23 de septiembre de 2019

Los 2 Mundos de Robin Starkley - Capítulo 20: Esto es Halloween

Hola, hola!

En todo momento hay un lugar apropiado para los discursos, y como este no lo es, AL ATAQUE:
(Albus Dumbledore)

De corazón, espero que disfrutéis :)


Los 2 Mundos de Robin Starkley - Capítulo 20
Esto es Halloween


Estoy recostado en el sofá junto a Mami. En la televisión Downton Abbey sigue su lento curso y yo estoy acurrucado con la cabeza apoyada en su regazo, aferrando a Wile contra mi pecho y moviendo mi chupete lentamente. Tengo los ojos cerrados, aunque no duermo. Me relajo sobre Mami mientras ella acaricia suavemente mechones de mi pelo. Me siento cómodo y seguro.
Y también llevo puesto un pañal, que ayuda bastante.
Ha sido otro día horrible en el colegio, como el resto de la semana. Pero por fin es viernes y la perspectiva de estar dos días sin pisar ese caldo de cultivo de la indiferencia hace que me sienta un poquito mejor, pero solo un poco.
Me paso el día solo. Mis amigos, o los que yo creía que eran mis amigos, no quieren saber ya nada más de mí. Durante toda esta semana, solo Eddy me ha dirigido la palabra, y han sido dos  veces y de forma escueta, y siempre por algo que tuviese que ver con lo que estábamos dando en clase, como preguntarme en Educación Física si tenía algún equipo para baloncesto o pedirme un pincel en clase de Arte.
Mis amigos ya no hablan conmigo de videojuegos ni de series de televisión; no hablan conmigo de nada, y por supuesto ni me incluyen en sus planes. Llevan toda la semana hablando de una fiesta de Halloween en casa de Samantha, una de las chicas más populares de clase y a la que al parecer va a asistir medio colegio. Y por supuesto yo no estoy invitado.
Se suponía que iba a ser mi primera fiesta con chicas, y en el lugar de eso me tendré que quedar en casa llevando un pañal y chupando un chupete.
No me malinterpretéis; me gusta ser un bebé, pero también necesito amigos. Aunque desde luego, no unos así.
No necesito amigos que han decidido de pronto dejar de serlo porque me han visto tal como soy en realidad. Podría entender que se hubieran enfadado por no habérselo contado antes, que estuvieran disgustados por no haber confiado en ellos, pero no. Lo que ha pasado es que les doy asco y vergüenza.
Les doy asco por llevar pañales y vergüenza por usar chupete. O viceversa. O por las dos cosas. Qué más da. Me da igual.
El  caso es que no tengo amigos y en el colegio me siento más solo que nunca. Durante el recreo me dedico a vagabundear por el patio, solo; y cuando noto que empiezan a mirarme tras pasar varias veces por el mismo sitio, me subo a los aseos del tercer piso, me encierro en uno de los baños y lloro mientras me chupo el bajo de la camiseta. Mami ha empezado a preguntarme a qué se debe que salga siempre del cole con la parte baja de las camisetas tan húmeda y arrugada. Yo le contesto que me las mojo al beber agua, pero sé que Mami sabe que es mentira.
No es que yo haya estado siempre entre los chicos más populares del colegio, pero tampoco he tenido problemas para hacer amigos o para entablar conversación con alguien. Pertenecía a un grupo lo suficientemente numeroso como para poder formar parte de un equipo en Educación Física o para ponerme con Ronald y Joseph para hacer un trabajo. Gracias a pertenecer a un grupo me invitaban a los cumpleaños de los demás, y contaban conmigo para hacer planes, porque yo siempre estaba dispuesto a ir. Como decía Mami, que fuese un bebé dentro de casa no significaba que de puertas para fuera no pudiera ser un niño normal y corriente.
Mis dos mundos.
Pero ahora mis amigos me hacen el vacío, básicamente como si no existiera. Como si fuese parte del mobiliario de clase o un banco del patio. No sé qué les habrán dicho a los demás para justificar que ya no salgan conmigo, si es que les han dicho algo, vamos. Pero al menos estoy seguro de que no les han contado que llevo pañales y chupete, sino estaría sufriendo burlas y mofas constantemente. Si eso llegase a pasar, si el colegio se enterase de que aún llevo pañales tendría que mudarme de colegio, de casa, de barrio, de país y de planeta. Ponerme un bigote falso, adoptar la identidad de Rivaldo Estarcliado y mudarme a México.
Bromas aparte, la  situación en el colegio se está haciendo cada vez más insostenible. El otro día, durante el cambio de clase, yo había vuelto tras mi intento rutinario de hacer pipí y el profesor estaba tardando en llegar. Mis amigos estaban reunidos junto a otros compañeros de clase en torno al pupitre de Ronald, que seguía sentándose a mi lado porque no había otro sitio libre.  Estaban hablando sobre la fiesta de Halloween; de la comida que iban a llevar y la música que iban poner. Incluso varias personas aventuraron que podrían comprar algo de alcohol. Todos estaban emocionados. Selena y Sonia, las dos amigas de Samantha que la seguían a todas partes como si fuesen un perro faldero decían que iba a ser una fiesta memorable y daban palmaditas emocionadas. Me recordaron a niñas pequeñas ilusionadas ante la llegada de la navidad. Sonreí amargamente para mis adentros.
<<Luego el bebé soy yo, pensé>>
Los chicos, por el contrario, se daban golpes en los hombros los unos a los otros cavilando en voz alta si conseguirían un beso de alguna de ellas, y las chicas se ruborizaban al oírles. Mientras tanto, yo garabateaba dibujos de los Teen Titans en la libreta de matemáticas, más preocupado de no hacerme pipí encima que de otra cosa. No podía soportarlo. Los chicos de mi edad ya hablaban de besar a chicas y yo todavía llevaba pañales, usaba chupete, tomaba biberón y dormía aferrado a un peluche. Pero era lo que quería… ¿no?
De todas formas ninguno de ellos me hacía el menor caso. Como si fuese invisible, la indiferencia era total. Estaban todos a mi lado y era como si yo no existiera. Miles incluso tenía medio culo apoyado en mi mesa. Parecía como si yo no perteneciera a su mundo y estuviese en un plano astral diferente.
Cuando llegué a casa y le dije a Mami lo que había pasado, se puso muy triste, más incluso que yo. Inmediatamente me arrepentí de habérselo contado porque no me gusta verla llorar. Mami me abrazó muy fuerte y me dijo entre lágrimas que todo iba a salir bien, que no preocupase y que no merecía amigos así. Me dijo también que ella saldría conmigo en Halloween, que compraríamos unas cestas de calabaza, nos disfrazaríamos y saldríamos a pedir caramelos. Al principio me mostré un poco reticente, pues me parecía que yo era un poco mayor para pedir caramelos pero entonces me di cuenta de que llevaba puesto un pañal y que Mami me sostenía en su regazo. Y de pronto me sentí muy emocionado de poder salir con Mami a pedir caramelos. Mami me dijo que podría ir con pañal y que llevaríamos unos disfraces para que nadie supiese que éramos nosotros. Y de repente me volví a sentir muy emocionado por Halloween.
Mami se está esforzando mucho porque me sienta cómodo. En cuanto llego a casa, lo primero que hace es ponerme un pañal, darme el chupete y acunarme en su regazo mientras tararea una nana. Y yo lloro sobre su pecho, maldiciendo mi nueva vida pero feliz de volver a casa y poder ser un bebé.
Su bebé.
Mami me mima muchísimo últimamente. Siempre está pendiente de mí y de que no lleve el pañal mojado, y muchas veces entra en mi cuarto cuando estoy jugando o haciendo los deberes únicamente para preguntarme si necesito un cambio de pañal. También juega conmigo sobre la alfombra con los juguetes y todas las noches me canta la canción del pañal. Y yo le hago mi bailecito moviendo a los lados mi culete acolchado. Y cuando termino, le doy muchísimos besitos de chupete. Luego ella me da el biberón y me acuesta como si yo fuese un bebé de verdad.
Y me encanta.
Mami comienza distraídamente a darme golpecitos en el culete, y yo sé que lo hace para comprobar si tengo pipí o caca. De todas formas, me encanta que haga eso. Es como si dijese Mi bebé está protegido con su pañal.
Balbuceo inteligiblemente, me reacomodo sobre su regazo y me encojo aferrando a Wile contra mi pecho.
De pronto oigo la puerta de casa abrirse y un ruido de pisadas fuertes y bolsas de dirigiéndose hacia el salón.
-¿Qué haces aquí tan pronto? –pregunta Mami.
-Han suspendido las clases –contesta Elia. Oigo como tira sus llaves sobre la mesa-. Al profesor se le ha quedado un pie enganchado en la puerta del ascensor. De todas formas así me ha dado tiempo a pasar por la tienda de disfraces –deja caer las bolsas al suelo-. Me cago en la leche, está a reventar con la mierda de Halloween, pero he podido traerte esto –oigo como rebusca en las bolsas-. Bruja del Este para ti, diablo infantil para él.
-¿Diablo infantil?
-Es que para 12 años no quedaban –se excusa mi hermana-. Me ha dicho la chica que este es para 8, pero seguro que a Robin le va bien. Mira –revuelve en la bolsa-. Le he comprado también un antifaz, así no sabrán que es el único niño de 12 años que va con su madre a pedir caramelos –se vuelve a oír el ruido de sus manos rebuscando en el plástico-.Y también un tridente de diablo. Chin chin, clas clas –Elia ha debido de coger el tridente y hacer como si ensartase a Mami.
-¿Cómo es el disfraz? –pregunta Mami, y su mano se separa de mi culete y deduzco que está apartándose el tridente de la cara.
-Es un mono, de color rojo y con capucha. Y lleva colita de diablo también. Va a estar súper mono –dice agudizando infantilmente la voz.
-Pero con eso se le va a notar el pañal…
-Ah, ¿qué también va a salir con pañal? –se extraña mi hermana, y su tono cambia de repente, volviéndose seco y brusco-. Pues yo qué quieres que haga. Hay un antifaz. Que se lo ponga
-¿Y tú crees con esto no le van a reconocer? –pregunta Mami con ironía. Y su mano vuelve a separarse de mi pañal porque ha debido de coger el antifaz.
-Al Robin de Batman le funcionaba. No sé por qué a este no
-Bueno –Mami se inclina hacia la mesa a dejar el antifaz y vuelve a darme palmaditas en el pañal- ¿Y el mío?
-¿El tuyo qué?
-Mi disfraz.
-Ah –Elia ha cambiado totalmente de ánimo al enterarse de que yo iba a salir a pedir caramelos llevando pañales-. Bruja del este estándar –dice con tono aburrido-. Sombrero puntiagudo, nariz con verruga, pintura facial verde y vestido negro. Te estará bien –siento como le tira a Mami el disfraz al pecho, porque también roza mi cabeza.
-¡Ay! –se queja Mami, y su mano vuelve a separarse de mi pañal-. Ten cuidado.
-No te lo he tirado fuerte –protesta Elia.
-No es eso… -contesta Mami distraída. Su mano no ha vuelto a mi culete.
-¿Qué pasa? –le pregunta Elia un poco extrañada-. ¿Por qué te sobas las tetas?
-No sé… Últimamente me duelen un poco.
-¿Es por la regla?
-No creo, me vino hace 2 semanas… Ya está –mami vuelve a bajar su mano al pañal-. Me viene de pronto y enseguida se va.
-¿Has ido al médico? Quizá deberías mirártelo por si fuera algo grave.
-No lo es –contesta Mami muy segura.
-¿Cómo estás tan segura?
-Mi instinto me dice que no es algo malo.
-Ya… Bueno… -sé que Elia no está de acuerdo pero no quiere seguir la conversación-. Me voy arriba.
-Espera.
Oigo las botas de Elia sobre el suelo dando la vuelta.
-¿Qué pasa ahora?
-Tu hermano lo sigue pasando mal en el colegio.
Pausa.
-¿Está durmiendo? –pregunta Elia.
-Creo que sí –contesta Mami.
Yo intento de pronto fingir que estoy durmiendo para que sigan sin sospechar, pero no sé cómo hacerlo y me pongo nervioso. Me rebullo un poco sobre el regazo de Mami y balbuceo inquieto, todavía sin abrir los ojos, como si tuviese un sueño inquieto. Mami chasquea la lengua delicadamente varias veces, me pega más el chupete a los labios y me mece suavemente.
-¿Qué ha pasado? –pregunta Elia al tiempo que se sienta en el sofá.
Siento sus dedos acariciarme un mechón de pelo. Son distintos a los de Mami. Sé distinguirlos perfectamente. Los de Mami son alargados y firmes, pero ella tiene un tacto muy suave y delicado. Los dedos de Elia son más pequeños y rugosos, y tienen menos de delicadeza y más de fuerza. Aunque ambas caricias son igualmente reconfortantes. Y eso es porque da igual cómo sea el aspecto físico de la caricia, lo importante es que esté llena de amor y ternura.
-Siguen ignorándole –dice Mami con amargura-. ¿Sabes por qué me lo voy a llevar a pedir caramelos? –se produce una pequeña pausa-. Porque sus amigos han organizado una fiesta de Halloween y no le han invitado. Pasan de él olímpicamente.
-Pff. Bueno –Elia resopla.
-¿Bueno?
-Podría ser peor.
-¿A qué te refieres?
-Podrían hacerle burla. Meterse con él. Pegarle a la salida. Yo qué sé.
-¿Ese es el lado bueno? ¿Qué no le están dando una paliza al salir de clase?
-Para que veas cómo están ahora las cosas. Robin no encaja en los parámetros que la sociedad tiene establecidos como normales así que se convierte por defecto en un excluido, un anormal. Un paria.
-¡Elia!
-¿Qué? Así es como funciona el mundo. Con los niños de 12 años que todavía llevan pañales, los homosexuales... Pero eso no quita que la gente que se comporta así sean unos hijos de puta. Con perdón para sus madres que a lo mejor son unas santas.
-¿Y qué podemos hacer? –pregunta Mami en voz baja.
-No lo sé. ¿Matarlos a todos?
-Elia, estoy hablando en serio.
-Y yo. Un chorrito de cianuro en la fanta de naranja y se quedan dormiditos dormiditos.
-Ya vale, Elia –Mami me acaricia el pelo suavemente, y yo puedo sentir sus contemplándome con ternura-. ¿Sabes? –dice Mami tras una pausa- le compré pañales a Wile por una razón.
-Ilumíname.
-Para que Robin pueda aprender a ponérselos. Mira cómo lo abraza. Es como si fuese su bebé. Robin puede ponerle pañales a su peluche y, con el tiempo, aprender a cambiarse los suyos. Así, poco a poco, se volverá más independiente.
-¿También vas a enseñarle a prepararse el biberón?
-Todo a su tiempo –dice Mami.
Otra pausa.
-¿Le has dicho lo de nuestro padre?
Casi abro los ojos del pasmo.
¿Lo de nuestro padre?
-No, pero no puedo demorarlo más –contesta Mami.
-No, no puedes –corrobora Elia.
-Esta tarde tengo que ir a comprar pañales, que desde que ha vuelto a usarlos de día se nos acaban enseguida. Se lo diré por la noche. Después de salir a pedir caramelos.
Al oír hablar de mi progenitor biológico no puedo evitar hacerme pipí encima.
No puede traer consigo nada bueno. Nunca lo hizo. ¿Por qué aparece de nuevo ese hombre en nuestras vidas? ¿Por qué no podemos enterrar de una vez el pasado?
De repente me siento más bebé indefenso que nunca.
-Parece que se ha hecho pipí –dice Mami palmeándome el pañal-. Voy a cambiarle y acostarlo en la cama para que descanse mejor.


*****


Me gusta mucho ir a Largue’s. Y como hace mucho tiempo que no voy, estoy muy emocionado.
Largue’s una tienda de bebés pero a lo grande. Y digo a lo grande literalmente; tiene pañales, carricoches, chupetes, biberones, cunas… en fin, cosas de bebé pero de tamaño mucho más grande. De no ser por Largue’s yo tendría que llevar feos pañales de adulto, pero gracias a esta tienda puedo tener mis pañales de ositos en pañales, cochecitos y semáforos y las tres primeras letras del alfabeto. Mami dice que esa tienda le solucionó la vida porque cuando yo iba a cumplir 10 años estaba muy preocupada, ya que pronto dejarían de estarme los pañales para bebés que había en el mercado y yo no daba ninguna muestra de que fuese a dejar de mojar la cama o de empezar a hacer caca en el váter. Pero entonces pasó todo lo de Karen Largue y su hijo.
Al principio, Modas Largue era una empresa que se dedicaba a confeccionar ropa cara para vestir a famosos, pero cuando su presidenta Karen Largue fue acusada de asesinato y estafa y cayó en desgracia, su hijo Jackie se hizo cargo de la empresa. Y como tenía 12 años y todavía llevaba pañales, usaba chupete e iba en carricoche, decidió que haría todo lo posible porque no hubiese más niños o adultos como él; que quisieran seguir usando cosas de bebé pero que no pudiesen al no encontrar de su talla. Así que refundó la empresa, le cambió el nombre a simplemente Largue’s y se dedicó a fabricar y suministrar artículos de bebés pero de tamaño más grande.
Todo esto lo sé porque durante un tiempo en la tele no se hablaba de otra cosa: del niño famoso de 12 años que todavía llevaba pañales. Y es que como dice Elia, para visibilizar la condición de una minoría es necesario que un famoso salga del armario. En este caso, de la cuna.
Hay que decir que no hay muchas tiendas Largue’s en el mundo. Que yo sepa la mayoría están en Estados Unidos, pero también hay en Ámsterdam, Londres, París y Barcelona.
Mami y yo vamos a la de Chicago, la que nos queda más cerca. Voy sentado de copiloto y llevo un pañal. Tras despertarme de la siesta, Mami me ha cambiado y vestido para salir. Me ha puesto una camiseta azul de DC Superhero Girls y unos pantaloncitos morados. Y debajo me ha puesto un pañal. Yo iba a protestar por tener que salir de casa llevando un pañal pero luego he pensado que era mejor así; no tendría que preocuparme si me daban ganas de hacer pipí o si no las notaba. Y además solo íbamos a esa tienda, así que no tendría que estar mucho tiempo expuesto.
También me echado el chupete al bolsillo, por si acaso.
Cuando llegamos al centro de la ciudad, tenemos suerte y logramos aparcar cerca de la tienda, a tan solo un par de calles. Muy satisfecha, Mami sale del coche, me abre mi puerta y me ofrece su mano.
-¿Vamos, Robin? –me dice.
Yo se la tomo y caminamos juntos hacia la tienda.
En la calle hay muchas personas, y todas parecen tener prisa. Si les asombra ver a un niño tan mayor cogido de la mano de su madre no dan muestras de ello. Algún que otro transeúnte si nos dirige una mirada perpleja, pero sigue andando sin más. Me miro la entrepierna por si se nota el pañal, pero los pantalones son lo suficientemente holgados.
Seguimos caminando y enseguida vislumbramos al otro lado de la calle una tienda con   puertas automáticas y un escaparate de cristal a ambos sobre el que se exponen varias cunas, carricoches y maniquís vestidos con bodys y pijamas de bebé. Y encima de todo, unas letras  en mayúscula de colorines infantiles que rezan Largue’s; y debajo, en minúsculas, ‘Tu tienda AB/DL y Little’. Mientras esperamos el semáforo para cruzar, las puertas automáticas se abren y del interior de Largue’s salen una madre con su hija. La niña es asiática y la madre caucásica, pero aun así se nota que son madre e hija. Son cosas que se perciben. Una madre o un padre es mucho más allá que un simple progenitor biológico, como sé muy bien. Existe un aura que rodea siempre a una madre y a sus hijos, un vínculo invisible que irradia amor, afecto y cariño. Y entre ambas yo percibía esa unión.
La niña va vestida con una camiseta de My Little Pony y una faldita corta de cuadros escoceses. Debe tener la misma edad que yo, más o menos; y también va sujeta a la mano de su madre. Ésta, del otro brazo sujeta una gran bolsa de Largue’s en la que a juzgar por los bultos que forma su contenido, lleva varios paquetes de pañales.
Sale el muñequito verde en el semáforo y cruzamos por el paso de cebra. Yo noto que los ojos de la niña, azul celeste, se clavan en mí, primero en mi abultada entrepierna y después en Mami, como tratando de discernir si la persona que me lleva es también mi madre, buscando el aura que yo también había notado en ellas. Cuando nos cruzamos, espero un momento antes de ladear mi cabeza y mirarlas, y al hacerlo, puedo ver cómo la cabeza de la chica vuelve a mirar hacia delante, como si hasta hace justo una milésima de segundo hubiera estado contemplándome.
Creo que es la primera vez en mi vida que veo a alguien de mi edad que también lleva pañales.
Si no contamos la vez en que me quedé a dormir en casa de Ronald, pero teníamos 6 años. Esta es la primera vez que veo a alguien lo suficientemente mayor para llevar pañales.
Sin embargo, cuando entro en Largue’s, me olvido completamente de la niña y de sus ojos azules. Largue’s es un sitio muy cuqui. Tiene todas las paredes pintadas de tonos pasteles y está divida en varias secciones: Ropa, en la que puedes encontrar bodys y pijamas de bebé de todos los tamaños y colores; Accesorios, con chupetes de todos los colores (hasta te pueden hacer uno con los colores que tú pidas), biberones y tacitas de entrenamiento; Mobiliario; con cunas, móviles y cambiadores; De paseo; con carricoches y silletas para meter dentro a niños-bebés como yo; Pañales, donde puedes encontrar pañales de absolutamente cualquier tipo: de piratas, dinosaurios, superhéroes, princesas Disney, cochecitos, nubes, estrellitas, soles, lunas, dinosaurios con pañales, ositos con pañales, conejitos con pañales, conejitos sin pañales... Y por último, mi sección favorita: Peluches & Juguetes. No son más grandes que los de bebé o los de niño. Son simplemente peluches y juguetes. Me suelto de la mano de Mami y corro hacia allí. Y al llegar a los peluches me pongo rojo y me paro en seco. Me llevo las manos al culete y miro alrededor. Se me ha debido de notar el pañal lo que no está escrito, por no hablar del ruido que hace y de si la camiseta se ha levantado, dejando al descubierto la parte de arriba del pañal.
Como un tomate, miro a mi alrededor, peor nadie parece haberse percatado del niños de 12 años que lleva puesto un pañal. Todos siguen a sus cosas, mirando ropa o comparado precios de pañales.
Estoy inquieto y me gustaría ponerme el chupete, pero no quiero tentar a la suerte y que alguien se burle de mí, así que lo mantengo en el bolsillo y me concentro en mirar los peluches.
Me encanta ver los peluches.
Y abrazarlos.
Muchas veces he pensado en comprarle un amiguito a Wile, para que no se sienta solo cuando me voy al cole, pero tengo que elegirlo bien. No es como comprar una camiseta. El amiguito de Wile será también mi compañero y hay que elegirlo cuidadosamente. O a veces ni se elige, aparecerá cuando tenga que aparecer, como hizo Wile. Pero aun así me encanta ir a ver los peluches. Hay algunos que puedes coger y jugar con ellos. De hecho, cuando llego, hay dos niños algo más pequeños que yo sentados en el suelo jugando con dos peluches, de tiranosaurio y diplodocus. Tendrán unos 9 o 10 años, y ambos llevan pañales. Se les nota la parte de arriba por encima del pantalón cada vez que se inclinan hacia delante. En el otro extremo, hay una chica de la edad de Elia con el que parece que es su novio. Lleva dos coletas como Harley Quinn y un chupete en la boca. Me sorprendo al verla allí en medio, sin importarle nada lo que alguien pueda pensar al verla llevando chupete, pero a ella parece que la opinión de otros se la resbala totalmente. Habla con su novio en voz alta, con tono infantil y sin quitarse el chupete dela boca. Y entonces caigo en que mucha gente de la que está aquí –sino, toda-, también usan cosas de bebé igual que yo.
Así, que tomo aire, saco el chupete del bolsillo y me lo pongo en la boca.
Y para mi sorpresa, no empiezo a chuparlo compulsivamente, sino tranquilo y pausado.
Chup, chup, chup, chup, chup, chup, chup, chup, chup.
Estoy llevando un pañal y chupando un chupete en un sitio público, pero no me siento inquieto, ni avergonzado y abochornado.
Soy un bebé.
Y estoy en un sitio en el que no pasa nada por ser un bebé, tengas la edad que tengas.
Por eso me encanta venir a Largue’s. Debería haber venido con pañales hace mucho tiempo, pero me daba mucha vergüenza salir de casa con uno puesto.
Veo a los niños jugar en el suelo con sus pañales, sin miradas que los juzguen, a la chica con su chupete que en ese momento abraza a su novio, sin soportar burlas o comentarios groseros;  y por primera vez en mi vida desde que me di cuenta que era mayor para usar pañales y chupete, siento eso que llaman afinidad. Me siento pro primera vez parte de algo.
Hay más gente como yo.
Quizás no esté tan solo en el mundo.
Quizá haya más personas en este mundo del que he decidido formar parte.
Mami regresa enseguida cargada con una gran bolsa de plástico que contiene varios paquetes de pañales.
-Te he comprado cuatro paquetes, para curarnos en salud –dice. De pronto, repara en que llevo el chupete en la boca-. ¡Pero bueno! –exclama entre divertida y molesta-. ¿Pero cuándo te has puesto el chupete tú? –y me da un tironcito cariñoso del asa.
Yo sonrío tímidamente detrás de mi chupete, como si me disculpase por ser tan bebé.
-¿Estabas mirando los peluches, bebé? –me pregunta Mami.
-Sí –respondo con mi vocecita de bebé.
-¿Quieres tener un amiguito para Wile? –Mami se inclina hasta ponerse a mi altura y me revuelve el pelo.
Yo niego con la cabeza.
-Aún no –respondo llanamente.
Mami me mira un poco extrañada, como cuando no sabe exactamente qué me pasa por la mente, y eso la pone un poco nerviosa.
-Entonces, ¿nos vamos ya? –pregunta tendiéndome su mano para que se la coja-. ¿O quieres ver algo más, bebé?
En realidad no me ha dado tiempo a ver casi nada de la tienda. Solo he podido echarle un vistazo superficial a los peluches, aunque hay algo que sí me interesa ver. Y mucho.
-Mami –empiezo tímidamente. Ella me sonríe de manera tierna, invitándome a seguir-. ¿Podemos ver las cunas? –y hago un chupeteo.
Para mi sorpresa, Mami no pone objeciones.
-Claro que sí, cielo –mira su reloj de muñeca-. Aunque no podemos demorarlo mucho, que luego tenemos que salir a pedir caramelos.
-Vale –respondo entusiasmado.
Agarro su mano y tiro de ella para irnos corriendo a la sección de cunas, pero Mami no se mueve del sitio.
-Pero no te voy a comprar ninguna, eh –añade riendo.
Las cunas son muy bonitas y de todo tipo, todas son más grandes que las que usaría un bebé. Hay cunas con barrotes rectangulares de madera pintados de azul clarito, cunas con barrotes redondos de plástico pintados de rosa bebé como uno de mis pijamitas, cunas con una telita casi trasparente a modo de cortina en el cabezal, cunas con móviles que giran sobre ellas, cunas blancas de barrotes blancos que se mecen, cunas que no se mecen…
De la mano de Mami, las contemplo todas, resignado, pues nunca dormiré en una. Ojalá tuviera algún recuerdo de cuando era pequeño y dormía en cuna, pero por mucho que intento hacer memoria, no consigo recordar nada. Y eso es lo que más tristeza me provoca.
No hay peor tristeza que no recordar los momentos en los que has sido feliz. Mis primeros recuerdos son ya viviendo con mi padre.
Eso es de verdad lo que más triste me pone en el mundo.
Mi primer recuerdo feliz es de una vez, cuando vivíamos con tía Gayle, que Mami y yo teníamos la casa para nosotros solos. Pero en lugar de estar en el salón o en el comedor, nos quedamos toda la tarde en nuestra habitación, acurrucados en la cama el uno al lado del otro. No estábamos viendo ninguna película, ni leyendo, ni haciendo nada. Simplemente estábamos los dos ahí, abrazos en silencio. Disfrutando de la compañía del otro sin decir nada.
Y quiero que ese sea mi primer recuerdo, pero es imposible. Hay mucha mierda antes que no consigo que se me vaya de la cabeza.
Elia me dice que eso está bien, que no olvidar los malos tiempos hace que se disfruten más los buenos.
Mami me contempla mirar las cunas en silencio mientras muevo mi chupete, pensativo.
-Ay, bebé, ¿qué te está pasando por esa cabecita tuya?
-Nada –contesto tras una pequeña pausita mientras miro un móvil como el que tenía reposar sobre el cabezal de una cuna azul-. Ya podemos irnos.


*****


En la habitación de Mami, me miro en el espejo del reverso de la puerta del armario y pongo cara de malo. Abro mucho la boquita, imaginándome que tengo unos colmillos inmensos y exhalo. Levanto a la vez las manitas y hago como si fuera a agarrar a alguien. Llevo puesto mi disfraz de diablo. Es un mono de color rojo con una capucha de la que sobresalen dos cuernecitos. Si lo llego a saber lo habría usado para disfrazarme de Daredevil. El mono es muy ajustado y se pega completamente a mi cuerno, haciendo que el pañal abulte muchísimo. Es muy gracioso ver mi cuerpecito menudo todo de rojo y a la altura de la cintura un bulto enorme que me sobre sale por delante y por detrás, manteniendo el pañal más presionado si cabe a mi cuerpo.
Me palpo el pañal y me doy cuenta que si te fijas bien se puede apreciar hasta el milimétrico volumen de las cintas adhesivas que lo sujetan.
Es tan evidente que llevo puesto un pañal que me pongo un poco inquieto. Una cosa es ir con pantaloncitos que hacen que el pañal se note algo y otra es ir con un traje que usaría el mismísimo Spiderman. Solo que en vez de marcar músculos, marca un pañal. En cuanto salga a la calle, todo el mundo va a ver que traigo puesto un pañal.
Mami entra en la habitación. Al principio me susto un poco. Tiene pintada la cara de verde y lleva una prótesis de una enorme nariz con una fea verruga. Se ha puesto una peluca de un pelo gris ralo debajo de un sombrero puntiagudo con la punta torcida y lleva un vestido negro que le cae hasta los tobillos.
-¿Qué tal? –me pregunta abriendo los brazos.
-Genial, Mami –respondo-. Das mucho miedito ji, ji, ji.
-Mi bebé también está muy aterrador –dice viniendo hacia mí y apretándome los mofletitos-. El diablito con su pañalito.
-Ji, ji, ji, ji –río de nuevo infantilmente.
-Ahora vamos a ponerte tu antifaz para que nadie te reconozca, como a un superhéroe –Mami va hasta la cama y coge el antifaz rojo que ha comprado Elia; me lo pega a la cara y pasa la goma por la nuca-. Ale, ya está.
Me miro en el espejo. Aun con la capucha y el antifaz se aprecian todavía bastantes de mis rasgos faciales.
-¿Tú crees que la gente me reconocerá? –le pregunto inquieto a Mami pensando en el pañal que sobresale de mi cuerpecito.
Mami me mira pensativa.
-Ummm… ¡Tengo una idea!
Va hacia la cama y regresa con mi chupete, que yo había dejado para empezar  a hacer muecas terroríficas delante del espejo. Abro la boca y Mami me lo introduce
-Ya está. Mírate en el espejo.
Al hacerlo puedo comprobar que con el chupete tapándome la boca, las únicas partes de mi cara que quedan visibles son la punta de la nariz y las mejillas. Ahora sí que nadie me reconocerá. Todos se preguntarán quién es ese niño que va todavía con chupete y pañal pero nadie lo sabrá.
¡A lo mejor sí que voy como un superhéroe!
-Podemos decir que voy de diablo-bebé –digo-. Mucha gente se disfraz en Halloween de bebé.
-¡Y yo de la madre del diablo-bebé, porque soy una bruja! –dice Mami siguiéndome la corriente.
-¡SÍII! –exclamo contento.
Bajamos al recibidor y cogemos nuestros efectos personales. Mami su escoba y yo mi tridente de demonio. Cogemos también nuestras cestas con forma de calabaza y salimos a la calle, de donde nos llegaban ruidos de gente pidiendo caramelos y llamando a timbres.
-Lo que sí no me llevo son pañales, Robin –me dice Mami antes de salir-. Te cambio al volver a casa.
Asiento. Era algo con lo que contaba. No pensaba que Mami me fuera a cambiar en el banco de un parque, y más aun llevando el mono, que se cierra con una cremallera por la espalda.
En la calle, vemos a niños disfrazados correr de una casa a otra, tocando el timbre y pidiendo caramelos. Otros niños mayores pasan en bicicleta, encapuchados y llevando máscaras bastante grotescas. En las bolsas de plástico que llevas colgadas del manillar se atisban huevos y sprays de pintura. Son niños que como mucho tienen dos años más que yo. Cuando pasan, me pego más a Mami y le cojo la mano. Ella me devuelve el apretón muy fuerte.
Miro a Mami y también está irreconocible. Con la cara pintada, la nariz postiza y la peluca nadie podrá reconocerla, al igual que a mí. Hoy somos dos extraños en nuestro barrio. Y eso me ha permitido poder salir de casa tal como soy. Con pañal y chupete.
Me encanta Halloween.
Veo también a niños más pequeños que yo que van con sus padres pidiendo caramelos. Algunos tienen 7 u 8 y van en pandilla con un adulto, otros van solo con sus padres y hay otros grupos de niños más pequeños en los que va también algún carricoche.
-¿Hacia dónde quieres ir, bebé? –pregunta Mami-. ¿Derecha o izquierda?
Yo miro a ambos lados de la calle. Hay uno en el que parece que hay menos gente.
-Derecha –contesto.
Y Mami y yo empezamos a andar cogidos de la mano. Vemos a algunos vecinos y rostros conocidos. Sobre todo los de los adultos que no van disfrazados. Ninguno de ellos reconoce a  Mami y eso me da valor. Me relajo un poco y empiezo a disfrutar de Halloween, ya que parece que no se van a dar cuenta de que el niño disfrazado de diablo y que lleva un chupete y un pañal es su vecino Robin Starkley.
Seguimos andando y mi pañal sigue sonando con cada uno de los pasos que doy, pero estamos en espacio abierto y hay mucho ruido así que solo Mami y yo lo oímos.
-Vamos a tener que llamar a alguna puerta en algún momento, Robin –me dice Mami al cabo de un rato de deambular en silencio.
-Pero es que no sé a cuál… -contesto yo, que de repente me he puesto muy nervioso.
Soy muy vergonzoso y me da mucho pudor llamar a los timbres. Cuando salía con mis amigos, siempre eran ellos quienes lo hacían.
-A la que tú quieras –me anima.
-Pero a una que conocemos, no –le digo.
-Está bien. ¿Qué te parece esa? –dice Mami señalando con la cabeza una casa de la calle.
Tiene luz encendida y el jardín está decorado con calabazas y cruces de madera, simulando un cementerio.
-Vale –contesto aún algo cohibido.
Llegamos a la casa, y antes de que estuviese preparado, Mami llama al timbre. Asustado, me llevo una mano al pañal, pero noto pipí salir. Al poco, la puerta se abre y una señora de mediana edad nos mira con una sonrisa, pero a mí me da corte hablar. De repente vuelvo a sentirme humillado por tener 12 años y llevar un pañal en público.
-Venga, Robin –me dice Mami animadamente-. ¿Qué se dice?
-Truco o trato –consigo decir  muy flojito.
-Más fuerte, que así no asustas a nadie –me dice Mami, animándome con una palmadita en el hombro y mirando a la mujer, que nos sonríe con amabilidad.
-Truco o trato –repito un poco más fuerte.
-¡Venga, ven aquí! –me dice la mujer levantando una bolsa de chucherías.
Yo vacilo, pero Mami me empuja suavemente.
-Vamos, Robin, que te va a dar caramelos.
Mami me anima a ir dándome un palito en el pañal y yo ando torpemente hacia el umbral de la puerta, donde me espera la mujer.
Ando pomposamente a causa del pañal, tambaleándome a los lados y haciéndolo sonar con cada paso. Conforme me acerco a la puerta, más convencido estoy de que ha sido un error llevar un disfraz con el que se me notase tanto el pañal. Empiezo a chupar mi chupete muy rápido, y para cuando llego a la puerta, la mujer ya ha cogido un puñado de caramelos de la bolsa y los extiende hacia mí. Yo levanto mi cesta-calabaza y ella los introduce dentro.
-¿De qué vas disfrazado? –me pregunta amablemente.
-De bebé diablo –respondo flojito, sin mirarla.
-¿Qué se dice, Robin? –me pregunta Mami desde el jardín.
-Gracias –respondo flojito.
<<Sé que tengo que decir gracias, Mami, no soy tan bebé, pienso>>
-No hay de qué –me contesta la mujer. Y cuando me doy la vuelta y empiezo a alejarme grita-. ¡La próxima vez ponte el pañal por fuera del disfraz, así se notará más que eres un bebé diablo!
Yo me sonrojo y empiezo a andar más rápido (y más torpe) pero Mami se ríe.
-¿Qué te ha dado? –me pregunta cuando llego a su altura, y mira el interior de mi cesta-. Palitos de regaliz, chicles y lacasitos. No está mal.
Mami y yo seguimos pidiendo caramelos en algunas casas más. Pasado el susto de la primera vez, estoy más animado y tomo la iniciativa a la hora de llamar a timbres, pero sigo preocupado por ir con pañal en público.
Estamos rodeados de gente; pequeños grupos que se organizan para pedir caramelos. Grupos en los que hay niños con algún adulto, grupos de niños sin adultos, grupos en los que hay adultos y bebés…
Yo soy con diferencia el niño más mayor que hay pidiendo caramelos, y no digamos ya llevando pañales. Los demás niños en los que me he fijado que llevaban pañal iban en brazos de sus padres sus padres o en una silleta.
Mami me llevaba a mí de la mano y yo chupaba mi chupete algo deprisa.
-¿Vas bien, Robin? –me pregunta Mami algo preocupada.
Asiento con la cabeza, sin dejar de mover el chupete.
Y entonces, mientras tocábamos el timbre de una casa, pasó. Me hice pipí encima.
Lo sentí venir, pero demasiado tarde. Quizá inconscientemente porque llevaba un pañal, no hice esfuerzo de retenerlo. Así que el pipí empezó a salir y a mojarme el pañal.
Y entonces, mientras esperábamos a que nos abriesen la puerta, pasó otra cosa. Lejos de inquietarme por haberme hecho pipí, estaba tranquilo. No pasaba nada. Me había hecho pipí pero llevaba un pañal. Podía seguir pidiendo caramelos que el pañal me había protegido. Todo estaba bien.
Anduve con mi pañal mojado hasta el porche de la casa donde una mujer algo estirada me dio unos pocos caramelos y regresé hasta Mami.
-Me he hecho pipí –le dije.
-Oh, vaya… ¿Regresamos a casa? ¿Quieres que te cambie?
Tras pensármelo un segundo, contesté:
-No.
Y cuando seguimos andando, ya no me fijo en si alguien se me queda mirando el pañal o el chupete y me preocupo únicamente de pasármelo bien. Al fin y al cabo, esto es Halloween.
Mis amigos están en una fiesta; seguro que alguno besando a alguna chica y otros probando el alcohol por primera vez. Bebiendo y bailando. Todos rodeados de personas de su misma edad y pasándoselo bien.
Y yo estoy pidiendo caramelos de la mano de Mami, llevando un chupete y un pañal que no me deja cerrar las piernas. Y me lo estoy pasando bien.
Me comporto  como cuando estoy en casa y soy un bebé: hablando con vocecita infantil y andando torpemente. Y Mami igual.
No quiero decir que ande como si llevase un pañal, pero sí me habla también con la voz infantil que guarda solo para mí y me hace muchos mimos; palmaditas en el pañal, besos en la cabeza, tironcitos del asa del chupete...  A mí no me importa. Me sentía yo. Simplemente. Es un paso muy grande pasar de ser un bebé dentro de tu casa serlo fuera, pero desde que salí del sótano de Ronald con pañal y chupete, mi vida había cambiado drásticamente.
Mami también lo estaba pasando muy bien. Podía notarlo (el vínculo ese entre madre e hijo del que os hablaba antes). Mami me seguía animando a tocar timbres y no dejaba de proponer continuamente nuevas casas a las que llamar. Le pidió incluso a un hombre que iba disfrazado de Thanos y llevaba a su hija pequeña de Gamora en brazos que nos hiciese una foto. Y Mami me cogió en peso. Allí, delante de todo el mundo. Mi pañal hizo ruido y se notó aún más, pero no nos importó a ninguno. Ni siquiera al hombre que hizo la foto, que tuvo que repetirla varias veces hasta que quedó perfecta, como Mami quería.


*****


Cuando llegamos a casa, Mami deja su escoba, mi tridente y la cesta de chuches en la entrada y me lleva en brazos a mi habitación.
-Vamos a cambiarte ese pañalito.
Mami me tumba bocabajo en la cama y me abre la cremallera de la espalda, me saca los brazos de las mangas del disfraz y me lo baja hasta la cintura, me da la vuelta como si yo fuese un muñeco de paja y me quita el disfraz por completo, tirando de él hacia abajo.
Me quedo solo con el pañal y el chupete, y rio infantilmente. Mami me hace una carantoña en la barriga antes de empezar a cambiarme.
Me despega las cintas del pañal y lo abre, luego tira de mis piernas hacia arriba y lo extrae del todo. Después empieza a limpiarme; todo esto vestida todavía de bruja. Y yo la veo ahí, cambiándome el pañal con su cara verde, su gran nariz con su fea verruga y me río.
-¡Mami es una brujita! –le digo señalándola y riéndome con mi chupete.
-¡Una bruja que te va a comer! –exclama, y empieza morderme un piececito.
Me hace muchas cosquillas así que me río tontamente y el chupete se me cae.
-¡Para, Mami! ¡Ji, ji, ji! ¡¡PARA!! ¡JI, JI, JI!
-¡Ñan, ñan, ñan! –dice ella sin parar de morderme.
Yo no puedo parar de reírme. Pataleo a los lados y agito los bracitos al aire.
-¡Voy a comerte como la bruja de Hansel y Gretel que se comía a los niños que comían muchas chuches! ¡Ñaaaaaaan!
-¡¡¡PARA!!! ¡¡¡JIJIJI!!! ¡ME VOY A HACER PIPI! ¡¡EN SERIO!! ¡¡ JI, JI, JI!!
Mami cesa en su intento de devorar mi pie y termina el cambio de pañal. Coge uno nuevo del armario y lo despliega, me levanta las piernecitas y lo pasa por el culete. Yo vuelvo a ponerme le chupete en la boca y lo muevo, relajado, sintiéndome más seguro por llevar de nuevo un pañal, pues el pipí había estado a punto de escapárseme durante las cosquillas de Mami.
Mami…
Me encanta cuando Mami me cambia el pañal…
Me lo pasa por la entrepierna, me lo pega al cuerpo, y tras ajustármelo, me lo sujeta fuertemente pegando las dos cintas adhesivas sobre los conejitos y las tres primeras letras del alfabeto.
Bebé cambiado.
-Bebé cambiado –dice, y me da un beso en la tripita.
Yo me río con mi risita de bebé y estiro los brazos para que me coja.
-Voy a desmaquillarme primero, Robin –Mami vuelve a besarme en la barrigota-. Luego te doy el bibe y te acuesto.
Mami me pone el pijama antes de salir y me deja sobre la cama, poniendo a Wile a mi lado. Yo abrazo a mi compañero de pañales y le doy un beso sin quitarme el chupete.
Soy un bebé taaaan feliz…


*****


Mami regresa al cabo de unos minutos. Lleva mi biberón calentito en una mano y la cara ya no está verde, sino que ha vuelto a su color natural. Sin embrago, su expresión también ha cambiado: donde antes había alegría y ternura, ahora se denota una profunda tristeza. Tiene los ojos llorosos y la sonrisa ha desparecido.
Yo me incorporo en la cama nada más verla entrar.
-¿Qué pasa, Mami? –le pregunto asustado, moviendo mi chupete inquieto.
-Tengo que decirte algo. Se trata de tu padre.
Y de repente, Halloween vuelve a dar mucho miedo.

4 comentarios:

  1. Hola Tony, muy buen capitulo, que bueno que hayas regresado, espero el siguiente con ansias.

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    1. Me alegro que te haya gustado, Migue!
      Muchas gracias por el apoyo :D

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  2. Que bonito momento madre e hijo me da mucha pena todo lo que le ha pasado(el maltrato de su padre) por las ulimas palabras deduzco que el aparecera.. Y que hara daño a su hijo cuando vea que este aun usa pañales, chupete,peluches
    Vendra con la tonteria de hacerlo un hombre

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    1. Gracias por leerme! :)

      Sí, su padre aparecerá. Eso es seguro. En lo otro tampoco vas desencaminado, pero no será exactamente eso^^

      Espero que te guste :)

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