9 de abril de 2017

Lucía quiere biberón - Capítulo 6: La Noticia

Este es con diferencia el capítulo más largo de esta historia hasta el momento. Quería hacerlo así para compensaros un poco el tiempo que he tardado en publicarlo. Aprovecho también para decir que Lucía quiere biberón constará de 10 capítulos.


Lucía quiere biberón - Capítulo 6: La Noticia



La alarma del móvil sonó estrepitosamente. Sara alargó el brazo desde la cama e intentó apagarla a tientas en la oscuridad. Deslizaba el dedo por la pantalla táctil intentando poner fin al estruendo y la vibración, pero el móvil no estaba por la labor de hacerle caso. Finalmente, le quitó la carcasa exterior y le sacó la batería.
Se volvió a meter debajo de las sábanas. Sabía que tenía que salir pronto, pues corría el riesgo de quedarse dormida de nuevo. Se desperezó y estiró todas sus extremidades y se destapó. Se incorporó en la cama y volvió a estirarse y crujirse algunas articulaciones de su cuerpo que habrían escandalizado a cualquier quiropráctico. Finalmente se levantó.
Hoy se había puesto la alarma más temprano de lo normal. Quería saber cómo había dormido Lucía en su primera noche con pañal. Se había propuesto hacerlo todo lo más cómodo posible para ella, como cuando acababa de mudarse, así que iba a aparecer en su habitación con su biberón ya hecho.
Dormir con pañal era otro cambio muy importante para Lucía, no tanto como irse a vivir con una persona a la que había visto dos veces en su vida pero sí podía llegar a ser algo traumático, como había leído por Internet.
Se puso la bata y fue hasta la cocina a prepararle el biberón. Ese día cogió el que tenía el plástico de la tetina de color rojo. Calentó la leche, luego le echó el Cola-Cao, lo removió y lo vertió en el biberón.
Camino del cuarto de Lucía lo fue agitando para que se mezclase todo mejor.
Abrió la puerta de la habitación y entró sigilosamente. Lucía estaba dormida, por primera vez desde que vivía con ella. Sara dejó el biberón sobre la mesita de noche y encendió la luz de la lamparita. Lucía dormía acurrucada, abrazándose a Peppy. Estaba muy mona. Sara lamentaba despertarla, el corazón le decía Cinco minutitos más, pero la cabeza le decía Ya es hora de levantarse.
Tocó a su sobrina suavemente en el hombro y le susurró.
-Lucía… -le hablaba con voz muy suave-. Ya es hora de levantarse, cielo.
Lucía gimoteó medio dormida y se acurrucó más. A Sara le pareció muy adorable. Además, eso indicaba que había dormido profundamente.
-Guisantito –Sara le acarició la cabeza-, a levantarse, mi amor.
Lucía se desperezó y estiró lo bracitos. A Sara le recordó a ella misma, y sintió por dentro aún más amor por su sobrina.
-¿Qué hora es? –preguntó la niña mientras abría los ojos lentamente.
-La hora de levantarse –contestó Sara acariciándole la mejilla-. ¿Has dormido bien?
-Sí… -Lucía parecía sorprendida.
-¿Te ha molestado el pañal?
-No… -Lucía parecía más sorprendida por esto.
-¿Te has hecho pipí? –le preguntó Sara con delicadeza.
-No sé… -Lucía metió las mano debajo de las sábanas y se palpó la parte delantera del pañal, como si se acabase de acordar que llevaba puesto uno-. Hoy no me he despertado.
El pañal había conseguido que Lucía pudiese dormir toda la noche de un tirón. Se hubiese hecho pipí o no, había sido una buena idea ponérselo.
-Vamos a verlo, ¿vale? –le dijo.
Lucía echó las sábanas hacia delante y se fue incorporando de la cama. Al destaparse, Sara pudo ver cómo el pañal le asomaba por encima del pantalón del pijama. Lucía se puso en la misma posición que había adoptado la noche anterior cuando Sara le puso el pañal.
Ahora esperaba que su tía se lo revisase, pero la verdad es que Sara aún era torpe con todo esto de los pañales.
Le bajó con cuidado los pantaloncitos del pijama, dejando al descubierto el pañal de las princesas Disney. Lucía tenía la cabeza ladeada, parecía que no quería ver cómo Sara le quitaba el pañal. Le desabrochó las dos cintas adhesivas y le separó el pañal del cuerpecito. Cuando dejó la parte de dentro al descubierto, Sara pudo ver que estaba de color amarillento, señal de que se había hecho pipí. Le levantó las piernas a Lucía y le extrajo el pañal completamente. Lo dejó a un lado de la cama, el contrario al que Lucía tenía la cabeza girada.
A Sara el pañal mojado abierto sobre la cama le trasmitía algo extraño.
<<No creo que el pañal se deba dejar así, pensó>>
¡Una bola! ¡Cuando Laura le cambiaba el pañal a Esteban hacía un bola con él!
Sara cogió el pañal y lo empezó a aplastar, pero se volvía a abrir.
<<A Laura se le quedaba hecho una pelota, ¿por qué a mí no?>>
¡Las cintas! ¡Laura lo dejaba sujeto luego con las cintas!
Volvió a abrir el pañal, maldiciendo para sí misma y con un poco de asquete y separó las cintas adhesivas, que se habían quedado pegadas a la parte de dentro. Lo enrolló, dejando las cintas a los lados y cuando estuvo hecho una bola, lo sujetó de nuevo con las cintas adhesivas. Al haber pegado y despegado las cintas varias veces, tanto la noche anterior cuando le puso el pañal como ahora mismo, éstas habían perdido gran parte de su fijación y amenazaban con despegarse. Sara tiró el pañal al suelo y fue por fin a limpiar a Lucía.
Su sobrina había girado la cabeza al otro lado y había visto a Sara peleándose con el pañal.
-Lo siento, cielo –se disculpó-. Pero no soy muy buena en esto de cambiar pañales. Voy a limpiarte.
-Tenía pipí, ¿no? –le preguntó Lucía.
Sara no vio motivos para mentirle.
-Sí, guisantito –dijo-. ¿Pero has visto que con el pañal has podido dormir cómoda toda la noche?
-Sí… -contestó Lucía.
Sara la limpió y le puso las braguitas. Lucía se incorporó y se subió el pantalón del pijama.
-¿Puedes darme ya el bibe? –preguntó.
-¡Claro que sí, cielo!
Lucía se subió de nuevo a la cama, esperando su biberón. Sara lo cogió y notó que ya no estaba tan caliente. Había tardado muchísimo en quitarle el pañal a Lucía. La próxima vez tenía que darse más prisa.
Pero estaba siendo un poco injusta consigo misma. Al fin y al cabo, era la primera vez que cambiaba un pañal, poco a poco lo iría haciendo mejor.
Le puso el biberón a Lucía en la boca, ésta se aferró a la tetina con los labios y se acurrucó en el regazo de Sara.
-¿Está caliente, Lucía? –le preguntó-. Puedo meter la leche en el microondas si se ha quedado frío.
-Está bien –contestó la niña.
Al hablar, unas gotitas de leche se le cayeron por la comisura de la boca. Sara se las limpió con el dedo pulgar y siguió dándole el biberón.
-¿Has visto que hoy no hemos tenido que ducharte como los otros días, que con el pañal has dormido sequita?
Su sobrina asintió con la cabeza mirándola a los ojos sin dejar de tomar biberón. Sara le sonrió y la apretó junto a ella. Estaba muy satisfecha de que su idea hubiese resultado y que su Lucía hubiese podido dormir cómodamente una noche entera.
Terminó de darle el biberón y de echarle los gases, le dijo que se vistiese, cogió el pañal mojado del suelo y salió de la habitación. Fue hasta la cocina y lo tiró en el cubo de basura de debajo del fregadero.
No tenía ganas de cocinar, de modo que cogió uno de los tuppers que tenía en el congelador y lo dejó sobre la encimera.
Le apetecía vaguear. Lucía empezaría el colegio mañana, de modo que hoy era su último día de ‘’vacaciones’’. Fue hasta el sofá, dispuesta a ponerse al día con las series que había dejado a medias desde que Lucía se vino a vivir con ella.
Empezó con American Horror Story. No había terminado de ver la intro cuando Lucía apareció en el salón.
-¿Qué estás viendo, Tía Sara? –le dijo.
Sara pausó el capítulo.
-Una serie de miedo.
-¿Puedo verla contigo?
-No, cielo. Esta es para mayores.
-Jo…
Lucía se volvió hasta su cuarto. Sara se sintió mal.
-Espera, Lucía –la llamó.
-¿Qué pasa? –Lucía volvió a entrar.
-¿Quieres ver Detective Conan?
-¡Sí! –contestó.
Sara suspiró.
-Bien, ven aquí.
Lucía corrió hasta el sofá y se acurrucó junto a ella. Sara paró definitivamente American Horror Story y fue hasta la carpeta de las series de dibujos animados. Buscó el capítulo de Detective Conan en el que se habían quedado y le dio al play.
Pasaron la mañana viendo las aventuras de Shinichi Kudo. Lucía estaba encantada, pero Sara echaba de menos a Evan Peters. Comieron en el salón el tupper congelado, que resultó ser de macarrones. Dejaron el plato vacío sobre la mesa del salón.
Sara pensó que en algún momento de su vida tendría que limpiar el salón.
Convenció a Lucía de ver otra serie por la tarde, pues la voz de Kogoro Mouri le salía ya por las orejas. Finalmente se pusieron Nicky, la aprendiz de bruja.
Más anime. A Sara le gustaba el anime pero es que a Lucía le apasionaba. Sin embargo, notó que su sobrina estaba dando cabezadas en el sofá.
-¿Tienes sueño, Lucía? –le preguntó.
-Un poco –contestó la niña.
-¿Quieres que te acueste a dormir la siesta? –preguntó Sara pensando en American Horror Story.
-Umm… Vale.
Sara paró la película de Miyazaki y se levantó. Sin saber por qué, cogió a Lucía en brazos y la llevó hasta su cuarto. Al llegar la dejó sobre la cama.
-Voy a ponerte un pañal, ¿vale, cielo? –le dijo con delicadeza.
-Vale –contestó Lucía.
-Ponte tú el pijamita mientras.
Sara salió de la habitación, fue hasta la suya y volvió con la bolsa de los pañales. Sacó uno y se acercó con él hasta la cama.
-Túmbate boca arriba, cariño –le dijo.
Lucía obedeció. Sara le bajó los pantaloncitos y vio que Lucía llevaba las braguitas puestas. Todavía no se había acostumbrado a que tenía que llevar un pañal para dormir. Y era normal, puesto que solo lo había llevado una noche.
Le quitó las braguitas.
-Uy –dijo Lucía al darse cuenta de que se las había dejado puestas-. Se me ha olvidado.
Sara le sonrió.
-La costumbre –le contestó sonriendo.
Le levantó las piernas y le pasó el pañal por el culete. Le pasó la otra parte por delante y se dio cuenta que de nuevo lo había dejado demasiado alto por detrás. Le volvió a levantar las piernas y le bajó un poco el pañal. Ahora sí. Le pasó la parte delantera por las entrepierna y se lo sujetó abrochándole las cintas fuertemente.
-A ver, ponte de pie –Lucía se levantó-. ¿Te aprieta?
Lucía se palpó el pañal por delante y por detrás, mirándoselo por primera vez.
-No, está bien –contestó la niña.
Sara se sintió aliviada.
-Menos mal, voy cogiendo práctica –dijo riendo.
Lucía seguía mirándose el pañal.
-¿Te gusta, cielo? –Lucía dejó de mirarse el pañal rápidamente y volvió la cabeza hacia donde estaba Sara, como si se hubiese percatado de pronto de que estaba ahí-. El pañal –aclaró Sara-. Si te gusta.
Lucía se lo volvió a mirar.
-Sí… -dijo-. Es bonito.
Sara sonrió.
-¿Te pones tú el pijama, cariño? –le dijo pensando en Evan Peters.
Estaba demasiado enganchada a American Horror Story.
-Vale –contestó.
-Descansa, cielo –le dijo Sara.
Y salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí.
Por fin. American Horror Story la esperaba. Se dio cuenta de todo el tiempo que llevaba sin tener un momento para ella. Probablemente, desde que Lucía llegó a su vida.
Pero no llevaba ni una semana con ella. Sin embargo, a Sara le parecía mucho más tiempo. Pensó que hasta incluso podría hacerse un porro. Se había propuesto no volver a fumar yerba cuando Lucía se vino a vivir con ella, por aquello de dar ejemplo, pero su sobrina no tendría por qué enterarse.
Además, Laura también fumaba, no delante de Esteban, pero lo hacía. Y eso no la convertía en una peor madre.
Aunque lo que de verdad hacía que Sara se sintiese culpable al fumar mariguana era todo lo que había pasado su madre por culpa de la adición a las drogas de su hermana. Aunque Laura solo fumaba yerba, nunca había probado otra cosa ni tenía intención de hacerlo.
Fue hasta su habitación y sacó del fondo del último cajón de la cómoda su riñonera. Dentro llevaba el grinder, la yerba, el papel y todo lo necesario para hacerse un canuto. Se lo preparó y se sentó en el sofá a disfrutar de American Horror Story. Y de Evan Peters.
Se lo encendió, le dio al play… Y sonó el timbre.
<<Mierda, joder, mierda, puta, hostias>>
Pensó en no abrir, pero si seguían llamando despertarían a Lucía. Apagó el porro en el cenicero y fue hasta la puerta.
-¿Quién es? –preguntó antes de abrir.
-Satanás –le respondió una voz conocida.
Abrió la puerta y se encontró con Laura.
-Tía, ¿qué haces aquí?
-Tenía la tarde libre y he pensado en pasarme. Además, tengo que darte una buena noticia.
-¿Una buena noticia para mí? –se extrañó Sara.
-No, egocéntrica. Hablaba de mí.
-Bueno, pasa –Sara se apartó para que entrase-. Iba a ver un capítulo de American Horror Story pero se ve que el universo no quiere que lo haga.
Llegaron hasta el salón. Laura tiró el bolso en la mesa y se dejó caer en el sofá.
-Que bien huele –dijo mirándola con una sonrisa pícara.
-Estaba a punto de fumarme uno cuando has tocado mi timbre –le espetó cariñosamente.
Sara cogió el porro y se lo volvió a encender. Le dio una calada que le supo a gloria y expulsó el humo lentamente.
-¿Quieres? –se lo ofreció a Laura.
-Gracias –Laura lo cogió y también le dio una calada-. Bueno –dijo después de expulsar el humo-, ¿qué tal Lucía? ¿Ha aceptado dormir con el pañal?
Sara se levantó a abrir la ventana para que el humo no se quedase condensado en el salón.
-Pues la verdad es que muy bien –contestó-. Bueno, al principio se mostró un poco reticente como es normal, pero luego sí se lo puse.
-¿Y qué tal?
-Pues fatal. No he puesto un pañal en mi vida y estaba súper torpe. Tuve que…
-Tú no –le cortó Laura-. Lucía.
-Ah… Pues Lucía… –Sara pensó. Estaba a punto de iniciar una perorata sobre lo mala que era poniendo pañales cuando Laura la había cortado-. Pues me dio la sensación de que estaba cómoda con él. Esta noche no se ha despertado al hacerse pipí y eso es lo importante.
-¿Ah, no? –preguntó Laura mientras le daba otra calada al porro. No lo había soltado todavía.
-No. Y estaba tan mona con su pañal puesto abrazando a Peppy...
-¿Quién es Peppy?
-Su muñeca.
-Ah, vale –parecía que Laura se había ido de la conversación un momento-. Pero recuerda que el pañal es solo algo provisional. Un parche mientras solucionas el verdadero problema que es que una niña de 10 años siga mojando la cama.
-Ya, ya lo sé –contestó Sara-. Pero es un buen comienzo.
-Cierto –Laura le dio otra calada-. ¿Y qué tal tú con el pañal? ¿Te hiciste mucho lío?
-Ni te lo imaginas –contestó Sara-. Primero le puse el pañal por detrás muy alto, luego se lo dejé muy suelto… -Laura se reía-. En fin, al final se lo logré poner. Y esta mañana para quitárselo más de lo mismo. No sabía hacerlo una bola, un caos –a Laura le había dado un ataque de risa-. Y dame ya el porro, anda.
Sara se lo quitó de las manos y le dio una calada. Laura aún tardó en superar el ataque de risa.
-Perdona, cariño –le dijo-. No ha sido el porro, es que me he acordado de la primera vez que le puse el pañal a Esteban. Acaba de nacer y eso hacía que tuviese que ir aún con más cuidado –hizo una pausa en la que se terminó de serenar-. Al final te conviertes en una experta cambia-pañales.
-No, si ahora para echarse la siesta parece que se lo he puesto mejor –Laura la señaló con dedo asintiendo con la cabeza-. Eso me recuerda… -a Sara le vino de pronto la promesa que le había hecho a Lucía la noche anterior-. Le prometí a Lucía que no le diría a nadie que llevaba pañales. Y pienso cumplirla. Tú lo sabes porque te lo dije antes de que se los pusiese, de modo que estás en una especie de vacío legal, pero no se lo digas a Esteban.
-Descuida, lo prometo –Laura levantó la palma de la mano en un gesto que pretendía ser solemne.
-Gracias –Sara le sonrió-. Tampoco le digas lo del biberón a nadie. Sospecho que tampoco le gustaría que Esteban se enterase.
-Ni te rayes –dijo Laura como finiquitando el tema.
Sara le dio otra calada y dejó escapar el humo por la nariz. Miró el porro y casi iba ya por la boquilla
-Tía, te lo has fumado entero –le reprochó.
-Bueno, al próximo invito yo –Laura estaba recostada sobre el respaldo del sofá y tenía los ojos cerrados. De pronto los abrió rápidamente y se activó como un resorte-. Tía, que se me olvidaba la razón principal por la que he venido.
-¿Qué pasa? ¡Cuenta!
Laura se incorporó hacia ella.
-Pues resulta que me  ha llamado un amigo que trabaja en una agencia de actores y hay una productora estadounidense buscando por aquí a una actriz para una película ambientada en la época isabelina. Quieren que tenga acento extranjero –Laura estaba muy emocionada, hablando muy deprisa. Se le notaba que estaba ansiosa por llegar a la conclusión-. Total, que me ha pasado los requisitos y las medidas y las cumplo. ¡Voy a hacer un casting para una productora de Hollywood!
Sara tardó un rato en asimilar lo que su amiga le acababa de decir. Tras un segundo de pausa en el que le brotó una sensación de envidia en su interior se lanzó como loca a abrazarla, pero parecía que la persona que lo hacía no era ella. El gesto le salió forzado y algo antinatural. Sin embargo, ambas cayeron  en el sofá. La felicitó una vez. Dos. Tres. Volvió a abrazarla. Volvió a felicitarla.
Siempre con esa voz que no parecía la suya.
-Bueno, ya vale, ¿no? –dijo Laura, aunque estaba visiblemente emocionada-. Que aún no me han dado el papel ni nada.
-Pero tía –le dijo Sara cogiéndola por los hombros y mirándola fijamente a los ojos-, seguro que lo consigues, ya verás.
Otra vez esa voz.
-Uh, ojalá –hizo una pequeña pausa que Sara aprovechó para abrazarla de nuevo-. De momento, vamos a hacer el casting a ver qué pasa.
-Te lo van a dar. Ya lo verás.
¿Quería que se lo dieran? La pregunta le explotó en su mente. Debía alegrarse por su amiga, pero su reacción había sido demasiado entusiasta, y falsa. Aunque por suerte, era buena actriz y Laura no lo había notado. ¿Era mejor actriz que Laura? Ella siempre había pensado que sí, aunque su amiga no lo hacía nada mal. Pero los requisitos para el papel los tenía Laura, no ella. Así que no le quedaba otra que alegrarse por su amiga. Ya le llegaría a ella su momento.
¿Le llegaría? Todos los actores soñaban con que les llegase su momento para triunfar, y solo les pasaba a unos pocos. A los demás, les tocaba resignarse y esperar. Y mientras tanto no parar de actuar y de actuar.
Se quitó esos pensamientos de la cabeza. Ahora tocaba apoyar a Laura. Era como su hermana. Le parecía un poco arrogante por su parte no alegrarse por ella. Debía alegrarse, así que no entendía por qué tenía que forzar esa emoción en su cuerpo y que no fuera algo que le saliese natural.
Se hicieron otro porro, ergo Laura no la invitó al siguiente, y se pusieron a hablar de la obra que llevaban en marcha con la compañía de teatro, La Celestina, y de su inminente estreno.
-Yo creo que aún no estamos para representarla, pero es Alfred quien manda así que… -decía Laura
-Ya –asintió Sara-. Estoy de acuerdo pero aquí se trata de lanzarse a la piscina, sino, no se estrena nunca.
-Sí, pero si te lanzas a la piscina para pegarte un planchazo prefiero quedarme tomando el sol en la hamaca…
En esas estaban cuando Sara oyó la voz de Lucía, que la llamaba desde su habitación.
-¡Sara! ¡Ya estoy despierta! ¿Puedes venir, porfi?
-¡Voy, cariño!
Laura le sonrió.
-A cambiar el pañal, madraza –le dijo.
-Cállate –le contestó Sara en voz baja, también sonriendo.
Llegó hasta la habitación de su sobrina, y al entrar la encontró sentada en la cama.
-¿Me quitas el pañal, tía Sara?
-Claro, cielo.
-¿Quién ha venido? Os estaba oyendo hablar –dijo Lucía mientras se recostaba bocarriba en la cama.
-Mi amiga Laura –Sara se acercó a ella y le bajó los pantaloncitos del pijama-. ¿Tienes pipí?
-No sé –contestó-. Creo que sí.
-Vamos a verlo –Sara le desabrochó las cintas del pañal-. ¿Has dormido bien con el pañal, cariño?
-Sí –contestó Lucía-. Me quedé dormida enseguida.
Laura sonrió para sus adentros. Verdaderamente había sido una buena idea ponerle pañales a Lucía.
Al separarle el pañal de su cuerpecito, vio que efectivamente estaba mojado.
-Sí te has hecho pipí, cielo –le dijo delicadamente, sin ningún tono de reproche.
-Vaya… -Lucía parecía un poco triste. A pesar de habérselo dicho con delicadeza, su sobrina se lo tomó como una pequeña reprimenda. Debía de tener más cuidado en el futuro-. Lo siento.
-¡Guisantito! –Sara sonrió, esta vez hacia fuera-. ¡No pasa nada, cariño! ¿Para qué está el pañal si no?
Lucía sonrió un poquito. Sara le levantó las piernecitas y extrajo el pañal entero. Le volvió a bajar las piernas con cuidado y enrolló el pañal, haciendo una bola con él. Había aprendido de sus errores, de modo que esta vez le salió a la primera. Limpió a Lucía y le dijo que ya podía vestirse.
-¿Y mi bibe? –preguntó la niña.
¡Se le olvidaba el biberón! Entre el pañal de Lucía, la noticia de Laura y el porro se le había olvidado el biberón de por la tarde de Lucía.
<<Voy a dejar de fumar, pensó>>
-Voy a preparártelo –le dijo-. Vístete y te lo traigo.
Fue hasta la cocina, le preparó el biberón y regresó con él a la habitación de Lucía. Estaba ya vestida, esperando su bibe sobre la cama. Sara se lo tendió y Lucía lo cogió enseguida y se lo llevó a la boca.
Chopchopchopchopchopchopchop.
Sara le sonrió. Le pellizcó cariñosamente el pie y volvió al salón con Laura.
-¿Qué tal? –le preguntó su amiga.
-Muy bien. A la primera.
-¿Tenía pipí?
-¡Shh! –le dijo Sara-. Que se oye -y añadió muy bajito-. Sí, tenía pipí –se dejó caer en el sofá-. Perdona que haya tardado tanto, pero he ido a prepararle el biberón.
-¿Se lo vas a quitar al final?
-¿El qué?
-El biberón
-Acabo de ponerle pañales para dormir –dijo como si eso respondiese a su pregunta
-¿Y? –era evidente que lo que había dicho no respondía a la pregunta.
-Y –enfatizó-, no creo que sea buena idea intentar quitárselo. Y más ahora que va a empezar un cole nuevo. Por no olvidar que aún acaba de mudarse aquí. Son muchos cambios y el biberón le ayuda –dijo-. ¿Podemos hablar de otra cosa? Lucía nos va a oír y se supone que tú no sabes ni que lleva pañales ni que toma biberón.
Laura hizo el gesto de cerrarse la boca con una cremallera. Siguieron hablando toda la tarde sobre teatro, las trabas que tenía el oficio de actor y del grupo de teatro.
En un momento dado, Lucía apareció en el salón. Se sentó con ellas en el sofá y la conversación derivó a películas de anime y a cuando iban a ver a Esteban.
-Otra tarde que venga, me lo traigo conmigo. Hoy está con su padre –dijo Laura.
Ya casi era la hora de cenar. Habían pasado toda la tarde hablando. Laura, al despedirse, le prometió a Lucía volver con Esteban muy pronto. Sara le dio las gracias por venir y le volvió a desear suerte para el casting.
-¿Por qué le has dicho Suerte a Laura cuando se ha ido? –le preguntó Lucía mientras Sara empezaba a preparar la cena.
Sara suspiró.
-Porque se va a presentar a una prueba para una película.
-¿Va a salir en la tele?
-No lo sé, cielo –la verdad era que no tenía ganas de hablar de Laura.
Terminó de preparar la cena. Puré de verduras y lomo de cerdo a la plancha. Se sentó con Lucía a la mesa y ambas cenaron. Reinaba un silencio incómodo. Sara todavía estaba pensando en la noticia que le había dado Laura. Una parte de su interior esperaba que no consiguiese el papel. Eso hizo que se sintiese muy cabreada consigo misma. ¿La convertía eso en una persona arrogante? Tenía que alegrarse por ella. Era su amiga. Su mejor amiga. Una hermana para ella, aunque no podía evitar sentirse un poco... Celosa.
Pero debía apartar esa idea de su cabeza. Primero porque hacía que se sintiese una mierda de persona; segundo y más importante, porque mañana Lucía empezaba en el nuevo cole, y eso exigía un montón de cosas por preparar.
-Mañana te tienes que levantar pronto. Te acuerdas, ¿no?
-¿Por qué?
-Empiezas el cole, Lucía –le dijo. Le salió algo molesta. Seguía dándole vueltas a lo de Laura. Tenía que quitárselo de la cabeza ya-. Te lo dije ayer, ¿no te acuerdas?
-Se me había olvidado... –su sobrina bajó la cabeza hacia el cuenco de puré.
-Lucía…
Sara no podía culparla. Se lo había dicho una vez de pasada, y luego había llegado todo el tema del pañal y eso había absorbido cualquier otro pensamiento que pudiese tener tanto ella como Sara.
-No te preocupes, cariño. Es normal –estiró su brazo para cogerle la mano-. Entre lo del pañal y todo... La verdad es que yo también tengo otras cosas en la cabeza, perdona –su sobrina no contestó. Sara le apretó la manita y decidió ponerse optimista-. Bueno, tenemos que prepararte la mochila, cielo. ¿Qué te parece si después del puré te preparo un batido de fresa y nos ponemos con ello?
-Como quieras… -contestó la niña.
Terminaron de cenar en silencio. Lucía se fue a su habitación. Sara dejó que estuviese un rato sola. Terminó de fumarse el porro que había dejado a medias por la tarde, limpió todo el salón y fue hasta el cuarto de Lucía. Llamó antes de entrar.
-¿Se puede?
-Sí –contestó su sobrina desde el interior.
Al entrar, la encontró sentada en la mesa del escritorio.
-¿Qué haces, cielo?
-Estaba preparándome las cosas para el cole. He terminado y he hecho un dibujo.
¿Preparándose las cosas para el cole? Sara de verdad admiraba a esa niña. Era mucho más lista y espabilada que los demás niños de su edad. Al menos, eso creía Sara. No conocía a muchos niños de su edad.
Pero seguro que a ningún se lo ocurría prepararse por sí solo las cosas para empezar un nuevo colegio.
De todas formas, debía comprobar si se las había preparado bien. Pero decidió que lo que mejor le podía venir a su sobrina en ese momento era que se interesase por el dibujo.
-¿Qué has dibujado, cariño? –le preguntó mientras se inclinaba para estar a la altura de Lucía.
La pequeña le mostró el dibujo. En él se podía ver a una niña y a una mujer cogidas de la mano rodeadas de lo que parecían ser árboles.
-Somos yo y tú en el parque –le dijo señalando el folio-. Iba a dibujar también a Laura y Esteban pero no me cogían.
A Sara se le revolvió el corazón, decidió que no era momento para corregirle a Lucía esa expresión errónea y se fijó bien en el dibujo de su sobrina.
Nunca la habían dibujado. Y no podía soportar que la niña a la que hacía solo un momento le había hablado mal ahora la estuviese dibujando junto con ella. Unas lágrimas se le escaparon de los ojos.
-Cariño –la abrazó muy fuerte-. Es precioso.
-¿Por qué lloras, tía Sara? –le preguntó Lucía, con la boca taponada a causa de los brazos de Sara.
-Porque eres tan bonita, tan buena… -la apretó aún más contra ella y le cayeron más lágrimas conforme iba a hablando-. Yo te hablo mal y tú haces un dibujo de las dos…
-No pasa nada, tía Sara –Sara se separó de ella. Seguía llorando-. Es que entre lo del… Bueno, lo del pañal… Y eso… Se me había olvidado lo del cole.
-Es normal, cariño –Sara se limpió las lágrimas con el dorso de la mano-. ¡Guisantito! –y se volvió a abrazar a ella.
Le dio unos sonoros besos en la mejilla, haciéndole cosquillas a Lucía, que se rió y también la abrazó.
-Bueno, vale ya de llorar –dijo Sara para animar el ambiente, aunque la verdad es que solo estaba llorando ella-. ¿Qué te has llevado para el cole?
Lucía se levantó y fue hasta la mochila.
-He cogido solo una libreta. Aún no sé los libros que llevamos ni nada. Iba a meter el estuche cuando terminase el dibujo.
Esa niña era increíble. Demasiado madura para su edad.
-Perfecto, cielo –le dio un beso en la mejilla-. Perdón de nuevo por hablarte mal –le volvió a besar-. Mañana te preparo el bocadillo, ¿de qué lo quieres? ¿O prefieres un sándwich?
-Umm –pensó Lucía-. ¿Tienes Nocilla?
-¿Nocilla? –no, no tenía Nocilla-. No, guisantito. Pero puedo pedirle a la vecina.
-No… No hace falta –dijo enseguida Lucía-. Si no tienes Nocilla… Umm… De queso.
Queso sí tenía. Además ya cortado en lonchas.
-Perfecto. ¡Un bocadillo de queso para la niña más lista del mundo!
-No soy la más lista del mundo –Lucía se ruborizó.
-De todas las niñas que conozco de tu edad, sí.
-¿Conoces a muchas niñas de mi edad? –preguntó Lucía.
-Umm… Paso palabra –admitió Sara.
Lucía se rió.
-¿Me vas a poner el pañal, tía Sara?
A Sara esa pregunta la pilló un poco de sorpresa. Sí. Tenía que ponérselo. Pero el tono de Lucía no parecía de desazón, sino más bien expectante.
-Sí, cielo –le contestó-. Te voy a poner el pañal. Si te levantas seca un día, a la noche siguiente no te lo pongo, ¿te parece? –la verdad es que era una buena idea que se le acababa de ocurrir.
-Umm… Vale.
Sara le revolvió el pelo.
-Ve poniéndote el pijama que voy a prepararte el bibe y te pongo el pañal.
-¡Vale! –dijo Lucía emocionada. Realmente tenía ganas de su biberón, pensó Sara.
Cuando regresó a la habitación agitando el biberón de leche con Cola-Cao caliente, Lucía estaba tumbada boca arriba sobre la cama, en la posición de ponerle el pañal.
Sara dejó el biberón en el escritorio y sacó un pañal de la bolsa, que estaba dentro del armario. Lucía la debía de haber guardado allí cuando vino Laura por la tarde, para que no la viese.
Se acercó con el pañal hasta su sobrina y lo dejó plegado sobre la cama, al lado de ella. Le bajó a Lucía el pantaloncito del pijama (ya no llevaba puestas las braguitas) y abrió el pañal, dejándolo preparado para ponérselo en el culete. A continuación, le levantó las dos piernecitas y le pasó el pañal por detrás. Esta vez sí que se lo dejó a la altura correcta. Sonrió a su sobrina, pero ésta estaba mirando hacia el techo. Parecía que no quería ver cómo le ponían el pañal. Después, le pasó el pañal por delante, separándole un poquito las piernecitas. Ahora el pañal sí que se quedaba perfecto para abrochárselo. Separó una cinta adhesiva y la abrochó sobre la tira de las princesas Disney. Este pañal tenía a Bella. Luego separó la otra y también la abrochó.
-Ale, ya está –le dijo.
Se separó un poco para ver su obra. La verdad es que el pañal le quedaba perfecto a Lucía. Y además estaba muy mona con él puesto.
Lucía se levantó de un salto y se subió el pantalón del pijama. Se metió dentro de la cama y se tapó hasta la cintura con las sábanas.
-¡Bibe! –pidió con una sonrisa.
Sara se la devolvió y se acercó con el biberón hasta ella. Se sentó en el borde de la cama y se dio unos golpecitos en el muslo para que Lucía se acomodase sobre su regazo. La niña salió de las sábanas gateando y se acurrucó abrazándose a su cintura. Pidió el biberón haciendo el gesto de chupar con los labios. Sara le sonrió de nuevo y le acercó el biberón a la boquita. Lucía se aferró a la tetina y se lo empezó a tomar.
Chopchopchopchopchopchopchop.
La pequeña se lo tomaba muy rápido. Movía los labios muy deprisa para chupar más leche.
-Más despacio, cielo. Nadie te lo va a quitar –Sara se rió.
En ese momento, viendo a su sobrina tomándose su bibe, siendo evidente lo mucho que le gustaba. Viéndola abrazada a ella, sintiendo su cariño con su abrazo por la cintura, decidió que no iba a quitarle el biberón. A Lucía le gustaba; es más, le encantaba tomárselo. Y no era nada perjudicial para su salud. Por no hablar del bonito momento que compartían las dos.
Lucía terminó de tomárselo. Sara la aupó para que echase los gases. Sentía el pañal por fuera del pijama de su sobrina. Le daba la sensación de que así estaba protegida. Además, la primera experiencia con el pañal había sido buena; Lucía había podido dormir cómodamente toda la noche.
Cuando terminó de eructar, la balanceó un poco sujetándola con un brazo contra su pecho mientras que con el otro le preparaba las sábanas. Cuando terminó, le dejó suavemente sobre la cama y la tapó. Le puso a Peppy al lado -recordó que tenía que coserle un vestido- y le dio un beso suave en la frente.
-Buenas noches, guisantito. Que duermas bien.
-Buenas noches, Sara –le contestó acurrucándose junto a la muñeca.
Al hacerlo, el pañal hizo un poco de ruido. Sara sonrió para sí misma, satisfecha de que su sobrina llevase un pañal y pudiese dormir bien.
Apagó la luz de cuarto y salió.
Se dirigió hasta su habitación. Mañana entraba a trabajar. La baja se le acababa en el mismo momento en el que Lucía empezase el colegio. Sacó de su armario su traje de cajera y lo extendió sobre la cama. Estaba algo arrugado, pero valdría. Además no tenía ni pizca de ganas de ponerse a planchar a esas horas. Lo que tenía era un sueño que se moría, y mañana le esperaba un día duro. Se puso el pijama, luego activó un sinfín de alarmas en el móvil para no quedarse dormida y apagó la luz.

Lucía escuchó la luz de la habitación de tía Sara apagarse, y esperó un poco para asegurarse de que su tía estuviese dormida. Cuando calculó que debía de haber pasado tiempo suficiente, encendió la luz de la lámpara de la mesita y salió de la cama. Quería verse el pañal tranquilamente.
Se lo palpó por fuera del pantalón y notó que era muy grueso. Cualquiera que la viese a una distancia prudencial sabría que lleva puesto un pañal. La parte de arriba asomaba por encima del pantalón; se lo bajó para verse el pañal entero.
La verdad es que era muy bonito. Todo en distintos tonos de rosa, con Bella dibujada sobre la cinta de arriba. Se lo tocó por ambos lados con las manos y el sonido del plástico le gustó. Giró unas cuentas veces para ver cómo reaccionaba el pañal. Éste ni se movió. Su tía se lo había sujetado muy fuerte. A Lucía le gustó eso, hacía que se sintiese segura y protegida. Andó un poquito por la habitación y el pañal siguió sin despegarse ni un milímetro de su cuerpo.
A Lucía le había sorprendido también lo cómodo que era, pero sobre todo el hecho de haberse mojado por la noche y no despertarse gracias al pañal. Había dormido plácidamente sin enterarse de que se había hecho pipí.
Creía que el pañal le iba a resultar molesto y que se despertaría en cuanto se mojase, como siempre; pero tía Sara había acertado: había podido dormir toda la noche aún haciéndose pipí.
Se sentó en la cama y se miró el pañal. Se sentía muy segura con él. Ya no importaba si se hacía pipí, el pañal la protegería y la mantendría seca. Por no hablar de que también era muy bonito. Se levantó y fue hasta el armario a ver de qué princesas eran los otros.
Abrió con cuidado las puertas, que chirriaban un poco, y espero sin respirar a ver si se oía algún ruido en la habitación de tía Sara que indicase que se hubiese despertado. No fue así, de modo que empezó a sacar los pañales de la bolsa.
Había de Esmeralda, La Sirenita, Pocahontas, Jazmín, Mulán, Cenicienta, otro de Bella… El paquete era veinte pañales, ahora quedaban diecisiete, y las princesas se repetían. Cogió uno de cada princesa y regresó con ellos hasta la cama.
El diseño de todos los pañales era el mismo: distintos tonos de rosa con un dibujo de una princesa Disney en la parte de arriba. El más bonito era el de Mulán. Mañana le pediría a tía Sara que le pusiese un pañal de Mulán.
Dejó de nuevo los pañales dentro de la bolsa, procurando que se quedasen iguales para que tía Sara no sospechase de su pequeña aventura nocturna, ya que se suponía que se había quedado en la cama casi dormida. Al final no pudo dejarlos exactamente iguales, pero sí se preocupó de que el primero que se viese fuera de la misma princesa del que había cuando tía Sara sacó el pañal de Bella para ponérselo.
Regresó a la cama. Estaba muerta de sueño y mañana empezaba el colegio nuevo.
Era extraño, en cualquier otra noche de antes de empezar en un cole nuevo (y había empezado en unos cuantos), Lucía se ponía muy nerviosa y no conseguía dormir, pero esa noche, y teniendo en cuenta que el gran cambio era que había empezado a dormir con pañales, el hecho de empezar un colegio nuevo había pasado a segundo plano. Como le había dicho a tía Sara, dormir con pañal había apartado de su cabeza cualquier otra preocupación.
Se tumbó boca arriba, y antes de taparse le vino un bostezo acompañado de un desperezo. Se recreó en él, le encantaba desperezarse. Estiró todas sus extremidades, y al levantar las piernas, le encantó esa postura llevando un pañal. Pataleo suavemente y apretó los puñitos agitando un poquito los brazos. Se sentía como un bebé de verdad.
Gateó hasta la almohada y se tapó con las sábanas. El pañal sonaba con cada uno de sus movimientos, y eso también le gustó. Se acurrucó apretando a Peppy contra su pecho y cerró los ojos, lista para quedarse dormida.

6 de abril de 2017

Yo no estoy muerto, mi ordenador sí

Hola a todas y a todos!
Ya sé que llevo ausente... Buff, ni se sabe. La razón no es sino que mi ordenador se estropeó. Llevaba renqueante un tiempo pero hace 3 semanas dijo Hasta aquí hemos llegado.
Lo llevé a arreglar (de ahí el cambiarme la foto de perfil, pues no me apetecía que el técnico me viese con chupete, sin embargo Batman le gusta a todo el mundo) pero me dijeron que no se podía hacer nada así que hubo que sacrificarlo.
Así que me quedé sin ordenador, pero seguí activo en mi cuenta de Twitter: @tony_abdlwriter :)
Total, que he estado días ocupado buscando un ordenador nuevo y barato (soy estudiante y tengo que pagar un alquiler) e instalando las correspondientes aplicaciones para volver a ver pelis, editar vídeos, escribir y todo eso.
Así que aquí estoy, de vuelta con muchas ganas de seguir escribiendo.
En pocos días, el capítulo 6 de Lucía quiere biberón :)
Se os ha echado de menos, voy a responderos los comentarios^^

28 de febrero de 2017

Lucía quiere biberón - Capítulo 5: El Pañal

Ya en el piso, Sara duchó a Lucía y le puso el pijama. La dejó sentada en el sofá viendo Cartoon Network y salió para el supermercado en el que trabajaba. Tenía que ir a renovar la baja por asuntos familiares y comprar los pañales para Lucía.
Lo único bueno que tenía su trabajo era que podía ir andando, por lo que se ahorraba bastante dinero en gasolina; por lo demás, trabajaba casi 10 horas al día y ganaba unos míseros 500 euros, aunque quizá ahora que recibiría una pensión familiar de la inigualable cifra de 150 euros –maldito gobierno, pensó-, podría reducir un poco su jornada laboral para poder pasar más tiempo con su sobrina.
Llegó al súper y sus compañeras la saludaron efusivamente. La echaban mucho de menos. En el fondo, Sara también pero el trabajo no lo echaba para nada de menos. Le preguntaron cuando se incorporaría y Sara les contestó que mientras su sobrina no empezase el colegio, tendría que estar a cargo de ella. Les preguntó por la encargada y sus compañeras le indicaron que se encontraba en su despacho.
Sara subió hasta la planta de Recursos Humanos, llamó a la puerta del despacho y entró.
Su jefa era una mujer baja, regordeta, solterona y con aspecto de sapo. Iba siempre vestida de color rosa y hablaba con una voz falsamente dulce que no hacía sino que todo el mundo le tuviera más asco.
-Hola, Sra.Toad –saludó Sara al entrar.
-¡Blanc! –su jefa levantó la vista de sus papeles y la miró-. ¡Me estaba preguntando si seguías trabajando aquí!
-Tengo la baja por asuntos familiares, señora.
-Sí, la baja. Ya. Pasa, anda, y siéntate.
Sara entró y ocupó una de las dos sillas vacías que había enfrente de su mesa. La Sra.Toad era una mujer despiadada y explotadora, siempre intentando hacerle la vida imposible a los que trabajaban para ella.
-Supongo que has venido a decirme que te incorporas mañana, ¿verdad? –le preguntó con una falsa sonrisa.
-Pues no, verá… -empezó Sara-. La verdad es que mi sobrina aún no ha empezado el colegio… ya le han dado plaza –se apresuró a aclarar-, pero aún no me han llamado del centro para que lo empiece.
-Vaya, que lástima… -dijo Toad suspirando-. ¿Sabe cuánta gente hay por ahí que estaría deseando ocupar su puesto, Blanc?
-¿Un puesto de 10 horas al días y 500 euros al mes? ¿Quién? –Sara usó toda su ironía.
-No juegues conmigo, Blanc. Podría despedirte ahora mismo si quisiese.
-Un despido improcedente que yo denunciaría. Tengo contrato en vigor y la baja en regla.
-Puedo no renovártela.
-Queda una semana para que se caduque. Soy previsora.
-Podría no renovártela en una semana.
-Podría ir a renovarla a cualquier otro Departamento de Recursos Humanos de la cadena del Supermercado. Sólo he venido aquí porque me pilla cerca de casa.
Toad sonrió, aceptando su derrota.
-Eres más lista de lo que creía, Blanc.
-Ni se lo imagina.
Sara había estado algo más de un mes distraída en su puesto de trabajo. La perspectiva de tener que hacerse cargo de su sobrina, unida a la falta de sueño, hacían que no pudiera concentrase en lo que hacía. Eso le había dado cierta fama de ser una persona no demasiado inteligente, lo que viéndolo ahora había hecho que la subestimasen. Y que tu enemigo te subestime es una gran ventaja.
Sara salió del despacho de la vieja bruja con la baja laboral a buen recaudo en el bolsillo de su abrigo. Bajó las escaleras y se dirigió al pasillo de los pañales y de las demás cosas de bebé.
Tenía que ser muy cuidadosa. Lo que estaba a punto de hacer podría provocar que su sobrina no volviese a dirigirle la palabra en su vida.
Tenía que elegir unos pañales bonitos, no importaba si eran más caros. No podía llevarle unos feos o de marca blanca. A Lucía le gustaba mucho el rosa, así que intentó buscar en esa dirección. Finalmente encontró unos pañales de las princesas Disney. Salían en el paquete Jazmín, Blancanieves, Cenicienta… Pero también otras que le gustaban a Sara como Mulán, Pocahontas o Esmeralda.
Cogió el paquete de pañales y se fue hasta la caja para pagarlos.
Pero… ¿Qué narices estaba haciendo? Si la veían sus compañeras comprando pañales, todas sabrían que eran para Lucía. Por no hablar de que si se encontraba a alguna vecina o a algún conocido también sabrían que esos pañales eran para su sobrina.
Maldiciendo para su adentro, dejó los pañales de nuevo en la estantería y salió del supermercado. Por mucho que le fastidiase, no podría comprar los pañales ahí. También perdía el descuento para trabajadoras, así que le fastidiaba doble; y esos pañales no eran precisamente baratos.
Afortunadamente, llevaba las llaves del coche en el bolso así que pudo conducir hasta el supermercado más cercano sin tener que subir antes a su casa y tener que inventarse una excusa para su sobrina de por qué tenía que salir otra vez.
Condujo varios kilómetros, hasta que supuso que era una distancia sobradamente segura y fue hasta un pequeño supermercado de barrio que pertenecía a una familia de inmigrantes ecuatorianos.
-Buenas tardes, amiga –le saludó amablemente una trabajadora-. Dígame, ¿en qué puedo ayudarla?
A Sara le sorprendió ese trato tan familiar y cercano, más acostumbrada a los sitios en los que los trabajadores trataban a los clientes como simple dinero.
-Verá, me gustaría comprar unos pañales… Pero no me acuerdo de qué marca eran.
-Sígame, pues. Le mostraré los que tenemos.
El pasillo de los pañales era más bien la estantería de los pañales, pues todo en ese sitio era más pequeño y acogedor que los otros supermercados que había visitado Sara. Encontró los pañales que buscaba. La marca era Little Owl.
Pequeño búho, que raro, pensó.
La trabajadora la acompañó hasta la caja, en la que se encontraba un chico que no tendría más de 14 años.
-Camilo, cóbrale esto a la señora, por favor.
A juzgar por el tono que empleaba, la edad del niño y el parecido físico, Sara dedujo que el niño era hijo de la trabajadora, y que toda la tienda debía pertenecer a la misma familia.
-A ver… Donde lleva esto el código de barras…
El chico movía el paquete de pañales delante suya. A Sara le pareció que era muy inexperto, que no debía llevar mucho tiempo trabajando ahí.
-No llevas mucho tiempo trabajando, ¿verdad? –le preguntó Sara amablemente.
El chico le devolvió la sonrisa.
-No, bueno… Estoy echándole una mano a mis padres –dijo-. Acabamos de llegar y no tenemos aún dinero para contratar a nadie.
Encontró el código de barra, lo pasó por el lector y le dijo el precio. Algo más bajo de lo que Sara esperaba.
Pagó los pañales, le dejó un euro de propina al chico y salió de la tienda.
Le había gustado bastante ir a un sitio tan diferente y cercano a comprar, además de que así ayudaba al pequeño comercio. Seguro que volvía más veces.
Cuando llegó a casa, pasó lo más rápido que pudo a su habitación y guardó los pañales en el armario. Todavía no sabía cómo se lo diría a Lucía, pero de momento era imprescindible que no los viera.
En ese momento sonó el teléfono. Sara corrió a contestar y era del colegio Federico García Lorca. Estaban terminando los últimos documentos, y Lucía empezaría en un par de días.
Genial, pensó. Lucía tendría que acostumbrarse a los pañales y a un nuevo colegio a la vez.
A Sara le habría gustado que empezase el colegio cuando ya se hubiese hecho a dormir con pañal, pero ahora vendrían las dos cosas de sopetón. Creía que tardarían más tiempo en confirmarle la plaza, maldita sea.
Preparó para cenar filetes de lomo y ensalada. Le dijo a Lucía que empezaría en el nuevo cole en dos días.
-¿Es el mismo cole que Esteban? –preguntó.
-Sí –contestó Sara. Al menos algo tenía de bueno-. Pero él estará en el patio de los niños pequeños y no creo que lo puedas ver mucho.
Vale, en realidad no era tan bueno.
Terminaron de cenar y Sara le dijo a Lucía que podía ver un poco la televisión. Eso le daba el tiempo de ir hasta su habitación y pensar cómo iba a decirle que tenía que dormir con un pañal.
Sacó el paquete de su armario y llegó con él a hurtadillas hasta el cuarto de su sobrina. Se sentó sobre la cama y lo abrió. Los pañales eran de color rosa y tenían dibujadas sobre la cinta de arriba varias princesas Disney. Por lo demás, eran pañales un poco más grandes que los de bebés, muy abultados y con dos cintas adhesivas a los lados. De pronto, Sara se dio cuenta de que nunca en su vida había puesto un pañal.
No tenía ni idea cómo se hacía, aunque no parecía muy difícil y la teoría sí se la sabía. También había visto a Laura alguna vez cambiarle los pañales a Esteban.
Por debajo del culete, luego por arriba y luego abrocharlos con las cintas.
Joder, estaba empezando a dudar ahora de si era buena idea ponérselos o no.
Maldita sea, Lucía tenía 10 años y era mayor para llevar pañales. La pobre niña lo había pasado fatal y ahora encima le tocaría dormir con un pañal.
Pero lo necesitaba. Lucía mojaba la cama y no podía dormir bien.
El pañal haría que estuviese sequita toda la noche.
Se armó de valor.
Suspiró.
Llamó a Lucía.
Su sobrina entró en la habitación y la vio sobre la cama al lado de un paquete de pañales y sosteniendo uno en su mano.
-¿Eso para qué es? –preguntó su sobrina con voz triste.
-Lucía… –empezó Sara
-¿Vas aponerme un pañal?
-Es sólo provisional, mientras te haces pipí en la cama…
-¡Pero yo no quiero llevar pañal! ¡¡No soy un bebé!!
-Ya lo sé… ya sé que no eres un bebé…
-¡Mentira! ¡Crees que soy un bebé! ¡Tú misma me llamaste bebé! -Lucía se puso a llorar- ¡Yo no quiero llevar un pañal!
-Cariño… -Sara se estaba empezando a sentir muy mal.
Pero sabía que era lo necesario. Tenía que seguir adelante con eso.
-¡Creía que eras mi amiga, Sara! –Lucía seguía llorando.
Eso no hizo que se sintiese mejor. Sabía que la reacción de su sobrina iba a ser esa, pero ella tenía que seguir adelante. Era lo mejor.
-Creía que eras mi amiga… -repitió.
Sara no pudo aguantarse más y también rompió a llorar. Dejó el pañal, se levantó de la cama y fue hasta Lucía.
-Lucía… -la abrazó cuidadosamente.
-No quiero llevar pañales… -decía entre lágrimas.
-Cariño… Lo siento, lo siento muchísimo… Créeme, por favor, Lucía…
Ella seguía llorando, y Sara tampoco daba muestras de que fuese parar.
Joder, ¡¿por qué tenía que hacer pasar por eso a su sobrina?!
Volvió a pensar que era lo mejor. Que necesitaba dormir y que el pañal conseguiría eso.
Así que trató de decírselo así. A pesar de que tuviera que ponerle un pañal, su sobrina era mayor, así que le diría la verdad. Lucía era muy inteligente y acabaría por comprender.
-Lucía… ¿Cuánto tiempo llevas sin dormir bien?
La niña no contestó. Siguió llorando.
-Cariño… -siguió-, ¿de verdad crees que quiero ponerte un pañal? ¿Lo crees en serio? –Lucía siguió sin responder. Sara podía ver que estaba pensando y reflexionando-. Sabes que no quiero ponerte un pañal, pero necesitas dormir, mi amor. El pañal hará que si te haces pipí, no te despiertes… Dormirás tranquilamente toda la noche… Guisantito.
-Yo… No… ¡Hip! Quiero… Llevar… ¡Hip! Un pañal…
Su sobrina se frotaba los ojos, había dejado de llorar pero aún le caían algunas lágrimas por las mejillas.
Sara esperó a que se le pasase un poco y fuese asumiendo que ponerse un pañal era lo mejor.
-Snif, snif… ¿Podré dormir toda la noche?
-Sí, cariño. Sí –le dijo poniendo su cara a la altura de Lucía-. Y no le diremos a nadie que llevas pañal, ¿vale? –añadió.
-¿A nadie a nadie?
-A nadie a nadie
- ¿Lo prometes?
-Lo prometo –prometió Sara.
Lucía se serenó bastante. Sara esperó a que ella le diera el consentimiento para empezar a poner el pañal.
-Vale –dijo.
Lucía le dedicó la más enorme de sus sonrisas.
-Ven, cielo –le dijo con dulzura.
Sara la cogió de la mano y la llevó hasta la cama.
-Túmbate encima, cariño. Cuando tú digas, empiezo a ponértelo.
Lucía dejó de llorar. Cerró los ojos, como si no quisiese verlo.
-Vale -volvió a decir.
Sara le volvió a sonreír, aunque Lucía no pudiese verlo.
Empezó a ponerle el pañal, y todas las dudas volvieron a su cabeza.
-Ehh, sí, veamos… -Sara estaba realmente en fuera de juego. No sabía cómo proceder.
Tenía una sensación parecida a cuando descubrió que Lucía se había hecho pipí por la noche. Ahora su sobrina se había tumbado a lo largo de la cama, pero ella necesitaba que se tumbara a lo ancho para poder ponerle el pañal.
-A ver, cariño –dijo mientras le cogía las piernecitas-, vamos a tumbarte de esta otra manera para que sea más fácil.
Dejó el pañal a un lado y, lenta y suavemente, cambió a su sobrina de postura, de manera que sus piernas quedaron colgando por el borde de la cama.
-Voy a ponerte ya el pañal, cariño –le dijo con dulzura.
Le bajó los pantaloncitos del pijama y le levantó las piernecitas.
Le empezó a pasar el pañal por debajo del culete pero le estaba costando bastante hacerlo con una sola mano. Tampoco sabía a qué altura se debía quedar para luego al pasarlo por delante que el pañal se quedase bien ajustado.
Cuando consideró una altura que debía de ser apropiada, le bajó las piernecitas y le pasó el pañal por delante. Pero se le quedaba demasiado corto.
Maldijo para sus adentros y volvió a levantarle las piernas. Le bajó un poco el pañal por detrás y le volvió a bajar las piernas.
Ahora el pañal por delante quedaba más cerca de la cintura y la misma altura que la parte de detrás, por lo que podía abrocharle las cintas.
Sabía que las cintas se abrochaban a la parte de arriba del pañal porque había visto a Esteban cuando era pequeño llevando pañales de esa manera.
Cogió una de las cintas y la abrochó por delante. Luego hizo lo propio con la otra.
Pero el pañal quedaba muy suelto. Sabía que tenía que estar mucho más ajustado al cuerpo.
Le desabrochó las cintas y las pegó más hacia el centro de la parte delantera del pañal. Ahora si quedaba bastante ajustado.
Le subió los pantaloncitos a Lucía y la puso de pie.
-Bueno, ¿qué tal?
-No sé… -respondió la niña.
-¿Estás cómoda? ¿Te aprieta?
-No… Estoy bien…
- Si te aprieta demasiado, puedes decírmelo y te lo suelto un poco…
-Nono… Está bien así…
-¿Estás cómoda?
-Sí…
Lucía respiró aliviada. Temía que su sobrina se pusiese a llorar y a berrear una vez tuviese puesto el pañal, pero no fue para nada así. Su sobrina había hecho que ponerle el pañal fuese más fácil. No protestó cuando lo llevó puesto ni se incomodó cuando Sara se lo estuvo poniendo de una manera tan torpe. El siguiente pañal se lo pondría mejor, estaba segura.
Lucía se había portado como una campeona. Como una niña mayor que había aprendido que lo mejor era dormir con pañal. Estaba orgullosa de ella.
Sara la miró. El pañal le abultaba bastante en el pantalón del pijama y asomaba un poquito por arriba. Lucía estaba de pie muy quieta.
Había superado la prueba. Era momento de seguir con la típica rutina de dormir.
-Bueno, guisantito –le dijo Sara-. Métete en la cama que yo voy a prepararte tu biberón.
Regresó con el biberón lleno de leche calentita. Lucía estaba dentro de la cama.
-¿Me lo puedes dar tú? –dijo.
-¡Claro que sí!
Se sentó en la cama y Lucía se acomodó en su regazo. Sara le puso el biberón en la boca y Lucía empezó a chupar de la tetina. Se tomaba la leche con mucha ansia. Tenía muchas ganas de biberón ya que esa tarde no se había tomado el de la merienda. Lucía se abrazó a su cintura y se pegó a ella mientras se seguía tomando su biberón. Se aferraba a la tetina con la boquita y movía los labios para tomarse la leche.
Cuando terminó, Sara la aupó para echarle los gases. Al cogerla del culete, pudo notar el pañal debajo del pijama. Le dio varios golpecitos en la espalda y Lucía eructó un par de veces. La dejó cuidadosamente sobre la cama; el pañal sonó cuando tocó el colchón.
Dejó el biberón vacío en el mesita de al lado y se sentó en el borde de la cama mientras Lucía de metía entre las sábanas. El pañal sonó con cada movimiento de su sobrina.
-¿Me lees un cuento, tía Sara, porfi? –preguntó.
-Por supuesto, cariño –Sara le sonrío y le revolvió el pelo-. Nos quedamos terminando El Viaje de Viento Pequeño, ¿no?
-¡Sí! –contestó Lucía
Sara cogió el libro, que estaba sobre la mesita, al lado del biberón, y siguió leyendo por donde lo habían dejado la noche anterior.
-… Poco después aparece una niña. En la mano lleva una cometa de colores con forma de águila. La niña comienza a soltar cuerda. Pero en el parque no se mueve ni una hoja, y el águila no consigue volar. Viento Pequeño mira a su alrededor: ‘¿Dónde está el viento guardián de este parque?’, piensa. La niña sigue soltando cuerda, y el águila, con las alas cerradas, va a dar contra la tierra. ‘Si nunca sopla el viento, no me sirve de nada tener una cometa nueva –exclama la niña. Viento Pequeño se levanta de un salto y comienza a soplar. La cometa vuela sobre los árboles. El águila, con las alas abiertas, se convierte en reina de las aves. Y a la niña se le abre una sonrisa tan ancha y tan brillante como la luna llena.
Era ya el final del libro, pero no llegó a terminarlo. Lucía se había quedado durmiendo abrazada a ella.
Sara había pensado que con el pañal le iba a costar bastante conciliar el sueño, pero de nuevo se equivocaba con su sobrina; Lucía estaba profundamente dormida.
Sara se separó cuidadosamente de ella, dejó el libro sobre la mesita y cogió el biberón. Arropó a su sobrina y le puso a Peppy entre sus brazos. Salió de la habitación no sin antes lanzarle una última mirada a Lucía.
Estaba muy mona durmiendo abrazada a su muñeca.
Y el hecho de saber que llevaba puesto un pañal hacía que estuviese aún más linda.

10 de febrero de 2017

Lucía quiere biberón - Capítulo 4: La Solución

Sara abrió la puerta de la habitación y el olor le volvió a entrar de repente por los agujeros de la nariz.
No podía ser. Lucía había vuelto a hacerse pipí.
No era de noche. No había dormido más de dos horas.
Pensó que el problema era más grave de lo que parecía. Si ni siquiera podía dormir dos horas sin mojarse encima…
-Me he vuelto a hacer pipí, Sara –le dijo Lucía.
-Ya lo sé, cariño…
Sara encendió la luz de la lamparita del escritorio y se sentó a la vera de Lucía.
-¿Por qué me pasa esto? –le preguntó su sobrina.
-No lo sé, cielo… Ojalá lo supiera… -le contestó acariciándole el pelo.
-Hasta Peppy se ha mojado –dijo.
Lucía levantó su muñeca para que Sara la viese.
-¿Y no has podido dormir? –le preguntó.
-No –contestó la pequeña-. Cada vez que mojo la cama me despierto y no puedo volver a dormirme.
A Sara eso le pilló de sorpresa, y le asustó mucho. Si eso era verdad, su sobrina llevaba ya varios días sin dormir bien. Normal que hubiese querido echarse una siesta ese día. Tenían que solucionar el problema del pipí por la noche. Y pronto.
-Jope, Lucía –le dijo cariñosamente-. ¿Por qué no me lo has dicho antes?
-Es que me da mucha vergüenza hacerme pipí –dijo-. Y ahora encima he mojado a Peppy –y se echó a llorar sobre la cama.
Sara la levantó, no fuera a ser que se mojase también la cara. La aupó contra ella, al sacarla de las sábanas le vino más fuerte el olor a pipí.
Esa no era manera de vivir para una niña de 10 años. Se le ocurría una cosa que podía hacer, pero no sabía si iba a ser peor el remedio que la enfermedad.
Una vez más, llevó a Lucía al baño para ducharla. Ya se estaba convirtiendo en rutina y no podía dejar que siguiese así. La lavó y la vistió con las ropitas nuevas que le había comprado. Le cambió las sábanas y regresó con ella al salón.
-¿Has mojado la cama para poder estrenar las cositas nuevas? –le preguntó riendo.
A Lucía no pareció sentarle bien. Sara se apresuró a aclarar sus intenciones.
-Era una broma, cielo –le dijo-. ¿Quieres tu biberón?
-Sí.
Fue a la cocina a preparárselo  y regresó con él al salón. Lucía estaba realmente mal. Se encontraba hecha un ovillo en el sofá. A Sara le dio mucha pena.
-¿Quieres que te lo de yo? –le preguntó mientras agitaba el biberón con la mano.
-Sí, porfa.
Sara se sentó en el sofá y se señaló su regazo para que Lucía fuese hasta él, pero la niña no parecía querer moverse de donde se encontraba. De hecho, parecía que no tenía ganas de moverse nunca más en la vida.
Lucía se empezó a preocupar. El problema de su sobrina con el pipí en la cama empezaba a ser grave. Tenía que solucionarlo ya.
-Ven, cariño –Sara cogió suavemente a Lucía y empezó a incorporarla lentamente-. Ven, que vamos a darte tu biberón, guisantito.
Delicadamente, se trajo a Lucía hasta su regazo. Le apoyó su cabecita sobre su pecho y le acercó el biberón a la boquita. Aún con los ojos cerrados, Lucía se aferró la tetina con los labios y empezó a chupar. Tenía una expresión muy triste en la cara, y sollozaba. Se iba tomando la leche entre sollozo y sollozo.
Chup… Chup… Chup… Chup… Chup… Chup… Chup…
Se abrazó a Sara.
-Shhh… No llores, mi amor –le dijo mientras le daba el bibe con una mano y con la otra le acariciaba el pelo sosteniéndole la cabeza con ese brazo.
Pensó que aunque Lucía estuviese mojando la cama, por lo menos ella había conseguido acercarse a su sobrina y que la niña se sintiese cómoda en su nueva casa mucho antes de lo que Sara o nadie hubiese esperado.
Entonces, ¿por qué seguía mojando la cama? Sara no lo entendía.
Lucía terminó de tomarse el biberón, Sara la aupó y empezó a darle golpecitos en la espalda para que expulsase los gases. Al cabo de un ratito y varios eructos se sentó de nuevo en el sofá con su sobrina y empezó a acunarla.
Parecía que iba a quedarse dormida. Teniendo en cuentas las húmedas consecuencias de esto, Sara se levantó con ella y empezó a moverse para que se despertase.
-Ale, ale, pequeña. No es momento de dormirse –le dijo con dulzura.
Era increíble la falta de sueño que tenía esa niña. Sara tenía que encontrar una solución. Y si era ponerle un pañal, le pondría un pañal.
Estuvieron toda la tarde jugando a las cartas en la mesa de la cocina. Sara pensó que sentada en una silla (además bastante incómoda) y con la mente ocupada, Lucía no se dormiría.
Estuvo en lo cierto. Su sobrina permaneció despierta el resto de la tarde y además estuvo bastante ocupada intentando ganarle a Sara alguna partida a la brisca. A Sara se le daba increíblemente bien este juego. Había obtenido una gran soltura durante los dos años que estuvo cursando Historia en la universidad. La carrera la había dejado, pero la destreza en ese juego de cartas la había acompañado desde entonces. No obstante, su sobrina era también bastante buena, y a punto estuvo de ganarle un par de manos, pero finalmente, Sara acabó venciendo por la mínima.
Sara pensó que con esa habilidad para las cartas, Lucía encajaría muy bien en un campus universitario. Se sorprendió pensando esas cosas, ya que la niña aún no había acabado ni la escuela primaria, pero le gustaba imaginarse un buen futuro para su sobrina.
A la hora de la cena preparó puré de verduras y lomo a la plancha. Lucía se lo comió en seguida. Una de las cosas que le preocupaban a Sara antes de adoptar a Lucía era que la niña fuera problemática a la hora de comer, como muchoa niños de su edad, sin embargo, Lucía comía estupendamente. Eran otro tipo de problemas los que le daba su sobrina…
Quizás estaba exagerando. Después de todo, Lucía sólo tenía 10 años. Algunos niños tardaban más en madurar. Seguro que había muchos de 10, o incluso 11, 12, 13 o 14 años que todavía se hacían pipí por la noche. Lo extraño de Lucía era que había vuelto a hacerse pipí cuando ya llevaba varios años controlando sus esfínteres por la noche.
O eso creía saber ella.
Se paró a pensar. No había caído en eso. Había supuesto que si nadie le había dicho que Lucia se hacía pipi en la cama era porque no se lo hacía. Sin embargo, nadie le había dicho tampoco lo del biberón.
Después de la cena, llevó a Lucía hasta su cuarto. Le puso el pijama y se la llevó hasta su habitación. No tenía ninguna intención de que Lucía durmiese con ella en su cama. Esa no era la solución para que dejara de hacerse pipí por la noche. Lo que quería era que la niña eligiese uno de los libros que tenía en sus estanterías para leérselo antes de dormir.
Dejó a Lucía eligiendo libro y fue hasta la cocina para prepararle el biberón. ¡Que gusto no tener que estar lavando el biberón siempre antes de dárselo!
Regresó a su cuarto, Lucía estaba sobre la cama con varios cuentos esparcidos sobre ella.
-¿Has elegido ya uno, cielo? –le preguntó.
-No –contestó la niña. Y añadió-. ¡Tienes muchos cuentos!
-Sí, la verdad es que sí –reconoció Sara-. ¿A ti te gusta leer, Lucía?
-¡Sí! –exclamó la niña-. Aunque en casa no teníamos muchos cuentos –añadió.
-Oh, vaya… ¿Qué te gusta leer a ti?
-Los libros de Concha López Narváez y Carmelo Salmerón.
A Sara le sorprendió que la niña conociese ya el nombre de los autores. Creía que le iba a hablar de dos o tres cuentos que le gustaban.
Concha López Narváez y Carmelo Salmerón, mujer y marido, era autores de literatura infantil y juvenil. Tomás es distinto a los demás, Parasubidas, La Leyenda del Viajero que no podía detenerse… Algunos de sus libros habían sido bastante premiados y escribían para niños de todas las edades.
-¿Pues sabes qué, Lucía? Creo que tengo por aquí algún libro de Concha López Narváez…
Buscó por las estanterías más altas y polvorientas de su habitación, donde tenía los libros que había leído de pequeña. Tras un rato en el que movió todos los libros que le habían mandado leer en el colegio, por fin encontró el que había estado buscando. Su título era El viaje de Viento Pequeño, y estaba escrito por Concha López Narváez y su marido. Las bonitas ilustraciones que llevaba corrían a cargo del hijo de éstos, Rafael Salmerón López. La edad recomendada era a partir de 6 años, pero Sara pensó que a Lucía le gustaría igual.
Cogió el libro y la llevó en brazos hasta su habitación. Le dio el biberón y le dijo que se acomodara para disfrutar de la lectura.
Se metió con ella en la cama y comenzó a leerle.
-Viento Pequeño había nacido arriba, en las montañas. En las montañas tiene todo lo necesario para vivir contento: si le apetece, vuela. Se columpia en las ramas de los árboles. Va a tumbarse en el prado…
Sara le leía a Lucía mientras su sobrina se tomaba su biberón recostada junto a ella. Cuando se lo terminó, lo apartó a un lado y se acurrucó junto a Sara para escuchar más cómodamente.
Como era de esperar, se quedó durmiendo enseguida. Lucía salió cuidadosamente de la cama, cogió el biberón y arropó a Lucía. Le dio un beso en la frente y salió sin hacer ruido cerrando la puerta tras de sí.
Ya en el pequeño pasillo, suspiró. Otro día había pasado. Ser madre es mucho más duro de lo que pensaba. Fue hasta su habitación y sacó las sábanas para cambiárselas a Lucía por la mañana. Ya había aceptado que se haría pipí.
Y no se equivocó. A la mañana siguiente, Lucía amaneció con la cama mojada. Seguía igual de triste que siempre. Sara se dijo que había sido ya la última noche que su sobrina pasaba mojada y sin poder dormir. La lavó como de costumbre y la llevó hasta el salón. Tenía que terminar de una vez por todas con esta horrible rutina matinal tan desagradable tanto para ella como para su sobrina.
Para la Lucía, mucho peor.
No era sólo que se sintiese avergonzada, sino que además no podía descansar y tenía que enfrentarse todas las mañanas a la humillación de unas sábanas mojadas.
Esta era la razón por la que Lucía pensaba que quizás el pañal no sería una buena solución. Su sobrina podría verse más humillada llevando un pañal para dormir que levantándose con pipí.
Esa tarde, Sara tenía clase de interpretación. Había acordado con Laura que se llevarían a  Esteban y Lucía para que se conociesen y después irían todos al parque a tomar un helado.
Sara tenía muchas ganas de que Lucía por fin pudiese tener un amigo de su edad. Bueno, más o menos, ya que Esteban era 3 años menor que Lucía.
Por la mañana dejó a Lucía viendo la tele después de darle su biberón y estuvo haciendo las tareas de la casa. Bajó a la lavandería del sótano del edifico y subió con las sábanas limpias. Tenía una sorpresa para Lucía: su muñeca Peppy estaba limpia.
Cuando se la dio, su sobrina se puso muy contenta. Saltó en el sofá y le dio un fuerte abrazo a Sara. Después siguió viendo la tele abrazada a ella.
A las cuatro de la tarde, Sara y Lucía bajaron al rellano. En la puerta les estaba esperando Laura dentro del coche. Esa tarde le tocaba a ella llevárselo; Sara y Laura se turnaban para poder ahorrar en gasolina. Sara se había ofrecido a llevar a Laura porque sí disponía de otro trabajo y Laura se dedicaba únicamente a actuar, pero su amiga le había dicho que no quería ni oír hablar de eso.
Cuando salieron a la calle, Laura les empezó a pitar y a saludar con la mano. Su amiga era muy extrovertida, era una de las cosas que a Sara más le gustaban de ella.
Subieron al coche, Lucía se sentó detrás con Esteban y Sara delante.
-Bueno, por fin os conocéis, Esteban –le dijo Laura a su hijo-. Y por fin te conozco yo, Lucía –añadió amablemente-. Tu tía me lo ha contado todo de ti. Antes de que vineras, no paraba de enseñarme fotos tuyas y de decirme la sobrina tan guapa que tenía, y ahora veo que no se equivocaba –dijo sonriendo.
Sara la miró. Nunca le había enseñado ninguna foto ni nada por el estilo. Pero Laura era una auténtica especialista a la hora de ayudar a Sara con su sobrina. Lucía, por su parte, no dijo nada. Era la primera vez que veía a Laura y Esteban y se encontraba un poco cohibida. Era una niña muy tímida.
-El que está al lado tuya que tampoco dice nada es mi hijo Esteban –siguió Laura-. Es también bastante tímido pero seguro que os acabaréis llevando muy bien.
Llegaron al local de ensayo. Era una pequeña cochera que habían dispuesto a modo de escenario para poder practicar las obras antes de representarlas en un teatro más grande. Sara y Laura saludaron a los demás compañeros y comenzaron con los estiramientos y los ejercicios de relajación. Les indicaron a Lucía y a Esteban que podían sentarse en las sillas del fondo.

Lucía estaba sentada al lado de un niño al que no había visto en su vida. Si ya de por sí se sentía incómoda con los chicos, con uno al que no conocía era aún peor.
No le gustaba estar con gente desconocida. Al principio había resultado un cambio muy fuerte irse a vivir con una persona a la que había visto sólo dos veces en su vida.
Recordaba que antes de irse a vivir con su tía, prefería irse a cualquier otro sitio. Creía que a lo mejor incluso con la vecina, pero vino un señor bajo y con voz de pito a su casa y le dijo que tenía que irse con la hermana de su madre.
Sabía que no podía estar con su mamá porque se la llevaban al hospital. Por un momento, creyó que la iban a mandar con su padre, un señor al que veía poco y que cada vez que lo hacía, éste estaba siempre mareado y le pegaba. Su mamá intentaba protegerla, pero entonces su papá le pegaba también a ella.
De todas formas, no podía irse a vivir con él, porque la vecina le había dicho que su papá se encontraba de viaje y que no sabían cuando iba a volver.
Sin embargo, la persona que la había acogido resultó ser muy buena. Nunca la regañaba por hacerse pipí en la cama, cuando sabía que su mamá le habría pegado y su papá también y más fuerte. Tía Sara era una persona buena que jugaba con ella y le daba el biberón. A Lucía nunca le habían dado el biberón, sólo se lo preparaba su madre porque con esa cantidad de leche, estaba bien alimentada, ya que no tenían mucho dinero para comprar muchos más alimentos.
Pero tía Sara no sólo le daba el biberón, también la acunaba, le expulsaba los gases y le leía cuentos.
A Lucía nunca le habían leído un cuento.
Se daba cuenta de que estaba empezando a querer a su tía, de que sentía mucho amor por ella. Una persona que realmente trataba a Lucía como a una hija. Otra persona seguro que la habría castigado por hacerse pipí en la cama, como había hecho su abuela con tía Sara. Sin embargo, Lucía no tenía amigos que pudiesen ver sus sábanas llenas de pipí tendidas en el balcón.
Hablando de amigos, ahora tenía un niño más pequeño sentado a su lado. Ambos miraban como su madre y tía Sara hacían teatro. Aunque en ese momento estaban haciendo una cosa muy extraña para Lucia: estaban tumbadas en el suelo estirando los brazos y las piernas en posturas extrañas y echando mucho aire por la boca.
-Mi mamá dice que Sara es ahora como si fuera tu mamá –dijo de pronto el niño. Esteban se llamaba.
-Algo así. Es quien cuida de mí –respondió Lucía.
-¿Dónde está tu mamá? –le preguntó
-Me dijeron que estaba malita y que tenían que llevársela al hospital.
-¿Y cuándo va a salir?
-No lo sé –Lucía se encogió de hombros.
-¿Te gustan los superhéroes? –le preguntó de repente
-No, mucho. Soy más de anime.
-¿Cuál es tu anime favorito?
-Me gusta mucho Pokemon, Monster Rancher Y Detective Conan.
-¿Has visto la película del castillo ambulante?
-No.
-¿No has visto El Castillo Ambulante? –dijo incrédulo-. Jo, pues tienes que verla. Está muy bien.
-Se lo diré a tía Sara.
Siguieron hablando de dibujos animados durante todo el resto del ensayo. Laura y Sara dejaron las extrañas posturas para empezar a hablar muy fuerte y con mucha entonación mientras se movían por el local. Después de una hora y media volvieron a donde estaban ellos.

Sara y Laura llegaron al sitio donde habían dejado a los niños. Durante el ensayo, estuvo mirándolos de vez en cuando y se alegró al comprobar que estaban charlando.
-Bueno, ya hemos terminado –dijo Laura-. ¿Qué tal vosotros dos? ¿Os habéis aburrido mucho?
-No –contestó Esteban-. Hemos estado hablando de dibujos animados.
-Ya os he visto, que no parabais de hablar –dijo Laura mirando a Sara y sonriéndole.
-Mamá, Lucía no ha visto El Castillo Ambulante –dijo Esteban.
-¿No? –se extrañó Laura mirando a Lucía-. ¿Y cómo es que tu tía no te la ha puesto?
Sara esperó a que su sobrina contestase, pero viendo que no era así, tuvo que hacerlo ella.
-Hemos visto La Princesa Mononoke, Terramar y Wolf Children. Poquito a poco.
-Yo esa de Terramar no la he visto –dijo Esteban.
-¿No? Sara imitó a Laura-. ¿Y cómo es eso? ¿Es que tu madre no te la ha puesto?
-Vale, lo he pillado –contestó Laura.
Cuando llegaron al parque, dejaron que los niños se fuesen a jugar a los columpios. Sara y Laura los vigilaban desde el banco mientras apuraban sus cucuruchos.
-Bueno, ¿y qué tal estos días con Lucía? –le preguntó Laura.
-Bien y mal –contestó Sara mientras lamía su bola de vainilla-. Nos estamos uniendo bastante, pero sigue haciéndose pipí en la cama.
-Joé, chica –dijo su amiga- ¿Y cómo está ella?
-Pues fatal. Se levanta llorando todas las mañanas y no duerme casi nada. El otro día quiso dormir la siesta, la tarde que vino el asistente social, y se levantó también con pipí –hizo una pausa-. No había dormido más de dos horas –añadió desolada.
Laura hizo un ruido de disgusto.
-¿Y qué vas hacer? –le preguntó.
-He pensado en ponerle pañales –contestó Sara.
-¿Ponerle pañales? Tiene 10 años –le dijo Laura.
-Sí… Ya lo sé… Y es humillante para una niña de 10 años tener que llevar un pañal para dormir… Pero, ¿qué puedo hacer? Lucía se levanta mojada todos los días…
-¿No crees que eso puede ser peor? –le preguntó.
-¿El qué?
-El tener que llevar un pañal para dormir. Que si eso puede ser peor que levantarse con la cama mojada.
-Yo también lo he pensado.
-¿Y?
-Y llegado a la conclusión de que el pipí se lo va a hacer igual, así que mejor que se levante con  pipí en su pañal pero que al menos pueda dormir, que falta le hace.
Se produjo una pausa.
-¿Y tú qué opinas? –le preguntó a Laura.
-¿Yo? –Laura estaba dándole lametazos a su cucurucho de fresa-. Pienso que como parche para el problema está bien, pero no es una solución definitiva.
-¿A qué te refieres?
-¿Cuál es el problema de lucía? –preguntó retóricamente-. Que moja la cama. Que se hace pipí por la noche. El pañal no va a conseguir que eso desaparezca, sólo que duerma cómoda. Así es como tienes que enfocarlo; como un parche mientras solucionas el verdadero problema.
-¿Entonces estás de acuerdo en que debería de ponerle pañales?
-Sí –contestó-. Pero aquí veo otro problema.
-¿Cuál?
-Lucía.
-¿Lucía?
-¿Cómo crees que aceptará ella que le vas a poner un pañal para dormir? Recuerda que se enfadó mucho cuando la llamaste bebé.
-Pues supongo que al principio mal, pero tendré que convencerla de que es lo mejor.
-¿Y cómo vas a hacer eso?
-Pues con lo mismo que estamos hablando aquí. No quiero engañarla –contestó-. Le diré que es lo mejor para que pueda dormir cómoda toda la noche. Cuando vea que ha logrado pasar una noche entera durmiendo, verá que lo mejor es dormir con su pañal.
Laura río sarcásticamente.
-Buena suerte con ello –le dijo. Miró la hora en el móvil-. Deberíamos irnos. Esteban tiene que hacer los deberes.
-Sí… -Sara también miró la hora-. Y yo tengo que pasarme por el trabajo a llevar la baja por asuntos familiares.
-Hablando de deberes, ¿cuándo va a volver Lucía al colegio?
-Pues espero que pronto, porque la baja por asuntos familiares la tengo hasta que la matriculen y pueda ir al colegio.
Llamaron a los niños, pero tardaron en acudir y tuvieron que hacerlo varias veces. En el fondo a Sara le gustó. Eso indicaba que se lo estaban pasando bien. Era justo lo que Lucía necesitaba.
Laura los llevó en coche hasta su edificio. Antes de bajarse, Lucia y Esteban preguntaron cuando iban a poder verse otra vez.
Sara y Laura se miraron y se sonrieron.
-Pronto si os portáis bien –dijo Laura.
Se despidieron de ellos y se bajaron del coche.