23 de septiembre de 2019

Los 2 Mundos de Robin Starkley - Capítulo 20: Esto es Halloween

Hola, hola!

En todo momento hay un lugar apropiado para los discursos, y como este no lo es, AL ATAQUE:
(Albus Dumbledore)

De corazón, espero que disfrutéis :)


Los 2 Mundos de Robin Starkley - Capítulo 20
Esto es Halloween


Estoy recostado en el sofá junto a Mami. En la televisión Downton Abbey sigue su lento curso y yo estoy acurrucado con la cabeza apoyada en su regazo, aferrando a Wile contra mi pecho y moviendo mi chupete lentamente. Tengo los ojos cerrados, aunque no duermo. Me relajo sobre Mami mientras ella acaricia suavemente mechones de mi pelo. Me siento cómodo y seguro.
Y también llevo puesto un pañal, que ayuda bastante.
Ha sido otro día horrible en el colegio, como el resto de la semana. Pero por fin es viernes y la perspectiva de estar dos días sin pisar ese caldo de cultivo de la indiferencia hace que me sienta un poquito mejor, pero solo un poco.
Me paso el día solo. Mis amigos, o los que yo creía que eran mis amigos, no quieren saber ya nada más de mí. Durante toda esta semana, solo Eddy me ha dirigido la palabra, y han sido dos  veces y de forma escueta, y siempre por algo que tuviese que ver con lo que estábamos dando en clase, como preguntarme en Educación Física si tenía algún equipo para baloncesto o pedirme un pincel en clase de Arte.
Mis amigos ya no hablan conmigo de videojuegos ni de series de televisión; no hablan conmigo de nada, y por supuesto ni me incluyen en sus planes. Llevan toda la semana hablando de una fiesta de Halloween en casa de Samantha, una de las chicas más populares de clase y a la que al parecer va a asistir medio colegio. Y por supuesto yo no estoy invitado.
Se suponía que iba a ser mi primera fiesta con chicas, y en el lugar de eso me tendré que quedar en casa llevando un pañal y chupando un chupete.
No me malinterpretéis; me gusta ser un bebé, pero también necesito amigos. Aunque desde luego, no unos así.
No necesito amigos que han decidido de pronto dejar de serlo porque me han visto tal como soy en realidad. Podría entender que se hubieran enfadado por no habérselo contado antes, que estuvieran disgustados por no haber confiado en ellos, pero no. Lo que ha pasado es que les doy asco y vergüenza.
Les doy asco por llevar pañales y vergüenza por usar chupete. O viceversa. O por las dos cosas. Qué más da. Me da igual.
El  caso es que no tengo amigos y en el colegio me siento más solo que nunca. Durante el recreo me dedico a vagabundear por el patio, solo; y cuando noto que empiezan a mirarme tras pasar varias veces por el mismo sitio, me subo a los aseos del tercer piso, me encierro en uno de los baños y lloro mientras me chupo el bajo de la camiseta. Mami ha empezado a preguntarme a qué se debe que salga siempre del cole con la parte baja de las camisetas tan húmeda y arrugada. Yo le contesto que me las mojo al beber agua, pero sé que Mami sabe que es mentira.
No es que yo haya estado siempre entre los chicos más populares del colegio, pero tampoco he tenido problemas para hacer amigos o para entablar conversación con alguien. Pertenecía a un grupo lo suficientemente numeroso como para poder formar parte de un equipo en Educación Física o para ponerme con Ronald y Joseph para hacer un trabajo. Gracias a pertenecer a un grupo me invitaban a los cumpleaños de los demás, y contaban conmigo para hacer planes, porque yo siempre estaba dispuesto a ir. Como decía Mami, que fuese un bebé dentro de casa no significaba que de puertas para fuera no pudiera ser un niño normal y corriente.
Mis dos mundos.
Pero ahora mis amigos me hacen el vacío, básicamente como si no existiera. Como si fuese parte del mobiliario de clase o un banco del patio. No sé qué les habrán dicho a los demás para justificar que ya no salgan conmigo, si es que les han dicho algo, vamos. Pero al menos estoy seguro de que no les han contado que llevo pañales y chupete, sino estaría sufriendo burlas y mofas constantemente. Si eso llegase a pasar, si el colegio se enterase de que aún llevo pañales tendría que mudarme de colegio, de casa, de barrio, de país y de planeta. Ponerme un bigote falso, adoptar la identidad de Rivaldo Estarcliado y mudarme a México.
Bromas aparte, la  situación en el colegio se está haciendo cada vez más insostenible. El otro día, durante el cambio de clase, yo había vuelto tras mi intento rutinario de hacer pipí y el profesor estaba tardando en llegar. Mis amigos estaban reunidos junto a otros compañeros de clase en torno al pupitre de Ronald, que seguía sentándose a mi lado porque no había otro sitio libre.  Estaban hablando sobre la fiesta de Halloween; de la comida que iban a llevar y la música que iban poner. Incluso varias personas aventuraron que podrían comprar algo de alcohol. Todos estaban emocionados. Selena y Sonia, las dos amigas de Samantha que la seguían a todas partes como si fuesen un perro faldero decían que iba a ser una fiesta memorable y daban palmaditas emocionadas. Me recordaron a niñas pequeñas ilusionadas ante la llegada de la navidad. Sonreí amargamente para mis adentros.
<<Luego el bebé soy yo, pensé>>
Los chicos, por el contrario, se daban golpes en los hombros los unos a los otros cavilando en voz alta si conseguirían un beso de alguna de ellas, y las chicas se ruborizaban al oírles. Mientras tanto, yo garabateaba dibujos de los Teen Titans en la libreta de matemáticas, más preocupado de no hacerme pipí encima que de otra cosa. No podía soportarlo. Los chicos de mi edad ya hablaban de besar a chicas y yo todavía llevaba pañales, usaba chupete, tomaba biberón y dormía aferrado a un peluche. Pero era lo que quería… ¿no?
De todas formas ninguno de ellos me hacía el menor caso. Como si fuese invisible, la indiferencia era total. Estaban todos a mi lado y era como si yo no existiera. Miles incluso tenía medio culo apoyado en mi mesa. Parecía como si yo no perteneciera a su mundo y estuviese en un plano astral diferente.
Cuando llegué a casa y le dije a Mami lo que había pasado, se puso muy triste, más incluso que yo. Inmediatamente me arrepentí de habérselo contado porque no me gusta verla llorar. Mami me abrazó muy fuerte y me dijo entre lágrimas que todo iba a salir bien, que no preocupase y que no merecía amigos así. Me dijo también que ella saldría conmigo en Halloween, que compraríamos unas cestas de calabaza, nos disfrazaríamos y saldríamos a pedir caramelos. Al principio me mostré un poco reticente, pues me parecía que yo era un poco mayor para pedir caramelos pero entonces me di cuenta de que llevaba puesto un pañal y que Mami me sostenía en su regazo. Y de pronto me sentí muy emocionado de poder salir con Mami a pedir caramelos. Mami me dijo que podría ir con pañal y que llevaríamos unos disfraces para que nadie supiese que éramos nosotros. Y de repente me volví a sentir muy emocionado por Halloween.
Mami se está esforzando mucho porque me sienta cómodo. En cuanto llego a casa, lo primero que hace es ponerme un pañal, darme el chupete y acunarme en su regazo mientras tararea una nana. Y yo lloro sobre su pecho, maldiciendo mi nueva vida pero feliz de volver a casa y poder ser un bebé.
Su bebé.
Mami me mima muchísimo últimamente. Siempre está pendiente de mí y de que no lleve el pañal mojado, y muchas veces entra en mi cuarto cuando estoy jugando o haciendo los deberes únicamente para preguntarme si necesito un cambio de pañal. También juega conmigo sobre la alfombra con los juguetes y todas las noches me canta la canción del pañal. Y yo le hago mi bailecito moviendo a los lados mi culete acolchado. Y cuando termino, le doy muchísimos besitos de chupete. Luego ella me da el biberón y me acuesta como si yo fuese un bebé de verdad.
Y me encanta.
Mami comienza distraídamente a darme golpecitos en el culete, y yo sé que lo hace para comprobar si tengo pipí o caca. De todas formas, me encanta que haga eso. Es como si dijese Mi bebé está protegido con su pañal.
Balbuceo inteligiblemente, me reacomodo sobre su regazo y me encojo aferrando a Wile contra mi pecho.
De pronto oigo la puerta de casa abrirse y un ruido de pisadas fuertes y bolsas de dirigiéndose hacia el salón.
-¿Qué haces aquí tan pronto? –pregunta Mami.
-Han suspendido las clases –contesta Elia. Oigo como tira sus llaves sobre la mesa-. Al profesor se le ha quedado un pie enganchado en la puerta del ascensor. De todas formas así me ha dado tiempo a pasar por la tienda de disfraces –deja caer las bolsas al suelo-. Me cago en la leche, está a reventar con la mierda de Halloween, pero he podido traerte esto –oigo como rebusca en las bolsas-. Bruja del Este para ti, diablo infantil para él.
-¿Diablo infantil?
-Es que para 12 años no quedaban –se excusa mi hermana-. Me ha dicho la chica que este es para 8, pero seguro que a Robin le va bien. Mira –revuelve en la bolsa-. Le he comprado también un antifaz, así no sabrán que es el único niño de 12 años que va con su madre a pedir caramelos –se vuelve a oír el ruido de sus manos rebuscando en el plástico-.Y también un tridente de diablo. Chin chin, clas clas –Elia ha debido de coger el tridente y hacer como si ensartase a Mami.
-¿Cómo es el disfraz? –pregunta Mami, y su mano se separa de mi culete y deduzco que está apartándose el tridente de la cara.
-Es un mono, de color rojo y con capucha. Y lleva colita de diablo también. Va a estar súper mono –dice agudizando infantilmente la voz.
-Pero con eso se le va a notar el pañal…
-Ah, ¿qué también va a salir con pañal? –se extraña mi hermana, y su tono cambia de repente, volviéndose seco y brusco-. Pues yo qué quieres que haga. Hay un antifaz. Que se lo ponga
-¿Y tú crees con esto no le van a reconocer? –pregunta Mami con ironía. Y su mano vuelve a separarse de mi pañal porque ha debido de coger el antifaz.
-Al Robin de Batman le funcionaba. No sé por qué a este no
-Bueno –Mami se inclina hacia la mesa a dejar el antifaz y vuelve a darme palmaditas en el pañal- ¿Y el mío?
-¿El tuyo qué?
-Mi disfraz.
-Ah –Elia ha cambiado totalmente de ánimo al enterarse de que yo iba a salir a pedir caramelos llevando pañales-. Bruja del este estándar –dice con tono aburrido-. Sombrero puntiagudo, nariz con verruga, pintura facial verde y vestido negro. Te estará bien –siento como le tira a Mami el disfraz al pecho, porque también roza mi cabeza.
-¡Ay! –se queja Mami, y su mano vuelve a separarse de mi pañal-. Ten cuidado.
-No te lo he tirado fuerte –protesta Elia.
-No es eso… -contesta Mami distraída. Su mano no ha vuelto a mi culete.
-¿Qué pasa? –le pregunta Elia un poco extrañada-. ¿Por qué te sobas las tetas?
-No sé… Últimamente me duelen un poco.
-¿Es por la regla?
-No creo, me vino hace 2 semanas… Ya está –mami vuelve a bajar su mano al pañal-. Me viene de pronto y enseguida se va.
-¿Has ido al médico? Quizá deberías mirártelo por si fuera algo grave.
-No lo es –contesta Mami muy segura.
-¿Cómo estás tan segura?
-Mi instinto me dice que no es algo malo.
-Ya… Bueno… -sé que Elia no está de acuerdo pero no quiere seguir la conversación-. Me voy arriba.
-Espera.
Oigo las botas de Elia sobre el suelo dando la vuelta.
-¿Qué pasa ahora?
-Tu hermano lo sigue pasando mal en el colegio.
Pausa.
-¿Está durmiendo? –pregunta Elia.
-Creo que sí –contesta Mami.
Yo intento de pronto fingir que estoy durmiendo para que sigan sin sospechar, pero no sé cómo hacerlo y me pongo nervioso. Me rebullo un poco sobre el regazo de Mami y balbuceo inquieto, todavía sin abrir los ojos, como si tuviese un sueño inquieto. Mami chasquea la lengua delicadamente varias veces, me pega más el chupete a los labios y me mece suavemente.
-¿Qué ha pasado? –pregunta Elia al tiempo que se sienta en el sofá.
Siento sus dedos acariciarme un mechón de pelo. Son distintos a los de Mami. Sé distinguirlos perfectamente. Los de Mami son alargados y firmes, pero ella tiene un tacto muy suave y delicado. Los dedos de Elia son más pequeños y rugosos, y tienen menos de delicadeza y más de fuerza. Aunque ambas caricias son igualmente reconfortantes. Y eso es porque da igual cómo sea el aspecto físico de la caricia, lo importante es que esté llena de amor y ternura.
-Siguen ignorándole –dice Mami con amargura-. ¿Sabes por qué me lo voy a llevar a pedir caramelos? –se produce una pequeña pausa-. Porque sus amigos han organizado una fiesta de Halloween y no le han invitado. Pasan de él olímpicamente.
-Pff. Bueno –Elia resopla.
-¿Bueno?
-Podría ser peor.
-¿A qué te refieres?
-Podrían hacerle burla. Meterse con él. Pegarle a la salida. Yo qué sé.
-¿Ese es el lado bueno? ¿Qué no le están dando una paliza al salir de clase?
-Para que veas cómo están ahora las cosas. Robin no encaja en los parámetros que la sociedad tiene establecidos como normales así que se convierte por defecto en un excluido, un anormal. Un paria.
-¡Elia!
-¿Qué? Así es como funciona el mundo. Con los niños de 12 años que todavía llevan pañales, los homosexuales... Pero eso no quita que la gente que se comporta así sean unos hijos de puta. Con perdón para sus madres que a lo mejor son unas santas.
-¿Y qué podemos hacer? –pregunta Mami en voz baja.
-No lo sé. ¿Matarlos a todos?
-Elia, estoy hablando en serio.
-Y yo. Un chorrito de cianuro en la fanta de naranja y se quedan dormiditos dormiditos.
-Ya vale, Elia –Mami me acaricia el pelo suavemente, y yo puedo sentir sus contemplándome con ternura-. ¿Sabes? –dice Mami tras una pausa- le compré pañales a Wile por una razón.
-Ilumíname.
-Para que Robin pueda aprender a ponérselos. Mira cómo lo abraza. Es como si fuese su bebé. Robin puede ponerle pañales a su peluche y, con el tiempo, aprender a cambiarse los suyos. Así, poco a poco, se volverá más independiente.
-¿También vas a enseñarle a prepararse el biberón?
-Todo a su tiempo –dice Mami.
Otra pausa.
-¿Le has dicho lo de nuestro padre?
Casi abro los ojos del pasmo.
¿Lo de nuestro padre?
-No, pero no puedo demorarlo más –contesta Mami.
-No, no puedes –corrobora Elia.
-Esta tarde tengo que ir a comprar pañales, que desde que ha vuelto a usarlos de día se nos acaban enseguida. Se lo diré por la noche. Después de salir a pedir caramelos.
Al oír hablar de mi progenitor biológico no puedo evitar hacerme pipí encima.
No puede traer consigo nada bueno. Nunca lo hizo. ¿Por qué aparece de nuevo ese hombre en nuestras vidas? ¿Por qué no podemos enterrar de una vez el pasado?
De repente me siento más bebé indefenso que nunca.
-Parece que se ha hecho pipí –dice Mami palmeándome el pañal-. Voy a cambiarle y acostarlo en la cama para que descanse mejor.


*****


Me gusta mucho ir a Largue’s. Y como hace mucho tiempo que no voy, estoy muy emocionado.
Largue’s una tienda de bebés pero a lo grande. Y digo a lo grande literalmente; tiene pañales, carricoches, chupetes, biberones, cunas… en fin, cosas de bebé pero de tamaño mucho más grande. De no ser por Largue’s yo tendría que llevar feos pañales de adulto, pero gracias a esta tienda puedo tener mis pañales de ositos en pañales, cochecitos y semáforos y las tres primeras letras del alfabeto. Mami dice que esa tienda le solucionó la vida porque cuando yo iba a cumplir 10 años estaba muy preocupada, ya que pronto dejarían de estarme los pañales para bebés que había en el mercado y yo no daba ninguna muestra de que fuese a dejar de mojar la cama o de empezar a hacer caca en el váter. Pero entonces pasó todo lo de Karen Largue y su hijo.
Al principio, Modas Largue era una empresa que se dedicaba a confeccionar ropa cara para vestir a famosos, pero cuando su presidenta Karen Largue fue acusada de asesinato y estafa y cayó en desgracia, su hijo Jackie se hizo cargo de la empresa. Y como tenía 12 años y todavía llevaba pañales, usaba chupete e iba en carricoche, decidió que haría todo lo posible porque no hubiese más niños o adultos como él; que quisieran seguir usando cosas de bebé pero que no pudiesen al no encontrar de su talla. Así que refundó la empresa, le cambió el nombre a simplemente Largue’s y se dedicó a fabricar y suministrar artículos de bebés pero de tamaño más grande.
Todo esto lo sé porque durante un tiempo en la tele no se hablaba de otra cosa: del niño famoso de 12 años que todavía llevaba pañales. Y es que como dice Elia, para visibilizar la condición de una minoría es necesario que un famoso salga del armario. En este caso, de la cuna.
Hay que decir que no hay muchas tiendas Largue’s en el mundo. Que yo sepa la mayoría están en Estados Unidos, pero también hay en Ámsterdam, Londres, París y Barcelona.
Mami y yo vamos a la de Chicago, la que nos queda más cerca. Voy sentado de copiloto y llevo un pañal. Tras despertarme de la siesta, Mami me ha cambiado y vestido para salir. Me ha puesto una camiseta azul de DC Superhero Girls y unos pantaloncitos morados. Y debajo me ha puesto un pañal. Yo iba a protestar por tener que salir de casa llevando un pañal pero luego he pensado que era mejor así; no tendría que preocuparme si me daban ganas de hacer pipí o si no las notaba. Y además solo íbamos a esa tienda, así que no tendría que estar mucho tiempo expuesto.
También me echado el chupete al bolsillo, por si acaso.
Cuando llegamos al centro de la ciudad, tenemos suerte y logramos aparcar cerca de la tienda, a tan solo un par de calles. Muy satisfecha, Mami sale del coche, me abre mi puerta y me ofrece su mano.
-¿Vamos, Robin? –me dice.
Yo se la tomo y caminamos juntos hacia la tienda.
En la calle hay muchas personas, y todas parecen tener prisa. Si les asombra ver a un niño tan mayor cogido de la mano de su madre no dan muestras de ello. Algún que otro transeúnte si nos dirige una mirada perpleja, pero sigue andando sin más. Me miro la entrepierna por si se nota el pañal, pero los pantalones son lo suficientemente holgados.
Seguimos caminando y enseguida vislumbramos al otro lado de la calle una tienda con   puertas automáticas y un escaparate de cristal a ambos sobre el que se exponen varias cunas, carricoches y maniquís vestidos con bodys y pijamas de bebé. Y encima de todo, unas letras  en mayúscula de colorines infantiles que rezan Largue’s; y debajo, en minúsculas, ‘Tu tienda AB/DL y Little’. Mientras esperamos el semáforo para cruzar, las puertas automáticas se abren y del interior de Largue’s salen una madre con su hija. La niña es asiática y la madre caucásica, pero aun así se nota que son madre e hija. Son cosas que se perciben. Una madre o un padre es mucho más allá que un simple progenitor biológico, como sé muy bien. Existe un aura que rodea siempre a una madre y a sus hijos, un vínculo invisible que irradia amor, afecto y cariño. Y entre ambas yo percibía esa unión.
La niña va vestida con una camiseta de My Little Pony y una faldita corta de cuadros escoceses. Debe tener la misma edad que yo, más o menos; y también va sujeta a la mano de su madre. Ésta, del otro brazo sujeta una gran bolsa de Largue’s en la que a juzgar por los bultos que forma su contenido, lleva varios paquetes de pañales.
Sale el muñequito verde en el semáforo y cruzamos por el paso de cebra. Yo noto que los ojos de la niña, azul celeste, se clavan en mí, primero en mi abultada entrepierna y después en Mami, como tratando de discernir si la persona que me lleva es también mi madre, buscando el aura que yo también había notado en ellas. Cuando nos cruzamos, espero un momento antes de ladear mi cabeza y mirarlas, y al hacerlo, puedo ver cómo la cabeza de la chica vuelve a mirar hacia delante, como si hasta hace justo una milésima de segundo hubiera estado contemplándome.
Creo que es la primera vez en mi vida que veo a alguien de mi edad que también lleva pañales.
Si no contamos la vez en que me quedé a dormir en casa de Ronald, pero teníamos 6 años. Esta es la primera vez que veo a alguien lo suficientemente mayor para llevar pañales.
Sin embargo, cuando entro en Largue’s, me olvido completamente de la niña y de sus ojos azules. Largue’s es un sitio muy cuqui. Tiene todas las paredes pintadas de tonos pasteles y está divida en varias secciones: Ropa, en la que puedes encontrar bodys y pijamas de bebé de todos los tamaños y colores; Accesorios, con chupetes de todos los colores (hasta te pueden hacer uno con los colores que tú pidas), biberones y tacitas de entrenamiento; Mobiliario; con cunas, móviles y cambiadores; De paseo; con carricoches y silletas para meter dentro a niños-bebés como yo; Pañales, donde puedes encontrar pañales de absolutamente cualquier tipo: de piratas, dinosaurios, superhéroes, princesas Disney, cochecitos, nubes, estrellitas, soles, lunas, dinosaurios con pañales, ositos con pañales, conejitos con pañales, conejitos sin pañales... Y por último, mi sección favorita: Peluches & Juguetes. No son más grandes que los de bebé o los de niño. Son simplemente peluches y juguetes. Me suelto de la mano de Mami y corro hacia allí. Y al llegar a los peluches me pongo rojo y me paro en seco. Me llevo las manos al culete y miro alrededor. Se me ha debido de notar el pañal lo que no está escrito, por no hablar del ruido que hace y de si la camiseta se ha levantado, dejando al descubierto la parte de arriba del pañal.
Como un tomate, miro a mi alrededor, peor nadie parece haberse percatado del niños de 12 años que lleva puesto un pañal. Todos siguen a sus cosas, mirando ropa o comparado precios de pañales.
Estoy inquieto y me gustaría ponerme el chupete, pero no quiero tentar a la suerte y que alguien se burle de mí, así que lo mantengo en el bolsillo y me concentro en mirar los peluches.
Me encanta ver los peluches.
Y abrazarlos.
Muchas veces he pensado en comprarle un amiguito a Wile, para que no se sienta solo cuando me voy al cole, pero tengo que elegirlo bien. No es como comprar una camiseta. El amiguito de Wile será también mi compañero y hay que elegirlo cuidadosamente. O a veces ni se elige, aparecerá cuando tenga que aparecer, como hizo Wile. Pero aun así me encanta ir a ver los peluches. Hay algunos que puedes coger y jugar con ellos. De hecho, cuando llego, hay dos niños algo más pequeños que yo sentados en el suelo jugando con dos peluches, de tiranosaurio y diplodocus. Tendrán unos 9 o 10 años, y ambos llevan pañales. Se les nota la parte de arriba por encima del pantalón cada vez que se inclinan hacia delante. En el otro extremo, hay una chica de la edad de Elia con el que parece que es su novio. Lleva dos coletas como Harley Quinn y un chupete en la boca. Me sorprendo al verla allí en medio, sin importarle nada lo que alguien pueda pensar al verla llevando chupete, pero a ella parece que la opinión de otros se la resbala totalmente. Habla con su novio en voz alta, con tono infantil y sin quitarse el chupete dela boca. Y entonces caigo en que mucha gente de la que está aquí –sino, toda-, también usan cosas de bebé igual que yo.
Así, que tomo aire, saco el chupete del bolsillo y me lo pongo en la boca.
Y para mi sorpresa, no empiezo a chuparlo compulsivamente, sino tranquilo y pausado.
Chup, chup, chup, chup, chup, chup, chup, chup, chup.
Estoy llevando un pañal y chupando un chupete en un sitio público, pero no me siento inquieto, ni avergonzado y abochornado.
Soy un bebé.
Y estoy en un sitio en el que no pasa nada por ser un bebé, tengas la edad que tengas.
Por eso me encanta venir a Largue’s. Debería haber venido con pañales hace mucho tiempo, pero me daba mucha vergüenza salir de casa con uno puesto.
Veo a los niños jugar en el suelo con sus pañales, sin miradas que los juzguen, a la chica con su chupete que en ese momento abraza a su novio, sin soportar burlas o comentarios groseros;  y por primera vez en mi vida desde que me di cuenta que era mayor para usar pañales y chupete, siento eso que llaman afinidad. Me siento pro primera vez parte de algo.
Hay más gente como yo.
Quizás no esté tan solo en el mundo.
Quizá haya más personas en este mundo del que he decidido formar parte.
Mami regresa enseguida cargada con una gran bolsa de plástico que contiene varios paquetes de pañales.
-Te he comprado cuatro paquetes, para curarnos en salud –dice. De pronto, repara en que llevo el chupete en la boca-. ¡Pero bueno! –exclama entre divertida y molesta-. ¿Pero cuándo te has puesto el chupete tú? –y me da un tironcito cariñoso del asa.
Yo sonrío tímidamente detrás de mi chupete, como si me disculpase por ser tan bebé.
-¿Estabas mirando los peluches, bebé? –me pregunta Mami.
-Sí –respondo con mi vocecita de bebé.
-¿Quieres tener un amiguito para Wile? –Mami se inclina hasta ponerse a mi altura y me revuelve el pelo.
Yo niego con la cabeza.
-Aún no –respondo llanamente.
Mami me mira un poco extrañada, como cuando no sabe exactamente qué me pasa por la mente, y eso la pone un poco nerviosa.
-Entonces, ¿nos vamos ya? –pregunta tendiéndome su mano para que se la coja-. ¿O quieres ver algo más, bebé?
En realidad no me ha dado tiempo a ver casi nada de la tienda. Solo he podido echarle un vistazo superficial a los peluches, aunque hay algo que sí me interesa ver. Y mucho.
-Mami –empiezo tímidamente. Ella me sonríe de manera tierna, invitándome a seguir-. ¿Podemos ver las cunas? –y hago un chupeteo.
Para mi sorpresa, Mami no pone objeciones.
-Claro que sí, cielo –mira su reloj de muñeca-. Aunque no podemos demorarlo mucho, que luego tenemos que salir a pedir caramelos.
-Vale –respondo entusiasmado.
Agarro su mano y tiro de ella para irnos corriendo a la sección de cunas, pero Mami no se mueve del sitio.
-Pero no te voy a comprar ninguna, eh –añade riendo.
Las cunas son muy bonitas y de todo tipo, todas son más grandes que las que usaría un bebé. Hay cunas con barrotes rectangulares de madera pintados de azul clarito, cunas con barrotes redondos de plástico pintados de rosa bebé como uno de mis pijamitas, cunas con una telita casi trasparente a modo de cortina en el cabezal, cunas con móviles que giran sobre ellas, cunas blancas de barrotes blancos que se mecen, cunas que no se mecen…
De la mano de Mami, las contemplo todas, resignado, pues nunca dormiré en una. Ojalá tuviera algún recuerdo de cuando era pequeño y dormía en cuna, pero por mucho que intento hacer memoria, no consigo recordar nada. Y eso es lo que más tristeza me provoca.
No hay peor tristeza que no recordar los momentos en los que has sido feliz. Mis primeros recuerdos son ya viviendo con mi padre.
Eso es de verdad lo que más triste me pone en el mundo.
Mi primer recuerdo feliz es de una vez, cuando vivíamos con tía Gayle, que Mami y yo teníamos la casa para nosotros solos. Pero en lugar de estar en el salón o en el comedor, nos quedamos toda la tarde en nuestra habitación, acurrucados en la cama el uno al lado del otro. No estábamos viendo ninguna película, ni leyendo, ni haciendo nada. Simplemente estábamos los dos ahí, abrazos en silencio. Disfrutando de la compañía del otro sin decir nada.
Y quiero que ese sea mi primer recuerdo, pero es imposible. Hay mucha mierda antes que no consigo que se me vaya de la cabeza.
Elia me dice que eso está bien, que no olvidar los malos tiempos hace que se disfruten más los buenos.
Mami me contempla mirar las cunas en silencio mientras muevo mi chupete, pensativo.
-Ay, bebé, ¿qué te está pasando por esa cabecita tuya?
-Nada –contesto tras una pequeña pausita mientras miro un móvil como el que tenía reposar sobre el cabezal de una cuna azul-. Ya podemos irnos.


*****


En la habitación de Mami, me miro en el espejo del reverso de la puerta del armario y pongo cara de malo. Abro mucho la boquita, imaginándome que tengo unos colmillos inmensos y exhalo. Levanto a la vez las manitas y hago como si fuera a agarrar a alguien. Llevo puesto mi disfraz de diablo. Es un mono de color rojo con una capucha de la que sobresalen dos cuernecitos. Si lo llego a saber lo habría usado para disfrazarme de Daredevil. El mono es muy ajustado y se pega completamente a mi cuerno, haciendo que el pañal abulte muchísimo. Es muy gracioso ver mi cuerpecito menudo todo de rojo y a la altura de la cintura un bulto enorme que me sobre sale por delante y por detrás, manteniendo el pañal más presionado si cabe a mi cuerpo.
Me palpo el pañal y me doy cuenta que si te fijas bien se puede apreciar hasta el milimétrico volumen de las cintas adhesivas que lo sujetan.
Es tan evidente que llevo puesto un pañal que me pongo un poco inquieto. Una cosa es ir con pantaloncitos que hacen que el pañal se note algo y otra es ir con un traje que usaría el mismísimo Spiderman. Solo que en vez de marcar músculos, marca un pañal. En cuanto salga a la calle, todo el mundo va a ver que traigo puesto un pañal.
Mami entra en la habitación. Al principio me susto un poco. Tiene pintada la cara de verde y lleva una prótesis de una enorme nariz con una fea verruga. Se ha puesto una peluca de un pelo gris ralo debajo de un sombrero puntiagudo con la punta torcida y lleva un vestido negro que le cae hasta los tobillos.
-¿Qué tal? –me pregunta abriendo los brazos.
-Genial, Mami –respondo-. Das mucho miedito ji, ji, ji.
-Mi bebé también está muy aterrador –dice viniendo hacia mí y apretándome los mofletitos-. El diablito con su pañalito.
-Ji, ji, ji, ji –río de nuevo infantilmente.
-Ahora vamos a ponerte tu antifaz para que nadie te reconozca, como a un superhéroe –Mami va hasta la cama y coge el antifaz rojo que ha comprado Elia; me lo pega a la cara y pasa la goma por la nuca-. Ale, ya está.
Me miro en el espejo. Aun con la capucha y el antifaz se aprecian todavía bastantes de mis rasgos faciales.
-¿Tú crees que la gente me reconocerá? –le pregunto inquieto a Mami pensando en el pañal que sobresale de mi cuerpecito.
Mami me mira pensativa.
-Ummm… ¡Tengo una idea!
Va hacia la cama y regresa con mi chupete, que yo había dejado para empezar  a hacer muecas terroríficas delante del espejo. Abro la boca y Mami me lo introduce
-Ya está. Mírate en el espejo.
Al hacerlo puedo comprobar que con el chupete tapándome la boca, las únicas partes de mi cara que quedan visibles son la punta de la nariz y las mejillas. Ahora sí que nadie me reconocerá. Todos se preguntarán quién es ese niño que va todavía con chupete y pañal pero nadie lo sabrá.
¡A lo mejor sí que voy como un superhéroe!
-Podemos decir que voy de diablo-bebé –digo-. Mucha gente se disfraz en Halloween de bebé.
-¡Y yo de la madre del diablo-bebé, porque soy una bruja! –dice Mami siguiéndome la corriente.
-¡SÍII! –exclamo contento.
Bajamos al recibidor y cogemos nuestros efectos personales. Mami su escoba y yo mi tridente de demonio. Cogemos también nuestras cestas con forma de calabaza y salimos a la calle, de donde nos llegaban ruidos de gente pidiendo caramelos y llamando a timbres.
-Lo que sí no me llevo son pañales, Robin –me dice Mami antes de salir-. Te cambio al volver a casa.
Asiento. Era algo con lo que contaba. No pensaba que Mami me fuera a cambiar en el banco de un parque, y más aun llevando el mono, que se cierra con una cremallera por la espalda.
En la calle, vemos a niños disfrazados correr de una casa a otra, tocando el timbre y pidiendo caramelos. Otros niños mayores pasan en bicicleta, encapuchados y llevando máscaras bastante grotescas. En las bolsas de plástico que llevas colgadas del manillar se atisban huevos y sprays de pintura. Son niños que como mucho tienen dos años más que yo. Cuando pasan, me pego más a Mami y le cojo la mano. Ella me devuelve el apretón muy fuerte.
Miro a Mami y también está irreconocible. Con la cara pintada, la nariz postiza y la peluca nadie podrá reconocerla, al igual que a mí. Hoy somos dos extraños en nuestro barrio. Y eso me ha permitido poder salir de casa tal como soy. Con pañal y chupete.
Me encanta Halloween.
Veo también a niños más pequeños que yo que van con sus padres pidiendo caramelos. Algunos tienen 7 u 8 y van en pandilla con un adulto, otros van solo con sus padres y hay otros grupos de niños más pequeños en los que va también algún carricoche.
-¿Hacia dónde quieres ir, bebé? –pregunta Mami-. ¿Derecha o izquierda?
Yo miro a ambos lados de la calle. Hay uno en el que parece que hay menos gente.
-Derecha –contesto.
Y Mami y yo empezamos a andar cogidos de la mano. Vemos a algunos vecinos y rostros conocidos. Sobre todo los de los adultos que no van disfrazados. Ninguno de ellos reconoce a  Mami y eso me da valor. Me relajo un poco y empiezo a disfrutar de Halloween, ya que parece que no se van a dar cuenta de que el niño disfrazado de diablo y que lleva un chupete y un pañal es su vecino Robin Starkley.
Seguimos andando y mi pañal sigue sonando con cada uno de los pasos que doy, pero estamos en espacio abierto y hay mucho ruido así que solo Mami y yo lo oímos.
-Vamos a tener que llamar a alguna puerta en algún momento, Robin –me dice Mami al cabo de un rato de deambular en silencio.
-Pero es que no sé a cuál… -contesto yo, que de repente me he puesto muy nervioso.
Soy muy vergonzoso y me da mucho pudor llamar a los timbres. Cuando salía con mis amigos, siempre eran ellos quienes lo hacían.
-A la que tú quieras –me anima.
-Pero a una que conocemos, no –le digo.
-Está bien. ¿Qué te parece esa? –dice Mami señalando con la cabeza una casa de la calle.
Tiene luz encendida y el jardín está decorado con calabazas y cruces de madera, simulando un cementerio.
-Vale –contesto aún algo cohibido.
Llegamos a la casa, y antes de que estuviese preparado, Mami llama al timbre. Asustado, me llevo una mano al pañal, pero noto pipí salir. Al poco, la puerta se abre y una señora de mediana edad nos mira con una sonrisa, pero a mí me da corte hablar. De repente vuelvo a sentirme humillado por tener 12 años y llevar un pañal en público.
-Venga, Robin –me dice Mami animadamente-. ¿Qué se dice?
-Truco o trato –consigo decir  muy flojito.
-Más fuerte, que así no asustas a nadie –me dice Mami, animándome con una palmadita en el hombro y mirando a la mujer, que nos sonríe con amabilidad.
-Truco o trato –repito un poco más fuerte.
-¡Venga, ven aquí! –me dice la mujer levantando una bolsa de chucherías.
Yo vacilo, pero Mami me empuja suavemente.
-Vamos, Robin, que te va a dar caramelos.
Mami me anima a ir dándome un palito en el pañal y yo ando torpemente hacia el umbral de la puerta, donde me espera la mujer.
Ando pomposamente a causa del pañal, tambaleándome a los lados y haciéndolo sonar con cada paso. Conforme me acerco a la puerta, más convencido estoy de que ha sido un error llevar un disfraz con el que se me notase tanto el pañal. Empiezo a chupar mi chupete muy rápido, y para cuando llego a la puerta, la mujer ya ha cogido un puñado de caramelos de la bolsa y los extiende hacia mí. Yo levanto mi cesta-calabaza y ella los introduce dentro.
-¿De qué vas disfrazado? –me pregunta amablemente.
-De bebé diablo –respondo flojito, sin mirarla.
-¿Qué se dice, Robin? –me pregunta Mami desde el jardín.
-Gracias –respondo flojito.
<<Sé que tengo que decir gracias, Mami, no soy tan bebé, pienso>>
-No hay de qué –me contesta la mujer. Y cuando me doy la vuelta y empiezo a alejarme grita-. ¡La próxima vez ponte el pañal por fuera del disfraz, así se notará más que eres un bebé diablo!
Yo me sonrojo y empiezo a andar más rápido (y más torpe) pero Mami se ríe.
-¿Qué te ha dado? –me pregunta cuando llego a su altura, y mira el interior de mi cesta-. Palitos de regaliz, chicles y lacasitos. No está mal.
Mami y yo seguimos pidiendo caramelos en algunas casas más. Pasado el susto de la primera vez, estoy más animado y tomo la iniciativa a la hora de llamar a timbres, pero sigo preocupado por ir con pañal en público.
Estamos rodeados de gente; pequeños grupos que se organizan para pedir caramelos. Grupos en los que hay niños con algún adulto, grupos de niños sin adultos, grupos en los que hay adultos y bebés…
Yo soy con diferencia el niño más mayor que hay pidiendo caramelos, y no digamos ya llevando pañales. Los demás niños en los que me he fijado que llevaban pañal iban en brazos de sus padres sus padres o en una silleta.
Mami me llevaba a mí de la mano y yo chupaba mi chupete algo deprisa.
-¿Vas bien, Robin? –me pregunta Mami algo preocupada.
Asiento con la cabeza, sin dejar de mover el chupete.
Y entonces, mientras tocábamos el timbre de una casa, pasó. Me hice pipí encima.
Lo sentí venir, pero demasiado tarde. Quizá inconscientemente porque llevaba un pañal, no hice esfuerzo de retenerlo. Así que el pipí empezó a salir y a mojarme el pañal.
Y entonces, mientras esperábamos a que nos abriesen la puerta, pasó otra cosa. Lejos de inquietarme por haberme hecho pipí, estaba tranquilo. No pasaba nada. Me había hecho pipí pero llevaba un pañal. Podía seguir pidiendo caramelos que el pañal me había protegido. Todo estaba bien.
Anduve con mi pañal mojado hasta el porche de la casa donde una mujer algo estirada me dio unos pocos caramelos y regresé hasta Mami.
-Me he hecho pipí –le dije.
-Oh, vaya… ¿Regresamos a casa? ¿Quieres que te cambie?
Tras pensármelo un segundo, contesté:
-No.
Y cuando seguimos andando, ya no me fijo en si alguien se me queda mirando el pañal o el chupete y me preocupo únicamente de pasármelo bien. Al fin y al cabo, esto es Halloween.
Mis amigos están en una fiesta; seguro que alguno besando a alguna chica y otros probando el alcohol por primera vez. Bebiendo y bailando. Todos rodeados de personas de su misma edad y pasándoselo bien.
Y yo estoy pidiendo caramelos de la mano de Mami, llevando un chupete y un pañal que no me deja cerrar las piernas. Y me lo estoy pasando bien.
Me comporto  como cuando estoy en casa y soy un bebé: hablando con vocecita infantil y andando torpemente. Y Mami igual.
No quiero decir que ande como si llevase un pañal, pero sí me habla también con la voz infantil que guarda solo para mí y me hace muchos mimos; palmaditas en el pañal, besos en la cabeza, tironcitos del asa del chupete...  A mí no me importa. Me sentía yo. Simplemente. Es un paso muy grande pasar de ser un bebé dentro de tu casa serlo fuera, pero desde que salí del sótano de Ronald con pañal y chupete, mi vida había cambiado drásticamente.
Mami también lo estaba pasando muy bien. Podía notarlo (el vínculo ese entre madre e hijo del que os hablaba antes). Mami me seguía animando a tocar timbres y no dejaba de proponer continuamente nuevas casas a las que llamar. Le pidió incluso a un hombre que iba disfrazado de Thanos y llevaba a su hija pequeña de Gamora en brazos que nos hiciese una foto. Y Mami me cogió en peso. Allí, delante de todo el mundo. Mi pañal hizo ruido y se notó aún más, pero no nos importó a ninguno. Ni siquiera al hombre que hizo la foto, que tuvo que repetirla varias veces hasta que quedó perfecta, como Mami quería.


*****


Cuando llegamos a casa, Mami deja su escoba, mi tridente y la cesta de chuches en la entrada y me lleva en brazos a mi habitación.
-Vamos a cambiarte ese pañalito.
Mami me tumba bocabajo en la cama y me abre la cremallera de la espalda, me saca los brazos de las mangas del disfraz y me lo baja hasta la cintura, me da la vuelta como si yo fuese un muñeco de paja y me quita el disfraz por completo, tirando de él hacia abajo.
Me quedo solo con el pañal y el chupete, y rio infantilmente. Mami me hace una carantoña en la barriga antes de empezar a cambiarme.
Me despega las cintas del pañal y lo abre, luego tira de mis piernas hacia arriba y lo extrae del todo. Después empieza a limpiarme; todo esto vestida todavía de bruja. Y yo la veo ahí, cambiándome el pañal con su cara verde, su gran nariz con su fea verruga y me río.
-¡Mami es una brujita! –le digo señalándola y riéndome con mi chupete.
-¡Una bruja que te va a comer! –exclama, y empieza morderme un piececito.
Me hace muchas cosquillas así que me río tontamente y el chupete se me cae.
-¡Para, Mami! ¡Ji, ji, ji! ¡¡PARA!! ¡JI, JI, JI!
-¡Ñan, ñan, ñan! –dice ella sin parar de morderme.
Yo no puedo parar de reírme. Pataleo a los lados y agito los bracitos al aire.
-¡Voy a comerte como la bruja de Hansel y Gretel que se comía a los niños que comían muchas chuches! ¡Ñaaaaaaan!
-¡¡¡PARA!!! ¡¡¡JIJIJI!!! ¡ME VOY A HACER PIPI! ¡¡EN SERIO!! ¡¡ JI, JI, JI!!
Mami cesa en su intento de devorar mi pie y termina el cambio de pañal. Coge uno nuevo del armario y lo despliega, me levanta las piernecitas y lo pasa por el culete. Yo vuelvo a ponerme le chupete en la boca y lo muevo, relajado, sintiéndome más seguro por llevar de nuevo un pañal, pues el pipí había estado a punto de escapárseme durante las cosquillas de Mami.
Mami…
Me encanta cuando Mami me cambia el pañal…
Me lo pasa por la entrepierna, me lo pega al cuerpo, y tras ajustármelo, me lo sujeta fuertemente pegando las dos cintas adhesivas sobre los conejitos y las tres primeras letras del alfabeto.
Bebé cambiado.
-Bebé cambiado –dice, y me da un beso en la tripita.
Yo me río con mi risita de bebé y estiro los brazos para que me coja.
-Voy a desmaquillarme primero, Robin –Mami vuelve a besarme en la barrigota-. Luego te doy el bibe y te acuesto.
Mami me pone el pijama antes de salir y me deja sobre la cama, poniendo a Wile a mi lado. Yo abrazo a mi compañero de pañales y le doy un beso sin quitarme el chupete.
Soy un bebé taaaan feliz…


*****


Mami regresa al cabo de unos minutos. Lleva mi biberón calentito en una mano y la cara ya no está verde, sino que ha vuelto a su color natural. Sin embrago, su expresión también ha cambiado: donde antes había alegría y ternura, ahora se denota una profunda tristeza. Tiene los ojos llorosos y la sonrisa ha desparecido.
Yo me incorporo en la cama nada más verla entrar.
-¿Qué pasa, Mami? –le pregunto asustado, moviendo mi chupete inquieto.
-Tengo que decirte algo. Se trata de tu padre.
Y de repente, Halloween vuelve a dar mucho miedo.

9 de septiembre de 2019

Tony returns

Sorpresa! No estoy muerto! :D

Es un placer estar de nuevo por estos lares y poder dirigirme a todos vosotros y vosotras. El motivo de mi desaparición ha sido otro que... Bueno, la verdad es que han sido varios motivos los que me han tenido ocupado desde Febrero y me hacían (casi) imposible escribir. Procedo a enumerarlos:

1. Trabajo en una academia de inglés
2. Mudanza a Valencia
3. Trabajo en una tienda de ropa
4. Mudanza a Madrid
5. Máster en Comunicación

Bueno, pues eso. Una sucesión de afortunados y desafortunados eventos, que diría Lemony Snicket, que hacían que me costase la vida escribir, y mucho menos al nivel de capítulo por semana. La verdad es que ha sido un palizón y dudo mucho que vuelva a llevar ese ritmo. Prefiero mil veces antes tomarme mi tiempo y ofreceros algo de calidad (o al menos intentarlo).

Que me lío, que en esta nueva temporada continuaremos con la historia Los 2 Mundos de Robin Starkley. Muy pronto. Aún no puedo decir fecha, pero casi seguro que en Octubre.

Otra cosa. La suelto por aquí, y ya la iré desarrollando más adelante. Voy a hacer un podcast AB/DL!! Sí, como lo oís. Muy pronto podréis escuchar mi voz. Os hablaré en esos programas de un montón de cosas. Estoy deseando empezar^^

Y por supuesto compaginaré mi labor de presentador y director con la de fallido escritor online hahaha

Un abrazo a todos! Gracias por la paciencia! SOIS LOS MEJORES!

Se os quiere^^

Con una sonrisa detrás de mi chupete,
Tony P.

23 de abril de 2019

Los 2 Mundos de Robin Starkley - Capítulo 19: ¿Pero vosotros sabíais que llevaba un pañal?

Hola, hola!

Gracias por vuestra paciencia^^

Normalmente no me gusta lanzar un mensaje antes de los capítulos porque quiero que la entrada sea únicamente dicho capítulo haha Pero quiero asegurarme de que este comunicado lo leéis todos porque es muy importante.

Veréis, Los 2 Mundos de Robin Starkley acabará en el capítulo 22... ¡Pero! Pero que nadie se asuste. Iba a ser una historia más larga y quería haber llegado hasta los 25 capítulos y darle un final apoteósico, o al menos intentarlo jeje El problema es que la historia se me ha alargado y me va a ser imposible darle ese final en 3 capítulos, de modo que he decidido cortar por lo sano en el capítulo 22, veréis que tendrá un final muy abrupto estilo ¿Ya? ¿Termina así?

Pues no, no termina así :)

LOS 2 MUNDOS DE ROBIN STARKLEY TENDRÁ SEGUNDA PARTE!!!

Será publicada la temporada que viene^^

Esta temporada me he estado dejando la piel para subiros un capítulo nuevo cada semana, espero con todo mi corazón que lo hayáis apreciado y os haya gustado.

Pero aún nos quedan 4 capítulos eh!!!

Sin más, aquí os lo dejo.

Disfrutadlo :)





Los 2 Mundos de Robin Starkley
Capítulo 19: ¿Pero vosotros sabíais que llevaba un pañal?


Me despierto cuando la puerta de casa se cierra de un portazo. Es por la mañana y Elia debe de haberse ido a coger el autobús para la universidad. Seguro que ha dado ese portazo porque le habrá vuelto a pedir a Mami por enésima vez que le compre una moto. Si Elia acaba de irse, eso solo puede significar que a mí me queda muy poco para levantarme. Efectivamente, oigo los pasos de Mami dirigirse hasta mi cuarto para despertarme. Sus pasos se detienen frente a la puerta y esta se abre delicadamente. La figura de Mami cruza la estancia sumida en la oscuridad hasta llegar a la ventana. Mami tira de la correa y sube un poco la persiana, dejando que en mi habitación entre la suficiente luz como para no tener que encender la lamparita.
Odio la luz matinal. Es fría y gris, y rompe el cobijo de oscuridad, sabanas y calorcito. Es como una señal anunciadora que me advierte que hay un mundo real ahí fuera y tengo que romper mi muro de pañales, chupetes y peluches.
Tras subir ligeramente la persiana, Mami me dirige una mirada tierna, esperando encontrarme aún dormido, abrazado a mi peluche y chupando mi chupete al compás de la respiración, como en una foto mía que lleva en su cartera y que yo siempre le escondo detrás de todas las demás.
-¡Anda, bebé, si ya estás despierto! –exclama con sorpresa, y viene hacia mí-. ¿Cómo has dormido? –me pregunta sentándose en el borde de la cama y pasándome una mano por el pelo.
-Bien –contesto con el chupete puesto.
Mami me sonríe risueñamente y da unas palmaditas sobre las sábanas, justo donde sabe que debajo está el pañal. A Mami le gusta sentir de primera mano, nunca mejor dicho, que su bebé está protegido en todo instante por el pañal, y que este ha hecho su trabajo, evitando que me moje de pipí mientras estoy durmiendo y permitiendo que pueda dormir plácidamente.
-Voy a traerte el biberón y enseguida te cambio –me dice tras darme un beso de buenos días en la mejilla-. Ve espabilándote, cielo –se levanta y sale de la habitación.
Me desperezo y agito mis puñitos. Muevo mis piernecitas también hacia arriba y aparto totalmente las sábanas con el movimiento, quedándome totalmente descubierto. Me llevo también una mano a la parte delantera del pañal al mismo sitio en el que la había puesto Mami momentos antes. Está hinchado, tengo pipí. Me pongo de costado y me llevo la mano al culete. No se nota ningún bulto, así que no tengo caca.
Ayer por la noche tuve la sensación de que Mami me estaba cambiando el pañal porque me había hecho caca, pero estaba medio dormido y no sé si se trataba de un sueño. El sábado pasé uno de los peores días de mi vida; mis amigos descubrieron que soy un bebé, pero aunque en un principio eso había supuesto un shock traumático, poco después comprendí que ese era mi verdadero yo. Sin embargo, dentro de muy poquito tiempo tendría que encontrarme con ellos en el colegio, y esa perspectiva sí me ponía muy nervioso.
Mami apareció en mi cuarto trayendo consigo el biberón y me lo dio para que me lo tomase mientras ella me cambiaba el pañal. Yo me lleve la tetina a los labios y empecé a chuparla mientras ella se inclinaba y empezaba con todo el proceso del cambio.
-Mami, ¿puedo hacerte una pregunta? –le dije mientras chupaba el bibe y ella me desabrochaba los botoncitos de la solapa del culete.
-Claro, cielo.
-Es que… -empecé inquieto.
-¿Qué te sucede? –Mami levantó la mirada del pañal que había dejado al descubierto y me miró con gesto de preocupación.
-Me da un poquito de vergüenza –dije sintiéndome enrojecer las mejillas y sacándome la tetina de la bica, con lo que unas gotitas de leche se derramaron por la comisura de los labios.
-¿A estas alturas tenemos vergüenza? –me preguntó sonriendo mientras me quitaba el pañal-. ¿Qué te pasa? Y tómate el bibe que no vamos muy bien de tiempo –añadió.
Yo me llevé de nuevo el biberón a la boca y ella se inclinó para limpiarme.
-Es que… Bueno… -continué tomándome el biberón, con lo que mi voz sonó taponada, entre chupeteo y chupeteo-. Ayer por la noche… Chup… Me pasó algo… Chup… Y no sé… Chup… Si lo soñé… Chup...
Mami levantó la cabeza y arqueó una ceja, mirándome con extrañeza.
-Bueno… Chup… lo que te quería… Chup… Preguntar… Es… Chup… simehicecacaencima –terminé muy deprisa sacándome de nuevo la tetina de la boca. Me la volví a meter nada más acabar la frase.
Mami inclinó la cabeza para continuar limpiándome mientras suspiraba.
-Vamos a ver… -dijo muy flojito, eligiendo cuidadosamente las palabras-. Pasaste un día horrible… No lo tengas en cuenta…
-¿Pero me hice caca?
Mami suspiró un poquito de nuevo, por la nariz.
-Quiero que sepas, Robin… Que no te lo echo en cara para nada ni…
-¿Pero me la hice o no?
-Sí –contestó incorporándose-. Te hiciste un poquito de caquita.
Volví a meterme el biberón en la boca y empecé a chuparlo más rápido, como si fuese mi chupete.
-No tan deprisa, Robin, a ver si te va a sentar mal –contestó Mami volviéndose hacia mí.
Me había hecho caca encima durmiendo, sin darme cuenta.
-Yo no le daría importancia –dijo pasándome una mano por la barriga y haciéndome una carantoña-. Tuviste un mal día –repitió.
Me terminé el biberón enseguida y se lo tendí a Mami, que lo cogió y me dio un besito en la frente.
-Muy bien, bebé. ¿Estás mejor? –asentí, aunque no lo estaba para nada. Mami me dio otro beso-. No te preocupes, cielo. Llevabas un pañalito, no pasó nada –contestó sosteniendo el que acababa de quitarme, ahora hecho una bola-. Toma –me lo lanzó y lo atrapé en el aire, justo cuando iba a darme en la cara-. Ve y tíralo a la basura y luego vístete.
Odio despertarme los días de semana.


*****


En el trayecto hacia el cole, procuro no pensar en lo que voy a encontrarme. Hoy veo a mis amigos por primera vez después mostrarme ante ellos tal como soy en realidad. No había tenido noticias de ellos después de abandonar la casa de Ronald en brazos de Mami, con un pañal mojado y chupando un chupete. Ni un mensaje al móvil ni llamadas por Skype ni nada. Suponía que Joseph, Ronald y Eddy ya se lo habrían dicho a los demás, y a estas alturas todo el mundo sabría ya que Robin Starkley es un bebé que aún lleva pañales, usa chupete y llama llorando a su Mami cuando se hace pipí encima.
Me puse muy inquieto y me agarré el pene, como si así pudiese impedir que se me saliese el pipí. Antes de salir de casa me había plantado delante del váter para forzarme a hacer pipí y vaciar mi vejiga, de cara a evitar un posible accidente en el cole, pero no cayó ni una gota.
Llegamos a la puerta del colegio antes de lo que hubiese gustado, y no me hubiese gustado llegar nunca. Miro con nerviosismo las rejas verdes de la puerta y al barullo de niños entrando en ellas. Niños todos más pequeños que yo, porque ya estoy en último curso. Niños que a pesar de ser más pequeños que yo (algunos bastante, pues también hay Parvulario) no se hacen pipí encima. Quizás alguno de párvulos sí, pero solo de noche, y a esas edades aún es normal. Pero seguro que ninguno de ellos quiere llevar pañales y ser un bebé. Seguro que ninguno quiere estar entre los brazos de su Mami chupando un chupete. Y eso es lo que me hace diferente.
Quizá algún párvulo aún moje la cama, pero yo soy el único que prefiere llevar pañales a no llevarlos.
Dios, me estoy comparando con los párvulos…
Y creo que aun así salgo perdiendo.
No digamos ya enfrentarme a niños de mi edad.
-No quiero salir –le digo a Mami agachando la cabeza, avergonzado.
Ella me pone una mano en la mejilla.
-Vamos, Robin…
-No quiero –repito-. Se van a reír de mí. Todos se van a reír de mí.
-Son tus amigos…
-Eso da igual… Saben que soy un bebé y se van a meter conmigo… Van a dejar de ser mis amigos…
-No digas eso, cielo… Seguro que no. Ya verás. A Ronald lo conoces desde los 6 años. A los dos os han puesto pañales juntos.
-Pero tú lo has dicho, teníamos 6 años.
Mami se queda en silencio. Al poco suspira y apaga el motor del coche.
-Escucha, cielo. Mírame –levanto la cabeza-. ¿Qué quieres que te diga? ¿Qué todo va a ir bien? No puedo decirte eso. Porque no lo sé. Posiblemente ahora vengan tiempos duros. Como dicen en la serie esa que le gusta a tu hermana: se acerca el invierno. No sé cómo van a reaccionar tus amigos. Posiblemente aún lo estén procesando. No es nada fácil asimilar que su mejor amigo aún lleva pañales. Eso también lo sabes tú –hace una pausa-. Dales tiempo. Sois amigos y una tontería como que lleves pañales y uses chupete no va a acabar con vuestra amistad. No vas a obligarles a que te cambien ni a darte el biberón, ¿qué más les da entonces? En tu casa puedes hacer lo que quieras. Tú sigues siendo el mismo.
>>Si se meten contigo o te hacen burla por llevar pañales, si quieren dejar de ser tus amigos por eso, es que nunca han sido tus amigos.
-¿Entonces qué hago? ¿Me quedo sin amigos? ¿Solo?
-Tu hermana y yo siempre vamos a estar ahí. Y siempre puedes hacer amigos nuevos. Hay más niños que chinos.
Yo sonrío un poquito.
-¡Una sonrisa por fin! –exclama Mami-. No te veía sonreír desde antes de dejarte en casa de Ronald. Era mucho tiempo ya sin ver sonreír a mi bebé –me revuelve el pelo.
Yo me lanzo hacia ella y la abrazo muy fuerte.
Mi Mami.
¿Qué haría yo sin ella?
-De todas formas, estamos adelantando acontecimientos –dice ella mientras seguimos abrazados. Me separo lentamente-. Quizá tus amigos no le han dado importancia y todo es como siempre.
-Ojalá –respondo.
-Ay, mi bebé. Dame otro achuchón.
Yo la abrazo de nuevo.
Hace solo unas semanas, estoy que estoy haciendo sería impensable. Abrazar a Mami delante del colegio. Ahora me da igual que puedan verme. Soy su bebé y no me da vergüenza mostrarle mi afecto en sitios públicos. Me da igual lo que puedan pensar los demás.
-Venga, cielo –dice Mami flojito-. Tienes que bajarte ya o llegarás tarde.
-Un poquito más –digo con la cara aplastada contra su pecho.
Mami ríe ligeramente.
-Luego en la casa te dejo darme todos los achuchones que quieras. Llevando tu chupetito y tu pañal –añade dándome una palmadita en el culete.
-¿Sí, Mami?
-Claro, porque mi bebecito no puede ir sin su pañal –yo río de forma infantil-. Pero ahora mi bebé tiene ser un niño grande y entrar en el cole con los demás niños, que luego en su casita podrá ir con su pañalito.
-Ji, ji, ji.
-Que su Mami se lo va a poner –dice dándome de nuevo una palmadita en el culete.
Finalmente me separo de Mami tras darle un largo beso en la mejilla y abro la puerta del copiloto para bajarme del coche. Me cuelgo la mochila con la perspectiva de que cuando salga del colegio, podré ser de nuevo un bebé y ya estoy más animado. Me bajo del coche y cierro la puerta, y nada más darle la espalda al coche, oigo como se baja la ventanilla. Me giro.
-Una última cosa, Robin –me dice Mami desde dentro-. No reprimas nunca tu sonrisa que el mundo se merece verla.


*****


Recorro el patio sintiendo que ya todos saben que llevo pañales. Pero es imposible. ni siquiera un rumor tan jugoso puede extenderse tan rápido.
Un rumor.
Sigue soñando, Starkley.
Cada vez que veo a un grupo cuchicheando, pongo la oreja para intentar captar algo de la conversación. Pero de momento todas giran en torno a fútbol, videojuegos y youtubers.
Me encamino hacia las escaleras en las que siempre quedo con mis amigos, sin saber muy bien lo que me voy a encontrar. Cuando las diviso a lo lejos, me da la sensación de que están todos: Ronald, Joseph, Eddy, Miles, Johnny, César, Eugene. Todos. Están todos apiñados en torno a Joseph y Ronald, y eso no puede significar nada bueno.
Efectivamente, conforme me voy acercando, la conversación se hace más inteligible.
-… Y se lanzó al cuello de su madre, llorando como un bebé –es Ronald.
-Por lo que habéis contado, es que es un bebé –César.
-Totalmente –Johnny, creo.
-Empezó –Joseph adopta un tono muy agudo-. ¡Mamiii, me he hecho pipí en el pañaaaal! –.
Me freno en seco.
Me pongo rojo.
Agacho la cabeza.
Se me salen las lágrimas.
En ese orden.
Estoy parado en medio del patio. No quiero seguir escuchando esa conversación, pero al mismo tiempo quiero enterarme de lo que les cuentan Joseph, Ronald y Eddy y de la reacción del resto. De modo que me quedo allí de pie, mirando al suelo y apretando fuertemente las asas de la mochila para contener mi rabia, sintiendo como los pedazos rotos de mi antaño mundo se resquebrajan aún más.
Mis amigos ríen. Entre sorprendidos y mofándose. Conozco sus risas. Los conozco demasiado tiempo.
O creía conocerlos
-¿¿¿En serio??? –la voz de Eugene suena divertida, como si le estuvieran contando el mejor chiste que ha oído en su vida.
-¡No me lo puedo creer! –este es Johnny-. ¿Pero vosotros sabíais que llevaba un pañal?
-A ver, se le notaba un bulto debajo del pijama ese –dice Joseph-, pero no estábamos seguros de que fuese un pañal.
-¿Incluso después de que se meara encima? –inquiere César.
-Joder, es que no nos lo esperábamos para nada. Es como si tú ahora coges y te meas encima. Imagínate como nos quedaríamos los demás –le contesta Joseph.
-Ya, ya, tiene sentido. Pero es que… ¡Joder! –exclama César-. ¿Qué pasó después?
-Bueno, y todo esto llevando un chupete –apunta Ronald.
-¿¿¿No jodas??? –Miles interviene por primera vez-. ¿¿Un chupete también?? –y suelta un resoplido burlón-. Madre mía…
Levanto la cabeza para contemplar a mis amigos mofarse de mí y hundirme más en la miseria. No sé qué sentir.
Rabia.
Dolor.
Traición.
Humillación.
El ser más miserable del mundo.
Así me siento.
Miro a mi grupo de amigo fijamente, y a pesar de sentir todo eso, soy incapaz de expresar algo con mi cara.
Simplemente los miro fijamente.
-Subió del sótano llevando ya el pijama ese de bebés y el chupete en la boca –sigue Ronald.
Miles, César, Eugene y Ronald se parten.
-Es que es algo que no te esperas nunca –dice Johnny-. O sea, que uno de tus amigos sea un bebé…
-Calla coño, que quiero saber cómo termina esto –le dice César-. Sigue, Ronald.
-No mucho más –continúa mi amigo-. Su madre subió con mis padres después de limpiar el charco de pipí –más risas- y Robin se lanzó hacia ella, le dijo que tenía pipí en el pañal –se ríen más fuerte-. Bajad las risas, joder –les dice Ronald preocupado-. Tampoco es cuestión de que se entere todo el mundo.
-¡Pero es que es buenísimo! –dice Miles limpiándose las lágrimas de risa con el dorso de la mano-. ¡Robin lleva pañales y chupete!
-¡Que bajes la voz, capullo!
-Vale, vale. Tranquilízate un poco –César le da unas palmadas en el hombro a Miles-. ¿Y luego qué?
Ronald se encoge de hombros.
-No mucho más… Bueno, sí –añade-. Su madre se lo llevó en brazos.
-¡¿¿Qué dices??! –exclama César-. ¿¿Cómo a un bebé??
-Totalmente como si fuera un bebé –dice Joseph. Más risas-. ¿Qué fue lo que dijo en brazos de su madre? –le pregunta  Ronald.
Mi amigo, mi mejor amigo, el que fue una vez mi compañero de pañales, dice con una sonrisa:
-Mami, por favor, cámbiame el pañal.
Y todos prorrumpen en una sonora carcajada. Todos menos Eddy, que no había participado en la conversación y que en ese momento se da cuenta de mi presencia. Pone un gesto de preocupación, me señala con un dedo y le da un codazo a Ronald, que es al que tiene más cerca.
-¡Tíos! –exclama.
Mis amigos paran de reír de golpe y me observan, sin saber qué decir.
Me miran como si no me hubiesen visto nunca en la vida. Como si fuese un extraño para ellos. Yo les aguanto la mirada un instante y echo a correr.
Me dirijo hasta nuestra clase. Aún no ha sonado el timbre así que allí no debe haber nadie. Ocupo mi sitio, el pupitre contiguo al de Ronald y me meto en la boca un trozo de la parte de debajo de mi camiseta.
Necesito chupar algo y no tengo el chupete.
Chupar la camiseta no me consuela absolutamente nada pero necesito chupar algo.
Es como el cojín del sofá del sótano de Ronald, solo que al menos esta vez no estoy mojado.
Me chupo la camiseta y miro al vacío, sintiéndome totalmente fuera de lugar.
Ahora este no es mi sitio. Me siento un extraño.
No es el mundo al que pertenezco.
Aquí ya ni tengo amigos.
Suena el timbre y me saco inmediatamente la camiseta de la boca. Lo único que me falta ya es que me vean chupándome la camiseta. La parte que estaba dentro de mi boca está ahora mojada y arrugada. Intento plancharla un poco pasándole la palma de la mano, pero no lo consigo. Afortunadamente, es la parte de abajo, así que no se nota mucho.
Me siento incluso peor que antes de chuparla.
Mis compañeros de clase empiezan a  entrar dispersamente en el aula. La mayoría me ignoran, aún no saben que soy un bebé. Me calmo un poco y empiezo a sacar mi libro de Matemáticas, el estuche y el cuaderno. Mis amigos entran en grupo todos a la vez, pegando muchas menos voces que de costumbre. Cada uno va a sentarse en su sitio. Yo procuro no mirarlos, agacho la cabeza y finjo que escribo en la libreta, pero solo garabateo líneas sobre los renglones. No estoy preparado para que Ronald se siente a mi lado y pasar tres horas de clase el uno al lado del otro, sin dirigirnos la palabra. Sabiendo los dos que yo soy un bebé, que llevo pañales y uso chupete.
Me siento enrojecer, pero afortunadamente, Ronald pasa de mí y va a sentarse en un pupitre que ha quedado libre al lado de Miles y Eugene.
Estoy solo.


*****


Durante el recreo, también estoy solo. Mis amigos han ido a jugar al futbol sin preguntarme si quería ir con ellos; solo Eddy me ha mirado fugazmente antes de irse con los demás. No me han dirigido la palabra en toda la mañana, han hecho como si no existiera. En los cambios de clase, cuando venía del baño de intentar hacer pipí, los oía hablar de Halloween varias veces. Es el sábado que viene y están haciendo planes para ir a una fiesta en la cochera de una chica bastante popular de la clase de lado. Hablaban las bebidas que iban a comprar, pasando de beber Fanta y Coca-Cola a comprar directamente alcohol. Hablaban de la que sería su primera fiesta con chicas, y que había algunas que les gustaban e iban a tirarle la caña, pero a mí no me incluían en esos planes. Nadie piensa en un bebé cuando va a ir a una fiesta en la que posiblemente de su primer beso.
De hecho, parecía que mis amigos se hubiesen olvidado de mí. De vez en cuando, me lanzaban alguna mirada de extrañeza, como si no supiesen muy bien si dirigirme la palabra, o no supiesen como hacerlo.
El estatus quo ha cambiado radicalmente para nosotros.
Sobre todo para mí.
Ya no soy su igual. Ahora soy un ser inferior.
Un bebé.
Pensé en dirigirles la palabra yo. De hecho, estando al lado de Ronald durante tres horas, soportando un infructuoso aburrimiento constante, pensé en decirle algo, lo que fuera. Qué coñazo, por ejemplo. Pero no me salían las palabras. Luego recordé sus mofas cuando le contaba a los demás todo lo que pasó el sábado y desechaba la idea.
Así que aquí estoy. Solo. Deambulando por el patio sin saber a dónde ir.
No les estoy pidiendo a mis amigos que me cambien el pañal, ni siquiera pensaba en llevar uno estando delante de ellos.
Solo les estoy pidiendo que me acepten tal como soy. En casa puedo ser un bebé, y fuer un niño de 12 años normal y corriente. Aunque no lo fuese. Aunque fingiese serlo. Para mí sería suficiente sabiendo que en el fondo me aceptan como soy. Llevaría con orgullo el peso de esa máscara y todo podría seguir como antes.
Pero no. Nada volverá a ser como antes y será mejor que me acostumbre.
Ahora eres un bebé, Robin. Tu sitio está entre pañales y chupetes. No aquí.
Aquí ya no.
No después de lo que he visto y oído esta mañana.
Sigo andando sin rumbo por el patio, comiéndome mi sándwich de mortadela mientras los demás me miran y se preguntan por qué no estoy con mi grupo de amigos.
Tras pasar tres veces por el mismo sitio, decido que tengo que buscarme algún lado al que ir.
Pero, ¿a dónde?
Aquí solo hay niños que nada tienen que ver conmigo. Aquí ninguno se hace pipí encima ni lleva pañales, ni… Y entonces caigo.
El Parvulario.
Es el sitio dentro de los muros del colegio más diferente al resto. Allí todavía hay niños a los que cuando sus padres vienen a buscar, les ponen el chupete en la boca. Lo he visto. Como hacía Mami conmigo. Me recogía del Parvulario y traía mi chupete en el bolso. Era otro colegio y otro barrio.
Y otra vida.
Pero Mami siempre venía a buscarme y traía con ella mi chupete. Y me lo ponía en la boca y nos íbamos de la mano a casa. Algunas personas ya le decían a Mami que yo era demasiado mayor para usar chupete, pero a ambos nos daba igual. Yo iba muy feliz con mi chupete por la calle. Cuando aún podía hacerlo y seguir conservando amigos, aunque en ese cole no tenía ninguno.
He tomado una decisión. Voy hasta el patio de párvulos. No voy a poder entrar (ni quiero hacerlo) pero no puedo seguir dando vueltas por mi patio o empezaré a llamar la atención. y lo último que me conviene es que los demás empiecen a preguntarles a mis amigos por qué no estoy con ellos.
¿Por qué los sigo llamando Mis amigos?
Atravieso los diferentes patios sin llamar la atención, pues a causa de mi estatura puedo pasar por un alumno de segundo curso perfectamente. Ahora llevo el pelo diferente a cuando tenía 7 años, más largo; así que no creo que mis antiguos profesores me reconozcan si me viesen, pero por si acaso camino deprisa, aunque no muy rápido para no llamar la atención, como vi en una antigua película de mafiosos que Elia me puso una vez.
Los patios del colegio están delimitados por zonas que nos separan a los alumnos por edades. Nosotros somos ya los alumnos más mayores así que estamos en el último patio de todos. El que nos precede es el de los alumnos de 8 y 9 años y el que precede a ese es el de los de 6 y 7. Y por último hay un patio separado por una pequeña valla que es el de los alumnos de Educación Infantil, los que tienen entre 3 y 5 años. Y es allí a donde me dirijo.
Al pasar por el patio de los niños de 6 años, veo el tobogán donde Ronald y yo juagábamos a El Rey León. Él se tumbaba arriba del todo y yo le agarraba de las muñecas desde las escaleras y le decía Larga vida al rey. Y él se dejaba caer hacia abajo imitando a Mufasa.
Era otra época. Éramos felices. Yo era más feliz desde luego de lo que soy ahora. Ese fue mi primer colegio de verdad. Al primero que fui tras abandonar a mi padre, recomendado por la madre de mi amigo, al empezar mi vida de verdad. En esa época a nadie (o casi nadie) le importaba que yo aún llevase pañales para dormir. Ronald también los llevaba. Era mi amigo de pañales, y ahora…
Llego hasta la valla que delimita el patio de los párvulos y me apoyo disimuladamente. Los veo a todos allí, jugando y correteando, tirándose por los toboganes, columpiándose… Muchos de ellos, los más pequeños, aún llevan pañal, se les nota debajo de los pantalones. Me doy cuenta de que los envidio; ellos pueden ir con su pañal sin que nadie les diga nada.
Yo en cambio, he perdido a todos mis amigos por llevarlos todavía. Me quedé en esa edad. Entre los 3 y los 5 años. Cuando se podía llevar pañales, usar chupete y tomar biberón sin que tus amigos te diesen la espalda. Ahora estoy solo.
Noto que se me empiezan a empañar los ojos y me limpio las lágrimas rápidamente con el puño de la camiseta, dejándome en la cara restos del sándwich.
-¿Qué te pasa?
Me giro súbitamente. Un niño de Parvulario me está mirando fijamente. Está justo detrás mía, en el patio de los niños de 6 años. Sé que es de párvulos porque va vestido con la ropa que les ponen cuando tienen que dar Educación Física.
-¿Qué haces aquí? –le pregunto con el corazón a punto de salirme por la garganta e intentando y limpiarme rápidamente de la cara las lágrimas y las migas de pan.
-Estaba observándote –me dice simplemente, sin dejar de mirarme fijamente.
-¿Cómo has salido?
-Hay un hueco al final de la valla –contesta encogiéndose de hombros.
-Pues vuélvete a tu patio, que aquí no puedes estar –le espeto, quizá un poco de mala manera.
-Tú tampoco puedes estar aquí –me recrimina sin apartar la vista de mí y sin mudar su expresión.
-Oye, niño… –le empiezo a decir, molesto, pero me interrumpe antes de que pueda continuar.
-¿Estabas llorando?
-¿Qué? ¡No! –contesto rápidamente y sorbiendo los mocos-. Claro que no.
-Llorar no tiene nada de malo. Yo lloro mucho.
-¿En serio? –le pregunto con indiferencia. El niño este me está empezando a poner muy nervioso. Es de los mayores de párvulos pero me habla como si fuese infinitamente más sabio que yo.
-Sí –contesta el niño si avergonzarse-. Y mi madre entonces me mima mucho y me pone mi chupete.
Yo siento mis mejillas enrojecer.
-Bien por ti –le respondo molesto y apartando la vista de él.
-¿Estabas mirándonos jugar? ¿Eres un pervertido de esos?
-¡¿Qué?! –respondo desconcertado-. No, claro que no.
El niño me echa una mirada evaluadora. Me doy cuenta de que lleva un pañal debajo de su pantalón. Debe ser de los pocos de último curso de Parvulario que aún lleva pañales.
-Entonces, ¿quieres venir a jugar?
Miro a los niños subirse por el tobogán y columpiarse.
-No. No puedo. Soy del patio de los mayores.
-¿Y qué?
-Pues que no puedo entrar en el patio de Parvulario. Además, si lo hiciera todos se reirían de mí.
<<¿Más?, pregunta una vocecilla dentro de mi cabeza.>>
El niño se vuelve a encoger de hombros.
-Como quieras. Pero a mí me daría igual que los demás se riesen de mí. Yo soy de los pocos en clase que todavía lleva pañales de día y no me importa. Me encanta que Mami me los ponga y me los cambie.
-Enhorabuena –le digo enfurruñado.
El niño se gira para irse, corriendo hasta el hueco de la valla para volver a su patio. Yo me doy cuenta de que he sido bastante grosero con él.
-¡Eh! –lo llamo a lo lejos. El niño se gira hacia mí-. Aprovecha ahora que eres pequeño y que nadie te puede decir nada por llevar pañales, que luego creces y todo eso se acaba.
-¡No lo creo! –contesta el niño-. He hecho un trato con El Duende de los Chupetes.
¿Con quién?
El timbre que señala el final del recreo está a punto de sonar. Como ya no podía seguir mirando a los párvulos jugar sin acabar llamando la atención me he venido a los baños del tercer piso. No los usa casi nadie y aquí puedo estar tranquilo y solo, alejado del resto de la gente.
Estoy de pie delante de la taza del váter más limpio que he podido encontrar, con el pene fuera intentando hacer pipí.  Tengo que intentar vaciar mi vejiga siempre que pueda.
De pronto, oigo unos pasos acercándose hacia aquí y cierro rápidamente la puerta de mi aseo. Me guardo el pene y me subo encima de la taza del váter, para que no se me vean las piernas por debajo de la puerta
La del baño se abre y entran Ronald y Joseph.
-¿Seguro que aquí podemos hablar tranquilamente –pregunta Joseph.
-Seguro –contesta Ronald-. Nadie viene nunca aquí.
-¿Has visto a Robin en el recreo?
-No. He estado jugando al futbol con vosotros, pero tampoco me he fijado.
Me aprieto más el pene. Intento no hacer ningún ruido.
-Qué fuerte, ¿no? –dice Joseph.
-Muy fuerte.
-A mí me da mucho repelús, es como si fuera siempre con un pañal.
-Me he fijado hoy disimuladamente. Parece que no lo traía puesto esta mañana.
-¿Crees que cuando fuiste a su casa a verle llevaba un pañal? El día que entraste corriendo.
-Estoy seguro. Se mearía o algo y empezó a llorar llamado a su madre. Dolor de barriga –resopló-. Ya.
-¿Qué crees que deberíamos hacer?
-Yo creo que necesitamos un tiempo.
-Ya… Lo mismo pienso yo. Eddy opina que no tenemos por qué dejar de ser amigos suyos.
-¿Tú quieres seguir siendo su amigo? –le pregunta Joseph.
-Yo… No sé… Robin me cae bien…
-Pero ahora…
-Es que es como un bebé, joder. Lo ves ahí con el pañal, meado, y con el chupete…
-Y da un poco de asquete.
-Vergüenza ajena más bien –Ronald hace una pausa-. Pero al colegio viene normal.
-Pero ya sabes que en su casa lleva pañales y chupete.
-Sí –corrobora Ronald-. Y eso me da un poco de grima.
-Más que cierto asquete, a mí lo que me da es un asco que te cagas. Nunca mejor dicho –y Ronald ríe ligeramente-. Eso de pensar que en su casa se mea encima.
-Eh, que mi hermano se mea encima.
-¡Sí pero tu hermano tiene un año, no 12!
-Ya.
-Mira –Joseph parece decidido-. Por lo pronto, vamos a pasar de él. Por lo menos hasta después de Halloween –añade-. Luego nos sentamos todos y vemos qué hacemos. Pero ya advierto: yo no quiero salir por ahí con alguien que lleva pañales. ¡Imagínate que se mea encima otra vez!
-Es que Robin es mi mejor amigo, junto contigo –añade Ronald rápidamente-, y dejarlo así de lado…
-Yo no quiero ser amigo de un bebé –dice tajantemente Joseph.
-Ya, ni yo. Eso seguro. No pienso salir con él si lleva un pañal o un chupete. Vamos, es que el sábado no sabía dónde meterme… Me estaba dando una vergüenza ajena, verlo ahí con ese pijama de bebé, el pañal, el chupete en la boca, echando peste a meado…
-Y que lo digas…
-Yo opino como tú. Vamos a pasar por ahora. Pero vamos, me da un bochorno mirarlo… Tengo grabada a fuego su imagen en brazos de su madre, diciéndole que le cambie el pañal… -y hace un sonido con la boca como de quien ve a alguien vomitar.
-Totalmente. Es como si lo vieras siempre como un bebé. Es que no se quita el recuerdo de la cabeza.
-¿Qué dicen los demás? –le pregunta Joseph.
-Ya sabes cómo son. Cualquier cosa que haga peligrar su estatus en el colegio no es bien recibida. Ellos no han sido amigos del todo de Robin como tú y yo, y ahora Eddy –añade-, pero ya sabes, ser amigo de un chico de 12 años que lleva pañales puede hundir tu popularidad en la miseria.
-Pero si nadie se entera de que lleva pañales…
-¡Hombre, yo no voy a ir promulgándolo a los cuatro vientos! No creo que Robin se merezca eso.
-Pero sí que se lo hemos contado a todos estos esta mañana –dice Ronald, con cierto tono de culpabilidad.
-Bueno, pero ellos son amigos nuestros –se defiende Joseph-. El caso es, Ronald, que estas cosas se acaban sabiendo. Y si te digo la verdad, yo no quiero que la gente se entere de que me relaciono con alguien que todavía lleva pañales.
-Ya… Yo tampoco…
-Aunque la gente no se entere… -sigue Joseph-. ¿Tú ves normal lo de Robin?
-¡¿¿Pero cómo narices voy a ver normal eso??! ¡¡Qué vergüenza, por dios!!
-Pues ya está.
-Joder –suspira Ronald-. ¿Qué hacemos? ¿Pasamos de él? ¿Lo ignoramos?
-Para la fiesta de Halloween seguro.
-¿Y después?
-Ya veremos… Pero la cosa está chunga. Es que me da un no sé qué hablarle. Y ya te digo que ninguno de estos va a volver a hacerlo.
-Puff –Ronald parece incómodo-. Entonces sí que está la situación jodida…
-Vamos a pasar –repite Joseph, esta vez muy decidido-. A lo mejor se aleja él de nosotros y no hay que decirle nada… O su madre lo cambia de colegio o algo. Si te soy sincero, me ha sorprendido verlo esta mañana. Yo no tendría huevos a aparecer después de una cosa así.
-Ni yo, vamos. Me mudaría a México o a una isla perdida del océano.
Ríen.
-Bueno, ¿nos vamos? –pregunta Joseph.
-Sí, está a punto de sonar el timbre.
Salen.
Yo casi no llego a bajar al suelo y sacarme el pene antes de que el pipí empiece a salir.


*****


Al salir de clase, voy hasta la puerta del colegio, sin esperar a nadie.
¿A quién voy a esperar?
Busco el coche de Mami con la mirada, pero no lo veo. También busco al niño del Parvulario que me había hablado en el patio, para ver si su madre le pone un chupete al recogerlo, pero tampoco lo veo.
Al no estar aún Mami me aparto de la muchedumbre y me voy hasta un banco del patio, desde donde aún puedo ver la calle. A la mayoría de los chicos de mi curso no vienen a buscarlos sus padres, sino que se van en autobús o en varios grupos andando.
Veo a Ronald, Joseph y los demás irse juntos hacia la parada del autobús. Yo estoy solo en un banco.
Solo.
El coche de Mami gira por la esquina de la calle.


*****


Estoy recostado en su regazo. Lloro desconsoladamente. Lloro y berreo con fuerza. Llevo puesto un pañal; es lo primero que ha hecho Mami al traerme a casa, ponerme un pañal como me prometió. Pero no me ha querido poner el chupete. Ha dicho que necesitaba llorar y expulsar la pena de mi cuerpo.
A veces es bueno llorar, Robin, ha dicho.
De modo que tras ponerme el pañal me ha traído en brazos hasta el sofá. Se ha sentado conmigo encima y me ha dejado llorar.
Ella también llora, pero no berrea ni suelta mocos como yo. Simplemente deja caer lágrimas mientras se mece conmigo y me da palmaditas en el pañal.
Llevo puesto solo una camiseta y un pañal.
Y lloro. Lloro con mucha fuerza.
-¡Me han insultado! –bramo con la voz rota en medio del llanto-. ¡Que les doy asco, que les doy vergüenza…! –no puedo seguir.
Lloro.
Mientras Mami me ponía el pañal le he contado todo lo que ha pasado hoy en el colegio. Como Ronald y Joseph les han contado a los demás lo que pasó en sábado, como se reían todos de mí, la conversación que les he escuchado en la que decían que les provocaba repulsión y asco. Y cuando Mami ha abrochado la segunda cinta del pañal ha sido cuando he prorrumpido en un llanto incontrolable.
Eso ha sido hace casi media hora.
Desde entonces estoy llorando en el regazo de Mami.
-¡¡No quiero volver al cole!! ¡¡¡No quiero!!! –y sigo llorando.
Lloro y lloro.
De vez en cuando suelto un alarido de dolor, y Mami me da palmaditas en la espalda y dice Eso es, Robin, expúlsalo todo, como si me estuviese echando los gases.
-¡¡¡No quiero tener 12 años!!! –grito en medio del llanto. Mami sigue meciéndome y dándome palmaditas en el culete-. ¡¡¡Quiero ser un bebé!!!
-Ya eres mi bebé, Robin –me dice Mami, flojito-. Mi bebecito pequeñito.
-¡¡¡Me he quedado sin amigos!!! ¡¡¡No tengo amigos!!!
Mami me aprieta más a ella y se mece un poco más rápido. Yo lloro más fuerte, si cabe. Se me sale el pipí.
-¡¡¡Me he hecho pipí!!! –grito.
-No pasa nada, Robin. Tu desahógate –me da un besito en la mejilla-. Luego te cambio.
-¡¡¡No quiero tener 12 años!!! –repito-. ¡¡¡Quiero ser un bebé!!! ¡¡Quiero ser un bebé y llevar siempre pañales y usar chupete y tomar bibe y dormir en cuna y pasear en carricoche…!! Quiero ser un bebé… -me he tranquilizado un poquito. Mami tenía razón y era bueno dejarme llorar-. Quiero ser un bebé… -mi respiración se va serenando poco a poco.
-¿Estás mejor, Robin? –asiento ligeramente-. Toma tu chupetito.
Mami me lo pone en la boca y yo lo recibo con ansia y empiezo a chuparlo. Me concentro en la sensación de la tetina en mi boquita y en el roce del plástico sobre mis labios. Lo chupo relajadamente. Mami me da un beso en la frente y me acuna. Me voy calmando bastante.
-No tengo amigos, Mami –digo muy flojito y con la voz amortiguada.
Mami no sabe qué decir, así que como respuesta me da otro beso en la frente. Yo siento entonces unos retortijones en la barriga.
-Mami –le digo con voz suave y mirándola fijamente a los ojos-. Creo que me voy a hacer caca encima.
-No pasa nada, Robin –me contesta ella, abrazándome más fuerte.
-¿De verdad…? –le pregunto moviendo despacio el chupete.
-Sí, cariño. Llevas un pañal. Háztela.
Nada más terminar Mami esa frase, yo siento la caca salirme. Gimo un poco y balbuceo cuando empieza a salir pero enseguida paro y muevo mi chupete algo más rápido, mientras me sigo haciendo caca encima de Mami.
Ella, mientras tanto, se limitaba a abrazarme.
Y yo, haciéndome caca en el pañal con la mirada perdida.
-Avísame cuando termines, cielo, para cambiarte.
Sigo un ratito más ahí, haciéndome caca en un pañal sobre el regazo de Mami.
-Ya –le digo muy flojito cuando termino, un poco avergonzado.
Mami me da un beso en la frente y se levanta conmigo en brazos. Subimos a mi habitación y allí me tumba sobre la cama para cambiarme el pañal. A mi lado están los calzoncillos y el pantalón que me ha quitado hace nada para ponerme un pañal. Y ahora tiene que cambiármelo porque me he hecho pipí y caca.
Mami coge de mi armario un pañal y un pijama. Los deja sobre el pantalón que he llevado al colegio y se inclina para cambiarme el pañal.
Primero despega las cintas adhesivas y abre el pañal, luego me levanta las piernas hacia arriba, lo extrae y me limpia el culito. Cuando termina, coge el pañal nuevo lo abre. Me pasa la parte de atrás por el culete y luego el resto por la entrepierna. Pega la parte de dentro a mi piel y me lo abrocha fuertemente.
Me da un beso en la barriguita.
-¿Mejor, bebé? –me pregunta, todavía con los labios pegados a mi tripita.
Asiento.

Mami me quita la camiseta y me pone el pijama enterizo. Después me lleva en brazos a la cocina, donde me sienta en una silla y me prepara un biberón. Sabe que no me siento capaz de comer nada sólido. Mami me vuelve a coger en brazos y regresamos ya con mi bibe listo al salón, donde se sienta en un sofá y me coloca a mí sobre su regazo. Me recuesta, sujetándome la cabecita con un brazo mientras que con el otro me da el biberón. Yo me lo tomo como un bebé y me quedo dormido.