19 de febrero de 2019

Los 2 Mundos de Robin Starkley - Capítulo 13: El dolor de barriga




Me despierto un poquito al escuchar ruidos en la cerradura de casa. Luego oigo la puerta abriéndose y a alguien empujando una silleta. Después la puerta cerrarse.
-Voy a ver al primo, espera un momento, Felicia –dice tía Marie.
Escucho a mi tía subir las escaleras, abrir el cuarto de mi hermana por error y luego sus pasos dirigirse al mío. Yo cierro los ojitos y me hago el dormido. La puerta se abre y procuro no moverme, a excepción del chupete, que muevo lentamente, como si estuviera en un plácido sueño. Tía Marie abre la puerta despacito y se acerca a mi cama, muy suavemente, con pisadas muy flojitas que casi ni se oyen. Llega hasta mi cama, oigo su respiración justo enfrente. Mi cara apunta hacia ella pero intento no hacer ningún gesto. Estoy dormido, profundamente dormido.
-Qué mono está –exclama muy flojito, casi en susurro.
Luego siento sus labios dándome un besito muy suave en la coronilla.
-Ay –la oigo quejarse, pues parece que al levantar la cabeza se ha dado con el móvil que está colgado sobre el cabezal.
Yo me muevo un poco en la cama, imitando a alguien que estuviese durmiendo cuando oye un ruido algo más fuerte de lo común pero sin legar va despertarlo.
-No, no, no, Robin… -dice muy flojito-. Maldita sea, qué tonta soy.
Me arropa aunque no hace ninguna falta mientras chasquea suavemente la lengua.
Tiene una voz muy dulce. Creo que vuelvo a quedarme dormido antes incluso de que salga de mi cuarto.


*****


Me despierto tras dormir sin soñar, mucho más descansado que esta mañana. Miro la hora en mi móvil y veo que son casi la una. ¡He dormido toda la mañana! Me desperezo un poco mientras empujo las sabanas con las piernas y me destapo completamente. No llevo pantalón de pijama, solo una camiseta y el pañal, que tiene pipí. Chupo un poco el chupete haciendo algo de ruido y me giro para abrazar a Wile, que durmiendo lo he mandado hasta una esquina de la cama. Lo atraigo hacia mí y me acurrucó con él. Esto ya es otra cosa. Necesitaba este sueño reparador.
Será mejor que vaya saliendo de la cama, que ya es hora. No me hace especial ilusión que tía Marie me cambie el pañal, pero no puedo quedarme mojado hasta que venga Mami.
Bajo de la cama de un salto y abro la puerta de mi habitación, lentamente, con precaución. Tener a alguien extraño en casa es algo que nunca me ha gustado. Mi casa es mi refugio, es el punto seguro de jugar al pilla-pilla, es el por mí y por todos mis compañeros del escondite. Tener a alguien que no es ni Mami ni Elia, siempre me pone inquieto (excepto cuando viene Clementine) y me cuido muchísimo de mostrarme con pañal o chupete, tal como soy.
Tía Marie no es ninguna extraña, es la que mejor me cae de los hermanos de mi madre. No solo por verla regañar a la entrometida de su hija mayor, sino porque es la única persona de la familia a excepción de Mami que todavía cambia pañales. Y no sé por qué, pero eso ya hace que me caiga mejor, como cuando una actriz va a interpretar a una superheroína y dice que es una gran fan de los cómics. No es sinónimo de que lo vaya a hacer mejor o peor, pero ya la miras con mejores ojos que al resto. Además, cuando Mami, Elia y yo vivíamos en casa de tía Gayle tras abandonar a mi progenitor bilógico, la única persona que no me miraba con reproche al verme en pañales, chupando mi chupete o tomando biberón era tía Marie, que por aquel entonces tenía 24 años y ya decía que ella iba a ser madre soltera. No sé si era por eso, pero la recuerdo cambiarme el pañal torpemente varias veces mientras Mami le enseñaba; y como Mami le explicaba también en qué posición había que sujetar el biberón para que cayese toda la leche.
Interés por ser una buena madre.
Aun así no me hace especial gracia que alguien que no es Mami o Elia me cambie el pañal (excepto quizá Clementine)
¿Cuándo la volverá a invitar Elia a dormir?
Bajo las escaleras intentando hacer algo de ruido al pisar, como si quisiera advertir a mi tía de mi presencia. Oigo en el salón la televisión puesta y una serie infantil de dibujos animados que yo solo veo a veces, cuando me siento muy bebé y me acurruco en el sofá con Wile, chupando el chupete y llevando pañal.
La puerta del salón está abierta de modo que hago mi aparición de una sola vez. Bajo el marco de la puerta está el sobrino de tía Marie, de 12 años, llevando un pañal y con un chupete en la boca.
Mi tía está sentada en el sofá con Felicia encima, como hace Mami conmigo. La pequeña está absorta viendo la televisión, como estoy yo siempre, y tía Marie le acaricia el pelo mientras le da cachetes suaves en el pañal, como hace Mami conmigo. Solo que yo tengo 12 años y mi prima 3.
-Hola –saludo tímidamente para advertir de mi presencia, pues parece que las pisadas en la escalera no han dado resultado.
Mi tía gira la cabeza hacia mí muy rápido.
-¡Hola, Robin! –exclama. Deja a su hija sobre el sofá y viene hacia mí-. ¿Cómo estás? –me da dos sonoros besos en las mejillas y se inclina un poco para situarse a mi altura.
Me mira radiante, como si ver a su sobrino despierto fuese lo que más la tranquilizase del mundo.
-Bien –contesto yo escuetamente.
-¿Estás mejor? ¿Cómo has dormido? ¿Tienes hambre? ¿Te preparo un biberón?
Me hace todas esas preguntas a la vez, muy rápido. Yo decido contestar a la última.
-No, estoy bien. No tengo hambre –a las dos últimas.
-Iba a darle la comida a Felicia enseguida. ¿Quieres que te prepare algo?
-No… Estoy bien –parece que voy a tener que pedírselo directamente. Me va a obligar a decirlo en voz alta, delante de una niña de 3 años-. Esto… Tía Marie, ¿me puedes cambiar el pañal?
-Claro que sí, cariño –me contesta efusivamente-. Estaba a punto de preguntártelo. ¿Tienes pipí? –asiento-. Pues venga, vamos a tu cuarto y te cambio el pañal, ¿vale?
-vuelvo a asentir. Tía Marie me sonríe-. Felicia –se dirige a la niña, que no había apartado la vista de la pantalla-. Voy a cambiar al primo, no te muevas de aquí –se vuelve a dirigir a mí-. ¿Vamos?
-Sí…
Echo a andar delante de ella, camino de mi habitación.
-Es una niña muy buena –me dice tía Marie mientras subimos las escaleras-. Nada que ver con el torbellino de su hermana. Te pido perdón de nuevo por lo del otro día, bueno, por lo de las otras veces.
Parecía que eso realmente la tenía con la mosca detrás de la oreja, porque me lo acaba de decir nada más vernos, una vez pasados los formalismos de los saludos y haberse asegurado de que estaba bien.
-Laëtitia no es mala –continua-. Pero es una niña, ya sabes. Es muy curiosa y si se le pasa algo por la cabeza tiene que gritarlo a los cuatro vientos. Lo siento mucho, debió de hacerte pasar un momento muy incómodo.
-No pasa nada –le digo yo, que no me esperaba que tía Marie me volviese a pedir perdón. Además ahora que lo pienso, no es para tanto. Son cosas de niños, y yo de eso sé un montón.
-Creo que fue más lo que me impactó en el momento que lo que es en realidad.
-Qué bueno eres –me revuelve el pelo-.  La próxima vez llámala pequeña meacamas, es lo que yo le digo. Le fastidia mucho –me dice riendo.
Yo río un poco también.
-No pasa nada –vuelvo a decir.
Llegamos a mi habitación. Yo abro la puerta y mi tía pasa detrás de mí.
-Qué habitación más chula –dice-. Y qué mono el móvil de avioncitos –exclama tras dirigir a caso hecho la mirada hacia él-. Me encanta.
Yo no sé muy bien qué decir, así que me tumbo bocarriba sobre la cama. Al menos tía Marie no se ha escandalizado al ver que todavía tengo un móvil colgado del cabecero.
-¿Dónde guardas los pañales? –me pregunta.
-Ah, sí, perdón –le respondo mientras me incorporo, formando una L con mi cuerpo-. Están en el armario –lo señalo y me vuelvo a tumbar.
Tía Marie abre el armario y saca el paquete entero de pañales.
-¿Cuál quieres? ¿Uno de conejitos, de ositos, de coches? –dice mientras los va viendo uno a uno.
-Me da igual.
Tía Marie se acerca con uno de conejitos y lo deja a mi lado. Luego se inclina hacia mí.
-Venga, vamos a ello –dice-. Voy a intentar hacerlo tan bien como tu madre.
Me desbrocha las cintas adhesivas del pañal que llevo puesto con dos frunch y me lo separa de delante, dejando al descubierto mis genitales. Me pongo muy rojo, giro la cabeza y empiezo amover mi chupete muy rápido.
-No pasa nada –me tranquiliza. De nuevo esa voz tan dulce y sosegada-. Termino enseguida. Ni te darás cuenta y enseguida estrás limpio y seco.
Tía Marie me levanta las piernas y extrae mi pañal totalmente. Luego me limpia muy rápido pero sin hacerme mucha presión y yo me pongo más rojo. Muevo mi chupete aún más rápido si cabe. A 20 veces por segundo, como si intentase batir un record.
¿Habrá records de esto?
Por favor, que acabe pronto.
Tía Marie abre el pañal de conejitos, y me coge las piernas con una mano, tira de ellas hacia arriba y me pasa el pañal por el culete. Luego me baja las piernas suavemente y deja reposar mi culete sobre el pañal acolchado. Me lo pasa por delante, me lo ajusta un poquito, y me lo sujeta muy fuerte con las dos cintas adhesivas, tapando un par de conejitos de la franja azul cielo.
-Ale, ya está –dice al incorporarse-. Baja al salón si quieres con la prima que yo voy a tirar esto –me dice mientras hace una bola con el pañal que me acaba de quitar-. O bueno, lo que tú quieras. Quédate aquí, no sé… Lo que hagas. Es tu casa –ríe y me da otro beso en la mejilla-. Cómo me alegro de verte.
Tía Marie sale de mi cuarto y yo me quedo allí de pie. Parece que no le importa en absoluto que yo lleve pañales y sea un bebé. Eso no se puede decir de todo el mundo. En fin, será mejor que baje, que es descortés quedarme aquí cuando ella ha venido a cuidarme.


*****


Bajo al poco ya vestido con una camiseta y un pantalón de algodón sobre el pañal, ya que a tía Marie se le ha olvidado vestirme, o tal vez pensara que eso lo hacía yo.
A ver, que lo hago yo. Pero normalmente cuando me cambian el pañal también me ponen la ropa.
Llegó al salón y veo a mi tía sentada en el sofá con Felicia. Ahora no la tiene encima, sino que está a su lado y le va dando de comer un potito con una cuchara de plástico.
-¡Hola, sobrino! –me dice al verme entrar-. Estoy ya con la comida de la niña. ¿Tú quieres algo?
-No, gracias -contesto, y me siento en el otro sofá.
La silleta de Felicia está a mi lado y me llama mucho la atención. Me dan curiosidad todas las cosas de bebés, pero intento no fijarme mucho en ellas, o al menos que no se note que lo hago. La silleta de Felicia es una silleta normal y corriente. Su sillita, su cesta debajo, su bolsa con los pañales detrás, su mango para empujar… Me encantaría que Mami me pasease en una. Pero tendría que ser en otra ciudad, en otro país, en otro continente. En un sitio donde nadie me supiese quien soy ni existiese la mínima posibilidad de ver a alguien conocido.
-Pon lo que quieras en la tele –me dice tía Marie mientras pone el mando a mi lado-. He puesto la serie esta de dibujos para bebés porque es lo que le gusta a la niña, pero vamos, que puedes cambiar si quieres.
No, esto también me gusta a mí.
Evidentemente, no digo eso.
La serie es La Casa de Mickey Mouse, ¿vale?
Cojo el mando y pongo Cartoon Network. Están dando Código KND, pero por suerte, no es el capítulo del Sr.B. Me moriría de vergüenza si saliese en la tele un adulto en un cuerpo de bebé.
Miro de reojo a mi prima mientras se come el potito. Parece que le gusta mucho, y además no huele tan mal. Pero he debido de ser más indiscreto de lo que pretendía, porque tía Marie se ha dado cuenta.
-¿Seguro que no tienes hambre, Robin? Te preparo algo en un momento.
-No, no… Estoy bien, en serio –digo intentando sonar con firmeza.
-¿Has probado los potitos? –me pregunta de repente-. De peque sí, me acuerdo. Pero ya no tomas, ¿verdad?
Noto que me ruborizo un poco.
-No… No… Potitos ya no tomo.
Tía Marie sonríe.
-¿Quieres un poco? –dice mientras me ofrece un cucharada-. Están buenos.
-Aquí –le dice mi prima  a su madre mientras le tira de la manga, intentando que vuelva a prestarle atención –tía Marie le da una cucharada.
-No, no… -vuelvo a decir-. No me apetece…
Pero no sueno muy convincente.
Nunca me he planteado comer comida para bebés. Tengo la leche de cereales de mis biberones pero ya está. Potitos, papillas y esas cosas es algo que nunca me he planteado.
-¿Seguro que no quieres un poco? –vuelve a decirme tía Marie ofreciéndome otra cucharada-. No se lo diré a nadie –sonríe y me guiña el ojo.
-No… Bueno... -balbuceo un poco-. Además, no quiero manchar la cuchara de…
-Si quieres, te mojo un poquito el chupete para que lo pruebes.
Bah, qué diablos.
Me saco el chupete de la boca y se lo doy a tía Marie. Ella lo coge con la misma mano con la que tiene la cuchara, sin derramas ni una pizca de su contenido y lo moja en el tarro de potito, que sujeta con la otra mano. Me lo devuelve con la tetina manchada de un puré marrón y yo me lo meto en la boca.
No está nada pero que nada mal. No es el manjar de mis sueños, pero no está mal. Mucho mejor que las acelgas de Elia. Yo chupo el chupete a conciencia, intentando degustar todo sabor que se ha quedado impregnado en la tetina.
-¿Y bien? ¿Te gusta? –me pregunta sonriéndome mientras le da una cucharada de potito a su hija sin ni siquiera mirarla y acertando en la boca.
De verdad que parece que mi tía es una Súper-Mamá.
-Está bueno –contesto moviendo mi chupete, intentando que no se note que de verdad me ha gustado mucho.
-¿Quieres que te caliente uno? –me dice mientras le vuelve a dar una cucharada de potito a su hija.
De nuevo sin mirarla. Directa a la boca.
-No… -digo intentando sonar decidido pero no consiguiéndolo en absoluto-. No, gracias. Esperaré a Mami para comer con ella. No le tiene que quedar mucho.
-Como tú quieras –asiente-. Pero puedo dejarte algunos y que tu Mami te los caliente para comer.
-No, Mami creo que anoche dejó la comida para hoy…
-De acuerdo, pues –y se vuelve a girar hacia su hija-. Como tú quieras.
Se me debe de notar bastante que quiero un potito, porque tía Marie lo sabe. Pero me da mucha vergüenza decir delante de ella que quiero uno. Bastante bebé soy ya. Se lo podría decir a Mami, pero no sé si a ella le haría gracia que le pidiese que me comprase potitos. Además, hay otras cosas de bebé que prefiero antes, como una cuna o que Wile lleve pañales como yo.


*****


Mami llega a las dos y media. Cuando su oigo sus llaves metiéndose en la cerrada y abriendo la puerta, me empiezo a sentir muy emocionado.
Es Mami. Mi Mami. Quien que me ha protegido y cuidado esta noche. Voy hacia la puerta y cuando abre me lanzo a su cuello a cubrirla de besos. Mami lleva un pequeño bulto cuadrado dentro de una bolsa, que deja caer para poder agarrarme del culete y que no le disloque el cuello.
-¡Pero bueno, bebé! –dice-. ¡Menudo susto me has dado!
Como respuesta, yo me espachurro más contra ella. En la entrada aparece tía Marie con mi prima en brazos y contempla la tierna escena. Mi prima mueve el chupete pausadamente, mientras que yo estoy demasiado contento para hacerlo despacio. Lo muevo muy emocionado y haciendo ruido.
Chup, chup, chup, chup, chup, chup, chup.
-Muchas gracias por venir, Marie –le dice Mami acercándose a ella.
-Ni las des.
Se acercan las dos para saludarse, algo difícil, pues llevan a sus hijos en brazos. Yo estoy más calmado. Ahora solo muevo mi chupete sin hacer ruido mientras permanezco inmóvil en los brazos de Mami, con los míos alrededor de su cuello.
-¿Cómo se ha portado? –pregunta Mami.
-Genial, hija –contesta tía Marie rotundamente-. Se ha levantado a la una, le he cambiado el pañal –mi tía me da dos suaves golpecitos en mi abultado culete-, y le he preguntado si tenía hambre pero me ha dicho que no, así que ahí lo tienes, listo para comer.
-Sí, es normal que no tenga hambre –le contesta Mami-. Le he dado un biberón antes de irme –dice mientras me mira-. ¿Y esta princesita cómo está? –pregunta Mami poniendo voz infantil mientras se dirige a Felicia y le da los cachetes en su pañal.
-Bueno, ahí va –contesta tía Marie mirando a su hija, que mueve su chupete rosa al compás de su respiración-. Más tímida que una avestruz, pero bueno… al menos no es un torbellino como su hermana.
-¡Ay, Laëtitia! –exclama Mami de repente, asustada-. ¿No tienes que ir a recogerla del cole o algo?
-No, no, tranquila –le contesta tía Marie mientras se acomoda a su hija pequeña en los brazos-. Tiene comedor. Yo entro a trabajar a las tres y ya me paso todo el día fuera.
-¡Anda! –vuelve a exclamar Mami-. ¿Y con quién dejas a la pequeña?
Basta ya de conversación intranscendente, por favor. Mami, dame la comida y acuéstame.
-Viene una canguro y se queda con las dos hasta la hora de cenar.
-Pues genial, chica –asiente Mami acomodándome el culete en su antebrazo-. Y muchas gracias de nuevo, eh.
-Que no hace falta que las des –repite-. Además, es un cielo de niño que no me ha dado nada de trabajo. Lo he hecho encantada.
-Bueno, eso es que no le has visto cuando le dan algunos berrinches –dice Mami golpeándome suavemente el chupete con un dedo.
Yo gimo algo molesto.
-Oye, que a la mía también le dan berrinches –replica tía Marie-. Y hablando de berrinches, me tienes que decir donde le has comprado a Robin el móvil ese que tiene en la cama, porque todo el mundo me ha dicho que para calmar a los bebés va muy bien. Y a esta –toca el chupete de mi prima varias veces y ella hace un ruidito de molestia-, le cuesta mucho a veces dormirse.
-Bueno, eso lo tienes en cualquier tienda de bebés –contesta Mami.
-Es que como con Laëtitia no lo usé, no sé dónde comprar uno para Felicia.
-En Largue, mismo. Yo compro allí los pañales y todo, que Robin usa estos –le da un palmadita a mi pañal-, que son un poco más grandes que los de bebés. Pero tienes de todo también para bebés.
-¿Y eso como lo enganchas en la cuna?
-Pues en el cabezal. Tiene una pinza que… Bueno, ven que te lo enseño en un momento. ¿Tienes prisa?
-No, todavía no.
-Pues vamos. Es solo un segundo.
Mami y tía Marie nos dejan a los dos en el sofá del salón y suben a mi cuarto. Yo miro a mi prima pequeña. Con su chupete rosa y el abultado pañal dentro de sus pantaloncitos de algodón. Mueve el chupete inquieta, echando de menos a su madre.
Le saco 9 años. 9 malditos años.


*****


Me acabo de despertar de la siesta. Mami me ha acostado tras darme de comer. Se lo he pedido yo. He comido sentado en su regazo, mientras ella me daba el puré de lentejas, que no estaba tan bueno como el potito de tía Marie, cucharada a cucharada y limpiándome la comisura de los labios cuando se me manchaban. Después me ha dado unas natillas, y me ha dejado mojar de vez en cuando el chupete en ellas. Mami me ha mimado mucho, me ha hecho muchos cariñitos mientras me daba de comer. Está preocupada por mi estado, seguro. Sabe que he pasado una muy mala noche y eso hace que se preocupe más de su bebé.
Yo me he hecho pipí mientras Mami me daba las natillas, casi antes de terminar de comer, así que me ha tenido que cambiar el pañal antes de acostarme.
Ahora estoy despierto, aunque me siento un poco amodorrado. Wile está a mi lado y mi pañal está otra vez mojado. Es una ley inquebrantable: si me quedo durmiendo, me hago pipí. No importa el tiempo que sea. Miro la hora en móvil y veo que son las cuatro de la tarde. Calculo que Mami me debió acostar para las tres o así, de modo que he dormido alrededor de una hora. No es tan poco mucho tiempo. Hay veces que me he hecho pipí en cabezadas de diez minutos, sobre todo en el coche. De ahí que Mami ya no se fíe y ahora me ponga un pañal siempre que hacemos un viaje largo.
Me lo miro. El pañal. Me levanto el pantalón del pijama y me lo miro.
Es de cochecitos. Cochecitos, camiones y semáforos. Todos dibujitos muy infantiles.
El pañal ya de por sí es lo más infantil que se me ocurre.
El mío ahora está hinchado a causa del pipí. Levanto el culete un poco de la cama y noto que pesa mucho. He debido de hacerme más pipí del que pesaba en un principio. Pero no importa, los pañales Largue que uso absorben muy bien.
Ya sé lo que estáis pensando. No, Largue no me paga por hacer publicidad de sus productos. No conozco a Jackie Largue ni he firmado ningún contrato con él. Es solo que los pañales de bebés que hace en tallas más grandes me han salvado la vida. He visto pañales de adultos y son bien feos. Si me tuviesen que uno supongo que me moriría. Así que estoy más que agradecido de que existan estos pañales.
Largue, he dicho tu nombre siete veces. Dame mi pasta.
Es broma.
Me cubro otra vez el pañal con el pantalón y le doy dos golpecitos.
Hinchado, lleno de pipí.
Será mejor que le diga a Mami que me cambie. Pero no he hecho más que poner un pie fuera de la cama cuando oigo el timbre.
Maldición. ¿Quién narices puede ser a estas horas?
Vuelvo a meter el pie dentro de las sábanas y me cubro con ellas, rogando porque sea el cartero o algún predicador a domicilio. Quien sea mientras no entre en casa. Cojo a Wile y lo atraigo hacia mí, lo abrazo y muevo mi chupete en silencio, intentando hacer el menor ruido posible para enterarme de quien ha llamado al timbre.
Oigo la puerta abrirse y el que bien podría ser uno de mis peores temores se cubren.
-Hola, Sra. Starkley, ¿está Robin?
Es Joseph.
-Sí, está en su habitación, pero… –dice Mami con voz preocupada, intentando como siempre alejar a mis amigos cuando estoy en casa con pañal.
Otras veces, cuando estoy con chupete solo. Anuncia la llegada de mis amigos muy fuerte, para que a mí me dé tiempo a quitármelo. Pero ahora no es así, para Mami, estoy aún durmiendo.
-Es solo un momento. Vengo a traerle loes deberes –dice Joseph muy rápido-. ¿Puedo pasar?
Y oigo como se cuela dentro sin esperar respuesta.
-Pero… -Mami no sabe qué decir.
-Está en su habitación, ¿No?
-Sí, pero…
-Voy para allá.
Y lo oigo subir las escaleras.
-¡ROBIN, HA VENIDO JOSEPH! –grita Mami bien fuerte.
Gracias, Mami, pero ya lo sé.
Mi amigo se dirige hacia aquí. Yo estoy con un pañal lleno de pipí, un chupete puesto y con Wile a mi lado.
Rápido, joder.
Lo que pasa ahora vais a tardar un tiempo en leerlo, pero sucede en apenas unos segundos.
Tenéis que imaginarme haciéndolo todo muy, muy rápido. Con el corazón latiéndome a mil por hora mientras intento ocultar todo atisbo de mi vida de bebé.
¿Listos?
Allá voy.
Como un resorte, me quito el chupete y lo tiro dentro de las sabanas, hasta los pies.
Lo mismo hago con Wile; tras darle un beso rápido susurrarle un Lo siento lo mando junto al chupete.
Me subo las mantas hacia arriba para ocultar cualquier bulto que pudiese provocar el pañal.
Ya está todo. Los pasos de Joseph cada vez se oyen más cerca.
Un momento.
¡El móvil!
Me incorporo de rodillas en la cama y me giro para arrancar el móvil del cabezal.
Vamosvamosvamosvamosvamos.
Sal, maldita pinza.
Intento soltarla pero no hay manera. Muevo el palo del móvil a los lados pero no logro despegarlo del cabecero de mi cama.
Los pasos de Joseph se oyen cada vez más cerca.
Joderjoderjodernononononovamosvamosvamovamosvamos.
Se me sale un poco de pipí.
A tomar por saco.
Parto el palito del móvil.
Tengo el móvil en una mano y la pinza sigue enganchada al cabezal de la cama. Queda ahora un pequeño pitorrito que sobre sale hacia arriba.
Cojo el resto del móvil y lo tiro debajo de mi cama, provocando un accidente aéreo, y para cuando Joseph abre la puerta de golpe, yo estoy de espaldas a él y con el enorme pañal puesto y asomando por fuera del pantalón.
Ya está. El tiempo narrativo vuelve a ser tiempo real.
Estoy en la semi oscuridad y sus ojos aún no se han acostumbrado a la penumbra. Me cubro con las sabanas justo cuando enciende la luz de un manotazo.
-¡¿Qué pasa tío?!
Yo tengo el corazón latiéndome aún a mil pulsaciones por minuto y me he hecho pipí encima.
-¿Cómo entras así, joder? –le digo fingiendo adormilamiento.
-¡Traigo noticias! Le he dicho a tu madre que venía atraerte los deberes de hoy, que también los llevo apuntados aquí, por cierto…
-Robin, ha venido… -Mami aparece en la habitación.
Me mira preocupada. Estoy cubierto de cintura para abajo con las sabanas y tengo una evidente cara de inquietud.
-No pasa nada –respondo con una significativa mirada-. Estoy bien.
Mami me mira preocupada.
-Vale, vale… Si queréis algo, avisad –y me mira con preocupación antes de salir.
-¿Qué te ha pasado, por cierto? –me pregunta Joseph cogiendo la silla del escritorio y sentándose en ella.
-Me duele la barriga –respondo simplemente.
-Joder, qué putada –dice-. Bueno, a lo que iba...
Le importa bien poco si me duele la barriga o no.
Joseph empieza a hablar pero yo no le escucho. Toda mi atención se centra en que no descubra que su amigo de 12 años lleva un pañal lleno de pipí y esconde un chupete y un peluche debajo de sus sabanas. Por no hablar del móvil roto que hay debajo de la cama.
Pienso por primera vez en él.
El móvil… Roto…
El móvil que tanta ilusión le había hecho a Mami comprarme y con el que yo me tranquilizaba y jugaba como un bebé…
Partido ahora sin contemplaciones como una frágil ramita de árbol. Tirado como un trasto viejo debajo de mi cama…
Mi móvil de avioncitos, helicópteros y cohetes…
Mi móvil con el que jugaba a intentar tocar los avioncitos con mis manitas, mientras estiraba mis piernecitas hacia arriba y balbuceaba como un bebé.
Mi móvil de bebé…
Me pongo muy triste y noto que las lágrimas me van a empezar a salir aquí en medio. Delante de mi amigo y su perorata sobre no sé qué del War of Empires. Lo que sí que me está saliendo ya es más pipí, pues estoy muy inquieto. Y los pañales Largue absorberán muchísimo, pero tendrán un límite. Y siento que lo estoy forzando demasiado. Lo único que me faltaba ya es que se me derramase el pipí del pañal y Joseph  lo viera, como en el sueño…
El sueño…
Mis amigos viéndome con un pañal mojado de pipí.
Mi móvil roto…
Soy un mal hijo…
He roto el móvil que me regaló Mami…
Ella lo compró con tanta ilusión porque yo no podía tener una cuna ya hora lo he roto.
¿Y para qué?
Para que mis amigos no descubran que soy un bebé.
Anda, y que les den.
Ese móvil era un regalo de Mami…
Lo he roto por salvarme a mí mismo…
Me pongo a llorar.
-¿Robin? –a Joseph mi llanto le pilla de sorpresa.
Ya me da igual que esté él delante. He roto el regalo de Mami…
Mi móvil de bebé…
Lloro como un bebé. No puedo controlarlo.
Me vuelvo a hacer pipí.
No puedo controlarlo.
-¿Qué…? ¿Qué te pasa? –mi amigo está totalmente extrañado.
-Será mejor que te vayas, Joseph –dice Mami, que vuelve a aparecer por la puerta-. A Robin le ha vuelto a venir el dolor de barriga. Es que le da muy fuerte a veces.
Mami ha debido de estar escuchando al lado de la puerta todo el rato por si la necesitaba. Es la mejor.
-Vale, pues… -Joseph no deja de mirar como su amigo de 12 años llora como un bebé-. Aquí te dejo los deberes… –saca una hoja de libreta doblada y la deja sobre el escritorio-. Nos… Nos vemos en clase… -y me lanza una última mirada extrañada antes de salir.
-Cierra la puerta al salir, Joseph –le dice Mami mientras viene hacia mí-. Gracias por traerle los deberes a Robin.
Cuando se oye la puerta de la casa cerrarse de golpe, Mami viene hacia mí con la cara muy preocupada, a punto de echarse a llorar también. Pero no puede hacerlo. Necesita mostrarse fuerte para su bebé. Que él pueda ver que es su cuidadora y protectora.
-¡Mi bebé! –Mami se sienta en la cama, me coge la cabecita y la pega contra su pecho-. Mi pobre bebé… Ya está… Ya pasó…
Yo no dejo de llorar. No puedo parar. Me he hecho mucho pipí y mi pañal está a punto de reventar. Necesito mi chupete pero no lo alcanzo.
-Shhh, mi bebé –Mami sigue con los ojos cerrados, acunándome mientras me sujeta la cabeza en sus tetas-. ¿Dónde has puesto el chupetito, mi bebé?
Yo intento responderle pero no puedo parar de llorar.
-Mi bebé, ¿y tu chupetito? –pegunta Mami mientras aparta las sabanas con una mano.
Lloro sin poder articular ninguna palabra.
-Mi bebé, ¿dónde está? –su voz está muy angustiada.
He roto el móvil y mi pañal está a punto de explotar de todo el pipí que tiene.
-¿Y si…? –Mami se desabrocha el primer botón de la blusa, pero en seguida se lo vuelve a abrochar-. Mejor no ¿Y tú chupete, bebé? –me pregunta anhelante.
-ALBIBABLDELAGAMA –logro decir.
Mami lo entiende.
Aparta todas las sábanas a la vez y efectivamente, al final de la cama está mi chupete. Mami me lo pone rápidamente en la boca.
Chupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchup.
Mami me abraza muy fuerte contra ella y respira aliviada, pero oigo su corazón a través de sus tetas latir muy rápido. Me da muchos besos en la coronilla y palitos suaves en el culete.
-Mi bebé, hay que cambiarte este pañal, que lo tienes muy lleno.
Mami me separa de ella con cuidado y me deja sobre la cama. Yo me inquieto mucho, pero entonces ella me da a Wile y lo brazo contra mi pecho. Mami vuelve enseguida con un  pañal y lo deja a mi lado. Me desabrocha rápidamente el que llevo puesto y lo despega de mi cuerpo. Siento una gran presión quitarse de encima. Respiro un poco aliviado y mis chupeteos se vuelven más pausados, aunque no mucho. Mami me levanta las piernas con una mano y me empieza a sacra el pañal con la otra, pero no puede hacerlo de una vez, el pañal pesa mucho. Mami va tirando de un lado y de otro del pañal hasta que por fin logra salir.
-Madre mía, cuanto pipí tenías, bebé. Pobrecito, qué mal que tenías que estar.
Mami me limpia a conciencia, pero con mucha delicadeza y suavidad. Yo ya muevo el chupete más relajado. Me voy sintiendo mucho mejor.
Mami me levanta de nuevo las piernas y me pasa el pañal limpio por el culete. Me lo ajusta allí y yo doy las gracias por llevar de nuevo un pañal seco y cómodo. Mami me lo pasa por la entrepierna y luego me lo pega al cuerpo. Me lo ajusta un poco y me lo abrocha muy, muy fuerte con las dos cintas adhesivas.
Soy un bebé. Y me acaban de cambiar el pañal.
Agito mis extremidades inquieto y balbuceo feliz con  mi chupete. Babeo un poco por un lado y Mami me lo limpia con la manga de su blusa. Luego me da un montón de besitos en la tripita.
-¡Mi bebé!
Veo que a Mami se le empiezan a salir algunas lágrimas.
-¿Qué te pasa, Mami? –le pregunto con mi voz de bebé.
-No lo sé –contesta mientras se las limpia con el dorso de la mano-. Que te quiero mucho.
Pienso el móvil roto que yace debajo de mi cama y me pongo muy triste. Mami aún no se ha percatado de que no está porque enfoca toda su atención en que su bebé esté bien.
-Mami, tengo que decirte una cosa.

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