12 de marzo de 2019

Los 2 Mundos de Robin Starkley - Capítulo 16: El bebé de Schrödinger




-Bueno, ¿entonces todo está claro?
-¡Shh!
Ronald, Joseph, Eddy y yo estamos en la biblioteca del colegio. Nos hemos venido aquí en el recreo para ultimar todos los detalles de la Noche D. Enseguida tendré que ir al aseo a intentar hacer pis porque el recreo está a punto de terminar. Mis amigos están muy emocionados con la noche tan flipante que para ellos que se avecina, pero yo estoy nervioso. Muy, muy intranquilo.
Ayer por la tarde mojé el pañal sin darme cuenta. Estaba viendo la televisión despreocupadamente en el sofá y de pronto sentí un líquido caliente llenándome el pañal. Evidentemente era pipi. Inmediatamente, me puse a llorar desconsoladamente, sacudiendo piernas y bracitos mientras el pipí seguía saliendo incontroladamente. Mami apareció enseguida en el salón a comprobar a qué se debía mi llanto, pero fui incapaz de decírselo. Por vergüenza y por miedo de que me obligase a ir todo el día con un pañal, pues de momento solo me lo ponía porque yo se lo pedía. Al no poder articular palabra mientras me agitaba sobre el sofá, Mami pensó que se trataba de uno de los berrinches que me dan ocasionalmente y se limitó a intentar tranquilizarme moviendo a Wile delante de mí y pegándome a su pecho. Cuando por fin estuve calmado, pudo palparme el pañal y darse cuenta que estaba mojado. Me cambió y lo dejó estar; pero estuvo muy pendiente de mí toda la tarde, asegurándose de que tuviese mi chupete a mano en todo momento y de que mi pañal estuviese seco sin ni siquiera preguntarme. Únicamente se acercaba a donde yo estaba y me palpaba el pañal o me olía el culete, como si yo no supiese hablar.
Como si fuese un bebé de verdad.
Así que no sé qué estoy haciendo aquí, en una biblioteca rodeado de niños de 12 años, si soy un bebé. Cada vez me siento más extraño en el colegio, como si entre mis amigos y yo se estuviese levantando un cada vez más alto muro invisible que separa dos mundos.
¿Realmente soy como ellos?
-A lo que iba –continua Ronald bajando la voz. Está sentado junto a Joseph enfrente mía y de Eddy. Se inclina un poco hacia delante, como si me fuese a explicar algo referente a lo que hay escrito en mi cuaderno-, para ir concretando: en mi casa el sábado a las siete. Joseph, tú traes las bebidas; Eddy, patatas fritas, ganchitos, todas esas cosas, ya sabes; y tú, Robin, una pizza –nos mira a los tres-. ¿De acuerdo? –nosotros asentimos-. Yo no traigo nada porque ya pongo la casa y el juego, pero mi madre, si no está muy ocupada con mi hermano, seguro que nos baja un pastel o algo, ya sabéis cómo es.
Yo no puedo evitar sonrojarme, pero finjo que estoy muy interesado en el pico de la mesa para que no se me note. La madre de Ronald tiene un hijo que nació el año pasado, y además sabe que yo llevo pañales porque Mami no tuvo más remedio que decírselo como parte del plan que trazó para que mis amigos no descubriesen que aún llevo pañal. Era un mal menor para evitar una catástrofe catastrófica. El sábado vamos a ser dos personas con pañales en casa de Ronald.
Dos bebés. Solo que uno le saca 11 años al otro.
-¡Va ser genial! –exclama Joseph.
-Baja la voz –le azuza Ronald mirando a la Sra.Engleton, la bibliotecaria del colegio.
-Va a ser genial –repite Joseph inclinándose más sobre mi cuaderno-. Si nos hacemos medianamente buenos en el War of Empires podremos competir en torneos oficiales. Quizá hasta en la lan party del año que viene.
-Para eso todavía tenemos que mejorar bastante –dice Eddy-. De aquí soy el único que está en nivel leyenda en el Gods and Monsters, y aún me falta muchísimo para llegar al que exigen en la lan party.
-No nos subestimes, gordito –le dice Joseph moviendo el dedo delante de su cara-. El War of Empires es diferente, aquí no vale el nivel que tengas en el Gods. Cuando el sábado te dé una paliza, lo comprobarás.
-Está bien –concede Eddy, sarcástico-. Si me ganas el sábado nos apuntaremos a la lan party.
-¡A ver, los de la mesa del fondo! –nos grita la Sra.Engleton-. ¡A la próxima os echo!
-Te he dicho que bajes la voz, capullo –le dice Ronald a Joseph dándole un codazo.
-Da igual, ya casi se ha acabado el recreo –Joseph mira su móvil.
Ostras.
-Bueno, yo me voy –digo mientras cierro el cuaderno rápidamente.
-¿Ya? –se extraña Ronald.
-Sí, tengo que ir a mear –respondo mientras guardo la libreta y me levanto.
-Pero si has ido antes de venir.
-Pero estaban todos los aseos ocupados y pude entrar –miento.
-¿Y por qué no has ido a los de la tercera planta? –me pregunta Joseph.
¿Qué es esto? ¿Un interrogatorio sobre donde tengo que hacer pis?
-Porque esos están siempre llenos de mierda –respondo, y me cuelgo la mochila al hombro.
-Voy contigo, Robin –dice Ronald levantándose también-, que yo también tengo que ir a mear.
-Bueno, pues nos vamos todos –Joseph vuelve a mirar su móvil-. Va a sonar la campana enseguida de todas formas –cierra su cuaderno, abierto por una página de ecuaciones de segundo grado que hicimos el mes pasado, y coge su mochila.
Eddy se levanta también por inercia, arrastrando su silla.
-¡Los cuatro! –la Sra.Engleton nos grita desde su mesa-. ¡Fuera!
-¡Que ya nos vamos, señora! –le dice Joseph, mientras el resto de la gente ríe.


*****


-Hey, ¿estás bien? –me pregunta Ronald camino del baño.
-Sí –respondo encogiéndome de hombros-. ¿Por qué lo preguntas?
-Últimamente estás un poco raro –me dice-. Más de lo habitual, vamos.
-Ya… -asiento distraídamente. Se me deben de notar más de lo que creía todas las preocupaciones que asolan mi mente: Noche D, hacerme pipí encima, cada vez me siento más bebé y menos niño…
-Si te preocupa algo, me lo puedes contar. Lo sabes, ¿verdad? No les diré nada a ellos –señala atrás con la cabeza, refiriéndose a Joseph y Eddy, que se han marcado ya para clase.
-N-No hace falta, Ronald –tartamudeo-. Es-Estoy bien –intento sonar convincente.
-¿Seguro? Porque parece que estés en el espacio y haber perdido contacto con la nave nodriza.
-¿De dónde sacas esas metáforas? –le pregunto sonriendo.
-¡Anda, pero si se acuerda de cómo sonreír! –exclama mi amigo
-Pues sonrío mucho –protesto. Es mentira-. A lo mejor es que estás siempre con la cabeza metida en conversaciones con Joseph y Eddy sobre videojuegos y no te das cuenta.
-Últimamente nuestras conversaciones son un poco monotemáticas, cierto –admite-. Pero creía que los videojuegos te molaban.
-¡Claro que me molan!
-Pues parece que no. No dices nada cuando hablamos del War of Empires ni del plan del sábado. Me da la sensación de que no quieres venir. Los otros quizá no te conozcan tanto, pero yo sí. ¿Qué te preocupa? –añade inquisitivamente.
-Nada –digo intentando sonar convincente. No lo logro.
-Sé que mi madre habló con la tuya por teléfono sobre algo, pero no me quiere decir de qué se trata.
Inmediatamente me pongo como un tomate y Ronald se percata.
-¿Ves? ¡Lo sabía! –dice orgulloso de sí mismo-. ¡Sabía que pasaba algo! ¿Me lo vas a contar?
-Te… te he dicho qu-que no pasa na-nada –repito, pero el rubor de mi cara y el tartamudeo me delatan.
-Ya. ¿Te crees que me chupo el dedo? –dice mi amigo sarcásticamente, y ese comentario no hace sino que me ruborice más-. Si no me lo quieres contar, no lo hagas. Pero no me trates cómo si fuese imbécil.
-¡Yo no te trato cómo si fueses imbécil! –protesto.
-¡No me hagas reír! –y a pesar de lo que ha dicho, suelta una irónica carcajada. Está visiblemente molesto-. Desde que dijimos que íbamos a ir a mi casa a jugar al War of Empires te cambió la cara. Me di cuenta en ese mismo momento, en el campo de fútbol. Estábamos todos súper contentos y tú ahí, agachando la cabeza circunspecto.
Siento que se me humedecen los ojos.
-¿Vas a llorar? ¿En serio? –mi amigo suelta un resoplido-. A veces pareces un niño pequeño. Joseph y yo lo hemos comentado alguna vez. Y César, Miles y el resto también piensan lo mismo.
Es más de lo que puedo soportar. Las lágrimas brotan y no puedo hacer nada por evitarlo. Cierro los ojos pero es inútil. Cuando llegamos a la puerta del baño, Ronald no entra conmigo. Me pone una mano en el hombro, y me dice en un tono más conciliador:
-Oye, Robin, si no quieres contármelo, no lo hagas, ¿vale? Yo no te voy a obligar. Solo recuerda que nos conocemos desde hace mucho, y que hemos compartido hasta cambios de pañales –me sonríe-. Quiero que sepas que puedes confiar en mí.
Asiento mientras me limpio las lágrimas con la manga de la camiseta y entro en el baño.
Una vez dentro, busco el aseo más limpio. Antes no he mentido; es cierto que estos baños están siempre bastante sucios. Son los más elegidos por los estudiantes para mearse en las esquinas y reventar zumos. Cuando encuentro un aseo medianamente limpio, cierro con pestillo y me apoyo en la puerta, dejando caer la mochila al suelo.
¿Por qué? ¿Por qué tiene que pasarme esto a mí?
¿Es que no puedo ser quién soy? ¿Tan difícil es ser uno mismo?
Quiero mi chupete. Pero al mismo tiempo no lo quiero.
Quiero que Mami me ponga un pañal, pero a veces me siento avergonzado por tener todavía que usar uno.
Quiero ser un bebé pero al mismo tiempo no quiero serlo.
Soy el bebé de Schrödinger.
Me acerco hasta el váter y me bajo la bragueta para intentar hacer pis.
Poco a poco me voy serenando, pero aun así sigo inquieto, incluso durante un momento hago instintivamente el gesto de chupar con los labios.
Pero no tengo el chupete a mano. No tengo cerca nada de bebé, solo cosas de niño mayor.
Mochila llena de libros, ropa de niño mayor, un váter.
Los bebés no usamos nada de eso.
¿A quién quiero engañar?
Ni siquiera sé quién soy.
Y para colmo no me sale el pipí.


*****


En casa, Mami me pone un pañal nada más llegar. Llevando uno, siento como si las piezas dispersas en mi cabeza encajasen, como si todo estuviese dónde tiene que estar. El chupete en la boca también ayuda.
Pero no puedo evitar cuando me miro en el espejo ver a un niño de 12 años que todavía usa esas cosas. No veo a un bebé. Sin embargo, dentro de mi cuerpo, sí es cómo me siento. Siento que es normal que me pongan un pañal y llevar un chupete en la boca. Es normal dormir abrazado a  un peluche y que Mami me dé un biberón.
Ahora paso todo el día en casa llevando un pañal. Mami me lo pone y me lo cambia. Creo que no tiene ni idea de ha habido algunas veces en las que me he hecho pipí encima sin poder controlarlo. Ella cree que me lo hago a propósito, como cuando estoy un fin de semana entero llevando pañal. Pero no le importa. Como he dicho, me lo cambia cuando me hace falta.
Algunas veces sin que yo se lo pida. Sabe que su bebé puede estar mojado y se acerca a dónde estoy para cambiarme y que no me irrite.
No obstante, no dejo de tener obligaciones. En el colegio y en casa. Tengo que estudiar y también tengo de vez en cuando que fregar los platos o barrer la cocina. Últimamente es más extraño que nunca verme con un pañal y chupete delante del libro de Historia o limpiando el baño.
-¡Pero si yo no lo uso! –protesto a veces.
Mami se ríe y me dice que aunque lleve pañales tengo limpiar el váter porque Elia y ella sí lo usan y ellas me limpian a mí cuando tengo caca.
Estos momentos me ayudan a establecer una frontera entre dos mundos, pero hacen más evidente que no sepa a cuál de ellos pertenezco.
Una de las veces en las que más me sentí a caballo entre dos vidas fue cuando Mami me preguntó la lección de Geografía mientras me cambiaba el pañal tras haberme hecho caca.
En mi tiempo libre sí que he dejado de hacer cosas de niño de 12 años. Ya no voy con mis amigos a jugar al fútbol y hace semanas que no echo una partida al Gods and Monsters. Me limito a ver dibujos animados para niños pequeños en televisión o tumbarme en la cama a jugar con Wile.
Juego a que es mi compañero de aventuras, y viajamos cada noche en una cuna mágica a lugares de encantos y fantasía, y siempre volvemos antes de que salga el sol para que Mami nos cambie el pañal por la mañana.
Ahora es momento de irse a dormir. Estoy acurrucado encima de Mami tomándome mi biberón mientras ella me lee un cuento. Es un libro infantil, de esos que tienen solo cinco páginas y de cartón, con una frase por cara y ocupada entera por un dibujo. Este cuento se llama La oruguita sin casa, y trata sobre una oruga que ha pedido su casa y le pide ayuda a otros bichitos del bosque para que le ayuden a construir una. El libro se lee en un minuto, pero Mami demora mucho tiempo leyendo cada frase con entonación y señalándome los dibujitos, mientras yo chupo la tetina del bibe y me tomo la leche.
-Señor Ciempiés, ¿puede ayudarme a conseguir una casita nueva? –lee Mami poniendo una voz aguda y entonando mucho cada palabra.
-Claro, Oruguita –Mami cambia a un tono más grave y vocaliza mucho-. Con mis cincuenta manos y cincuenta pies, te ayudaré a construir un hogar en un periquete.
-La oruguita va a tener su casita –digo con voz de bebé, separando la boca del biberón, con lo que unas gotitas de leche se derraman por la comisura de los labios.
-Claro que sí, mi bebé –dice Mami dándome un besito en la coronilla-. ¿Has visto que el señor Ciempiés lleva una botita y un guante en cada mano? –me pregunta Mami señalando el dibujo.
-Ajá –contesto, y vuelvo a llevarme el biberón a la boca-. Es muy bonito –digo mientras chupo la tetina.
-Bonito como mi bebé –me dice Mami mientras me da una palmadita en el culete sobre el pañal.
Yo río como bebé y sigo chupando la leche calentita del biberón.
-Entonces, la oruguita y el señor Ciempiés corrieron juntos a buscar otros animalitos que le ayudasen a construir una casita nueva –sigue leyendo Mami.
A pesar de que Mami lee pausadamente y mostrándome los dibujitos, termina el cuento antes de que yo me haya acabado el biberón, de modo que se incorpora un poquito conmigo encima y comienza a dármelo ella. Yo le rodeo la cintura con los bracitos, cierro los ojitos y disfruto de estar encima de Mami, con un pañal y tomando biberón.
Llevo puesto uno de mis pijamas enterizos. Mami me ha comprado dos más y ahora son los únicos que uso. Uno es de color verde clarito, casi más cerca del azul cielo, con un conejito bordado en el pecho y otro en la espalda. El otro pijama tiene bordado también el mismo conejito en ambos sitios y su color es, según ponía en la caja, rosa bebé.
Cuando me termino el biberón, Mami se levanta cargándome en peso y me ayuda a expulsar los gases. Después, deja de nuevo sobre el colchón y me cubre con las sábanas hasta el cuello.
-¿Estás sequito, verdad? –me pregunta mientras me pone el chupete en la boca delicadamente.
Asiento.
Mami pone a Wile a mi lado y lo arropa también.
-Mami… -le digo yo muy flojito.
Mami se inclina de nuevo hacía mí, sonriéndome y apartándose un mechón de pelo de la cara.
-¿Qué pasa, bebé?
-El sábado es lo de Ronald –le digo muy flojito, mirándola a los ojos y sin dejar de mover mi chupete.
-Es verdad. Es este sábado ya.
-¿Vamos a hacerlo como lo hablamos? –le pregunto de igual manera.
-Sí, claro –asiente-. Cuando estéis ya acostados, subes, te pongo el pañal y luego en la mañana te lo quito.
-Estoy nervioso.
-Es el mejor plan que tenemos, Robin. No se me ocurría otro.
-Ya… -me rebullo un poquito entre las sábanas. Todavía me acuerdo de mis pesadillas.
-No pasará nada… -me dice ella, aunque la noto también algo nerviosa-. ¿Qué es lo peor que puede pasar?
-Que se enteren de que llevo pañales.
Mami se sienta en el borde de la cama y me mira con ternura.
-¿Qué le pasaba a la oruguita del cuento? –Mami coge el libro de la mesita de noche y me lo muestra.
-Que no tenía casita.
-¿Y cómo se sentía por eso?
-Muy triste y sola –digo flojito, y doy un pequeño chupeteo.
-¿Entonces qué hace?
-Le pide ayuda a otros animalitos para construir una.
-¿Y al final? ¿Cómo termina el cuento?
-Hacen entre todos una casita nueva y se lo pasan muy bien en ella.
-¡Muy bien, mi bebé! –exclama Mami-. Mira –abre el libro-. Esta oruguita eres tú –la señala-. La oruiguita del cuento está preocupada porque no tiene casita, y tú estás preocupado por tener que dormir fuera de la tuya, ¿verdad?
Asiento despacito, mirando a Mami a los ojos con atención y moviendo mi chupete.
-Pero al final –Mami va a la última página del libro y señala el dibujo- Oruguita, el señor Ciempiés, Ratoncito y Hormiguita están en una nueva casita haciendo una fiesta. Y aunque Oruiguita estaba antes muy preocupada y asustada, ahora está pasándoselo muy bien con sus amiguitos.
Tú también vas a estar en nueva casa el sábado –dice Mami, dejando de nuevo el libro sobre la mesita-. Y solo una noche. Y ahora estás preocupado y asustado. Pero cuando llegues a casa de Ronald, preocúpate solo de pasártelo bien, ¿vale? De eso se trata –dice mientras me pasa una mano cariñosamente por la mejilla-. De que te lo pases bien con tus amigos, como la oruguita. No te preocupes del pañal. Ya sabes que te lo pondré cuando todos estén dormidos, ¿vale, bebé?
-Sí, Mami –respondo más tranquilo.
-Ese es mi bebé –me da un besito suave en la frente-. Te quiero, bebé.
-Yo también te quiero, Mami.
Me da otro beso. Esta vez más largo.
-Buenas noches, bebé –se levanta de la cama y coge el biberón vacío-. Que descanses.
-Buenas noches, Mami.
Y no la oigo ni salir del cuarto, pues me aferro a Wile y me quedo dormido inmediatamente.


*****


El sábado llega antes de que me dé cuenta. Mami me está cambiando. Me he hecho caca encima mientras jugaba en la cama a Mario Kart en la Nintendo DS. Me está poniendo un pañal y no sé para qué, porque en quince minutos tenemos que irnos a casa de Ronald, pero Mami parece que quiere mantenerme protegido hasta el último momento, porque una vez que salga por la puerta, tendré que ser un niño mayor de 12 años, sin pañal, sin chupete y sin biberón.
Un niño de 12 años normal.
Mami me levanta las piernas y me pasa e pañal nuevo por el culete. Luego me deja caer suavemente sobre el material acolchado y me pasa la otra parte por la entrepierna. La parte de arriba del pañal me tapa el ombligo. Finalmente, Mami une las dos partes del pañal con las cintas adhesivas, pegándolas sobre la franja cielo en la que reposan conejitos, aes, bes y ces.
 -¿Te has preparado ya las cosas para esta noche? –me pregunta una vez se incorpora con el pañal que acaba de quitarme echo una bola en su mano.
Yo niego con la cabeza mientras muevo el chupete. Estoy totalmente desnudo a excepción del pañal.
Mami suspira.
-Está bien.
Deja el pañal a un lado y se dirige al armario. Abre sus puertas y comienza a remover entre las perchas. Una de las puertas la tapa de cintura para arriba, de modo que desde mi posición no puedo verle la cara, pero sé que su rostro está marcado por la preocupación y el nerviosismo. Sus movimientos son muy rápidos y bruscos. Mami cierra rápidamente las puertas del armario y viene hasta la cama, donde estoy tumbado bocarriba llevando solo un pañal, y las deja a mi derecha, al lado del pañal que acaba de quitarme.
-He pensado en que te lleves esta camiseta roja de manga larga –dice mientras la extiende delante de mi cara-, y estos pantalones vaqueros –me los muestra también-. ¿Qué te parece?
Muevo mi chupete inexpresivamente y me llevo las manos al pañal.
-De acuerdo –Mami deja escapar un sollozo y gira la cabeza, para evitar mirarme-. También te he cogido este pijama –continua, y me muestra el pijama enterizo de color verde clarito-. Es un pijama mono pero últimamente he visto muchos en tiendas de ropa. Ninguno de tus amigos tiene por qué pensar que es de bebés, ¿no crees? –vuelve a mirarme. Tiene los ojos húmedos.
Yo la miro sin fijar la mirada en ningún sitio en concreto mientras chupo mi chupete y me aferro a mi pañal con las manitas.
Me viene un pipí, y soy incapaz de retenerlo.
Se me sale y moja mi pañal.
-Muy bien –cierra los ojos para intentar contener las lágrimas y suelta otro hipido-. Te… Te voy a echar… –hace una pausa para intentar contener el llanto-, una… -hipa-, una muda limpia y… –aprieta los párpados muy fuerte. Las lágrimas empiezan a salir-, y un… un pañ… ¡Oh, Robin! –y se abalanza sobre mí, abrazándome muy fuerte, incorporándome de la cama y pegando mi cuerpecito al suyo-. Todo va a salir bien –me dice entre lágrimas-. ¿Me oyes? Todo va a salir bien –repite. Me abraza más fuerte-. Te lo prometo. Mi bebé pequeñito. Todo va a salir bien, todo va a salir bien –me susurra al oído.
Mami me separa un poquito de ella para contemplar mi carita y puede ver ahora la preocupación reflejada en mi rostro. Muevo mi chupete rápidamente y también me caen lágrimas.
-Dime algo, Robin. Po favor –se vuelve a abrazar a mí-. Por favor.
-Me hecho pipí.
Mami suelta un hipido que es como una risa nerviosa.
-¿Te has hecho pipí? No pasa nada, te cambiaremos –pega su mejilla contra la mía y me aprieta más fuerte-. Te cambiaremos… -repite en un susurro.
-Mami…
-Dime, mi bebé –Mami sigue sin separarse ni un milímetro de mí.
-Estoy inquieto.
-Lo sé, mi bebé. Mami lo sabe… Pero –hipa-. Mami te promete que todo va a salir bien. Mami cuidará de ti.
-¿Me lo prometes?
-Sí –a pesar del llanto suena firme-. Estaré ahí para ponerte tu pañal y después estaré ahí también para quitártelo. Todo irá bien. Te lo prometo.
Mami se separa de mí y me coge la cabeza con las manos, izándomela para mirarme la carita. Mis ojos llorosos buscan los suyos, también llenos de lágrimas, que miran a los míos con determinación.
-Todo va a salir bien. Te lo prometo –y me vuelve a abrazar.
Estamos así un ratito. Los dos abrazados, yo con la carita escondida entre sus dos tetas y ella dándome palmaditas en el culete y acariciándome la espalda.
-Bueno, vamos a cambiarte este pañalito –dice dándome unas palmaditas algo más fuertes.
-No hace falta, Mami –le contesto-. Tenemos que irnos enseguida.
-Nonono –Mami suena decidida-. Mientras mi bebé está en casa y lleve pañal, mi bebé va a estar siempre sequito.
Mami me vuelve a tumbar bocarriba y se prepara para cambiarme el pañal.
Primero me desabrocha las cintas adhesivas del que llevo puesto, luego me lo separa del cuerpecito y lo extrae tirando de mis piernecitas hacia arriba. A continuación me seca cuidadosamente, cerciorándose de que no se deja ninguna parte. Cuando termina va hacia el armario, y cuando antes había sacado un montón ropa ahora trae consigo solo un pañal. Uno de cochecitos. Mami los despliega delante de mí sin dejar de lucir una sonrisa y me tira otra vez de las piernas hacia arriba para pasármelo por el culito, después me deja caer sobre el pañal y me lo pasa por la entrepierna. Me lo acomoda alrededor de la cintura y lo sujeta muy fuerte con las dos cintas adhesivas.
-Ya está, bebé.
-Gracias, Mami.
-Nunca –Mami me sonríe y me pasa una mano por el cabello-. Nunca me des las gracias por cambiarte el pañal. Es algo que hago encantada y que seguiré haciendo siempre que quieras.
Mami se recuesta a mi lado y me abraza, atrayéndome hacia ella, deja mi cabecita debajo de sus tetas e inclina la cabeza para besarme en la coronilla.
-Mi bebé –me dice-. Mi bebecito pequeñito.
Yo cierro los ojitos y disfruto de los mimos de Mami, quien comienza a acariciarme el bracito paseando suavemente la punta de sus dedos por él. La otra mano reposa sobre mi culito, sobre el pañal, como si Mami quisiese impedir así que algo me separe de ella, guarneciendo a su bebé a su lado.
No sé cuánto tiempo estamos así, madre e hijo disfrutando del silencio y de la compañía del uno al otro, pero finalmente nos ponemos en marcha para ir a casa de Ronald.
Mami se despega de mí lentamente y con delicadeza, y yo no mudo el gesto cuando me saca el chupete de la boca y comienza a desabrocharme el pañal.
Es una sensación rara; que me quiten el pañal cuando no tengo ni caca ni pipí.
Al verme allí desnudo completamente, liberado de la presión que ejercía el pañal sobre mis genitales, me invade una sensación extraña, como si hubiese algo que no está en su lugar. Me empiezo a sentir raro.
Aquí hay algo que no encaja.
La sensación no disminuye cuando Mami comienza a ponerme los calzoncillos.
Echo de menos la sensación que me provocaba el pañal.
Seguridad. Tranquilidad. Estabilidad.
Mami me sube los calzoncillos, luego los pantalones vaqueros y me abrocha unos zapatos marrones.
Bajo de la cama de un salto y me llevo las manos a la entrepierna, pero no siento el acorchamiento que producía el pañal. Tampoco en el culete.
Me siento más raro aún.
Extraño.
Como si estuviese traicionando algún código ético.
Casi como si estuviese decepcionado conmigo mismo.
Mami no se percata de mi estado. Ha  sacado los libros de mi mochila del cole y metido dentro  el pijama y un pañal de cochecitos, trenes y semáforos.
-Todo va a salir bien –me repite cuando me descubre mirando cómo introducía el pañal-. Vamos.


*****


Dos minutos después estoy en el coche con Mami, con un saco de dormir en mis pies y sujetando en el regazo una pizza familiar y mirando al frente pero a nada en particular. Tengo la mente en blanco e intento no pensar en nada. No quiero ponerme más nervioso de lo que ya estoy. De vez en cuando, Mami me dirige miradas preocupadas.
De pronto me acuerdo de una cosa.
-Mami.
-¿Qué pasa, cielo?
-No me he despedido de Wile.
Mami deja escapar un gemidito de ternura casi inaudible antes de contestar.
-No pasa nada, bebé. Yo le daré un beso de tu parte cuando vuelva a casa.
-¿Podrías preguntarle si tiene pipí y cambiarle el pañal?
-Claro, Robin. Le pondré un pañalito nuevo cuando vuelva a casa.
-¿Pero luego volverás a casa de Ronald, no? –pregunto temeroso.
-¡Claro que sí, bebé! –Mami se muestra casi ofendida por mi pregunta-. Volveré cuando sea la hora de acostaros para ponerte tu pañal.
Me remuevo en el asiento intranquilo.
Siento un nudo en la garganta.
-Ya hemos llegado –dice Mami, y detiene el coche.
Me bajo del coche con el saco de dormir cargado en un hombro y sosteniendo la pizza con manos temblorosas. Mami lleva mi mochila y me pone una mano en el hombro que tengo libre cuando entramos en casa de Ronald.
Debajo del porche del jardín veo un columpio para bebés y un carricoche al lado de la puerta.
El estómago me da un vuelco.
Tengo que recordar que en esta casa hay un bebé.
Llegamos a la puerta y Mami me aprieta más en el hombro
-¿Listo? –me pregunta.
Suspiro.
-Listo –respondo intentando aparentar firmeza.
No lo consigo.
Mami llama al timbre.

5 de marzo de 2019

Los 2 Mundos de Robin Starkley - Capítulo 15: Chupete sonoro




Me despierto con los primeros rayos de luz entrando por los resquicios superiores de la persiana a medio bajar. En la habitación hace frío, estamos a finales de Octubre y ya se vislumbran las bajadas de temperatura propias de otoño. Aun así, en mi cama se está bien, a gusto, abrigadito. Mami me compró ayer un pijama nuevo y lo llevo puesto. Es de esos pijamas enterizos, propios de bebés. Es un mono que me cubre desde las puntas de los dedos de los pies hasta el cuello, de color amarillo clarito, casi beige, con un ratoncito bordado en el pecho, en el lado izquierdo y otro en la espalda también, algo más grande. Es un pijama que llevaría un bebé. Mami debió de ir ayer a Largue a comprar pañales y me trajo también un pijamita nuevo. Es de franela, muy abrigado y con un tacto muy suave. Mami me lo puso con muchos mimos tras cambiarme el pañal para irme a dormir. Dijo que su bebé estaba precioso, y yo me reí y agité mis piernecitas como un bebé, luego cantamos juntos la canción del pañal y me acostó tras darme un biberón sobre su pecho y leerme uno de mis cuentos infantiles. Mami me está mimando mucho últimamente. Más que de costumbre, quiero decir. Creo que me ve vulnerable después de la pesadilla de la semana pasada y de todos los accidentes que tuve. Afortunadamente, no he vuelto a hacerme pipí encima (despierto, quiero decir) en los últimos días. Creo que ya se me ha pasado y solo fue una pequeña fase provocada por el miedo que me daba quedarme a dormir en casa de Ronald.
Ahora la Noche D está cada vez más cerca, de hecho es el sábado que viene, queda solo una semana, pero extrañamente, me siento más tranquilo. Creo que el plan que Mami trazó puede salir bien y mis amigos no tendrán que enterarse de que su amigo Robin aún lleva pañales para dormir. Aun así, sin mi chupete y Wile será una noche muy larga.
Wile.
No lo noto entre ninguno de mis brazos.
Palmeó un poco el colchón y enseguida siento su cuerpecito de felpa al lado de la almohada. Lo abrazo contra mi pecho, sintiendo también el tacto de su pañal.
Desde que mi peluche lleva pañales me siento más unido a él.
Nunca he sido muy dependiente de Wile, ni siquiera cuando Elia me lo compró cuando logré controlar de nuevo el pipí durante el día. Era más bien un compañero de cama que un amigo, pero desde que lleva pañales, lo veo como mi amigo de pañales.
Antes lo era Ronald, aunque duró solo una noche.
Luego lo fue Charlotte, una chica que conocí por Internet, hasta que dejó de conectarse a Skype.
Y ahora lo es Wile, un muñeco de peluche.
Como siga esta progresión, el siguiente será una piedra con un pañal pintado a rotulador.
Me palpo el pañal fuera del pijama enterizo. Tiene pipí. En realidad me lo palpo por inercia, pues sé que siempre va a tener pipí.
La primera fase de aceptarme como soy, cosa que todavía no he hecho pues no sé muy bien quien soy, fue aceptar que siempre me iba a hacer pipí cada vez que me durmiese.
Está bien este pijama. Hace que el pañal se note un poquito menos y me da más sensación de ser un bebé. Lleva dos botoncitos por la parte del culete que sujetan una solapa que se abre hasta la entrepierna, permitiendo así que me puedan cambiar el pañal sin desnudarme.
Muy de bebés, como digo.
Oigo unos ruidos que provienen de abajo. Son Mami y Elia, que están discutiendo por algo. El sonido de sus voces es casi ininteligible, pero cada vez se distinguen más. Están subiendo las escaleras.
-¿Pero tiene que ser precisamente hoy que viene Clementine?! –protesta mi hermana.
-¿Y qué culpa tengo yo de que venga tu amiga? Tengo una cena con las chicas del Hospital y luego vamos a salir de fiesta.
-¿Y por qué no te lo llevas?
-¡¿Pero cómo me voy a llevar a tu hermano de fiesta?! Elia, por favor…
-Bueno, pues llévalo con una canguro.
-Eso es lo que voy a hacer.
-¿Ah sí? –se nota a Elia más contenta.
-Sí, ¿quieres conocer a la canguro?
-Hombre, no es algo que me vuelva loca, pero no me importaría.
-Elia, te presento a Elia, la canguro de Robin. Elia, está es Elia.
-Ja. Ja. Ja. Me parto.
Las voces llegan a mi habitación y Mami abre la puerta.
-Buenos días, mi bebé –me dice muy flojito, y enciende la luz con un suave golpe al interruptor. En la otra mano lleva mi biberón.
Yo las miro a las dos semi incorporado mientras muevo mi chupete, con mirada inexpresiva.
-Me has jodido, enano –me dice mi hermana antes de irse enfurruñada.
Mami viene hacia mí y se sienta en la cama. Me da un beso de buenos días. Yo le dou otro sin quitarme el chupete.
Besitos de chupete.
-No le hagas caso a tu hermana, ya sabes el mal genio que tiene a veces, pero luego se le pasa –me sonríe y me hace cosquillitas en el pecho-. ¿Cómo ha dormido mi bebé con su nuevo pijamita?
-Muy bien, Mami –le contesto con mi vocecita de bebé. Últimamente le hablo siempre con mi vocecita de bebé-. Es muy cómodo ji, ji, ji.
-Es que mi bebé tiene que estar comodito. ¿Quieres que te compré más ahora para el frío?
-¡Sí, Mami!
-Cuando vayamos a Largue, te compraremos más pijamitas de bebé, ¿vale?
-¡Vale!
-¿Quieres tu bibe, bebé?
-¡Sí!
-¿O quieres que te cambié antes tu pañalito?
-Umm… ¡Pañal!
-¿Te cambiamos antes?
-¡Sí!
Mami deja el biberón sobre la mesita de noche y me destapa, dejando al descubierto mi pijama enterizo. Yo me río y me llevo las manos al pañal.
-¡Pijama de bebé! –digo riendo con mi chupete.
-¡Pijama de bebé! –repite Mami dándome unos golpecitos en mi pañal-. ¡Para mi bebé!
-¡Para tu bebé! –corroboro como mi vocecita.
Mami me da la vuelta delicadamente, poniéndome bocabajo y le da dos golpecitos al pañal por el culete, sobre la franela. Después me desabrocha los dos botones que unen la solapa al resto del pijama y descubre la parte trasera del pañal, al que le da también dos golpecitos, sobre el plástico. Me vuelve a dar la vuelta y descubre mi pañal tirando de la solapa hacia abajo.
-Mi bebé, que puede estar calentito mientras le cambiamos su pañal.
Yo me río mientras se me ruborizan las mejillas.
Mami desabrocha las dos cintas del pañal con dos frunch y me lo separa de mi vientre. Me levanta las piernas y lo extrae completamente, hace una bola con él y lo deja al otro lado de la cama. A continuación me limpia suavemente mientras me mira, preocupándose de no hacerme daño y mientras tanto me sonríe para tranquilizarme, aunque no hace falta. Cuando Mami me está cambiando de pañal me siento la persona más segura del mundo, aunque sí es verdad que entre quitarme un pañal y ponerme otro, sí me siento un poco nervioso al encontrarme desprotegido.
Mami termina de limpiarme y se levanta por un pañal del armario. Es uno de cochecitos. Lo despliega delante mía mientras me agito un poco inquieto.
-Ya va, bebé. Enseguida tendrás tu pañal. Eres tú un bebé muy ansioso, eh –añade mientras me pellizca la tripita.
Mami se inclina de nuevo hacia mí y me levanta las piernecitas para pasarme el pañal por el culete. Una vez está allí bien colocado, lo pasa por la entrepierna y me lo ajusta por delante, para que se quede justo en su posición. Luego me lo abrocha con las dos cintas adhesivas, que se quedan pegadas sobre la franja de los cochecitos.
Termina el cambio de pañal dándome un besito en la tripita, justo en el sitio donde antes me había pellizcado.
-Ya está, bebé.
Mami me gira de nuevo y me abrocha la solapa al culete, cubriéndome el pañal.
Yo me siento genial. Me han cambiado el pañal sin desnudarme, y me siento igual de calentito que al despertarme.
Mami me coge ahora y me sienta sobre su regazo. Le echa mano al biberón de la mesita de noche y comprueba la temperatura de la leche vertiendo unas gotitas en su muñeca.
-Está perfecto.
Me quita el chupete con delicadeza y lo deja sobre la mesita. Lleva el biberón a mi boca. Yo cierro los labios entorno a la tetina y comienzo a chupar la leche.
Toda mi vida me he tomado la leche en biberón. Nunca en un vaso. Una vez durante un viaje familiar, con 8 o 9 años, Mami se dejó el biberón en casa, y antes de ir a comprar uno tuvo que darme el desayuno mojando el chupete en la leche y luego poniéndomelo en la boca. Como es lógico, estuve media hora y el vaso de leche apenas se había vaciado. Mami intentó ayudarme a beber del vaso, pero lo volqué, pues lo incliné mucho hacia abajo, como si fuese un biberón, y me eché toda la leche en la camiseta. Mami se dio por vencida y en cuanto abrieron las tiendas me compró un biberón, para molestia de mis tías, que decían que era mayor para biberón, sin saber, claro, que esa noche había dormido con un pañal.
Luego, la noticia de que el primo Robin, de 9 años, aún llevaba pañales se extendió por todos los miembros de la familia, y con el tiempo, todos (o casi todos) han terminado aceptándome.
Cuando me termino el bibe, Mami me ayuda a expulsar los gases y me deja de nuevo sobre la cama.
-¿Es verdad que viene Clementine? –le pregunto mientras ella recoge de la cama el pañal que me ha quitado.
-Sí, se queda a dormir esta noche.
Uhm.
Vaya, interesante.


*****


A las seis menos diez estoy en el recibidor de casa. Mami se ha ido hará una media hora después de despedirse de mí varias veces y darme muchos besitos. Le ha hecho un interrogatorio a Elia para asegurarse de que sabía todo acerca de cómo cuidarme, como si fuese la primera vez que lo hacía. Mi hermana contestaba a todo cansinamente y fulminándome de vez en cuando con la mirada. Luego me ha hecho un corte de mangas, me ha dicho que le estoy jodiendo la existencia y se ha encerrado en su habitación dando un portazo. Ya se le pasará. Mi hermana puede ser muy temperamental a veces.
Yo estoy mirándome en el espejo de la entrada de casa para ver qué tal estoy. He pasado todo el día en pijama y con pañal. Me he hecho caca mientras estaba en mi cama jugando con Wile y Mami ha tenido que cambiarme. Intento parecer bebé pero con un punto de mayor, para que Clementine vea que aunque sigo siendo un poco bebé, ya soy más mayor. El problema es que no tengo ni idea de cómo conseguirlo. Me apoyo sobre el mueble del recibidor con un codo como si estuviera en la barra de un bar y me llevo la mano al pañal, adoptando una expresión de bebé en la cara, intentando sonreír con suficiencia detrás del chupete.
No. Demasiado chulo. Parezco un macarra de bar. No soy un flipado ni quiero que Clementine lo crea.
Clementine me cae muy bien; es la única de los amigos de mi hermana que lo hace, quizá porque le gusta mucho mi faceta de bebé, y cuando viene a casa siempre me está levantando en brazos y dándome besos en la mejilla. Me dice que soy muy mono y me revuelve el pelo. Mi hermana la enseñó hace unos años a cambiarme el pañal y ahora lo hace de vez en cuando y también me da el biberón. Elia siempre pone cara de estar molesta y me dirige miradas asesinas cuando acaparo la atención de su amiga, pero al final termina mimándome con ella.
Intento ahora una pose más de bebé, llevándome las manos a la parte delantera del pañal como cuando me hago pipí y voy a pedirle a Mami que me cambie.
-¿Qué estás haciendo, atún? –me sobresalta una voz.
Elia me mira desde arriba de las escaleras. Se ha puesto sus pendientes con el puño que sale de una cruz dentro un círculo y se ha hecho dos trenzas en el pelo. Lleva pintalabios y lápiz de ojos y va vestida con su camiseta favorita, una en la que sale una leona con ojos brillantes mirando a través de la maleza de la jungla.
Yo me sonrojo y detengo en el acto mi ritual de Posturas-de-bebé-aunque-no-tanto.
-Nada –contesto flojito.
Mi hermana se ríe. Baja las escaleras y se mira en el espejo mesándose el pelo.
-Oye, Robin –se gira hacia mí y me coge las mejillas con los dedos índice y pulgar y me aprieta un poco-. Si quieres, quédate, se lo bebé que quieras con Clementine y todo eso, ¿vale? Pero ya has oído a Mamá; soy tu canguro. Así que cuando diga que te tienes que acostar o simplemente dejarnos en paz, me haces caso, ¿estamos? –me aprieta más la mandíbula.
-Estamos –logro decir, aunque entre la presión de mi hermana en la cara y el chupete a penas se me entiende.
-Ese es mi bebé –me da un beso en la frente-. Bueno, vete a tu cuarto que cuando venga Clementine quiero estar un rato a solas con ella antes de que empieces a hacerte el bebecito.
Me sonrojo.
-Yo no hago eso.
-No, claro –me contesta sarcásticamente-. Bueno, vete y al rato bajas, ¿vale? –se oye el timbre. Elia pone cara de susto-. Lar-go –me dice sin apenas usar la voz acentuando cada sílaba.
Yo obedezco a mi hermana algo molesto y subo hasta mi cuarto a hacer tiempo. ¿Tiempo para qué? Mi hermana me da a veces órdenes muy absurdas, pero bueno, es mi hermana mayor y hasta cierto punto le tengo que hacer caso.
Pero, ¿cuánto tiempo tengo que estar aquí arriba fingiendo que no existo, como Harry Potter al principio de la segunda película? ¿Media hora? ¿Una hora? ¿Dos? En fin… me pondré a jugar un rato al ordenador. A lo mejor me entran ganas de hacer pipí y ya tengo una excusa para bajar a ver a Clementine.


*****


Premio.
Tras cuarenta minutos de estar luchando contra trolls, dragones y caballeros medievales, noto como me vienen las ganas de hacer pipí. Dejo que salga mientras termino la partida y cuando acabo, guardo antes de apagar el ordenador y salgo de mi habitación con cierta cautela. Bajo las escaleras sin hacer apenas ruido, ya que con este pijama soy súper sigiloso. Solo se oye de vez en cuando el pañal. Conforme me acerco al salón, me llegan las voces de Elia y mi hermana.
-Total –dice mi hermana-, que desde que se lo conté a Stephanie, ha dejado de hablarme. La gilipollas se puso como una loca y empezó a gritarme en medio de la calle….
-¿En medio de la calle? –la voz de Clementine suena sorprendida.
-Claro, todavía no nos habíamos ido de la heladería –hace una pausa. La oigo beber-. Así que eso, se lo digo, tranquilamente, mirándola a los ojos… y va ella y empieza Es que me lo tendrías que haber dicho antes, es que me he desnudado delante tuya…
-¡¡¿En serio?!!
-Como te lo cuento –mi hermana hace otra pausa y se oye vidrio apoyándose en la mesa del salón. Deben de haber cogido cervezas de la nevera-. Así que nada, otra imbécil más en el grupo. Ya van más imbéciles que personas normales contando a Stephanie.
Parece que están hablando algo serio y vacilo antes de entrar. Tal vez sea mejor que suba a mi habitación y espere a que hablen de cine para decirles que me cambien el pañal.
-¡Robin! –grita Clementine. Casi se me sale el corazón-. ¿Qué haces ahí fuera? ¿Estabas espiándonos, pillín? –se levanta y viene hacia mí.
-¡Maldito enano! –oigo decir a mi hermana.
Clementine llega hasta donde estoy y me da un beso en la mejilla antes de levantarme en brazos. Tiene 24 años, es tres mayor que mi hermana. Va vestida casi siempre con chalecos vaqueros y con algunos parches y lleva el pelo teñido de azul.
-No estaba espiando –protesto yo mientras Clementine me lleva en peso al sofá-. Es solo que… ¿Cómo me has visto? –le pregunto.
-Se te veía reflejado en el espejo de la entrada, granujilla.
-Aaaah.
Clementine se sienta al lado de mi hermana y me coloca sobre sus rodillas. Elia me mira con rencor.
-¿Y eso que lleva ahora pañal? –le pregunta a mi hermana.
-Ha pasado unos días así un poquito mal, y se lo hemos dejado puesto –contesta Elia mientras me da unos suaves cachetes en el pañal.
-Pobrecito, Robin –Clementine tira suavemente del asa del chupete y me daun beso en la mejilla-. ¿Estás ya mejor, no?
Asiento.
-Yo también estaría mejor así –dice Elia señalándome con una cabezada.
Clementine ríe. Le da un beso en la mejilla a mi hermana.
-¿Mejor así?
Mi hermana ríe.
-Me vale –contesta, y coge el tercio de cerveza de la mesa del salón y le da un trago-. No le digas a Mamá que le he cogido cervezas, eh –me advierte señalándome con el dedo índice de la mano que sujeta la botella.
-¿Tu madre no te deja beber cerveza? –le pregunta Clementine mientras le da un trago a la suya, todavía conmigo en brazos.
-Sí, pero no le gusta que beba en casa. Dice que eso es muy de borrachos. Además, le trae malos recuerdos, ya lo sabes.
Clementine asiente. Se fija en mí de nuevo, que estoy todo el rato en silencio, moviendo mi chupete para no interrumpir la conversación.
-Bueno –me hace un poco de caballito en su rodilla-, ¿qué ibas a decirnos antes de que te descubriese, Robin?
¿Qué iba a…? ¡Ah, vale, sí!
El pañal.
-Me he hecho pipí –le contesto pero mirando a mi hermana.
Clementine ríe pero mi hermana resopla.
-Bueno, pues vamos a cambiarte –dice Elia como quien acepta una sentencia de muerte,  levantándose del sofá y dejando la cerveza.
-Pareces un hombre de la casa gruñón y cuarentón –le dice Clementine levantándose conmigo en brazos, y ríe.
-Eso lo dices porque no le has cambiado un millón de pañales a este –me señala con la cabeza.
-Ahora eres el ama de casa amargada –y vuelve a reír.
-Déjame en paz –mi hermana le da un codazo, aunque sonríe.
-Oye, ¿puedo cambiarlo yo? –le pregunta Clementine mientras subimos las escaleras.
-Por favor, insisto –contesta Elia.
Llegamos a mi habitación y Clementine me deja sobre la cama.
-Bueno, ¿donde están los pañales? –pregunta.
-Aquí –mi hermana abre el armario y saca uno de la bolsa. De ositos.
-Oh, pero qué mono –dice tras mirar la franja de osos llevando pañales. Seguro que mi hermana no tiene el valor de hacer ahora el chiste de Nappynception-. Bueno, ¿y esto cómo va? –pregunta Clementine mirando mi pijama enterizo.
Mi hermana se acerca también a la acama.
-Pues no sé –pone cara de extrañeza y me mira-. Mi madre le compró ayer este pijama y no sé muy bien cómo hay que hacerlo. Se supone que se le puede cambiar el pañal sin quitárselo.
-¿Y cómo? –pregunta Clementine fijándose más en el mono-. Esto no tiene botones por la cintura.
-A ver –Elia se acerca y se inclina para inspeccionarme el pijama-, mi madre lo ha cambiado con este pijama varias veces hoy. Tiene que haber una manera. ¡Y tú podrías decir algo en vez de estar ahí moviendo el chupete! –me dice.
-Ay, Eli, no le digas eso. Que es un bebé.
-¿Un bebé? –Elia me mira-. Un granuja es lo que es –me pellizca juguetonamente en la barriga y yo levanto las piernas en un acto reflejo y río-. Un momento… -Elia me voltea en la cama rápidamente, dejándome bocabajo-. ¡Aquí está! Es de esos pijama con botones en el culo –Elia me los suelta y me vuelve a girar bocarriba. Se incorpora -. Todo tuyo.
Clementine se inclina hacia mí, sonriendo, como si fuese lo que más le gustase en el mundo: cambiarle el pañal al hermano pequeño de su amiga. Me suelta las dos cintas adhesivas del pañal con conejitos que llevo puesto y me lo separa del cuerpo. Luego me levanta las piernas con una mano y lo extrae con la otra. Me limpia cuidadosamente, bajo la supervisión de mi hermana, que mira el trabajo de Clementine para asegurarse de que me deja bien seco. Luego Clementine coge el pañal nuevo y lo despliega. Me levanta las piernas y me lo pasa por el culete, luego por la entrepierna y me lo sujeta con las dos cintas adhesivas.
Mi hermana se acerca a comprobar el resultado. Mete un dedo entre mi cuerpo y el pañal y tira de él hacia afuera.
-Está bien sujeto, pero a lo mejor se puede agarrar un poco más –me desabrocha una cinta y me la vuelve a abrochar más fuerte-. Ale, ahora sí.
-¿Qué nota me pones? –le pregunta Clementine sonriendo.
-Siete con cinco.
-¿Siete con cinco? –Clementine se lleva una mano al pecho, fingiéndose muy ofendida.
-No se lo has abrochado bien, y te han faltado mimos.
-Tú no le haces mimos –protesta Clementine.
-¡Claro que no! –contesta Elia-. Eso es cosa de mi madre. Ella es la que saca matrícula de honor –las dos ríen-. Bueno, vámonos para abajo otra vez que bastante tiempo hemos estado ya entre pañales.
-Vámonos, Robin –Clementine me coge en brazos de nuevo y sigue a mi hermana.
-Error –dice Elia haciendo con la boca el sonido que suena en los programa de televisión cuando algún concursante se equivoca.
-¿Qué he hecho ahora? ¿Coger a tu hermano?
Elia repite el sonido.
-Doble error. No me había fijado en  eso. Digo que te has dejado el pañal que le has quitado encima de la cama, y abierto –Elia va hasta él-. Esto se coge así y se hace una bola. Ahora no importa demasiado porque solo era pis, pero cuando se cague, ya verás tú –y sale delante de nosotros.
Clementine y yo la seguimos mientras la amiga de mi hermana le hace muecas a sus espaladas para que me ría.
Paso la tarde con ellas en el sofá. Ponen la película Del revés y la vemos los tres apretados en el sofá, mi hermana recostada sobre Clementine y yo abrazando a Wile. A Clementine le gustó mucho que mi peluche también llevase un pañal. Dijo que era muy mono, pero no tanto como yo, y me preguntó si sabía cambiarle el pañal. Le contesté que no y ella me miró con ternura y me dijo que claro, porque yo también era un bebé.
Ella y mi hermana jugaron después conmigo a pasarme de la una a la otra. Me empujaban de una punta del sofá grande a otra y yo rodaba por los cojines, riéndome como un bebé. Luego jugamos a pasarnos a Wile, que como pesaba mucho más que yo, lo tirábamos por el aire. Yo me puse un poco tenso por si se caía al suelo, pero Elia y Clementine tenían mucha puntería y siempre lo agarraban, incluso cuando se lo pasaba yo a medio metro de dónde estaban. Pasé una buena tarde con ellas. Elia se lo pasó muy bien también. Se la notaba feliz, muy feliz. Conmigo y con su amiga, jugando y bebiendo cerveza de vez en cuando.
Cuando llegó la hora de cenar, Elia fue a la cocina a prepararla y yo me quedé con Clementine sobre el sofá, tirado en su regazo bocarriba y jugando a intentar coger sus collares, que ella levantaba hacia arriba.
-Tienes un hermano muy mono –le dijo a Elia cuando apareció con tres hamburguesas-. Me encanta.
-Sí, es un poco pesado a veces, pero bueno –me acaricia un piececito-. Me gusta que sea así.
-Tendrías que ver a mis hermanos de 12 años.
-¿Gemelos?
-Mellizos –Clementine coge una hamburguesa y me da otra a mí, que me incorpora sentándome en el sofá y empiezo a comérmela-. Dos diablos en potencia –le da un bocado-. Hostia, qué buena está.
-Gracias, cariño.
-Está muy rica –contesto después de tragar.
-Gracias, atún –mi hermana me mira sonriendo.
-Mis hermanos es que son lo peor –sigue Clementine-. Todo el rato pelándose y discutiendo, joder. Se tiran cosas, el otro día se cargaron mi iPod pisándolo porque estaban jugando a que era una bomba… Sin embargo, Robin –me mira mientras como-. Tienes mucha suerte de que todavía sea tan bebé.
-Bueno, a veces da trabajo –dice Elia.
-Claro, es normal. ¿Te crees que mis hermanos no dan trabajo? –bebe de su cerveza-. Pero no es lo mismo. El trabajo que da Robin: cambiarle, darle el biberón… Da hasta gusto hacerlo porque es muy mono, es un bebé. El trabajo que dan mis hermanos es reñirles, castigarles, estar pendiente de que no rompan nada… Y cuidarlos…. Es una tortura. Cuando mi madre me lo pide, yo le digo que tiene que pagarme, porque a esos no los aguanta ninguna canguro… Pero mira a Robin lo bueno que es –me da otro beso en la mejilla.
-Sí, la verdad es que es un trozo de pan –Elia me mira como si se diera cuenta por primera vez de que soy un bebé-. La verdad es que nunca se porta mal… ¿Sabes que incluso a veces se siente mal porque le tengamos que cambiar aún los pañales?
-¿En serio?
-Totalmente.
-Jo, Robin, ¿Cómo puedes ser tan bueno? –me da unos golpecitos en el pañal-. Tía, te lo cambio. Por uno de mis hermanos.
Elia ríe.
-Ni de coña.
Terminamos de cenar y me paso a los brazos de mi hermana, gateando sobre Clementine, que me da un pequeño palito en el culete, sobre el pañal y el pijama, y recorro a gatas también el espacio del sofá que la separa de mi hermana. Me subo a su regazo y me acurruco allí, moviendo mi chupete en silencio.
Elia y Clementine se pone a hablar de cine. Me encanta oírlas charlar de películas, directores y actores aunque no tenga ni idea de lo que dicen. Es algo que me relaja muchísimo. Clementine tiene una voz muy pausada, es psicóloga y trabaja de noche en un programa de la radio local, ayudando a la gente que llama con sus problemas. Es un programa que impulsó ella misma, harta de tanto tarot y adivinas que no hacían más que sacarle el dinero a la gente. Ella no cobra por las llamadas, la emisora le paga una cantidad fija por hacer el programa.
Su tono de voz a la hora de hablar de tramas de películas, bandas sonoras y de otros conceptos de cine que yo no conozco me calma profundamente; es como si fuera un chupete sonoro.
Me quedo ahí, abrazado a mi hermana mientras ella me rodea también con sus brazos y me da de vez en cuando besitos en la coronilla mientras habla con su amiga. Me hago pipí, pero no digo nada porque estoy muy a gusto allí. Se me están cerrando los ojos…
-Creo que deberíamos acostar al bebé ya –oigo decir a Clementine.
Abro los ojos y la veo que se ha acercado más a mi hermana y le pasa el brazo por encima. Elia se muerde el labio inferior antes de contestar.
-Tienes razón –me mira-. Le damos el bibe, le cambiamos el pañal, que seguro que tiene pipí y lo acostamos. Ten –me pasa suavemente hacia Clementine-. Voy a prepararle el biberón.
Me quedo en brazos de Clementine, que me acuna mientras mira su móvil hasta que llega Elia. La amiga de mi hermana deja el móvil sobre la mesa y me recuesta en su regazo.
-¿Se lo puedo dar yo?
Elia le pasa el biberón.
-Ten cuidado, que estará un poco cliente. Vamos a cambiarle el pañal primero y así da tiempo a que se enfríe.
-¿Vamos arriba?
-Sí.
-Venga, Robin –Clementine se levanta conmigo en brazos lentamente-. Que estás muy cansado ya. Te damos el bibe, te cambiamos el pañal y te acostamos.
Como a un bebé, pienso.
Soy un bebé.
Llegamos a mi habitación y Clementine me deja sobre la cama.
-¿Tú o yo? –le pregunta mi hermana.
-Ay, tú se lo puedes cambiar siempre…
Mi hermana ríe y le pasa el pañal a su amiga.
Clementine me suelta los botoncitos de la solapa del culete y la abre dejando mi pañal al descubierto. Me suelta las cintas lentamente y me lo extrae levantándome las piernecitas con cuidado. Yo cierro los ojos y disfruto del cambio de pañal. Clementine no lo hace nada mal. Me limpia teniendo mucho cuidado y me pone el otro pañal. Me levanta las piernas suavemente, pasa el pañal por el culete, me lo acomoda delante y lo sujeta, esta vez sí, fuertemente con las dos cintas adhesivas.
-¿Mejor? –le pregunta a Elia.
-Mejor.
-No lo has comprobado
-No me hace falta.
Escucho como se dan un beso.
-¿Le quieres dar tú el biberón? –le pregunta Clementine.
Mi hermana debe de asentir porque siento como se sienta en mi cama.
-Venga, Robin –dice cogiéndome de los bracitos con cuidado. Me quita el chupete suavemente de la boca-. Sé que estás muy cansado, pero te tomas el bibe y te acuestas –me recuesta sobre su regazo, muchísimo más pequeño que el de Mami, y me sujeta con un brazo mientras que con el otro acerca el biberón a mi boca.
Yo siento la tetina roznándome los labios y la rodeo con ellos. Comienzo a chupar de ella para tomarme la leche. Está muy dulce y calentita. Elia siempre le pone más azúcar que Mami a los bibes que me prepara. Me tomo la leche chupando de la tetina del biberón lentamente, pausadamente, como si chupase mi chupete antes de quedarme dormido.
-¿Puedes traerme le peluche, que nos lo hemos dejado abajo? –le pregunta Elia a su amiga.
Escucho a Clementine salir de la habitación mientras sigo tomándome el biberón.
Sin abrir los ojitos. Como un bebé.
Mi biberón de bebé.
Clementine regresa en seguida. Oigo que mi hermana le dice gracias cuando deja a Wile sobre la cama.
-Serías una buena madre –le dice Clementine. Supongo que está observando cómo mi hermana me da el biberón.
-Anda, calla –le contesta Elia-. Que con un bebé ya tengo suficiente.
Clementine ríe.
-Ya, si yo teniendo a Robin no me hacen falta más bebés.
-Tienes a tus hermanos.
-He dicho bebés, no hijos de satán.
Ahora ríe Elia.
-Me encanta verte así, cuidando de un bebé –le dice Clementine.
-Para, por favor –le contesta mi hermana, y por su tono seguro que se ha sonrojado.
-Pareces tan madura…
-Cle, ya vale –noto como a mi hermana se le acelera el corazón.
-Acuesta ya a Robin.
Mi hermana empina más el biberón para que la leche caiga más rápido, olvidando que si yo no chupo más, no se vacía antes.
Finalmente, me lo acabo. Mi hermana se incorpora conmigo rápidamente y comienza a expulsarme los gases. Puedo notar que está ansiosa por algo, porque respira más rápido que antes. El ambiente pausado y acogedor que había en mi habitación, donde me mimaban y me trataban con cariño, se ha esfumando. Ahora noto como tienen prisa por acostarme. Aun así, lo siguen haciendo con dulzura.
Rápido, pero con dulzura.
Elia me deja en la cama y Clementine me pone el chupete. Tengo los ojos cerrados pero sé que ha sido ella porque los dos brazos de Elia aún no habían terminado de dejarme sobre el colchón cuando el chupete ya se me estaba metiendo en la boca. Luego alguna de las dos me da a Wile y mi hermana me arropa. Sé que es ella porque es su forma de arropar. Remeter las sábanas por debajo de mi cuerpo y plegarlas un poquito antes de llegar a mi cuello.
-A dormir, bebé –me dice dándome un beso.
-Que descanses, Robin –me dice Clementine.
Luego se produce una pausa
-Oye, ¿no teníamos prisa? –le pregunta mi hermana.
-Ay, pero es que es tan mono… Deja que lo mire un poco más.
-Es el bebé de la casa –dice Elia.
-Qué envidia.
Noto como Clementine me da un beso en la coronilla, oigo la luz apagarse y luego la puerta cerrarse mientras los pasos de Elia y Clementine se alejan.
Me quedo dormido enseguida.