sobraba por el fregadero y volvió a verter el
contenido en el biberón. Ahora se dio cuenta que no había calentado la leche.
Mosqueada consigo misma, aunque también tenía que recordar que era la primera
vez que preparaba un biberón, vertió la leche en un vaso y lo metió en el
microondas. Al minuto lo sacó y le echó dos cucharadas de Cola-Cao. Lo removió
todo con la cuchara y lo vertió de nuevo en el biberón. Ahora sí. Por fin.
Cerró el biberón
enroscándole la tetina y fue con él hasta la habitación de su sobrina. Lucía
estaba esperando sobre la cama. Cuando la vio aparecer con su bibe,
inmediatamente extendió las manos hacia él. Sara le tendió el biberón y Lucía
lo cogió enseguida. Se tumbó bocarriba sobre la cama, y cuando ya hubo
encontrado la postura, se llevó el biberón a la boca y empezó a chupar de su
tetina. Sara la miraba y se le revolvía el corazón. Al contrario de lo que
creía que iba a ser un espectáculo humillante el ver a una niña de 10 años
tomándose un biberón, Lucía estaba realmente mona. Parecía que había estado
tomando biberón toda su vida, y seguro que había sido así. Parecía que el
biberón formaba parte ella, como si fuera una proyección de sus extremidades,
que había nacido ya sujetando un biberón y llevándoselo a los labios. Era
evidente que a Lucía le gustaba su biberón. No era sólo por tomarse la leche
ahí, era por el placer de chupar de esa tetina, de acurrucarse junto a él, de
estar un buen rato tomándose la leche calentita.
Sara la miraba con
ternura. Cuando Lucía terminó, se tiró un pequeño eructo.
-Perdón –dijo
enseguida sonrojándose.
Sara no pudo
evitar soltar una carcajada. Al poco, Lucía se unió a su risa. Estuvieron las
dos riendo juntas un buen rato. Sara paró un momento para ver a su sobrina
reír. Le encantaba verla así. Seguro que no había tenido muchos momentos como
ese a lo largo de su vida. Cuando Lucía paró, ambas se quedaron mirándose.
-Va, a dormir,
guisantito, que ya es tarde –le dijo Sara con una sonrisa.
Lucía se metió
entre las sábanas. De pronto, Sara cayó en una cosa.
-Oye, cuando te
tomabas el biberón, ¿tu madre te hacía expulsar los gases?
-¿Qué? –se extrañó
Lucía.
-Si te daba
golpecitos en la espalda para que te tirases eructos.
-No –Lucía parecía
confusa-. ¿Eso se puede?
-¡Claro! –exclamó
Sara sorprendida. Le extrañaba bastante que Claudia nunca le hubiera hecho
expulsar los gases a su hija.
Bueno, en realidad
no le extrañaba tanto.
Cogió a su sobrina
por las axilas y la sacó de la cama.
-Cuándo te tomas
el bibe, ¿te tiras pedetes? –le preguntó.
-¿Cómo lo sabes?
–le contestó Lucía con los ojos como platos.
-Porque tu tía es
bruja –le dijo sonriendo.
-¿Sí? ¿Eres bruja?
-Sí, pero es un
secreto. No se lo puedes decir a nadie.
Lucía hizo el
gesto de cerrarse la boca con una cremallera.
Sara pegó a su sobrina
a su pecho y le empezó a dar golpecitos en la espalda. Era la primera vez que
le tenía que sacar los gases a un bebé. Bueno, Lucía no era una bebé.
Al poco rato, su
sobrina eructó.
-¡Uy! –dijo
tapándose la boca enseguida.
Sara rio.
-¡No pasa nada, tonta!
¡Para eso te lo estoy haciendo!
Cuando eructó otra
vez la dejó sobre la cama.
-¡Sí que he
eructado veces! –dijo su sobrina, feliz.
-Tenías muchos
gases acumulados, Lucía –le contestó riendo.
-¡Jijiji, debe ser
eso!
-Ale, a dormir ya,
¿vale?
-Vale… -contestó
ya cerrando los ojos. De pronto, los abrió rápidamente-. ¿Me puedes dar a
Peppy?
-¿A quién? –se
extrañó.
-A Peppy. Está
sobre el escritorio.
¡Ah! Peppy era su
muñeca de trapo. Sara la cogió y se la llevó a la cama. Hasta el momento, no
había tenido tiempo de observar a la muñeca. Estaba hecha totalmente de trapo y
rellenada con arena. Le recordó a la muñeca de Los Mundos de Coraline, sólo que
esta llevaba puesto un viejo vestido azul hecho con lo que parecía un paño de
cocina viejo. Sara se dijo que en cuanto pudiese, le cosería un vestido mejor a
Peppy.
Le dio la muñeca a
su sobrina, que la abrazó y se acurrucó junto a ella. Sara la arropó y fue a
salir de la habitación.
-Tía Sara –la
llamó su sobrina.
Sara se giró.
-Dime, cariño.
-Hacía mucho que
no me llamabas así.
-¿Así cómo?
-Guisantito.
A Sara se le
revolvió el corazón. ¿Cómo era posible que de alguien como su hermana hubiese salido
algo como Lucía?
-¿Te acuerdas de
cuando te llamaba así? –le preguntó Sara visiblemente emocionada.
-Sí –contestó
Lucía-. Recuerdo que viniste una Navidad cuando vivíamos en Badalona y me
regalaste un peluche de cocodrilo gigante.
-¡Es verdad! –exclamó
Sara, que de eso no se acordaba-. ¿Y dónde está ahora?
-Mi madre lo
empeñó para comprarse unas pastillas para el dolor de barriga.
‘Para el dolor de
barriga, seguro’, pensó Sara.
-Bueno, Lucía,
ahora sí que ya es hora de dormir, ¿vale?
-¡Vale! –dijo
sonriendo. Se dio la vuelta y se tapó con las sábanas-. Buenas noches…
-Buenas noches,
cariño –le dijo Sara dulcemente-. Que descanses.
Salió de la habitación, cerró la puerta tras de sí y apagó la luz.
Salió de la habitación, cerró la puerta tras de sí y apagó la luz.
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