9 de julio de 2021

Álex lleva pañales - Diario de escritura (I)

Hola a todo el mundo!

Qué tal el final de Los 2 Mundos de Robin Starkley? Os ha gustado?

Os dije que cuando terminase esa historia me tomaría un descanso en esto de escribir, pero lo cierto es que es un gusanillo que me aflora tanto que no puedo obviarlo como si no pasara nada.

Así pues, os informo de que ya he empezado a escribir mi próxima novela: Álex lleva pañales (aunque puede que no sea el título definitivo).

Sin embrago, esta novela me la he planteado como un proceso muy distinto a las otras historias.

Para empezar la catalogo como novela. No será una historia como las del blog en la que escribo un capítulo y lo publico, no. Esto es una novela con todo lo que conlleva, por lo que no será publicada hasta que no esté totalmente terminada.

Y es una novela y no una historia del blog porque el proceso de escritura que seguiré será el que siguen los escritores para una novela: escribir, corregir, reescribir y corregir. Apuntes, notas, borradores, alcohol... En fin, lo típico (lo último es broma).

Me he tomado esta novela como mi ''historia puente'', para encaminarme a la escritura generalista. Es por eso que quiero hacerla de la manera más profesional posible, renunciando a algunas características de las historias AB/DL en pos de construir una historia para cualquier lector o lectora.

Esto no quiere decir que no vaya a haber contenido AB/DL. Lo habrá, y mucho (el propio título de la novela induce a ello) pero no será una novela AB/DL, eso que quede claro. Es de hecho, una historia juvenil, de adolescentes, en la que el protagonista tiene 14 años y lleva pañales para dormir, con todo lo que eso significa y cómo le afecta a sus relaciones sociales.

También tendremos de vuelta a los personajes de Annie y Ady :)

Y por último y por dar una última razón de por qué esta historia también es diferente de las que he escrito en el blog es precisamente porque... no se publicará en el blog.

Estoy cansado de plagios y quiero adentrarme en el mundo de la publicación así que probablemente la publique con Amazon KDP. Os prometo que el precio no será desorbitado y que intentaré ajustarlo lo máximo posible. Como he dicho muchas veces: YO NO QUIERO GANAR DINERO CON ESTO.

Debido a todo esto, Álex lleva pañales tardará tiempo en ser publicada, y será mi despedida de las historias AB/DL y de este mini universo que empecé a construir hace 7 años. Puede ser que escriba alguna historia corta, pero no os lo aseguro. Y esas siempre serán publicadas en el blog. Pero de las historias AB/DL largas propiamente dichas me despediré con Álex lleva pañales.

Esto no quiere decir que cuando escriba literatura generalista no vaya a crear algún personaje con cositas de bebé ;)

Álex lleva pañales será una novela, con su portada, su distribución y su número ISBN. Pero para paliar todo ese tiempo sin publicar en el blog, iré publicando un diario de escritura de la novela como este que estáis leyendo en el que os iré informando de cómo avanza, de sus detalles y personajes y publicaré también algún avance^^

Este es el primero pero vendrán muchos más!

Ah, y más podcasts :)

Se os quiere, muchísimo. De verdad. Ahora y siempre.

Con una sonrisa detrás de su chupete,

Tony P.


4 de mayo de 2021

Los 2 Mundos de Robin Starkley - Capítulo 28 (final): Lo único que tiene sentido

 Me despertó el ruido de voces en casa.
Odio cuando pasa eso. Nunca son buenas noticias, y ahora, menos.
Había dormido una considerable siesta y me sentía descansado y avispado. Aun así no tenía ninguna gana de salir de mi cuna y encontrarme con todos mis familiares en el piso de abajo. Distinguí las voces de tía Gayle y tío Francis, que saludaban efusivamente a Elia y Mami. También a tío Stein y tía Julia, y los griteríos de Gred y Feorge, los gemelos, que corrían por todo el piso jugando a voz en grito.
Me acurruqué debajo de las sábanas y abracé a Wile, aprovechando los pocos minutos de tranquilidad que me quedaban antes de que subiesen a cambiarme el pañal, darme le biberón, vestirme y obligarme a bajar. No quería pasar Acción de gracias con esa gente. Podríamos haber sido Mami, Elia y yo solos, como todos los años. Eran unos Acciones de gracias sencillos. En realidad no se diferenciaban casi nada del resto de días, porque nosotros ni veíamos el desfile, ni jugábamos al fútbol americano en el jardín (porque no nos gustaba y porque no teníamos jardín) ni rezábamos antes de la cena. Básicamente consistían en que Mami se cocinaba un par de filetes de pavo y preparaba salsa de arándanos y tarta de melaza. Ya está. Después ver una película y acostarse.
Y santas pascuas.
Pero ahora, con toda mi familia aquí seguro que nos obligaban a tragarnos ese desfile absurdo, ver el aburrido partido de los Detroits o como se llamen, y a lo mejor luego hasta querían que saliésemos a la calle a jugar al fútbol americano, y ninguno de los tres nos sabíamos las reglas.
A mí hasta me costaba diferenciarlo del rugby.
Así que no, no tenía ni pizca de ganas de celebrar Acción de gracias con mis parientes
Pero de lo que menos ganas tenía era de que me viesen en mi actual situación: llevando pañales todo el día, usando chupete, tomando biberón y durmiendo en cuna. Mi familia sabía lo de los pañales, el bibe y por supuesto el chupete, pero nunca me habían visto comportándome como un bebé ni durmiendo en una cuna. Y prefería que siguiese siendo así.
Yo estaba súper feliz con mi nueva vida de bebé, y encantado de poder comportarme de esta manera, pero algo me daba a mí que mi familia no lo vería con los mismos buenos ojos que Mami y Elia.
Juzgar sin conocer. Un clásico.
Vivimos en una sociedad… En fin.
Los hermanos de Mami y sus parejas siempre se han mostrado reticentes, e incluso algo hostiles, con mis costumbres de bebé, y todavía duelen sus miradas inquinas y sus bufidos y resoplidos cada vez que me han visto con pañales, chupando mi chupete o tomando biberón.
Y ahora encima hacía todas esas cosas pero llevando ropa de bebé y durmiendo en cuna.
Pero quizá la cuna no tendrían que verla. Dudaba mucho que Mami fuese a subirlos a mi cuarto, sobre todo después de lo que había pasado la otra tarde con tía Marie y sus hijas, pero no podría evitar que me vieran llevando pañales, usando chupete y tomando un biberón.
Al fin y al cabo estoy en mi propia casa.
Me cubrí con las sabanas la cabeza y pegué la cara al torso de Wile. El pañal que llevaba mi peluche rozó mi chupete.
-Estoy inquieto, Wile –le dije-. No quiero bajar. Ojalá y me pudiese quedar contigo aquí toda la tarde. En la cunita. Con mi pañal. Que Mami suba, me cambie y me dé el biberón.
Me acordé del segundo libro de Harry Potter, cuando los tíos de Harry reciben una visita y él tiene que fingir que no existe, quedándose en su dormitorio, sin hacer ruido para que no se note que está.
Ojalá yo pudiese hacer lo mismo, pero sabía que era una esperanza vana, casi tanto como desear que mi familia me aceptase como bebé.
Es que ni siquiera tenía ganas de ver a tía Marie y sus hijas. Las humillaciones a las que sometieron aún las tengo muy presentes. Me sentí tan vulnerable, pequeño y desvalido antes dos niñas de 5 y 3 años…
Todo el mundo se burlaba de mí, ya estaba harto. No quiero ver a nadie.
Dejadme ser un bebé solo, por favor.
Por favor.
Me empecé a sentir muy triste por lo que todo lo espabilado que me había sentido al despertar comenzó a diluirse como el agua que se escurre por el fregadero.
Me palpé el pañal y me dio seguridad sentirlo tan apretado en torno a mi cuerpecito, aunque estuviese mojado.
Estaba empezando a tener calor así que me destapé y gatee hasta el final de la cuna, donde estaban algunos de mis juguetes. Eran una figura de acción de Spiderman y un soldado militar articulado al que imaginaba como Kraven el cazador. Mi dormitorio estaba sumido en la penumbra, pero era suficiente para distinguir los juguetes. Y además, me gusta esta ausencia de luz.
Comencé a inventar una especie de historia en la que Wile era un monstruo legendario que se había escapado hasta Queens y que el gobierno contrataba Kraven para matarlo, pero Spiderman acudía para liberar al monstruo y llevarlo de vuela a casa, y de paso derrotar a Kraven.
Fue un juego divertido que duró más de lo que había pensado en un principio, pues me dio tiempo a terminar la historia.
Para cuando Spiderman se columpiaban entre los barrotes de mi cuna, tía Marie ya había llegado a casa y unos pasos subían los escalones hacia el piso de arriba.
Veloz como un rayo pero sin hacer ruido, me escondí debajo de las sábanas y fingí que dormía. La puerta de mi habitación se abrió y unos dedos chasquearon el interruptor. Por la manera de hacerlo deduje que se trataba de Elia. Y de que por supuesto, iba sola.
-Sé que estas despierto, atún –me dijo mientras avanzaba hacia mi cuna tras cerrar de nuevo la puerta-. Hay mucho ruido abajo y a mí no me la pegas.
Me destapó por competo tirando de la manta con fuerza y me descubrió encogido sobre el colchón, abrazado a Wile y con una sonrisa culpable detrás del chupete.
-Já –se jactó mi hermana-. Lo sabía –cambió el tono-. Venga, atún –dijo mientras me mecía por el hombro-. Hay que levantarse. Tengo aquí tu bibe, y además, no vas a dejarme sola con toda esa gente de ahí abajo.
-Estaba soñando –dije mientras me desperezaba y agitaba mis puñitos en el aire.
-Uy, serás mentiroso –Elia me dio un cachete suave en el pañal-. Aaaaaaúpa –y me cogió de los sobacos, alzándome en peso.
Me sacó de la cuna y me llevó hasta el cambiador.
-¿Llevas caca? –preguntó, y negué con la cabeza.
Elia comenzó a cambiarme con parsimonia, como si quiera demorar cada vez más el momento de regresar abajo, de donde no paraban de llegarnos ruidos de risas, correteos y gritos de madres pidiendo calma y preguntándole a Mami dónde tenía tal o cual cosa.
-No sé si estoy preparada para esto –murmuró Elia mientras me extraía el pañal.
-Yo no quiero bajar.
-Te entiendo –Elia me limpiaba concienzudamente-. Si pudiese yo, también me metería en una cuna. O me iría con la familia de Clementine, que me han invitado, pero no quería dejar sola a Mamá con todo esto.
-¿Por qué no has invitado a Clementine a cenar? –pregunté, pues la presencia de la novia de mi hermana me habría ayudado a afrontar la situación.
Hubiesen sido al menos otro par de ojos que no me miraran con desdén.
-Porque quiero a mi novia y no me gustaría que rompiera conmigo –contestó Elia mientras desdoblaba un pañal de conejitos.
Terminó de cambiarme muy despacio. Me pasó el pañal por el culete y luego entre las piernas. Me lo ajustó delicadamente y me lo abrochó bien fuerte. Luego me vistió con un bodi de color verde y un peto vaquero.
Me parecía a Luigi de Super Mario Bros.
-Te pareces a Luigi –comentó mi hermana con una sonrisa observándome sentado sobre el cambiador.
-Ja-ja.
-Bueno –Elia se corrigió-. A Bebé Luigi.
-Prefiero ser Luigi.
-¿Quieres que te pinte un bigotito con el rímel? –me pasó los dedos por debajo de la nariz sonriendo divertida-. Porque si tenemos que esperar a que te salga a ti…
-¡Déjame! –le aparté la mano suave y muy flojito.
Elia rió y yo miré hacia la puerta cerrada de mi cuarto.
-No va a subir nadie, ¿verdad? –pregunté con miedo.
-Nanay –contestó Elia, segura-. Les he dicho a los niños que arriba estaba prohibido ir porque estábamos pintando las paredes –la miré y se encogió de hombros-. Es lo único que se me ha ocurrido.
-¿Y los adultos?
-Esos son tarea de Mamá.
-¿Quiénes han venido? ¿Están todos?
-Faltan Raola y el imbécil de su novio. Pero está Andrea, que no me deja tranquila. Todo el rato detrás de mí. Y preguntándome por ti.
-¿Por mí?
-Sí, pero me huele a que es encargo de su madre. Seguramente querrá saber todo sobre ti y tu... actual situación.
-¿A qué te refieres?
Elia hizo un gesto con los brazos abarcando toda la habitación.
-Hombre, yo preferiría que no se enteraran…
-En cualquier caso tampoco podremos evitar que te vean… así –pasó las manos a los lados de mi cuerpo, describiendo la figura del mismo y me palmeó el pañal por los lados.
-¡Yo no me avergüenzo de ser así! –aclaré.
-Ya lo séeee… -Elia asintió con voz cansada-. Pero igual que yo no me iría a la sede del partido republicano y Clementine no se metería en una habitación con miembros del Ku Klux Klan, hay veces que uno, aunque tenga razón, debe ser precavido porque hay ciertos sitios donde es una persona non grata. Pero eh –añadió-, esta es tu casa, si alguien te dice algo que no te gusta tienes la potestad para echarlos.
-¿Crees que me dirán algo? –pregunté bajando la cabeza.
Elia me levantó la barbilla y me miró a los ojos con fijeza antes de contestar.
-No lo sé, pero si lo hacen ten por seguro que tomaremos medidas.
-¿Podré echarlos? –pregunté esperanzado.
-Supongo que le tocará a Mamá. Deja que sea ella quien se dé el gusto.
-¿Te acuerdas cuando fuimos a la primera de estas comidas que empezaron a organizar?
-Dios, sí. Que Mamá quería hacer como si no pasase nada. Eso fue antes de empezar a ver cómo te trataban.
-¿Qué quieres decir? –pregunté un poco atónito.
-Claro –Elia me miró como si lo que hubiese dicho fuera algo evidente. Luego se sentó de un salto en el cambiador-. ¿Crees que esto aguantará?
-No estoy muy seguro…
-Bueno, es igual –continuó lacónicamente-. El caso es, Robin, que Mamá al principio estaba muy emocionada por volver a retomar los lazos con su familia. Nunca le han caído muy bien, peor al menos tía Gayle la acogió. Nos acogió –se corrigió- cuando no teníamos dónde caernos muertos. Supongo que eso significa algo…
-Supongo… -murmuré pensativo.
-Pero luego te vieron, aquel día, en casa de tía Gayle. Tú te acababas de hacer caca y viniste al comedor a preguntarle a Mami si podía cambiarte. ¿Te acuerdas?
-Sí.
Desgraciadamente sí.
-Te vieron tan mayor y aún con pañal… Esta gente es imbécil. Son intelectuales de copa y sofá y su mente no da para más. Todo lo que se salga de lo que ellos establecen como normal les da risa, porque se consideran mejores. Mejores que tú y que yo. Todo lo alternativo les repudia –hizo una pausa-. Lo alternativo –bufó-, qué cojones sabrán ellos qué es alternativo y qué no lo es, si ni nosotros, lo que se supone que somos –e hizo el gesto de las comillas- alternativos, no nos ponemos de acuerdo.
<<Pero entonces llegan ellos con sus leyes basadas en la rectitud, lo socialmente aceptado y no sé qué tonterías más. Ellos son los buenos y nosotros los malos. Se creen con la potestad de decidir qué está bien y qué no. ¿Porque tienen dinero? Yo qué sé. Pero por eso se ríen de ti cuando te ven con pañales y por eso yo no les he dicho que tengo novia, y no será porque Andrea no me haya preguntado esta tarde… Hay que joderse –exclamó, y luego hizo una pausa y me miró-. Y por eso tú vas a bajar conmigo ya. Vamos. En marcha>>.
Se bajó de un salto del cambiador y me cogió en brazos.
-Elia, mi bibe –y señalé hacia él.
-Uy, sí, cierto. Casi se me olvidaba. Perdona, atún.
Elia se sentó en la mecedora y me colocó sobre sus rodillas. Cogió el bibe de la superficie de la cajonera y llevó la tetina a mis labios. Comencé a chupar de ella y me tomé la leche, que ya estaba algo tibia.
-¿Sabes, Robin? –comentó mientras mantenía el biberón inclinado para que la leche cayera y miraba hacia mi cuna con la mirada perdida-. La que menos ganas tiene de hacer esto es mama. Ella está deseando que este Acción de gracias termine de una vez. Creo que ya no tiene tanto interés en mantener las relaciones con sus hermanos después de haber visto cómo te tratan.
-Tía Marie… -iba a decir que siempre me había tratado, pero unas gotitas de leche se resbalaron por la comisura de los labios y me interrumpí.
-Sí, bueno. Tía Marie es la excepción que confirma la regla –Elia me pasó el dedo pulgar por la barbilla y me limpió-, pero a sus hijas no las aguanto.
-Ni yo –y se me volvieron a escurrir unas gotitas.
-Tú bebe y calla –me dijo Elia mientras me volvía a limpiar la leche-. Son unas niñas muy maleducadas, y eso es culpa de su madre, pero también es verdad que aún son pequeñas, y que ver a un niño de 12 años con pañales y chupete les puede chocar. No porque esté mal, ojo –se apresuró a aclarar-. Sino porque no es lo común. Que tampoco significa que no sea normal. Común y normal son dos cosas distintas. ¿Es normal que una mujer sea lesbiana? Joder, claro que sí. ¿Es también lo común? No, porque la mayoría de mujeres no lo son. Pues con los niños de 12 años que son bebés pasa lo mismo. Laëtitia y Felicia son pequeñas aún, cuando sean mayores lo entenderán. Marie lo etiende ya, y eso es de valorar. Sus hijas estoy segura de que irán por el mismo camino. Son las demás personas quienes son un caso perdido. Tío Stein, tía Julia, tía Gayle, tío Francis… en fin –hizo una pausa-. ¿Tú sabes cómo acabó mamá con ese engendro que nos engendró? Nunca te ha contado la historia, ¿verdad?
Negué con la cabeza muy rápido y la tetina se me salió de la boca. Aún quedaba lago de leche pero ya no tenía más hambre. Nunca me había parado a pensar eso. ¿Cómo podía haber acabado Mami, una persona tan dulce, amable y buena con un ser tan miserable y cruel como nuestro padre?
Elia me puso el chupete en la boca y comenzó a hablar.
-No sé si es el mejor momento para contarte esto porque abajo esperan que aparezcamos en algún momento. Pero así tardaremos más en bajar, y además creo que aunque lleves puesto un pañal y tengas un chupete en la boca, eres lo suficientemente mayor para saberlo.
Mi hermana se crujió el cuello a ambos lados y comenzó a hablar.
-Tras la muerte de sus padres, cuando Mamá y tía Gayle aún iban al instituto, Mamá y tía Gayle tuvieron que hacerse un poco cargo de sus hermanos pequeños. Pero sobre todo, quien llevaba las riendas en esa casa, era tía Gayle, que era la mayor. Una vez estaban Mamá y tía Gayle en una discoteca de Chicago, era de las pocas veces que podían tomarse un respiro. A Mamá no le gustaban mucho esos ambientes pero tía Gayle había insistido en que la acompañase. Había quedado con un chico y ninguna de sus amigas quería acompañarla, y ella no quería ir sola así que se lo dijo a Mamá. Ese chico con el que había quedado tía Gayle se llamaba Francis y le dijo a Gayle que podía llevarse un amigo para su hermana si ella quería. Ese amigo resultó ser luego el novio de Mamá. Y Francis resultó ser el de Gayle así que se podía decir que la noche resultó un éxito para ambas. O al menos eso es lo que parecía.
<< Las dos parejas funcionaron genial los dos primeros meses; quedaban los cuatro para el cine o los billares y Mamá se estaba enamorando mucho de ese hombre rudo y de hombros anchos, y aunque era verdad que ya bebía bastante, y alguna vez ya se había descontrolado, nunca llegó pegar a Mamá. Ella siempre lo achacaba  a las borracheras y juergas pero se equivocaba. O mejor dicho: sus ojos no querían ver la verdad, pues estaba muy enamorada. Y la verdad era que se hombre tenía un mal genio latente en sí mismo y un orgullo demasiado alto provocado por sus delirios de grandeza, pues todo el mundo decía en el instituto que podría llegar a ser un jugador profesional de fútbol. Él estaba convencido de ello, pero su falta de disciplina unido a que le encantaba pimplar acabaron con su carrera. Tras faltar a algunos entrenamientos y presentarse a varios partidos con resaca y cuando no completamente borracho, se le expulsó del equipo y se le abrió un expediente deportivo. El pagó sus fracasos con Mamá. Todavía no le había pegado pero sí se desquitaba con ella. Mama no lo veía. Como te he dicho, estaba completamente enamorada. Es decir, cegada>>.
<<Mientras tanto Gayle y Francis estaban en la plenitud de su relación. Se casaron y tuvieron a Raola, que ya era gorda cuando nació>>.
Reí un poco y Elia continuó.
-Mamá sin embargo, cada vez era menos feliz. Acababa de terminar la universidad y había empezado a trabajar en un hospital, pero ella era la única que llevaba dinero a casa y las facturas se acumulaban. Nuestro padre no llegó a terminar el instituto, pues todo lo que tenía era una beca deportiva que él mismo se encargó de enterrar, y seguía bebiendo demasiado por lo que no duraba mucho en los trabajos basura que encontraba. Entonces, una noche, cuando Mamá le echó en cara su falta de disciplina, nuestro padre no aguantó más y le pegó. Fue un solo guantazo, pero aún le quedaba algo de fuerza de cuando era joven y tiró a Mamá al suelo, llevándose de paso una mesa de cristal que le hizo varios cortes en un muslo.
<<Esa fue la primera vez. Pero solo la primera. Luego vendrían muchas más. Mamá tenía miedo de llegar a casa. Pero también había veces en las que nuestro padre se comportaba con ella de manera exquisita. Le compraba regalos para disculparse (Mamá no sabía de dónde sacaba el dinero) y la adulaba con palabras bonitas. Mamá seguí cegada, pero poco a poco iba abriendo os ojos. Entonces, en una de esas noches de disculpa, Mamá se quedó embarazada de mí. Nuestro padre estaba furioso. Decía que era culpa suya y que lo que menos necesitaba él ahora era un crío y que ya podía ir largándose con el bombo. Pero Mamá tenía miedo por la personita que crecía en su vientre. Sabía que no podía seguir en aquella casa, en aquel ambiente, e hizo por primera vez las maletas para irse>>.
<<Pero una llamada la interrumpió en medio de la noche. Era tía Gayle. Se había enterado por su marido, al que se lo había dicho nuestro padre sin duda, de que estaba embazada. Le dijo que ni se le ocurriese dejar que ese niño creciese sin un padre y que mejor ese que ser una madre soltera y que todo el mundo la tratara de adúltera y fulana. Y que ahora que estaba embrazada debía casarse si no quería evitar cometarios aún peores. Sospecho que tío Francis también habló con nuestro padre. Tía Gayle era la hermana mayor, y Mamá sentía de alguna manera que debía hacerle caso. Se casó con nuestro padre en una ceremonia sencilla. A la boda solo asistieron las germanas de Mamá, que también fueron las damas de honor y los testigos. Tio Francis fue el padrino>>.
<<El caso es que cuando nací parece ser que las cosas mejoraron. Mamá y nuestro progenitor biológico parecían felices y que hubiesen dejado atrás el pasado. Tía Gayle se enorgullecía y le recordaba a Mamá cada vez que tenía ocasión lo estúpida que había sido por querer abandonar padre de su hija. Pero bicho malo nunca muere>>.
<<Nuestro padre seguía sin encontrar trabajo, pero afortunadamente podían vivir medianamente decente porque a Mamá la habían ascendido a jefa de planta, y luego a jefa de enfermeras. Y no solo era buena en su trabajo sino que además era una madre estupenda. Ella era quien se ocupaba de mí. De cuidarme, llevarme al colegio, prepararme la comida… Nuestro padre se dedicaba a ir al bar y beber y a ver a televisión en casa, también bebiendo. Mamá no decía nada, o no decía mucho. Sabía lo irascible que podía ser su marido y el mal genio que tenía>>.
<<Estaba como hipnotizada. Vivía para su hija y para su trabajo, y no quería ver al monstruo con el que vivía. Pero Mamá no salía con sus amigas porque nuestro padre no la dejaba. No veía películas porque era nuestro padre quien tenía siempre el mando de la televisión. Mamá también se encargaba de las tareas domésticas. No sé cómo pudo sobrevivir así hasta que naciste tú, ni como siguió haciéndolo después>>.
<< El caso es que naciste una fresca noche de primavera. Mamá siempre decía que eras una bendición. Tan pequeñito y menudo, siempre aferrado a tu chupete. Yo también me acuerdo. Eras un bebe precioso. Casi tanto como ahora –me hizo una carantoña-. Pero Mamá estaba preocupada. Preocupada y triste. Cuando naciste no le subió la leche y no pudo darte el pecho. Eso es algo que siempre le ha pesado y que achaca a las amenazas que recibió de nuestro padre. Él no quería tener más hijos, decía que eso era una locura y lo peor que les podía haber pasado. Nuestro padre la humillaba, la vejaba y la sometía a incontables torturas psicológicas, lo que hizo que de alguna manera, su cerebro negase el hecho de que iba a ser madre y no segregara la hormona que producía la elche>>.
<<Pero no poder dar el pecho a su bebé no era lo único que preocupaba a Mamá. Los golpes volvieron. Tanto para ella como para mí, que ya tenía tu edad. Nuestro padre no quería saber nada de ti. Ni siquiera te miraba. Y como pasó conmigo, fue Mamá sola la encargada de ponerte tu nombre. Porque a nuestro padre le daba igual. Solo eras otra carga>>.
<<¿Otra carga para quién, digo yo? Si era Mamá quien te cuidaba y quien traía el dinero a casa. Tía Gayle mientras tanto le decía que aguantase, que todo eso pasaría y volverían estar como hace unos años, que todos los matrimonios tenían baches, pero que su deber como esposa era permanecer al lado de su marido>>.
<<Tú seguías creciendo a tu manera, sin dejar de dormir con pañales y chupando tu chupete, estirando el ser bebé todo lo que pudieses, no sé si consciente o inconscientemente, porque para Mamá, cambiarte el pañal, mimarte y acostarte eran muchas veces su único momento bueno del día. Ella necesitaba un bebé, y tú lo eras. O tú necesitabas que te cuidaran y ella lo hacía, no lo sé. Supongo que el orden de los factores no altera el producto. Se os vía tan felices el uno con el otro… a veces os tenía envidia. Pero Mamá siempre se encargaba de recordarme que nos quería a los dos por igual. Que éramos el amor de su vida>>.
<<Y el resto de la historia ya la conoces. Tras lo que pasó aquella mañana en la que tú acabaste calado hasta las orejas en el jardín, Mamá hizo las maletas y se fue de una casa de la que tendría que haberse ido hace años. Por fin se había quitado completamente la venda de los ojos. Nos mudamos a casa de tía Gayle, quien todavía nos acogió a regañadientes. Y de algún modo el círculo parece que se había cerrado, pues todo aquello, todo lo que Mamá sufrió, todo lo que pasó, empezó por culpa de tía Gayle...>>.
No supe qué decir.
La verdad, al fin.
-Ahora ya lo sabes –dijo Elia-. No le digas a Mamá que te lo he contado. Querrá hacerlo ella… cuando esté preparada –aspiró por la nariz para contener un sollozo-. Y ahora vamos para abajo de una vez.
-Elia… -le dije muy flojito.
-¿Si?
-¿Me cambias el pañal?
 
 
*****
 
 
Para cuando aparecí escaleras abajo, ya había llegado Raola con su novio y casi no cabía nadie más en el recibidor. Cuando me vieron llevando mi chupete y con el bulto del pañal marcándose en mi entrepierna y haciéndome más grane el culito, se quedaron un poco callados, pero enseguida se acercaron todos a saludarme con fingida efusividad y alegría. Contorsionaban sus rostros para formar una sonrisa, pero a los ojos los dejaban aparte. Tía Gayle y tío Stein ni siquiera se molestaron en mirarme, y me saludaron como si fuese un mal trago que tuvieran que pasar. Era evidente que mi presencia les incomodaba.
Que les daba asco, como a mis amigos del colegio.
Yo estaba bastante cortado ahí en medio, siendo el centro de atención pero al que nadie le prestaba mucha atención. Me llevaba las manos al pañal instintivamente para ocultar el bulto que describía, pero sabía que era una tontería; no ocultaba nada y allí todos sabían que llevaba pañales.
Sin embrago no duró mucho rato. Después de saludarme, todos se alejaron lo máximo posible paras seguir con las conversaciones que había interrumpido mi llegaba. Y si no había conversaciones anteriores se las inventaban.
Con mis primos fue distinto, y hasta más incómodo. Solo Carlos, el más pequeño, llevaba pañales. Pero no usaba chupete de modo que yo era el más bebé de todos. Gred y Feorge no se cortaron un pelo y les preguntaron a sus padres por qué el primo Robin llevaba pañales y chupete. No sé qué les respondieron tía Julia y tío Stein porque lo hicieron bastante flojito, pero luego sí les escuché decir Parece un bebé.
Por su parte, Laëtitia y Felicia se acercaron y me preguntaron si tenía el pañal mojado. Les contesté que no y me sonrojé. Comencé a chupar mi chupete más rápido.
¿Realmente todo aquello era necesario?
Elia que, había permanecido todo el rato detrás de mí sujetándome firmemente por el hombro, anunció que lo mejor era fuésemos todos pasando a la mesa.
En el salón estaba Mami, que me tomó en brazos y me dio un sonoro beso en la mejilla disculpándose por no poder estar más tiempo conmigo, pues estaba muy ajetreada. Le respondí que lo entendía y me dio una palmadita cariñosa en el culete, sobre el pañal, antes de marcharse a la cocina.
Elia se despidió de mí y la siguió para ayudarla, así que me quede solo. Había más gente, pero yo estaba solo.
El salón se había convertido en un comedor. La mesa grande estaba llena de platos y fuentes rebosantes de comida. Mi alfombra para jugar había desparecido junto con todos mi juguetes, por lo que sentí una punzada de dolor en el corazón. No tenía a Wile conmigo, y no podía subir a por él porque estaba dentro de la cuna y no podría cogerlo. Tío Stein, tío Francis y el novio de Raola charlaban entre ellos de pie sobre fútbol americano (creo) entre asentimientos de cabeza, risas y golpes en el hombro, tía Julia, Raola y Andrea estaban sentadas en el sofá hablando sobre los escándalos sexuales de una famosa. Los niños jugaban por toda el comedor, corriendo y tirándose de la ropa. Mami, Elia, tía Marie y Gayle estaban en la cocina. Así que me sentí como un extraño en mi propia casa. Me senté en el sofá pequeño, lo más alejado que pude de Andrea, a chupar mi chupete y mirar al infinito, deseando que todo terminara cuanto antes.
De vez cuando los adultos me miraban de reojo, pero no decían nada. Aunque no hacía falta. Sabía que pensaban en la vergüenza ajena que les causaba.
 
 
****
 
 
La cena estaba siendo un poco bastante una basura.
La comida que había preparado mama, incluido el enorme pavo que había tenido que rellenar estaba deliciosa. También el puré de patas, la salsa de arándanos, las batatas y el pastel de calabaza. Tía Marie había traído pastel de nuez pecán, tío Stein un guiso de judías verdes y tía Gayle, maíz.
La mesa estaba presidida por centro que habían hecho en el colegio Gred y Feorge, que era bastante horrible. El pavo iba a trincharlo Mami, que para algo era quien lo había cocinado, pero tío Francis dijo que él era el hombre de más edad y que lo haría él. Mami, que como Elia y yo, quería que todo esto acabara cuanto antes, no discutió y se hizo a un lado, no sin antes hacerle un gesto a Elia para que no dijera nada.
Cuando llegó el momento de dar gracias, todos cerraron los ojos e inclinaron la cabeza. Mami, Elia y yo nos miramos atónitos e hicimos lo mismo, intentando que no se nos escapase la risa.
En casa de los Starkley no se hacen estas cosas.
Elia, la muy cabrona, no para de hacerme cosquillas para ver si me reía, y yo no paraba de bloquear su mano, también intentando controlar la risa. Vi que Mami nos estaba mirando entre enfada y divertida. Elia también se dio cuenta y cesó al instante, sin dejar de morderse el labio para no estallar en una carcajada.
Tío Francis dijo de pronto amén y todos abrieron los ojos.
-Amén –repitieron.
-Amén –dijo Elia después de todo el mundo.
Yo apreté muy fuerte el chupete para no reírme.
Comenzamos a comer pasándonos las fuentes repletas de comida. Todos hablaban entre ellos dicharacheramente. Las conversaciones se cruzaban e lado a lado de la mesa y se intercalaban con otras que en distinta dirección. Algunos estaban en varias conversaciones a la vez. Elia y yo hablábamos entre nosotros solamente. Muy flojito, sin querer participar en el bullicio general. Mami sí que hablaba animadamente con sus hermanos, pero pude notar por su expresión que estaba también incómoda con esa situación.
Elia y yo hablábamos sobre uno de los pocos temas que tenemos en común. Cine. Aunque ella sí que es verdad que toca otros géneros que a mí no me gustan nada, las películas de superhéroes siempre nos han unido.
-Es que no es para tanto –decía sobre Joker-. La gente la pone muy por las nubes y luego es una película normal y corriente.
-Yo no la he visto…
-Es que es para mayores, atún –dijo-. De todas formas, cuando esté en Blu-Ray, la alquilamos y la vemos.
Elia me iba dando también la comida, lo que ocasionalmente provocaba miradas del resto, que en su mayoría terminaban siempre en un gesto de desdén.
A parte de a mí, a la única otra persona que daban la comida era Carlos. Todos los demás niños comían por sus propios medios, hasta Felicia. Aunque sí que es cierto que de vez en cuando tía Marie le pinchaba la carne y se la introducía en la boca.
Yo tenía el chupete guardado en el bolsillo del pecho del peto vaquero y dejaba dócilmente que Elia me fuese metiendo las cucharadas en la boca. De vez en cuando yo también miraba a tía Gayle, y me daba mucha rabia compartir la misma mesa que ella. Solo deseaba que este Acción de gracias terminase cuanto antes, y poder volver a quedarnos en casa Mami, Elia y yo solos, pudiendo comportarme como lo que era en realidad.
Odiaba fingir que era otra persona en mi propia casa.
En la mesa, tío Francis, tío Stein y el futuro marido de mi prima habían reanudado su conversación sobre fútbol, aunque poco a poco estaba cogiendo tintes políticos. Tía Julia, tía Gayle y sus hijas hablaban de posibles restaurantes donde celebrar el banquete de la boda. Mami se había quedado a parte de esa conversación y llevaba un rato en silencio, concentrada en su plato. Raola comía como si hubiese estado ayunando un mes entero.
Mis primos por su parte, seguían a lo suyo. Esto es, gritar mucho y lanzarse de vez en cuando cucharadas de pudín.
Entonces alguien sacó el tema. El que llevaba sobrevolando por nuestras cabezas desde que había bajado de mi habitación. Desde que habíamos tenido la prima comida en casa de tía Gayle hacía unos meses. Desde que Mami, Elia y yo aparecimos en casa de tía Gayle hace seis años mojados por la lluvia y por pipí (en mi caso).
Alguien lo dijo.
Alguien lo verbalizó con palabras. Sabiendo lo que podría desencadenar.
Fue tía julia.
-Entonces, ¿el niño sigue con pañales?
Era una pregunta dirigida a Mami, pero se hizo el silencio en toda la mesa. Hasta mis primos interrumpieron su griterío y la guerra de pudín. Solo se oía a Raola masticar, que parecía no haberse dado cuenta de la tensión que acababa de generarse y seguía comiendo a su rollo.
Elia miró a tía julia. Luego a Mami, quien tardó un poquito en contestar. Lo hizo después de masticar el puré de pata que llevaba en la boca, tragárselo con ayuda de un vaso de agua y limpiarse los labios con una servilleta de tela que después volvió a dejar tranquilamente sobre su regazo.
-Sí –contestó con naturalidad-. Se sigue haciendo pipí encima así que yo se los pongo encantada.
-Y yo –dijo Elia.
Algunos de mis tiós la miraron pero casi todos los ojos seguían clavados en Mami.
Tía julia continuó.
-A mí me parece un poco… Bueno –se corrigió-, me parece muy mayor para seguir llevándolos…
-Los superaré –dijo Mami sarcásticamente.
-Esto es serio –intervino tía Gayle-. Es casi enfermizo. Con 12 años y con pañales todo el día. Y con el chupete…
-Gayle –Mami hizo un esfuerzo considerable para contener la rabia, pero esta se notaba en la rigidez de sus palabras-. Sigue comiendo.
-No nos escuchas –tío Stein apartó el tenedor a un lado y miró a Mami-. Nos da vergüenza a veces que nos vean con él.
-Sí –corroboró tío Francis-. La otra vez en el restaurante. ¡Estaba allí! –exclamó como si no terminase de creérselo-. ¡Como si no pasara nada! ¡Encima de ti y con el biberón! Algunos clientes nos miraban.
-Me da igual –Mami bebió de su vaso de agua con los ojos cerrados.
Se notaba que estaba haciendo un esfuerzo colosal por contener la rabia.
-A ti te da igual pero a nosotros no –le espetó tía Gayle.
-Yo creo que hace lo mejor para su hijo… -empezó tía Marie.
-Tú calla, Marie –le soltó tía Gayle-, que siempre la estas defendiendo.
-¡Es que tiene razón! –gritó Elia.
Pero solo sería el primer grito de la cena.
-Déjalo, Elia –le dijo Mami suavemente.
-Pero… -protestó mi hermana.
-He dicho que ya vale –Mami la miró severamente.
Elia se cruzó de brazos y se dejó caer en el respaldo de la silla, mirando con furia a ningún sitio.
-Así de firme es como debes ponerte con Robin –le dijo tía Gayle a Mami.
-¿Me estás diciendo cómo educar a mi hijo, Gayle? –por primera vez Mami parecía enfada.
-Alguien te tienes que decir…
-Robin es un niño sano, inteligente, con buenas notas, amable, dulce  –Mami no miraba a su hermana, sino que mantenía la vista fija en su plato.
-¡Se mea y se caga encima! –le gritó tío Francis-. ¡No es normal!
-¡Tú sí que no eres normal! –le gritó a su vez Mami.
-¡Bueno, vale ya! –tía Gayle miraba alternativamente a su marido y a su hermana. Luego fijó su vista solo en Mami-. Tu hijo da vergüenza ajena, tienes que reconocerlo. Tiene 12 años y parece un bebé. Por dios, si va con pañales y chupete, es más bebé incluso que Carlos, que tiene 2 años.
Elia bajó una mano y me apretó la mía.
Yo mojé el pañal.
-Robin –empezó Mami, de nuevo con aquel tono gélido de quien hace un esfuerzo considerable por no saltar al cuello de alguien- lleva pañales porque los necesita, usa chupete porque le calma, toma biberón porque le gusta y duerme en una cuna porque…
-¿¿Duerme en una cuna??? –la interrumpió tía Gayle, atónita.
-Sí, y además te voy a decir una cosa –Mami levantó un dedo en dirección a su hermana mayor-. Robin es feliz así, y yo también. Me encanta que sea mi bebé; Cambiarle el pañal, darle el biberón, acostarle… No le hacemos daño a nadie y hacemos nuestra vida en paz. Sin meternos con nadie y por su puesto sin ir a casa de los demás a decirles cómo educar a sus hijos.
-Es vergonzoso, por favor –dijo tía Julia.
-Si te molesta ya sabes dónde está la puerta –le espetó Mami.
-El otro día en el restaurante –empezó tío Francis, con un tono calmado-. Cuando volviste con él del coche y empezaste a darle el biberón…
-¡¿Qué?!
-Los demás comensales nos miraban… y susurraban. Jamás me he sentido tan abochornado. Y creo que hablo por todos.
-De vergüenza ajena –corroboró tía Julia.
-A mí me la da –dijo Raola.
-Tú a callar, bola de sebo –le espetó Elia.
Raola se quedó muda.
-¡Será posible…! –tía Gayle estaba indignada
Se hizo el silencio.
-Mirad –Mami se apartó un mechón de pelo de la cara y apoyó la barbilla sobre sus manos entrelazadas, y los miró a todos con suficiencia-, si os molesta que le dé el biberón a mi hijo en público, que no soportáis estar sentados en la misma mesa que él porque lleva un pañal, y si os da tanta vergüenza que os vean con él…
-Solo queremos…
-¡¡¡GAYLE DESPUÉS DE TODO LO QUE ME HAS JODIDO EN LA VIDA YO AL MENOS MANTENDRÍA LA BOCA CERRADA!!! –le gritó Mami sin mirarla.
-¿¿De lo que te he jodido?? ¡¡¿Quién te acogió cuando tenías una mano delante y otra detrás, cuando apareciste empapada en mi puerta con tus hijos llevando pañales?!!
-¡¡¿Quién me obligó a seguir con él?!! ¡¡¿Quién me dijo que era mi deber como esposa?!! ¡¡¿Que me insultaran y me pegaran todas las noches?!! ¡¡¿Que maltratase a mis hijos?!! ¡¡¿¿¿Ese era mi deber???!!
-¡¡Si no te hubieses quedado preñada…!!
-¡¡Vete a tomar por culo!! –le gritó Mami fuera de sí-. ¡¡Sabías perfectamente que me había violado esa noche!! ¡¡Sabías perfectamente que me maltrataba!! ¡¡Todas las veces que me violó después!!!!
-¡¡Te di un techo donde…!!
-¡¡Me echaste de ese techo en cuanto tuviste ocasión!!
-¡¡Fue por tu hijo!! ¡¡ Nos daba asco verlo con pa..!!
-¡¡¡YA ESTÁ BIEN DE HABALR DE ROBIN!!! –Mami golpeó la mesa con ambas manos y todos los platos, fuentes y vasos tintinearon-. ¡¡¡Fuera todo el mundo de mi casa!!! ¡¡¡A TOMAR POR CULO ACCIÓN DE GRACIAS Y A TOMAR POR CULO VOSOTROS!!!
-Hemos intentado recuperar los lazos… -empezó tío Stein.
-¡¡¡¡LO ÚNICO QUE HABÉIS HECHO HA SIDO USAR CADA QUEDADA PARA HUMILLAR A MI HIJO!!! ¡¡¡Y YA ME HE HARTADO!!! ¡¡¡Os he dado un voto de confianza pero me he hartado!!! ¡¡Solo el provocáis mas dolor y sufrimiento a Robin, y ya tiene bastante sin vosotros!! ¡¡¡LARGO DE AQUÍ HE DICHO!!!
-Sé razonable….
-Cállate, Francis –le dijo Mami con los ojos cerrados y sin apenas separar los labios-. Tú me lo presentaste. En serio, cállate.
Se hizo el silencio. Nadie se movía.
Elia se levantó y dio una palmada.
-¡¿Es que no habéis escuchado?! ¡A tomar por culo todo el mundo de aquí!
 
 
*****
 
 
-Al final ha salido todo bien –comentó Elia irónicamente momentos más tarde mientras recogíamos y limpiábamos los restos de la cena.
Estábamos ella, Mami y yo. Mis tíos se habían entre resoplidos y refunfuños, mascullando abochornados que dónde iban a celebrar Acción de gracias a estas horas.
-En cualquier lugar menos aquí –les respondió Mami.
Al final se fueron todos visiblemente ofendidos. Y se llevaron a sus hijos con ellos.
A sus hijos y a sus inquinas. Y nos dejaron solos. A Mami, Elia y a mí.
Mi familia.
Tía Marie se quedó un rato con sus hijas para ayudarnos a limpiar, pues después de la discusión a todos se nos habían quitado las ganas de comer, pero al poco de estar vaciando el resto de los platos en el cubo de basura, Mami le dijo que podía irse y que ya limpiaríamos nosotros, que prefería estar sola. Tía Marie lo entendió, se despidió de nosotros y se llevó a sus hijas, que no paraban de tirarle de la blusa y decirle lo mucho que se aburrían.
Adiós, Laëtitia. Adiós, Felicia. No os echaré de menos.
Así que nos habíamos quedado los tres solos. Mami, Elia y yo.
Mi familia.
Como Mami no respondió al comentario de Elia mi hermana siguió hablando.
-Por lo menos nos hemos librado de ellos.
Yo continuaba con la tarea que tía Marie había dejado a media, vaciando los restos de comida de los platos en la basura y amontonándolos en una bandeja. Tenía el pañal mojado pero no dije nada. De hecho seguía completamente en silencio concentrándome en chupar mi chupete.
Una vez más, Mami había tenido que dar la cara por mí. Defenderme ante alguien. Y francamente estaba ya harto de ser siempre objeto de discusión de las personas de mi alrededor. De ver cómo se peleaban por mi culpa.
Por mis pañales, por mi chupete, por mi biberón, por mi cuna.
Por lo que era.
Por ser un bebé.
Esta es la peor parte de ser bebé; ocasionarle problemas a los que están a mi alrededor.
Me enfadaba mucho que Mami no hubiese podido recuperar lazos con su familia por mi culpa. Si yo fuera un niño de 12 años como todos los demás, probablemente estaríamos ahora todos juntos celebrando Acción de gracias entre chistes, brindis y discusiones de política, como hacen las familias normales.
Pero yo no quería estar con alguien que tratara así a los que son diferentes, a los que no entran en su definición de Normal, como dice Elia. Si yo no fuese un bebé, y en mi lugar hubiese sido Gred o Feorge quien andase por ahí con pañal y chupete, si alguien se metiera con él, a mí me sentaría mal. Porque Mami me ha enseñado a ser empático, a respetar a todo el mundo si no hace daño a nadie.
Pero el bebé no era ninguno de mis primos gemelos, aunque ellos tenían 7 años y a lo mejor mis familiares veían con buenos ojos que siguiesen llevando pañales. El bebé era yo, y desde que habíamos vuelto a empezar a vernos, no han dejado de mostrarse condescendientes conmigo y con Mami, en algunos casos hasta crueles, como esta noche.
Yo no quería estar con gente así. Fuese yo en blanco de las burlas o no.
-Todo esto ha sido un error –dijo Mami mientras sacudía el mantel.
-¿A qué te refieres? ¿A la cena?
-A todo. La cena, el restaurante, las comidas en casa de Gayle. Todo esto ha sido un maldito error. Y lo peor es que es culpa mía –añadió.
-No puedes culparte por esto, Mamá.
-Sí, Elia –Mami doblaba el mantel y miraba la pared con odio, como si imaginase el rostro de su hermana grabado en ella-. Es culpa mía porque yo sabía cómo eran. Lo sabía desde el principio. Lo he sabido toda mi vida.
-No sabías que todo esto iba a pasar –Elia había dejado de barrer y se apoyaba en la escoba mirando a Mami. Yo seguía chupando mi chupete en silencio y vaciando platos.
Chupar y vaciar.
-Desde siempre han tratado a Robin así… Pero creía… -se le rompió la voz-. Creía que esta vez sería diferente. Que de verdad querían enterrar el hacha de guerra y caminar juntos en la misma dirección. Estúpida de mí.
-No puedes estar flagelándote por esto. Tus hermanos son imbéciles, ¿y qué? No los necesitamos. Yo no quiero estrechar lazos con gente así. Estamos bien los tres. Somos una familia.
Se hizo el silencio otra vez. Mami empezó a plegar las servilletas y a echarlas en una bolsa de la lavadora, Elia siguió barriendo con un destello de furia en sus ojos y yo continué con mi tarea.
Estuvimos así un rato. Nadie decía nada. Cada uno sobrellevaba la pena, la rabia y la frustración como podía.
La rabia por haber dado un voto de confianza a esa gente.
La frustración por no haberles echado de una patada literalmente.
Y ahora que lo pienso, pena había poca.
Estábamos todos de acuerdo que estábamos mejor así.
-Deja eso, Robin –me dijo Mami de pronto-. Voy  aponer el lavaplatos y todavía queda mucho que recoger –miró su reloj-. Sube y enseguida voy yo y te acuesto. Ya terminamos tu hermana y yo. Es tarde.
-No –protesté. Voz débil, infantil, ahogada detrás del chupete-. Quiero ayudar.
-Robin –el tono de Mami era tierno pero tenía un deje de preocupación-,  mírate los ojitos, bebé. Te caes de sueño. No pasa nada –concluyó-. Elia y yo terminamos.
-Pero…
-A la cama, atún –me dijo Elia desde el otro extremo del salón levantando la escoba-. Bueno, a la cuna –se corrigió.
Mami vino hacia mí y me cogió en brazos.
-Voy a cambiarte el pañal y enseguida te subo el biberón.
Me llevó en brazos a mi cuarto, que menos mal que no había recibido ninguna visita de ningún familiar, y me reposó sobre el cambiador. Comenzó desvestirme metódicamente.
Primero me quitó los zapatos y los dejó con cuidado en el suelo, como si fuesen muy delicados y tuviese miedo de que se pudiesen romper. Después me soltó lo botoncitos de los tirantes del peto y me los echó hacia atrás. Me izó las piernas y tiró poco a poco del peto hacia abajo. Me lo quitó del todo, sacándome las piernecitas con delicadeza y lo llevó hasta el guardarropa. Yo la esperé sobre le cambiador llevando un bodi de color verde que me ocultaba el pañal, aunque no del todo, porque las partes que rodeaban mis muslos asomaban por debajo. Plástico blanco ondulado que contrataba con el verde del bodi y el carne de mis piernas.
Llevar solo un bodi era algo que me gustaba mucho. Me mantenía en un estado de protección y seguridad, pues no solo me cubría el pañal sino que también me lo mantenía más firme al cuerpecito y no se movía ni un centímetro. Aún permanecía tal y como me lo había puesto Elia antes de bajar a cenar.
Mami me desabotonó el bodi lentamente y lo enrolló hacia arriba dejando al descubierto el pañal. Estaba algo hinchado porque tenía pipí, pero aparte de eso seguía casi intacto, apenas arrugado. Parecía que me lo hubiesen puesto hacía unos minutos.
La magia del bodi.
Me lo quitó completamente extrayéndome la cabecita y los brazos con mucho cuidado, ayudándome en cada movimiento, cuando no haciéndolo ella sola.
Mami me soltó las dos cintas adhesivas que estaban pegadas sobre la franja delantera con mucho cuidado, sin nada de brusquedad. Tenía que cambiar a su bebé con mucha ternura.
Por eso me gustan estos cambiaos de pañal en los que Mami se demora impregnando cada gesto con un cariño infinito, moviendo sus dedos y sus manos con la gracilidad que solo tiene una experta cambiapañales, pero cerciorándose de dejar en gesto, en cada cinta despegada, en cada roce con el pañal, en cada cinta pegada de nuevo, una ternura y un amor de la que solo una madre que cambia a su bebé es capaz.
No sabría explicarlo.
Nadie me cambia el pañal como Mami. Y Elia lo hace muy bien. Hasta Clementine también.
Y el proceso es siempre el mismo; una serie de pasos que ya están establecidos. Pero Mami, cuando tiene tiempo y no estamos en un sitio público ni corre prisa el cambio, se asegura de que sea un momento especial para nosotros. Un momento muy tierno, lleno de mimos, caricias y carantoñas que hacen que cada cambio de pañal que me hace Mami sea único.
Me dan mucha pena todas aquellas personas que no tenían uso de razón cuando sus madres les caminaban el pañal, pues son incapaces de recordar un momento tan especial entre madre y bebé que nunca va a volver.
Por fortuna, yo tengo varios de esos momentos al día, y doy gracias al universo por ellos, por seguir siendo un bebé y poder disfrutar de los cambios de pañal con Mami.
Mami separó la parte interior del pañal, absorbente y cómoda, de mi entrepierna algo húmeda. Estiró el pañal hacia ella con ambas manos y luego soltó una para izarme las piernas hacia arriba. Mi culito siguió la dirección que marcaban mis extremidades inferiores y también se alzó ligeramente, permitiendo a Mami extraerme el pañal con la otra mano.
Sin soltarme las piernas, Mami comenzó a limpiar toda la zona de mi cuerpo que hacía unos segundos estaba cubierta por un pañal. Me limpiaba con esmero pero con delicadeza, a conciencia pero con ternura, de manera firme pero suave.
Solo una madre es capaz de hacerlo así.
Cuando ya estuve totalmente seco, Mami dejó caer mis piernas sobre el cambiador con delicadeza y me hizo una carantoña en un costado que me produjo algunas cosquillitas.
Reí de manera infantil medio mordiendo el chupete.
Mami cogió de las repisas inferiores del cambiador un pañal de conejitos y lo desdobló, preparándolo para ponérmelo. Me volvió a levantar las piernas con la misma mano de antes, izando también mi culito y me pasó el pañal por debajo, acomodándomelo para quedase en su sitio y me cubriera bien. Después me reposó de nuevo las piernecitas sobre el cambiador y con ambas manos pasó el pañal entre ellas. Pegó de nuevo la parte interior a mi cuerpecito, cubriéndome entrepierna, genitales y ombligo y me lo ajustó, asegurándose de que quedara en su posición.
Un buen cambio de pañal, según mi experiencia, no necesita solo que sea tierno, duce, y esté lleno de mimos y caricias, no. Eso es lo esencial para que sea un cambio de pañal.
Pero para que sea un cambio de pañal sea un buen cambio de pañal, el pañal que te ponen debe quedar bien acomodado en torno a tu cintura y tu entrepierna. Esto no es solo que esté correctamente ajustado y que impida que haya fugas; se refiere también a que el pañal debe quedar bonito.
Sin arrugas y sin estar inclinado de un lado, viéndose bien la franja decorada, con las dos cintas adhesivas en su posición; ni demasiado alejadas del centro de la franja ni demasiado cerca, aunque eso dependerá siembre de las dimensiones de la barriguita del bebé. Pero lo importante es que se queden lo más simétricas posible. Porque que queden las dos a la misma distancia del costado es imposible, pues al final la última que se pega es siempre la que está más tensada.
Pero a Mami siempre le quedan bastante simétricas, como un pañal de dibujos animados.
Es la persona que mejor cambia el pañal en el mundo.
No sé si lo he dicho alguna vez, pero es la verdad.
Cuando mi pañal estuvo correctamente acomodado, Mami aguantó la parte delantera con una mano, presionando firmemente para que no se moviese pero con delicadeza para no hacerme daño (una acción con las dosis exactas de cada cosa que solo ella es capaz de hacer) y con la otra mano soltó la cinta adhesiva de ese lado y la estiró hasta la franja delantera de conejitos. La pegó sobre ella fuertemente pero con suavidad. Después tiró del otro lado del pañal hacia abajo con la mano con la que antes me había pegado la cinta y con la otra mano tiró de la cinta adhesiva de ese lado hacia delante, pegándola con firmeza pero a la vez con suavidad.
El pañal estaba totalmente agarrado y presionaba mi cuerpo otorgándome esa sensación de seguridad y comodidad que tanto me gusta.
Mami pasó las manos por los costados del pañal hacia delante, mulléndolo con cuidado para que se viera más bonito y me quedase más cómodo.
Terminó dándome un besito en la tripita, justo encima de donde terminaban los flecos superiores del pañal.
Había sido un cambio de pañal maravilloso.
Me sentía totalmente relajado. Y también dócil y dependiente.
Incapaz de andar, hablar o pensar.
O valerme por mí mismo.
Balbuceé ininteligiblemente y Mami me mesó el cabello.
-Ahora el biberón y a la cunita a dormir.
Pero primero había que ponerme el pijama.
Mami fue hasta mi cuna y cogió de la barandilla el pijama mono hecho un ovillo. Lo fue desenredando mientras regresaba al cambiador, donde yo la esperaba dócil y chupando mi chupete, mirando al techo con la mirada pedida. Para cuando Mami estuvo de nuevo situada frente a mí, el pijama enterizo ya estaba completamente desenrollado, con todas las mangas volteadas en su posición y la solapa del culete convenientemente abrochada.
Yo, desnudito sobre el cambiador a excepción del pañal, agité mis bracitos feliz.
Mami me besó de nuevo en la tripita.
El bebé de 12 años que era yo agitó de nuevo, feliz, los bracitos y las piernas.
Mami comenzó a ponerme el pijama. Primero enrolló una pata y la introdujo por mi piececito, desenrollándola hasta que me cubrió toda la pierna. Después enrolló la otra, flexionó mi piernecita tirando hacia arriba desde el tobillo y la introdujo por la otra pata, que fue desenrollando igual. Se inclinó entonces hacia mí y me pasó los por mi espalda, irguiéndome y sentándome sobre el cambiador.
Si me soltaba, me caería de espaldas, pues no era capaza de mantenerme sentado por mí mismo. Mami lo sabía y no me soltó en ningún momento.
Entonces, sin dejar de sujetarme, me fue subiendo el pijama por mi espalda hasta que llegó a los hombros y me reposó de nuevo, con mucho cuidado sobre el cambiador.
Balbuceé inquieto pero Mami me calmó con un susurro suave y apacible.
Pacificador.
Era un susurro como el sonido que hace el viento al discurrir por encima del mar. Suave, tranquilizador, que me provocaba cosquillitas en la barriga y a la vez inundaba todo mi ser de calma y paz.
-Eso es, bebé… -susurró Mami muy, muy flojito cuando vio que entornaba mis ojitos-. A dormir…
El tono apacible de su voz me tranquilizaba y provocaba que no pudiese mantener los párpados abiertos. Me pesaban demasiado, sí que los cerré y moví mi chupete pasudamente.
Pero en el estado en el que me encontraba no me hacía falta para conciliar el sueño.
Estaba en una inmensa paz mental y física.
Los susurros de Mami unidos a los suaves chasquidos que producía con la lengua, acompasados y suaves, me tranquilizaban tanto como el sentir la tetina del chupete.
Eran unos sonidos cosquillosos, que unidos a sus caricias y a la ternura de sus gestos introduciéndome los bracitos en las mangas del pijama hacían que estuviese ya prácticamente dormido.
El pijama tenía un tacto muy suave, y cuando Mami terminó de abrocharme todos los botoncitos me sentí de nuevo cobijado y calentito, pero un poco expuesto encima del cambiador.
Me rebullí inquieto, con lo que Mami se apresuró a cargarme en peso, aunándome entre sus brazos. Se meció conmigo en medio de la habitación. No tarareaba una nana sino que seguía haciendo esos soniditos, susurros y suaves chasquidos con la lengua que tanto me estaban calmando.
Nunca me he sentido más pequeño.
Más dependiente.
Más bebé.
Mami me daba de vez en cuando suaves golpecitos en el pañal y me acomodaba de nuevo entre sus brazos. Yo llevaba ya bastante tiempo con los ojitos cerrados, chupando mi chupete plácidamente y dejándome mimar.
-Shhhh… No hagas ruido –dijo de pronto Mami con una voz que apenas era un susurro.
-Le he preparado el bibe –la voz d Elia sonaba igual de baja, igual de tenue.
-Gracias, cariño.
-Me voy sin hacer ruido…
Ni siquiera escuché el ruido que hizo la puerta al cerrarse.
-A dormir, bebé… A dormir… -seguía repitiendo Mami sin dejar de mecerse conmigo.
Se sentó en la mecedora y me reposó sobre su regazo, con lo que yo me acomodé inconscientemente, buscando una postura más cómoda entre sus enormes caderas, acurrucándome contra su cuerpo. Reposé la cabecita en uno de sus pechos, que me pareció al tacto más grande incluso que de costumbre. Mami me quitó e l chupete con mucho, mucho cuidado.
No puedo expresar la suavidad con la que lo hizo. La tetina del chupete salía de mi boca, pero yo apenas lo notaba. Sabía que enseguida recibiría el biberón pero no puede evitar mover los labios, chupando inconscientemente.
Cuando sentí la tetina del biberón rozándome la boquita, cerré con aprehensión los labios en torno a ella y chupé. Lenta y pausadamente, para beberme la leche, que estaba dulce y calentita.
Estaba hecho un ovillo en el regazo de Mami, entre sus caderas. Y ella era quien me pasaba un brazo por la espala para que no me cayese, llegando con la mano hasta el culito con pañal, sobre el que me daba de vez en cuando palmaditas suaves. Con la otra mano inclinaba el biberón hacia mí.
Yo chupaba del bibe sin abrir los ojos, sintiendo la leche caer en mi estómago. Mi pañal entorno a mi cintura fuertemente agarrado. El calor y el amor que irradiaba el cuerpo de Mami.
Soy un bebé tan feliz.
Chupé siguiendo el compás de mi respiración.
Eran unos chupeteos suaves, casi con timidez. Pero no me sentía capaz de hacerlos más fuerte.
Estaba prácticamente dormido y chupaba más por instinto que por otra cosa.
Me terminé el biberón y Mami me volteó con mucha delicadeza para que expulsara los gases. Me dio solo una suave palmadita en la espalda y mi estómago liberó un suave eructo.
Mami me besó en una mejilla.
Se levantó de la mecedora conmigo entre sus brazos, todavía meciéndose sobre un pie y otro, y acunándome. Me llevó hasta la cuna y me reposó dentro con mucha suavidad, como si temiese que pudiera romperme.
Como si fuese una frágil obra de arte.
Al dejar de sentir su calor y el tacto de su cuerpo, balbuceé inquieto, estirando los bracitos hacia arriba, pero Mami puso entre ellos a Wile, y al sentir el roce de su felpa sobre mis manitas lo abracé con fuerza contra mi pecho y me puse de lado, acurrucándome sin dejar de abrazarlo.
Mami me tapó con la mullida manta de la cuna y me acomodó la cabecita en la almohada. Después fue remetiendo la manta siguiendo la figura que dibujaba mi cuerpo debajo, arropándome. Palmeó suavemente el bulto que marcaba mi culito abultado por el pañal, como asegurándose de que su bebé iba a dormir seguro y protegido.
Entonces yo empecé a balbucear inquieto y a mover mi boquita, que sentía huérfana.
Inmediatamente el chupete se introdujo en ella. Con mucha delicadeza, con mucha suavidad. Primero la tetina rozó mi labio inferior, que temblaba ligeramente, y entonces ambos se cerraron sobre ella. Y empecé a chuparla, lenta y sosegadamente, feliz de sentir su tacto entre mi lengua y el paladar.
Me encanta mi chupete.
Me encanta mi pañal.
Me encanta mi biberón.
Me encanta mi cambiador.
Me encanta mi cuna.
Me encanta que Mami me mime y me cambie el pañal.
Me encanta ser un bebé.
-Eso es, mi bebé… dijo Mami con un susurro mientras se inclinaba hacia mí-. A soñar…
Me dio un beso muy suave en la mejilla y volvió a palmearme por última vez el pañal.
Dos veces. Muy flojito.
Yo lo sentía fuertemente sujeto a mi cuerpo, y es me tranquilizaba mucho.
El pañal bien apretado en torno a mi cintura, el chupete en mi boquita y el bebé en la cuna.
Todo estaba donde debía estar.
No tardé en dormirme.
 
 
*****
 
 
No tardé en despertarme.
Seguía en la misma posición en la que Mami me había dejado, hecho un ovillo debajo de las mantas y fuertemente aferrado a Wile, así que no debía de llevar mucho tiempo durmiendo.
Las voces de Elia y Mami llegaban a mis oídos, a pesar de que hablaban muy flojito. Ambas venían desde el cuarto de baño. Me costó un poco identificar qué decían, pues al principio solo distinguía un murmullo inconexo. Estaba muy cansado.
En la oscuridad de mi cuarto, volví a cerrar los ojos para seguir durmiendo.
Estaba tan cansado.
-…Sí que es raro, sí –decía Elia.
-Si lo piensas un poco, no es tan raro.
-Si lo piensas un poco más, sí. Supongo que era por eso que te dolían estos días.
-Y yo que creía que era por la regla –Mami parecía satisfecha-. Pero el dolor era diferente.
-¿Ahora te duelen?
-Para nada.
-No sabía que esto pudiese pasar.
-Es raro, pero es posible. He estado leyendo un poco últimamente.
-Y bueno, ¿qué vas a hacer?
Es lo último que recuerdo antes de volver a quedarme dormido.
 
 
*****
 
 
Me despierta el ruido de la persiana subiéndose lentamente, hasta dejar solo unos resquicios que dejan entrar la fría luz de la mañana.
Pero hoy parece más cálida, menos gris y más iluminada.
Por supuesto, es Mami quien sube la persiana. Cuando ve que abro los ojitos, me mira y me sonríe radiante.
Está muy, muy feliz.
Esas cosas puedes percibirlas cuando eres el bebé de alguien.
Hay también algo diferente en el ambiente, un halo que parece envolverlo todo. Y anoche no estaba.
Mami se apoya en la barandilla de la cuna y me pasa una mano apartándome un mechón de pelo del rostro. Su sonrisa ilumina mi despertar como el más ardiente y fulgurante de los soles.
Y puedo sentir a Mami embriagada de una de una satisfacción plena. Me fijo en sus ojos, en el resquicio de tristeza y pesar que había estado escondido en lo más hondo de sus pupilas.
Ya no está.
Mami sigue contemplándome un rato, pasándome la mano por el cabello, sin disminuir su mirada de satisfacción y ternura. Yo no puedo hacer otra cosa que mirarla a los ojos chupando mi chupete. Estoy absorto con la plenitud que desprenden.
Mami baja la mano de mi pelo a mi tripita, y de ahí a mi pañal, sobre el que da dos palmaditas.
-¿Cómo tienes el pañalito? –me pregunta.
Es una pregunta retórica, pues sabe que estoy mojado, así que no contesto y sigo chupando el chupete.
-¿Estás mojadito? –me sonríe con dulzura y me vuelve a palmear el pañal-. Pues venga, vamos a cambiarte.
Mami me coge de las axilas y me levanta en peso. Yo estoy tan absorto que ni siquiera noto cómo Wile se desprende de mi manita.
-¡Aaaaaúpa! –dice al sacarme de la cuna.
Soy como un pelele. Mi pañal abulta mucho dentro de mi pijama enterizo. Mami me acomoda sobre sus brazos y se mece conmigo.
Verdaderamente la noto distinta.
Me lleva hasta el cambiador y me deja con cuidado sobre la superficie.
-Vamos a cambiarte el pañalito –me dice haciéndome una carantoña en la barriguita, sonriendo risueñamente.
Me cambia el pañal con mucha ternura, demorándose en cada gesto para llenarlo de terneza y cariño, asegurándose de que yo quede bien sequito y poniéndome el pañal nuevo cerciorándose de que queda firmemente sujeto y agarrado.
No me ha desnudado ni puesto un bodi. Sigo llevando el pijama enterizo de color azul clarito. Siento el calorcito que desprende después de una noche de sueño y la suavidad de la tela. Me encuentro muy cómodo, con el pañal cambiado pero llevando todavía el pijama.
Mami me coge en brazos con delicadeza y me acuna entre ellos. Yo me acurruco contra su bata, y me siento más cobijado que de costumbre. Me lleva así hasta la mecedora y se sienta en ella, reposándome sobre su regazo. Yo me acomodo en él y me acurruco un poquito más, apretándome a su cuerpo. Mami me contempla con una radiante sonrisa.
No la he visto sonreír de esta manera nunca en mi vida.
Me contempla con una sonrisa radiante como si viese a su bebé por primera vez.
Mami me quita el chupete con dedos temblorosos, pero con la delicadeza de siempre, y lo deja con cuidado sobre la cajonera. Se supone que es ahí también donde deja el biberón cada mañana para sacarme de la cuna y cambiarme el pañal, pero no hay ni rastro del biberón.
Miro a mi alrededor y tampoco.
-¿Y el bibe, Mami? –pregunto con mi vocecita de bebé.
Mami, que no dejaba de mirarme con una ternura infinita, me contesta:
-Hoy no hay bibe, cielo –dice-. Toma.
Y se abre un poquito la bata y se saca una grande y pesada teta con un pezón rosado, y la sostiene delante de mi cabecita.
Miro a Mami, que me sonríe exultante, y hago lo único que tiene sentido.
Me inclino hacia la teta, rodeo el pezón con los labios y empiezo a mamar.


FIN
(Por ahora)

23 de abril de 2021

Antes de el último capítulo de Los 2 Mundos de Robin Starkley...

 Hola a todos, hola a todas!

El siguiente capítulo de Los 2 Mundos de Robin Starkley será el último, y antes de publicarlo la semana que viene he tenido a bien deciros unas cosas.

Lo primero es daros las gracias a todos, y cuando digo a todos, quiero decir a todos. Gracias por vuestro apoyo, por vuestra compresión y por vuestra paciencia.

Los 2 Mundos de Robin Starkley ha sido para mí una auténtica aventura vital; mientras la escribía he pasado por tres casas, cuatro trabajos y una pandemia mundial. Ha habido momentos buenos y momentos malos. Ha sido como la vida misma. He explorado nuevas maneras de escribir, sobre todo el transcurrir del tiempo, por eso quizá se ha hecho tan larga. Que no demasiado larga, ojo. Aunque lo que he contado podría haberse hecho en la mitad de capítulos, quería que los personajes sintieran el transcurrir del tiempo. Como en una película francesa, donde parece que no pasa nada, pero sí. Elia hace un chiste con esto y todo.

Con el capítulo 28 llegaremos a su final. El final de un viaje maravilloso en suma. Robin, como Chris, Ady, Jackie, Charlotte, Lucía y muchos otros siempre será uno de mis bebés. Lo quiero, como quiero a todos. Como os quiero a vosotros.

Después de Los 2 Mundos de Robin Starkley me voy a tomar un descanso en esto de escribir. Un descanso indeterminado, pero sí que no esperéis historias nuevas en al menos un año. Esta historia ha sido dura, me ha costado sudor y sangre terminarla, además de una rotura en en mi ya delicada salud mental. Necesito un descanso. Necesito parar.

Y ahora viene otra cosa importante.

El cariño que me habéis dado la absolutamente inmensa mayoría es impagable, y algún día os lo agradeceré como es debido. Pero hay algunos que se han dedicado exclusivamente a hacerme la vida imposible; a copiar, plagiar o publicar mis historias sin permiso, y francamente ya estoy harto. Mis historias no son nada del otro mundo y os las ofrezco gratuitamente, también porque eran simples historias que escribía, releía y corregía y publicaba, sin más.

Pero eso se ha acabado. Quiero crecer como escritor, ser un escritor tradicional. Publicar un libro. En digital o en papel, pero publicar un libro. Y aunque no será eminentemente AB/DL sí que habrá niños (o adolescentes) demasiado mayores para llevar pañales, usar chupete o tomar biberón por ejemplo.

Quiero conseguir que las historias AB/DL se conviertan en literatura fuera de Internet.

Es por eso y por los plagios que mi siguiente historia (cuando se publique) no va a ser ofrecida de manera gratuita. 

Esto no quiere decir ni que vaya a tener un precio desorbitado, pero lo que sí quiere decir es que será una novela. Con todas las letras. Sus correcciones, su maquetación, su portada y su ISBN.

Un libro.

Y casi seguro que será Álex lleva pañales.

Para que veáis si va a haber contenido AB/DL :)

Será el libro también en el que aparezcan Annie y Ady^^

Pero para eso aún falta mucho.

Y no quiere decir que no caiga alguna historia cortita en el camino ;)

Muchas gracias otra vez a todos; por estar siempre ahí. Sois los mejores lectores que un escritor podría tener. De verdad os lo digo, de corazón.

La semana que viene, último capítulo de Los 2 Mundos de Robin Starkley.

Pero no es un adiós, sino un Hasta luego.

Se despide, con una sonrisa detrás de su chupete,
Tony P.

2 de marzo de 2021

Los 2 Mundos de Robin Starkley - Capítulo 27: Una vida de bebé

Me despierto por mí mismo, algo muy inusual en estos días. La mayoría de las veces es Mami quien todas las mañanas se acerca hasta mi cuna y me mece suavemente el hombro, dándome los buenos días con una sonrisa radiante y una mirada de ternura al contemplar a su bebé cobijado en la cuna.
Porque eso es lo que soy ya a todos rasgos: un bebé.
Me tienen que levantar y acostarme, porque yo no puedo entrar y salir de mi cuna si no es en los brazos de alguien.
Mi cuna.
El cochón de la cuna es pequeñito y estrecho, pero Wile y yo cabemos perfectamente. Es muy suave y mullido, y la primera vez que Mami me reposó encima me sentí más cómodo de lo que jamás había estado en cualquier colchón de una cama. La sábanas eran de franela y la colcha era muy mullida y pesada, lo que hacía que envuelto en ellas me sintiese calentito y seguro, pero también indefenso y vulnerable. Era una sensación un poco extraña, pero maravillosa.
Al hecho de que la cuna fuese como mi pequeña zona segura e inexpugnable contribuía también el hecho de que los barrotes eran muy altos, aunque no daban en ningún momento la apariencia de una jaula ni nada que por asomo se le pareciese.
Seguro.
A salvo.
Mi pequeña guarida de franela, almohada mullida y avioncitos que giran en el cielo.
Puedo tratar de describirlo de muchas maneras distintas per si nunca habéis estado dentro de una cuna, o no teníais conciencia en el momento en el que lo estabais, a lo mejor os puede costar entenderlo.
Es un sitio en el que si ya de por si tienes una parte de bebé, ese lado se te acrecienta aún más.
No es como una cama en al que tú puedes subirte por tu propio pie y si te haces caca o pipí puedes bajarte de un salto e ir corriendo para que te cambien el pañal. Cuando duermes en una cuna eres totalmente dependiente de otra persona para acostarte y levantarte.
Y eso me gustaba.
Me hacía sentir muy bebé.
Aunque como os digo, estos últimos días me había convertido prácticamente en un completo bebé.
Mami me levantaba todos los días. Se aceraba a mi cunita y me mecía ligeramente hasta que yo, aún tapado por las sábanas y aferrado a Wile, agitaba bocarriba mis extremidades y bostezaba, despertándome poquito a poco y chupaba mi chupete mirando a Mami, quien me contemplaba apoyada en los barrotes y siempre con una expresión de absoluta felicidad, luciendo una sonrisa radiante como si lo que más le gustase en el mundo fuera ver a su bebé despertarse feliz todos los días dentro de la cuna, chupando su chupete y esperando el biberón y que le cambien el pañal.
-Siempre he querido volver a tener un bebé –me dijo Mami una mañana nada más yo abrir los ojitos acariciándome el pelo.
-Siempre has tenido un bebé.
Me salió sin pensar, sin dudar. 
Era verdad. Yo siempre había sido el bebé de Mami.
Pero ahora era ya un bebé de verdad.
Casi.
La rutina de todas las mañanas era la misma. Mami me sacaba de la cuna cogiéndome de los sobacos y me llevaba en brazos hasta el cambiador. Una vez allí me cambiaba el pañal y me vestía von ropita de niño mayor, aunque siempre me ponía un bodi debajo. Después me llevaba de nuevo en brazos hasta la mecedora y allí me daba el biberón mientras se balanceaba hacia delante y atrás conmigo encima y me mecía sobre su regazo.
Un bebé.
Después me bajaba en brazos hasta el salón y me dejaba sobre una alfombra grande que había puesto en el centro. Y ahí pasaba mis mañanas: viendo la televisión, jugando con la consola a los juegos de Super Mario, llamándola para que me cambiara el pañal…
Y es que Mami había cambiado el turno en el hospital y ahora trabajaba por la tarde, por lo que podía pasar todas las mañanas conmigo y cuidarme. Por la tarde se encargaba Elia, a veces con Clementine.
No me malinterpretéis, no es que hubiese que estar pendiente de mi las veinticuatro horas, pero sí que necesitaba siempre a alguien para cambiarme el pañal, darme de comer o acostarme y levantarme.
Yo no era un bebe que diera excesivo trabajo; para ser un bebe, podía pasar varias horas sin vigilancia, y  teniendo dibujos animados y videojuegos estaba entretenido. Y si me hacía pipí podía esperar hasta que Mami o Elia vinieran a cambiarme.
Otro asunto distinto era la caca.
Cuando me hacía caca encima sí que me ponía a llorar y dejaba de hacer lo que estuviese haciendo, incapaz de controlar el llanto, producido por la sensación de incomodidad de tener caca en el pañal. Entonces tenía que venir Mami, o Elia, o Clementine, llevarme a mi habitación, subirme al cambiador y cambiarme de pañal.
Porque ahora también tenía un cambiador para que me cambiaran el pañal.
Ya apenas quedaba nada del mundo del Robin de 12 años, solo la edad.
Pero era un bebé.
Aun así guardaba retazos de ese mundo anterior, porque aunque fuese un bebé también tenía 12 años, así que todavía pululaban por casa videojuegos (aunque infantiles), series de televisión (aunque infantiles) y juguetes (aunque infantiles).
Dioses y Monstruos había dado paso a Luigi’s Mansion, Arrow se había quedado atrás y ahora veía Teen Titans go!, y los muñecos de acción habían sido sustituidos por Legos y animalitos de granja.
Porque, todo hay que decidirlo, los juguetes de bebé sí que se me hacían aburridos. Y aunque Elia apareció una tarde con un sonajero, no le hice mucho caso más allá de agitarlo varias veces al abrirlo, porque enseguida me cansé de él.
-Supongo que hay bebés a los que no les gustan los sonajeros –comentó con cierto desdén al ver que no me había gustado su regalo-. Esta noche te mataré –añadió.
Así que si dejamos de lado que jugaba con juguetes y videojuegos, que veía series de dibujos para niños mayores de 4 años, y que no me gustaban los sonajeros, podemos decir que era un completo bebé.
Me hacía pipí y caca encima sin darme cuenta, chupaba el chupete casi todo el día, no me separaba de un peluche, dormía en una cuna, me cambiaban el pañal sobre un cambiador, me daban varios biberones al día, me alimentaban, vestían, bañaban…
Todo lo que hacía un bebé.
Casi todo.
Lo curioso es que nunca había visto a Mami y Elia tan felices, como si la vida de Mami por fin estuviese completa y le diese igual tener que estar todavía pendiente de su hijo de 12 años, que la necesitaba para prácticamente todo.
Pero como me había dicho: estaba encantada de poder cuidar a un bebé. Y era feliz cambiándome el pañal, despertándome y sacándome de la cuna, jugando conmigo en la alfombra, acunándome, dándome el biberón…
Aunque a veces me sorprendía atisbar una expresión de tristeza en sus ojos, de pesar, de decepción consigo misma. Aunque no sabía por qué. Mami estaba cuidando de su bebé. Su vida era plena. Se le notaba en su mirada.
Pero ahí, en lo más profundo de sus ojos estaba ese sentimiento. No estaba a la vista, así que el resto del mundo no lo veía. Ni siquiera estoy seguro de que Elia fuese capaz de verlo. Estaba en lo más profundo de su mirada, en lo más hondo de sus pupilas. Era casi fugaz, y costaba verlo. Pero yo tenía un vínculo especial con Mami, era su bebé, y podía notar que había algo que impedía su total felicidad.
Pero no obstante, la felicidad que sí mostraba era más que evidente. Estaba en cada gesto al cambiarme el pañal, en cada acune que me hacía, en cada cucharada de comida que me daba en la boca, en cada vez que me metía o me sacaba de la cuna, meciéndome en brazos y dándome besitos en la frente.
Mami era feliz con su bebé.
Y su bebé era muy feliz con Mami.
Esa mañana me desperté sin ningún roce suave de Mami en mi hombro. Me desperecé lentamente, agitando los piececitos y los puñitos en el aire, con lo que las sábanas descubrieron a un niño de 12 años adormilado, que llevaba un pijama enterizo en el que abultaba un pañal, y que chupaba un chupete.
Peor me dio frío así que volví a taparme. Agarré a Wile y me hice un ovillo bajo las sábanas.
-Por fin estamos durmiendo en una cuna, Wile –le dije-. Ya somos bebés.
Le di muchos besitos de chupete e imaginé que la cuna era una nave espacial y que Wile y yo cruzábamos el universo, propulsados por el móvil de avioncitos, que funcionaba como una hélice.
Me gustó la idea. Hubiese sido una buena historia.
Entonces me empezó a dar calor y descubrí mi cabecita. Me puse a mirar el móvil, sostenido del cabezal, tan alto. Estiré mis manitas hacia él pero no llegaba ni tan siquiera a estar cerca de rozarlo. Estaba más alto aún  que cuando pendía del cabecero de mi cama. Me destapé del todo y gateé hasta los pies de la cuna. El colchón era pequeñito y estrecho, pero me permitía gatear sobre él.
Últimamente apenas andaba y casi siempre iba gateando a todos sitios.
A Mami le gustaba. Decía que le encantaba ver cómo se movía mi culito ensanchado por el pañal.
Hablando  de Mami. En ese momento entró en la habitación abriendo la puerta con cuidado y me vio a cuatro patas sobre la cuna, chupando mi chupete y mirándola como si me hubiese pillado en una travesura.
-¡Anda! –exclamó mientras dejaba el biberón que llevaba consigo sobre uno de los pocos muebles de habitación de niño de 12 años que quedaban-. ¡Si está ya despierto el bebé!
Yo me reí un poquito culpable y la tetina del chupete amenazó con salírseme de los dientes, pero no llegó a hacerlo. El chupete parecía cada vez que formase más parte de mi boca.
Mami se acercó hasta la cuna y se apoyó con ambos codos sobre la barandilla.
-¿Cómo has dormido hoy, bebé? –preguntó mientras yo gateaba hasta la almohada para coger a Wile.
-Bien –respondí, y me acosté bocarriba abrazando a mi compañero de pañales.
-¿Te gusta la cunita?
-Sí, mucho –y se me escapó una risita de bebé.
-¡Pero qué bebé más bonito eres! –me dijo mientras me palmeaba el pañal-. ¡Uy! –exclamó-. ¡Sí que te has hecho pipi esta noche! ¿Te cambio el pañalito?
-¡Chi! –contesté infantilmente, con mi vocecilla de bebé, que era la única que usaba últimamente. Estiré los brazos hacia ella-. Sácame de la cuna, Mami.
Mami se inclinó hacia mí, me cogió por los sobacos y me sacó de la cuna, poniéndome luego una mano en el culete y pegándome a su cuerpo mientras que con la otra me cogía por la espalda.
-¡Aaaaúpa!
En sus brazos llegué hasta el cambiador y me reposó encima con mucho cuidado. Yo agité mis extremidades ligeramente en el aire y miré a Mami sin dejar de sonreír.
Me sentía muy feliz con todo aquello y mi cerebro se comportaba como si fuese el de un bebé pequeñito. Todavía no había asimilado que durmiese en una cuna como siempre había querido ni que tuviese un cambiador para que me cambiaran el pañal.
Mami me hizo una carantoña en la barriguita.
-Bueno, vamos a cambiarle este pañalito al bebé para que se tome su biberón.
Yo miré al techo chupando mi chupete de manera inconsciente mientras Mami comenzaba con todo el proceso.
Primero me desabrochó uno a uno los botoncitos de mi pijama, empezando por el del cuello y terminando por el que estaba más pegado al extremo de la solapa que llegaba hasta el culete. Después me extrajo un bracito de una manga, tirando de él con mucho cuidado e hizo lo mismo con el otro. Tiró con delicadeza del pijama hacia abajo descubriéndome el torso, la barriguita, el pañal y toda la espalda. Me levantó una pierna tirando del tobillo hacia arriba y con la otra mano me sacó la pierna del pijama. Después repitió la operación con la otra y quedó un cuerpecito menudo y delgado que se agitaba inquieto llevando un pañal enorme de color banco con una franja superior decorada con ositos en pañales.
Entonces Mami sujetó con dos dedos una cinta adhesiva que se adhería sobre la cabecita de un osito y la despegó de la franja, produciendo un frunch. Con los dedos pulgar e índice de la otra mano hizo lo mismo con la otra cinta adhesiva, despegándola del pie de un osito que llevaba un pañal.
El pañal (pero el que yo llevaba) se relajó considerablemente, y las dos cintas adhesivas que se estiraban desde atrás arrastrando consigo los laterales del pañal, caían inertes al lado de mis caderas, con lo que la sensación de agarre y sujeción que provocaba en mi cintura, desapreció.
Mami separó la parte de delante del pañal llevándola hacia ella y separándola de mi bajo vientre y me dejó los genitales al aire. Yo seguí mirando al techo chupando mi chupete, inerte, dejándome hacer y ajeno a todo el proceso que Mami estaba llevando a cabo para cambiarme el pañal, pero disfrutando con la sensación de sentirme tan dependiente de ella, y con cada gesto que llevaba a cabo durante todo el cambio.
Ahora tocaba el turno de extraerme el pañal del todo. Mami izó mis piernas hacia arriba  tirando de los tobillos con una mano y me sacó el pañal con la otra. Me dejó caer el culito suavemente sobre el cambiador e hizo una bola con el pañal que acaba de quitarme, usando de nuevo las cintas adhesivas para que este mantuviese su nueva forma, y lo dejó a un lado.
Comenzó entonces a limpiarme con mucha delicadeza y suavidad, pero esmerándose en que mis genitales y entrepierna quedasen completamente secos.
Cuando así estuvieron, me puso de nuevo otro pañal.
Primero lo tuvo que coger de una de las pequeñas repisas que tenía el cambiador. Eligió uno de conejitos con las letras del abecedario. Los desplegó delante de mí y me levantó las piernas de igual manera que antes, izándomelas desde los tobillos, y me pasó el pañal por el culete. Me dejó caer de nuevo las piernas y comenzó a ajustármelo para que quedase en su sitio, ni muy arriba ni muy echado para un lado.
-¿Sabes, Robin? –me preguntó mientras movía el pañal ligueramente de un lado a otro con ambas manos-. Esta tarde me voy a quedar aquí contigo.
Yo abrí mucho los ojos, emocionado.
-¿Y eso por qué?
-Tu tía Marie va a venir para ayudarme a preparar el salón para Acción de gracias –contestó mientras me pasaba el pañal entre mis piernas.
Es verdad. Ya se me había olvidado que este año Acción de gracias se celebraría en mi casa.
-¿Y va a venir toda la familia? –pregunté dando un chupeteo.
-¿Cuándo?
Mami estaba en ese momento concentrada en que el pañal se quedara en su posición. Sujetaba la parte de atrás y la de delante con varios dedos y me lo acomodaba en torno a mi cintura.
-Pues en Acción de gracias.
Mami terminó con el cambio antes de contestar. Se aseguró de que el pañal quedase en su sitio. Luego aguantó con la mano derecha la posición del pañal presionando muy delicadamente la franja llena de conejitos, y con la izquierda estiró desde atrás la cinta adhesiva, sujetándola con dos dedos y pegándola sobre un cubilete con la letra a. Luego hizo la misma operación por el otro lado pero en sentido inverso. Aguantó el pañal con la mano izquierda y tiró de la cinta con la derecha. Pero este paso tiene que hacerse con más fuerza, para asegurase de que el pañal queda bien apretado al cuerpecito. Es por ello que siempre esta cinta del pañal queda más cerca del centro de la franja decorada.
Cuando me abrochó el pañal, Mami me lo palpó por delante y por lados, como comprobando su grosor y pasó las manos por la franja de conejitos. Me dio un beso en la tripita y dio por terminado el cambio.
-Vendrán todos los de la familia, sí. Todos tus tíos con todos tus primos. ¿No es maravilloso? –el sarcasmo en su voz era evidente hasta para incluso un bebé como yo.
-Yo no quiero que vengan… -refunfuñé.
-Ni yo. Ni Elia tampoco –Mami se apoyó en el cambiador y me tiró ligeramente del asa del chupete-. Pero no te preocupes que como alguien te diga algo, lo echo sin miramientos.
Curioso, no me había ni siquiera parado a pensar en que podrían hacerme burla por la cuna o el cambiador, o por verme todo el rato con un pañal o un chupete.
Eran cosas que necesitaba y que eran normales de ver en un bebé.
Y yo era un bebé.
De todas formas, agradecía que Mami se preocupase por defenderme, pero hacía tiempo que las burlas de los demás no me importaban.
Estaba solo y siempre lo estaría.
Lo había aceptado.
Mami empezó entonces a ponerme el bodi. Escogió del armario uno de color azul celeste. Mami había reservado uno de los cajones del guardarropa para mi ropita de bebé, de modo que ahí estaban mis pijamitas enterizos y los bodis.
Mami le soltó los botoncitos de la parte de abajo y lo enrollo para que me fuese más fácil introducir la cabecita por él. Una vez que lo hube hecho me pasó entonces con cuidado los bracitos por las mangas. Desenrolló el bodi hacia abajo hasta cubrirme el pañal y me abrochó de nuevo los botoncitos de debajo de la entrepierna, dejándome el pañal más sujeto aún si cabe y dándome una sensación como si formase parte de mí, pues el bodi actuaba casi como una segunda piel.
Como si el pañal estuviese en mi interior.
Encima del bodi me puso una camiseta de Power Ranger: Ninja Storm y también unos pantaloncitos de algodón de color gris clarito.
-Qué guapo está mi bebé –dijo mientras me pasaba los dedos por el pelo, dejándomelo caer a ambos lados de la cabeza con la raya en medio
Entonces me volvió a coger en peso y fue conmigo hasta la mecedora. Se sentó en ella y me acomodó en su regazo, recostándome mirando hacia arriba. En momentos así me sentía muy vulnerable, incapaz de valerme por mí mismo y necesitando de alguien para llevarme a todos lados, o para alimentarme, como era el caso de lo que iba a hacer Mami a continuación.
Llevaba puesta la bata de estar por casa, que era pesada y suave al tacto. Cuando Mami se alisó los pliegues y me reposó en su regazo y yo reposé la cabeza en uno de sus enormes senos, me sentí protegido de todo mal. Mami era muy suave e irradiaba calor; me achuché contra su busto, pegando mi carita a su bata para sentir su tacto. Cerré los ojitos y chupé mi chupete pasudamente.
Mami me rodeó con su brazo, pegándome más hacia su cuerpo, y me acunó ligeramente mientras se balanceaba en la mecedora adelante y atrás, pero solo lo mínimo para que fuese un movimiento tenue, casi otra manera de acunar más que un lento vaivén.
Balbuceé ininteligiblemente y me acurruqué más aún. Hacia menos de diez minutos que me había levantado y ya me estaba volviendo a quedar dormido…
Entonces sentí como mi chupete se salía despacito de mi boquita y balbuceé molesto. Aún con los ojos cerrados, seguí haciendo el gesto de chupar una vez que Mami me lo había quitado del todo, erguí la cabeza y seguí en el aire su recorrido, abriendo y cerrando los labios, buscando la tetina que no estaba. Pero entonces mis labios se toparon con la tetina del biberón y se cerraron en torno a ella, continuando con el gesto de chupar, pero esta vez obteniendo algo a cambio: leche calentita que entraba en mi boca, pasaba por mi esófago y cayendo hasta mi barriga, reconfortándome y calentándome por dentro. Poco a poco mi cabecita volvió al pecho de Mami, y ahí reposada, seguí tomándome el biberón si abrir los ojos.
Mami se seguía meciendo con suavidad y me daba palmaditas el pañal, mientras tarareaba una nana.
Yo era un bebé vulnerable, pero me sentía en paz. Liberado. En una especie de éxtasis permanente, el nirvana de los monjes budistas, no del grupo que le gusta a Elia. Encima de Mami, llevando pañal y chupando del biberón que ella me daba. Yo tenía los ojitos cerrados así que no veía nada del mundo exterior. En ese momento éramos solo Mami y yo.
Me terminé el biberón y Mami aprovechó para cambiarme de postura, sentándome sobre sus rodillas mirando hacia ella y dándome palmaditas en la espalda para que expulsase los gases. Me tiré un par de pequeños eructos y enseguida balbuceé inquieto, agitando los labios y pidiendo mi chupete.
Mami comprendió y volvió a introducirlo en mi boquita.
Lo chupé gustosamente.
-Bueno, bueno –empezó a decir Mami mientras se incorporaba, todavía conmigo en brazos-. Vamos a espabilarnos que el día acaba de empezar.
Yo abrí los ojitos, aún bastante adormilado.
-Eso es –y me dio un besito en la mejilla.
Bajó conmigo las escaleras y me llevó hasta el salón. Me reposó encima de la alfombra, en la que todavía estaban esparcidos mis juguetes desde ayer y se despidió, porque tenía que irse a hacer algunas cosas del trabajo con el ordenador.
Yo me sentí solo. Me faltaba algo.
Miré a Mami, que ya se había dado la vuelta y andaba hacia la cocina, y empecé a balbucear.
-¿Qué es, Robin? –Mami se giró y regresó sobre sus pasos, con expresión ligeramente preocupada.
-Gugu –dije, perdón, balbuceé-. ¡Gugu! ¡Gugú! –estiré mis bracitos con las palmas de las manos abiertas
-Ah, ya veo –sonrió Mami, comprendiendo-. Te lo traigo enseguida.
Desaprecio escaleras arriba y regresó con Wile bajo el brazo.
Yo me agité inquieto y balbuceé feliz. Estiré los bracitos hacia mi amigo.
-¡Gugu, gugu!
Mami me lo tendió, yo lo cogí rápidamente y lo espachurré contra mí. Cerrando los ojos para sentir mejor su tacto sobre mi carita.
-Bueno, pues quédate aquí mientras estoy haciendo cosas. Si necesitas que te cambie el añal me lo dices, ¿vale?
-¡Vale! –respondí contento.
-¡Ese es mi bebé! –Mami me sonrió con afección y me dio un beso en la frente antes de marcharse.
Esta era mi vida ahora.
Una vida de bebé.
Y me encantaba.


*****


Mami me estaba preparando para irme a dormir la siesta. Y cuando digo preparándome quiero decir cambiándome el pañal.
Me acababa de hacer pipí nada más terminar de comer. Yo no había dicho nada pero Mami lo había notado al quitarme el bodi para ponerme el pijama, por lo que ahora tenía que cambiarme antes el pañal.
Terminó de abrocharme las cintas sobre la franja de cochecitos, camiones y semáforos y me dio un beso en mi barriguita desnuda. Me puso el pijama con mucha delicadeza mientras yo me mantenía dócil e inerte y me llevó en brazos hasta la cuna. Me sujetaba con ambas manos entrelazadas por el culito mientras yo le pasaba los brazos por el cuello, llevando en una de las manos a Wile bien cogido.
Mami nos introdujo dentro, reposándome la espada sobre el colchón, muy, muy suavemente. Yo me acurruqué contra Wile y solté un gemido adormilado. Cerré los ojitos y me preparé para quedarme dormido.
Mami me dio un beso en la frente y me arropó con cuidado, remetiéndome las sábanas y la manta por debajo de mi hombro, costado y pañal, dándome una palmadita en este, como para cerciorarse una vez más de que su bebé iba a dormir protegido.
Pero antes de que empezase a balbucear inquieto, me temblasen los labios y empezase a hacer el gesto de chupar con la boca, una tetina se me introdujo delicadamente en ella, y al sentirla dentro empecé a chupar gustosamente.
De verdad, los que no usáis chupete no sabéis lo que os estáis perdiendo.
-Descansa, mi bebé –me dijo Mami dándome otro beso, esta vez en la nuca.
Escuché los pasos de Mami ir hacia la puerta, el sonido del interruptor de la luz y la puerta de mi habitación cerrándose muy flojito.
Me aferré más al cuerpecito de felpa de mi amigo, sintiendo también en mis manos el plástico de su pañal y me concentré en chupar mi chupete hasta que me quedé dormido.



*****


Me despertó el sonido de unas voces.
Había gente en casa.
Gente que no era Mami ni Elia, quiero decir.
Aunque a Elia no se la escuchaba por ningún lado.
Básicamente era Mami hablando con otra mujer. Y de vez en cuando se oían las voces agudas de dos niñas.
Oh, no.
Mami me había dicho por la mañana que tía Marie iba a venir a ayudarla con los preparativos de Acción de gracias. En ese momento oía las voces aproximándose hacia mi habitación y podía distinguir con claridad lo que decían, pues poco a poco iba saliendo de mi adormilamiento.
-… muero por ver cómo te ha quedado la habitación del niño –tía Marie.
-Al final ha entrado todo bien. Tuvimos que deshacernos de un cajonera pero bueno. La próxima vez mediremos mejor –Mami.
-¿Y vosotras? ¿Queréis ver la cuna del primo Robin? –tía Marie de nuevo.
-¡Yo sí! –Laëtitia.
-¡Y yo! –voz ahogada por chupete. Felicia.
-Pero intentad no hacer mucho ruido a ver si lo vamos a despertar, ¿vale? –tía Marie.
-Da igual, si ya es hora de que se levante.
-Ya, mujer, pero a nadie le gusta despertase con dos niñas chillando. Te lo digo yo por pura experiencia.
La puerta de mi cuarto se abrió, y por el pequeño resquicio empezó a entrar un haz de luz que rompió la oscuridad latente. Me quedé quieto, chupando mi chupete y esperando a que la oscuridad terminara de romperse del todo.
-¡No veo nada! –mi prima mayor se quejaba de lo evidente.
-Espera que encienda la luz –Mami.
El interruptor hizo click y la estancia se iluminó, dejando ver con total claridad la cuna de la esquina, el cambiador de la pared y el resto de muebles que no le interesaban a nadie.
-Alaaaa –exclamó Laëtitia.
-Es una cuna –dijo Felicia, que iba en brazos de mi tía.
Se acercaron las cuatro hasta mi cuna. Yo estaba bocarriba tapado hasta los hombros por las sábanas, con Wile a mi lado y chupando mi chupete, mirándolas con ojos inexpresivos. Un poco cohibido a la par que abochornado viéndolas a las cuatro allí sobre mi cuna, vestidas todas con ropa de calle, zapatos y sudaderas. Y yo dentro de una cuna, con un pañal (que estaba mojado) cubierto por suaves sábanas y llevando un pijama.
Mami estaba apoyada sobre la barandilla y me miraba con una expresión un poco culpable, supongo que por haber traído a aquellas personas a mi despertar. Tía Marie sostenía en brazos a Felicia, pero el pañal de mi prima no abultaba debajo de su pantalón; es más, ni siquiera parecía que lo llevase. Laëtitia por su parte, estaba pegada a los barrotes y agarraba dos de ellos como quien está dentro de una celda.
Solo que el que estaba en un sitio del que no podía salir era yo.
¿Y por qué a mi prima pequeña no le abultaba el pañal?
-Qué mono, por favor… -mi tía Marie se inclinó un poco hacia mí, acomodándose a su hija pequeña en brazos-. ¡Buenos días!
-Está aún un poco adormilado –me excusó Mami mientras me acariciaba un mechón de pelo.
-No me extraña –continuo mi tía-. Estará diciendo –y puso una voz infantil-  ¿Qué hace toda esta gente en mi cuna? Y la verdad es que te ha quedado el cuarto precioso… -mi tía miró alrededor, olvidándose momentáneamente de su sobrino de 12 años metido dentro de una cuna-. El cambiador queda muy bien con el resto de muebles, y el móvil de avioncitos encima de la cuna también.
-Sí, tenía que mantener también el escritorio… Ahora hay menos sitio para moverse, con la mecedora también, pero bueno –suspiró-, aquí estamos cuatro y no nos apretamos.
-¡Anda, es verdad que hay una mecedora! No la había visto. ¿Y para qué la has traído?
-Para darle el bibe en mi regazo, que con la cuna ahora no podemos recostarnos los dos –Mami me miró con expresión de ternura.
-Pipí –dijo de pronto Felicia, en brazos de su madre.
-¿Te haces? –mi tía la miró.
-Sí. Ya.
-Venga, venga, vamos al cuarto de baño –mi tía salió con mi prima en brazos y Mami la siguió.
-Espera que tengo ahí toda la ropa de esta mañana –pero antes de salir se dirigió a Laëtitia-. Tú habla con el primo, que no se vuelva a dormir.
Mi prima no había dejado de contemplarme aferrada a los barrotes de la cuna. Yo había intentado hacer caso omiso de ella pero ahora no tenía excusa. Me desperecé agitando mis puñitos y chupé el chupete. La miré.
-Hola –la saludé.
-Hola –me dijo ella mirándome con atención.
-¿Qué tal? –pregunté, por decir algo.
-¿Por qué duermes en una cuna? –me preguntó si mudar la expresión.
-Porque soy un bebé –contesté,  fui gateando hasta donde estaba ella-. Los bebés dormimos en cuna.
-¿Pero no eres mayor para ser un bebé? Los bebes no son tan mayores.
Yo me senté en frente de ella, sobre mi pañal. Yo dentro de la cuna y ella fuera.
Ella podía ir dónde quisiera. A mí me tenían que sacar primero.
Ella, 5 años.
Yo, 12.
-Pero yo llevo pañales, ¿no te acuerdas? –pregunté, y luego sin esperar respuesta, continúe-. Y también tengo chupete y biberón. Por eso soy un bebé.
-¿Y no te da vergüenza? ¿Tus amigos no te dicen nada? Yo me reiría mucho si una de mis amigas llevase pañales, y seguro que todos tus amigos son mayores como tú.
-Yo no tengo amigos –fue lo primero que dije-. Pero tú también llevas pañales –le recordé.
-Solo para dormir –me replicó ella-. Y Felicia ya no los lleva de día. Solo para dormir también. Y mi madre dice que pronto le comprará una cama como a mí. Y tú eres mayor y llevas pañales todo el día y duermes en una cuna.
-Pero yo soy un bebé –dije de nuevo.
En ese momento regresaron Mami, mi tía y Felicia. Esta última venía muy contenta.
-Tu hermana ha hecho pipí en el váter de mayores –le dijo mi tía a Laëtitia, muy orgullosa. Luego fijó su vista en mí, en mi cuna, en mi chupete y en el pañal que abultaba en mi pijama-. Uy, perdón –añadió mirando a Mami.
-No pasa nada –dijo Mami haciendo una ademán para restarle importancia. Luego me miró a mí-. ¿Te cambiamos el pañal, Robin? –y como era una pregunta retórica, se acercó hasta mi cuna y me sacó en peso.
Mami me acomodó en brazos y me dio un beso en la mejilla. Yo movía mi chupete todo el rato con un gesto inexpresivo. Mami me dio dos palmaditas en el pañal de camino al cambiador.
-Vamos a cambiarte este pañalito… -decía mientras me reposaba con cuidado sobre la superficie del cambiador.
Mami me hablaba con tono infantil y mimoso, el que se usa para dirigirse a los bebés. A mí me molestaba un poquito que lo emplease delante de otras personas, pero suponía que Mami se había acostumbrado a usarlo conmigo.
De todas formas no me importaba demasiado; al fin y al cabo yo era un bebé. Aunque sí que es verdad que prefería que Mami reservase ese tono infantil para nuestros momentos a solas, porque era una cosa muy nuestra. Aunque fuese un bebé a ojos de todo el mundo, quería seguir siendo el bebé de Mami. Elia y tía Marie también me cambiaban el pañal, pero solo Mami lo hacía con esa mimosidad, con esas caricias, y hablándome con ese tono infantil.
Y quería que fuese solo algo entre ella y yo.
Yo era un bebé, pero ante todo era el bebé de Mami.
Aunque me sentía demasiado cohibido en ese momento, viéndome con pañal y pijamita mono delante de otras personas que vestían de calle y podían valerse por sus propios medios (más o menos) como para decir nada. Mi cerebro estaba un poco embotado y no me sentía capaz de decir nada, ni mucho menos de protestar. Me pasaba cuando estaba recién levantado pero también cuando mi cerebro entrada en ese espacio de bebé en el que no era capaz de pronunciar ninguna palabra y dejaba mi cuerpo inerte, como un muñeco de trapo totalmente dócil y maleable cuyos únicos gestos se reducían a abrir y cerrar la boquita pidiendo el chupete y balbucear inquieto.
Mami iba a empezar a cambiarme el pañal pero entonces mi prima mayor correteó hacia el cambiador y se situó al lado de Mami:
-¿Puedo cambiarlo yo? –preguntó Laëtitia.
Mami la miró extrañada, y luego a su hermana, quien aclaró:
-Es que la estoy enseñando a que me ayude a cambiarle el pañal a su hermana y como ahora solo se lo pongo para dormir… Pero vamos –sea apresuró a añadir-, que si no puede ser, no puede ser. Esta noche me ayudas con Felicia, cielo –le dijo a mi prima-, y también a ponértelo a ti.
-No, no –Mami estaba un poco sonrojada-. No pasa nada. Así practicas. ¿Le quieres entonces cambiar el pañal al primo?
-Sí, sí, sí –contesto Laëtitia muy contenta.
El cambiador le llegaba a mi prima a la altura de la frente así que empezó a estirar los brazos hacia arriba para tratar de desabrocharme el pijama, pero lo único que conseguía era darme manotazos mientras tanteaba buscando los botones, aunque casi todos los golpes fueron a parar al pañal, por lo que los recibí amortiguados.
-Será mejor que lo hagamos en otro sitio, que aquí va a estar complicado –dijo Mami. Se inclinó hacia mí y me volvió a coger en peso, acomodándome entre sus brazos mientras me apoyaba sobre su torso-. Coge un pañal de esos de ahí y sígueme –le indico a Laëtitia señalando los recovecos de los pañales.
-¿Cuál cojo? –pregunto mi prima observando los pañales mucho interés.
-El que quieras –respondió Mami.
-Estos de ositos me gustan.
-Pues esos mismos. Coge uno y sígueme.
Salimos de mi cuarto en procesión. Yo en brazos de Mami, con la barbilla apoyada en su hombro y chupando mi chupete un poco inquieto. Detrás nuestra iba tía Marie con su Felicia en brazos, y cerrando la comitiva, Laëtitia con uno de mis pañales de osos llevando pañales.
Llegamos al salón y Mami me tumbó con delicadeza bocarriba sobre mi alfombra de juegos. Sentí que me clavaba algo en la espalda.
-Gugu, gugu –balbuceé molesto.
Mami me volteó ligeramente y sacó un muñeco de Spiderman de debajo de mi espalada.
-Ya está, Robin –me dio un besito en la mejilla-. Acércate, Laëtitia.
-Nosotras nos sentamos aquí para verlo todo mejor –dijo mi tía al tiempo que ocupaba con su hija pequeña un sofá.
Yo me sentía un poco inquieto. Una niña de 5 años me iba a cambiar el pañal. Pienso en lo que habría significado esa situación hace unos meses. Habría llorado, pataleado y me habría mojado encima. Ahora lo que significaría una humillación completa para un niño de 12 años no me ocasionaba más que una ligera inquietud.
Aun así habría preferido mil veces antes que Mami me hubiese cambiado el pañal en mi habitación, sobre el cambiador, haciéndome mimitos y terminado con un besito en la barriga mucho antes que verme tumbado en el suelo del salón, con mi prima de rodillas frente a mí y con espectadores como si este cambio de pañal fuese un número de circo.
-Lo primero que tenemos que hacer cuando Robin lleva uno de estos pijamas –empezó Mami- es soltarle los botones de la solapa de atrás, que cubre el culete hasta la pernera, y para eso tenemos que ponerlo un poco de lado, pero con delicadeza. No tenemos que olvidar que es un bebé.
Mami me giró un poquito hacia la izquierda y me desbrocho los dos botoncitos de la solapa. Luego me volvió a dejar bocarriba. Yo seguí chupando mi chupete mirando al techo, intentando abstraerme de todo lo que estaba pasando en mi salón.
Qué bonitas las manchas de pintura de al lado de la lámpara.
-Ahora ya podemos abrir la solapa y ver el pañal –Mami lo hizo.
-¿Por qué el primo Robin lleva estos pijamas? –preguntó mi prima.
-Porque son pijamas para bebés –contestó Mami-. Vienen muy bien para cambiar el pañal.
-Tu hermana también lleva uno como ese –le dijo desde el sofá tía Marie.
-¿Ah, sí?
-Claro que sí. Lo que pasa es que no te enteras de nada, hija.
-Ahora –continuó Mami- tenemos que abrir el pañal. ¿Sabes cómo se hace?
-Soltando las dos cintas estas, ¿no? –Laëtitia señaló las dos cintas adhesivas sobre la franja delantera del pañal.
-Exacto –corroboró Mami-. Venga, hazlo tú.
Con manos torpes, Laëtitia se apoyó sobre mi pañal y soltó de un tirón una cinta adhesiva, prodúcenos el frunch más fuerte de toda la historia de los frunch. Luego cambió las manos de posición y despegó la otra.
-¡Muy bien! –la felicitó Mami-. Ahora tenemos que quitarle el pañal. Esto lo voy a hacer yo que Robin pesa más que tu hermanita. Tú estate muy atenta a cómo lo hago.
Laëtitia asintió y observó fijamente sin pestañear como Mami me izaba las piernas hacia arriba con una mano y extraía el pañal con la otra. Luego me dejó caer las piernas muy suavemente sobre la alfombra.
-¿Ves? –le preguntó a Laëtitia, que asintió-. ¿Qué viene ahora?
-Umm… Limpiar.
-¡Correcto! -la felicitó de nuevo-. ¿Lo quieres hacer tú?
Mi prima mayor asintió.
Comenzó a limpiarme a trompicones, de manera torpe. Mami le iba indicando las zonas que se había dejado y yo miraba al techo con los ojos cerrados, suplicando que este momento terminara cuanto antes. Ahora sí que me estaba sintiendo muy humillado.
Una niña de 5 años me estaba cambiando el pañal. ¿Cómo había permitido que pasara esto?
Balbuceé inquieto y empecé a agitar mis bracitos y piernecitas sobre la alfombra.
-¡Gugu! ¡Gugu!
-¿Qué pasa? –mi prima retiró rápidamente la mano.
-¿Sabes una cosa, Laëtitia? –le dijo Mami de manera resolutiva-. Lo has hecho muy bien. Ahora déjame terminar a mí, ¿vale?
-Pero si aún no le hemos puesto el pañal –protestó mi prima.
-Ven, Laëtitia –le dijo mi tía estirando su mano hacia ella-. Deja que la tía termine con el primo.
-Pero…
-Vamos –la voz de tía Marie sonó más firme.
Mi prima corrió con su madre a regañadientes pero al menos se fue, dejando que Mami terminase con mi cambio.
Mami terminó de limpiarme las zonas que seguían húmedas y dio un repaso también por las que había ‘’limpiado’’ Laëtitia, luego terminó el cambio de pañal en un periquete. Me levantó las piernas con una mano, pasó el pañal de ositos con la otra, me lo acomodó debajo del culete, me lo pasó por la entrepierna, me lo ajustó al cuerpo y me lo abrochó de manera firme con las dos cintas adhesivas. Luego me volvió a cerrar la solapa del culete y me dio un besito en la barriguita.
-¿Mejor, no? –me preguntó.
Mejor. Mucho mejor.
Era la hora de merendar, así que Mami y tía Marie calentaron tres biberones. Mi tía le dio el suyo a Felicia y Mami me lo dio a mí. Laëtitia por su parte iba con su biberón en la mano de un lado a otro, observando cómo nos daban el biberón a su hermana y a mí y tocando todos mis juguetes. Aun así se acabó el biberón antes que nosotros y se acercó corriendo a su madre, que le dio dos palmaditas en la espalda sin dejar de darle el biberón a su hija pequeña, eructó un par de veces y siguió corriendo por el salón.
Cuando yo me terminé el biberón, Mami me hizo expulsar los gases delicadamente y me meció un poco sobre su regazo. Luego, tanto ella como tía Marie nos dejaron de nuevo sobre la alfombra, nos dijeron que juagásemos o viésemos la televisión o lo que sea, que ellas iban a prepararlo todo para Acción de gracias.
Jugamos de nuevo los tres juntos, y al igual que la última vez, Laëtitia era quien decidía los juegos y los personajes, ya que ella era la mayor. Felicia y yo obedecíamos y así transcurrieron los juegos. Aunque ahora tenía la sensación de que hasta mi prima de 3 años estaba por encima de mí, quedándome yo solo como el más pequeño de los tres. Ella ya no llevaba pañal de día y yo seguía teniendo el mío fuertemente sujeto a mi cintura. Ella llevaba ropa de niña y yo de bebé. Mis sospechas quedaron confirmadas cuando jugamos a que ellas eran un matrimonio y yo su bebé. Hicieron como que me cambiaban el pañal, cogieron mi biberón vacío que Mami había dejado sobre la mesa cuando terminé de tomármelo y jugaron a que me lo daban, primero una y luego la otra. Luego me voltearon sin delicadeza y me dieron palmadas en la espalda, muy fuertes. Me hicieron daño pero no dije nada. Yo me dejaba usar como un pelele, haciendo todo lo que me mandaban. Me hicieron gatear por todo el salón detrás de mi chupete, que me habían quitado de la boca de un tirón. Como si fuese un caballo que va tras la zanahoria. Y como nunca lo alcanzaba no tuve más remedio que pedir por favor que me lo devolviesen.
Lo hizo Felicia, quien me lo metió en la boca con un Toma, el chupete del bebé.
Mis primas juagaban conmigo como si yo fuese su muñeco. Hicieron como que me daban de comer con unos cubiertos de plástico que había traído Laëtitia, me pusieron a dormir la siesta, me hicieron llorar a propósito para poder castigarme, con lo que estuve un buen rato mirando al rincón mientras mis primas jugaban con mis juguetes. Me hicieron también llorar a propósito arrancándome a Wile de mis brazos para sus juegos. Les pedí que me lo devolvieran, y debí de dar mucha lástima, porque lo hicieron enseguida.
Me quitaron el pijama, dejándome solo con el pañal. Me obligaron a gatear así por todo el salón llevándolas a caballito. Mis primas iban subidas en mi espalda y me daban con los tobillos en el costado y me golpeaban el pañal con la mano diciendo Arre, arre.
Arre o te quitamos el chupete.
Yo obedecí, chupando mi chupete con mucha fuerza y viéndome completamente humillado.
Cuando se cansaron me obligaron a tumbarme bocarriba porque dijeron que era hora de darme de nuevo el biberón. Obedecí otra vez, acostándome sobre la alfombra, cuando de repente se me salió el pipí. Me llevé las manos al pañal y dejé que saliera. Entonces, cuando terminé, sin dejar de agarrarme el pañal, miré a mis primas y les dije, les imploré más bien:
-¿Podéis llamar a Mami para que me cambie?
Pero Laëtitia dijo que no, que ella sabía cambiar pañales y que lo haría ella, y que Felicia la ayudaría. La mandó a mi habitación a por un pañal, y cuando ya me estaba viendo ahí en el suelo siendo cambiado de cualquier manera por mis primas pequeñas, Mami y tía Marie irrumpieron en el salón.
-¿Qué pasa aquí? –preguntó mi tía la verme en pañales sobre la alfombra.
-Estábamos jugando a que era nuestro bebe –contesto Felicia.
Mami la ignoró y vino directamente hacia mí.
-Ven aquí, Robin –me izó en peso y me meció ligeramente en sus brazos. Me dio dos palmaditas suaves en el pañal-. Vamos arriba a cambiarte, cielo.
-Toma, que te lo dejas.
Tía Marie había cogido mi pijama del suelo, que era una maraña de tela, y se lo tendió a Mami, quien la cogió los dedos sin despegar la mano con la que me aguantaba del culete.
Mami subió conmigo escaleras arriba para cambiarme en mi cuarto y pude oír como tía Marie les preguntaba a sus hijas por el juego al que habíamos estado jugando.
Habían jugado ellas, yo no.
Cuando entramos en mi cuarto, Mami dejó el pijama sobre la barandilla de la cuna y a mí me reposó sobre el cambiador.
Y empecé a llorar. A berrear en un llanto incontrolable mientras agitaba mis extremidades. Desnudo a excepción del pañal.
Mami me cogió otra vez y me acunó en sus brazos. Me sentía muy expuesto, muy vulnerable. Desnudo y con pañal. Mami fue conmigo hasta la mecedora y se meció conmigo en su regazo. Me calmé un poco y cesó el llanto, pero aún seguía muy inquieto y nervioso por todo lo que había pasado. Mami comprendió que ya podría cambiarme el pañal y me llevó de nuevo al cambiador.
Me cambió el pañal como tenía que haberlo hecho antes: con mimos y caricias, los dos solos y hablándome como se le habla a un bebé.
Cuando terminó el cambio, se demoró un poquito más en hacerme mimitos para que me sintiera mejor.
Lo logró.
-Vale, ahora voy a hacerte una cosita para espachurrarte aún más –me dijo con una sonrisa emocionada.
Fue hasta la cuna y cogió una de las mantas. Regresó con ella al cambiador y la puso a mi lado. Me levantó y colocó encima de la manta. Y entonces me envolvió en ella. Muy fuerte, sin que tuviese espacio dentro para moverme. Iba desnudo a excepción del pañal, pero envuelto en esa mantita me sentía muy seguro y cobijado. Mami me la pasó también por la cabeza haciéndome una especie de capucha, con lo que solo se veía mi carita. Y esta llevaba un chupete.
Era como el emoticono de bebé de Whatsapp.
Era incapaz de moverme dentro de esa manta, de ese capullo que había hecho Mami para mí.
Me cogió en peso y bajó así conmigo hasta el salón. Allí estaban tía Marie y mis primas viendo la televisión. Habían recogido todos los juguetes, incluidos los míos y miraban la pantalla muy calmadas. Felicia tenía el chupete en la boca y volvía a llevar un pañal. No parecían los dos seres desalmados que me habían vejado momentos atrás.
Me alegré de estar en brazos de Mami y de tener una excusa para no ir con ellas.
Pasamos el resto de la tarde viendo la televisión. Bueno, mis primas veían la televisión. Mami y tía Marie miraban sus móviles y hablaban de vez en cuando entre ellas de cuidar bebés.
-¿Y eso que le has puesto un pañal a Felicia? –le preguntó Mami a tía Marie.
-Así me despreocupo un poco, que cuando llega esta ahora ya estoy cansada de estar todo el día pendiente para llevarla al baño –hizo una pausa y añadió, frotando la espalda de su hija pequeña-. Poco a poco. Dejar el pañal es una carrera de fondo.
-Buff –Mami suspiró-. Yo ya no me acuerdo ni de la última vez que Robin llevó calzoncillos.
Mami sostenía su móvil delante de mí, pues me tenía abrazado con los brazos. Vi que tenía una conversación abierta con Elia, pero no alcancé a ver de qué iba, solo que mi hermana le mandaba audios muy largos.
Cuando ya casi era la hora de cenar, oímos la moto de Elia detenerse junto a la casa, y al poco la puerta se abrió y aparecieron por ella Elia y Clementine. Venían del cine de ver Joker.
-Una basura, ni os acerquéis –dictaminó mientras dejaba el caso de la moto sobre la mesa.
-Pretenciosa –corroboró Clementine-. Se da ínfulas de obra maestra y producto diferente al resto pero es una más del montón.
Como éramos muchos para cenar, y Mami se empeñó en que Clementine se quedara a pesar de sus abochornadas negativas con las que Elia no paró de reírse, decidimos que lo mejor era pedir unas pizzas. Elia se ofreció para ir en moto a recogerlas y que saliese más barato que si nos las traía un repartidor, pero en verdad era una excusa para coger la moto.
-Robin puede venirse conmigo –dijo guiándome un ojo.
Dentro de mi cobijo de mantas, he de reconocerlo, me emocioné mucho.
Mami al principio no quiso ni oír hablar de aquello pero tras las insistencias de Elia, Clementine, tía Marie y las mías propias tuvo que ceder así que 15 minutos más tarde me había deshecho de la manta y estaba en el recibidor vestido con un pantalón vaquero y una sudadera encima de un pijama enterizo, con mis zapatillas deportivas y una gran bufanda con la que Mami me había envuelto el cuello y parte de la cabeza. También llevaba una chaqueta de cuero de Elia de cuando ella tenía 7 años.
Mi hermana demoró un tiempo en ponerme el casco de Clementine y ajustármelo fuertemente debajo de la barbilla.
-Perfecto –dijo contemplándome como cuando me ponía un pañal-. Pero el chupete lo tienes que dejar.
-¿Va bien si me lo guardo en el bolsillo?
-Va de sobra.
-Cuidado Elia, por dios –le suplicó Mami, que tenía una expresión angustiada en el rostro.
-Todo irá bien, Mamá.
-Claro que sí, Señora Starkley –corroboró Clementine.
-Por favor, Clementine. Llámame…
-¡¿Nos vamos ya o qué?! –gritó Elia tras ponerse el casco.
Salimos a la calle. Solo nos íbamos Elia y yo, pero todas salieron también. yo fui a subirme en la moto pero Elia me detuvo.
-Primero la que conduce –dijo.
Pasó una pierna por encima y subió de un salto. Hizo contacto con la llave y arrancó de una patada. Le dio puño varias veces.
-¡Sube! –me gritó.
Mami me cogió en peso y me sentó sobre el asiento, pegándome mucho a la espalda de Elia.
-Parece La Hormiga Atómica con ese caso –dio Clementine.
-¡Agárrate muy fuerte, Robin! –me gritó Mami mientras abría los reposapiés-. Apoya el pie aquí. Elia, no corras mucho, por favor.
-¡Todo controlado!
-¡Yo también quiero subir con la prima! –gritó Laëtitia-. ¡Cuando venga voy yo!
Yo creía que iba a ser su madre quien le dijese que no, pero Elia se adelantó.
-¡Ni hablar!
-¿Por qué? –protestó mi prima.
-¡Porque eres muy pequeña! –le contestó Elia, y noté que disfrutó con eso.
-¿Y yo qué? –preguntó Felicia.
Esta vez fue Clementine quien se adelantó a tía Marie.
-Tú eres más pequeña aún.
-¡Pero el primo Robin lleva pañales y chupete! –Laëtitia no se daba por vencida-. ¡Y duerme en una cuna!
-Pero el primo Robin sabe recitarte de memoria raíces cuadradas, La Declaración de Independencia y los ríos del país. ¿Sabes tú eso? Aquí solo se suben los que van al colegio, no los que siguen en la guardería. ¡Agárrate, atún!
Y sin que yo lo esperase, Elia arrancó y al segundo siguiente ya nos alejábamos calle abajo a toda velocidad. Cuando y salimos a la carretera principal, Elia la puso a todo lo que daba de sí. De todas formas era un ciclomotor, tampoco era tanto. Pero allí arriba, con el viento dándome en el caso y agitándome el pelo, me pareció que cabalgábamos el aire.
Mi hermana era la conductora, así que estaba en buenas manos.
Yo, con un pañal debajo del pijama y una chaqueta de cuero encima de la sudadera, me sentí, por primera vez en mi vida, libre. Capaz de todo.
Era un bebé pero eso no significaba que fuese débil.
No significaba que el mundo pudiese mangonearme a su antojo.
El viento me daba en la cara, y aprovechando que no llevaba el chupete, grité.
Grité más que en toda mi vida.
¿Oís eso, gente?
Es Robin Starkley.
Ha venido para quedarse.




Dedicado con cariño y admiración a Andy Tale Corner,
cuya historia La guardería secreta fue una inspiración desde el primer momento.
Tony Prince.