13 de noviembre de 2018

Los 2 Mundos de Robin Starkley - Capítulo 3: Nappynception



Me despierto muy amodorrado. Me siento pegajoso y sudoroso. Estamos en Septiembre y todavía sigue haciendo calor en Chicago. Wile está a mi lado un poco apartado. Inconscientemente durante el sueño, lo he apartado porque sí que es verdad que es muy grande y da mucho calor. Tumbado bocabajo, levanto suavemente el culito y noto el pañal muy pesado y abultado. Me he hecho mucho pipí, pero sigo estando sequito. Los pañales que compra Mami son muy absorbentes y permiten que esté sequito aunque me haya hecho un pis como para inundar el cañón del Colorado.
Me destapo y a pesar de los veintiocho grados que debe haber fuera, siento una sensación de frescor, así que imaginaos la temperatura que debe de hacer en mi cama. Vuelvo a coger a Wile y a situarlo a mi lado, no quiero que se sienta desplazado ni física ni mentalmente.
-Me he hecho un pipí muy grande, Wile –le digo, riéndome con mi chupete.
Naturalmente no obtengo respuesta, pero sigo hablando con él.
-Tú también estás mojadito –lo huelo un poco-. Pero solo es de sudor, no de pipí también como yo. ¿Sabes? –me ladeo y lo pongo en frente de mí-. El otro día se me ocurrió que estarías muy bonito con un pañal –me río como un bebé-. Pero tendría que ser un pañal de bebé, de muy bebé, porque los míos te estarían muy grandes y se te caerían ji, ji, ji. ¿Qué te parece? Podemos preguntárselo a Mami. Ya que no me deja tener una cuna, podría ponerte a ti también pañales, así nos cambiaría a los dos juntitos, ¿te imaginas?
Le doy un beso muy fuerte sin quitarme el chupete. Mami los llama Besitos de chupete, y solo los guardo para ella y Wile. Y bueno, algunas veces también para Elia.
-¿Y te imaginas dormir en una cuna? –le pregunto muy emocionado-. Mami nos tendría que meter y sacar porque yo no podría, como si fuese un bebé de verdad. Sería tan bonito…
Estiro el brazo y cojo mi móvil de la mesita de noche. ¡Son casi las seis! Tengo muchos deberes que hacer y no puedo quedarme toda la tarde en la cama y con el pañal mojado.
Le doy otro besito de chupete a Wile y me incorporo. De pie, noto más el peso del pañal. Verdaderamente me he hecho mucho pipí. Salgo de la habitación y voy a buscar a Mami para que me cambie. La encuentro en el salón sentada en el sofá, donde la había dejado antes de dormirme y veo que sigue viendo Downton Abbey. Mami tiene unas caderas muy anchas con un gran regazo que siempre parece estar diciendo Ven, siéntate y deja que te acune. Sus pechos son muy voluminosos y una almohada perfecta. Me encanta dormirme sobre el regazo de Mami.
-Mami, ya estoy despierto –le anuncio cuando llego al salón.
-¡Mi bebé! –ella gira la cabeza al oírme-. ¿Ya te has levantado de la siesta?
-Sí –le digo mientras camino hacia ella. Me subo en su enorme regazo y ella me rodea con sus brazos-. ¿Todavía ves esta telenovela?
-No es una telenovela, es una serie –dice ella un poco ofendida-. Y sí, me encanta. Lo mismo que a ti con tus Teen Titans GO! y Kim Possible.
Yo me acomodo sobre ella poniendo la cabecita en uno de sus pechos y Mami se echa hacia atrás, de modo que los dos nos recostamos sobre el sofá. Mami me acaricia el pelo mientras sigue viendo la serie.
-¡Cómo te pesa el pañal, eh! –me dice dándome unos cachetes en el culito. Por toda respuesta, yo dejo escapar una risita-. Y qué pegajoso estás –me huele el sobaco-, y qué peste echas a sudor. En cuanto acabe este capítulo, te quito el pañal y te baño.
Por fortuna, el capítulo termina pronto, porque a parte de llevar el pañal mojado, la serie es un bodrio y aburrida de narices. Solo llevo vistos cinco minutos y ya me quiero morir.
En cuanto salen los créditos, me levanto de un salto y Mami se incorpora. Se despereza de una forma muy parecida a la mía y me da otro cachete en el pañal.
-Ale, a la ducha.
Salgo delante suya y subo las escaleras hasta el baño. Mami llega enseguida y me empieza a desnudar. Me quita la camiseta del pijama con alguna dificultad, pues estaba muy pegada a mi cuerpo a causa del sudor y me baja los pantalones, dejándome solamente con el pañal. Levanto las piernas para ayudarla a sacarme los pantalones del todo y me quedo esperando a que me quite mi pañal. Aun estando yo de pie, Mami se pone en cuclillas y me desabrocha las cintas, sujetando el pañal por debajo para que no caiga contra el suelo. Mami enrolla el pañal y lo deja en un rincón, al lado de la papelera.
Yo huelo a pipí y a sudor, y estoy deseando que llegue ya el baño. Mami muchas veces es ella quien me lava. Llena la bañera de agua y me mete dentro, dejándome jugar y mientras me va limpiando.
¿Os he dicho alguna vez que a pesar de tener 12 años sigo siendo un bebé en muchos aspectos?
Mami me mete en la bañera, pone el tapón y abre el agua caliente al máximo. Me saca delicadamente el chupete de la boca y lo deja sobre el lavabo. Mi boca se mueve inquieta, haciendo el gesto de succionar, y Mami abre uno de los cajones del cuarto de aseo y saca mi chupete de baño.
Se trata de un chupete hecho enteramente de goma: la tetina, el cuerpo y el asa; así que no pasa nada si se moja y yo puedo tener un chupete en la boca mientras me van bañando.
De la repisa del gel y el champú saco los juguetes que guardo en el cuarto de aseo. Se trata de unos piratas de playmobil sin sombrero, espadas o pistolas porque se colaron por el desagüe de la bañera mucho tiempo atrás, y juego con ellos mientras bañera se llena de agua. Mami ha cogido el pañal mojado, mi chupete y mi pijama y ha salido del baño. Para cuando vuelve, la bañera está casi llena.
-He puesto tu chupete en un cazo con agua caliente para limpiarlo, que estaba ya muy roñoso –Mami mete la mano en el agua para comprobar la temperatura-. Perfecta –cierra el grifo y comienza a bañarme.
Primero, coge el mango de la ducha y me moja la cabecita, haciendo que mi pelo ya de por si lacio me caiga sobre los ojos  dejándome sin visión momentáneamente. Y digo momentáneamente porque Mami enseguida me abre la cortina de pelo y me echa champú en la cabeza.
Yo tengo el pelo lacio aunque no demasiado largo, lo justo para que me tape la orejas pero sin llegar a ser una melena. En realidad es un peinado como de niño mucho más pequeño, como el que lleva el hijo de Jim Carrey en esa película en la que hacía de un abogado que no podía mentir.
Mami me frota bien el pelo, muy delicadamente y también con las uñas para asegurarse de que no queda una sola parte del cuero cabelludo sin champú mientras yo sigo jugando con mis juguetes. Cuando termina de aplicarme el champú, Mami llena de gel una esponja y comienza a lavarme el cuerpo. De arriba abajo. Primero el cuello y la nuca, luego levanta mis bracitos y me los lava también. Después me pone de pie para lavarme el resto del cuerpo. Me frota delicadamente, con mucho mimo.
A Mami le encanta mimar a su bebé. Y a su bebé le encanta que Mami lo mime.
Cuando termina de enjabonarme, me siento de nuevo sobre la bañera, con el agua llegándome a la altura de los hombros, y Mami vuelve a coger el mango de la ducha para quitarme los restos de gel y de champú del pelo. Después abre la botella de acondicionador y vierte un poquito sobre mi cabeza. Me lo aplica por todo el pelo, dándome un masaje capilar para que el pelo me quede suave y con un olor que me encanta.
-Quédate un ratito con el acondicionador, Robin –me dice-. Voy a sacar tu chupete del cazo y ponerlo a secar.
No me lo tiene que decir dos veces. El agua sigue estando calentita y a mí me encanta jugar en la bañera. Estoy un ratito más haciendo que los playmobil piratas luchan entre ellos, cayéndose al agua y cruzando espadas imaginarias. No me doy cuenta de que Mami ha vuelto al baño. Tiene mi chupete sujetado entre sus dedos mientras me mira con ternura.
-Me encanta verte jugar, bebé –me dice.
Yo me sonrojo un poco. No me gusta que me miren mientras juego.
-Bueno, vamos a quitarte el acondicionador antes de que te caiga en los ojitos y te secamos.
Mami coge otra vez el mango de la ducha y aplica agua caliente sobre mi cabecita.
-Cierra los ojitos, Robin, no te vaya a entrar dentro.
Yo le hago caso. Durante un momento todo es oscuridad, agua caliente cayendo sobre mi cuerpo y las manos de Mami terminando de quitarme el jabón.
-Ya puedes abrirlos, cielo.
Levanto los párpados solo para verme envuelto en una toalla azul.
Mami me saca de la bañera en peso y se sienta sobre la taza del váter, envolviéndome completamente en la toalla y sentándome a mí en su regazo. Estira la mano y la mete en el agua para quitar el tapón y después abrazarme fuertemente con ambos brazos. Me quita el chupete de baño, lo deja sobre el lavabo y me pone en la boca el de siempre. Yo lo recibo encantado (me gusta mucho más) y dejo que Mami me vaya secando mientras lo chupo en silencio, disfrutando del momento.
Chup, chup, chup, chup, chup, chup, chup
Aún envuelto en la toalla, Mami coge un cepillo y empieza a peinarme el pelo. Delicadamente, estira mi pelo, que está sedoso y suave hacia abajo mientras me va deshaciendo los pocos remolinillos que se me forman.
-Me encanta peinarte tu pelito, bebé.
Yo balbuceo en señal de aprobación. Suelto un gemido muy de bebé. Mami mientras sigue cepillándome el pelo, a pesar de que hace un rato que me lo dejado perfecto y sin nudos, y dándome de vez en cuando algún besito en la coronilla.
Cuando termina de peinarme, me pone de pie y me seca bien todas las partes del cuerpo. Yo me dejo hacer, dócil, mientras voy chupando el chupete. Ahora Mami le da la vuelta a la toalla y me envuelve con la parte seca. Me coge en brazos y saca a su enorme bebé envuelto del cuarto de baño para que no coja frío. Llegamos a mi habitación y me tumba bocarriba sobre la cama. Abre la toalla y me deja desnudito sobre ella. Entonces veo que Mami se dirige a uno de los cajones de la cómoda y saca unos calzoncillos.
-Mami, ¿me puedes poner un pañal? –le pregunto con voz infantil.
Hay veces en las que me siento muy bebé y tengo la necesidad de llevar un pañal. De sentirme acolchado por él y seguro al tenerlo bien apretadito.
Mami me dirige una sonrisa tierna.
-Pues claro que sí, Robin.
Entonces vuelve a dejar los calzoncillos en el cajón y va hasta el armario, de dónde saca un pañal. En esta ocasión uno de los que llevan dibujos de cochecitos sobre la franja en la que se sujetan las cintas.
Al verla venir hacia mí con el pañal, doy tres palmaditas, muy contento.
-¡Pañal! –exclamo con mi voz de bebé.
-¡Claro que sí! –dice Mami al llegar hasta mí-. Pañal para mi bebé.
-Ji, ji, ji, ji –río a lo bebé.
Yo bajo los bracitos y abro las piernas, preparado para recibir mi pañal. Mami, por su parte, abre el pañal de coches infantiles y me levanta el culito, tirando de mis piernas hacia arriba. Después, pone el pañal abierto sobre la cama y deja caer mi culete encima. Saca a ambos lados la parte de las cintas adhesivas y me pasa la otra parte del pañal por delante, me lo estira bien por los lados y los pega a mi cuerpecito. Por último, presiona el pañal por delante con una mano mientras que con la otra sujeta una cinta adhesiva. Cambia las manos y me abrocha la otra cinta, dejándome el pañal fuertemente sujeto.
Cuando termina, me llevo las manos a la parte de delante del pañal y exclamo:
-¡Bebé con pañal!
-¡Mi bebé necesita su pañalito! –exclama también Mami con su voz infantil.
Mami firma su cambio de pañal dándome un besito en la tripita.
-Ni gota, ni gota… -empiezo yo.
-Ni gota, ni gota –Mami y yo seguimos al unísono-. ¡Con el nuevo pañal, el bebé no se moja!
-¡Mi bebé! –Mami me da un sonoro beso en la mejilla-. ¡Pero qué gracioso que es!
Yo me río como un bebé y palmeo, todavía tumbado bocarriba y llevando solo un pañal.
Estoy un rato más con Mami haciendo mimitos sobre la cama hasta que se hace tarde y es hora de hacer los deberes. Mami se despide de mí con un beso más y me deja sobre la silla del escritorio.
Abro un cuaderno y me pongo a hacer unas endiabladas ecuaciones de segundo grado.


*****


Cuando han pasado casi dos horas, llevo hechos trece problemas de matemáticas, ocho ejercicios de los diferentes estados de la materia y no sé cuántos análisis sintácticos de oraciones que no tienen absolutamente nada de sentido en la vida real.
Dios, ¿por qué nos mandarán tantos deberes?
Tengo el pañal mojado, me entraron ganas de hacer pipí mientras contestaba a una pregunta sobre la temperatura a la que el agua empieza a bullir y como llevaba un pañal, simplemente dejé que saliera sin más.
Ya digo que no me importa tener pipí.
Al menos no me importa demasiado.
De pronto, me entra un videollamada por el ordenador. Me quito el chupete antes de contestar y lo dejo al lado del teclado, en un punto muerto que sé que no capta la webcam.
Es Ronald.
-¿Qué hay? –saludo al descolgar.
-¿Qué pasa caaaaabrón? –me dice-. ¿Te hace una partida de Dioses y Monstruos?
-Ahora no puedo –contesto. En realidad no tengo ninguna gana-. Me has pillado que voy a cenar. Acabo de terminar todos los deberes.
-Buas, yo solo he hecho los de Lengua. Bueno, tú te lo pierdes, caaaabrón.
-Deberías dejar de juntarte tanto con César, caaaaabrón.
-Ja, ja, hasta mañana, tío.
Cuelga.
Yo me llevo de nuevo el chupete a la boca y las manos a la parte delantera del pijama.
El pañal está hinchado, no tanto como esta tarde pero sí que vuelve a tener pipí.
Necesito un cambio.
Me levanto y bajo hasta la cocina, donde está Mami atareada con la cena.
-Mami, me he hecho pipí –le digo yendo hasta ella mientras muevo mi chupete.
Mami aparta la mirada de las patatas que está pelando y se gira hacia mí.
-Díselo a Elia, cielo. Ahora mismo me pillas muy liada.
Algo alicaído, salgo de la cocina.
Entrar en la habitación de Elia lo tengo absolutamente prohibido. Cuando llego hasta la puerta hay un cartel que Elia ‘’cogió prestado’’ de algún sitio y que dice Zona confinada, prohibido el acceso sin autorización.
Toco dos veces.
La voz de Elia me llega desde el otro lado.
-¿Sí?
-Eli, soy yo –la llamo Eli para resultar más cariñoso-. Tengo pipí.
Se produce una pausa dentro.
-Díselo a Mamá, estoy muy ocupada ahora mismo.
-Mami dice que me tienes que cambiar tú.
Oigo unos pasos y la puerta se abre.
Elia aparece vestida de estar por casa: una sudadera vieja de los Bulls, los pantalones de cuadros escoceses de dormir y el pelo recogido en un moño.
-¿Y por qué tengo que cambiarte yo?
-Porque Mami está haciendo la cena –digo con parsimonia.
-¿Y no te puedes cambiar tú? –me dice mirándome de forma significativa.
Yo bajo la cabeza y me pongo rojo.
-No. Yo no sé –digo muy flojito. Y le doy una chupada al final.
Chup.
-Exacto. No sabes –dice ella con socarronería.
Entonces yo me doy cuenta de que era una broma.
-¡Eh! –le recrimino. E intento pegarle suavemente con mis puñitos.
Elia se va zafando de ellos con facilidad y se ríe.
-¡Anda, pasa! –me dice abriendo del todo la puerta-. Quiero enseñarte una cosa.
-Estoy mojado –le digo mientras entro por si se le había olvidado.
-Ya, ya lo sé, pero es solo un momentito.
Elia se sienta en la silla de su escritorio y yo sobre sus rodillas. Me rodea con un brazo mientras que con la otra mueve el ratón de su ordenador. Entra en You Tube y me pone un vídeo de dos hombres tirándose pedos entonando el himno de Estados Unidos.
-¿Te gusta? –me pregunta riéndose.
-¿En esto estabas ocupada?
-¡Claro que sí! ¡Es genial!
-A veces no sé quién de los dos es más infantil, Elia.
Ella me da un palito en el costado.
-Pues tú, por supuesto. Yo no voy por ahí diciendo –y empieza a imitarme con una voz estridente y muy infantil- ¡¡¡AAAAAY, ME HE HECHO PIPÍ!!! ¡¡¡AAAAY, CÁMBIADME EL PAÑAL!!!
-¡Para!
Elia se ríe, pero deja de hacerme burla. Cierra You Tube y empieza a apagar el ordenador.
-Bueno, ¿quieres que te cambie o no?
-Siii.
-Pues venga, vamos a tu cuarto.
Entramos en mi habitación y yo me tumbo sobre la cama. Elia mientras tanto se dirige al armario a por un pañal.
-¿Cuál quieres? –me pregunta-. ¿Conejitos, ositos o cochecitos?
-Ositos –contesto, aunque en realidad me da igual.
Elia viene hacia mí con uno de los pañales que llevan dibujados sobre la cinta ositos marrones llevando pañales.
-Nappynception –me dice.
-¿Qué? –le pregunto extrañado.
-Nappynception –repite-. Una mezcla de pañal en inglés británico, nappy, y la película Inception.
-Sigo sin pillarlo –respondo.
-En la película pasan sueños dentro de otros sueños, y como en este pañal que te voy a poner salen dibujos de ositos que también llevan pañales, pues eso: nappynception. Alguien llevando un pañal donde salen otros que también llevan pañal.
Arqueo una ceja.
-Ay, déjame en paz –me dice riéndose-. Antes de ver estar viendo vídeos de pedos llevaba mucho tiempo estudiando.
Yo me río también y dejo que Elia empiece a cambiarme el pañal.
Los cambios de pañal de mi hermana son muy diferentes a los de Mami.  Elia no me hace tantos mimos, pero sí que me trata también con mucho cariño y delicadeza.
Primero me baja los pantalones del pijama y deja al descubierto mi pañal de trenecitos y cochecitos.
-Tendría que entrar ahora por la puerta Ronald, Joseph u otro amigo tuyo –dice mientras me separa las cintas adhesivas.
Frunch. Frunch.
-Ay, no, qué vergüenza –digo mientras me tapo los ojitos con las manos.
-Que vieran a su amigo llevando pañales y con chupete –sigue Elia-. Les dejaría cambiarte el pañal, ¿te gustaría?
-¡Ni hablar! –contesto, aunque sé que Elia lo dice en broma.
Mi hermana se ríe y sigue cambiándome el pañal.
-Pues cuando viene Clementine, bien que no te molesta que te cambie ni que te dé el biberón.
Clementine es la mejor amiga de Elia. Algunas veces se queda a dormir en casa, sobre todo cuando Elia tiene que cuidarme alguna noche. Entonces, cuando llega el momento de ponerme el pañal o darme el bibe, Elia deja que Clementine lo haga de vez en cuando. A ella le gusta hacerlo y a mí también me encanta que lo haga, pues es muy simpática y siempre me trata bien.
Elia me saca el pañal mojado y me levanta las piernas para ponerme el nuevo. Lo pasa por debajo de mi culete y luego por la entrepierna. Tira un poco de él hacia arriba para dejármelo bien ajustado y luego pega fuertemente las cintas adhesivas contra los ositos llevando pañales.
Nappynception.
-Ale, el bebé ya está cambiado.
Esto no lo dice con sorna, sino con ternura.
Yo la miro desde la cama sonriendo detrás del chupete y me incorporo para abrazarla.
-Gracias, Eli –le digo apretándome contra su cintura.
-No me des las gracias, atún. Que eres un pedazo de atún –me dice ella mientras me agita el pelo, deshaciendo el cuidado peinado de Mami.
Ella me llama así algunas veces: atún.
Poniendo mucho énfasis en la ú.
Dice que soy su atuuuuuuun.
Me llama así sobre todo cuando estoy bebé.
Elia me da dos besos sobre la cabeza y me abraza también.
-Anda, deja de ponerte tan sobón y vamos a bajar a ayudar a Mamá con la cena.
Y en la cocina, mientras llevo un pañal y chupo mi chupete, ayudando a Mami a pelar patas y a echarlas en la olla mientras Elia reboza la carne, me siento totalmente feliz.
Soy el bebé de las dos personas que más quiero en el mundo. Ellas me cuidan, me miman y me enseñan. Las tres juntas somos un equipo. Hemos pasado por épocas difíciles, y aunque yo soy quien más depende de ellas, de algún modo creo que cuidamos la una de la otra. Este sentimiento, esta necesidad de dependencia emocional que tenemos, es lo que los filósofos deben de llamar Amor.

6 de noviembre de 2018

Los 2 Mundos de Robin Starkley - Capítulo 2: Pañal en una conversación




Mami me despierta delicadamente, moviéndome un poquito el hombro. Su voz dulce y suave es mi despertador todas las mañanas.
-Robin –me da un besito en la mejilla-. Hora de levantarse, mi amor.
Yo suelto un gemido de molestia y me acurruco más debajo de las sábanas, haciéndome una bolita.
Mami insiste.
-Robin, hay que ir al cole, mi amor –dice mientras me sigue acariciando el hombro. Se ha sentado en la cama-. Venga, que hay que quitarte el pañal y te he traído el biberón calentito. Se te va a enfriar.
Mi bibe.
Estiro mis extremidades, empujando a Wile hasta una esquina de la almohada y me desperezo, moviendo el chupete lentamente. Mami contempla a su bebé de 12 años recién despertado, con su enorme pañal asomando por encima del pantalón del pijama y que no deja de mirarla mientras mueve el chupete.
-Buenos días, mi bebé –me dice Mami dándome golpecitos en el pañal.
-Buenos días, Mami –y vuelvo a mover mi chupete.
Fuera de mi habitación, oigo a Elia despidiéndose antes de salir de casa.
-Me voy, Mamá –dice antes de salir rápidamente dando un portazo.
-Adiós, Elia –le responde Mami, aunque Elia no llega a oírlo.
Mami baja su vista de nuevo hacia mí y niega con la cabeza.
-Menos mal que todavía tengo un bebé que me deja mimarle –y comienza a hacerme cosquillitas debajo de la camiseta, que sirven para despertarme por completo.
Con las cosquillitas de Mami me río mucho. Ella sabe dónde tengo más y es a esas partes de mi cuerpo donde se dirige su mano: mi tripita y mi costado. Yo me retuerzo en la cama mientras Mami no deja de pasarme sus dedos por mi barriga. Cuando por fin termina su ataque de cosquillas, yo la miro, todavía riéndome y llevándome las manos al pañal.
-Bueno, venga que vamos a llegar tarde –me dice Mami, todavía sonriéndome y levantándose de la cama.
Coge el biberón, que estaba sobre el escritorio y me lo da. Yo lo recibo con mis manitas y me lo llevo a la boca. Mami mientras tanto comienza a quitarme el pañal.
Por las mañanas es muy poco frecuente que sea Mami quien me dé el bibe. Tampoco lo hace Elia. Ella se va casi siempre antes que nosotros y Mami y yo vamos siempre con el tiempo justo. Nos reservamos el momento del bibe para la hora de acostarme y por las mañanas me lo tomo yo mientras Mami me quita el pañal.
Chupando la tetina y absorbiendo la leche, siento como Mami me va quitando el pañal.
Primero me termina de bajar los pantaloncitos del pijama, luego me despega las dos cintas adhesivas y separa la parte delantera del pañal de mi cuerpecito. Me limpia para después levantarme las piernecitas, con lo que mi cuerpo se levanta un poco y la leche cae más rápido en mi boquita, y extraerme completamente el pañal. Me da un besito en la tripita y luego me pone unos calzoncillos y los pantalones vaqueros.
Para ese momento, yo ya he terminado de tomarme el biberón.
-Venga –dice Mami mientras coge el biberón-. Termina de vestirte que voy sacando el coche.


*****


Llegamos al colegio con tiempo. Mami para su coche en la puerta para que yo me baje.
Le doy dos besos rápidos para que no me vea nadie porque en público no me gusta nada mostrarme cariñoso con ella y me bajo del coche.
Ronald y Joseph me estará esperando en las escaleras debajo de uno de los porches y es allí donde me dirijo. Solemos quedar siempre en el mismo sitio con algunos compañeros de clase que también pasan los recreos con nosotros. Cuando llego, no solo están mis dos mejores amigos, sino también Eddy, Johnny, César y Miles.
-Eeeey –saludo al llegar. Me descuelgo la mochila y me siento en uno de los escalones, debajo de Eddy.
-Eeey –me responden algunos.
-¿Qué pasa, caaaabrón? –me saluda César alargando mucho la a, como hace siempre.
-Pues eso, que un equipo que tiene a Messi en el campo, da igual con quien más juegue. Ese tío te gana un partido él solo –dice Miles.
-¿De qué estáis hablando? –pregunto.
-Miles dice que un equipo puede tener diez gordos en el campo y un Messi y ganar cualquier competición –me aclara Ronald.
-No he dicho eso, joder –protesta Miles.
-Pues a mí me parece que sí –apunta Joseph.
-Pues no. Me refiero a que un equipo con Messi siempre es mejor. Es evidente que si pones a Messi junto con diez paquetes ese equipo no va a ningún lado.
-Eso no es lo que has dicho, caaaabrón –le espeta César.
-Pues era lo que quería decir.
-Aquí nadie ha entendido eso –dice Johnny.
Yo suspiro. A mí el fútbol no me disgusta del todo. Suelo verlo de vez en cuando en la televisión cuando juega el Barça y también echo partidos con mis amigos algún fin de semana. No soy bueno, pero tampoco soy el más malo. Ese es Eddy.
De todas formas hablar con mis amigos de fútbol es un poco aburrido, pues cada uno va a defender a muerte a su equipo aunque sepa que no tiene razón o que su equipo haya hecho las cosas mal.
-Eeey tíos –Eugene acaba de llegar-. ¿Qué dice el pavo este de Messi?
Suspiro. Otra vez la misma conversación como si esto fuera un círculo vicioso, no. Menos mal que suena la campana y tenemos que irnos todos a clase.


*****


Matemáticas a primera hora. Menudo peñazo. El profesor se dedica a escribir en la pizarra unas complicadísimas ecuaciones y explicar su desarrollo, que es un rollo como la misma palabra lo dice.
Ronald y yo estamos sentados juntos. Él está con la cabeza apoyada sobre las manos y descansa sobre el libro abierto por una página que pasamos hace tiempo. Yo al menos estoy en la página correcta, pero dibujo símbolos de Batman sobre ella sin prestar mucha atención a lo que dice el profesor. De pronto, siento un impacto en el lado derecho de mi cabeza. Me llevo la mano y me despego un canuto de encima de mi oreja. Miro para ese lado y veo a Eugene y César, que se sientan juntos, riéndose.
-Sois imbéciles –les digo moviendo los labios, y aprovechando que el profesor está girado hacia la pizarra escribiendo símbolos raros y números dentro de ellos, cojo mi goma de borrar y se la tiro a César, a quien le doy en toda la frente. Eugene ríe tras ver el impacto en primera fila.
-Ha sido él –me dice César moviendo los labios y señalando a Eugene, quien me enseña el bolígrafo que había usado como cañón de disparo.
Miro a Eugene y le digo que en el cambio de clase se va a enterar.
-…¡Pero seguro que Starkley tiene mucho más que decirnos sobre las ecuaciones de segundo grado, ¿verdad?!
-¿Eh? –giro la cabeza y veo que el profesor y toda la clase me están mirando a mí.
-Las ecuaciones de segundo grado, Starkley. ¿Qué sabes de ellas?
-Pues… -vale, no tengo ni idea-. Pues… que hay que hacerlas con una fórmula.
-Vaya –dice sarcásticamente el profesor-. Veo que casi una hora de estar explicando las ecuaciones de segundo grado ha servido para algo. Hay que hacerlas con una fórmula. Maravilloso –la clase se ríe, pero a mí me da igual. No es una risa despectiva-. Basta. Silencio –la clase enmudece-. Si no estuviera tan ocupado hablando con sus vecinos de al lado, podría prestar más atención en clase. Sigamos.
Pero antes de que el profesor pueda continuar con su apasionante explicación sobre las ecuaciones de segundo grado, María Jesús, una chica con no demasiadas luces, le pregunta sin levantar siquiera la mano.
-Profesor, ¿puedo ir al aseo?
El profesor se gira.
-¿Al aseo? –mira el reloj, como si no supiera que es primera hora-. Pero si acabas de venir de tu casa.
-Pero es que me hago pipí.
La clase se ríe, pero yo solo sonrío forzadamente.
-Pues la próxima vez le dices a tu madre que te ponga pañales –la clase se vuelve a reír con más fuerza-. Continuemos.
Siempre que sucede una situación así: alguien tiene que hacer pipí o se menciona la palabra Pañal, yo me siento muy incómodo. Sé que es una tontería, pues nadie creo que piense que yo todavía llevo pañales, pero no puedo evitar sentirme inquieto, como si tuviera que disimular que aún llevo pañales, cuando no creo que nadie se imagine eso. Normalmente, cuando sale la palabra Pañal en una conversación es casi siempre para ridiculizar a alguien, como en este caso ha hecho el profesor con María Jesús, así que yo procuro reírme con los demás. Pero me sale una risa falsa, forzada, una risa que no es la mía y en la que nunca participan mis ojos. Mientras tanto, cruzo los dedos para que la conversación cambie de tema lo antes posible y nadie se cuenta de lo incómodo que me siento cuando alguien dice la palabra Pañal.
Afortunadamente, esta vez la conversación termina ahí. Llega el cambio de clase, María Jesús puede ir al aseo y yo llenarle a Eugene la mochila de bolas de papel y restos de mi bocadillo de ayer.


*****


Cuando Mami me recoge del cole, soy de los últimos que esperan en la puerta. Mami sale tarde de trabajar y no puede venir cuando ha sonado el timbre, pero a mí no me importa esperar. Los demás niños se suelen ir en autobús, pero es demasiado caro y nosotros no podemos permitírnoslo, así que junto con otros alumnos que no pueden pagarse el autobús, espero sentado en los escalones a que Mami venga. Finalmente, veo su monovolumen azul girando la esquina. Me subo la mochila al hombro y corro a su encuentro, pero me doy cuenta de que sigo en el colegio y reduzco rápidamente el paso.
Una vez dentro del coche, sentado en el asiento del copiloto, no le doy un beso a Mami hasta que doblamos la siguiente esquina cerciorándome de que no hay nadie conocido que pueda verme.


*****


Ya en casa, lo primero que hago es ponerme el chupete. Ha sido un día muy duro para un niño de 12 años y quiero volver a ser bebé, así que nada más entrar por la puerta, voy hasta mi habitación, tiro la mochila a un lado, cojo el chupete de la cama sin hacer, me lo pongo en la boca y me dejo caer sobre las sábanas. Estoy un rato chupándolo con los ojos cerrados, calmándome. Disfrutando de la tetina de silicona en mi boquita, casi como si fuera el pezón de Mami. Cojo a Wile de la esquina de la que lo había mandado esta mañana y lo levanto en peso, situándolo delante de mi cara. Lo veo desnudito y vuelvo a pensar en lo súper bonito que estaría con un pañal.
Me giro en la cama y sitúo a Wile a mi lado.
-¿Te gustaría llevar un pañal, Wile? –le pregunto.
En ese momento, oigo que Mami me llama para comer. Bajo de un salto de la cama, cojo a Wile y voy hasta la cocina.
-Sabes que no puedes tener muñecos en la mesa, Robin –me dice Mami cuando me ve entrar con Wile en brazos.
-¿Ni siquiera a Wile? –le pregunto.
-Ni si quiera a Wile –dice ella mientras pone los platos de comida en la mesa.
-¿Y si lo sentamos en la silla de Elia? No jugaré con él ni haré nada, solo estará ahí.
-Está bien –concede Mami-. Pero el chupete sí que no.
Contento con mi pequeño triunfo, dejo a Wile en el sitio de Elia y me voy hasta el mío. Me quito el chupete y me lo guardo en el bolsillo. Mami ha hecho de comer lentejas. Me gustan mucho más que las judías así que no tardo demasiado en acabarme el plato. Mami me mira y sonríe. Le encanta verme comer. Al final pido otro plato y me lo acabo también entero.
-Vaya, hoy vas hacer incluso una caquita más grande que ayer –me dice.
Cuando terminamos de comer, Mami va hasta el salón a seguir cosiendo y yo me quedo recogiendo la mesa y fregando los platos. Al terminar, cojo a Wile y voy hasta el sofá donde está ella y me acurrucó a su lado. Me pongo el chupete en la boca.
-¿Qué coses? –le pregunto con mi voz taponada por el chupete.
-Estoy haciendo unos calcetines para ti y para Elia –me los muestra-. Los de Elia tienen un dragón bordado y los tuyos van a tener un osito.
-¿Un osito bebé? ¿Cómo los de los pañales? –le pregunto acercándome más a los calcetines.
-Bueno, iba a ser un coyote como Wile pero no me ha quedado muy bien.
Los dos reímos. Yo me acurruco con Wile entre mis brazos y mi cabeza sobre el regazo de Mami.
-¿Vas a ver algo en la tele? –le pregunto.
-No, pon lo que quieras.
Cojo el mando y pongo el canal de dibujos. Están echando Soy Comadreja. Me acomodo para verlo pero no me doy cuenta del sueño que tengo…


*****


Abro los ojitos porque siento que alguien está tirando de mi ropa. Es Mami, y yo estoy sobre mi cama. Me ha quitado el pantalón y los calzoncillos y solo llevo puesta la camiseta.
-Shh… Te has quedado durmiendo en el sofá, bebé –me dice muy flojito cuando ve que he abierto los ojos-. Voy a ponerte el pañal para que puedas dormir un ratito la siesta.
Cierro los ojitos de nuevo porque en realidad estoy más dormido que despierto. Mami tira de mi camiseta hacia arriba y con cuidado, me saca los bracitos y me la quita. Al sacarla por el cuello, la camiseta ha movido el asa del chupete, que me da en la nariz. Mami me la baja de nuevo y me da un beso en la cabecita.
Ahora estoy desnudo y me siento muy desprotegido. Empiezo a balbucear y a gemir molesto. Mami se inclina sobre mí y me da otro beso.
-Voy a ponerte el pañal enseguida, bebé –me dice suavemente-. Tú concéntrate en tu chupetito y relájate.
Eso hago. Empiezo a mover mi chupete y a hacer ruido con él, esperando que Mami me ponga mi pañal lo antes posible. En seguida siento como Mami me levanta las piernecitas y el culete y que al dejármelo caer de nuevo, ya no lo hace sobre las sábanas, sino sobre el pañal mullido. Oigo el ruido que hace mi culito al caer sobre el pañal y me relajo, con lo que mi chupete empieza a moverse más lentamente.
Ahora siento como Mami pasa el pañal entre mis piernas y me lo pega a mi cuerpecito. Oigo el ruido que hace al sujetármelo fuertemente con las dos cintas adhesivas.
Mi pañal ahora está bien sujeto. Me lo palpo con las manitas y agito mis extremidades al aire. Mami me da un beso en la barriguita.
A continuación, me pone el pijama sin ni siquiera levantarme de la cama y me mete entre las sábanas, arropándome. Yo me disponía ya a quedarme dormido de nuevo cuando echo de menos algo.
-Mami… Wile… -le digo desde detrás de mi chupete.
Mami sale de la habitación, y yo estoy ya a punto de quedarme dormido cuando siento como sus manos abren las sábanas y dejan mi peluche a mi lado, que asgo junto a mí.
Mami tira del asa de mi chupete cariñosamente.
-Descansa, bebé.

30 de octubre de 2018

Los 2 Mundos de Robin Starkley - Capítulo 1: Todo lo demás




-Mami, cámbiame el pañal.
Entré en el salón llevándome las manos a la parte trasera del pañal y con andares de pato, como cada vez que me hacía caca.
Mami remendaba calcetines sobre el sofá y veía en la televisión Downton Abbey, con el volumen muy flojito, más como si le hiciera compañía que interesándose por lo que pasaba en la serie. Al verme, sonrió, como hacía siempre, sobre todo cuando llevaba puesto un pañal.
-¿Ya has terminado de hacer caca? –me preguntó.
-Sí –contesté yendo hacía ella.
Apoyé en un asiento del sofá los codos dejando las rodillas sobre el suelo y la miré a los ojos.
-¿Me cambias?
-A ver la caquita de mi bebé –Mami dejó la lana y las agujas a un lado y me palmeó el culete-. Vaya, sí que tenemos el pañal lleno –me dice dulcemente.
Mami a veces usa el plural mayestático para referirse a mí.
Vamos a cambiarte el pañal, nos hemos hecho caca, etc.
Como respuesta únicamente sonreí un poco de manera traviesa y me dejé caer del todo sobre el sofá.
-Ten cuidado con las agujas, Robin, a ver si te vas a pinchar –Mami apartó las agujas hacia el otro lado del sofá. Después miró a su hijo de 12 años llevando solo una camiseta, unos calcetines y un pañal enorme que le hacía el culo cuatro veces más grande, sobre todo ahora que tenía caca.
En realidad, no me importaba demasiado tener caca en el pañal. Con el paso de los años me había acostumbrado. Nunca he hecho caca en un váter. Ni en el de mi casa ni en ningún otro. Y siempre que tengo que hacer caca, Mami me pone un pañal. Estemos donde estemos. Y yo me voy a un rincón donde nadie me ve y me hago la caca encima. En casa tengo mi rincón de hacer caca. Es el que queda entre la pared y la mesa de la cocina. Mami y Elia, mi hermana mayor, dicen que desde que yo era un bebé y aprendí a andar, siempre hacía caca en un rinconcito oculto. Cuando estamos en una casa ajena y Mami me pone el pañal para hacer caca, siempre tengo que buscar antes un recoveco lo más escondido posible para concentrarme y hacérmela.
Y es que a pesar de tener 12 años, sigo siendo un bebé en muchos aspectos.
Mami me coge en brazos y salimos del salón. No lo suele hacer mucho, y yo no se lo pido porque sé que ya no peso lo mismo que cuando era un bebé de verdad y que Mami no es tan joven. Pero a ella le gusta cargar a su bebé, y cuando el trayecto es cortito, como del salón a mi cuarto, de vez en cuando me sigue aupando.
Al llegar a mi habitación, me deja sobre la cama y levanta un poco la camiseta descubriendo completamente mi pañal. Uso pañales de la marca Largue. Este en concreto es de color blanco, con una gran franja azul cielo a la altura de la cintura donde se sujetaban las cintas adhesivas. La franja está decorada con conejitos blancos muy infantiles, cada uno sosteniendo un cubo con una de las tres primeras letras del abecedario. También tengo otros con la franja verde clarito decorada con ositos marrones llevando pañales y otros con aviones, trenecitos y cochecitos, también en la franja donde se sujetan las cintas adhesivas.
Cintas que Mami despega separando mi pañal haciendo frunch frunch y dejando al descubierto la caca que tiene dentro. Yo no la miro. Cuando me cambian el pañal (aunque ahora me lo van a quitar solamente) ladeo la cabeza hacia un lado o miro al techo. Pero ahora, por el olor, deduzco que me he hecho bastante caca.
-Demasiadas salchichas para comer, Robin –dice Mami mientras me limpia.
Yo me río, con mi risita de bebé que guardo solo para ella.
Cuando termina de quitarme el pañal, me da un beso suave sobre la barriguita. Es algo que hace cada vez que me pone o me cambia el pañal, como si fuese su firma.
Me pone los calzoncillos que me había quitado cuando le pedí el pañal para hacer caca y también el pantalón de algodón.
Aún tumbado sobre la cama, yo le pido mi chupete.
-Mami… pete…
Mami se palmea los bolsillos de su bata de andar por casa.
-No lo tengo aquí, Robin –me contesta-. Se ha debido de quedar en la otra bata esta mañana.
Mami mira la expresión de mi cara y sabe lo que le estoy preguntando.
-En el perchero de mi habitación.
Yo me levanto de un salto de la cama, beso a Mami en la mejilla, le digo Gracias y corro hacia su habitación. Cuando no llevas pañal, correr es fácil.
Una vez allí, voy hasta el perchero de la pared y veo la bata que se pone al levantarse. Busco entre sus bolsillos, y entre pelusas, dedales y tickets de la compra arrugados, encuentro mi chupete. Le soplo la tetina para quitarle los restos de suciedad, me lo meto en la boca y me dejo caer con él puesto sobre la enorme cama de Mami.
Cierro los ojos disfrutando de tener el chupete en la boca, y comienzo a moverlo. Como un fumador necesita sus cigarrillos, yo soy adicto a mi  chupete. Todas las noches duermo con él, y durante el día también lo uso varias veces; ya sea para estudiar, ver la televisión, o simplemente como ahora para chuparlo por gusto.
Me encanta estar sobre la cama de Mami. Huele mucho a ella, y también un poquito a pañales, porque a veces, cuando tengo pesadillas o estoy inquieto, Mami me trae a dormir con ella.
Y es que a pesar de tener 12 años, sigo siendo un bebé en muchos aspectos.


*****


-¿El chupete en la mesa, Robin?
Mami, Elia y yo estamos cenando. Yo llevaba un buen rato sin probar bocado y chupando mi chupete mientras veía Los Simpson en televisión. Mami se ha dado cuenta de que no me estaba comiendo la verdura y me ha recriminado que esté en la mesa con el chupete, algo que no le gusta nada. Enfurruñado, me sacó el chupete de la boca, lo dejo a un lado y bajo la vista hasta el plato de judías. Mami deja de mirarme y vuelve a su conversación con Elia.
Elia es mi hermana mayor. Tiene 21 años, la melena castaña como yo y Mami, de estatura normal para su edad y viste siempre con camisetas ecologistas a las que les corta el cuello, llevándolas siempre ladeadas. Estudia arquitectura en la universidad de la ciudad. Pasa la mayor parte del día fuera de casa y solo regresa para la hora de cenar.
-… Entonces el profesor va y nos pide que lo hagamos en perspectiva isométrica, pero es que ese tipo de perspectiva no sirve para poder apreciar las esculturas del edificio –se lleva una cucharada de judías a la boca-. Total, que le digo que no lo voy a hacer –traga-. Y me dice Pues si no lo haces, la práctica no te cuenta como entregada –bebe agua-. Que le den. Tengo nota de sobra en su asignatura y él tío no tiene ni idea de cómo dar clase.
Mami suspira, como siempre que Elia se pone terca. Es muy testaruda, y cuando está enfada es imposible hacerle ver las cosas de otra manera. Elia sigue un buen rato más con su perorata sobre el profesor y lo que haría ella con la asignatura. Ni Mami ni yo le prestamos mucha atención. Es mejor dejar que se queje en voz alta y no replicarle mucho para no forzar una discusión. Mami, sin embargo, de vez en cuando sí que niega con la cabeza y pone los ojos en blanco. Elia no parece darse cuenta; como digo, solo quiere quejarse.
Tras el discurso de mi hermana, el silencio se apodera de la mesa. Mami come mientras mira la televisión y Elia ha sacado su móvil. Yo iba a aprovechar para preguntarle a Mami una cosa por enésima vez pero ella rompe el silencio antes de que pueda abrir la boca.
-¿El móvil en la mesa, Elia?
-Es un mensaje al que tengo que contestar, Mamá… -pero la mirada de Mami es severa-. Un momento solo…
-No me gusta que estéis en la mesa con los móviles, que parece que no hablamos.
-Es un segundo nada más –dice Elia.
-Ni un segundo ni nada –pero Elia ya ha conseguido mandar el mensaje.
-Ale, ya está –y se vuelve a guardar el móvil en el bolsillo del pantalón.
De nuevo reina el silencio. Yo veo que ya me he comido bastante cantidad del plato de judías y aprovecho para hacerle la pregunta a Mami.
-Mami, ¿me puedes comprar una cuna?
Elia deja escapar una risita.
-Ahí lo llevas, ¿no te quejabas de que no hablábamos? –le dice a mamá.
Elia suele meterse conmigo de vez en cuando por tener cosas de bebé, pero lo hace con el cariño que se tienen los hermanos, nunca haciéndome demasiada burla. En realidad ella ha cuidado de mí muchas veces y también me cambia de vez en cuando el pañal.
-Ya hemos hablado de eso cientos de veces, Robin. No.
-¿Por queee? –insisto.
-Porque una cuna no es algo que se pueda esconder en un cajón, como los pañales y el chupete. Una cuna es grande y habría que dejarla siempre puesta.
-¿Y qué pasa?
-Pues que cuando vengan tus amigos la verán. ¿Es eso lo que quieres?
No contesto, pero Elia sí tiene algo que decir.
-A lo mejor le da igual que la vean. Robin no se avergüenza de ser como es.
-¿Entonces por qué no le dice a sus amigos que lleva pañales?
-¡Quizá lo haga! –contesto.
Mami suelta un resoplido sarcástico.
-Sí, seguro. Y también le dirás que hay que ponértelos para hacer caca, que usas chupete, que a veces duermes con tu madre y todo lo demás, ¿verdad? –me quedo en silencio-. Lo que suponía –dice Mami. Luego su tono se vuelve más conciliador-. Una cuna no es algo que te puedas poner o quitar en función de la ocasión, Robin. Una cuna está ahí para siempre. No podrás esconderla en el armario como el chupete y los pañales cuando vengan Ronald y Joseph.
Ronald y Joseph son mis amigos del colegio. A Ronald lo conozco desde los 6 años; recuerdo haberme quedado a dormir en su casa con esa edad y de su madre poniéndonos un pañal a los dos. Alguna vez me he planteado revelarle mi pequeño secreto, pero me da mucho miedo su reacción. No que deje de hablarme, pues cada uno somos el mejor amigo del otro, pero sí las burlas o los comentarios que pueda hacerme, pues estoy seguro de que él dejó los pañales mucho tiempo atrás.
-En fin –Mami concluye su discurso-, lo siento mucho, Robin. Pero una cuna es un paso muy grande. Además, ya no cabes en una…
-En Largue tienen cunas grandes…
Largue es la tienda en la que Mami me compra los pañales. Tienen cosas de bebé pero de tamaño mucho más grande, como chupetes, biberones, pijamas… y cunas.
-Ya, pero son muy caras, cielo. Y el principal problema no es ese, ya te lo he dicho. Una cuna significaría que todas, todas –remarca-, las noches tendrías que dormir en ella. Además de que también habría que comprarte un cambiador. Y eso ya sí que es mucho dinero.
-¿Un cambiador por qué? –pregunto.
-¿Dónde voy a ponerte el pañal, sino? Te lo pongo siempre en la cama.
Derrotado, agacho la cabeza mirando al plato de verdura. Mami empuja el suyo vacío y se levanta. Al salir de la cocina pasa por mi lado.
-Lo siento mucho, bebé. De verdad –me dice mientras me da un beso en la coronilla. Dejo que me lo dé pero sigo con la cabeza agachada-. Pero una cuna es demasiado.
Sale de la cocina y yo aprovecho para ponerme el chupete en la boca y Elia para volver a sacar el móvil. Estamos los dos en silencio, solo se oyen mis chupeteos y el tecleo de los dedos de Elia sobre la pantalla.
-Te entiendo perfectamente, ¿sabes, Robin? –dice Elia. Yo levanto la cabeza incrédulo, sin dejar de mover el chupete- ¡Claro que sí! –corrobora ella, adivinando mi mirada-. A ver si te piensas que eres la primera persona de esta casa a la que Mamá niega algo, yo llevo tres años pidiéndole una moto. Pero no tienes de qué quejarte, ¿verdad? –me pregunta con una sonrisa.
Pienso.
En realidad no tengo muchas cosas de qué quejarme.
-¿Lo ves? –dice Elia, adivinando de nuevo la expresión de mi rostro.
Más contento, me dispongo a acabarme el plato de judías.
-Ven, que ya te las doy yo.
Y sentado sobre el regazo de Elia mientras ella cucharada a cucharada me da las judías, termino de cenar.


*****


-¡Mata a ese troll! –me grita por el micrófono Joseph.
-¡Tengo una horda de centauros detrás mía! –le contesto mientras intento alejarme lo más rápido posible y cargar mi arco.
-¡Como no cojamos pronto la espada de Lornador, esos capullos de Kentucky nos van a mandar al séptimo averno!
Estoy en mi habitación, jugando online a Dioses y Monstruos con Ronald y Joseph. Es un juego de rol al que llevamos enganchados bastante tiempo. Estamos ahora mismo en medio de una partida contra unos chicos de Kentucky. Yo estoy sentado delante del ordenador, con el pijama puesto y con Wile sobre mi regazo, cuidando de que no se vea ninguna parte de él por la webcam, así como tampoco mi chupete, que está al lado del teclado, y ningún pañal, todos guardados en el armario.
Wile es mi peluche del Coyote de los Looney Tunes. Es mi personaje favorito de esos dibujos. Su nombre real es Wile E. Coyote, aunque todo el mundo lo llama simplemente Coyote. Sin embargo, yo quería que la gente, o al menos las personas que vivían conmigo, se acostumbrasen a llamarlo por su nombre. Así que cuando con 6 años Elia me lo regaló, decidí llamarle por su verdadero nombre.
Desde ese momento, Wile me ha acompañado todas las noches, incluso en las que no he dormido en casa. Me gusta tenerlo siempre conmigo, para ver la televisión o simplemente para pasearlo por la casa.
Wile es mi compañero inseparable. Es además un peluche bastante grande, del tamaño de un bebé de verdad. Es bastante posible que le valgan los pañales de bebé. Me encantaría que Mami nos pusiese pañales a Wile y a mí.
Y es que a pesar de tener 12 años, sigo siendo un bebé en muchos aspectos.
Al final no conseguimos recuperar la espada de Lornador y los chicos de Kentucky nos ganan la partida. En realidad, somos bastante malos en este juego. Ronald es un poco mejor, pero tanto Joseph como yo somos unos paquetes. Nos despedimos y quedamos para mañana antes de entrar a clase. Yo apago el ordenador y me voy hasta la cama. Allí, me pongo mi chupete y juego un rato con Wile. A nada en concreto, simplemente lo hago correr y saltar por la pared. Como si estuviese persiguiendo al Correcaminos, pero sin ponerle demasiado interés. Disfrutando más de estar comportándome como un bebé que del juego en sí.
Mami entra enseguida en mi habitación. Lleva ya puesto el pijama y va envuelta en su bata de dormir, la misma en la que se había dejado mi chupete. Lleva mi biberón lleno de leche de cereales calentito en una mano y lo agita suavemente. Es ya la hora de que me vaya a la cama, y por si tenía un atisbo de duda, Mami lo corrobora entrando con mi bibe.
-Hora de dormir, bebé.
Yo dejo a Wile a un lado y me desperezo sobre la cama. Tengo bastante sueño.
-¿Has hecho los deberes? –me pregunta Mami mientras va al armario a coger un pañal.
Le contesto que sí, aunque la pregunta carece de sentido. Siempre los hago, y si por algún casual se me ha olvidado, a la hora que es no me voy a poner a hacerlos.
Mami viene hasta la cama con un pañal en una mano y el biberón en la otra. Deja el bibe sobre el escritorio y se sienta a mi vera. Me contempla con mirada tierna mientras yo muevo mi chupete.
-A dormir, mi bebé –dice mientras mueve el pañal perfectamente doblado delante de mi carita.
Cada noche me tienen que poner un pañal para dormir porque me hago pipí en la cama. Desde siempre. Desde que era un bebé. Todas las noches, Mami (a veces Elia) viene a mi habitación y me pone un pañal.
-Mi bebé, vamos a ponerte tu pañal –dice Mami mientras me acaricia la barriguita.
Mami, cuando llega la hora de acostarme, se comporta de manera muy mimosa. Mucho más que durante el día. Le encanta ponerme el pañal con mucha ternura y hacerme muchos mimos. Yo los recibo encantado. Me encanta sentir el amor de Mami y como me pone un pañal dejando en cada gesto una ternura infinita.
Y es que a pesar de tener 12 años, sigo siendo un bebé en muchos aspectos.
Mami me baja los pantaloncitos del pijama, que yo me había puesto sin calzoncillos, y me sube la camiseta. Yo, con los ojitos cerrados a causa del sueño, muevo mi chupete, disfrutando del momento. Mami abre el pañal, y tirando de mis piernas delicadamente hacia arriba, me lo pasa por el culete. Después me baja con cuidado las piernecitas de nuevo. Es ahora cuando aprovecha para darme un besito en la barriguita que me hace cosquillas, al que respondo con mi risita de bebé, y me pasa el pañal por delante a la misma vez. Pone una mano sobre él para que no se mueva y me abrocha la cinta adhesiva de un lado sobre la franja azul con conejitos. Para terminar, estira la parte de delante del pañal hacia el otro lado y me la sujeta con la cinta adhesiva de la parte de atrás del mismo, dejándome el pañal completamente agarrado y bien sujeto, como sabe Mami que me gusta llevarlo.
Así pues, donde antes mi pene y mis testículos estaban colgando, ahora están bien sujetos, y mi culito bien acolchado. Me siento muy cómodo y seguro. Además, estos pañales son bastante grandes y absorben mucho. Mami empezó a comprármelos cuando salieron a la venta hace no tanto tiempo, y desde entonces tanto ella como yo estamos súper contentos con ellos. Antes usaba pañales de bebé, que me estaban pequeños y se me salía el pipí por la noche, pero con estos puedo dormir seguro y sequito, pues no noto que estoy mojado.
Me palpo el pañal por delante y abro los ojos, contento de llevarlo por fin. Empiezo a hacer palmas y a cantar la canción de un anuncio de pañales que vi de pequeño y que se me quedó grabada. Es una canción que suelo cantar cuando me siento muy bebé. Es la canción de Mami y mía.
Nuestra canción.
-¡Ni gota, ni gota! ¡Ni gota, ni gota! ¡Con el nuevo pañal, el bebé no se moja! –canto con mi chupete moviendo mi cabecita al ritmo de la canción.
Mami me aplaude muy emocionada y me levanta en peso de la cama, dejándome de pie sobre el suelo.
-Cántamela otra vez, mi bebé –dice muy contenta.
Yo canto de nuevo, echando mi culito con pañal hacia atrás y moviéndolo de un lado a otro.
-¡Ni gota, ni gota! ¡Ni gota, ni gota! ¡Con el nuevo pañal, el bebé no se moja!
Mami terminó conmigo la canción al unísono y empezó a hacer palmas de nuevo.
-¡Bien, mi bebé! ¡¡Bieeen!!
-¡¡Bieeeen!! –repito yo mientras hago palmas también.
Y es que a pesar de tener 12 años, sigo siendo un bebé en muchos aspectos.
Mami me abraza y me da muchos besos seguidos estrujándome contra ella.
-¡Mi bebé! ¡Qué gracioso es!
Yo río infantilmente.
-Ahora mi bebé se tiene que ir a dormir, ¿vale?
-¡Vale! –exclamo, y me tiro bocarriba sobre la cama para que Mami me ponga los pantalones del pijama.
Cuando lo hace, coge mi bibe del escritorio y se mete en la cama conmigo. Yo gateo hacia ella y me recuesto en su regazo. Mami nos tapa a los dos y me acuna un poco junto a su pecho. Mami tiene un regazo muy grande y amplio, perfecto para que yo me acurruque en él. Yo cierro los ojitos y me relajo mientras me mece. Al poco, Mami extrae delicadamente mi chupete de la boca e introduce en ella la tetina del biberón. Yo empiezo a chupar de ella y la leche, tibia y dulce, cae en mi garganta.
No creo en Dios, pero si el cielo existe, debe ser esto: estar con un pañal sobre el regazo de Mami y tomando biberón.
Desde que dejé la teta (debía de ser siendo muy pequeño porque no tengo recuerdos), Mami me ha dado siempre un biberón antes de irme a dormir. A veces lo hace Elia, cuando Mami no puede, pero casi siempre es ella. Es nuestro momento del día. Ahí no importa como de bien o mal nos haya ido la jornada ni las posibles discusiones que hayamos podido tener. Cuando Mami me está dando el biberón, todo eso desaparece. Solo estamos Mami y yo. Y yo, acurrucado sobre su pecho, no quiero que ese momento termine nunca. Quiero ser siempre el bebé de Mami, como le prometí una vez.
Termino de tomarme el biberón y, como siempre, estoy ya casi dormido. Mami se levanta delicadamente conmigo en brazos y arregla un poquito las sábanas. Después me deja sobre la cama y me arropa con ellas. Me da un golpecito de despedida en mi pañal, como si quisiera asegurarse de que su bebé va a dormir cómodo y seguro. Después, coge a Wile y lo coloca a mi lado, arropándolo también con las sábanas. Yo lo abrazo y mi boquita hace inconscientemente el gesto de chupar. Mami me pone el chupete suavemente y me da un beso en la cabecita.
-Eso es, mi bebé. A soñar –dice antes de salir.
Y es que a pesar de tener 12 años, sigo siendo un bebé en muchos aspectos.