15 de diciembre de 2015

Canción de Leche y Pañales - Capítulos 6, 7, 8, 9 y 10

Hola amigas y amigos!
Antes de nada, siento mi ausencia sin justificar y me duele ver la razón que tienen vuestros comentarios. La cosa es que, como bien habéis dicho, la historia la terminé en verano, pero antes de subir cada capítulo, lo releo y lo corrijo. Lo que ha pasado es que cometí el error de subir el índice y en las relecturas me he dado cuenta de que hay personajes que necesitan más texto así que he tenido que que reescribir algunos capítulos para ajustarme al índice.
La historia está escrita y quiero compensaros con 5 capítulos publicados del tirón.
Aquí los tenéis y gracias por las palabras de todos, en especial de Endodotis.
Y que conste que yo nunca me rasco los huevos :)





Karen



En realidad, a Karen no le disgustaba tanto su trabajo. Debía de ser porque era la jefa, no había otra explicación. Le encantaba llegar, dar una orden y que todo el mundo la obedeciera. La mayoría de gente le caía mal. De hecho, podemos decir que sólo Alicia le caía bien. Era una chica avispada y lista, obediente y trabajadora, que sabía seguirle el ritmo a la cantidad de instrucciones que le daba, por eso la había elegido su secretaria. Y no podía quejarse del sueldo así que más le valía tener la boca cerrada porque cobraba casi tanto como algunos miembros de la junta directiva. Hoy tenía reunión con ellos, y le disgustaba, porque eran de las pocas personas que habían que se lo pensaban dos veces antes de cumplir sus órdenes o que incluso le replicaban. Sin embargo, los necesitaba, desde el divorcio de su marido, sólo poseía un cincuenta y uno por ciento de las acciones de Modas Largue. Había ido perdiendo capital hasta estar a sólo un punto de perder el control de su compañía, y se quería seguir al frente de la empresa necesitaba el apoyo de algunos miembros.
Pensaba todo esto mientras se recostaba en la silla de su despacho y tomaba té. No entendía cómo había madres que bebían y fumaban mientras daban el pecho, para Karen su bebé lo era todo y no consentiría que nada perjudicase su salud. Era muy delicado y la necesitaba para protegerla.
Notó cómo le subía la leche y pensó que si no le daba de mamar a Jackie esa noche acabaría saliéndose.
Pero su preocupación ahora mismo no eran sus tetas, sino la reunión con la junta directiva. Aún faltaba media hora, y a Karen le gustaba hacerles esperar, para recordarles que seguía siendo la jefa. Pensó que debía comprarse un sacaleches para las horas muertas, así no tendría que despertar a Jackie para que le chupara la leche si llegaba tarde y ya estaba dormido.  Era uno de los inconvenientes que tenía darle todavía la teta, pero a Jackie le gustaba alimentarse de sus pechos, y ella por su bebé haría lo que hiciera falta. Era lo único que tenía en el mundo.
Otra vez estaba pensando en sus tetas.
De pronto, sonó su móvil. Lo miró y era Cindy, ¿qué querría ésta ahora?
-¿Qué pasa, Cindy? –preguntó queriendo que se le notara su tono molesto.
-Mami, soy yo –Era la voz de su bebé. Karen cambió el tono de inmediato.
-¡Hola pequeñín!  ¿Cómo estás?
-Bien.
-¿Estás dando un paseo con Cindy? –A Karen le encantaba hablar con su hijo. Sabía que si la había llamado, era porque la echaba de menos.
-Sí…bueno ahora estamos sentados en un banco del parque –contestó su bebé desde el otro lado.
-Ah, muy bien. ¿Y te ha dado ya el almuerzo?
-Sí. Un potito de verdura.
Se produjo una pausa en la que Jackie no dijo nada más. Karen se preocupó un poco.
-¿Jackie? ¿Estás ahí, pequeñín? –preguntó.
-Me he hecho pipí –contestó como disculpándose.
-¡Anda! –exclamó ella, aliviada-. Dile a Cindy que te cambie, ¿vale?
-Sí…
-¿Estaba rico el potito?
-No mucho...sabes que los de verdura no me gustan
-Y tú sabes que tienes que comer de todo, bebé –le dijo cariñosamente.
-Mami….
-Dime, mi bebecito.
-Te echo de menoooos….  ¿Cuándo vas a volver?
A Karen se le revolvió el corazón. Sentía como le daba otra subida de leche. Tendría que controlarse, sino acabaría por manchar la blusa.
-¡Yo también te echo de menos, cosita mía! –exclamó -.Volveré muy tarde, Jackie. Tú estarás dormido cuando…
-Mami, quiero teta esta noche –le dijo.
-Y mami te va a dar teta, cielo, pero… - se calló cuando vio que la puerta se su despachó se abrió de repente y apareció Alicia. Ella se le quedó mirando, como si le fuera a decir algo. Y Karen se petrificó.
-¿Mami? –su hijo seguía hablándole.
-…Pero voy a llegar tarde, bebé –dijo intentando recuperarse, sin quitar la vista de Alicia-. Mami tiene que colgar. Besitos.
Descolgó.
-Esto…señora… -empezó a decir Alicia.
-¡¿Cómo se te ocurre entrar en mi despacho sin llamar primero?! –Karen estaba realmente enfadada.
-Llevo tocando la puerta un buen rato señora, creí que estaba dormida e iba a llegar tarde a la reunión.
¿Sería posible que estuviera tan absorta hablando con su hijo que no hubiera escuchado ni la puerta?
Pero ahora tenía otro problema mayor. No habría que ser muy listo para atar cabos en función a lo que acababa de oír. Y Alicia era muy lista. Decidió acariciar el gato por el lomo y tratar ese asunto ya mismo.
-Bien, Alicia, ¿qué acabas de escuchar? –le dijo mientras se inclinaba hacia delante.
-Pues… -por primera vez desde que la conociera, Alicia parecía nerviosa.
-Toma asiento por favor –le señaló la silla que tenía delante, en la que hacía no pocos días, habían ocupado Betty Bennett y Stuart Smiler-. Prosigue –le indicó a Alicia cuando se sentó.
-Verá, señora…-dijo intentando recobrar la compostura-. No quiero meterme donde no me importa y está claro que sus asuntos personales son privados y no me corresponde a mi juzgar como…
-Eres una chica muy lista, Alicia –le cortó-. Si la mitad de personas que dirigen esta empresa fueran como usted, no dude que esta situación de quiebra no se habría producido. No obstante, ha demostrado ser una empleada muy capaz, y me parece justo hacerle conocedora de la situación de mi hijo. Confío en que en algún momento usted me sirva de ayuda.
-Señora, sabe usted que a mí puede contarme cualquier cosa que…
-Mi hijo Jackie aún toma teta –le cortó de nuevo Karen-. Toma teta, lleva pañales, duerme en cuna, usa chupete, tiene un peluche de un alce, y cuando no puedo darle la teta, se toma un biberón.
Karen se quedó en silencio.
-Ah, mi hijo Jackie tiene 12 años –sonrió al terminar de decir esta frase.
Alicia se quedó callada. Ambas se miraron un momento. Karen sentía como le seguía subiendo la leche. De un momento a otro se le iba a salir por el pezón.
-Como le decía, señora –empezó a decir Alicia muy deprisa, como si temiera que Karen fuera a cortarla otra vez-, no me corresponde a mí juzgar como educa a su hijo. Está claro que siempre tratará de hacer lo mejor para él, como todas las madres.
-Eres un encanto –Karen volvió a sonreírle-. Ahora, ¿puedes acercarme uno de los recipientes que tengo en el mueble bar, por favor?
Era un pequeño armario que tenía cerca de la puerta de su despacho. Usaba su contenido cuando tenía que cerrar algún acuerdo, aunque nunca bebía alcohol. Karen llegó enseguida con el recipiente que servía para hacer cóctels.
-Ahora, querida –le dijo a Alicia cuando se lo tendió-, espero que no se asuste por lo que voy a hacer ahora. Después de la información que acabo de compartir con usted, va a ver mis pechos alguna vez. Y siempre hay una primera vez, pero es que si no me saco un poco de leche, me van a explotar las tetas.
Alicia asintió, serena.
Karen  cada vez estaba más convencida de que había sido una buena idea hacer partícipe a Alicia de su vida secreta.
Se acomodó en el asiento, se desabrochó la blusa y se sacó una teta. Le empezó a apretar al pezón para que saliera leche y se puso la coctelera debajo para que reposara allí. Se sintió liberada, aunque un poco triste porque esa leche se la podría haber bebido su hijo. Odiaba estar separada de él.
-Recuérdeme que me compré un sacaleches –le dijo-. Bueno, Alicia, ¿Qué iba a decirme antes de que me confesara con usted? –le dijo con complicidad.
Alicia pareció como si volviera al mundo real.
-Señora -dijo con un espasmo-, han adelantado la reunión –miró su reloj-. Ha empezado ya.
Karen terminó de sacarse la leche y se dirigió, sin demasiada prisa hasta la sala de juntas, acompañada de Alicia y donde la esperaban los demás miembros de la junta directiva.
Salió del ascensor y cruzó el pasillo con aire decidido. Volvió a concentrarse en el aquí y en el ahora y estaba dispuesta a devorarlos a todos. Habían adelantado la reunión en un acto desesperado de demostrar que aún tenían algo de control de la empresa, o al menos que pretendían aparentarlo.
-Buenos días, Anna –le dijo a la empleada que había en la puerta de la sala de juntas.
-Creo que se llama Emma, señora –le susurró Alicia.
-Como si me importara –le contestó-. Espéreme aquí, Alicia –le indicó señalando a la puerta.
Karen Largue entró en la reunión. En una gran mesa ovalada se encontraban Terry Gillbert, Evan Lincert, Esther Lorrian, Robert McKenzie y la persona a la que más asco le tenía de todas, Florth Vincent, que ya odiaba a ella y a su marido de antaño. En realidad, lo único que compartía con su marido era el odio recíproco a Florth Vincent.
-Hola a todos –dijo secamente cuando ocupó su asiento, el que presidía la mesa-. Os agradecería que no cambiaseis la hora de las reuniones como os saliera de los cojones, porque la jefa en este puto sitio soy yo –hizo gala de una tranquilidad pasmosa al decir esto.
-Será mejor que no comencemos todavía con las hostilidades, señora Largue –le dijo Terry Gillbert en tono conciliador.
-Y será mejor que peines un poco ese peluquín que tienes sobre la cabeza, Gillbert. Parece una rata aplastada en una carretera.
Parecía que Gillbert iba a replicarle, pero Robert McKenzie tomó la palabra.
-Señora Largue, el motivo de esta reunión no es discutir los problemas capilares de nuestro amigo Gillbert sino los problemas de liquidez de Modas Largue.
-Lo que queremos es una jodida explicación –dijo Vincent desde el otro extremo de la mesa.
-Me temo que la explicación es muy sencilla caballeros –les dijo Karen-, estamos teniendo pérdidas porque no vendemos lo suficiente. Hay que aumentar las ventas y reducir costes. Propongo despedir al 40% del personal de todos los departamentos. Nos ahorraríamos unos cuantos sueldos y recuperaríamos ese capital. ¿Alguna objeción?
-Veo que ahora empezamos a hablar el mismo idioma –le dijo McKenzie-, pero según nuestro amigo Evan, no es suficiente.
Karen se giró hacia Evan Lincert.
-Verá señora, como encargado del departamento de publicidad y relaciones públicas…
-Al grano, Lincert –le instó Karen.
- Su imagen de vividora empedernida nos está costando una mala publicidad.
-¿Qué?
-El estilo de vida que lleva, los rumores de la prensa amarilla –empezó Lincert-, el derroche que hace en cosas inútiles, el hijo de 12 años que tiene y que nadie ha visto…
Le habían mencionado a su hijo. Lo que nunca debían tocarle. Jackie no se mezclaría en sus negocios. Nunca.
NUNCA.
-Mi hijo es delicado, señores –dijo con toda la tranquilidad que pudo.
-Ese no es motivo para que nadie le haya visto nunca un pelo –dijo McKenzie-.
-Nuestro jefe de relaciones públicas dice que es necesario que el mundo vea  al hijo de John Large. Así que obedezca, maldita sea.
-¡¿Quién eres tú para decirme lo que tengo que hacer, McKenzie?!
-¡El propietario del 30% de Modas Largue! –gritó poniéndose de pie.
-Siéntate, Robert –le dijo Esther Lorrian, que hasta el momento había permanecido callada. Cuando lo hizo, se dirigió a Karen-. Escúchame, Largue. Todas las empresas de la competencia han crecido este último semestre menos la nuestra. No hace falta ser muy lúcido para ver que son clientes que hemos perdido nosotros. Y lo que tienen en común todas ellas y nosotros no es una figura familiar estable de cara el público. El sábado se celebra una gala de empresarios en el hotel Wallace y vas a asistir con tu hijo. Es una decisión de la junta y ya hemos votado.
-Olvidáis que sigo teniendo el 51% de la empresa. Si voto en contra os tenéis que fastidiar –les recordó.
-Si votas en contra, retiraremos nuestros fondos y te quedarás en la ruina, Largue –le dijo Vincent.
No había nada más que hablar. Tenía que tragarse su orgullo y ceder. Pero lo que de verdad le preocupaba era exponer a su bebé al mundo exterior.
-¿Cómo ha ido? -Le preguntó Alicia al salir.
-Mal.






Jackie



Jackie se agitaba inquieto en su cuna. Era por la mañana y se acababa de despertar. Tenía el pañal mojado, como siempre. Pero lo que le inquietaba era estar a oscuras y sólo. No le tenía miedo a la oscuridad, sólo le ponía un poco nervioso. En cierta ocasión, le había dicho a mami que le pusiera una lamparita para que no estuviera a oscuras toda la habitación. Mami le compró un Mickey Mouse al que se le encendía la cabeza con una luz roja. Eso le daba más miedo a Jackie. La verdad es que era bastante aterrador.
Se revolvió en sus mantas y se abrazó a Ronnie, esperando que viniera alguien a cambiarle el pañal y sacarlo de la cuna.  La puerta de su cuarto se abrió, y para su sorpresa, no fue Cindy quien entró, sino su mami. La figura del marco de la puerta era inconfundible.
Mami cruzó la habitación y subió la persiana. Jackie se desperezó y agitó entre las sábanas sus piernecitas y sus bracitos.
-¡Buenos días, mi bebé! –dijo su mami acercándose hasta la cuna.
Le hizo cosquillitas a Jackie en la pancita y él se rió tontamente.
-¿Cómo ha dormido mi bebé esta noche? –le preguntó mami acariciándole el asa del chupete.
-Bien –contestó simplemente, y empezó a moverlo-. Mami –dijo después de una pausa en la que ella lo contempló con una sonrisa de dulzura en su cara-, tengo pipí.
Mami dejó de contemplar embobada a su bebé y lo sacó de la cuna. En brazos lo llevó hasta el cambiador. Le comenzó a desabrochar los botoncitos del pijama. Jackie mientras tanto, movía su chupete y miraba al techo.
-Mami –dijo al cabo de un momento-, ¿dónde está Cindy?
-Le he dado el día libre –contestó su mami mientras le desabrochaba las cintas del pañal-, ¿es que no quieres que sea mami la que te cambie?
¡¡¿¿Cómo podía pensar eso su mami??!!
-¡¡No, mami!! –dijo incorporándose de repente- ¡Claro que quiero que me cambies tú! Y que me despiertes, y que me des la teta, y que…
-Chiss… mami lo sabe, corazón –contestó con una sonrisa mientras limpiaba a su hijo-. Ahora vuelve a tumbarte o mami no podrá terminar nunca de cambiarte el pañal.
Jackie obedeció y dejó que su mami le levantase las piernas para pasarle el pañal limpio por detrás, le pasase la parte de delante entre las piernas y se las sujetase ambas con las cintas adhesivas.
Jackie se sintió más confortable recién cambiado.
Mami fue hasta su armario y volvió con un body de color rojo. Le paso a Jackie la cabecita por el cuello, luego los bracitos por las mangas, se lo bajó y le abrochó los dos botoncitos debajo del pañal.
A Jackie le encantaba que le pusieran bodys. Se sentía muy seguro con ellos, ya que le sujetaban el pañal perfectamente. Sonrío y agitó los bracitos hasta mami, para que lo cogiera. Ya iba siendo hora de tomarse la teta.
Su mami lo levantó y se lo acomodó contra su cuerpo. Jackie movía el chupete muy deprisa. Síntoma de que quería mamar ya. Mami seguía acunándolo. Jackie se desesperaba por engancharse al pezón. Comenzó a intentar enterrar la cabeza en las tetas de mami. ¿Es qué no se daba cuenta de que quería beber de su leche ya?
-Ya voy, Jackie. Ya voy –dijo por fin-. Mami sólo estaba intentando disfrutar de su bebé.
Llevó a Jackie hasta el sofá que había en una pared de la habitación. Se sentó y tumbó a su hijo a su lado. Su mami se abrió la bata, se subió la camiseta del pijama que llevaba y se sacó un seno enorme y lleno de leche con una enorme aureola y un pezón saliente. Jackie gateó hasta ella y se tumbó bocarriba. Tiró el chupete a un lado e hizo el gesto de mamar con la boca.
Su mami le levantó la cabecita y se la acercó hasta su teta derecha, le llevó con la otra mano la teta hasta su cara y Jackie se aferró al pezón con la boca y, ahora por fin, comenzó a mamar.
Primero comenzó muy rápido. Después empezó a disfrutar de la leche que le caía en la boca. Estaba dulce y calentita. Le encantaba mamar. Se sentía muy indefenso cuando lo hacía, pero al mismo tiempo, muy protegido por su mami, cuyos brazos lo rodeaban, mientras que Jackie, con los suyos encogidos y pegados al cuerpo succionaba leche. Al cabo de un rato, Jackie asió con su mano la teta de mami, para ponérsela en una posición mejor para que le entrase la leche.
-A ver, Jackie –dijo mami, voy a cambiarte de teta, para que me mames de la otra.
Jackie se separó de la teta, y un poco de leche de su mami le corría por la comisura de la boca y también goteaba del pezón de donde había estado mamando. Su mami se guardó la teta derecha y se cambió a Jackie de lado. Se sacó la otra teta y se la ofreció a su bebé. Jackie se aferró a la teta con las dos manos y al pezón con la boca. Comenzó a mamar despacio, pausadamente. Mami lo miraba y sonreía, mientras le acariciaba el pelo. Jackie siguió mamando mientras suspiraba cómodamente. Cuando por fin se sintió lo suficientemente lleno, se apartó de la teta y miró a su mami sonriendo. Mami le devolvió la sonrisa y se guardó la teta. Se levantó con Jackie del sofá y lo cargó contra ella. Comenzó a darle palmaditas en la espalda para que soltase los gases. Jackie se tiró un par de eructos. Su mami se reía cuando lo hacía. De pronto, a Jackie se le escapó un pedete.
-¡Cochino! –dijo su mami dándole un palito en el pañal.
-Jijijijijijiji
Mami se volvió a sentar con Jackie en el sofá.
-Chupete… chupete… chupete… -pedía Jackie moviendo la boca.
Su mami lo cogió del suelo, se lo limpió un poco en la bata y se lo puso a su hijo en la boca. Jackie lo recibió con ganas y se puso a moverlo al compás de su respiración. Su mami se quedó abrazándolo y acunándolo. Jackie jugaba con sus dedos a que eran dos piernas andando por el brazo de mami.
Se quedaron un rato así, en silencio. Disfrutando de la compañía de madre e hijo.
Hasta que su mami, por fin lo rompió.
-Jackie, tengo que decirte algo, mi amor.
Jackie la miró, sin dejar de mover su chupete.
Su mami suspiró y se arrancó a hablar.
-Verás, cariñín. Mami tiene muchos problemas en el trabajo, ya viste a dos empleados presentarse en casa el otro día y lo enfadada que me pusieron. Son cosas muy complejas que no entenderías. El caso es que mami siempre ha querido lo mejor para ti. Por eso se esfuerza en sacar adelante una empresa, para que a ti no te falte de nada –hizo una pausa, en la que miró a Jackie, que seguía mirándola fijamente, sin dejar de mover el chupete-. El caso es, Jackie, que esta vez es mami la que necesita tu ayuda. Los problemas de la empresa podrían solucionarse si tú hicieses una aparición en público, que la gente te vea. Así todos podrían ver el hijo tan guapo que tengo.
Jackie movió el chupete. No terminaba de entender lo que le decía mami.
-¿Cómo que una aparición?
-Un ratito sólo. La gente te vería y así no pensarían que te tengo escondido en casa por algo.
Jackie pensó que era un buen momento para decirle a mami que no quería usar más el carricoche. Se quitó la chupete y se incorporó. Mami le abrazó de la cintura y le piró a los ojos.
-Verás, mami. He estado pensando…y…y –le costaba decirlo-… no quiero pasear más en el carricoche. Me da calor y me siento incómodo.
Miró a mami y se volvió a poner el chupete en la boca. Jackie se quitaba el chupete cuando tenía que decir algo importante.
Su mami le abrazó.
-¡Mi chiquitín! ¡Que ya se está haciendo grande! –le espachurró contra ella-. De hecho, la aparición que quiere mami que hagas es como un niño grande. Sin carricoche, sin chupete y sin pañales.
Jackie no podía creer lo que decía mami. ¿Sin chupete? ¿Sin pañales? Necesitaba llevar pañal siempre porque se hacía pipí y caca encima. Y su chupete había ido con él siempre. ¿Acaso pensaba mami que quería dejarlo todo? Le gustaba llevar pañales, chupar chupete, dormir en cuna y mamar de la teta de mami.
-Mami, lo único que quiero dejar es el carricohe –dijo tímidamente.
-Ya lo sé, Jackie. Pero cuando te muestres en público, no podrás llevar nada de lo que te he dicho. tienen que verte como un niño grande.
-Pero mami, yo no me avergüenzo de llevar pañales ni nada de eso.
-Pero el resto del mundo sí, pequeñín. Son muy crueles con aquello que no entienden y pueden hacerte mucho daño. Y mami siempre ha querido protegerte –hizo una pausa-. Una pequeña aparición. Sin pañales y sin chupete. Con ropa de niño mayor. Que te vean. Te hacen unas fotos. Y luego para dentro del hotel. Y una vez dentro, te pongo de nuevo el pañal, el chupete, tu pijamita de bebé y te doy toda la teta que quieras.
-¿Toda la que quiera? –preguntó Jackie riéndose.
-Bueno, la leche que tenga –dijo su mami con una sonrisa-. Bien, ¿qué me dices?
Jackie giró la cabeza, se volvió a tumbar y movió su chupete.
-Lo pensaré.
Mami le dio un beso en la frente y lo bajó del sofá. Lo sentó en el suelo y salió de la habitación.
Jackie se levantó y fue hasta la cuna para coger a Ronnie. Lo cogió en brazos y salió de la habitación para irse al cuarto de juegos. Allí, se tumbó sobre la moqueta y miró al techo, con Ronnie abrazado y moviendo el chupete.
Salir de casa. Sin pañales. Sin chupete. Como un niño grande. Las únicas veces que había estado sin llevar pañal era mientras lo bañaban, y lo pasaba mal porque se sentía inseguro. El pañal le daba protección. Y el chupete le ayudaba a pensar, a relajarse, a dormir, a concentrarse, a no echar tanto de menos el pezón de mami…
Mami… mami siempre se había portado muy bien con él. Le daba todo lo que pedía. Y consentía que durmiese en cuna, tuviera chupete, llevase pañales, mamase, tomase biberón y todas las demás cosas de bebé que Jackie sabía que no usaban la mayoría de los niños de 12 años.
Pero mami le pedía mucho: ir sin pañales. Eso era lo que más miedo le daba. Sin su chupete podría aguantar un rato. Incluso podría vestirse como un niño grande. Pero el pañal era el pañal. Jackie necesitaba llevar pañales. ¿Y si se hacía pipí  justo en el momento de su aparición? Peor, ¿y si le venían las ganas de hacer caca? Si se hiciera pipí o caca encima, delante de todos los fotógrafos y demás miembros de la prensa, la vergüenza para él y para su mami sería extrema. 
Necesitaba el pañal. Hablaría con mami. Haría todo lo demás, pero no sin su pañal.
Llegó la hora de comer, y Jackie estaba sentado en la trona, recibiendo en la boca las cucharadas de potito que le daba mami. Hoy era su mami la que le estaba haciendo todo. Jackie se dio cuenta que era porque a él le gustaba mucho que fuera mami la que le cambiase el pañal, le diera la comida, le levantase y demás; y así sería más fácil que él hiciese lo que mami quería.
Pero Jackie no necesitaba nada de eso para hacerle un favor a mami; y más teniendo en cuenta todos los que le hacía ella.
-Mami.
-¿Si, mi vida? –le dijo mientras le daba otra cucharada.
Jackie tragó. Saliva y potito.
-Voy a hacerlo.
Mami dejó el potito a un lado y le dio un sonoro beso en la mejilla.
-¡Mi bebé! –exclamó mientras lo sacaba de la trona y lo abrazaba fuertemente- ¡Tengo un bebé más bueno!
-Pero con una condición –dijo con la boca apretada contra su pecho.
Mami paró de dar vueltas con él y lo miró fijamente.
-¿Cuál?
-No quiero ir sin pañal. Me siento muy nervioso sin él. Llevaré ropa de niño mayor. Iré sin chupete y sin Ronnie. Pero no sin pañal.
Mami meditó un poco con él en brazos.
-Está bien. Ya buscaremos la manera de que no se te vea el pañal.
-¿Con la ropa de niño grande es que se te ve el pañal?
Mami se rio.
-No cielo, pero sí se te nota. De todas formas, tendremos que llevarte a un sastre a que te haga un traje porque no tienes ninguno.
¿Un traje? A Jackie se le estaba yendo de las manos. Había pasado de no querer ir más en carricoche a ir sin chupete y con un traje. Se estaba poniendo nervioso.
-Mami, acuéstame a dormir la siesta –le dijo con la única intención de poder estar solo, pensando en la oscuridad.
Mami lo llevó arriba, a su cuarto. Lo tumbó sobre el cambiador y le quitó el body. Jackie estaba más quieto de lo habitual. No se movió mientras su mami le ponía el pijama. Ni echó de menos a Ronnie hasta que mami le preguntó dónde estaba. Mientras ella corría a por él al cuarto de juegos, Jackie se quedó inmóvil moviendo su chupete. Estaba en un estado de shock. Recibió a Ronnie y se quedó a oscuras en la habitación.
Iba a salir de casa como un niño grande, exponiéndose ante miles de personas.
Al final se quedó durmiendo.






Cindy



Cindy se desperezó en la cama tras sonar el despertador. Se estiró y bostezó con fuerza como para despertar a todo el bloque de apartamentos. Se incorporó en la cama, se crujió el cuello a ambos lados y comenzó a hacer sus veinte flexiones diarias.
Todos los días, nada más levantarse, hacía veinte flexiones y veinte abdominales. Y cuando tenía más tiempo, salía a correr por el parque que rodeaba su edificio. Cuando terminó su tanda de ejercicios, fue a ver como estaba su madre. Tocó la puerta de su habitación y aguardó su respuesta para entrar.
-¿Cómo estás esta mañana, mamá? –saludó.
-Bien. Buenos días, hija –contestó su madre desde la cama.
-Buenos días. ¿Has pasado una buena noche? –preguntó mientras se sentaba a sus pies.
-Me ha dolido un poco la cadera y me desvelé de madrugada, pero luego volví a coger el sueño.
-Me alegro, mamá. Voy a despertar a Charlotte. –y se levantó para salir, pero su madre la llamo antes.
-Sabes que puedo ocuparme yo de Charlotte, Cindy, no hace falta que vayas a llegar tú tarde al trabajo por…
-Mamá, estoy ya cansada de decírtelo. Después de tú último infarto, el médico te dijo que no hicieras esfuerzos. Así que yo levanto a Charlotte, la llevo al colegio, y cuando ella vuelva, te ayuda con las tareas de la casa. Cocina tú si quieres, pero Charlotte sabe que tiene que barrer y limpiar.
-Es una buena chica –su madre esbozó una sonrisa y prosiguió-. Ya lo sé, hija, es sólo que… -se cortó y agachó la cabeza.
-Todos nos hacemos mayores, mamá. Algún día, Charlotte cuidará de mí.
Su madre volvió a sonreír.
-¿Esta noche vendrás a dormir? –le preguntó.
Cindy se dio cuenta de que pretendía cambiar de tema.
-No creo. Largue querrá que me quede a dormir allí. Ha sido un milagro que haya podido tener un día libre –de pronto, volvió al tema del que habían estado hablando antes para remarcárselo a su madre-. Y recuerda, cuando yo no esté aquí, Charlotte y tú os repartís las tareas de la casa. Y cuando vayas a cambiarla, no la levantes en peso. Ya no es un bebé.
-Pero la veo tan mona abrazada a su gatito de peluche…
Cindy suspiró.
-Me voy a despertar a nuestra bebé –sonrió a su madre y salió.
Cuando abrió la habitación de Charlotte y encendió la luz, su hermana dormía acurrucada a Mordisquitos, su gatito de peluche. Subió la persiana y ella se tapó completamente con las sábanas.
-¡Despiértate, perezosa! –dijo Cindy mientras trataba de destapar a su hermana.
-¡Vete! ¡Eres peor que cinco despertadores!
-¡Cinco despertadores no conseguirían ni que abrieras un párpado! ¡Arriba! –y tiró fuertemente de las sábanas.
Su hermana se abrazó a Mordisquitos y se hizo un ovillo.
-Venga, levanta. Tengo que quitarte el pañal.
Charlotte se llevó las manos al pañal y dijo sonriendo:
-Tengo pipí.
-¡Que novedad! –exclamó Cindy.
Su hermana se rió.
-¿El chico ese al que cuidas se levanta todos los días con pipí?
-Con pipí y a veces con caca –dijo Cindy mientras le bajaba los pantalones.
-Joé.
-¡Eh, no digas tacos!
-¿Y lleva pañales todo el día?
-Todo el día –contestó Cindy mientras le desabrochaba las cintas al pañal de su hermana.
Charlotte era muy dócil para quitarle el pañal. Cindy sabía que no le disgustaba del todo llevarlo, pues muchas veces la había pillado sin que ella se enterase jugando a que era una bebé, poniéndose un pañal, con su gatito de peluche y chupándose el dedo.
-Si yo tuviera que ir con pañales al cole, me daría un patatús.
-Bueno, él no va al cole –le dijo Cindy mientras le quitaba el pañal levantándole las piernas.
-¿Ah, no?
-No. terminó la enseñanza obligatoria y ahora está en casa todo el rato –le informó Cindy mientras la limpiaba.
-¿Y iba a clase con pañal?
-E –corrigió a su hermana-. Y no, no iba. Una maestra venía a darle clases a casa.
-¿Y no tiene amigos? –preguntó mientras se incorporaba.
Cindy pensó un momento. Nunca se había parado a preguntarse eso.
-No. No tiene amigos.
-Vaya, que triste.
-Sí que lo es –afirmó Cindy mientras hacía una bola con el pañal mojado -. Ahora, tira esto a la basura y ve a vestirte.
-Señor. ¡Sí, señor! –respondió Charlotte. Cogió el pañal que le tendía Cindy y salió corriendo de la habitación.
Cindy suspiró. Aunque llevase pañales, su hermana era mucho más espabilada que Jackie Largue.
Cuando llegó a la cocina, Charlotte estaba tomándose su cuenco de cereales. Cindy se preparó café y se sentó con ella en la mesa.
-¿Cómo está mamá esta mañana? –le preguntó Charlotte.
-Se ha levantado bien, pero ha pasado mala noche -Cindy vio que su hermana se entristecía-. No te preocupes, Charlotte. Ya sabes que si nosotras nos preocupamos, mamá se pone peor.
Se terminaron el desayuno y Charlotte fue corriendo a su habitación a buscar su mochila del colegio. Cindy miró el reloj y se dio cuenta de que iban un poco justas de tiempo.
Le metió prisa a su hermana por salir y cuando se hubieron despedido de su madre y montado en el coche, tenían sólo quince minutos para que Cindy dejara a Charlotte en el colegio, cruzase la ciudad y llegase a la Mansión Largue.
A Cindy no le gustaba mucho pisarle al acelerador, pero no le quedó otro remedio. Tenía una tía lejana a la que le gustaba mucho ir deprisa con el coche, pero Cindy era más prudente. Aun así, dejó a Charlotte en la puerta del colegio a tiempo, le dijo que se portase bien y aceleró hasta la colina de Mulholand.
Llegó justo a tiempo. Subiendo la cuesta, le dio al mando para que se abriera la verja y entró rapidísimo en el jardín. Dejó el coche aparcado a un lado y subió casi corriendo el camino de piedra. Tocó el timbre al llegar a la puerta. Gertrudis, la jefa de limpieza, le abrió en el acto.
-¿Dónde está Concepción? –preguntó Cindy nada más entrar.
-En la puerta de atrás –le contestó-. Largue quiere que supervise la construcción de la nueva cerradura.
-Jesús, que obsesión tiene esa mujer –Cindy puso los ojos en blanco-. En fin, buenos días, Ger.
-Hola Cindy. Casi llegas tarde –le dijo de broma.
-No te rías, que casi me da algo –contestó Cindy-. Hoy es cuando tenemos que llevar a Jackie a que le hagan el traje y todo tiene que salir perfecto.
-Guárdate un poco de perfección para el sábado por la noche, querida. Sospecho que ahí sí que os va a hacer falta.
-Supongo que tienes razón, Ger. Luego nos vemos –y subió escaleras arriba.
Se dirigió hasta la habitación de Jackie para levantarlo, pero cuando llegó, se encontró la puerta abierta y la persiana subida. Se asomó a la cuna y tampoco lo vio. Lo habían sacado ya. No era propio de Jackie Largue madrugar. Se dirigió hasta el salón de juegos y tampoco lo vio. Se preguntó dónde podía estar. Si hubiera bajado, Gertrudis se lo habría dicho. Lo que significaba que estaría todavía en el piso de arriba. Y el único sitio en el que podría estar era la habitación de su madre.
Cindy tocó la puerta antes de entrar.
-Adelante –dijo la voz de su jefa desde dentro.
Cindy entró y vio a Karen desnuda de cintura para arriba, tapándose la parte de abajo con las sábanas, y a su hijo, que tumbado bocabajo sobre ella, le mamaba del pecho derecho. Jackie llevaba puesto solamente el pañal. Su madre le acariciaba con una mano mientras que con la otra consultaba su agenda electrónica.
-Estaba inquieto en la cuna desde muy temprano y he pensado que lo mejor sería levantarlo –le dijo Karen mirándola desde la cama.
Jackie había hecho caso omiso de la llegada de Cindy. Seguía concentrado en la teta. Se aferraba al seno con las dos manos y chupaba del pezón con la mirada perdida. Karen se incorporó y apartó a su hijo de la teta, pero éste balbuceó algo.
-Bueno, pero sólo un poco más, ¿vale? –y Jackie volvió a engancharse al pezón-. Cindy –Karen se dirigió a ella-, asegúrate de que la ropa de mi hijo está lista. En cuanto acabe de tomarse la teta, lo vistes y nos vamos a ver a Bruno lo antes posible.
Al momento de salir, a Jackie le dio un berrinche.
-¡No! ¡No me subiré al carricoche!
Estaba sentado sobre el cambiador, vestido y de brazos cruzados.
-Jackie, se razonable… -le decía Cindy.
-¡No me subiré! ¡No quiero carricoche! ¡Soy mayor y puedo tomar mis propias decisiones! ¡No me subiré en el carricoche! –el niño seguía empeñado en sus trece.
Cindy bajó y se lo hizo saber a Karen.
-¡Lo que me faltaba! Me lo dijo ayer pero no creí que se lo fuera a tomar en serio –suspiró su jefa.
-¡Espera! –le dijo Cindy-. Tengo una idea.
Volvió a subir hasta la habitación de Jackie. Se lo encontró de la misma manera en la que lo había dejado.
-¡No me voy a subir al carricoche digas lo que digas!
-Escucha, Jackie –Cindy se sentó junto a él en el cambiador-, estoy muy contenta de que ya seas mayor y puedas tomar decisiones. Pero uno, cuando va a tomar una decisión, tiene que pensar en todos los factores –Jackie la miró con curiosidad-. Si vas a salir de casa sin carricoche no podrás llevar ni a Ronnie, el chupete, ni siquiera el pañal. Todos tendrían que verte como un niño grande. Mientras que en el carricoche podrás ir como un bebé.
-El carricoche me da calor. Y es para niños más pequeños que yo. Yo ya tengo 12 años.
-¿Y el chupete y los pañales? ¿Y la cuna? ¿Y la teta? Somos lo que necesitamos, Jackie. No debería importarte que esas cosas sean para niños más pequeños que tú. Tú, necesitas el carrito para pasearte y que el mundo exterior, mezquino y cruel, no se ría de ti. Hazme caso, mañana cuando te toque desfilar ante miles de personas, echarás de menos el carricoche.
Ahora Cindy bajaba con Jackie en brazos. Éste se encontraba más tranquilo. Cindy lo dejó en el carricoche bocarriba. De pronto, empezó a agitar las extremidades.
-¡Chupete! ¡Chupete! –pedía.
Cindy subió corriendo hacia arriba y cuando bajó con el chupete, Jackie ya tenía montada una llantera. Lo recibió en la boca y se calmó considerablemente.
Salieron a la parte de atrás de jardín y Benson los estaba esperando con la puerta trasera abierta. Karen sacó a Jackie del carricoche para sentarlo en su asiento.
-Vaya tontería. Meterme para luego sacarme –dijo.
Cindy, que estaba ayudando a Benson a plegar el carricoche y guardarlo en el maletero, sonrió al escuchar el comentario.
Dentro del coche, Jackie movía su chupete, como siempre que estaba inquieto. Entre sus brazos tenía a Ronnie bien apretado.
A Cindy le dio mucha ternura. Ese niño no poseía ninguna maldad, sólo era inocente, como cualquier bebé.
-Ahora cuando lleguemos, Jackie –le decía Karen-, esperarás en el coche hasta que Benson y Cindy saquen el carrito. Cuando esté montado, yo te meteré dentro.
Jackie no dio muestras de haberla oído.
<<La verdad –pensó Cindy-, para Jackie tenía que resultar todo un esfuerzo salir de su casa. Pero esto era sólo un ensayo comparado con lo que iba a llegar el sábado>>
Llegaron a Di Carlo’s, la tienda del modista de Karen Largue, uno de los más caros y exclusivos de California.
Cindy salió y ayudó a Benson a sacar el carricoche de Jackie. Cuando estuvo montado, Karen sacó a Jackie y lo metió dentro. Inmediatamente, se puso las enormes gafas de sol para que no la reconocieran. Karen abría la marcha, Cindy la seguía empujando el carricoche con Jackie dentro y Benson la cerraba.
La entrada a la tienda estaba al final de la calle.
-Espera fuera, Benson –le dijo Karen a su chófer.
-Como ordene, señora.
-Cindy, tú pasa por si necesito ayuda con Jackie.
Los tres entraron en Di Carlo’s. Karen se quitó las gafas y se acercó a la recepcionista. Ésta la reconoció de inmediato.
-¡Señora Largue! ¡Qué alegría volver a verla!
-Gracias, Señorita Kellington. ¿Puedo ver a Bruno?
-Está con otro cliente –dijo la recepcionista consultando el ordenador -, pero le diré que se trata de usted y vendrá aquí de inmediato.
Al poco rato apareció por una de las puertas Bruno Di Carlo. Era un hombre bajo y calvo, y llevaba una cinta métrica colgada del cuello.
-¡Cuánto tiempo sin verla, Karen! – le dio dos sonoros besos en la mejilla-. Es un placer, como siempre, recibirla en mi tienda.
-Hola, Bruno. Le presento a la niñera de mi hijo, Cindy.
-Hola –dijo Cindy apoyada en el carrito.
-¿Su hijo? Tenía entendí que su hijo ya tenía 12 añ… -se calló de repente al darse cuenta del carricoche-. Oh, veo que ha sido de nuevo madre ¡No tenía ni idea! Mi más sincera enhorabuena, Karen.
Karen Largue estaba visiblemente incómoda.
-No, Bruno –le dijo Karen mientras llevaba al hombre hasta el carrito-. Este es mi hijo Jackie.
Bruno Di Carlo se asomó al carricoche y cuando Jackie lo vio se tapó la cara con la mantita para ocultar su chupete. Pero si Jackie Largue se había quedado sorprendido, lo de Bruno Di Carlo era de nivel olímpico.
-Yo… Eh… Esto… Vaya, no sé qué decir…
-¿Por qué no pasamos al estudio y así te explico? –Karen rompió el hielo.
Diez minutos después, los 4 estaban sentados en el estudio de Di Carlo. Cindy sostenía a Jackie sobre su regazo y Karen había terminado de explicárselo todo al modista.
Bruno Di Carlo miraba de vez en cuando a Jackie, que no paraba de mover su chupete, queriendo estar en cualquier sitio menos en aquel.
-… Así que es por eso que necesito que le hagas un traje a mi hijo.
En realidad, Karen sólo le había dicho que Jackie todavía llevaba pañales y usaba chupete. No le había dicho nada de la teta, ni de la cuna, ni de todo lo demás. Incluido el hecho de que el futuro de Modas Largue dependía en buena medida de que el mundo viera al hijo de Karen largue.
Cindy cogió a Jackie y empezó a desnudarlo para que Di Carlo pudiera tomarle las medidas del cuerpo. Como era de esperar, Jackie se negaba. No quería quedarse sólo con el pañal delante de un extraño. Le quitó los zapatitos y le bajó los pantalones. Le quedaba únicamente el body rojo. Jackie se llevaba las manos a los bontoncitos de la entrepierna para evitar que se lo quitasen.
-¡No quiero! ¡No quiero quedarme en pañal! –decía.
Finalmente, Cindy consiguió quitárselo. Llevó a Jackie a una peana en el centro del estudio, medio metro elevada en el suelo para que Di Carlo pudiera tomarle las medidas al cuerpo. Jackie se llevaba las manos al pañal intentando tapárselo, algo bastante difícil porque era muy grande.
Cada vez que Di Carlo se acercaba con la cinta métrica, Jackie pataleaba y gritaba. En una de esas, se le cayó el chupete al suelo. Cindy lo recogió.
Cindy entendía muy bien a Jackie. Nunca se había visto desnudo delante de un extraño. Y más si era un hombre. Jackie había estado toda su vida rodeado de mujeres, y cada vez que se acercaba Di Carlo a menos de un palmo suya, pataleaba para apartarlo. Jackie sólo quería que lo protegieran, lo acunaran y lo mimaran. Para él, estar en ese sitio, totalmente expuesto, era un suplicio.
Pensando en el bien del niño lactante que lloraba y gritaba en la peana, y en que así no iban a conseguir nada, se levantó para decirle a Di Carlo que ella misma le tomaría las medidas. Pero su jefa se adelantó.
-Yo misma le mediré, Bruno. Si no, no terminaremos nunca.
De modo que Karen fue pasándole la cinta métrica a su hijo por el cuerpo y diciéndole las medidas a Di Carlo, que las iba anotando en un bloc.
-Y recuerda, Bruno, que el objetivo fundamental es que a mi hijo no se le note que lleva puesto un pañal, así que tendrás que hacerle el pantalón más ancho de la cintura.
-Lo he supuesto, querida señora.
Karen parecía satisfecha. Cogió a su hijo, que todavía hacía pucheros y se lo pasó a Cindy.
-Toma, ya puedes vestirlo.
-Hay que cambiarme el pañal. Tengo pipí.
-Lo suponía, cielo –le dijo Cindy.
-Puede… Esto… Puede cambiarlo en la habitación contigua. Hay un sofá –les dijo Di Carlo, que había hecho todo lo posible por no mirar directamente a los ojos a Jackie ni a Cindy durante toda la velada.
Cindy, cogió del carrito la bolsa con los pañales y la ropa de Jackie, y con la otra mano, lo aguantaba a él. Pasaron a la habitación, que era una especie de sala de recreo. Tumbó a Jackie en el sofá, sacó un pañal, y se sentó junto a él.
Jackie se incorporó, se abrazó a Cindy e inmediatamente empezó a llorar. Cindy lo abrazó y lo acunó.
-Shh… Tranquilo, mi pequeño… Shh…
-Cindy –la voz de Jackie sonaba aplastada, a causa de tener la boca pegada contra su pecho-, abrázame, Cindy.
A pesar de que ya lo tenía abrazado, Cindy lo apretó con más fuerza.
-Protégeme, Cindy.
-Ya pasó, Jackie… Shh… Ya pasó –Cindy lo consolaba. Ella también estaba sufriendo de ver así a ese pobre niño, pero se acordó de lo que le esperaba el sábado-. Tienes que ser fuerte.
-¡Yo no quiero ser fuerte!
-Toma el chupete, te lo he cogido del suelo –le dijo Cindy mientras se lo ponía en la boca. Jackie lo recibió y lloró en silencio.
Cindy lo acunó un ratito más. Jackie tenía los ojos cerrados fuertemente y movía el chupete en silencio.
-¿Estás más tranquilo? –Jackie asintió-. ¿Puedo cambiarte ya el pañal? –volvió a asentir.
Cindy tumbó a Jackie con cuidado en el sofá, se sentó ladeada y le soltó las cintas del pañal, le leventó las piernas y se lo extrajo. Después le limpió con mucho cuidado. A continuación le volvió a levantar las piernas y le pasó el pañal limpio por debajo, le bajó las piernas y se lo sujeto fuertemente. Después le puso el body y los pantalones con mucha delicadeza. Los zapatos se los dejó sin poner, ya que a Jackie no le gustaban mucho, y además se iba directo al carrito. Salió de la habitación con Jackie en brazos, muy pegado a ella.
Karen y Di Carlo los estaban esperando. Cindy metió a Jackie en el carricoche, colgó la bolsa de los pañales en las asas y puso los zapatos en la cesta de debajo. Lo empujó y  salieron a la recepción.
En la mesa de la recepcionista, cuando Karen le estaba extendiendo un cheque a Bruno Di Carlo, se paró de repente, miró a su modista y  Cindy vio cómo su jefa añadía un cero más a la cifra.
-Para que mantengas la boca cerrada –dijo.






Alicia



Alicia estaba esperando junto al coche oficial de la empresa en la puerta principal de la Mansión Largue. Estaba apoyada en el morro del Mercedes consultando el itinerario en su móvil. Alicia era una secretaria, o ayudante, como le gustaba que le dijeran, muy eficaz. Era la mano derecha de Karen Largue en la empresa y también la ayudaba con según que asuntos de su vida privada. Nunca, bueno, casi nunca, le había fallado a su jefa y desde luego hoy no iba a ser una de ellas. Quería que todo saliera a pedir de boca, y por eso no dejaba de consultar sus notas electrónicas. Las repasaba una y otra vez y no había nada que pudiera salir mal. A excepción del hijo de Karen. Alicia estaba al tanto de su situación y sabía que un desliz podía salirle muy caro a ella, a su jefa y la empresa; pero confiaba en que ese asunto estuviera solucionado por su madre y su niñera.
Recibió un mensaje de su patrona (‘Ya estamos listos’) y se dispuso a realizar las operaciones pertinentes. El público pedía a John Largue. Querían ver al hijo de una de las grandes multimillonarias de Los Ángeles, pero tampoco habría que hacer un concierto largo. Bastaba con que lo vieran bajar del coche y dirigirse al hotel.
Habían estipulado que cuanto menos tiempo estuviera Jackie entre la gente, mejor. El plan era subirlo al coche a escondidas por la parte trasera de la casa y sacarlo por la puerta de atrás.
Dio instrucciones al chófer y éste las realizo de inmediato. Era una persona eficaz, casi tanto como ella, pues llevaba al servicio de Karen Largue bastante tiempo. Alicia se subió a la parte de atrás y el chofer llevo el coche hasta el jardín trasero de la mansión. Alicia estaba todo el rato pendiente su móvil por si su jefa le transmitía nuevas órdenes o surgía algún contratiempo.
La parte trasera de la Mansión Largue era un muro de 5 metros de altura recubierto de hiedra con dos puertas metálicas también de la misma altura y camufladas entre la planta. Habían plantado otras semillas de hiedra en cada puerta de manera que no se enganchara a la hiedra de la pared a la hora de abrir y cerrar las puertas. Cuando el coche llegó hasta ellas y se detuvo, se abrieron de inmediato.
Del interior de la casa aparecieron tres figuras en la oscuridad. Cuando le dieron la luz de las luces del coche, Alicia reconoció a cada una de ellas. A la izquierda estaba Cindy, la niñera del hijo de Karen, con dos bolsos colgados de los hombros, uno seria el suyo propio y el otro estaría lleno de las cosas del crío. Vestía un elegante y sencillo vestido morado con un escote que dejaba bien claro de que carecía. Al otro lado estaba su jefa. Karen largue era una persona muy ostentosa. Se había puesto un vestido de lentejuelas plateadas y un collar de diamantes, a cada cual más grande. Se había  recogido el pelo en un elegante moño, al contrario que Cindy, que lo llevaba suelto y lacio. Y en medio de ellas iba el hijo de Karen. John Largue llevaba un traje de vestir negro, con rayas blancas y una corbata también blanca que sobresalía en la camisa del mismo color que la chaqueta y los pantalones. Llevaba la melena rubia peinada por detrás de las orejas. Tenía un aspecto elegante de no ser por el chupete que llevaba en la boca y que movía con fuerza.
-¿Está todo preparado? –le dijo su jefa.
-Sí, señora –contesto Alicia-. Todo está en orden. En el hotel están advertidos de la hora exacta de nuestra llegada y tendrán las habitaciones preparadas.
-Estupendo –y se dirigió a su hijo en un tono infantil-. Escucha, Jackie, ya hemos acordado lo que vamos a hacer. Ahora te subes en la limusina y podrás estar con Ronnie y el chupete, pero cuando lleguemos al hotel y recorras el trayecto del coche a la puerta tendrás que estar sin ellos. Y tampoco puedes darnos la mano ni a mí ni a Cindy, ni decirnos de cogerte en brazos, ¿de acuerdo? Tienes que ser un niño mayor.
Jackie asintió con la cabeza y Karen le sonrió. Subieron ellos tres detrás, Karen y Cindy estaban en los lados, dejando al niño en medio. Alicia echo un último vistazo y se subió de copiloto con Benson.
Cuando volvieron a la puerta principal de la casa, ya se habían agolpado un montón de paparazzis enfrente de la misma, pero cuando vieron que el coche se asomaba por el camino que venía de detrás de la casa, se agolparon todos en torno a él.
Como todos los coches de famosos, los cristales de la parte de detrás estaban teñidos y no se podía ver desde fuera, así que sólo había que tener cuidado de no atropellar a ninguno de esos pseudo-periodistas que no dejaban de hacer fotos y preguntas a una ventanilla del coche, al morro o al propio depósito de gasolina. Imbéciles.
Alicia se giró por instinto para ver si estaban bien, pero parecía que los ocupantes de los asientos traseros estaban ya acostumbrados a esas situaciones, o al menos Karen y Cindy lo estaban, porque la primera estaba mirando al infinito y la segunda no despegaba los ojos de su móvil, pero Jackie miraba a un lado y a otro a través de las ventanas mientras no dejaba de hacer mucho ruido con el chupete. A Alicia no le gustaban los críos, pero sabía que si hacían eso era porque estaban nerviosos o excitados. Podía adivinar como se encontraba él.
Por fin llegaron a la cuesta de la colina y pudieron aumentar la velocidad. Bajaron a toda pastilla y salieron a una de las carreteras principales de Los Ángeles. El hotel en cuestión, el Wallace Place, se encontraba en el otro extremo de la ciudad, por lo que el viaje no sería demasiado largo.
Alicia de vez en cuando miraba por el retrovisor y veía a Jackie con su traje a medida sentado en una posición muy infantil y con muy poca expresión en el rostro. En una ocasión se le cayó el chupete de la boca y Cindy se lo volvió a poner de inmediato tras acariciarle el pelo en una actitud muy maternal. Alicia pensó que sería casi como una segunda madre para él teniendo en cuenta el tiempo que pasaba Karen en la empresa y con sus otras…ocupaciones. El traje se lo habían hecho a medida a Jackie para así poder disimular el pañal que tenía que llevar puesto. La verdad era que el sastre había hecho un gran trabajo, pues, aunque se veía una forma un poco abultada en sus caderas, nadie pensaría que Jonh Largue llevaba un pañal bajo la ropa.
Por fin llegaron al hotel. En torno a la replaceta que lo precedía, se encontraban una gran cantidad de periodistas amarillos mezclados con la muchedumbre, entre los que se encontraban fans de los actores de Hollywood que iban a asistir a la cena y algunos ex -trabajadores de Modas Largue, que se habían organizado en algo muy parecido a un piquete, pero que había sido inmediatamente dispersado por la policía, según le informaron a Alicia. Eso seguro que no hizo sino enfurecerlos más, pensó.
Habían llegado ya algunos actores y gente mucho más conocida que Karen largue, aunque ella era una de las que más expectación iba a causar, debido a que su empresa había aparecido los últimos días en todos los informativos por continuos despidos. Esos despedidos también se habían citado aquí, aunque con intenciones muy diferentes de los acosadores de las estrellas de Hollywood.
La limusina se detuvo frente a la alfombra negra. A los lados de la misma, los agentes de seguridad intentaban controlar tanto a los paparazzi, como a los fans y detractores de Modas Largue. Alicia ya le había advertido a su jefa que hiciera el camino desde el coche hasta el hotel lo más deprisa que pudiera, sin detenerse a firmar autógrafos. Dentro de la limusina se notaba el nerviosismo en todos sus ocupantes, a excepción de Benson, cuyo rostro permanecía impasible.
-Me he hecho pipí –dijo John Largue.
Karen suspiro.
-Pues te cambiamos en la habitación. Ahora dame el chupete e intenta parecer un niño grande. Olvídate del pañal por un minuto. Un minuto solamente, ¿vale, cariño?
-Si –contesto el crío.
Karen le retiro cuidadosamente el chupete de la boca y lo deposito en un estuche que luego guardó en su bolso.
-Bueno, allá vamos –Karen sonaba decidida.
Abrió la puerta de la limusina y salió elegantemente. Un botones le tendió la mano para ayudarle a hacerlo. Alicia lo contempló todo desde su asiento, atenta a cualquier contratiempo. Karen Largue sonreía con sonrisa forzada, pero estaba tan acostumbrada a hacerlo que le salió natural.
Empezaron los abucheos. La mayor parte del público de su alrededor estaba en su contra, como había sospechado Alicia, aunque se alegraba de haber doblado la seguridad. Fue suficiente por los pelos, pues tuvieron que aumentar la represión contra los ex trabajadores  de Modas Largue, que increpaban a su ex jefa.
Detrás de Karen salió John, de manera torpe y tímida. Los flases se multiplicaron. Por fin, después de 13 años, hacia su primera aparición en público el hijo de una de las celebreties más conocidas de Los Ángeles: el hijo de Karen Largue.
El niño sonreía con timidez y con una cara de no saber bien dónde meterse. Se ve que le dio miedo estar ahí rodeado de tanta gente que emprendió el camino hacia la puerta del hotel en el momento en el que Cindy salía también del automóvil. Fue cuando empezaron a lanzar cosas. Los manifestantes, armados con verduras y huevos los lanzaban hacia Karen y su hijo. John, asustado, miro a su madre, que le dijo que corriera hacia el hotel mientras ella se tapaba como podía de las cosas que le lanzaban. Jackie obedeció de inmediato. Salió corriendo torpemente en dirección a la puerta del hotel, pero resbaló con un huevo que había roto en el suelo y se cayó de culo. Alicia pensó ‘’Ya la hemos liado’’, pero sus temores se terminaron de confirmar cuando un huevo impacto en la cara de Jackie. Fue entonces cuando comenzó a llorar como un bebé. Se levantó torpemente del suelo, haciendo un movimiento brusco que hizo que se le rasgara el pantalón por el culo, dejando ver un poco del pañal. Karen intentaba llegar hasta su hijo pero le era imposible. Alicia vio que todo se iba a venir abajo y cogió su walkie.
-¡¡¡A TODO EL PERSONAL!!! ¡¡¡REPITO, A TODO EL PERSONAL!!! ¡¡¡QUE ALGUIEN COJA AL HIJO DE LARGUE Y LO META DENTRO!!! ¡¡¡LA PRIORIDAD ES EL HIJO DE KAREN LARGUE!!!
Pero nadie le contestaba. Debido al escandalo que había fuera, los guardias de seguridad no oian nada por el pinganillo.
-¡JODER! –grito Alicia, llena de impotencia mientras soltaba un golpe contra el salpicadero del coche. No podía bajarse ella y coger al crio y meterlo dentro. No era lo mismo si lo hacia ella que un miembro de seguridad.
Entre tanto, John intentaba llegar hasta su madre. Ese chico era tonto. En vez de avanzar hacia delante, retrocedía. Cuando llegó se avalanzó sobre ella, de manera que Karen tuvo que soltar su bolso para coger en peso a su hijo, que enterró su cabeza entre sus enormes tetas llenas de leche.
-¡¡¡MAMIIIII!!! ¡¡¡TENGO MIEDO, MAMI!!! –decía mientras se apretaba contra ella y les seguían lloviendo cosas.
En el salto hacia su madre, a John se le había rasgado por completo el pantalón dejando al descubierto, ahora sin ninguna duda, que lo que llevaba debajo era un pañal. Los flases se multiplicaron, los fotografoss se apelotonaban para conseguir la instantánea del pañal de John largue. Todo se había ido a la mierda, pensó Alicia, abatida. Por fin, unos miembros de seguridad algo más listos que los demás, cogieron a Karen, que sujetaba a Jackie, cada uno por un brazo y la acompañaron dentro mientras les seguía lloviendo comida. Alicia suspiro y le dijo a Benson que arrancara.






Karen



Dentro del hotel, Karen estaba que echaba chispas. Todo el cuidadoso plan que había trazado con Alicia se había ido a la mierda. Estaba llena de restos de comida y tenía a Jackie llorando sentado sobre la moqueta de recepción, que para colmo era visible desde fuera y los paparazzi no dejaban de agolparse en torno a la puerta giratoria de cristal y sacar fotos.
Karen pensó, se tranqilizó. Era hora de ver prioridades. Lo primero que tenía que hacer era sacar a su hijo de allí y llevarlo a la habitación. Pero el estado en el que se encontraba Jackie, totalmente fuera de sí, le sería imposible moverlo. Necesitaba calmarlo, y para eso necesitaba su chupete, que estaba en su bolso. Pero el bolso se le cayó cuando su bebé se abalanzó sobre ella presa del pánico. En ese momento, Cindy conseguía entrar al hotel.
-¡¿Has cogido mi bolso, Cindy?! –le pregunto.
-No, señora. ¿No lo sacó usted?
-¡¡Maldita inútil!! –estalló Karen- ¡¡Trae mi bolso antes de que alguien lo coja y encuentre el chupete de mi hijo dentro!!
La muchacha se apresuró a obedecer. Jackie seguía llorando a moco tendido. Su pobre hijito. Su pobre bebé. No se merecía lo que le había pasado. Pero en ese momento, Karen preferiría que su hijo no fuera tan bebé.
Cindy llego enseguida escoltada por dos guardias y con el bolso. Karen se lo arrebato de las manos, saco el estuche de dentro y le puso el chupete en la boca a Jackie, que dejó de berrear pero no de llorar. Suficiente para que se mostrara cooperante. Karen lo cogió en peso y lo llevó en brazos hasta el ascensor.
Cuando llego a su habitación encontró al encargado del hotel esperándola con las llaves de la misma.
-Lamentamos mucho lo ocurrido, señora Largue –le tendía la mano con la llave-. Tenga.
-Gracias –Karen la cogió sin soltar a Jackie.
Le dio la llave a Cindy para que abriera, y entró antes que ella en la habitación. Dejó a Jackie sobre la cama de matrimonio y suspiró, limpiándose con ambas palmas de las manos los restos de comida de la cara.
-Llama a Benson –le dijo a Cindy-. Que suba mis maletas y las de Jackie. Ya.
-Sí, señora.
Benson llegó acompañado de Alicia, que iba blanca como la cera, en menos de cinco minutos. Para entonces, Jackie ya se había serenado bastante y estaba acurrucado sobre la cama, echando de menos a Ronnie y a su cuna. Aunque tenía el chupete, así que no se quejara.
-Cindy -ordeno Karen-, coge a Jackie, lávalo, ponle un pañal y acuéstalo en la cuna plegable, es la maleta esa grande ahí. Yo voy a darme una ducha y bajar a la cena a intentar arreglar esto.
La ducha le sentó increíblemente bien. Dejo que el agua corriera por su cuerpo y se enjabonó a consciencia, disfrutando del agua caliente que le caía sobre el cuerpo. Al salir, se froto con la toalla todas las partes de su cuerpo y se arregló rápidamente para volver a bajar a la cena. El vestido que se había puesto no era ni la mitad de hermoso que el que llevaba al salir de la Mansión Largue, pero era un bonito vestido verde con bastante escote que dejaba a relucir sus enormes senos, de algo le tenía que servir amamantar a su hijo. Gracias a ello, había conseguido un buen par de armas que le ayudaban bastante en las negociaciones. Antes de salir de la habitación cogió un par de condones. También le ayudaban en las negociaciones.
Mientras bajaba en el ascensor se dio cuenta de que la noche no podía haber empezado peor. Jackie había enseñado el pañal delante de todos los periodistas, luego la habrían captado a ella dándole el chupete a su hijo y llevándoselo en brazos. La prensa amarilla, y la prensa en general, no tardarían en hacerse eco. Llegarían a la conclusión de por qué no habían visto a Jackie Largue antes. Internet tenía que ser en este momento un hervidero. Pero se serenó. Hoy era una noche importante.
Al llegar al salón donde iba a tener lugar la fiesta, se encontró a todo el mundo conversando con alguien. No era la entrada que había esperado. Notó que algunas personas se giraban más o menos disimuladamente para echarle miraditas. Se notó enrojecer pero se recobró de inmediato; era una noche importante y tenía que estar a la altura. Bastante se había fastidiado ya.
Un viejo al que Karen conocía se le acercó a saludarla.
-Señora Large –dijo tendiéndole una mano-, es un placer volver a verla.
-¿Cómo estas, Travers? –contestó ella devolviéndole el saludo.
-Bien, gracias –hizo una pausa-. He visto los desagradables incidentes de hace un rato, señora. He de decirle que pase lo que pase puede contar con mi apoyo.
Con su apoyo. Travers dirigía un negocio de armas de poca monta. Se preguntaba cómo habría conseguido una invitación para la cena.
-Gracias, Travers. Lo tendré en cuenta –y se despidió de el de manera elegante.
Siguió paseándose entre los invitados, saludando a unos y evitando a otros. Se preguntaba cuanto tardaría Cindy en bajar. Sabía que le iba a costar dormir a Jackie, pero podía dejarlo despierto y ya se dormiría él de cansancio, pobrecito.
Sirvieron la cena. Cada invitado se dirigió a su asiento. Al lado de Karen había dos asientos vacíos. Uno reservado para su hijo, aunque ya habían dicho que no iba a asistir, y otro para Cindy. Fue el momento en el que buscó con la mirada a su hombre. A la persona que podía evitar que Modas Largue fuera a la bancarrota. Al localizarlo dos mesas más a la derecha se le iluminó la cara con una sonrisa. Se tranquilizó y se dispuso a comer. Una vez localizada la presa, a Karen Largue no le costaba mucho disponer de ella. Su único inconveniente era lo que había pasado con Jackie momentos antes.
Cuando estaban sirviendo el segundo plato, llegó Cindy.
-Me ha costado, señora, pero al final conseguí que Jackie se durmiera.
-Bien, pero podrías haber venido antes. He estado aquí sola como una imbécil casi una hora.
-Lo siento, señora –se disculpó Cindy agachando la cabeza.
La cena transcurrió con normalidad. De vez en cuando los invitados sacaban sus móviles y se tiraban un rato mirando la pantalla. Seguro que leyendo crónicas y viendo fotos de la llegada al hotel de los Largue.
En los postres sonó el vigila-bebés que Cindy llevaba en su bolso. Jackie se había despertado. Karen lo cogió y lo apagó.
-Lo último que necesitamos es que se oigan los berrinches de mi hijo en todo el salón.
Tras la cena, llego la hora del baile. Travers se ofreció para sacarla, pero ella denegó su propuesta argumentando que estaba cansada y siguió un rato más sentada, contemplando al que tendría que ser el salvador de su empresa.
Un hijo de un actor se ofreció a Cindy para bailar, y ella miro a su jefa. Karen asintió con la cabeza. Necesitaba estar sola para concentrarse en lo que tenía que hacer y a Cindy seguro que no le iba a venir mal despejarse un poco. Observo a su hombre mientras bailaba con una actriz conocida pero a la que Karen no ponía nombre.
En ese momento se acercó a ella Joannie, una de sus compañeras del club de lectura.
-Hace mucho tiempo que no te vemos en ninguna reunión del club, Ka –le dijo.
-He estado muy ocupada, Jo –contestó Karen poniendo mucho énfasis en el diminutivo.
-Que simpática puedes llegar a ser a veces, ¿sabes? –le dijo con ironía al tiempo que sacaba una silla de la mesa y la acercaba a su amiga-. ¿Has estado ocupada cambiando pañales?
Karen la miró muy fijamente.
-Preferiría no hablar de eso ahora, Joannie.
-¡Todo el mundo está hablando de eso ahora! –replico-. No se habla de otra cosa en todo el salón. Y seguro que tampoco se habla de otra cosa en la televisión y en internet. ¿Cuándo pensabas decírmelo? Si es que ibas a decírmelo…
-La manera en la que yo crio a mi hijo es asunto mío –dijo intentando que eso acabara con la discusión, pero Joannie estaba empeñada en seguir.
-Y tienes razón pero debes comprender que es extraño que un chico de 12 años todavía lleve pañales y use chupete. Y más extraño es la manera en la que se comporta, como si fuera un bebé. Eso es porque tú se lo has consentido, Karen.
-Mira, Joannie –Karen se giró para tenerla completamente de frente-, mi hijo es un niño diferente a los demás. No tiene ningún problema, solo que debe llevar pañales y le gusta su chupete. Los dejara cuando esté preparado.
-Ese es el problema, Karen, debería estar ya sobradamente preparado para dejar el pañal. Y esa actitud y comportamiento de bebé…
-¡BASTA! –estalló Karen ahora sí, poniendo fin a la conversación-. Si me disculpas, tengo que ir a bailar con una persona –y se levantó dejándola en la mesa sola.
-¡Como quieras! –le grito Joannie mientras se alejaba-. ¡Pero yo en tu lugar no me perdería los informativos mañana!
Karen fingió no oírla y se dirigió hasta su hombre, Roderick Marsell, que ya había terminado de bailar con su pareja.
-¿Puedo bailar con usted, señor Marsell? –le pregunto cortésmente Karen cuando se acercó a él.
-¡Señora Largue! –se sorprendió Marsell- ¡Por supuesto que sí! Pero llámeme Roderick, si lo prefiere, o Rod. Así es como me llaman mis amigos.
Karen le sonrió. Empezaba bien.
Se dirigieron a la pista y bailaron el vals que sonaba en ese momento.
-Tenía entendido que en estas fiestas la música era más animada –le dijo Karen.
-Y yo señora Largue…
-Oh, llámeme Karen.
-Y yo, Karen. Pero aun así, es un placer bailar pegado a alguien como usted.
¿Ya está? ¿Tan fácil? Los hombres ven un buen par de tetas y se pierden.
-Lo mismo digo, Rod –le dijo Karen con la mejor de sus sonrisas.
Marsell se la devolvió y continuaron bailando un rato más.
Roderick Marsell era el presidente y fundador de Atrezzo Marsell, la principal compañía que otorgaba decorados a las películas de Hollywood. Era un auténtico pez gordo. Aunque si bien era verdad que con la era de las películas con efectos digitales, su negocio había mermado un poco, todavía se requerían sus productos con bastante habitualidad. Además, había expandido su negocio al extranjero, a las industrias de cine europeas y asiáticas, donde aún se requerían grandes decorados, especialmente en Bollywood.
-No quería sacarle el tema, Karen –le dijo su pareja de baile tras un momento de silencio-, pero quiero que sepa que si puedo ayudarla en algo que tenga que ver con su hijo, una llamada a algunos conocidos míos en televisión por ejemplo, podría hacer que no tuviera tanta repercusión el incidente.
-Gracias, Rod. Muchas gracias, pero es demasiado tarde. Ya ha tenido bastante repercusión, internet tiene que ser ahora un hervidero de comentarios –contestó educadamente-. Aunque hay algo en lo que sí puede ayudarme. ¿Le importa que nos sentemos? Estoy cansada de bailar.
Marsell asintió.
-Verá –Karen abordó el tema que le preocupaba una vez los dos hubieron ocupado su asiento-, como sabrá, Modas Largue ha tenido que realizar una regulación de empleados importante.
-Sí. Estoy al tanto, Karen.
-Pues lo último que quiero, como puede comprender, es que mis trabajadores pierdan su empleo. Es fatal para ellos y sus familias; y por supuesto, para la productividad de Modas Largue. Así que había pensado que si usted pudiera convertirse en socio de la empresa, aportar alrededor de un 35% del capital, creo que los ingresos subirían inmediatamente. Y estaríamos hablando de beneficios para usted tanto a largo como a corto plazo.
-Karen, no tenía ni que hablarme de economía –contestó Marsell-, vera, mi mujer es una gran aficionada a su ropa. En cuanto se enteró de la situación de su empresa, me pidió que hiciera lo que pudiera por ayudarla. No ha podido venir. Está en casa cuidando de nuestra hija. Pero considérelo hecho. El lunes a primera hora me dirigiré a su empresa y ambos solucionaremos su problema. Corren tiempos difíciles para todos.
Karen estaba satisfecha. Muy satisfecha. No hizo falta acostarse con él. Ni siquiera insinuarse un poco.
-Gracias, Rod. Esperare ansiosa nuestra entrevista.
Se despidieron y Karen se dirigió hasta la mesa donde había dejado su bolso. Su trabajo en la cena ya había terminado. Ahora podría subir a arriba a estar con su bebé. Levantó la vista buscando a Cindy para decirle que se marchaba pero la vio bailando fervientemente con el chico que la había sacado y no quiso molestarla. Se lo había ganado. Cindy era una chica responsable. Seguro que estaría mañana a la hora que le correspondía en su habitación. Ahora, su mayor preocupación era su hijo.
Salió del salón despidiéndose de varias personas. Vio a Joannie hablando con otras compañeras del club de lectura pero las ignoró y subió en el ascensor que la llevaría hasta su habitación.
Al entrar, encendió la luz y se oyó un lamento desde la cuna plegable, lo que indicaba que Jackie estaba despierto. Al acercarse a la cuna, vio a su hijo que la miraba con ojos anhelantes y que movía el chupete lentamente.
-Mami… -empezó a decir.
Karen lo calló con un susurro y le acaricio la barriguita. Eso pareció calmarlo. Saco a su bebé de la cuna y lo tomo en brazos, con mucho cuidado, pues sabía que estaba muy sensible. Lo llevo hasta el sofá de la habitación, donde se sentó y recostó a su hijo en su regazo. Jackie se acomodó entre su pecho. Karen encendió la televisión. Ya era hora de ver todo lo que tenían que decir sobre ella y su hijo.
Karen se dio cuenta de que su hijo buscaba su teta, y después de todo lo que había pasado, no se la iba a negar. Le quito cuidadosamente el chupete a su hijo y lo depositó en la mesita que tenía delante, se sacó un pecho y se lo ofreció a su hijo, que se acomodó, lo agarró con las dos manitas, pegó los labios al pezón y empezó a mamar.

12 comentarios:

  1. Gracias tony he esperado mucho en serio muchas gracias

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    1. Continuará o aquí termina

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    2. Muchas gracias, Gabriel! Claro que continúa! Vamos justo por la mitad!

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    3. Gracias por tu respuesta bueno entonces esperaré los demás 🙌

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  2. Hola Tony, muchas gracias por los capítulos, esta súper interesante la historia, sube los demás capítulos cuanto antes. Saludos

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    1. Hola Tony, gracias por responder a mi comentario, sube porfa cuanto antes los siguientes caps

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  3. Normalmente cuanto tardas en subir los capítulos

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    1. Dime una fecha específica cuando crees que los subiras

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    2. Hola! Pues dije al principio una fecha,pero como verás, no la he cumplido nunca... De momento hasta dentro de un mes no subiré ninguno más, que tengo que estudiar hehe

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  4. Tony, Feliz Navidad, espero un nuevo capitulo nuevo pronto porfa. saludos

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    1. Hola Migue! Feliz Navidad! Ya tienes el nuevo capítulo :)

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