23 de abril de 2019

Los 2 Mundos de Robin Starkley - Capítulo 19: ¿Pero vosotros sabíais que llevaba un pañal?

Hola, hola!

Gracias por vuestra paciencia^^

Normalmente no me gusta lanzar un mensaje antes de los capítulos porque quiero que la entrada sea únicamente dicho capítulo haha Pero quiero asegurarme de que este comunicado lo leéis todos porque es muy importante.

Veréis, Los 2 Mundos de Robin Starkley acabará en el capítulo 22... ¡Pero! Pero que nadie se asuste. Iba a ser una historia más larga y quería haber llegado hasta los 25 capítulos y darle un final apoteósico, o al menos intentarlo jeje El problema es que la historia se me ha alargado y me va a ser imposible darle ese final en 3 capítulos, de modo que he decidido cortar por lo sano en el capítulo 22, veréis que tendrá un final muy abrupto estilo ¿Ya? ¿Termina así?

Pues no, no termina así :)

LOS 2 MUNDOS DE ROBIN STARKLEY TENDRÁ SEGUNDA PARTE!!!

Será publicada la temporada que viene^^

Esta temporada me he estado dejando la piel para subiros un capítulo nuevo cada semana, espero con todo mi corazón que lo hayáis apreciado y os haya gustado.

Pero aún nos quedan 4 capítulos eh!!!

Sin más, aquí os lo dejo.

Disfrutadlo :)





Los 2 Mundos de Robin Starkley
Capítulo 19: ¿Pero vosotros sabíais que llevaba un pañal?


Me despierto cuando la puerta de casa se cierra de un portazo. Es por la mañana y Elia debe de haberse ido a coger el autobús para la universidad. Seguro que ha dado ese portazo porque le habrá vuelto a pedir a Mami por enésima vez que le compre una moto. Si Elia acaba de irse, eso solo puede significar que a mí me queda muy poco para levantarme. Efectivamente, oigo los pasos de Mami dirigirse hasta mi cuarto para despertarme. Sus pasos se detienen frente a la puerta y esta se abre delicadamente. La figura de Mami cruza la estancia sumida en la oscuridad hasta llegar a la ventana. Mami tira de la correa y sube un poco la persiana, dejando que en mi habitación entre la suficiente luz como para no tener que encender la lamparita.
Odio la luz matinal. Es fría y gris, y rompe el cobijo de oscuridad, sabanas y calorcito. Es como una señal anunciadora que me advierte que hay un mundo real ahí fuera y tengo que romper mi muro de pañales, chupetes y peluches.
Tras subir ligeramente la persiana, Mami me dirige una mirada tierna, esperando encontrarme aún dormido, abrazado a mi peluche y chupando mi chupete al compás de la respiración, como en una foto mía que lleva en su cartera y que yo siempre le escondo detrás de todas las demás.
-¡Anda, bebé, si ya estás despierto! –exclama con sorpresa, y viene hacia mí-. ¿Cómo has dormido? –me pregunta sentándose en el borde de la cama y pasándome una mano por el pelo.
-Bien –contesto con el chupete puesto.
Mami me sonríe risueñamente y da unas palmaditas sobre las sábanas, justo donde sabe que debajo está el pañal. A Mami le gusta sentir de primera mano, nunca mejor dicho, que su bebé está protegido en todo instante por el pañal, y que este ha hecho su trabajo, evitando que me moje de pipí mientras estoy durmiendo y permitiendo que pueda dormir plácidamente.
-Voy a traerte el biberón y enseguida te cambio –me dice tras darme un beso de buenos días en la mejilla-. Ve espabilándote, cielo –se levanta y sale de la habitación.
Me desperezo y agito mis puñitos. Muevo mis piernecitas también hacia arriba y aparto totalmente las sábanas con el movimiento, quedándome totalmente descubierto. Me llevo también una mano a la parte delantera del pañal al mismo sitio en el que la había puesto Mami momentos antes. Está hinchado, tengo pipí. Me pongo de costado y me llevo la mano al culete. No se nota ningún bulto, así que no tengo caca.
Ayer por la noche tuve la sensación de que Mami me estaba cambiando el pañal porque me había hecho caca, pero estaba medio dormido y no sé si se trataba de un sueño. El sábado pasé uno de los peores días de mi vida; mis amigos descubrieron que soy un bebé, pero aunque en un principio eso había supuesto un shock traumático, poco después comprendí que ese era mi verdadero yo. Sin embargo, dentro de muy poquito tiempo tendría que encontrarme con ellos en el colegio, y esa perspectiva sí me ponía muy nervioso.
Mami apareció en mi cuarto trayendo consigo el biberón y me lo dio para que me lo tomase mientras ella me cambiaba el pañal. Yo me lleve la tetina a los labios y empecé a chuparla mientras ella se inclinaba y empezaba con todo el proceso del cambio.
-Mami, ¿puedo hacerte una pregunta? –le dije mientras chupaba el bibe y ella me desabrochaba los botoncitos de la solapa del culete.
-Claro, cielo.
-Es que… -empecé inquieto.
-¿Qué te sucede? –Mami levantó la mirada del pañal que había dejado al descubierto y me miró con gesto de preocupación.
-Me da un poquito de vergüenza –dije sintiéndome enrojecer las mejillas y sacándome la tetina de la bica, con lo que unas gotitas de leche se derramaron por la comisura de los labios.
-¿A estas alturas tenemos vergüenza? –me preguntó sonriendo mientras me quitaba el pañal-. ¿Qué te pasa? Y tómate el bibe que no vamos muy bien de tiempo –añadió.
Yo me llevé de nuevo el biberón a la boca y ella se inclinó para limpiarme.
-Es que… Bueno… -continué tomándome el biberón, con lo que mi voz sonó taponada, entre chupeteo y chupeteo-. Ayer por la noche… Chup… Me pasó algo… Chup… Y no sé… Chup… Si lo soñé… Chup...
Mami levantó la cabeza y arqueó una ceja, mirándome con extrañeza.
-Bueno… Chup… lo que te quería… Chup… Preguntar… Es… Chup… simehicecacaencima –terminé muy deprisa sacándome de nuevo la tetina de la boca. Me la volví a meter nada más acabar la frase.
Mami inclinó la cabeza para continuar limpiándome mientras suspiraba.
-Vamos a ver… -dijo muy flojito, eligiendo cuidadosamente las palabras-. Pasaste un día horrible… No lo tengas en cuenta…
-¿Pero me hice caca?
Mami suspiró un poquito de nuevo, por la nariz.
-Quiero que sepas, Robin… Que no te lo echo en cara para nada ni…
-¿Pero me la hice o no?
-Sí –contestó incorporándose-. Te hiciste un poquito de caquita.
Volví a meterme el biberón en la boca y empecé a chuparlo más rápido, como si fuese mi chupete.
-No tan deprisa, Robin, a ver si te va a sentar mal –contestó Mami volviéndose hacia mí.
Me había hecho caca encima durmiendo, sin darme cuenta.
-Yo no le daría importancia –dijo pasándome una mano por la barriga y haciéndome una carantoña-. Tuviste un mal día –repitió.
Me terminé el biberón enseguida y se lo tendí a Mami, que lo cogió y me dio un besito en la frente.
-Muy bien, bebé. ¿Estás mejor? –asentí, aunque no lo estaba para nada. Mami me dio otro beso-. No te preocupes, cielo. Llevabas un pañalito, no pasó nada –contestó sosteniendo el que acababa de quitarme, ahora hecho una bola-. Toma –me lo lanzó y lo atrapé en el aire, justo cuando iba a darme en la cara-. Ve y tíralo a la basura y luego vístete.
Odio despertarme los días de semana.


*****


En el trayecto hacia el cole, procuro no pensar en lo que voy a encontrarme. Hoy veo a mis amigos por primera vez después mostrarme ante ellos tal como soy en realidad. No había tenido noticias de ellos después de abandonar la casa de Ronald en brazos de Mami, con un pañal mojado y chupando un chupete. Ni un mensaje al móvil ni llamadas por Skype ni nada. Suponía que Joseph, Ronald y Eddy ya se lo habrían dicho a los demás, y a estas alturas todo el mundo sabría ya que Robin Starkley es un bebé que aún lleva pañales, usa chupete y llama llorando a su Mami cuando se hace pipí encima.
Me puse muy inquieto y me agarré el pene, como si así pudiese impedir que se me saliese el pipí. Antes de salir de casa me había plantado delante del váter para forzarme a hacer pipí y vaciar mi vejiga, de cara a evitar un posible accidente en el cole, pero no cayó ni una gota.
Llegamos a la puerta del colegio antes de lo que hubiese gustado, y no me hubiese gustado llegar nunca. Miro con nerviosismo las rejas verdes de la puerta y al barullo de niños entrando en ellas. Niños todos más pequeños que yo, porque ya estoy en último curso. Niños que a pesar de ser más pequeños que yo (algunos bastante, pues también hay Parvulario) no se hacen pipí encima. Quizás alguno de párvulos sí, pero solo de noche, y a esas edades aún es normal. Pero seguro que ninguno de ellos quiere llevar pañales y ser un bebé. Seguro que ninguno quiere estar entre los brazos de su Mami chupando un chupete. Y eso es lo que me hace diferente.
Quizá algún párvulo aún moje la cama, pero yo soy el único que prefiere llevar pañales a no llevarlos.
Dios, me estoy comparando con los párvulos…
Y creo que aun así salgo perdiendo.
No digamos ya enfrentarme a niños de mi edad.
-No quiero salir –le digo a Mami agachando la cabeza, avergonzado.
Ella me pone una mano en la mejilla.
-Vamos, Robin…
-No quiero –repito-. Se van a reír de mí. Todos se van a reír de mí.
-Son tus amigos…
-Eso da igual… Saben que soy un bebé y se van a meter conmigo… Van a dejar de ser mis amigos…
-No digas eso, cielo… Seguro que no. Ya verás. A Ronald lo conoces desde los 6 años. A los dos os han puesto pañales juntos.
-Pero tú lo has dicho, teníamos 6 años.
Mami se queda en silencio. Al poco suspira y apaga el motor del coche.
-Escucha, cielo. Mírame –levanto la cabeza-. ¿Qué quieres que te diga? ¿Qué todo va a ir bien? No puedo decirte eso. Porque no lo sé. Posiblemente ahora vengan tiempos duros. Como dicen en la serie esa que le gusta a tu hermana: se acerca el invierno. No sé cómo van a reaccionar tus amigos. Posiblemente aún lo estén procesando. No es nada fácil asimilar que su mejor amigo aún lleva pañales. Eso también lo sabes tú –hace una pausa-. Dales tiempo. Sois amigos y una tontería como que lleves pañales y uses chupete no va a acabar con vuestra amistad. No vas a obligarles a que te cambien ni a darte el biberón, ¿qué más les da entonces? En tu casa puedes hacer lo que quieras. Tú sigues siendo el mismo.
>>Si se meten contigo o te hacen burla por llevar pañales, si quieren dejar de ser tus amigos por eso, es que nunca han sido tus amigos.
-¿Entonces qué hago? ¿Me quedo sin amigos? ¿Solo?
-Tu hermana y yo siempre vamos a estar ahí. Y siempre puedes hacer amigos nuevos. Hay más niños que chinos.
Yo sonrío un poquito.
-¡Una sonrisa por fin! –exclama Mami-. No te veía sonreír desde antes de dejarte en casa de Ronald. Era mucho tiempo ya sin ver sonreír a mi bebé –me revuelve el pelo.
Yo me lanzo hacia ella y la abrazo muy fuerte.
Mi Mami.
¿Qué haría yo sin ella?
-De todas formas, estamos adelantando acontecimientos –dice ella mientras seguimos abrazados. Me separo lentamente-. Quizá tus amigos no le han dado importancia y todo es como siempre.
-Ojalá –respondo.
-Ay, mi bebé. Dame otro achuchón.
Yo la abrazo de nuevo.
Hace solo unas semanas, estoy que estoy haciendo sería impensable. Abrazar a Mami delante del colegio. Ahora me da igual que puedan verme. Soy su bebé y no me da vergüenza mostrarle mi afecto en sitios públicos. Me da igual lo que puedan pensar los demás.
-Venga, cielo –dice Mami flojito-. Tienes que bajarte ya o llegarás tarde.
-Un poquito más –digo con la cara aplastada contra su pecho.
Mami ríe ligeramente.
-Luego en la casa te dejo darme todos los achuchones que quieras. Llevando tu chupetito y tu pañal –añade dándome una palmadita en el culete.
-¿Sí, Mami?
-Claro, porque mi bebecito no puede ir sin su pañal –yo río de forma infantil-. Pero ahora mi bebé tiene ser un niño grande y entrar en el cole con los demás niños, que luego en su casita podrá ir con su pañalito.
-Ji, ji, ji.
-Que su Mami se lo va a poner –dice dándome de nuevo una palmadita en el culete.
Finalmente me separo de Mami tras darle un largo beso en la mejilla y abro la puerta del copiloto para bajarme del coche. Me cuelgo la mochila con la perspectiva de que cuando salga del colegio, podré ser de nuevo un bebé y ya estoy más animado. Me bajo del coche y cierro la puerta, y nada más darle la espalda al coche, oigo como se baja la ventanilla. Me giro.
-Una última cosa, Robin –me dice Mami desde dentro-. No reprimas nunca tu sonrisa que el mundo se merece verla.


*****


Recorro el patio sintiendo que ya todos saben que llevo pañales. Pero es imposible. ni siquiera un rumor tan jugoso puede extenderse tan rápido.
Un rumor.
Sigue soñando, Starkley.
Cada vez que veo a un grupo cuchicheando, pongo la oreja para intentar captar algo de la conversación. Pero de momento todas giran en torno a fútbol, videojuegos y youtubers.
Me encamino hacia las escaleras en las que siempre quedo con mis amigos, sin saber muy bien lo que me voy a encontrar. Cuando las diviso a lo lejos, me da la sensación de que están todos: Ronald, Joseph, Eddy, Miles, Johnny, César, Eugene. Todos. Están todos apiñados en torno a Joseph y Ronald, y eso no puede significar nada bueno.
Efectivamente, conforme me voy acercando, la conversación se hace más inteligible.
-… Y se lanzó al cuello de su madre, llorando como un bebé –es Ronald.
-Por lo que habéis contado, es que es un bebé –César.
-Totalmente –Johnny, creo.
-Empezó –Joseph adopta un tono muy agudo-. ¡Mamiii, me he hecho pipí en el pañaaaal! –.
Me freno en seco.
Me pongo rojo.
Agacho la cabeza.
Se me salen las lágrimas.
En ese orden.
Estoy parado en medio del patio. No quiero seguir escuchando esa conversación, pero al mismo tiempo quiero enterarme de lo que les cuentan Joseph, Ronald y Eddy y de la reacción del resto. De modo que me quedo allí de pie, mirando al suelo y apretando fuertemente las asas de la mochila para contener mi rabia, sintiendo como los pedazos rotos de mi antaño mundo se resquebrajan aún más.
Mis amigos ríen. Entre sorprendidos y mofándose. Conozco sus risas. Los conozco demasiado tiempo.
O creía conocerlos
-¿¿¿En serio??? –la voz de Eugene suena divertida, como si le estuvieran contando el mejor chiste que ha oído en su vida.
-¡No me lo puedo creer! –este es Johnny-. ¿Pero vosotros sabíais que llevaba un pañal?
-A ver, se le notaba un bulto debajo del pijama ese –dice Joseph-, pero no estábamos seguros de que fuese un pañal.
-¿Incluso después de que se meara encima? –inquiere César.
-Joder, es que no nos lo esperábamos para nada. Es como si tú ahora coges y te meas encima. Imagínate como nos quedaríamos los demás –le contesta Joseph.
-Ya, ya, tiene sentido. Pero es que… ¡Joder! –exclama César-. ¿Qué pasó después?
-Bueno, y todo esto llevando un chupete –apunta Ronald.
-¿¿¿No jodas??? –Miles interviene por primera vez-. ¿¿Un chupete también?? –y suelta un resoplido burlón-. Madre mía…
Levanto la cabeza para contemplar a mis amigos mofarse de mí y hundirme más en la miseria. No sé qué sentir.
Rabia.
Dolor.
Traición.
Humillación.
El ser más miserable del mundo.
Así me siento.
Miro a mi grupo de amigo fijamente, y a pesar de sentir todo eso, soy incapaz de expresar algo con mi cara.
Simplemente los miro fijamente.
-Subió del sótano llevando ya el pijama ese de bebés y el chupete en la boca –sigue Ronald.
Miles, César, Eugene y Ronald se parten.
-Es que es algo que no te esperas nunca –dice Johnny-. O sea, que uno de tus amigos sea un bebé…
-Calla coño, que quiero saber cómo termina esto –le dice César-. Sigue, Ronald.
-No mucho más –continúa mi amigo-. Su madre subió con mis padres después de limpiar el charco de pipí –más risas- y Robin se lanzó hacia ella, le dijo que tenía pipí en el pañal –se ríen más fuerte-. Bajad las risas, joder –les dice Ronald preocupado-. Tampoco es cuestión de que se entere todo el mundo.
-¡Pero es que es buenísimo! –dice Miles limpiándose las lágrimas de risa con el dorso de la mano-. ¡Robin lleva pañales y chupete!
-¡Que bajes la voz, capullo!
-Vale, vale. Tranquilízate un poco –César le da unas palmadas en el hombro a Miles-. ¿Y luego qué?
Ronald se encoge de hombros.
-No mucho más… Bueno, sí –añade-. Su madre se lo llevó en brazos.
-¡¿¿Qué dices??! –exclama César-. ¿¿Cómo a un bebé??
-Totalmente como si fuera un bebé –dice Joseph. Más risas-. ¿Qué fue lo que dijo en brazos de su madre? –le pregunta  Ronald.
Mi amigo, mi mejor amigo, el que fue una vez mi compañero de pañales, dice con una sonrisa:
-Mami, por favor, cámbiame el pañal.
Y todos prorrumpen en una sonora carcajada. Todos menos Eddy, que no había participado en la conversación y que en ese momento se da cuenta de mi presencia. Pone un gesto de preocupación, me señala con un dedo y le da un codazo a Ronald, que es al que tiene más cerca.
-¡Tíos! –exclama.
Mis amigos paran de reír de golpe y me observan, sin saber qué decir.
Me miran como si no me hubiesen visto nunca en la vida. Como si fuese un extraño para ellos. Yo les aguanto la mirada un instante y echo a correr.
Me dirijo hasta nuestra clase. Aún no ha sonado el timbre así que allí no debe haber nadie. Ocupo mi sitio, el pupitre contiguo al de Ronald y me meto en la boca un trozo de la parte de debajo de mi camiseta.
Necesito chupar algo y no tengo el chupete.
Chupar la camiseta no me consuela absolutamente nada pero necesito chupar algo.
Es como el cojín del sofá del sótano de Ronald, solo que al menos esta vez no estoy mojado.
Me chupo la camiseta y miro al vacío, sintiéndome totalmente fuera de lugar.
Ahora este no es mi sitio. Me siento un extraño.
No es el mundo al que pertenezco.
Aquí ya ni tengo amigos.
Suena el timbre y me saco inmediatamente la camiseta de la boca. Lo único que me falta ya es que me vean chupándome la camiseta. La parte que estaba dentro de mi boca está ahora mojada y arrugada. Intento plancharla un poco pasándole la palma de la mano, pero no lo consigo. Afortunadamente, es la parte de abajo, así que no se nota mucho.
Me siento incluso peor que antes de chuparla.
Mis compañeros de clase empiezan a  entrar dispersamente en el aula. La mayoría me ignoran, aún no saben que soy un bebé. Me calmo un poco y empiezo a sacar mi libro de Matemáticas, el estuche y el cuaderno. Mis amigos entran en grupo todos a la vez, pegando muchas menos voces que de costumbre. Cada uno va a sentarse en su sitio. Yo procuro no mirarlos, agacho la cabeza y finjo que escribo en la libreta, pero solo garabateo líneas sobre los renglones. No estoy preparado para que Ronald se siente a mi lado y pasar tres horas de clase el uno al lado del otro, sin dirigirnos la palabra. Sabiendo los dos que yo soy un bebé, que llevo pañales y uso chupete.
Me siento enrojecer, pero afortunadamente, Ronald pasa de mí y va a sentarse en un pupitre que ha quedado libre al lado de Miles y Eugene.
Estoy solo.


*****


Durante el recreo, también estoy solo. Mis amigos han ido a jugar al futbol sin preguntarme si quería ir con ellos; solo Eddy me ha mirado fugazmente antes de irse con los demás. No me han dirigido la palabra en toda la mañana, han hecho como si no existiera. En los cambios de clase, cuando venía del baño de intentar hacer pipí, los oía hablar de Halloween varias veces. Es el sábado que viene y están haciendo planes para ir a una fiesta en la cochera de una chica bastante popular de la clase de lado. Hablaban las bebidas que iban a comprar, pasando de beber Fanta y Coca-Cola a comprar directamente alcohol. Hablaban de la que sería su primera fiesta con chicas, y que había algunas que les gustaban e iban a tirarle la caña, pero a mí no me incluían en esos planes. Nadie piensa en un bebé cuando va a ir a una fiesta en la que posiblemente de su primer beso.
De hecho, parecía que mis amigos se hubiesen olvidado de mí. De vez en cuando, me lanzaban alguna mirada de extrañeza, como si no supiesen muy bien si dirigirme la palabra, o no supiesen como hacerlo.
El estatus quo ha cambiado radicalmente para nosotros.
Sobre todo para mí.
Ya no soy su igual. Ahora soy un ser inferior.
Un bebé.
Pensé en dirigirles la palabra yo. De hecho, estando al lado de Ronald durante tres horas, soportando un infructuoso aburrimiento constante, pensé en decirle algo, lo que fuera. Qué coñazo, por ejemplo. Pero no me salían las palabras. Luego recordé sus mofas cuando le contaba a los demás todo lo que pasó el sábado y desechaba la idea.
Así que aquí estoy. Solo. Deambulando por el patio sin saber a dónde ir.
No les estoy pidiendo a mis amigos que me cambien el pañal, ni siquiera pensaba en llevar uno estando delante de ellos.
Solo les estoy pidiendo que me acepten tal como soy. En casa puedo ser un bebé, y fuer un niño de 12 años normal y corriente. Aunque no lo fuese. Aunque fingiese serlo. Para mí sería suficiente sabiendo que en el fondo me aceptan como soy. Llevaría con orgullo el peso de esa máscara y todo podría seguir como antes.
Pero no. Nada volverá a ser como antes y será mejor que me acostumbre.
Ahora eres un bebé, Robin. Tu sitio está entre pañales y chupetes. No aquí.
Aquí ya no.
No después de lo que he visto y oído esta mañana.
Sigo andando sin rumbo por el patio, comiéndome mi sándwich de mortadela mientras los demás me miran y se preguntan por qué no estoy con mi grupo de amigos.
Tras pasar tres veces por el mismo sitio, decido que tengo que buscarme algún lado al que ir.
Pero, ¿a dónde?
Aquí solo hay niños que nada tienen que ver conmigo. Aquí ninguno se hace pipí encima ni lleva pañales, ni… Y entonces caigo.
El Parvulario.
Es el sitio dentro de los muros del colegio más diferente al resto. Allí todavía hay niños a los que cuando sus padres vienen a buscar, les ponen el chupete en la boca. Lo he visto. Como hacía Mami conmigo. Me recogía del Parvulario y traía mi chupete en el bolso. Era otro colegio y otro barrio.
Y otra vida.
Pero Mami siempre venía a buscarme y traía con ella mi chupete. Y me lo ponía en la boca y nos íbamos de la mano a casa. Algunas personas ya le decían a Mami que yo era demasiado mayor para usar chupete, pero a ambos nos daba igual. Yo iba muy feliz con mi chupete por la calle. Cuando aún podía hacerlo y seguir conservando amigos, aunque en ese cole no tenía ninguno.
He tomado una decisión. Voy hasta el patio de párvulos. No voy a poder entrar (ni quiero hacerlo) pero no puedo seguir dando vueltas por mi patio o empezaré a llamar la atención. y lo último que me conviene es que los demás empiecen a preguntarles a mis amigos por qué no estoy con ellos.
¿Por qué los sigo llamando Mis amigos?
Atravieso los diferentes patios sin llamar la atención, pues a causa de mi estatura puedo pasar por un alumno de segundo curso perfectamente. Ahora llevo el pelo diferente a cuando tenía 7 años, más largo; así que no creo que mis antiguos profesores me reconozcan si me viesen, pero por si acaso camino deprisa, aunque no muy rápido para no llamar la atención, como vi en una antigua película de mafiosos que Elia me puso una vez.
Los patios del colegio están delimitados por zonas que nos separan a los alumnos por edades. Nosotros somos ya los alumnos más mayores así que estamos en el último patio de todos. El que nos precede es el de los alumnos de 8 y 9 años y el que precede a ese es el de los de 6 y 7. Y por último hay un patio separado por una pequeña valla que es el de los alumnos de Educación Infantil, los que tienen entre 3 y 5 años. Y es allí a donde me dirijo.
Al pasar por el patio de los niños de 6 años, veo el tobogán donde Ronald y yo juagábamos a El Rey León. Él se tumbaba arriba del todo y yo le agarraba de las muñecas desde las escaleras y le decía Larga vida al rey. Y él se dejaba caer hacia abajo imitando a Mufasa.
Era otra época. Éramos felices. Yo era más feliz desde luego de lo que soy ahora. Ese fue mi primer colegio de verdad. Al primero que fui tras abandonar a mi padre, recomendado por la madre de mi amigo, al empezar mi vida de verdad. En esa época a nadie (o casi nadie) le importaba que yo aún llevase pañales para dormir. Ronald también los llevaba. Era mi amigo de pañales, y ahora…
Llego hasta la valla que delimita el patio de los párvulos y me apoyo disimuladamente. Los veo a todos allí, jugando y correteando, tirándose por los toboganes, columpiándose… Muchos de ellos, los más pequeños, aún llevan pañal, se les nota debajo de los pantalones. Me doy cuenta de que los envidio; ellos pueden ir con su pañal sin que nadie les diga nada.
Yo en cambio, he perdido a todos mis amigos por llevarlos todavía. Me quedé en esa edad. Entre los 3 y los 5 años. Cuando se podía llevar pañales, usar chupete y tomar biberón sin que tus amigos te diesen la espalda. Ahora estoy solo.
Noto que se me empiezan a empañar los ojos y me limpio las lágrimas rápidamente con el puño de la camiseta, dejándome en la cara restos del sándwich.
-¿Qué te pasa?
Me giro súbitamente. Un niño de Parvulario me está mirando fijamente. Está justo detrás mía, en el patio de los niños de 6 años. Sé que es de párvulos porque va vestido con la ropa que les ponen cuando tienen que dar Educación Física.
-¿Qué haces aquí? –le pregunto con el corazón a punto de salirme por la garganta e intentando y limpiarme rápidamente de la cara las lágrimas y las migas de pan.
-Estaba observándote –me dice simplemente, sin dejar de mirarme fijamente.
-¿Cómo has salido?
-Hay un hueco al final de la valla –contesta encogiéndose de hombros.
-Pues vuélvete a tu patio, que aquí no puedes estar –le espeto, quizá un poco de mala manera.
-Tú tampoco puedes estar aquí –me recrimina sin apartar la vista de mí y sin mudar su expresión.
-Oye, niño… –le empiezo a decir, molesto, pero me interrumpe antes de que pueda continuar.
-¿Estabas llorando?
-¿Qué? ¡No! –contesto rápidamente y sorbiendo los mocos-. Claro que no.
-Llorar no tiene nada de malo. Yo lloro mucho.
-¿En serio? –le pregunto con indiferencia. El niño este me está empezando a poner muy nervioso. Es de los mayores de párvulos pero me habla como si fuese infinitamente más sabio que yo.
-Sí –contesta el niño si avergonzarse-. Y mi madre entonces me mima mucho y me pone mi chupete.
Yo siento mis mejillas enrojecer.
-Bien por ti –le respondo molesto y apartando la vista de él.
-¿Estabas mirándonos jugar? ¿Eres un pervertido de esos?
-¡¿Qué?! –respondo desconcertado-. No, claro que no.
El niño me echa una mirada evaluadora. Me doy cuenta de que lleva un pañal debajo de su pantalón. Debe ser de los pocos de último curso de Parvulario que aún lleva pañales.
-Entonces, ¿quieres venir a jugar?
Miro a los niños subirse por el tobogán y columpiarse.
-No. No puedo. Soy del patio de los mayores.
-¿Y qué?
-Pues que no puedo entrar en el patio de Parvulario. Además, si lo hiciera todos se reirían de mí.
<<¿Más?, pregunta una vocecilla dentro de mi cabeza.>>
El niño se vuelve a encoger de hombros.
-Como quieras. Pero a mí me daría igual que los demás se riesen de mí. Yo soy de los pocos en clase que todavía lleva pañales de día y no me importa. Me encanta que Mami me los ponga y me los cambie.
-Enhorabuena –le digo enfurruñado.
El niño se gira para irse, corriendo hasta el hueco de la valla para volver a su patio. Yo me doy cuenta de que he sido bastante grosero con él.
-¡Eh! –lo llamo a lo lejos. El niño se gira hacia mí-. Aprovecha ahora que eres pequeño y que nadie te puede decir nada por llevar pañales, que luego creces y todo eso se acaba.
-¡No lo creo! –contesta el niño-. He hecho un trato con El Duende de los Chupetes.
¿Con quién?
El timbre que señala el final del recreo está a punto de sonar. Como ya no podía seguir mirando a los párvulos jugar sin acabar llamando la atención me he venido a los baños del tercer piso. No los usa casi nadie y aquí puedo estar tranquilo y solo, alejado del resto de la gente.
Estoy de pie delante de la taza del váter más limpio que he podido encontrar, con el pene fuera intentando hacer pipí.  Tengo que intentar vaciar mi vejiga siempre que pueda.
De pronto, oigo unos pasos acercándose hacia aquí y cierro rápidamente la puerta de mi aseo. Me guardo el pene y me subo encima de la taza del váter, para que no se me vean las piernas por debajo de la puerta
La del baño se abre y entran Ronald y Joseph.
-¿Seguro que aquí podemos hablar tranquilamente –pregunta Joseph.
-Seguro –contesta Ronald-. Nadie viene nunca aquí.
-¿Has visto a Robin en el recreo?
-No. He estado jugando al futbol con vosotros, pero tampoco me he fijado.
Me aprieto más el pene. Intento no hacer ningún ruido.
-Qué fuerte, ¿no? –dice Joseph.
-Muy fuerte.
-A mí me da mucho repelús, es como si fuera siempre con un pañal.
-Me he fijado hoy disimuladamente. Parece que no lo traía puesto esta mañana.
-¿Crees que cuando fuiste a su casa a verle llevaba un pañal? El día que entraste corriendo.
-Estoy seguro. Se mearía o algo y empezó a llorar llamado a su madre. Dolor de barriga –resopló-. Ya.
-¿Qué crees que deberíamos hacer?
-Yo creo que necesitamos un tiempo.
-Ya… Lo mismo pienso yo. Eddy opina que no tenemos por qué dejar de ser amigos suyos.
-¿Tú quieres seguir siendo su amigo? –le pregunta Joseph.
-Yo… No sé… Robin me cae bien…
-Pero ahora…
-Es que es como un bebé, joder. Lo ves ahí con el pañal, meado, y con el chupete…
-Y da un poco de asquete.
-Vergüenza ajena más bien –Ronald hace una pausa-. Pero al colegio viene normal.
-Pero ya sabes que en su casa lleva pañales y chupete.
-Sí –corrobora Ronald-. Y eso me da un poco de grima.
-Más que cierto asquete, a mí lo que me da es un asco que te cagas. Nunca mejor dicho –y Ronald ríe ligeramente-. Eso de pensar que en su casa se mea encima.
-Eh, que mi hermano se mea encima.
-¡Sí pero tu hermano tiene un año, no 12!
-Ya.
-Mira –Joseph parece decidido-. Por lo pronto, vamos a pasar de él. Por lo menos hasta después de Halloween –añade-. Luego nos sentamos todos y vemos qué hacemos. Pero ya advierto: yo no quiero salir por ahí con alguien que lleva pañales. ¡Imagínate que se mea encima otra vez!
-Es que Robin es mi mejor amigo, junto contigo –añade Ronald rápidamente-, y dejarlo así de lado…
-Yo no quiero ser amigo de un bebé –dice tajantemente Joseph.
-Ya, ni yo. Eso seguro. No pienso salir con él si lleva un pañal o un chupete. Vamos, es que el sábado no sabía dónde meterme… Me estaba dando una vergüenza ajena, verlo ahí con ese pijama de bebé, el pañal, el chupete en la boca, echando peste a meado…
-Y que lo digas…
-Yo opino como tú. Vamos a pasar por ahora. Pero vamos, me da un bochorno mirarlo… Tengo grabada a fuego su imagen en brazos de su madre, diciéndole que le cambie el pañal… -y hace un sonido con la boca como de quien ve a alguien vomitar.
-Totalmente. Es como si lo vieras siempre como un bebé. Es que no se quita el recuerdo de la cabeza.
-¿Qué dicen los demás? –le pregunta Joseph.
-Ya sabes cómo son. Cualquier cosa que haga peligrar su estatus en el colegio no es bien recibida. Ellos no han sido amigos del todo de Robin como tú y yo, y ahora Eddy –añade-, pero ya sabes, ser amigo de un chico de 12 años que lleva pañales puede hundir tu popularidad en la miseria.
-Pero si nadie se entera de que lleva pañales…
-¡Hombre, yo no voy a ir promulgándolo a los cuatro vientos! No creo que Robin se merezca eso.
-Pero sí que se lo hemos contado a todos estos esta mañana –dice Ronald, con cierto tono de culpabilidad.
-Bueno, pero ellos son amigos nuestros –se defiende Joseph-. El caso es, Ronald, que estas cosas se acaban sabiendo. Y si te digo la verdad, yo no quiero que la gente se entere de que me relaciono con alguien que todavía lleva pañales.
-Ya… Yo tampoco…
-Aunque la gente no se entere… -sigue Joseph-. ¿Tú ves normal lo de Robin?
-¡¿¿Pero cómo narices voy a ver normal eso??! ¡¡Qué vergüenza, por dios!!
-Pues ya está.
-Joder –suspira Ronald-. ¿Qué hacemos? ¿Pasamos de él? ¿Lo ignoramos?
-Para la fiesta de Halloween seguro.
-¿Y después?
-Ya veremos… Pero la cosa está chunga. Es que me da un no sé qué hablarle. Y ya te digo que ninguno de estos va a volver a hacerlo.
-Puff –Ronald parece incómodo-. Entonces sí que está la situación jodida…
-Vamos a pasar –repite Joseph, esta vez muy decidido-. A lo mejor se aleja él de nosotros y no hay que decirle nada… O su madre lo cambia de colegio o algo. Si te soy sincero, me ha sorprendido verlo esta mañana. Yo no tendría huevos a aparecer después de una cosa así.
-Ni yo, vamos. Me mudaría a México o a una isla perdida del océano.
Ríen.
-Bueno, ¿nos vamos? –pregunta Joseph.
-Sí, está a punto de sonar el timbre.
Salen.
Yo casi no llego a bajar al suelo y sacarme el pene antes de que el pipí empiece a salir.


*****


Al salir de clase, voy hasta la puerta del colegio, sin esperar a nadie.
¿A quién voy a esperar?
Busco el coche de Mami con la mirada, pero no lo veo. También busco al niño del Parvulario que me había hablado en el patio, para ver si su madre le pone un chupete al recogerlo, pero tampoco lo veo.
Al no estar aún Mami me aparto de la muchedumbre y me voy hasta un banco del patio, desde donde aún puedo ver la calle. A la mayoría de los chicos de mi curso no vienen a buscarlos sus padres, sino que se van en autobús o en varios grupos andando.
Veo a Ronald, Joseph y los demás irse juntos hacia la parada del autobús. Yo estoy solo en un banco.
Solo.
El coche de Mami gira por la esquina de la calle.


*****


Estoy recostado en su regazo. Lloro desconsoladamente. Lloro y berreo con fuerza. Llevo puesto un pañal; es lo primero que ha hecho Mami al traerme a casa, ponerme un pañal como me prometió. Pero no me ha querido poner el chupete. Ha dicho que necesitaba llorar y expulsar la pena de mi cuerpo.
A veces es bueno llorar, Robin, ha dicho.
De modo que tras ponerme el pañal me ha traído en brazos hasta el sofá. Se ha sentado conmigo encima y me ha dejado llorar.
Ella también llora, pero no berrea ni suelta mocos como yo. Simplemente deja caer lágrimas mientras se mece conmigo y me da palmaditas en el pañal.
Llevo puesto solo una camiseta y un pañal.
Y lloro. Lloro con mucha fuerza.
-¡Me han insultado! –bramo con la voz rota en medio del llanto-. ¡Que les doy asco, que les doy vergüenza…! –no puedo seguir.
Lloro.
Mientras Mami me ponía el pañal le he contado todo lo que ha pasado hoy en el colegio. Como Ronald y Joseph les han contado a los demás lo que pasó en sábado, como se reían todos de mí, la conversación que les he escuchado en la que decían que les provocaba repulsión y asco. Y cuando Mami ha abrochado la segunda cinta del pañal ha sido cuando he prorrumpido en un llanto incontrolable.
Eso ha sido hace casi media hora.
Desde entonces estoy llorando en el regazo de Mami.
-¡¡No quiero volver al cole!! ¡¡¡No quiero!!! –y sigo llorando.
Lloro y lloro.
De vez en cuando suelto un alarido de dolor, y Mami me da palmaditas en la espalda y dice Eso es, Robin, expúlsalo todo, como si me estuviese echando los gases.
-¡¡¡No quiero tener 12 años!!! –grito en medio del llanto. Mami sigue meciéndome y dándome palmaditas en el culete-. ¡¡¡Quiero ser un bebé!!!
-Ya eres mi bebé, Robin –me dice Mami, flojito-. Mi bebecito pequeñito.
-¡¡¡Me he quedado sin amigos!!! ¡¡¡No tengo amigos!!!
Mami me aprieta más a ella y se mece un poco más rápido. Yo lloro más fuerte, si cabe. Se me sale el pipí.
-¡¡¡Me he hecho pipí!!! –grito.
-No pasa nada, Robin. Tu desahógate –me da un besito en la mejilla-. Luego te cambio.
-¡¡¡No quiero tener 12 años!!! –repito-. ¡¡¡Quiero ser un bebé!!! ¡¡Quiero ser un bebé y llevar siempre pañales y usar chupete y tomar bibe y dormir en cuna y pasear en carricoche…!! Quiero ser un bebé… -me he tranquilizado un poquito. Mami tenía razón y era bueno dejarme llorar-. Quiero ser un bebé… -mi respiración se va serenando poco a poco.
-¿Estás mejor, Robin? –asiento ligeramente-. Toma tu chupetito.
Mami me lo pone en la boca y yo lo recibo con ansia y empiezo a chuparlo. Me concentro en la sensación de la tetina en mi boquita y en el roce del plástico sobre mis labios. Lo chupo relajadamente. Mami me da un beso en la frente y me acuna. Me voy calmando bastante.
-No tengo amigos, Mami –digo muy flojito y con la voz amortiguada.
Mami no sabe qué decir, así que como respuesta me da otro beso en la frente. Yo siento entonces unos retortijones en la barriga.
-Mami –le digo con voz suave y mirándola fijamente a los ojos-. Creo que me voy a hacer caca encima.
-No pasa nada, Robin –me contesta ella, abrazándome más fuerte.
-¿De verdad…? –le pregunto moviendo despacio el chupete.
-Sí, cariño. Llevas un pañal. Háztela.
Nada más terminar Mami esa frase, yo siento la caca salirme. Gimo un poco y balbuceo cuando empieza a salir pero enseguida paro y muevo mi chupete algo más rápido, mientras me sigo haciendo caca encima de Mami.
Ella, mientras tanto, se limitaba a abrazarme.
Y yo, haciéndome caca en el pañal con la mirada perdida.
-Avísame cuando termines, cielo, para cambiarte.
Sigo un ratito más ahí, haciéndome caca en un pañal sobre el regazo de Mami.
-Ya –le digo muy flojito cuando termino, un poco avergonzado.
Mami me da un beso en la frente y se levanta conmigo en brazos. Subimos a mi habitación y allí me tumba sobre la cama para cambiarme el pañal. A mi lado están los calzoncillos y el pantalón que me ha quitado hace nada para ponerme un pañal. Y ahora tiene que cambiármelo porque me he hecho pipí y caca.
Mami coge de mi armario un pañal y un pijama. Los deja sobre el pantalón que he llevado al colegio y se inclina para cambiarme el pañal.
Primero despega las cintas adhesivas y abre el pañal, luego me levanta las piernas hacia arriba, lo extrae y me limpia el culito. Cuando termina, coge el pañal nuevo lo abre. Me pasa la parte de atrás por el culete y luego el resto por la entrepierna. Pega la parte de dentro a mi piel y me lo abrocha fuertemente.
Me da un beso en la barriguita.
-¿Mejor, bebé? –me pregunta, todavía con los labios pegados a mi tripita.
Asiento.

Mami me quita la camiseta y me pone el pijama enterizo. Después me lleva en brazos a la cocina, donde me sienta en una silla y me prepara un biberón. Sabe que no me siento capaz de comer nada sólido. Mami me vuelve a coger en brazos y regresamos ya con mi bibe listo al salón, donde se sienta en un sofá y me coloca a mí sobre su regazo. Me recuesta, sujetándome la cabecita con un brazo mientras que con el otro me da el biberón. Yo me lo tomo como un bebé y me quedo dormido.

26 de marzo de 2019

Los 2 Mundos de Robin Starkley - Capítulo 18: Restos de pipí seco



En el coche, de vuelta a casa, estoy sentado en el asiento del copiloto. Chupando mi chupete, con una pierna pegajosa por los restos de pipí seco y llevando un pañal mojado. Mami conduce lentamente y de vez en cuando me mira de soslayo, pensando que no me doy cuenta, con unos ojos humedecidos llenos de compasión y pesar.
Lo he fastidiado todo.
Todo.
Me he hecho pipí encima delante de mis amigos. Luego me han visto con un pijama de bebé,  llevando un pañal y con un chupete en la boca. Me han visto llorar como un bebé y lanzarme a los brazos de Mami, pidiéndole entre lágrimas que me cambiase el pañal.
Ya saben cómo soy.
Ya saben lo que soy.
Y el lunes ya lo sabrán el resto de mis amigos del colegio.
Cosas así, tan fuertes, tan impactantes para niños de 12 años, no pueden mantenerse mucho tiempo en secreto. Seguro que mismo momento, Ronald, Joseph y Eddy están los tres en el sótano, hablando del bebé que tienen como amigo.
Si es que quieren seguir siendo amigos míos después de esto.
Y todo ha sido culpa mía.
En casa siempre llevo puesto un pañal y no tengo que preocuparme por si me hago pipí encima. En el colegio voy siempre que puedo al baño para forzar mi vejiga a hacer pis y evitar así un posible accidente. Hasta para ir en coche o en casa de mis tíos, Mami me pone un pañal. Pero en casa de Ronald había olvidado que no llevaba uno. Había olvidado que no controlo muy bien mis esfínteres y tengo que usar pañales. Había creído que era un niño normal y no lo soy. Me lo estaba pasando tan bien con mis amigos después de tanto tiempo... Ya no era Robin, el niño callado que escondía un secreto, sino que era uno más de la pandilla.
Un niño normal.
Pero no, no lo soy.
Y ahora estoy pagando las consecuencias.
Soy un bebé. Eso es lo que soy.
Me siento más cómodo entre pañales y chupetes que entre videojuegos y futbol, esa es la verdad. Y creo que de algún modo siempre lo he sabido, una parte de mi cerebro era consciente de eso, pero el resto negaba en redondo lo que me decían todos mis sentimientos.
Hasta hoy.
Soy bebé.
Prefiero llevar un pañal a llevar calzoncillos.
Prefiero jugar con mi peluche a salir con mis amigos.
Prefiero que Mami me acurruque en su regazo y me dé el biberón a que tenga que tomarme yo solo un bote de fanta.
Y después de lo que ha pasado esta noche, no pienso volver a beber fanta en mucho tiempo.
Soy un bebé, pero he tardado demasiado tiempo en darme cuenta, en aceptar la realidad.
Por fin sé a qué mundo pertenezco.
Robin Starkley no es un chico preadolescente, es un bebé.
Es un bebé que tiene que llevar pañales, chupar chupete y tomarse la leche en un biberón.
Así es como soy feliz. Estando con mis amigos y haciendo lo que el común de los mortales llama Vida Social me lo paso, pasaba, bien, pero no era lo mismo. No se puede, podía, comparar con estar en mi camita con Wile, con un pañal abrochado en mi cintura, impidiendo que pudiese cerrar del todo las piernas, y con mi chupete en mi boquita, haciendo el ruidito que tanto me tranquiliza.
Chup, chup.
 El Robin Starkley de 12 años era un máscara, un escudo para protegerme, un papel que interpretaba para ocultar mi lado de bebé; mi verdadero yo. Y con el paso de los años casi me creo ese papel. Casi me creo que puedo ser como los demás niños, pero no. No lo soy.
No lo soy y nunca lo seré.
Soy un bebé.
Por fin lo veo claro.
No me importó salir del sótano de Ronald llevando chupete y pañales y mostrarme así ante mis amigos. Y no me importó porque me había dado cuenta de que yo soy así.
Soy ese.
Soy un bebé que tiene que llevar pañales y usar chupete.
Eso es lo que soy.


*****


Llegamos a casa. Mami aparca enfrente de la puerta y sale primero del coche. Lo cruza por delante y viene hasta mi lado. Me abre la puerta y se inclina hacia mí, que no he dejado de mirar al infinito durante todo el trayecto, en un completo silencio, perdido en mis pensamientos y chupando mi chupete, incapaz de hablar.
-Vamos, Robin –me dice Mami desabrochándome el cinturón-. Vamos a lavarte que te podamos acostar en la camita, que hoy ha sido un día muy largo.
Mami me pasa los brazos por la cintura y me alza. Yo dejo dócilmente que me cargue y me acomode en su cuerpo. Reposo la barbilla en el hombro de Mami y ella me da unas palmaditas suaves en el culito, por fuera del pañal.
-Vamos a cambiarte enseguida este pañalito mojado –dice.
Le da igual que haya algún vecino en la calle y nos pueda ver.
Nos da igual.
Mami solo se preocupa de que su bebé esté a salvo. Ahora mismo el resto del mundo puede irse a hacer puñetas.
Lo único que le importa es el estado de su bebé.
Entramos en casa y Mami me deja en el suelo. Mis piernecitas están todavía temblorosas, así que me caigo y me doy una culada, pero afortunadamente, el pañal es muy grueso y no me hago daño en el culete.
-¡Uy! –Mami se acerca a mí con cara de preocupación-. ¿Te has hecho daño, bebé? –niego con la cabeza y sigo chupando el chupete. Mami me d aun beso de alivio en la coronilla-. Voy a meter en la lavadora tu ropita mojada y los cojines de Joseline, y antes de que te des cuenta vengo otra vez y te llevo a dar un baño –me besa de nuevo y entra en la cocina, dejándome sentado sobre un pañal en el suelo del recibidor.
Chup, chup, chup, chup, chup, chup, chup.
Soy un bebé.
Me siento frío y mojado.
Odio con todas mis fuerzas hacerme pipí encima cuando no llevo puesto un pañal. La sensación de malestar que me genera en todo el cuerpo es horrible. Por eso pienso que los pañales son el mejor invento del mundo.
De pronto la puerta de la casa se abre y entra Elia, despeinada, con el pintalabios corrido y vestida de fiesta.
Yo la miro desde el suelo con ojos inexpresivos y moviendo mi chupete.
Mi hermana parece un poco mareada y la envuelve un tufo a mariguana.
-¿Qué haces tú aquí? –me pregunta intentando enfocar con los ojos. Su aliento huele a alcohol.
No me siento incapaz de contestarle.
Es demasiado difícil explicarle todo lo que ha pasado.
Demasiado duro revivirlo.
Además, soy un bebé, y los bebés no hablan.
-¿Robin? ¿Holaaa? –me dice agitando la mano delante de  mi cara.
En ese momento Mami regresa de la cocina.
-¿Qué haces tú aquí? –le pregunta con el mismo tono que mi hermana había usado conmigo, solo que ella vocaliza mejor las palabras.
-Eso mismo le decía yo a este –me señala tambaleándose un poquito-. ¿Qué hacéis aquí los dos? ¿Qué ha pasado? ¿No dormía en casa de Rupert? –nos mira indistintamente a los dos.
-Ronald –la corrige Mami-. ¿De dónde vienes tú? –le pregunta frunciendo el entrecejo con aire suspicaz.
-Clementine me acaba de dejar, como no tengo moto…
-¿Has llegado ahora? –le pregunta firmemente ignorando el comentario.
-Joder, que no es tan tarde… -se saca con dificultad el móvil del bolsillo del pantalón y mira la pantalla-. Ah, bueno… Un poquito sí.
-¿Y qué es ese olor? –Mami se acerca a ella y le huele la cara-. ¿Has bebido?
- Te voy a confesar un secreto, Mamá –dice Elia levantando un dedo-: la gente de mi edad –hace una pausa- bebe –termina en un susurro.
Mami pone los ojos en blanco.
-Lo que no sé –sigue Elia, hablando muy despacio, como si le costase acordarse de cada palabra que tiene que decir a continuación- es cómo la has podido darte cuenta del olor a alcohol y porros que echo con la peste a pipí que hay aquí ahora mismo –me vuelve a mirar, o lo intenta-. En serio, ¿qué ha pasado?
Mami me mira a mí, que sigo chupando mi chupete en el mismo sitio en el que me ha dejado.
-Mañana te lo cuento –le contesta Mami tras echarle una mirada evaluadora y darse cuenta de que mi hermana no está en condiciones de procesar nada. A continuación viene hacia mí y me carga en brazos-. ¿Tienes que usar el baño? –le pregunta a Elia-. Tengo que lavar a tu hermano y me va a llevar un tiempo.
-Tengo que desmaquillarme. Pero bueno, lo puedo hacer en mi cuarto. Entrad vosotros.
-Gracias, cielo. Mañana hablamos.
-Oído, jefa.
Mami sube las escaleras conmigo en brazos, y por encima de su hombro, veo como Elia me guiña un ojo y me hace un corazón con las manos.
Sonrío un poquito.
Entramos en el baño y Mami me vuelve a dejar en el suelo. Esta vez consigo aguantarme de pie. Mami me suelta los botoncitos del pijama rápidamente y me saca con delicadeza los bracitos de las mangas. Después me lo baja completamente y lo deja en mis pies. A continuación me saca una piernecita y luego la otra. Ahora llevo solo un pañal. Un pañal y un chupete.
Mami se agacha y comienza a desabrocharme el pañal. Primero una cinta y luego la otra. (frunch, frunch) mientras sujeta mi pañal por debajo para que no caiga al suelo. Después hace una bola con él y lo deja en una esquina del cuarto de aseo. Luego abre uno de los pequeños cajones de al lado del lavabo y saca mi chupete de baño. Viene hacia mí y me empieza a tirar con delicadeza del asa del que llevo puesto, pero yo me niego a solarlo.
Necesito chupar un chupete.
Mi chupete.
Es mi chupete, Mami.
Entonces Mami me enseña el chupete de goma que acaba de coger y caigo en que Mami solo quiere sustituir mi chupete por aquel, y que después del baño va a volver a dármelo. Abro la boca, Mami me saca el lila y me pone el de goma rápidamente. Lo empiezo a chupar muy rápido.
Chupchupchhphcupchupchhphcupchupchhphcupchupchhphcupchupchhphcup.
Mami me coge de las axilas y me mete en la bañera. Totalmente desnudo, empiezo a sentir frío y tirito un poquito. Mami se cerciora y comienza a frotarme la espalda.
-A ver si sale ya el agua caliente… -dice mirando con aprensión al mango de la ducha.
Mami tiene el mango de la ducha abierto y lo apunta al desagüe. Con una mano comprueba la temperatura y con la otra me consuela.
-Ya está.
Mami regula el agua para que no abrase mi cuerpecito y coloca el mango sobre mi cabecita.
Siento caer el agua caliente sobre mi cuerpo frío y tembloroso, e inmediatamente me empiezo a sentir mejor. El agua caliente purga mi tristeza y suciedad, y siento como cada poro de mi piel se eriza en contacto con el líquido elemento. Mami se da cuenta y me sonríe.
-Mucho mejor, ¿verdad, bebé?
Mami me levanta los bracitos y rocía mi costado, asegurándose de que no quede una sola parte de mi cuerpo sin mojarse. Mami me moja una pierna y luego la otra: la derecha, la del pipí. Emplea más tiempo en ella, rociándola varias veces y moviendo el mango de la ducha de arriba abajo.
Mami cierra el grifo y vierte un poco de jabón en una esponja. Comienza a pasármela por todo el cuerpo, frotándome con delicadeza pero a conciencia. Yo me dejo dócilmente que Mami me enjabone, levantando los bracitos cuando me lo dice y moviendo el chupete de goma en la boca. Cuando llega a la pierna con pipí, Mami me la frota muy fuerte, eliminando todo resto de la costra reseca y pegajosa que se había formado.
Al acabar de enjabonarme, Mami vierte en la palma de su mano una buena cantidad de champú, luego la frota contra la otra palma y me lo aplica en la cabeza. Mami me frota el cuero cabelludo con las uñas, pero muy suave, para que no me duela nada. Me hace un masajito capilar a la misma vez que me lava. Yo cierro los ojitos y disfruto del momento.
Es ahora cuando me doy cuenta de lo cansado que estoy,  y todo el sueño me llega de repente. Dejo escapar un bostezo y por poco no se me cae el chupete a la bañera.
-Estás casadito, ¿verdad, bebé? –me dice Mami mientras sigue frotándome el pelo-. No te preocupes que enseguida terminamos tu baño y te acostamos.
Usa de nuevo el maldito plural mayestático para referirse a mí, pero ya me da igual.
Cuando Mami termina de lavarme el pelo, abre de nuevo el agua caliente y me rocía con ella. Yo mantengo los ojitos cerrados para que no me caiga champú, y durante ese tiempo evito chupar mucho el chupete para no llevarme restos de jabón a la boca. Cuando Mami termina de quitarme todo el jabón de la cabeza entonces si puedo abrirlos de nuevo y volver a chupar el chupete.
El baño está lleno de vapor. No veo mi reflejo en el espejo porque está totalmente empañado. Ya no tengo frío, solo siento un calorcito por todo el cuerpo que me reconforta bastante, pero también hace que el sueño aumente. Vuelvo a bostezar, y esta vez tengo que agarrar el chupete en el aire, pues se me había salido de la boca.
-Pobrecito, mi bebé –me dice Mami, que también había intentado coger el chupete-. No te preocupes que enseguida terminamos, te secamos, te ponemos el pañalito y a dormir.
Mami se asegura de quitar todo resto de jabón de mi cuerpo y entonces cierra el agua y deja el mango reposar sobre el grifo. Coge rápidamente una toalla de la percha de la pared y me la pasa por encima. Me saca en peso de la bañera y me envuelve con la toalla, desde la cabecita a los pies, dejándome solo la carita al descubierto. Una carita con un chupete.
-¡Qué mono estás! –exclama Mami, y me da un pellizquito en la nariz-. Así era como te envolvía cuando un bebecito pequeñito.
Mami va hasta el lavabo y coge mi chupete lila, me saca el de goma de la boquita y lo sustituye por él. Yo lo recibo agradecido y comienzo a chuparlo con más calma.
Chup, chup, chup, chup, chup.
Mami me carga en peso y me saca del cuarto de baño, envuelto aún en la toalla. Para mi sorpresa no nos dirigimos a mi habitación, sino a la suya. Mami entra conmigo tomado y me deja acostado bocarriba sobre su gran cama.
-No te muevas, Robin. A ver si te vas  caer –Mami me arropa más fuerte con la toalla-. Vuelvo enseguida.
Me siento totalmente cobijado envuelto en la toalla. La tengo tan apretada a mi cuerpecito que soy incapaz de moverme. Lo único que sobresale de la toalla es mi carita. Balbuceo un poquito y muevo mi chupete.
-Ya estoy aquí, Robin –dice Mami al entrar. Estoy seguro de que ha oído mi balbuceo, por débil que fuera.
Mami trae consigo uno de mis pijamas enterizos y un pañal. Los deja a mi lado y me empieza a desenvolver de la toalla. Cuando termina, el resultado es un niño de 12 años completamente desnudo, con un chupete en la boca y que agita sus abracitos y piernas al aire.
¿Un niño de 12 años?
No.
Un bebé.
Soy un bebé.
Estoy ya casi seco. La toalla estaba calentita y en el cuarto de baño había mucho vapor así que Mami no tiene que emplear mucho más tiempo en secarme. Aun así, me frota con la toalla todas las partes del cuerpo, muy suave pero también muy deprisa, para que pueda ponerme enseguida el pijama y no coja frío.
¿El pijama? No.
Primero va el pañal.
Mami deja la toalla a un lado coge el pañal del otro. Es de ositos. De ositos llevando pañales. Lo despliega delante de mí y se inclina para ponerle el pañal a su bebé.
Primero lo coloca en posición vertical y me lo pasa por el culete con una mano tirándome de mis piernecitas hacia arriba con la otra a la misma vez. Luego me lo acomoda allí, asegurándose de que quede correctamente colocado debajo de mi culito. Una vez que se ha cerciorado de que el pañal está justo en su posición, me abre un poquito las piernecitas y me lo pasa por la ingle, pegando la parte de dentro del pañal sobre mi vientre, quedándose justo por encima del ombligo, cubriéndomelo también. Mami presiona un poquito el pañal contra mi cuerpecito con una mano mientras que con los dedos de la otra despliega la cinta adhesiva del lado derecho y la dirige hacia la parte delantera del pañal. Estira el lado derecho de delante del pañal hacia abajo y la cinta adhesiva hacia arriba, y cuando ambas partes no dan más de sí, pega la cinta sobre la franja de delante, tapando algunos ositos en pañales.
Después cambia sus manos y la que antes dirigía la cinta adhesiva ahora sujeta el pañal por delante, y la mano que antes presionaba la parte delantera del pañal se dirige ahora hacia la cinta adhesiva del lado izquierdo. Sus dedos la despliegan y la agarran guiándola hacia arriba a la vez que la mano que sujetaba el pañal tira hacia abajo de la parte delantera del mismo y la baja por mi cadera. Cuando ambas presionan fuertemente mi cintura, mami pega la cinta adhesiva sobre la franja delantera del pañal, enfrente de la otra y tapando también a  algunos ositos con sus pañales.
Mi pañal está fuertemente agarrado a mi cuerpecito. Mami me lo ha puesto muy bien sujeto para darme así esta sensación de enorme seguridad y tranquilidad que ya me produce de por sí llevar un pañal.
Mami se inclina otra vez hacia mí y me da un besito muy suave en la barriguita, que provoca que mis ojitos empiecen ya a cerrarse.
-Voy a ponerte ya el pijamita y te acuesto, bebé.
Mami despliega mi pijama enterizo y suelta uno a uno los botoncitos de delante, lo remanga hasta la altura de las piernas para que le sea más fácil ponérmelo y me pasa los piececitos por los puños de las patas, tirando de ellas hacia arriba. Mami levanta mies piernas hacia arriba igual que cuando me pone un pañal y me pasa el pijama por la parte del culete. Después me baja las piernas de nuevo y tira de mi espalda hacia arriba, dejándome sentado sobre la cama. Me cuesta mantenerme así, pues estoy muy cansado.
-Aguanta un poquito, campeón –me dice Mami dándome un besito en la frente-. Enseguida terminamos.
Mami me pasa un bracito por un manga, y luego el otro por la otra. Es un proceso que no puede durar más de un par de segundos, pero aun así me cuesta muchísimo mantenerme sentado. Cuando siento mi manita salir por el final de la manga, me dejo caer de nuevo sobre la cama.
-¡Muy bien, mi bebé! –me felicita Mami-. ¡Eres un campeón! –y me da otro besito en la barriga.
Mami me abrocha uno a uno los botoncitos del pijama, empezando por el último de todos, el que está a la altura de mi pañal, y terminado por el primero, el del cuello.
El pijama es suave y calentito, y yo estoy que me caigo de sueño.
-Bueno, vamos a dormir ya, bebé –me dice Mami, y yo temo por un momento que Mami vaya a llevarme a mi habitación, pero afortunadamente no es así. Mami me levanta en peso y comienza a abrir el edredón de su cama.
Parece ser que por una vez el plural mayestático sí se refiere a nosotros.
Mami me mete entre las sábanas como el bebé que soy y reposa suavemente mi cabecita sobre la almohada. Yo aferro los brazos pero no noto nada, solo aire.
¿Dónde está Wile? ¿Dónde está mi bebé?
Me rebullo inquieto y empiezo a gemir y a balbucear. Tengo los ojitos cerrados, pero abro y cierro los brazos delante mía por si Wile estuviera allí, pero no lo siento por ninguna parte.
Mami, que sabe exactamente lo que me pasa, me dice:
-No te angusties, mi bebé. Voy enseguida a por tu peluchito.
Y oigo a Mami salir rápidamente de su habitación mientras yo me quedo ahí con los ojos cerrados y agitando mis bracitos intentando aferrar a mi peluche, como si no hubiera escuchado a Mami decir que iba a por él.
Enseguida oigo de nuevo sus pasos entrar en la habitación, y en uno de mis aspavientos a ciegas siento a Wile. Me aferro a él enseguida y loo aprieto muy, muy fuerte contra mi pecho.
Mis chupeteos se vuelven más pausados y dejo de gemir, aliviado.
-Le he cambiado el pañal esta tarde, bebé. Como te dije.
Abro los ojitos para ver a Wile. Tiene la misma expresión que siempre y su sonrisa de pilluelo, pero el pañal ya no está arrugado como desde hace unos días. Ahora es un pañal liso que le queda genial. Vuelvo a cerrar los ojitos y lo espachurro contra mi carita. Me acomodo un poco y me dispongo a dormir.
-Eso es, mi bebé –Mami me da un beso en la mejilla-. A descansar.
Oigo como Mami le da al interruptor de al lado de la cama para que no me moleste la luz y escucho como se va poniendo el pijama a tientas en la oscuridad, intentando hacer el menor ruido posible. Siento como las mantas de la cama se despliegan por el otro lado y como el colchón se hunde un poco por esa parte. Mami ya está en la cama conmigo.
Me separo un poquito del borde de la cama en el que me había aocstado Mami y me muevo hacia ella, buscando el contacto de su cuerpo. Mami hace lo propio por su lado y ambos nos encontramos en el centro de la cama. Mami me pasa un brazo por encima, pone una manita sobre mi culete y me da dos palmaditas en el pañal. Yo me encojo un poquito, sintiéndome muy pequeño y me atrae hacia ella, asiéndome con una mano como si fuese su peluche. Me doy con la cabeza en sus pechos y me abrazo también a ella con un brazo mientras que con el otro aferro a Wile. Empiezo a mover mi chupete lenta y pausadamente.
-Duerme, bebé.


*****


Me despierto amodorrado e incómodo. No me noto nada descasado sino más bien lo contrario. Aún es de noche pero unos primerizos rayos de luz se cuelan por los resquicios de la persiana.
Estoy acostado bocarriba en la cama de Mami, medio destapado y aferrando a Wile con un bracito. Mami me está cambiando el pañal. Se huele un poquito mal.
-Shhh… No pasa nada, bebé –me dice Mami mientras que con delicadeza me saca el pañal.
Estoy muy cansado así que cierro los ojitos de nuevo, pero sigo sintiendo cómo Mami me cambia el pañal.


*****


Me despierto otra vez cuando parece que no han pasado ni dos minutos. Mami zarandea delicadamente mi hombro.
-Robin –me dice muy flojito-. Tómate el bibe ahora así luego puedes descansar más. Es solo un momento, mi amor –dice como disculpándose.
Me saca el chupete de la boca e inmediatamente empiezo a gemir molesto, pero entonces siento la tetina del biberón y empiezo a chupar.
La leche cae calentita en mi boca. La siento recorrer mi esófago y posarse en mi estómago, calentándome por dentro y por fuera.
Estoy acostado bocarriba, con Wile en un brazo y en la misma posición que antes. Ya no me siento incómodo, sino que siento el pañal de nuevo fuertemente sujeto en mi cuerpecito.
Mami me pasa un bracito por debajo de la espalda y me incorpora un poquito hacia arriba, dejándome reposar mi cabeza sobre sus pechos. Los senos de mi Mami son muy grandes y súper cómodos. Con mi cabeza recostada sobre ellos, sigo tomándome la leche, sin abrir los ojitos y chupando dócilmente de la tetina del biberón.
Cuando me termino la leche, estoy ya de nuevo al borde de un profundo sueño. Mami aparta delicadamente el biberón de mi boca e introduce rápidamente el chupete, pues yo no había parado de hacer con los labios el gesto de chupar. Me da también unos cuantos golpecitos en la espalda que me hacen eructar un par de veces y vuelve a meterme entre las sabanas, junto a ella. Me aferro a su cintura con un brazo y pego mi nariz a uno de sus pechos. Mami me abraza también y me da suaves palmaditas en mi pañal, y así me vuelvo a quedar dormido.


*****


Un ruido de voces me saca de mi sueño, dejándome en un estado de vigilia. Elia y Mami están hablando en el pasillo, muy flojito, pero aun así las oigo perfectamente.
-¿Dices que se ha hecho caca durmiendo? –Elia.
-Sí, me despierto y noto un olor raro en la habitación. Le huelo el culito a Robin y olía mucho a caca.
-Joder…
-Así que he tenido que cambiarle y ya he aprovechado para darle el biberón… Espera que cierre un poco la puerta de la habitación para que no le despertemos.
Oigo la puerta del cuarto cerrarse y los sonidos de las voces se vuelven muy amortiguados. No oigo lo que dicen así que me vuelvo a dormir.
No me cuesta nada hacerlo.
No sé ni si quiera si me había llegado a despertar.


*****


Me despierto, ahora sí, mucho más descasado, aunque aún sigo teniendo algo de sueño. No he pasado muy buena noche. La habitación de Mami está a oscuras y yo sigo acostado sobre su cama, envuelto en mantas y abrazando a Wile. La cama de Mami puede ser muy grande cuando estoy solo en ella. Me llevo la mano al pañal y lo noto hinchado, con pipí. Pero no es para nada algo que me sorprenda así que me desperezo dentro de las sabanas.
-Ha pasado algo horrible, Wile –le digo a mi peluche-. Mis amigos se han enterado de que llevo pañales y uso chupete. Hasta me he hecho pipí delante de ellos.
Me pongo muy triste al recordarlo así que me abrazo muy fuerte a mi amigo sintiendo el tacto de su pelito y de su pañal.
-Pero también ha pasado algo maravilloso, ¿sabes, Wile? –sigo diciéndole con mi vocecita de bebé y sin quitarme el chupete-. Me he dado cuenta de que soy un bebé. De que necesito llevar pañales y usar chupete. No soy un niño de 12 años. Soy un bebé.
Entonces la puerta de la habitación se abre y Mami irrumpe en ella. El contorno de su figura en el umbral es inconfundible. Mami enciende la luz de su habitación y viene hacia mí. Me encuentra aferrado a Wile y moviendo mi chupete, pero con los ojos abiertos.
-Buenos días, dormilón –me dice dándome un beso en la frente-. Es ya la hora de comer, has dormido toda la mañana.
-Estaba muy cansado, Mami –le digo como disculpa.
-No pasa nada, bebé –me da otro beso-. Voy a cambiarte el pañal y bajamos, que la comida está lista. Tu hermana ha hecho hamburguesas de bacalao así que intenta ser comprensivo.
Mami me destapa y me vuelve a besar en la frente. Su bebé vuelve a desperezarse y agita sus extremidades al aire.
-Vamos a cambiarte en tu cuarto, ¿vale? No tengo aquí pañales.
Salgo de la cama por mi propio pie, cojo a Wile y sigo a Mami hasta mi habitación. Allí, me tumbo bocarriba sobre la cama y espero que Mami me cambie.
Mami suelta los botoncitos de la solapa de atrás del pijama pasándome una mano entre el culete y la cama y después levanta mis piernas hacia arriba con una mano mientras que con la otra despliega la solapa, dejando mi pañal al descubierto. Uno de cochecitos.
Mami despega las cintas del pañal con dos frunchs y lo despega de mi cuerpo. Empieza ahora a limpiarme cuidadosamente mientras yo miro el techo de mi cuarto y muevo mi chupete, esperando que Mami termine y disfrutando con el cambio. Mami coge otro pañal y lo despliega delante de mí, me pasa la parte de atrás por el culete levantándome de nuevo las piernas y luego me pasa el pañal por delante, entre las dos piernas. Finalmente me lo abrocha fuertemente con las dos cintas adhesivas.
-Ale, ya está –dice sacudiéndose las manos.
Salgo de la habitación cambiado, vestido con ropa de niño y sin mi chupete, pues Mami no me deja tenerlo en la mesa.
Al entrar en la cocina, Elia está sirviendo las hamburguesas de bacalao en tres platos. Al verme aparecer, suelta una exclamación de alegría.
-¡Atún! ¡Buenos días! ¿Cómo está el bebé de la casa?
-Bien –contesto yo frotándome los ojitos.
-¿Sigues cansado, Robin? –me pregunta Mami, que había entrado detrás de mí con el pañal que acababa de quitarme hecho una bola para tirarlo a la basura.
-Un poquito –digo.
-Bueno, pues después de comer, te acuesto a dormir una siesta, ¿vale?
-Bueno, eso será si hay un ‘después de comer’ –exclama Elia exultante-. Estas hamburguesas me han salido de muerte y hay muchas más por si queréis repetir.
-¿Cuántas hamburguesas has hecho, cielo? –le pregunta Mami nerviosa.
-Diecisiete –contesta Elia orgullosa-. Bueno…  -continua un poco dubitativa-, es que me pasé un poco con algunas cantidades y tuve que echarle más bacalao para compensar.
-¿Cómo se pueden hacer hamburguesas de bacalao? –pregunto sentándome a la mesa.
-Pues con mucha paciencia, atún –me contesta mi hermana revolviéndome mi ya de por sí despeinado pelo-. ¡Venga, todos a comer! –exclama dando una palmada.
Tal como esperaba, las hamburguesas son incomibles. Al dar el primer bocado casi me da una arcada, pero la mirada que me echa Mami me obliga a seguir comiendo. Al final y con mucho dolor nos acabamos los tres nuestras hamburguesas.
-Bueno, ¿alguien quiere más? –nos pregunta Elia muy contenta.
-¡No! –contesta Mami quizá demasiado fuerte y demasiado deprisa-. No, por favor, no hay que abusar.
-Eso –digo yo todavía con el regusto de la hamburguesa en la boca.
-Llévale las otras a tus amigos, que puedan probarlas también –le dice Mami encomendándose a los cielos para que su hija le haga caso.
-¿En serio? ¿No os importa no comer más? –nos pregunta Elia
Niego rápidamente con la cabeza.
-No, por favor, hombre –Mami trata de sonar contenta-. ¡Llévaselas a tus amigos, cocinillas!
-Pues precisamente esta tarde he quedado con algunos…
-¡Pues anda, venga! ¡Llévaselas! –la sonrisa de Mami no puede ser más forzada.
-¡Qué guay! –Elia se levanta de un salto-. Pues voy a llamar a Clementine para decirle que no prepare nada, ¡que pongo yo la comida! –y sale corriendo de la cocina.
Espero a que se haya ido para hablarle a Mami.
-Pero esto está asqueroso –le digo.
-Cállate, Robin, a ver si te va a oír –me dice Mami nerviosa mirando hacia la puerta.
-No quiero ni ponerme el chupete por si se le queda el sabor.
Mami sonríe, bebe un enorme trago de zumo y me vuelve a mirar.
-¿Tú no tenías sueño? –me pregunta.
-Y lo sigo teniendo –contesto. Es la verdad.
-Pues venga, vamos a acostarte, anda, que te pasas todo el día durmiendo. Como un bebé –añade sonriéndome con ternura.
-Sí –contesto, y me río con mi risita de bebé.
Mami y yo subimos a mi cuarto. Por las escaleras nos cruzamos con Elia, que baja corriendo a la cocina.
-¡Me han dicho que estarán encantados de probar mis hamburguesas! –grita emocionada.
-Pobres amigos –digo flojito.
Mami me da un cachete suave en el culete y yo vuelvo a reír como un bebé.
En mi habitación está Wile esperándome sobre mi cama hecha, ya que esta noche no he dormido allí. A su lado hecho un ovillo está pijama enterizo amarillo.
-¿Estás mojado, Robin? –me pregunta Mami.
Niego con la cabeza y me acuesto bocarriba sobre el edredón. Mami me desviste y pone el pijama. Luego me da el chupete y yo me lo meto en la boca con cierta reticencia, pero Mami ríe y me dice que el sabor de las hamburguesas no se va a quedar en él.
Gateo hasta debajo de las sabanas y Mami me arropa y me da un beso en la frente.
-¡A dormir!
Yo me abrazo a Wile y me acurruco, dispuesto a dormirme de nuevo.


*****


Me despierto cundo oigo el ruido de la puerta de casa cerrarse muy fuerte.
-¡Ya he vuelto! –oigo gritar a Elia.
-Chsss –Mami la chista desde el salón-. Tu hermano está durmiendo.
-¿Todavía? –pregunta Elia más bajito.
-Ha pasado muy mala noche y ayer fue un día horrible para él. Déjalo que descanse.
-Sí, tienes razón –concedió Elia-. Pero últimamente se pasa casi todo el día durmiendo. Como un…
-Como un bebé –termina Mami.
Cambio de postura en la cama y oigo como el pañal hace ruido al hacer ruido  con el movimiento. Me lo toco y tiene pipí, pero me apetece estar un poquito más de tiempo en la cama, debajo de las sabanas. Con mi peluchito, mi chupete y mi pañal.
Como un bebé.
Cojo a Wile y lo coloco delante de mi carita.
-¿Tienes pipí, Wile? –le pregunto. Me imagino que me dice que sí-. Yo también –le contesto-. Ahora tendré que ir a decirle a Mami que me cambie, pero quería estar aquí un poquito contigo. Ayer por la tarde te eché mucho de menos –lo abrazo muy fuerte-. ¿Y caca? –le pregunto-. ¿Tienes caquita en el pañal? –y le huelo el culito, y siento que hay algo que se me escapa, pero no sé muy bien qué es, como si fuera una palabra que no me viene a la mente-. No, caquita no tienes –le contesto-. Entonces si quieres podemos jugar un poquito.
Y me puse a hacer como que Wile estaba con los demás Looney Tunes llevando su pañalito, igual que mi peluche. Jugué a que tenía que ir a la guardería con los Baby Looney Tunes y estos se burlaban de él por llevar pañales, sobre todo el Correcaminos. Pero entonces unas voces me llegaron del salón.
-¡¡Le prometí que nadie se iba a enterar de que llevaba pañales!! ¡¡Le prometí que todo iría bien! –es la voz de Mami, que grita en medio de un llanto. Yo paro de jugar inmediatamente y me quedo quieto, sin hacer ni un ruido y apretando el chupete fuertemente con los labios para no empezar a moverlo, pues me he puesto de repente muy inquieto-. ¡Y mira ahora lo que ha pasado! –continua gritando Mami-. ¡Le he fallado a mi hijo! –la oigo quebrarse en un llanto-. Oh, dios… Le he fallado a mi bebé…
Mis ojos se humedecen y las lágrimas empiezan a caer hasta mi chupete, que ahora me sabe a ellas.
-Mamá, tranquila… -le intenta decir Elia.
<<-Sí, Mami. Tranquila, por favor.>>
-¡No! –Mami vuelve a gritar y llorar, y a mí se me sale el pipí y vuelvo a mojar mi pañal, incapaz de controlarme-. ¡No es la primera vez! –sigue Mami, desolada-. Todo lo de vuestro padre… Todos esos años…
-Venga, Mamá. Ya vale –oigo decir a Elia tajantemente-. Basta.
-¡Soy una persona horrible, una miserable! ¡¡Una mierda de madre, un…!!
-Eh, eh, ¡EH!! ¡YA BASTA! –Elia da un enorme grito que retumba en toda la casa-. El plan era muy inestable, ya lo sabíamos. Sabíamos que algo así podría pasar. No es culpa tuya. Hiciste lo correcto.
-Pero Robin –trata de decir Mami tras soltar un hipido-. Sus amigos… Ahora saben… –llora de nuevo.
-¿Pasó algo? –le pregunta Elia, interesada-. ¿Le dijeron algo malo o…?
-¡Qué va! –contesta Mami-. Estaban tan sorprendidos que no podían ni articular palabra… -vuelve a soltar un hipido-. Pero todos ahí, mirándole el pañal y el chupete… Y Robin , pobrecito… Cuando bajé a limpiar el pipí del suelo, mojó el pañal… -empieza a llorar otra vez-. Y me dijo ahí en medio, delante de todos sus amigos que si podía cambiarle el pañal… –llora con fuerza-. Oh, dios mío, ¡¡¿Qué he hecho?!! ¿Qué he hecho? Oh, dios… Mi pobre bebé…
Durante un rato solo se escucha el llanto de Mami. Elia la está dejando desahogarse. Pero a mí no me consuela nadie. Lloro intentando no hacer ruido, controlando un llanto que está a punto de escaparse. No quiero empezar a berrear como un bebé. No quiero que Mami se entere de que la he escuchado llorar. Odio ver a Mami llorar. Me recuerda a épocas pasadas… Épocas de dolor y sufrimiento diario… Mami… No llores… Por favor, no llores…
Quiero bajar y decirle que no es culpa suya. Que ella hizo lo que tenía que hacer, lo que consideró que era mejor para su hijo. Que la culpa es mía y solo mía.
Mía por no saber controlar el pipí.
Mía por necesitar pañales.
Pero quiero decirle que gracias eso he podido por fin descubrir quién soy. Lo que soy.
Gracias a una noche horrible, en la que mis dos mundos colisionaron, he podido nacer de nuevo. Ser un bebé de nuevo.
Ser yo.
No llores, Mami.
Tu bebé te quiere.
Tu bebé te quiere…
-Bueno, Mamá –escucho a Elia, más calmada-. Lo hecho, hecho está. Es una mierda, lo sé. Pero ahora solo queda tirar para adelante y ver cómo afrontamos esta situación.
-Pero sus amigos…
-¡¿Qué más da que sus amigos sepan que lleva pañales?! Robin tuvo en mente alguna vez decírselo, ¿te acuerdas? ¡Para que le comprases una cuna! Si son sus amigos –continua Elia-, si de verdad son sus amigos –puntualiza-, seguirán siéndolo después de esto... Y al final resulta que no lo son, se ha quitado de en medio a gente que no merece la pena.
-Le dije que todo iba a salir bien… -vuelve a lamentarse Mami.
-Ya estamos otra vez.
-¡¡¿Alguna vez has tenido que decirle a alguien que todo va a salir bien, cuando sabes que es mentira?!! ¡¡¿¿Alguna vez has tenido que mentirle a la cara una de las personas que más quieres??!!
-¡¡¡¡SÍ, MAMÁ, SÍ!!!! –Elia da un grito ensordecedor para acallar el llanto de Mami. Hasta a mí me ha dejado en completo silencio-. Hace algún tiempo, Clementine y yo salimos del armario con nuestros amigos. Ella no se veía capaz. Decía que no eran lo suficientemente tolerantes. Nuestros amigos comunes fueron a un colegio ultra católico, ya lo sabes. Clementine me dijo que no lo hiciésemos, que nos iban a dar de lado –hace una pasuda-. Tenía razón. Y yo lo sabía. Pero no podía… No podía estar ni un segundo más fingiendo ser alguien que no soy. Así que le dije Tranquila, todo va a ir bien –suspira-. Y se lo dijimos. Una noche, como la de ayer, estábamos en un bar tomándonos unas copas y les dijimos Eh, esta chica y yo somos pareja.
Se produce una pequeña pausa. Oigo como Mami se suena la nariz.
-¿Y qué pasó? –pregunta.
-¿Qué pasó? –bufa Elia-. Pues para empezar que esa noche se convirtió en un desastre. Nuestros amigos se fueron y Clementine y yo nos quedamos solas, bebiendo como borrachas. De ese grupo solo dos nos dirigen ya la palabra, así que ahora salimos con mis amigos de la universidad.
-Lo siento mucho, cielo –le dice Mami tras sonarse de nuevo la nariz.
-No pasa nada. ¿Y sabes por qué? –le dice Elia más animada-. Porque nos da igual. Ahora salimos con gente que sí que nos respeta y que le suda la polla hasta límites insospechados con quien se acuesta cada uno o a quien decida amar.
-Habla bien –le dice Mami-. Pero es bonito eso que has dicho.
-Lo que quiero decirte, Mamá, es –Elia empieza con su tono conciliador-. Que si los amigos de Robin no lo aceptan, que no lo acepten. Que se busque otros mejores. Si no lo aceptan tal como es, es porque no son realmente sus amigos.
-Sí, pero… En cualquier caso… las cosas van a ser más difíciles a partir de ahora...
-Eso seguro –corrobora Elia-. Al principio será horrible. Muy duro. Pero eh –añade-, a lo mejor estamos hablando de más y a los amigos de Robin no les importa que lleve pañales… Porque no lo vas a mandar al colegio con pañales, ¿verdad?
-Ni en un millón de años –responde firmemente Mami.
-Pero… ¿controla el pipí? –pregunta Elia.
-Creo que sí, pero ya has visto que no se puede estar segura… Me dijo que en el colegio iba cada vez que podía al baño, para forzarse a hacer y evitar que se le escape.
-Un chico listo. Siempre lo he dicho.
-Ayer se le debió de pasar… Habrá que ponerle un pañal cuando no tenga acceso rápido a un baño.
-Bueno… Mientras eso sea todo… A Robin no le importa llevar pañales cuando va a algún sitio. Acuérdate del cine.
-Ahí se lo puse porque me pareció que lo necesitaba.
-Y no te equivocaste, ¿verdad?
-No –contesta Mami-. Se mojó encima nada más salir del aseo.
-Y si no, acuérdate de la segunda comida en casa de tía Gayle.
-¡Ah, sí! –exclama Mami-. Ahí sí que me pidió que le pusiese un pañal.
-Y estaba más cómodo.
-Sí, la que no estaba tan cómoda eras tú.
-Las cosas cambian –admite Elia.
-Y tanto… Menos mal que te tengo, Eli –le dice Mami llena de gratitud.
-Me lo podrías agradecer con….
-¡No pienso comprarte una moto!
Elia ríe.
-Tenía que intentarlo.
-Ya… Oye… hay algo más –dice Mami.
-¿Qué pasa?
-Lo de que las cosas van a ser más difíciles a partir de ahora no lo decía solo porque los amigos de Robin se hayan enterado de que lleva pañales.
-¿A qué te refieres?
-El otro día llegó esta carta.
Oigo como Mami se levanta del sofá y abre uno de los cajones de al lado de la tele.
-No te lo había dicho aún, ni a Robin tampoco, que es al que más le afecta, por si puedo recurrir, pero ya he hablado con Yolanda y me ha dicho que es un dictamen judicial y que será complicado.
Yolanda fue la abogada del divorcio de Mami y mi progenitor biológico. Me pongo muy inquieto, no puedo evitar chupar mi chupete muy rápido pero aun así las oigo perfectamente, pues ya halan con tono normal, olvidándose de que puedo estar durmiendo.
-¿Cuándo sería esto? –pregunta Elia con desprecio tras una pausa en la que supongo que ha estado leyendo la carta.
-¡Baja la voz! –le apremia Mami-. No quiero que Robin se enteré –pequeña pausa. Supongo que intentando oír si hago algún ruido en mi habitación. Dentro de tres semanas.
-Me cago en sus muertos. Será hijo de puta. ¿A qué cojones viene esto ahora?
-Mañana he quedado con Yolanda por la mañana –contesta Mami, que ni siquiera se molesta en decirle a Elia que modere su lenguaje-. Me dirá si el juez ha aceptado la reclamación. Si es así, no le diré nada a Robin. Pero es un mandato del Tribunal Superior así que está jodido.
-¿Ese cabrón ha recurrido al Tribunal Superior? –y antes de que Mami responda, lo hace a ella misma-. Hay que ser hijo de puta para aceptar esta reclamación de ese maltratador. Maldita justicia machista…
-Por si acaso, no digas nada. A nadie. Mañana veremos lo que hacemos. De todas formas –añade Mami-. Eres mayor de edad. Esto no te afecta a ti, solo a tu hermano.
-Si crees que voy a dejar a Robin pasar solo por esto es que no me conoces absolutamente nada.