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17 de octubre de 2015

Canción de Leche y Pañales - Capítulo 2


Jackie



Jackie estaba durmiendo en su cuna. Tenía su peluche de alce bien agarrado con su brazo derecho mientras que con el izquierdo se aferraba a su almohada. El chupete en su boca hacía un movimiento muy pausado, al compás de su respiración. Llevaba puesto su pijama de una pieza de color azul celeste, su favorito. El pañal que llevaba puesto estaba mojado, a punto de ser cambiado, porque faltaba muy poco para despertarse.
Todo esto sería normal, en un niño de 1 o 2 años, pero Jackie ya tenía 12. Era un niño malcriado y consentido que siempre había conservado todos sus artículos y costumbres de bebé porque su madre no había tenido el valor de quitárselas. Su madre era Karen Large, una importante y famosa diseñadora de ropa que quería a su hijo con locura y siempre satisfacía todas sus necesidades y caprichos.  A Jackie no le gustaban los cambios, por eso siempre se había comportado de la misma manera respecto a sus cosas. A él le gustaban, y le daba igual que fuera demasiado mayor para llevar pañales, dormir en cuna o mamar de la teta de su mami.
Jackie nunca había ido a la escuela, pues sus necesidades habrían hecho que los otros niños se rieran de él. Había recibido la educación básica en casa, de la mano de una profesora que le había puesto mami que además de enseñarle a Jackie Matemáticas, Ciencias, Inglés y las demás asignaturas que aprenden los chicos en el colegio, también le cambiaba y le daba el biberón cuando era necesario. El año pasado había terminado la educación básica que exigía la ley y ahora se dedicaba a jugar con sus juguetes, pasear en su carrito, mojar su pañal y chupar del pezón de mami para alimentarse.
Como decía al principio, se acercaba la hora de levantarse. Si fuera por Jackie, no saldría nunca de su cuna, pero mami había dicho que tenía que levantarse todos los días a las diez de la mañana, sino luego no podría dormir en toda la noche y se la pasaría entera llorando y no la dejaría dormir.
A las diez en punto se abrió la puerta de la su habitación y entro Cindy. Se dirigió hasta la ventana y comenzó a subir la persiana.
-¡Buenos días, Jackie! -dijo alegremente mientras terminaba de tirar de la correa de la ventana-. ¡Hora de levantarse, dormilón!
Jackie se revolvió entre las mantitas de su cuna, con su peluche bien agarrado, posponiendo el momento de levantarse, aunque sabía que era inevitable. Poco a poco, abrió los ojos debajo de las sábanas y vio a través de ellas que había entrado la luz del sol en su cuarto. Cerró más los ojos y apretó la cabeza contra la almohada.
-¡A levantarse, lirón! -le dijo Cindy mientras metía el brazo entre los barrotes de la cuna y le hacía cosquillitas en la espalda.
Jackie, muy lentamente, empezó a desperezarse, con lo que la sábana se le fue deslizando lentamente hasta llegarle a la cintura y dejó al descubierto un niño de pelo lacio y rubio que le caía por las orejas, pero que en ese momento estaba muy despeinado y con un chupete en la boca que llevaba su nombre grabado en el asa.
Cindy lo sacó de la cuna cogiéndolo por las axilas y lo tomó en brazos para llevarlo al cambiador. Jackie era un chico muy bajito para su edad, lo que era una ventaja, pues solo había tenido que cambiarse a una cuna más grande cuatro veces desde que nació y le valían los chupetes que había en el mercado. Con los pañales pasaba lo contrario; el año pasado se le quedaron pequeños los de la talla más grande de Dodot, que eran los que le gustaban. Mami le propuso usar pañales para adultos la tercera vez que se le salió el pipí por la noche pero Jackie se pegó un berrinche y dijo que él solo usaría los de bebé. Su madre, como era una millonaria diseñadora de moda, llamó a la Dodot, les contó la situación, y ésta les mandaba regularmente a su mansión de Los Ángeles enormes cantidades de pañales Dodot  más grandes que los que vendían al público, manteniendo el diseño de los de bebés.
Una vez Cindy lo hubo dejado en el cambiador, fue hasta el otro extremo de la habitación a por un pañal limpio, y la ropa para ponérsela. La habitación de Jackie era muy grande. Tenía forma circular con unas paredes altas todas pintadas de azul clarito. El suelo estaba forrado con una moqueta de un azul más oscuro para que Jackie pudiera gatear y jugar en ella. En el centro de la estancia se encontraba su enorme cuna, el cambiador estaba pegado a la pared y había una gran ventana con un balcón donde a Jackie le daban la merienda los días de calor.
Cindy llegó enseguida con el pañal. Le quitó el pijama a Jackie y después hizo lo propio con el pañal mojado. Cuando estuvo desnudo, le limpió suavemente. A Jackie le gustaba que le cambiara de pañal mami, pero no siempre podía ser, porque Karen Large era una mujer muy ocupada. Cindy se encargaba de eso siempre que mami no podía. A Jackie le gustaba como lo hacía, pero hubiera preferido que lo hiciera mami.
-¿Está mami aquí? –le preguntó, con la voz taponada a causa del chupete, mientras le empezaba a poner el pañal limpio.
-Sí –contestó Cindy al tiempo que le pasaba el pañal por debajo-. Está en la cocina esperándote para darte el desayuno. Pero se tiene que ir enseguida.
-Date prisa en ponerme el pañal -le dijo Jackie en tono autoritario-. Quiero que mami me dé el desayuno antes de irse.
A Jackie le gustaba que mami le diera el desayuno y la merienda. En general, le gustaba más como lo hacía todo mami, pero en especial esas dos comidas del día. Con ella eran…diferentes.
Cindy terminó de abrocharle las cintas del pañal y Jackie bajó del cambiador de un salto.
Solo llevaba puesto el pañal, Cindy no lo había vestido pero a él le daba igual. Solo quería darse prisa en llegar a la cocina para que su mami le diera el desayuno antes de irse. Salió corriendo de la habitación, todo lo rápido que le permitía el pañal. Su habitación estaba en el tercer piso de la mansión. Esa planta solo estaba ocupada por dos habitaciones, la suya y la de mami. Bajó corriendo las escaleras que llegaban al segundo piso y corrió por todo el pasillo hasta llegar a las que comunicaban con el primero.
Bajó corriendo también esas escaleras y cruzó como un tiro el hall hasta llegar a la cocina. Abrió la puerta de un golpe y allí estaba su mami, leyendo el periódico mientras apuraba su café. Al ver entrar a su hijo, dejó el café a un lado y abrió los brazos para recibirle entre ellos. Jackie atravesó la gran cocina y se lanzó a ella. Mami lo abrazó y lo sentó sobre su regazo.
-¡Buenos días, mi bebé! ¿Cómo has dormido? ¿Y qué haces así? ¿Es que Cindy no te ha vestido?
-He venido corriendo para que me des de desayunar antes de irte -dijo Jackie como disculpa, todavía sin quitarse el chupete de la boca.
-Tranquilo, que yo te iba a esperar hasta que bajaras -le dijo su madre mientras lo mecía-. Venga, corre a vestirte que yo te espero.
-¡No!-exclamó Jackie-. ¡Yo quiero el desayuno ya!
-Está bien…-aceptó Karen.
Entonces se subió la camiseta, se sacó una teta y se la acercó a Jackie, y este empezó a mamar. Jackie se aferraba fuertemente al pezón y chupaba la leche. Con sus manitas se agarraba a la teta de su mami y, tumbado sobre ella, se iba tomando el desayuno mientras mami le acariciaba y le daba golpecitos suaves en el pañal. Cuando estuvo un rato mamando de ese pezón, su mami se lo cambió al otro. Durante los segundos que estuvo sin mamar, la boca de Jackie seguía haciendo ese gesto, y cuando por fin pudo engancharse de nuevo a la teta, chupó con más fuerza.
Cuando terminó,  se volvió a colocar el chupete en la boca y se quedó un rato abrazado a mami. Duró poco, pues enseguida ésta se levantó, le pasó su bebé a una criada que andaba por allí, dio instrucciones sobre lo que había que hacer ese día en la casa, se despidió de su hijo, se colgó el bolso y salió de la cocina, pero antes añadió:
-Y llévale el niño a Cindy para que lo vista.
Cuando mami se  hubo ido, la criada, cuyo nombre Jackie no conocía, lo subió en brazos hasta su habitación, donde le estaba esperando Cindy para vestirlo. Ella lo tomó en brazos y lo tumbo en el cambiador. Le puso una camiseta morada y unos pantaloncitos cortos azules, después le ató los zapatos a los pies y lo volvió a dejar en el suelo.
Durante el día, Jackie se dedicaba a jugar en su sala de juegos. Era un espacio en el segundo piso bastante amplio donde tenía montones y montones de juguetes de todos los tipos: playmobils, legos, figuras de acción, peluches, coches de carreras… pero también había un cambiador por si fuera necesario, ya que él pasaba allí mucho tiempo bien fuera jugando o viendo la enorme televisión que ocupaba un cuarto de la pared, y eso es decir mucho. Normalmente, Cindy lo dejaba solo en el cuarto y se iba a hacer otras cosas, pero como su cometido principal en la casa era atender a Jackie, se pasaba de vez en cuando a verlo y comprobar que tenía el pañal limpio, ya que a Jackie no le gustaba que lo vieran cuando jugaba. Cuando se hacía pipí no pasaba nada, seguía jugando y esperaba a Cindy o a mami para que lo cambiara. Pero cuando se hacía caca, se ponía a llorar tan fuerte que se oía en toda la casa.
Jackie se encontraba tirado en la moqueta, sin zapatos, pues le incomodaban y se los quitaba siempre que podía, en medio de una batalla entre monstruos y robots cuando entró Cindy a  ver cómo estaba.
-¡Hola, pequeñín! -dijo al entrar-. ¿Me dejas verte el pañal? –y sin esperar respuesta lo levantó del suelo y le miró la parte de atrás-. Caca no tienes, sino ya se habría enterado media casa. ¿Estás mojado? -preguntó.
-No-contestó con su chupete puesto.
-¿Quieres que nos vayamos a jugar al jardín, que te dé un poquito de aire? Pero te tengo que poner los zapatitos.
-Vale.
Cindy le puso el calzado, lo tomó en brazos y se lo llevó al jardín. En realidad, Jackie andaba cuando le convenía. Él podía andar perfectamente pero prefería que lo llevaran en brazos.
Llegaron al jardín, Cindy dejó a Jackie en el césped y él se fue corriendo para la zona de juegos. Consistía en un tobogán de plástico más grande que los normales y 2 columpios, uno en el que Jackie se sentaba y en el que mami no le dejaba subirse, y otro en el que tenían que sentarlo, pues era como una especie de cesta con huecos para sacar las piernas, de donde no se podría caer. A Jackie no le gustaba mucho ese parque de juegos en el exterior. En realidad no le gustaba nada del exterior. Solo salía de la mansión en su carrito, e iba siempre a sitios donde no había mucha gente o que su mami había reservado exclusivamente para ellos dos solos. Por eso el parque de juegos estaba situado en el jardín trasero, separado del principal por una verja, además de que las murallas de la mansión eran lo suficientemente altas para que no les vieran desde el exterior y no pudiera saltar nadie, con pinchos en la parte superior. La seguridad era algo muy importante para su mami.
Cindy metió a Jackie en la cesta y empezó a columpiarlo. En el fondo él se lo estaba pasando bien, pero prefería volverse a su cuarto de juegos y poner la televisión, pues estaba a punto de empezar House of Mouse. De pronto, se le escapó un chorrito de pipí y se mojó encima.
-¡Cindy! ¡Cindy! -dijo sacándose el chupete de la boca-.¡Para! ¡Para! ¡PARA! -Cindy paró el columpió al instante, agarrándolo fuertemente de una cadena.
-¿Qué pasa, Jackie? –preguntó alarmada.
-Me he hecho pipí. Cámbiame el pañal -y se volvió a colocar el chupete en la boca.
Cindy lo levantó y se lo llevó hasta su habitación para cambiarlo. Una vez hubo llegado y subido los tres pisos con el enorme bebé en brazos, lo dejó exhausta en el cambiador y se apoyó contra la pared, agotada.
-¡Date prisa en cambiarme, Cindy! -le grito Jackie desde el cambiador.
Cindy fue hasta el armario y volvió con un pañal limpio. Le bajó a Jackie el pantalón y le quitó el pañal mojado. Le limpió con mucho cuidado de no hacerle daño y le volvió a poner de nuevo un pañal, abrochándole las cintas adhesivas y dejando a Jackie fuertemente agarrado, dándole esa sensación de seguridad que sabía que tanto le gustaba. Jackie disfrutó mucho con el cambio. Le encantaba que le cambiaran el pañal como a un bebé y Cindy lo hacía casi tan bien como su mami. Cuando ya estuvo cambiado, Cindy le hizo unos pocos mimitos para que se riera con esa risita de bebé que tenía. Cindy miró el reloj y vio que era casi la hora de comer. Lo levantó del cambiador y lo llevó a la cocina cogido de la mano. Allí, el olor de la comida de Jackie inundaba la estancia entera. Jackie no comí comida de bebé, pues no le gustaba nada. Él comía lo que en la casa llamaba todo el mundo ‘’comida de niño mayor’’. Hoy tocaba pollo asado. Cindy subió a Jackie a su trona y lo ató para darle la comida. Había veces en las que Jackie se comportaba totalmente como un bebé, ni hablaba ni nada. Ahora, tras el último cambio de pañal, era una de esas veces. Dócil, dejó que le pusieran un babero y que Cindy le diera el pollo asado, cortado en trocitos muy pequeños. Jackie era muy glotón y le encantaba comer. En ese aspecto no había problemas con él. Se comió toda la comida mientras Cindy iba hablando con tal o cual criada, pues ella tenía un alto cargo en la casa, ya que era la niñera del bebé.
-Tengo sed -dijo Jackie en un momento dado.
Cindy se apresuró a llenar su biberón de las comidas de agua y tendérselo. Porque Jackie tenía dos biberones; bueno, en realidad tenía decenas, pero solo dos tipos. El largo para tomarse la leche, y el que era más bajo pero más ancho para beber durante las comidas. Jackie solo ingería líquidos de dos maneras, de un biberón o cuando mamaba de la teta de mami. En ese momento, aferraba el biberón con sus manitas e iba chupando de la tetina para saciar su sed.
Tras tomarse el yogurt, por fin terminó de comer. Cindy le preguntó si tenía sueño. Jackie siempre se quedaba dormido después de comer. Le dijo que sí. Cindy lo cargó y lo llevo hasta su habitación. Una vez allí, lo preparó y lo acostó en la cuna.

27 de abril de 2015

Ady

Ady se acababa de despertar. Estaba tumbada bocarriba en su cuna esperando a que su mamá viniera a despertarla. Vio la hora en el reloj de Jazmín que tenía en su mesita de noche y ya casi era la hora de ir a la guardería. Se removió entre sus sábanas. Si mamá se había quedado durmiendo, ella no iba a llamarla. No le apetecía ir a la guardería. Prefería quedarse en casa jugando con sus muñecas y sus peluches. Uno de ellos era Arnold. Era un unicornio de color blanco con la crin y la cola rosas. En un principio, iba a llamarle Firenze, como el de Harry Potter, pero consideró que no era tan oscuro como el que describían en los libros. Entonces fue cuando decidió llamarle Arnold, como el micropuff que tenía Ginny Weasley, uno de sus personajes favoritos junto con Luna Lovegood.
Ady se puso bocabajo y el chupete le aplastó la boca al chocar contra la almohada. Mami no venía. Podía volver a dormirse y despertarse al cabo de unas horas escuchando sus reproches por haberse quedado dormida. Tenía el pañal mojado, pero no le molestaba demasiado a la hora de dormir. Se acurrucó abrazando a Arnold y decidió que iba a volver a cerrar los ojos. Pero nada más hacerlo, la puerta de su habitación se abrió y en el umbral estaba su madre. Ady suspiró, resignada.
-¡Buenos días, Ady! –saludó su mamá cruzando la estancia para ir a subir la persiana-. Hoy se me ha hecho un poco tarde, así que tendremos que darnos un poco más de prisa.
Ady se desperezó en su cuna, aceptando que tendría que posponer su sueño para la hora de la siesta. Cuando su mamá se acercó a levantarla, Ady abrazó con más fuerza a Arnold y se hizo un ovillo.
-Venga, a levantarse, dormilona –decía mami mientras le hacía cariñitos por fuera de su pijamita rosa de una sola pieza.
Ady se volvió a poner bocarriba y sonrió desde detrás de su chupete. Finalmente, dejó que su madre la cargara en peso y le llevara hasta el cambiador. Una vez estuvo encima, mamá le soltó los botoncitos del pijama y se lo fue quitando poco a poco. De manera que quedó la imagen de su hija llevando solo un pañal mirándole desde abajo. Mamá le soltó las dos cintas del pañal, le levantó las piernas con una mano y se lo extrajo con la otra. Le limpió cuidadosamente y le volvió a poner un pañal. Ady tenía que llevar pañales durante las veinticuatro horas del día porque se hacía pipí y caca encima.
Cuando ya estuvo cambiada, su mamá la vistió con un peto vaquero y una camiseta de Batgirl, le recogió su melena pelirroja en dos trenzas y la llevó en brazos hasta la cocina. Una vez allí, la sentó en la trona y comenzó a prepararle el biberón. Ady miraba al vacío, lamentándose por tener que ir a la guardería y pensando en la cuna que le esperaba en su habitación cuando volviera a casa. Cuando el biberón estuvo listo, su madre se lo dejó en la mesita de la trona para que se lo bebiera. Siempre se lo tomaba ella sola, pero hoy tenía el día ‘’tonto’’, como le gustaba llamarlo a su mamá, así que le pidió que se lo diera. Su madre le dijo que no iban muy bien de tiempo pero Ady insistió. La verdad era que a mamá le gustaba darle el biberón, pero se lo solía dar después de la siesta, que tenían todo el tiempo del mundo, y así poder tomárselo tranquilamente.
-Esta tarde te lo doy, Ady, cielo. Que si no, vamos a llegar tarde.
Ady suspiró. Parecía que no estaba teniendo su día. Se quitó el chupete, lo dejó sobre la mesita de la trona y se llevó el biberón a la boca. Se lo tomó tranquilamente, mientras su mamá se duchaba y se vestía para ir a trabajar. Cuando terminó, se tiró un par de eructos aprovechando que su mamá no estaba y esperó sobre la trona. Ojalá tuviera alguna de sus muñecas con ella, así por lo menos tendría algo que hacer mientras esperaba. Se empezó a tocar distraídamente el asa de su chupete del Barça y le asaltó la sensación que más había estado presente en su vida. Se sentía sola. Solo tenía a su mamá y a algún que otro miembro de su familia. Pero en sí, estaba sola. No tenía amigos, a excepción de los niños pequeños de la guardería, pero no podía considerarlos amigos, soló compañeros de juegos. Nunca había ido a casa de ninguno a jugar. No le apetecía, y le daba un poquito de corte. No había nadie más como ella, por eso se sentía sola. El único que la comprendía era Arnold, pero era por la compañía que le hacía. Al fin y al cabo, la función de los peluches es esa.
Por fin llegó mamá, ya arreglada para salir, con el bolso en el hombro, la mochila de Ady en una mano y Arnold en la otra. La levantó de la trona y la llevó en brazos hasta el coche. Ady tenía un carrito para pasearse, pero para ir a la guardería no lo utilizaba. Su madre la llevaba siempre en coche.
Metió a Ady en la parte trasera del vehículo y la agarró a su sillita. Le dio a Arnold y le acarició un poquito el asa de su chupete.
Ady tenía 12 años.


*****


De camino a la guardería, Ady miraba distraídamente el paisaje de Barcelona que dejaban atrás desde la ventanilla. Veía a niñas de su edad que corrían, saltaban y jugaban por la calle. Ady lo que echaba en falta era una amiga, o un amigo. Alguien de su edad que la comprendiera y no la mirara con desprecio por lo que era ella. A veces, siendo más pequeña, había intentado acercarse a niñas en el parque que jugaban con sus muñecas, pero cuando la veían venir con su chupete en la boca y notándose claramente que llevaba un pañal bajo la ropa siendo varios años mayor que ellas, se alejaban por sí solas o sus madres venían y se las llevaban, lo que en algunos casos, les valía la reprimenda de la madre de Ady. Les decía que sólo era una niña como ellas que quería jugar con alguien.
Eso hacía con las que eran más pequeñas. Con las que tenían su edad, ni siquiera lo intentaba. Las veía con sus móviles, su maquillaje y su manera de vestir, tan diferente a la suya. Siempre hablando de sus novios y de sus amigas y de los que decían de ellas a sus espaldas. Y Ady no quería ser como ellas. Se sentía más a gusto con su chupete, su peluche y su ropita. Y no quería saber nada de esas futuras adolescentes embarazadas. Ady también tenía móvil, pero en su lista de contactos estaba el número de su madre y el de unas pocas personas más.
A veces, Ady veía a gente por la calle con la que creía que podía tener algo en común. Los escuchaba hablar desde su carrito o en un banco mientras su mamá le daba la merienda. También ellos buscaban lugares apartados del resto del mundo y eran los únicos que no la miraban siempre mientras se tomaba el biberón en el regazo de su madre. Sus conversaciones no iban sobre gente que hablaba a sus espaldas, ni maquillaje ni lo guapo que era Hugo Silva. Esas personas hablaban de cosas que ella conocía. De Mago de Oz, Warcry, Saratoga, Saurom...grupos de música que le gustaban. Grupos heavies de música. Grupos que hablaban de ser tú mismo, de que no importa lo que piensen los demás. Grupos que debería escuchar más gente. El Heavy Metal no iba de macarras y pinchos, sino de creer en ti, de vivir tu vida. Ady era el claro ejemplo de ello. De vez en cuando, también hablaban de cómics y de superhéroes. Algo que a Ady también le gustaba.  Sentía que con esas personas podía llegar a encajar, pero nunca se había atrevido a hablar con ellas después de las malas experiencias que había tenido.
Al llegar a la guardería, su madre la bajo  del coche y la llevó en brazos hasta la puerta. Ady andaba, pero prefería dejar que la cargase su mamá. Dejaron a Arnold en el coche. No porque en la guardería no se permitieran juguetes de fuera, sino porque no quería que alguno de sus compañeros de clase se lo rompieran accidentalmente. Era su único amigo.
En la puerta, la señorita Diana las recibió. Era una chica joven que había empezado a trabajar el año pasado. Era la encargada de la clase de Ady. Se despidió de la mamá de Ady y la llevó hasta su clase. Ady estaba en la clase de los mayores, los que tenían tres años. Ella era la mayor, con mucha diferencia. Era algo así como la segunda encargada de la clase. Ayudaba a Diana con sus compañeros pero también la necesitaba a ella para cambiarla o darle la comida.
-Ale, Ady. A jugar hasta que llegue la hora de hacer los deberes –le dijo nada más entrar a clase y dejarla sobre el suelo.
Ady fue gateando hasta el baúl de los juguetes. Podría haber ido andando normal, pero prefería ir a cuatro patas para no destacar mucho, a pesar de que la mayoría de los niños andaban normal y muchos de ellos ya no llevaban pañal.
Los juguetes de la guardería estaban un poco estropeados. A Ady no le gustaba casi ninguno y prefería jugar con sus compañeros de clase a luchas entre buenos y malos. Pero ni Cintia, ni Martin, ni Gus, ni Max, ni Mario, ni Arnau habían venido todavía. Sólo había tres niños que estaban jugando a los coches en un rincón, así que se contentó con tirarse de nuevo al suelo, coger el búho de goma del baúl y jugar a que era una lechuza blanca llamada Hedwing, a las aventuras que vivía llevando el correo de Harry Potter.
Por fin, poco a poco, fueron llegando todos sus compañeros de juegos. Ady era algo así como la jefa de su grupo, ya que era la mayor. Le solían hacer caso, más o menos. Al fin y al cabo, no dejaban de ser bebés, como ella.
A los juegos a los que jugaban los niños de su edad solían ser rescates de princesas que llevaban a cabo caballeros luchando contra dragones. Pero a Ady no le gustaba eso. Los ponía siempre a jugar a superhéroes y supervillanos. Algunas veces, tres chicos eran miembros de La Liga de la Justicia o de Los Vengadores. Los otros dos chicos podían ser villanos de DC Cómics o Marvel. Y ella hacía siempre con la otra chica de damisela en apuros y se encargaba un poco de orquestar el juego para que tuviera un mínimo de lógica. Hoy le había tocado el turno a X-Men. Martin, Max y Gus eran Cíclope, Lobezno y el Rondador Nocturno. Mario y Arnaul eran Magneto y Dientes de Sable. Y ella y Cintia eran Jean Grey y Pícara.
El juego siempre de desmadraba un poco y había peleas de verdad, sobre todo a la hora de elegir el papel, pero Ady actuaba siempre un poco de mediadora.
Llegó la hora de hacer los deberes. Diana les puso a los demás niños unas fichas para colorear y a ella le dio unas operaciones y unos problemas de matemáticas. Molesta, se sentó en una mesa que estaba apartada de las banquetas de sus compañeros de clase y empezó a estrujarse el cerebro. Diana era licenciada en enseñanza secundaria, pero sólo había encontrado trabajo en una guardería, por lo que podía ponerle a Ady deberes como hacían los niños de su edad.
Ady aumentaba el número de veces por minuto que chupaba su chupete cuando se concentraba. Chupchupchupchupchupchupchupchup.
Terminó de hacer las cuentas y se las llevó a la señorita Diana para que se las corrigiera. Ella le sonrió, muy amable, como era siempre con todos sus alumnos, y le dijo que ya podía irse a jugar. Sus compañeros aún no habían terminado de colorear así que les esperó junto al baúl.
La hora del recreo llegaba independientemente de que no hubieras terminado la ficha, a excepción de para Ady, que muchas veces se había tenido que quedar dentro sin poder salir a jugar. Miró su móvil, que se lo llevaba a clase a pesar de que su madre no le dejaba y vio que sólo quedaban diez minutos para el recreo. No le apetecía jugar así que se sentó con las piernas cruzadas y se puso a mirar el infinito moviendo su chupete. Diana, que estaba siempre pendiente de sus alumnos y se preocupaba por ellos, se le acercó.
-¿Qué te pasa, Ady? ¿No quieres jugar?
-No tengo ganas –contestó Ady sin mirarla.
La señorita Diana no podía quedarse mucho tiempo con Ady, porque tenía que estar pendiente de que los demás alumnos colorearan la ficha. A pesar de eso, se sentó a su lado y subió a Ady a su regazo.
-¿Estás triste, Ady?
-Un poco.
-¿Qué te ocurre? Tus amiguitos terminarán enseguida y podréis iros todos al patio a jugar.
-No es eso.
-¿Qué es, entonces?
-No lo sé –contestó. Y se puso a hacer pucheros. Diana la cogió entre sus brazos y la acunó un poquito.
Ady sí lo sabía. Necesitaba un amigo de verdad. Eso la ponía triste y necesitaba que la mimaran. Diana la dejó enseguida, pues tenía que irse a atender a los demás alumnos. Le acarició la mejilla limpiándole una lágrima que se le había escapado y se fue.
Durante el recreo, ady seguía sin ganas de jugar. Ni siquiera les insistió a sus compañeros para que terminaran el rescate de X-Men. Dejó que se fueran a jugar a los columpios y ella se quedó en un rincón contemplando el patio, comiéndose la manzana que le había mandado su mamá en la mochila.
Se hizo pipí, pero cómo no pedía que le cambiaran el pañal a no ser que tuviera caca, no le dijo nada a la señorita Diana. Al final, se animó un poco y, aprovechando que llevaba una camiseta de Batgirl, jugó ella sola a que era la compañera de Batman. Pero su humor no debía de haber mejorado mucho, pues su juego la llevó al momento en el que el Joker le dispara, dejándola parapléjica.
Cuando acabó el recreo sólo quedaba el cambio de pañal antes de irse a casa, a no ser que tuvieras que quedarte a comer y dormir la siesta, pero Ady casi nunca lo hacía. Le dijo a la señorita Diana que estaba mojada. Ella, la cambio la primera, para que pudiera ayudarle a cambiar a los demás. Subió a Ady al cambiador, le quitó el pañal mojado y le puso uno de los que tenía en su mochila. Cuando estuvo lista, Ady fue llevando hasta el cambiador a los 8 alumnos que llevaban pañal, para que la señorita Diana los cambiase, ya que Ady no sabía cambiar un pañal. Ady se dio cuenta de que cada vez eran menos los alumnos que llevaban pañales. Y que sólo otros tres aparte de ella usaban chupete. Y que ella era la única que usaba las dos cosas. No le importó demasiado. Ella era una bebé y le gustaba serlo. Necesitaba su pañal porque se hacía pipí y caquita encima. Cuando todos estuvieron cambiados, la señorita Diana se dedicó a hacer unos juegos con todos los alumnos mientras llegaban sus padres. La mamá de Ady era siempre de las últimas en venir, porque trabajaba mucho durante la mañana. Era limpiadora en el servicio de Barcelona y andaba siempre toda la mañana de un lado a otro de la ciudad limpiando comercios y salas de reunión. A las dos y media pasadas, la señorita Isabel, la encargada de la guardería se presentó en la clase de Ady.
-Adela Harris! ¡Tu mamá ya está aquí! –anunció.
La señorita Diana cogió a Ady en brazos, le dio un beso, y se la pasó a la señorita Isabel junto con su mochilita. La señorita Isabel la recibió y la llevó hasta su mamá, que esperaba en la puerta. En eso momentos, Ady se sentía como un saco de patatas. Sabía andar. Y no le importaba ir andando hasta donde estaba su mami, y dejar que fuera ella la que la llevara en brazos hasta el coche.


*****


Por fin estaba de vuelta en casa. Era la hora de comer. Su mamá le había quitado el peto y la camiseta y le había puesto un body. Le soltó las dos trenzas y le dejó el cabello suelto. Al hacerlo, Ady enseñó los dientes mordiendo el chupete y cerró los ojos poniendo cara de buscar pelea, como había visto que hacían los cantantes de sus grupos favoritos.
-¡Ay, mi pequeña jubi! –dijo su mamá apretándole los mofletes llenos de pecas. Ady tenía la piel muy blanquita, y la cara cubierta de pecas, que junto con la melena pelirroja, la hacían parecer una guiri. Aunque a ella le gustaba decir que era una Weasley.
-¡Se dice jebi, mami! –le recordó Ady por enésima vez-. Se escribe heavy. Y no lo soy. No tengo camisetas de Mago de Oz ni de Saurom.
-Bueno, ya las encontraremos –le dijo su mamá cogiéndola en peso y llevándosela a la cocina-. Ahora, es hora de comer.
La comida consistía en lentejas molidas. Sentó a Ady en la trona, le colocó el babero alrededor del cuello y fue dándole las lentejas con mucha paciencia, ya que Ady tardaba mucho en comer. Miraba Pokemon en la tele y se distraía. Su mamá muchas veces la regañaba y apagaba la tele y aunque Ady protestara jamás conseguía que la volviera a encender.
Esta vez, Ady comió bien. Su madre terminó de darle las lentejas y luego se comió las natillas en su regazo, mojando de vez en cuando el chupete en ellas.
Su mamá se dio cuenta de que Ady se iba a quedar durmiendo en su regazo, con la cabeza apoyada en su pecho. Decidió que ya era hora de que se echara su siesta.
Al contrario que a la mayoría de los bebés, a Ady no le importaba dormir la siesta. De hecho, hasta le gustaba. Se levantaba muy temprano para ir a clase y agradecía siempre poder dormir un poco por la tarde. Mamá tumbó a Ady en el cambiador, pero no porque estuviera mojada, sino para ponerle el pijama. Ady tenía ya casi los ojos cerrados. Después de comer siempre se quedaba sopa enseguida. Su madre lo agradecía, ya que así también le permitía a ella descansar. Trabajaba mucho y después siempre tenía que estar pendiente de su hija, que la necesitaba.
Le puso a Ady su pijamita rosa y la llevó en brazos hasta la cuna. Ady se movió inquieta en sus brazos pero su madre la tranquilizó hablándole muy flojito, casi susurrándole.
-Shhh…a dormir, mi bebé –y dándole unos golpecitos suaves en su espalda.
Ady estaba ya dormida cuando su mamá la dejó en la cuna. Le puso a Arnold al lado y la arropó cuidadosamente.  Estaba tan mona, tan frágil, con su chupete moviéndose al compás de su respiración, envuelta entre sus sabanitas.
Su madre apagó la luz y salió de la habitación sin hacer ruido.


*****


Ady se despertó de golpe. Se encontró metida en su cuna. Lo último que recordaba era haber estado en el regazo de mami después de comer. Estaba mojada y el chupete se le había caído de la boca. Lo buscó entre las sábanas y se lo volvió a poner. Como no le importaba tener pipí y quería seguir en su cuna, aprovechando toda la oscuridad que había y que era mínimamente interrumpida por los agujeros de arriba de la persiana, no llamó a mami para decirle que se había despertado y siguió un rato dentro jugando con Arnold. En eso estaba cuando le vinieron ganas de hacer caca. Interrumpió su juego y se dirigió a gatas a una de las esquinas de su cunita. Se sentó abrazándose las rodillas y dejó que la caca saliera mientras movía su chupete. Cuando hubo terminado, se volvió a poner de pie y sintió todo el producto dentro de su pañal. Entonces se acercó a los barrotes del lado de la cuna que estaban más pegados a la puerta y llamo a su mamá para que la cambiara.
-¡¡¡Mamiiiiiii!!! ¡¡¡Ya estoy despierta!!!
Al poco, entro su madre y encendió la luz. La oscuridad dejó de estar presente en el dormitorio de Ady y su mamá pudo verla de pie en la cuna llevándose las manos al pañal.
-Mami, tengo caca –dijo Ady.
-¿Si? Pues venga, vamos a cambiarte enseguida.
Sacó a Ady de la cuna cogiéndola de los brazos y la llevó hasta el cambiador. Le quito el pijama y dejó a su hija solo con un pañal. Desabrochó las cintas del mismo y dejó al descubierto todo lo que llevaba su hija dentro.
-Vaya, sí que te has hecho caca, si –dijo su madre al ver el contenido de dentro del pañal.
-Lo siento –fue lo único que Ady pudo decir.
-No pasa nada pequeñina, ¿para qué está el pañal, si no?
Le levantó las piernas con una mano y limpió a su hija con mucho cuidado, después la puso bocabajo para poder limpiarle el culete. Le volvió a dar la vuelta y le puso el pañal por debajo, después se lo pasó entre sus piernas y se lo unió con las dos cintas. Ady ya estaba cambiada. Sonrió a su mami y esta la cogió en brazos y la llevó hasta el sofá del salón. La dejó allí y fue hasta la cocina a prepararle el biberón de la merienda. Volvió al poco tiempo con el bibe en su mano. Se sentó al lado de Ady y se dio una palmada en el regazo.
-Ale, ven aquí.
Ady fue a gatas sobre el sofá y acostó donde le decía su mami, mirando hacia arriba. Su mami le puso la tetina del biberón en la boca, cogiéndolo con una mano, y con la otra sostenía la cabecita de Ady. Ella chupaba de la tetina y succionaba leche, que estaba muy dulce y calentita. Miraba la infinito y se sentía en paz. Por eso le gustaba que fuera mami la que le diera el biberón. Era uno de sus momento favoritos del día, la única comida por la que no protestaba. Al ratito, Ady fue cogiendo el biberón con sus propias manos, y mientras su mami iba acariciándole el pelo, viendo como su hija se tomaba la leche.
Cuando terminó, dejó el biberón en la mesa que había enfrente y se volvió a poner el chupete en la boca.
-Bueno, Ady, ¿quieres que salgamos a dar un paseo, que te un poquito el aire?
Le dijo que sí. Ady quería ver de nuevo a los heavies que pululaban por el parque al que le llevaba su mamá. Quería ver a personas con las que pudiera encajar, y que no se rieran de ella por llevar pañales.
Su madre la preparó para salir. Le volvió a hacer las trenzas y la vistió con unas mallas y le puso una camiseta de Spiderman. Esa ropa era más cómoda que el peto vaquero para ir en su cochecito. Cuando estuvo listan y mamá hubo preparado el bolso para colgarlo en las asas del carricoche, metió a Ady dentro.
El sitio era pequeño y Ady se tenía que encoger un poco para caber pero aún así, se sentía muy cómoda dentro. Era la única manera que tenía de salir a la calle y no despertar las miradas de extraños al ver a una niña de 12 años llevando pañales y chupete. Su madre metió a Arnold con ella en el cochecito y salieron de casa.
Ady vivía en un edificio en el centro de Barcelona, en el piso número nueve. Tenían que bajar siempre en ascensor y el cochecito era un poquito grande, por lo que les costaba bastante entrar a las dos en el ascensor. En esos momentos, Ady se sentía un poquito incómoda. Sabía algunos de los sacrificios que hacía su mami por ella, por eso se lo intentaba agradecer siempre, mostrándose muy simpática con ella. Intentaba ser una buena bebé, pero no siempre lo conseguía. Al fin y al cabo, era una niña, tenía sus rabietas, como cualquier bebé.
El edificio estaba una zona residencial de Barcelona, había muchos parques alrededor y zonas para pasear. La mamá de Ady seguía casi siempre el mismo trayecto. Andaba empujando el carricoche por una zona con baldosas amarillas, que le gustaba mucho a Ady porque le recordaban a El Mago de Oz, la película, no el grupo, y terminaban en un parque alejado del resto al que no solía ir nadie. Allí, Ady podía salir del carrito y jugar por el césped, ya que el parque estaba rodeado de setos que hacían que fuera muy difícil ver lo que había dentro. La única entrada que había era una salida por el camino de baldosas amarillas que casi no se veía, por lo que la gente pasaba de largo y se iban hasta otros parques que estaban más a delante. La zona era muy pequeña, de forma casi circular, como si fuera un claro en medio de un bosque. Un paraíso alejado del mundo real, que tan mal había tratado a Ady. Sólo había un banco, y a un lado, una roca con una placa en la que se ponían los heavies.
Su madre salió al portón empujando el carrito, abrió la puerta con dificultad y salieron a la calle. A Ady le gustaba sentir el ligero traqueteo de su carricoche. La tarde era soleada y no hacía nada de frío para ser octubre. Ady sintió algo de calor dentro del carricoche, por lo que se bajó un poco las sábanas, que estaban a la altura del cuello. A Ady no le gustaba que alguien metiera las narices dentro del cochecito y pudiera ver a la niña que había dentro con un chupete. Por fortuna, su mami se encargaba de que nadie lo hiciera. Aún así, Ady, en cuanto pasaban por una zona más transitada, de daba la vuelta y se encogía, para que sólo pudieran verle el pelo. Alguna amiga de su madre se había asomado alguna vez dentro, pero había encontrado a una niña pelirroja de espaldas que, efectivamente, era algo mayor para que la paseasen pero a la que no había podido adivinar su verdadera edad. La mamá de Ady se daba cuenta de que su hija hacía esto, y cuando salían de una parte por la que pasaba más gente, le sonreía a su hija cuando ella se volvía a dar la vuelta.
A Ady le encantaba mirar a su mami desde el carrito. Dentro se sentía cómoda y a salvo del mundo exterior, y su mami era la figura que la protegía.
Llegaron al parque, a su parque, y como no estaban los heavies, Ady se bajó del carricoche. Mejor dicho, la bajaron. Ady entonces se vio en medio de ese pequeño parque de pie, llevando un pañal que se notaba bastante dentro de sus mallas y pudiendo correr, saltar y jugar, pero sola. Lo que más deseaba era un compañero para sus juegos. Ady jugaba a que era una superheroína, Batgirl o Wonder Woman, y que era ella la que tenía que salvar el mundo. Saltaba y se revolcaba por el césped ensuciándose la ropa, lo que le valía de vez en cuando una regañina por parte de su madre, que en esos momentos había sacado una revista de su bolso y la leía con interés, dejando que su hija jugase.
Ahora era batgirl; se había puesto su chaqueta a modo de capa y se había quitado el chupete, porque Bárbara Gordon no llevaba chupete, y estaba luchando contra Poison Ivy, que la había rodeado con plantas carnívoras, que eran los setos. Fue entonces cuando aparecieron aparecieron los heavies.
Eran cuatro. Tres chicos y una chica. Todos tenían el pelo largo a excepción de un chico y vestían camisetas negras de grupos. Uno de ellos, llevaba una de Saurom. A Ady de le aceleró el pulso. Corrió al lado de su madre, que había bajado la revista y miraba a los chicos disimuladamente, por si intentaban decirle o hacerle algo a su hija. Pero pasaron de largo, se dirigieron a su piedra, abrieron la botella de cerveza que llevaban y se pusieron a hablar de sus cosas. Ady finalizó su lucha contra Poison Ivy, se sentó junto a su madre  y se puso la chaqueta sobre las piernas para que no se le notara el pañal. De lo nerviosa que se puso cuando llegaron los chicos, se hizo pipí, pero no le dijo nada a su madre. Sacó el móvil de la mochila del cochecito y se puso a jugar a Angry Birds. De vez en cuando les echaba miraditas a los 4 Fantásticos, nombre que les había dado a los cuatro heavies, porque les gustaban. Siempre iban los mismos, y sabían que ella usaba chupete y la paseaban en el cochecito porque la habían visto llegar y bajarse muchas veces. También debían de saber que llevaba pañales, pero nunca le habían dicho nada. Sólo de vez en cuando alguna mirada, pero ni era algo que hicieran todas las tardes. Por su parte, Ady entendía que una niña de su edad llevando pañales y usando chupete también despertara cierta curiosidad. Pero aún así, Los 4 Fantásticos iban a su rollo, sin que les importara el resto de la gente ni lo que hicieran.
Todos eran mayores que Ady, unos 2 o 3 años, y eran por así decirlo, diferentes al resto de niños de su edad. Iban a su bola sin criticar a terceros y hablaban de cosas de las que la mayoría de gente ignoraba bastante; como Heavy Metal y cómics. Ady habría dado cualquier cosa por integrarse en una de sus conversaciones. Ahora mismo estaban discutiendo sobre que bando tenía razón en Civil War de Marvel. Ady estaba deseando llegar y decirles que el mejor bando era el de los sublevados, pero en lugar de eso, siguió con los pájaros enfadados de su móvil.
El sol fue cayendo. Los 4 Fantásticos no tenían intención alguna de moverse de ahí. Hacía rato que se habían terminado la cerveza y uno de los chicos había ido a comprar otra. La conversación iba ahora sobre un festival de música llamado Rock Fest Barcelona al que los chicos querían ir. Ady habría dado cualquier cosa por ir a un festival, por salir con gente de su edad, pero necesitaba a su mami para que le cambiase el pañal y la cuidara. E integrarse con la gente yendo con su madre a un concierto no era la mejor forma.
Llegó la hora de irse. La mamá de Ady subió a su hija al cochecito y ambas emprendieron el camino de vuelta a casa.


*****


Una vez allí, llegó la hora del baño. Ady le dijo a mamá que tenía pipí, pero como iba a bañarse enseguida no le quitó el pañal. La dejó únicamente con él puesto mientras se llenaba la bañera. Ady esperó sentada en el sofá que su baño estuviera listo viendo la tele y mojada. Se sentía un poco incómoda pero pronto pasaría.
Efectivamente, al poco llegó su mamá para llevársela al cuarto de aseo. Le quito el pañal y la metió en la bañera. El agua estaba calentita, quizá un poquito más de la cuenta, pero a Ady no le importó. Dejó que su madre fuera soltándole las trenzas mientras ella jugaba con un delfín y una orca de goma que si le apretabas, echaba agua por la boca. A Ady le encantaba la hora del baño. Le gustaba meterse en el agua, aunque sin un pañal se sentía un poco insegura. Ya le había pasado que un par de veces se había hecho pipí en la bañera, por eso su madre se cercioraba de bañarla después de cambiarle el pañal, cuando era más difícil que se hiciese pipí.
El baño transcurrió con normalidad, bueno, con toda la normalidad de cuando bañas a un bebé. Ady no chapoteó más que de lo de costumbre y mojó a su madre un par de veces con la orca. Al terminar, la sacó de la bañera y soltó el tapón. Le puso a Ady una toalla blanca alrededor del cuerpo y la apretó contra el suyo, después la depositó en el suelo y fue secándole el pelo con la toalla para luego pasarle el secador. Le pasó el cepillo por todo el pelo rojo y se lo dejó sedoso y suave. Después, terminó de secarle todo el cuerpo y cuando se hubo asegurado de que su bebé no cogería frío al salir del baño, se la llevó en peso hasta su habitación. Allí, la tumbó sobre el cambiador para ponerle el pañal. Le levantó las piernas y puso el pañal debajo, las depositó de nuevo y le pasó el pañal entre ambas. Después, se lo sujetó con las dos cintas de los lados. Ady ya se sentía mejor y sonrió llevándose las manitas al pañal. Su madre le puso el pijama y se la llevó hasta el sofá para que viera la televisión mientras ella preparabaa la cena. A esa hora, no daban dibujos que le gustasen a Ady. Pasó por todos los canales haciendo zapping y finalmente encontró Los Simpsons. Mamá no le dejaba verlos, pues pensaba que no eran dibujos apropiados para un bebé, pero a Ady le gustaban, aunque no entendiera muchos chistes, y aprovechaba para verlos cuando su madre no podía enterarse. Y allí se quedó, disfrutando con las aventuras de Bart, Homer y compañía; aunque su favorito era, claro está, Maggie, la bebé peleona pero sin llegar a ser mala, al contrario que Stewie, un bebé de otra serie que su mamá tampoco quería que viese. En el capítulo de hoy, se menciona un momento que Bart Simpson llevó pañales hasta los 5 años. Todos sus compañeros de clase se ríen de él. Si a eso le sumamos que en otro capítulo se dice que Bart aún duerme con un osito de peluche, Ady estaba encontrando a otro personaje favorito. Cuando escuchó los pasos de mami acercándose al salón, Ady se apresuró a cambiar de canal, pues cuando veía Los Simpsons, tenía siempre el mando en la mano y el dedo puesto en el botón de return. Cuando su madre entró, no vio más que a su hija viendo Ben 10. Llevaba mucho tiempo fingiendo que le gustaba ese bodrio de serie. Ady avanzó un canal con el mando a distancia, de manera que si mami volvía a darle al return, no pudiera llegar a Los Simpsons.
-La cena ya está lista, princesita –dijo su madre cogiéndola en peso y llevándosela a la cocina.
Por el pasillo, Ady le recriminó:
-No soy una princesa, mami. Soy una superheroína –dijo molesta-. ¿Qué hay de cena?
-Puré de patatas, con leche, como a ti te gusta.
Sentó a Ady en su trona y le puso el babero. Se acercó con el cuenco del puré en una mano y la cuchara en la otra y comenzó a darle la cena a su hija.
-¡Ay, mami! –exclamó Ady, apartándose -. ¡Quema!
Mamá le sopló a la cuchara y volvió a metérsela en la boca. Aún quemaba, pero menos.
Ady se tomó todo el puré. Mami iba limpiándole con el babero las comisuras de los labios de vez en cuando, donde se habían quedado restos del puré. Cuando terminó, le acercó su tacita-biberón para que bebiera agua. Ady se la acercó a la boca sujetándola con ambas manos.
El segundo plato consistía en un filete de ternera. La mamá de Ady lo cortó en trocitos finos, puso el plato en la mesita de la trona y comenzó a darle el filete, pero sonó el teléfono y tuvo que irse a contestar. Dejó a Ady para que se lo comiera sola. A Ady no le gustaba comer sola. Prefería que se lo dieran. Fue pinchando uno a uno los trocitos del filete con el tenedor y llevándoselo a la boca, de manera torpe, sujetando el tenedor con el puño cerrado y llevándoselo a la boca torciendo exageradamente la muñeca. Cuando se acabó la ternera, su madre seguía aún hablando por teléfono. Ady quería bajarse de la trona e irse a jugar, pero no podía soltarse las correas que la sujetaban. Se agitó inquieta. Se estaba poniendo nerviosa y quería su chupete, pero estaba en su habitación, lejos de ella. Comenzó a llorar para que su mami viniera.
-¡¡¡MAMIIIIIIIIII!!! ¡¡¡MAMIIIIIIIII!!! ¡¡¡BAJAMÉ!!!!
Escuchó como mamá le decía a la persona de al otro lado del teléfono:
-Luego hablamos, mujer, que me está llamando la niña.
Se tranquilizó un poco aunque siguió sollozando. Cuando su mami entró, estiró los brazos hacia ella, como gesto de que la sacara.
-Ay, Ady. Ni hablar con la tita Raquel me dejas.
Apartó la mesita de la trona y le soltó las correas que la tenían agarrada. La cargó en peso y la llevó hasta su habitación. Una vez allí, la sentó en la moqueta. La habitación de Ady era la única en toda la casa que tenía moqueta.
-Puedes jugar un poco antes de dormir, Ady. Pero a las diez vengo y te acuesto –le dijo su mamá, y se fue hasta el salón a seguir hablando con su hermana.
Ady se incorporó del suelo y se acercó hasta la mesita de al lado de su cuna, cogió su chupete y se lo metió en la boca. Ya se sentía más tranquila. Se acercó hasta el armario y sacó su caja con los juguetes. Se volvió a tirar al suelo y estuvo jugando con sus muñecos un buen rato. Jugó a Batman, Spiderman, Harry Potter… Ady tenía mucha imaginación. Era una de las innumerables cosas de su niñez que tampoco había perdido. Y se sentía muy orgullosa de ello. También jugó a los bebés, pero no como jugaban las otras niñas en las que ellas cuidaban bebés. Ady era la bebé. Jugaba a que se hacía pipí (aunque se lo hizo de verdad) y tenían que cambiarla, a que había que pasearla, etc, porque a Ady le gustaba ser un bebé. Le encantaba que le pusieran un pañal, que la dieran biberón, que la bañasen, la paseasen, usar chupete, todo. Lo único que quería era alguien con quien compartir su estilo de vida y no saliera corriendo a las primeras de cambio. Quería un amigo. Triste, dejó de jugar y se fue a su rincón de la habitación. Siempre se iba allí cuando no se encontraba bien. Se sentó abrazándose las rodillas y comenzó a chupar su chupete muy fuerte.
A las diez en punto, llegó su mami con un biberón de leche caliente en la mano. Cuando Ady la vio, se levantó y fue derecha hasta el para cogerlo, pero mamá se lo apartó.
-Primero vamos a cambiarte el pañal, cielo.
Dejó el biberón en la mesita y subió a su hija al cambiador. La mamá de Ady sabía perfectamente cuando eran las horas a las que había que cambiarle el pañal a su hija. Y sabía que después de cenar siempre se hacía pipí. Su mami le soltó los botoncitos del pijama mono, de manera que pudo maniobrar para poder cambiar a su hija de pañal sin quitarle el pijama. Le soltó las cintas de los laterales y le separó el pañal. Le levantó las piernas con una mano y extrajo el pañal con la otra. Aún sin soltarle las piernas, limpió cuidadosamente a su hija hasta que quedó sequita. Abrió uno de los cajones de debajo del cambiador y sacó un pañal limpio. Le volvió a levantar las piernas y pegó el pañal al culito de Ady. Le separó las piernas y lo pasó entre ellas, después se lo sujetó muy fuertemente con las dos cintas, dejando a Ady cómoda y muy segura. Para finalizar, le volvió a abrochar los botoncitos del pijama. Su bebé ya estaba lista para irse a dormir, sólo faltaba su biberón.
Cogió a Ady en brazos y la llevó hasta la mecedora que había en la habitación. Le quitó a su hija el chupete de la boca y se lo guardó en uno de los bolsillos de la bata. Cogió el biberón y se lo acercó a su hija, que inmediatamente rodeó la tetina con los labios y empezó a chupar leche. Ese era probablemente EL momento favorito del día de Ady, el último biberón. Ady estaba acostada en el regazo de su mami, con los bracitos flexionados y pegados al cuerpo y recibiendo la leche. Succionaba tranquilamente, pausada, disfrutando del momento. Se terminó su biberón y se acurrucó junto a su mami. Esta, la cogió en brazos y la llevo hasta la cuna. La depositó dentro con mucho cuidado. Se sacó el chupete de la bata y se lo puso a su hija en los labios, que lo recibió gustosamente, y la arropó con mucha ternura. De pronto, Ady se dio cuenta de que le faltaba algo.
Arnold no estaba con ella.
Su peluche se había quedado en el carrito cuando Ady lo dejó tras bajarse en el parque. Le dijo a su mami que fuera a buscarlo. Ella salió enseguida llevándose consigo el biberón vacío. Ady empezó a chupar su chupete con más fuerza. Sabía que Arnold estaba en su carricoche pero…¿Y si no era sí? ¿Y si se había caído en el parque? Arnold estaría solito en medio de la noche. Dejó de pensar en eso, pues se estaba poniendo nerviosa y se haría pipí otra vez. Arnold estaba en el cochecito. Ady sabía que no se lo había bajado en el parque, pero la duda empezó a tomar forma en su cerebro.
Y efectivamente, mamá regresó al ratito, con Arnold en una mano. Se lo tendió a Ady, que inmediatamente, lo recibió entre sus brazos y lo estrechó contra su cuerpo, aliviada. Su mami sonrió al ver a su hija tan mona en la cunita, con su chupete y sosteniendo su peluche. La volvió a arropar un poco, pues se le habían salido un poco las sábanas al coger a Arnold y le deseó buenas noches a su bebé. Salió de la habitación, apagó la luz y cerró la puerta con cuidado.
Dentro del cuarto, una niña de 12 años que llevaba pañales y chupete, comía en una trona y tomaba biberón; estaba abrazada a un unicornio de peluche llamado Arnold dentro de una cuna. Ady bostezó, sintiendo cómo le venía el sueño, se acurrucó dentro de las sábanas y cerró los ojos, le dijo adiós a otro día y se preparó para recibir al siguiente.

28 de febrero de 2015

'Vida de Chris' os necesita!

Hola, gente!
En primer lugar agradeceros a todos que hayáis sacado un rato de vuestro tiempo para pasaros por mi blog y leer las aventuras de Chris. La verdad es que la historia ha tenido una acogida que no me esperaba para nada, así que una vez más, GRACIAS A TODOS!!! :)
Quiero dar las gracias a todos los que me habéis mandado correos interesándose un poquito más por esta historia o por este mundo en general. He conocido a gente increíble, y eso es una de las mayores satisfacciones que me ha dado Vida de Chris, lo digo de verdad :)
Y ahora os necesito. Quiero decorar un poco el blog con dibujos de Chris. Yo dibujo como un niño de 3 años que dibuja mal así que os pido vuestra colaboración.
Todos los dibujos que reciba serán incluidos en la decoración. Además le dedicaré una entrada personalizada a cada dibujo, si su autor quiere ser público o permanecer en el anonimato, eso lo dejo a vuestra elección.
Así pues, los interesados, que me manden un dibujo de algún momento de Vida de Chris: Cuando le ponen un pañal para dormir por primera vez, su primera salida en pañales, su cambio de pañal en público, su primer biberón, la primera vez que le ponen chupete, simplemente un dibujo de Chris... lo que queráis, sois totalmente libres de elegir el tema :)
Nada más, un abrazo a todas y a todos, agradeceros de nuevo vuestra lectura de Vida de Chris y...espero vuestros dibujos!!

Con mucho cariño,
Tony.

4 de febrero de 2015

Vida de Chris - Epílogo



Una semana más tarde



Estoy aquí, en el parque de juegos que mami me ha comprado y que ha puesto en el salón. Es mejor jugar aquí que en mi habitación; el suelo es más blandito y estoy más cómodo.
Llevo ya una semana durmiendo en la cuna. Me he acostumbrado a ella y a todas las demás cosas de bebé. De hecho, ya soy completamente un bebé. Soy totalmente dependiente de mami. Ella es la que me levanta, la que me acuesta, la que me baña, la que me cambia, la que me da el bibe y la comida y la que me lleva en brazos a los sitios, pues ya he dejado de andar. Ahora voy a gatas todo el tiempo. A veces, mami me llama desde una punta de una parte de la casa, y yo voy a gateando hacia ella lo más deprisa que puedo, con mi enorme pañal abultado y haciendo ruido, y cuando llegó hasta donde está ella, me coge y me levanta en peso y dice ‘Que bebé tan bueno tengo’.
Yo estoy muy contento con mi nueva vida, al principio siempre me mostraba receptivo a las nuevas cosas de bebé que mami introducía en mi vida, pero siempre me iban viniendo bien.
Menos la leche que me recetó la Dra.Elisa. No había servido para nada y mami se había deshecho de ella y comprado una para bebés, aunque me la seguía dando en el biberón.
También había instalado una trona en la mesa y ahora me sentaba en ella a la hora de comer. Me ponía encima, me ataba con los enganches que llevaba para que no me cayera, y bajaba la mesita de plástico. Encima de la trona me sentía muy contento, y dejaba tranquilamente que mami me diera las comidas.
Yo tampoco hablaba, solo balbuceaba. Me pasaba todo el día en silencio a no ser que tuviera que balbucear para pedirle algo a mami o cuando lloraba por cualquier cosa. Era un completo bebé. Pero yo no era casi consciente de ello. Era consciente de muy pocas cosas, mi vida se resumía en pasármelo bien jugando con Rhino y los juguetes nuevos que mami me había comprado y que estaban en el parquecito conmigo. Cuando yo no estaba comiendo, durmiendo o jugando con mami, siempre estaba en el parquecito. A no ser que me estuvieran cambiando el pañal. Un bebecito, eso es lo que era. El bebecito de mami. Dependiente de ella, o de otra persona, para todo. No podía valerme por mí mismo para nada.
Como he dicho antes, estaba jugando en mi parquecito. Estaba mojado pero seguía jugando. A no ser que me hiciera caca, no lloraba llamando a mami para que me cambiara. Iba vestido únicamente con una camiseta y un pañal.
Mami entró en el salón. Se acercó hasta el parquecito y me sacó. Yo balbuceé molesto, pues estaba jugando con mis juguetitos. Mami me levantó y me olió el pañal para ver si llevaba caca, pero no tenía. También había parado de preguntarme si estaba mojado, pues ahora me había puesto unas horas para el cambio de pañal y siempre me lo cambiaba en ese momento, a no ser que tuviera caca, porque lloraba muy fuerte para que viniera y me cambiara. De todas formas, era la hora del cambio y mami me llevó a mi habitación. Me tumbó en el cambiador y empezó a cambiarme: me desabrochó las cintas, extrajo el pañal, me limpió y me volvió a poner otro. Yo sonreí, contento de estar cambiado. Mami entonces trajo un peto y me lo puso, primero una piernecita y luego la otra, con mucha delicadeza, como siempre. Después de abrochó los botoncitos de los tirantes y me puso unos calcetines del pato Donald y unos zapatitos parecidos a los de bebés que me había comprado. Me levantó en peso y me llevó escaleras abajo hacia la cochera.
-Chris -me dijo-, te he comprado una cosita para sacarte a pasear que te va a gustar.
Me dejó en el suelo al llegar a la cochera, yo no aguanté de pie y me caí, me quedé sentado sobre él.
Mami fue hasta donde había un bulto tapado con una de mis viejas sábanas de cama y lo destapó. Lo que había dentro era un carrito de bebés pero más grande. No era una silla de ruedas, no. Era un carrito de bebés. Una silleta. Estaba envuelta en un plástico transparente.
-¿Te gusta, Chris? -me dijo-. Es para pasearte y no tener que ir contigo cargado en brazos por la calle. Me ha costado mucho conseguirla, pues ya no las hacen tan grandes. Pero llamé a la compañía; les conté mi problema; bueno, nuestro problema; y me mandaron ésta ayer.
Yo estaba sorprendido, pero no decía nada. Era una silleta para bebés. Por un segundo, se me pasó por mi cabeza la idea de que era absurdo que eso fuera para mí, pero desapareció al instante y apenas fui consciente de ella.
-¡Venga, vamos a probarla! -exclamó mami.
Se puso a desenvolverla del plástico y enseguida la silleta desprendió un olor a nuevo. Mami me levantó del suelo, me dio unos cachetes para limpiarme el culito de haber estado sentado en el suelo y me subió encima. Me ató con las correas que llevaba para que no me cayese, que eran parecidas a las de la trona, y bajó un palo horizontal que se quedó en frente de mí como si fuera el sitio donde agarrarse en una montaña rusa.
De pronto, me di cuenta que no tenía a Rhino conmigo. Balbuceé y me agité inquieto en la silleta. Mami enseguida supo lo que quería y fue arriba a buscarlo. Yo mire la silleta como pude, pues al estar ya atado no me podía mover mucho y pensé en lo que la gente de la calle pensaría al ver a un niño de 13 años con pañal, chupete, un peluche y en un carrito. Me quedé haciendo chup chup hasta que mami volvió, con Rhino y la bolsa que llevaba dentro los pañales y las cosas para cambiarme. Puso a Rhino en mis brazos y la bolsa en la parte de atrás, colgada de las asas para empujar el carrito.
Me llevó hasta la puerta de la cochera; yo sentí como mami empujaba la silleta y puse a Rhino en mí regazo.
Mami abrió la puerta y salimos al mundo exterior.


FIN

12 de abril de 2014

Tony Prince Returns (con su pañal, por supuesto)

¡Hola!
Soy Tony Prince, autor de 'Vida de Chris'. Antes tenía un blog conocido como '¡Quiero mi chupete!', pero por problemas de tipo hacker tuve que deshacerlo. Sin embargo, ¡aquí estoy otra vez! ¡Con muchas historias de AdulBaby, DL y de pañales que contaros!
De momento, voy a ir adecuando el diseño del blog y muy pronto comenzaremos con la historias!
Un abrazo!