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25 de diciembre de 2017

Chupetes Góticos



Se curaron sus heridas,
ya vuelve a pelear.
Nada será fácil,
tendrá ya que luchar.


Annie estaba sentada en el alfeizar de su ventana y contemplaba la noche mientras escuchaba la canción de Saratoga. No era de sus grupos preferidos, ya que ella era más de Heavy Metal épico, melódico y gótico del norte de Europa, pero los rockeros madrileños tenían cierto atractivo. Al final, Álex había conseguido pegarle algo de su gusto por el Rock en castellano.
Rock en el idioma de Cervantes, como decía él siempre.
Con una pierna colgando hacia la calle, la otra reposando en el alfeizar y la espalda recostada en el marco de la ventana, Annie disfrutó de los últimos acordes de la canción antes de bajarse de un salto y cerrar el cristal. Caminó hacia el espejo de su cuarto y se miró en él.
Una chica delgada y alta, vestida con un top desgastado y unos pantaloncitos cortos, con el pelo más negro que el cielo justo antes del amanecer y la piel blanca como la nieve recién caída, le devolvió la mirada. Se levantó un poco el top para verse el tatuaje que se había hecho a escondidas unos días atrás: un pentáculo invertido al lado del ombligo.  Sabía que tarde o temprano sus padres la descubrirían y entonces sí que se armaría un auténtico pandemónium.
La que se enfadaría sobre todo sería su madre, que no aprobaba para nada el estilo de Annie. Su padre, en cambio, había sido heavy en su juventud y todavía conservaba su melena llena de hebras de plata, aunque la llevaba siempre recogida en una coleta. También tenía una enorme barriga cervecera y cientos de discos de grupos de Rock de los años 80, época que había ‘vivido a tope’, como decía siempre que no estuviese la madre de Annie delante.
A Annie le encantaban las historias de su padre sobre conciertos de Leño y Barón Rojo y sobre viajes en furgoneta con amigos y humo. Los dos se llevaban bastante bien. Él estaba orgulloso de que su hija hubiese seguido sus pasos rockeros, aunque fuesen hacia una vertiente gótica, y ella estaba encantada de tener un padre tan enrollado. Sin embargo, estaba segura de que el tatuaje no le haría mucha gracia. Él no desaprobaba los tatuajes, de hecho, llevaba una moto tatuada en un hombro, pero aun así Annie sabía que la castigaría por haberse tatuado sin permiso y antes de cumplir los 18 años, edad a la que su padre le había dicho que podría hacerse todos los tatuajes que quisiese.
Con su madre era otro cantar.
Ella renegaba siempre de la ropa de Annie, de sus piercings y de su música. Así que difícilmente le iba a gustar un símbolo satánico que se acaba de marcar en su cuerpo para toda la vida.
Se encogió de hombros, le espetó un Que se jodan a su reflejo pero que iba en realidad dirigido a sus padres y fue hasta la cama, dispuesta a leer un poco antes de acostarse. Se sentó sobre la almohada, se puso su chupete y abrió Todas las hadas del reino, de Laura Gallego.
Mientras leía, le gustaba chupar su chupete para concentrarse.
Tiptiptiptiptip.
Hacía el chupete cuando daba contra el piercing de su labio.
Esa era otra de las cosas que le gustaban de su estilo de vida: la mezcla de rebeldía representada en su ropa negra y rota, sus piercings y ahora también en su tatuaje; y la inocencia de una niña pequeña manifestada en que todavía usara chupete.
Le gustaba ponérselo para leer y estudiar, o para calmarse y relajarse cuando se sentía inquieta, pero sobre todo, lo que más le gustaba, era dormir con su chupete. Entonces se quitaba todos los piercings y el chupete hacía el típico sonido de plástico contra carne. Un sonido relajante que le ayudaba a coger el sueño.
Chup, chup, chup, chup, chup.
Eso era lo que más odiaba su madre de ella. No eran las ropas de cuero. No era la música que escuchaba a todas horas. No eran sus tres piercings de una oreja, los cinco de la otra, el de la ceja o el del labio, no.
Lo que más odiaba la madre de Annie es que su hija, con 16 años, todavía usase chupete.
Y por eso había intentado quitárselo varias veces a lo largo de su vida.
Con 6 años le dijo que el Ratoncito Pérez no traía regalos a los niños que aún llevaran chupete, pero Annie le dijo que prefería quedarse sin regalos antes que dejar su chupete.
Y es que con esa edad lo llevaba a todas horas. Su madre se lo daba cuando la recogía del colegio y Annie se lo ponía en la boca sin que le importasen las burlas de sus compañeros ni los comentarios de las demás madres.
Eso ya le había dado a Annie una fama de bicho raro, por lo que en el colegio no tuvo muchos amigos. De todas formas, cuando logró no depender del chupete como si fuese oxígeno, esa época quedó atrás y Annie pudo empezar a relacionarse con los demás niños. Esta época en la que Annie quería el chupete las 24 horas del día le enseñó a lidiar con los insultos y las burlas de los demás, que regresaron cuando decidió volverse gótica con 13 años. Pero para entonces ya había aprendido a contestar a los insultos, así que la dejaban bastante en paz y la mayoría de veces los compañeros de instituto y las demás personas que no la conocían se limitaban a lanzarle miradas despectivas..
Pero como decían Lujuria en Corazón de heavy metal: ‘He aguantado sus miradas, ya no me pueden herir’.
Con 9 años, su madre le dijo que si no dejaba el chupete, no se iría con sus amigos de viaje de fin de curso, pero lo que no sabía era que Annie no tenía ninguna intención de ir a ese viaje.
No tenía amigos en el colegio, no podía dormir sin su chupete y no le apetecía para nada que los demás niños se enterasen de que aún lo usaba.
Su madre siguió insistiendo y le dijo que no era solo el viaje, sino que nunca podría irse a dormir a ningún sitio porque necesitaba un chupete como una bebé. Annie se encogió de hombros y siguió viendo El Laboratorio de Dexter mientras movía su chupete en la boca de un lado para otro.
Con 11 años, su madre lo intentó a la desesperada.
Annie se había quedado dormida en el sofá una tarde mientras veía la televisión. Su madre se acercó sin hacer ruido y le sacó cuidadosamente el chupete de la boca. Cuando Annie se despertó y notó que no lo tenía, lo buscó alrededor por si se le hubiese caído al dormir y al no dar con él, se dirigió hasta donde estaba su madre y le gritó:
-¡¿DÓNDE ESTÁ MI CHUPETE?!
-¿Tu chupete? –respondió su madre con una voz falsamente extraña-. Se te ha debido de caer mientras dormías. ¿Has mirado debajo del sofá?
-¡El chupete no tiene patas para irse corriendo debajo del sofá! –le gritó mientras daba una patada al suelo-. ¡QUIERO MI CHUPETE!
-No hay chupete, que ya eres muy mayor –se delató su madre.
-¡Ajá! ¡Sabía que me lo habías quitado tú! –señaló a su madre con un dedo acusador-. ¡Devuélvemelo! ¡Devuélvemelo! ¡Devuélvemelo! –gritó mientras pataleaba el suelo.
-Pega todas las patadas que quieras, pero no te voy a dar el chupete –le dijo su madre.
Cuando su padre llegó esa noche, Annie fue corriendo hacia él para pedirle ayuda.
-¡Papi! ¡Mamá me ha quitado el chupete! –le dijo mientras lo abrazaba por la cintura.
Su padre solía ser su aliado cuando su madre se ponía en su contra, pero esa vez resultó que estaba de parte de su madre.
Al llegar la hora de acostarse, Annie no quería meterse en la cama.
-¡QUIERO MI CHUPETE! ¡QUIERO MI CHUPETE! –gritaba.
Hubo una discusión muy fuerte entre ella y su madre. Finalmente, consiguió que Annie se fuera a dormir sin chupete.
Annie no podía conciliar el sueño sin su chupete. Se movía de un lado a otro y se metía el dedo en la boca pero no era lo mismo. Intentó también chupar una de las esquinas de la almohada, pero no consiguió olvidar el chupete.
Nada podía sustituir su chupete.
Finalmente, consiguió quedarse dormida. Pero al día siguiente, al despertarse, se dio cuenta de que había mojado la cama.
Su madre montó en cólera y le recriminó que lo hubiese hecho adrede por no llevar chupete, pero que ni obligándola a lavar todos los días las sábanas iba a conseguir que le devolviese el chupete.
A la noche siguiente, Annie se fue a dormir de nuevo pidiendo su chupete, pero tampoco se lo dieron. Esa noche también mojó la cama, pero su madre le dijo que no se iba a rendir y que como siguiera haciéndose pipí, le pondría un pañal.
A la mañana siguiente, volvió a amanecer mojada.
Su madre cumplió su promesa, y esa noche se presentó con unos cuantos pañales que le había pedido a la madre de Álex.
Annie se puso a llorar, intentando decirle a su madre que ella no mojaba la cama a posta, que se hacía pipí porque estaba nerviosa al no tener su chupete, que no quería pañal, que lo que quería era que le devolvieran su chupete.
Su madre no le creyó y comenzó a ponerle el pañal. La tumbó bocarriba y le bajó las braguitas.
Desplegó  el pañal  y le levantó las piernas a Annie para luego pasárselo por debajo. Annie no paraba de llorar.
-Yo no quiero pañal…
Su madre la ignoró completamente y siguió poniéndole el pañal. Le pasó la parte delantera por la entrepierna y se lo cerró con las dos cintas adhesivas. No le devolvió las braguitas. Le dijo que ya no las necesitaba porque ahora dormiría con un pañal hasta que dejase de hacerse pipí en la cama.
Esa noche le costó muchísimo más dormirse. El pañal hacía mucho ruido cada vez que se movía o cambiaba de postura. Odiaba esa sensación de presión en el cuerpo que le producía el pañal. Odiaba su tacto de plástico. Se lo tocaba y enseguida apartaba la mano.
No quería llevar pañal. No quería. No quería. No era una bebé. Usaba chupete, vale. Pero eso no la convertía en una bebé. Aunque era verdad que estaba mojando la cama… Quizá si fuera una bebé… ¡No! ¡No lo era! ¡No podía empezar a dudar!
Se preguntó si era eso lo que quería su madre: que pensase que era un bebé y así rechazar el chupete por vergüenza. Pero quería su chupete, de eso estaba segura.  Y si tenía que aguantar unas noches llevando pañales por su chupete, las aguantaría.
Al igual que todas las demás noches que había pasado sin chupete, se quedó dormida llorando y se despertó con pipí.
Eso fue más de lo que pudo soportar: el tener un pañal mojado con 11 años. Annie se puso a llorar muy fuerte, y cuando su madre entró en la habitación, la encontró dando vueltas por la cama y, ahora sí, con las manos pegadas a la parte delantera del pañal.
-¡Mamá! ¡Tengo pipí en el pañal! ¡Por favor, cámbiame!
Su madre se acercó hasta la cama, pero Annie no dejó que la cogiese. Le daba ya demasiada vergüenza el tener un pañal mojado como para que su madre la cogiese en peso como a un bebé.
Al final, su madre la cogió por las axilas y la tumbó bocarriba. Annie se calmó, pues eso significaba que iba a quitarle el pañal.
En efecto. Su madre le bajó los pantaloncitos del pijama y su pañal quedó al descubierto; luego le desabrochó las dos cintas adhesivas y le separó el pañal de su cuerpecito.
Annie mientras lloraba. No quería pañal. Quería que le quitaran el pañal y le devolviesen su chupete.
Su madre le levantó las piernas con una mano y extrajo el pañal con la otra. Hizo una bola con él y se lo llevó, dejando a Annie medio desnuda sobre la cama.
-Para que aprendas a no hacerte pipí en la cama –le dijo mientras se iba-. Si tengo que comprarte un paquete de pañales y ponértelos hasta que te vayas a la universidad, lo haré. Pero el chupete no te lo voy a devolver.
Al día siguiente, sus padres tuvieron una fuerte discusión. Él le decía que estaba siendo demasiada dura con Annie, que no podía pretender que quitarle de golpe y porrazo el chupete a una niña que llevaba 11 años durmiendo con uno sin que eso tuviera ninguna consecuencia. Que era normal que estuviese inquieta y que eso se manifestase mojando la cama.
De poco sirvió, porque su madre no hizo ningún caso de la opinión de su padre y esa noche volvió a presentarse en la habitación de Annie con un pañal.
-¿Hasta cuándo voy a tener que estar durmiendo con pañal? –le preguntó mientras su madre se lo iba poniendo.
-Hasta que dejes de hacerte pipí en la cama, como una niña mayor –le respondió.
-Pero mamá, yo soy una niña mayor. Ha sido cuando me has quitado el chupete que he vuelto a mojar la cama. Devuélveme el chupete, porfa –intentaba Annie hacerla entrar en razón.
-Ni porfa ni porfo –le dijo su madre. Ya había terminado de ponerle el pañal-. A dormir ahora mismo –y le dio un cachete en el culo-. Y procura que el pañal esté seco mañana.
Pero el pañal no estuvo seco. Estaba muy mojado y su madre no lo entendía pero Annie sí. Necesitaba su chupete para sentirse segura. Era parte de ella. Sin su chupete, estaba incompleta. Su cuerpo lo notaba y manifestaba su necesidad de esa manera.
A la noche siguiente, tras estar dando vueltas en la cama y no poder dormir por culpa del maldito pañal, decidió ir hasta el cuarto donde su padre guardaba los cómics para coger uno de Spiderman y leer hasta que le viniese el sueño.
Annie salió de su habitación y cruzó el pasillo de puntillas, intentando que no se la oyese al pisar, ya que el pañal hacía bastante ruido cada vez que daba un paso.
<<Maldito pañal, pensó>>. Cómo lo odiaba.
Cuando estaba a la altura de la escalera, le llegó la voz de sus padres desde el salón. Al parecer, hablaban de ella y de su pañal.
-No es normal que le quite el chupete y acto seguido empiece a mojar la cama, Juan Luis –decía su madre.
-O sí. Tú eso no lo sabes, Leo. Quizá el chupete le da seguridad.
-Pero es muy mayor para seguir andando por ahí con chupete.
-Ah, ¿y con pañal no?
Su madre se quedó en silencio.
Annie acercó más la oreja conteniendo la respiración, iInclinándose y suplicando porque el pañal no la delatase.
-Devuélvele el chupete, Leo. ¿Qué te cuesta? ¿Es mejor estar gastándose el dinero en pañales? ¿Quieres que acabe cómo los hijos de los Romita?
Annie sintió un ramalazo de cariño hacia su padre. Al final, siempre podía contar con él.
Regresó a su habitación sin hacer ruido y volvió a meterse en la cama, feliz, pues estaba segura de que era la última noche que iba a dormir con pañal.
Al día siguiente, se volvió a despertar mojada. Su madre le quitó el pañal y le dijo que por la noche le devolvería el chupete. Que prefería que durmiera con chupete a estar cambiando pañales todos los días.
Por la noche, en lugar de subir su madre a su habitación con un pañal, el que entró fue su padre, pero sin ningún pañal. No tenía tanta barriga como ahora ni tantas entradas, pero sí que lucía ya algunas canas y la coleta en la que llevaba recogido el pelo era mucho más gruesa que ahora.
-Ven y siéntate aquí, princesa del Rock and Roll –le dijo reposando su gran culo sobre el borde la cama y golpeándose la rodilla con la palma de la mano.
Su padre siempre la llamaba así. Era una frase que decían en una canción de Topo, un grupo de Rock de los 80 que a su padre le gustaba mucho.
Princesa del Rock and Roll y la carretera era la frase completa.
Annie, menudita y pequeña, se sentó en el regazo de su padre. Él le dijo que tanto él como su madre habían decidido devolverle el chupete, pero que tenía que prometer que intentaría dejarlo.
Annie le prometió que lo haría.
Su padre se rió.
-Los dos sabemos que eso es mentira –le dijo mientras le revolvía el pelo.
Entonces sacó el chupete de su bolsillo del pantalón. Annie lo vio, de color azul con el asa rosa y se le debió de iluminar la cara porque su padre dejó escapar una carcajada mientras se lo daba. Annie lo cogió y enseguida se lo metió en la boca.
Chupchupchupchupchupchupchupchup.
Fue como chupar el cielo.
No podía parar de hacerlo. Muy rápido. Estaba increíblemente feliz de volver a tener el chupete con ella.
Si fuera una bruja en el mundo de Harry Potter y tuviese que hacer un Horrocrux, escogería seguro su chupete para esconder una parte de su alma.
Le sonrió a su padre desde detrás del chupete, formando dos hoyuelos en sus mejillas.
Su padre le devolvió la sonrisa, con lo que se le formaron también los mismos hoyuelos. Era otra de las cosas que había heredado de él.
-Ale, a dormir, bribona –le dijo.
-Buenas noches, papi –contestó ella mientras se metía en la cama-. Y gracias.
-De nada –contestó su padre-. Que descanses –y apagó la luz.
Ese fue un gran punto de inflexión. Annie había creído que ya le había ganado a su madre la última batalla por el chupete, pero se equivocaba.
Con 13 años la llevó a la fuerza al dentista para que este le dijera que el chupete le estaba destrozando los dientes y tenía que dejarlo.
-Tendrás unos dientes tan feos que ningún chico querrá besarte –le había dicho su madre.
-Pues mira tú lo que me importa –había contestado ella.
Sin embargo, el dentista le dijo que sus dientes, aun no estando perfectos, no tenían mayor problema y que el uso del aparato era opcional, pero que el chupete sí debía dejarlo porque era demasiado mayor.
-Deberías llevarla a un psicólogo –le dijo el dentista.
Y con 15 años la llevó al psicólogo.
Para entontes, Annie ya tenía el carisma y el desparpajo suficiente para no tener que aguantar comentarios ridículos sobre su chupete sin replicarlos.
-¿Por qué usas el chupete? –le dijo la psicóloga.
-Porque me gusta –respondió.
-¿No te consideras mayor?
-Sí, y me da igual.
-¿Lo haces para captar la atención de tus padres?
Su hermano pequeño había nacido hace poco.
-Es evidente que no.
-¿Tienes alguna inseguridad?
 -No.
-¿Echas menos ser amantada?
-¿Es usted imbécil?
Cuando esa noche le contó a su padre la visita a la psicóloga, ambos se troncharon de risa.
Y esa sí que fue su última batalla por el chupete. Después de eso, su madre desistió quitárselo y se limitaba a murmurar de vez en cuando lo vergonzoso que era que una niña de 16 años todavía lleve chupete.
Obviamente, no había usado el mismo chupete desde que nació. Se lo había cambiado varias veces a lo largo de los años.
Con 7, fue la última vez que sus padres le compraron un chupete. Ese le duró hasta los 10. A partir de ahí se había comprado ella los chupetes. Y desde los 13, había cogido la costumbre de decorárselos. Ahora llevaba un chupete negro y blanco que había fabricado ella misma uniendo las piezas de dos chupetes distintos y dibujando en el centro un pentáculo como el que llevaba tatuado con pequeñas piezas de brillantinas.
El pentáculo era definitivamente su símbolo favorito.
Tras la lectura, dejó el libro sobre la mesita y se desperezó. Se quitó todos sus piercings, comprobó  si alguien había contestado al anuncio que había subido a Internet ofreciéndose como niñera, vio que no (cosa que no le sorprendió ya que había puesto una foto suya llevando todos los piercings y sus ropas negras), se volvió a meter el chupete en la boca y se acostó tapándose completamente con las mantas.
Chup, chup, chup, chup, chup, chup.



*********




Annie se despertó con la canción Amistad, de WarCry, sonando a todo volumen desde su móvil. Estiró el brazo fuera de las sábanas y golpeó con el dedo índice la pantalla por diversos sitios hasta que logró silenciar la alarma.
Volvió a meter el brazo dentro de las sábanas junto al resto de su cuerpo e hizo un ovillo con él. La sensación de protección y seguridad que le daba estar debajo de las sábanas chupando su chupete como una niña pequeña momentos antes de transformarse en Annie la gótica, era un deber moral de todos los días.
Esos minutos en los que aún predominaba el calor nocturno antes de destaparse y recibir al frío de la mañana era algo que Annie apreciaba  muchísimo. Quizá este fuese su momento favorito del día; cuando aún era bebé y podía estar cobijada con su chupete. Quizás Annie fuese una bebé todas las noches y cada mañana creciese de golpe al salir de la cama y enfrentarse a un nuevo día; y volviese a convertirse en bebé al acostarse a la noche siguiente. Un proceso de maduración y regresión que se repetía todos los días de su vida.
Siguió un rato más disfrutando de la sensación de cobijo de las mantas, del placer de la tetina en su boca y del roce del plástico del chupete en sus labios. Estuvo un buen rato así: hecha un ovillo y moviendo su chupete para escuchar el chup, chup, chup que tanto la reconfortaba. Finalmente, cuando debieron de pasar unos minutos pero que a Annie se le hicieron demasiado cortos, decidió que ya iba siendo la hora de salir de la cama o llegaría tarde al instituto.
Se destapó de todas las sábanas a la vez y se sentó en el borde de la cama. Se sacó el chupete de la boca, despidiéndose de él con un suave beso en la punta de la tetina, primer paso para dejar de ser Annie la bebé, y se empezó a poner sus piercings, primer paso para convertirse en Annie la gótica. Guardó el chupete en su funda y esta en su mochila. Siempre llevaba el chupete consigo por lo que pudiese pasar.
Bajó a desayunar ya vestida con una camiseta de Alchemy Gothic que había cortado ella misma por los costados, unas mallas negras de licra debajo de una faldita corta de cuadros escoceses y unas enormes botas con correas de cuero y pinchos de metal que pesaban un quintal. Se había pintado de negro la raya del ojo al estilo egipcio, del mismo color que los labios.
Eso, unido a su larga melena negra como el carbón hacía que en el instituto la llamasen Miércoles Adamms.
Se creían que eso humillaba a Annie en lugar de hacer que se sintiese orgullosa.
Al entrar en la cocina se encontró con que su padre ya se había marchado a trabajar y su madre le estaba dando las papillas a Sergio.
-Te pensarás que vas guapa así –la pulla mañanera de su madre la saludó a modo de buenos días.
-¿No crees que deberías empezar ya con Sergio la operación Retirada del pañal? –contraatacó Annie.
Sabía que su madre odiaba que Sergio todavía no controlase sus esfínteres durante el día casi tanto como que ella necesitase su chupete. En la guardería era el único de su edad que todavía iba con pañal y cuando Annie lo sacaba a pasear en su silleta, tenía que aguantar a las cotillas de las vecinas que le preguntaban por qué su hermanito todavía llevaba pañales.
-Vaya –dijo su madre en plan sarcástico-, así que la Señorita Tengo-16-Años-Y-Todavía-Uso-Chupete va a decirme ahora cuando tiene que dejar el pañal un niño de 3 –hizo una pausa-.  Al menos, Sergio ya no usa chupete, no como su hermana mayor.
Eso era verdad. A su hermanito pequeño no le gustaba nada el chupete. Desde que nació, sus padres se lo ponían para evitar sus berrinches como con todos los bebés pero no había manera. Siempre lo escupía y seguía llorando despertando a todas las casas de veinte kilómetros a la redonda.
Annie no lo entendía. No sabía cómo podía haber alguien, y menos un bebé, que no le gustase el chupete. No sabían lo que se perdían.
-Ya estamos otra vez con el chupete –masculló Annie antes de empezar a devorar su cuenco de cereales.
Cuando terminaron de desayunar, su madre los subió en el coche para llevar a Annie al instituto y a Sergio a la guardería.
Annie estudiaba un grado superior de fotografía y video. Había tenido mucha suerte, pues ese módulo se impartía en el mismo instituto donde había hecho la enseñanza secundaria, de modo que todavía podía ver a Álex, Óscar y Narci, que tenían dos años menos que ella, aunque Óscar y Narci ya hubiesen cumplido los 15.
Al llegar al instituto, se bajó del coche tras despedirse de su madre y Sergio y  fue directamente al banco del patio en el que quedaba siempre con sus amigos. Era el banco más apartado, lejos del bullicio del recreo. El grupo de Annie se reunía casi siempre en un banco, ya fuese en ese o en el banco de un pequeño parque escondido al que se llegaba por un camino de baldosas amarillas, igualmente alejado del resto del mundo.
Cuando llegó se encontró con que ya estaban allí los tres. Narci y Óscar discutían sobre algo y Álex estaba en una esquina, con la mirada perdida y sin participar en la conversación.
-Para llevar varios años currando en él, no está mal del todo –decía Oscar.
-A mí me gusta bastante, sobre el hecho de que sea un disco doble –señaló Narci.
-¿De qué habláis? –preguntó Annie cuando llegó.
-Narci está comiéndole la polla a los Saurom para variar –dijo Óscar pasándose por detrás de la oreja su melena rubia.
Óscar, Narci y Álex eran heavies como ella. Cada uno a su manera. A Álex le encantaba el Rock en castellano aunque no le hacía nada de ascos a KISS ni a cualquier grupo con una temática medieval. A Óscar le encantaba el Heavy Metal clásico, desde Judas Priest hasta Rainbow pasando por Metallica, Iron Maiden o cualquier otro grupo de los 80. Y a Narci le encantaba todo grupo con aires vikingos o celtas y que tuviese flautas y violines, así que era un auténtico fanático de Saurom.
-Estábamos hablando del último disco de Saurom –apuntó cuando Annie llegó
-Eres un maldito fanboy de Saurom, Narci –dijo Annie dejando su mochila a un lado y sentándose en el hueco que había entre Óscar y Álex.
-Gracias por venir a portar tu sensatez, An –le dijo Óscar sonriendo.
-Juzgáis demasiado duro a los Saurom, tíos –se quejó Narci rascándose la cabeza. Él llevaba el pelo rapado y una coleta por detrás que se recogía en una trenza-. Luego cuando hacen un concierto son los únicos que se bajan a saludar.
-Bueno, Lujuria también lo hace –dijo Óscar. Lujuria era su grupo favorito.
-Mira que a mí me gusta Lujuria –dijo Annie-, pero Saurom compone bastante mejor.
-Pero han dejado de hacer Metal –contestó Oscar-. El último disco sigue mucho la estela del penúltimo, que ya era muy pop-rock.
-Retira eso o te parto las piernas –le dijo Narci.
-Sí, pero Lujuria sigue haciendo Metal –apuntó Annie-. Un Metal clásico, sencillo dentro de lo que es el Heavy Metal, y con letras en su línea.
-Pero la temática fantástica de Saurom mola más –dijo Narci-. Lujuria son lo que tú dices, Annie, un Heavy Metal de toda la vida.
-Bueno sí, el estilo medieval de Saurom está guay, pero los últimos discos… Encima que hacen un disco doble podían haber hecho la segunda parte de El Señor de los Anillos, no está cosa Folk…
Siguieron hablando un rato más de Saurom, luego del disco de Amon Amarth, del último capítulo de Juego de Tronos... Annie de vez en cuando miraba a Álex, que no participaba  en la conversación. Lo conocía demasiado bien para saber que le pasaba algo. Y estaba casi segura de qué podía tratarse.
La madre de Álex y la suya se conocían desde hacía mucho tiempo, habían ido juntas a la universidad o algo así. Y desde que la familia de Álex se había mudado al barrio de Annie, la relación entre sus familias se había estrechado mucho y Annie y Álex se habían hecho muy buenos amigos. De hecho, cada uno era el mejor amigo del otro. Álex sabía que Annie usaba chupete y de la misma forma ella conocía el secreto de Álex.
Annie estaba preocupada por Álex. Al conocerlo desde que nació, sentía una especie de instinto protector hacia él, algo que se había incrementado desde que hacía de canguro tanto con él como con su hermana pequeña Valerie.
Cuando Annie salió de sus pensamientos sobre Álex y regresó al mundo terrenal, la conversación había retomado de nuevo el último disco de Saurom.
-¡El 75% de las canciones son una mierda! –decía Óscar.
-¡Se acabó! ¡Me voy! –dijo Narci mientras se levantaba de golpe-. ¡Me largo de esta reunión del club de machacar a Saurom!
Óscar se giró hacia Annie y Álex sonriéndoles, contento de haber hecho enfadar a Narci.
-¡Espera, Narci! –le gritó Óscar riéndose-. ¡Que sí que me gusta Saurom! –cogió su mochila-. Nos vemos luego, chicos – miró a Álex y luego a Annie-. Y mira a ver si tú sabes qué le pasa a este que está todo el rato callao -y corrió tras de Narci cantándole a grito pelado una canción de Saurom.
-Puto Óscar –dijo Annie-. Que cabrón que es a veces.
Miró a Álex sonriéndole, invitándole a participar en la broma, pero él estaba con la cabeza agachada y mirándose los zapatos. El viento agitaba un poco su melena despeinada y le daba en los ojos, pero no se daba cuenta, y si lo hacía, no parecía importarle.
-Oye, Álex –empezó Annie-. ¿Estás bi…?
-Estoy bien –contestó bruscamente y poniéndose de pie-. Lo siento… -le dijo a Annie en un tono más calmado y que parecía sincero-. Es que… -suspiró y bajó la cabeza-. Tengo que ir a clase, ¿vale? Luego nos vemos.
-De acuerdo.
Y Álex se colgó su mochila y se fue, andando rápidamente y mirando hacia el suelo.
Annie creía saber lo que le pasaba. Comprendió que quizá prefiriese estar solo y lo dejó.
<<Pobre Álex>>, pensó. Annie no tenía ningún problema con tener que usar chupete, es más, le encantaba. Sin embargo Álex… Él no usaba chupete pero ya tenía bastante con lo suyo…
En ese momento sonó su móvil. Maldiciendo que se le hubiese olvidado ponerlo en silencio pero agradecida de que hubiese sonado allí y no en clase, lo sacó de su mochila. Era un número que no tenía guardado en su agenda. Descolgó.
-¿Sí? –preguntó con desconfianza.
-Hola… ¿Annie, verdad? –la voz era la de una mujer
-Sí… -la incertidumbre de no saber quién la llamaba la ponía nerviosa.
-Hola, Annie, me llamo Nelsi –se oía suave y tímida-. He visto tu anuncio en Internet.
-¿Anuncio? –Annie estaba un poco desorientada. ¡Ah, sí! Su anuncio en el que se ofrecía como canguro. En realidad, no tenía expectativas de que alguien respondiese a él-. Sí. Perdona, es temprano aún y la cabeza aún no se ha despertado del todo –se excusó.
La mujer, Nelsi, se rió tímidamente.
-No te preocupes, nos pasa a todos.
Se produjo una pequeña pausa en la que ninguna de las dos dijo nada. Annie no sabía si esperaba que ella le dijese qué tarifas tenía de canguro o qué noches estaba disponible.
-Estooo… -continuó la mujer-. Me preguntaba si podías cuidar a mi hija esta noche...
-¿Esta noche? ¿Viernes? –estaba un poco torpe-. Sí… En principio, sí… O sea… Sí que puedo cuidarla…
-Estupendo… Estoo… ¿Cómo lo hacemos? ¿Vienes tú a casa? ¿Te digo la dirección?
-Sí… Sí. O sea, no… Yo la cuidaría en tu casa, sí…
-Vale… Pues… El precio y todo eso…
-Sí, son… Son ocho euros la hora…
-Vale… Eh… ¿Te tengo que decir algo más? –la mujer parecía casi tan nerviosa como ella-. Es que es la primera vez que dejo a mi hija con una canguro y no sé muy bien cómo funciona este mundillo…
-No… Bueno, dime si es niño o niña… El tiempo que sería…
-Es una niña… Bueno, eh… Esto… Sería para darle la cena y acostarla… No creo que vaya a volver muy tarde.
-Vale, vale… Pues… Eh… ¿Este es tu número, no?
-Sí, sí, apúntatelo…
-Vale… Pues yo me lo guardo y así me mandas por aquí la dirección.
-Estupendo… Eh… ¿Qué te iba a decir? –la mujer parecía nerviosa-. Ha sido mi hija la que te ha elegido a ti como canguro pero es la primera vez que voy a dejar a mi hija con una así que… No quiero parecer desconfiada, entiéndeme…Era para… Bueno, por si tienes alguna referencia tuya…
-Sí… Claro, es lo más normal del mundo –tenía que parecer más segura-. No te preocupes por eso, mujer.
-Vale, es que… Bueno, no sabía si eso te podía molestar… -dijo excusándose.
-Ni por asomo. Te habría dado las referencias yo si no me hubieses preguntado –le dijo. Ahora sí que parecía más segura-. Vale, pues voy a decirle a la madre de los chicos que cuido que se ponga en contacto con usted, ¿vale?
-¡Trátame de tú, hombre! –le dijo alegremente.
-Vale, pues voy a decírselo y ella te llama ¿vale?
-Perfecto. Pues… ¡Quedamos en eso! –le contestó la mujer, que parecía que estaba más relajada.
¿Se debía a que ella se había mostrado más segura? Annie pensó que sí.
-De acuerdo. Hasta luego… -se le había olvidado el nombre así que se la jugó-… Nelsi.
-Hasta luego, Annie –le contestó.
Acertó. La suerte del principiante.
Colgó el teléfono. No sabía si había resultado demasiado brusca y si debería haber alargado más la despedida.
En cualquier caso, no importaba.
¡Acaba de conseguir un trabajo!
Pensó que si se daba prisa, tal vez pudiese alcanzar a Álex antes de que entrase en clase. Los viernes a primera hora tenía Biología así que fue corriendo hasta el laboratorio. Cuando llegó, los compañeros de clase de Álex estaban ya entrando.
-¡Álex! –lo llamó mientras corría.
Álex, la pija de Lorena y su grupo de amigas imbéciles y repelentes se giraron.
-Espantapájaros, aquí está tu madre Satánica –le dijo Lorena. El resto de su grupo rieron.
-Iros a la mierda –les contestó Álex, y se dirigió hasta Annie.
En ese momento pasaron por su lado el grupo de Frank, Derek y los demás futbolistas y chulos del patio.
-¿No notas un olor a ultratumba, Jeffrey? –preguntó sarcásticamente Frank.
-Es el olor de la tumba que te estás cavando como no te calles, McGallaham –le espetó Annie.
El grupo rió, pero siguió adelante sin decirle nada más. Se cruzaron con Álex y tampoco le dijeron nada pero sí que los miraron a los dos con suficiencia.
-¿Qué pasa? –le preguntó Álex cuando estuvieron uno en frente del otro.
-¿Dónde están Narci y Óscar? –le preguntó Annie asomándose al interior del laboratorio.
-Creo que se van a fugar esta hora –contestó Álex.
-Mejor –Annie se volvió hacia él-. Quería preguntarte una cosa y no podía hacerlo si estaban ellos delante.
Álex se empezó a poner rojo.
-Tranquilo, no es sobre lo que estás pensando –le dijo Annie. Luego lo aclaró-. Bueno, sí y no.
-¿Qué es lo que pasa? –Álex se estaba empezando a poner nervioso.
-Escucha, voy a pasarte un número de teléfono. Necesito que se lo des a tu madre y le digas que llame a ese número para decirle a la mujer –bajó la voz- lo buena canguro que soy y lo bien que cuido de ti y de tu hermana.
Álex se puso como un tomate.
-¿A qué mujer? –preguntó muy bajito.
-A la de ese número –Annie señaló hacia delante como si el número en cuestión estuviese escrito en el aire-. Es una mujer que quiere contratarme de canguro para esta noche y necesita referencias.
-Pero esta noche hay concierto en La Comadreja. Toca Garra Bastarda. Óscar ya ha comprado la cerveza.
-Bueno, pues no puedo ir, Álex. Me ha salido trabajo y no voy a decir que no.
-Está bien…
-¿Le pasarás el número a tu madre?
-¿Por qué no se lo pasas tú directamente?
-Quería hablar primero contigo. Ya sabes, por si…
-¡¿Por si qué?!
-¡Romita! ¡¿Piensa usted entrar en clase en algún momento?! –el profesor de Biología asomó por la puerta y llamó a Álex a gritos.
-Sí, profesor, enseguida –dijo Álex sobresaltado.
-Pase o le envío al despacho del director.
-Hablamos luego, ¿vale? –se despidió Annie mientras se marchaba.
-¡Okey! –le dijo Álex diciéndole adiós con la mano.
-¡Romita!
-Voy, voy.
Antes de girar por el pasillo, Annie vio cómo Álex entraba apresuradamente en clase y el profesor cerraba de un portazo.
-¿Y dónde están sus amigos satánico-siniestros, Romita? –oyó Annie preguntar al profesor desde dentro de clase.
Rió y fue hasta la suya, que ya llevaba bastante tarde.



*********



Annie llegó al edificio en el que vivía Nelsi media hora antes de su cita. Había salido de su casa con tiempo, cosa que no era necesaria pues el edificio se encontraba a unas pocas manzanas de donde vivía ella, muy cerca también del parque al que solía ir con sus amigos.
Annie estaba realmente nerviosa. Notaba su corazón latiendo muy rápido y sus piernas temblar como dos gelatinas. Era la primera vez que cuidaba de un bebé de verdad. Realmente, este trabajo podía venirle muy bien para tener ingresos extra y así poder ahorrar para otro tatuaje.
Miró el mensaje que le había mandado Nelsi.
El piso era el 9ºB.
¿Cuál es el colmo de un ciego?
Vivir en el 9ºB.
Debía de estar bastante nerviosa para que se le viniese a la cabeza ese chiste.
El edificio de Nelsi formaba parte de una urbanización con varios edificios más, todos iguales, que rodeaban una plaza que tenía una fuente en medio y que a su vez estaba rodeada por una hilera de bancos.
Annie se dirigió hasta uno de ellos a esperar que diesen las ocho y media, hora a la que le había dicho Nelsi que estuviera en su casa. Sacó de su bolso con forma de caja de guitarra el estuche que contenía su chupete. Miró alrededor, no había nadie. Estaba también bastante oscuro y ella iba vestida de negro, aunque era ropa más formal que la de esa mañana; una camiseta de Nightwish, debajo de una chaqueta de cuero fina y unos leggins negros, con unas botas menos ostentosas que las que había llevado al instituto.
Necesitaba su chupete para calmarse pero se puso nerviosa por si alguien la veía con sus 16 años y con un chupete en la boca, así que se dispuso a guardarlo, pero vaciló. Abrió el estuche. Si le daba una chupada rápida no pasaría nada. Allí estaba, dentro del estuche, con la tetina de color amarillo mirándole. Estaba nerviosa y parecía que el chupete le decía Ponme en la boca, ponme en la boca… Pero no se atrevió. Cerró el estuche y lo guardó en su bolso.
<<Annie –se dijo-, es solo un bebé. ¿Qué problemas te va a dar? Has cuidado de Sergio cientos de veces, y le has cambiado de pañal tantas otras y dado el biberón que ya has perdido la cuenta. Sube ahí y muestra seguridad y confianza>>
Sacó su móvil. Vio que Nelsi estaba en línea y lo soltó de repente.
Luego pensó que eso era una tontería. ¿Qué más da que ella estuviese conectada o no?
Cuando faltaban cinco minutos para las ocho y media, se armó de valor y fue hasta el portal del edificio.
El corazón le latía rápidamente. Parecía que se le fuese a salir por la garganta.
<<Solo es cuidar a un bebé, idiota>>.
Llamó al fonoporta del 9ºB y le respondieron en seguida.
-¿Annie?
-Sí, soy yo.
-Vale, pasa.
La puerta se abrió con un ruido metálico y Annie entró.
El pulso se le iba acelerando conforme subía en el ascensor y para cuando estuvo frente a la puerta del 9ºB, casi sentía que fuese a vomitar el corazón.
Se giró, respiró hondo tres veces y llamó al timbre.
<<Uno, dos y tres, cuatro cinco y seis, yo me calmaré y todos lo veréis>>
Oyó unos pasos acercarse y luego la puerta se abrió.
En el umbral había una mujer joven, que no aparentaba haber cumplido aún los 40 años. Tenía una espesa melena castaña y se conservaba bastante bien. Iba vestida con un traje de fiesta de color negro con lentejuelas.
-¿Annie, no?
-Sí –contestó tratando de sacar una sonrisa.
-Claro, si has llamado abajo, ¿quién iba a ser si no? Qué preguntas tengo… -la voz en persona sonaba armoniosa, aunque al igual que había pasado cuando hablaron por teléfono, se notaba bastante nerviosa.
-No importa… -empezó Annie.
-¡Pero pasa, mujer, pasa! No te quedes ahí –le hizo gestos para que entrase.
Annie cruzó la puerta. Dentro había un pequeño recibidor, ocupado casi en su totalidad por un cochecito de bebés.
-Gracias –dijo al entrar.
-¿Tienes que dejar algo en el perchero? ¿La chaqueta o…?
-Sí, sí… La chaqueta –contestó Annie torpemente.
Se quitó el bolso, pero no vio dónde dejarlo así que lo dejó con cuidado en el suelo. Se quitó la chaqueta y la colgó en el pechero.
-Bueno, eh… Sígueme –le dijo Nelsi tímidamente.
Andó tras Nelsi y llegaron a la cocina, donde había una trona al lado de la mesa. Después cruzaron por un pequeño pasillo con tres puertas a un lado que terminaba en una pequeña sala de estar, con un sofá de dos plazas y una pequeña televisión.
-Siéntate, por favor –le dijo Nelsi señalándole el sofá-. Ya ves que la casa no es muy grande.
-Está muy bien –dijo Annie-. Lo poco que he visto, vamos –añadió.
Nelsi le sonrió y se sentó a su lado en el sofá.
-Verás –empezó-. Esta noche tengo la cena de empresa y llevo muchos años queriendo ir, pero me daba miedo dejar a mi bebé sola.
Annie pensó en el carrito y en la trona.
<<¿Muchos años?>>
-Claro –se limitó a decir intentando que no se le notase el recelo. Había algo ahí que no encajaba.
-Las compañeras llevan mucho tiempo insistiéndome para que vaya –siguió Nelsi-, y claro, necesito salir también con mis amigas, no estar encerrada en mi casa siempre. Tú eres joven, seguro que me entiendes –añadió sonriéndole.
-La verdad es que sí –le contestó sonriéndole también.
-Así que aquí estamos. Es el mundo al revés: una chica de 16 años sin salir un viernes por la noche y una mujer de 38 yéndose de fiesta –bromeó.
-Bueno, no pasa nada –contestó Annie con una sonrisa cómplice. La verdad era que no sabía muy bien qué decir.
Y parecía que Nelsi tampoco.
Hubiera sido difícil de adivinar quién de las dos estaba más nerviosa.
-Bien –Nelsi adoptó ahora un tono más serio-, lo único que tienes que hacer es darle la cena en una hora y acostarla para las once y media. Después de cenar puede ver un poco la tele, una película o lo que sea. Luego, antes de meterla en la cuna, le das un bibe de leche… Y ya está. Eso es todo.
-Vale, no hay problema –Annie asintió.
-Los biberones están en el armario de la cocina –le dijo la mujer-. Mi número lo tienes, el de emergencias supongo que también…
-No hará falta –la tranquilizó Annie.
-Ya, ya –dijo Nelsi como disculpándose-, es solo que…
-La entiendo –le dijo Annie tratando de parecer empática.
La verdad era que la conversación se estaba volviendo un poco exasperante.
-Bueno, eso es todo –dijo la mujer mirando a su alrededor-. Solo falta lo más importante; que la conozcas a ella –su expresión se tornó muy inquieta de repente-. Esto… Seguro que está escuchando al lado de la puerta –hizo una pausa-. ¡Pasa, anda, que sé que estás ahí!
En ese momento asomaron desde un lado del marco de la puerta unos ojitos verdes que iban precedidos por una melena pelirroja. Y poco a poco fue surgiendo el resto del cuerpo: era el de una niña de 12 años que sujetaba un peluche de unicornio en sus brazos, llevaba puesto un chupete y vestía únicamente con una camiseta violeta y un pañal.
-Ven a saludar, Ady –le dijo su madre.
En ese momento, la canción que Annie había estado escuchando la noche anterior en el alfeizar de su ventana retumbó en sus oídos:

Hoy las nubes grises
a tu puerta llamarán.
La vida da mil vueltas,
 es El Vuelo del Halcón.


Continuará en Bebés Superheroínas

21 de junio de 2017

Lucía quiere biberón - Capítulo 9: El Estreno

Hola!
Ya tenéis el penúltimo capítulo de Lucía quiere biberón. Recordad que aunque el décimo sea el último, habrá también un epílogo :)
Disfrutadlo^^


Lucía quiere biberón
Capítulo 9: El Estreno

Sara se bajó del coche. Dio la vuelta por delante y fue a abrirle la puerta a Lucía, que esperaba sentada en el asiento de atrás. La niña se desabrochó el cinturón y se bajó de un salto, teniendo cuidado de que no se le viese el pañal por debajo de la falda. Antes de salir, le había pedido a Sara si, por favor, le podía poner uno, ya que estaba muy nerviosa y el pañal le daría seguridad.
En un principio, Sara se había negado, pero sabía que la experiencia iba a ser dura para Lucía, y si con un pañal estaba más segura, ella se lo pondría.
De camino tuvieron que pasar por una tienda de ropa a comprarle una falda a Lucía, pues el pañal era tan abultado que se notaba mucho debajo del pantalón.
-¿Seguro que quieres ir con pañal, Lucía? –le había preguntado Sara mientras la niña se probaba pantalones intentando que no se notase el pañal.
-No, no quiero –le había contestado-. Pero estoy muy nerviosa y el pañal hace que vaya más segura.
-Pero no puedes ponerte un pañal cada vez que estés nerviosa, cariño.
-Ya… Pero será solo esta vez… Lo prometo.
Al final, Sara accedió. Sabía que estaba haciendo mal, y no le dejaría salir otra vez con un pañal, pero sí que era verdad que era una ocasión excepcional.
Todo había empezado con una llamada varios días después de que Lucía se hiciese caca por la noche. Sara descolgó el teléfono, y cuando escuchó de donde llamaban, no lo podía creer. Durante la conversación, pensó si de verdad debería ir y, sobre todo, si debía llevar a Lucía con ella.
Colgó y se pasó todo el día pensando en la llamada. Se le olvidó incluso el estreno de La Celestina, que era al día siguiente. Al final decidió que iría para darle una oportunidad, y que llevaría a Lucía porque le habían asegurado que no correría ningún peligro.
Intentó quitarse de la cabeza esos pensamientos de camino al ensayo. Era el último antes del estreno..
La obra había mejorado bastante, y el director de la compañía les había asegurado que podrían quedarse con un setenta por ciento de la taquilla que hiciesen, que a repartir entre actores, técnicos y director no sería mucho, pero menos era nada.
Cuando entró en el local de ensayo, Laura les estaba contando a los demás compañeros la noticia. Todos la felicitaron, algunos efusivamente, sobre todo los técnicos de sonido e iluminación, pero la mayoría lo hizo cómo Sara la primera vez.
Había aprendido cuando una expresión era sincera y cuando era falsa. Y en ese momento, Sara veía rostros que sonreían en los que los ojos no participaban, y muchas sonrisas demasiado forzadas.
<<Todos los actores somos unos envidiosos>>.
Se unió al corro, saludó a todos y se dio un fuerte abrazo con Laura.
-Veo que aquí hay alguien que ya lo sabía –comentó Almudena.
-Perdona pero Laura y yo nos lo contamos todo –le contestó Sara, fingiendo retintín.
Almudena se rió.
-Por supuesto –corroboró Laura-. Es mi sister –y la besó en la mejilla.
-¡Vale, chicas, chicos! –Jorge, el director, los empezó a instar para que empezase el ensayo con su estridente y aguda voz-. Ha pasado el momento de las felicitaciones. Me alegró por ti, Laura. Enhorabuena de nuevo. Pero tenemos que hacer el ensayo general antes de mañana… Si es que Rodrigo termina de pintar las puertas –Rodrigo, que estaba con dos brochas a la vez pintando dos rectángulos de madera, miró a Jorge-. No es El Jardín de las Delicias, Rodrigo –añadió.
El ensayo era con vestuario. Sara y el resto de actrices fueron a al baño de chicas a cambiarse, mientras que los actores hicieron lo propio en el suyo.
-¡A ver! –Jorge se asomó en el baño-. ¿Dónde están las prostitutas?
Teresa y Silvia, que interpretaban a Elicia y Areúsa respectivamente, se asomaron desde el fondo.
-¡Aquí!
-¡Bien! ¡Venid que hay que probaros otros corsés!
-Jorge, llevamos semanas probándonos corsés. Ya nos hemos decidido por última vez unas veintisiete veces. Nos quedamos con éstos que tenemos y punto.
-Vamos a ver, ¿vosotras queréis ser ‘’actrices’’? –dijo haciendo las comillas con los dedos-. ¿O actrices? –dijo entonando mientras se llevaba una mano al pecho y la otra la levantaba ante un público imaginario.
-Lo que queremos es respirar con el vestuario.
-¡Pues os jodéis! –las agarró del brazo y tiró de ellas-. Preguntadle a Keira Knightley si podía respirar con su corsé en Piratas del Caribe.
-No, no podía. De hecho se desmayó, se cayó al agua y casi se ahoga.
Salió del baño con ellas y las demás rieron.
Cuando terminaron de caracterizarse de sus respectivos personajes, salieron del baño y vieron en una esquina del escenario, a Teresa y Silvia abanicándose la una a la otra intentando no morirse. Jorge, mientras tanto, iba de un lado para otro solucionando desperfectos que sólo veían sus ojos
-Jorge, tenemos un problema –el jefe del decorado se acercó a él.
-¿Qué sucede?
-Se nos ha roto una vela. Ahora solo nos queda esta –dijo enseñándosela.
-Ponla delante de un espejo.
Y salió disparado a mover a la izquierda un milímetro un jarrón que había sobre una mesa.
-¡Me avergüenzo de ti! –le dijo al decorador que lo había puesto previamente-. Ahora –se dirigió a los actores-, ¡¿podemos empezar el ensayo antes de que me salgan canas?! –gritó dando una palmada-. Uy, qué músculos tienes, amigo –le dijo a un técnico que pasaba por allí.
Estaban ya todos los actores en sus puestos, cuando oyeron de nuevo a Jorge gritando a Isidoro, el actor que interpretaba a Calisto.
-Dije blusa azul cobalto, no cian. No zafiro. No azul cielo. No añil.
-Jorge, ¿qué más da? –le dijo Sara.
-No azul marino. No azul Francia. No azul majorelle.
-¡¿Podemos empezar ya?! –preguntó en voz alta Laura.
-Podéis hacer lo que queráis, como estáis haciendo todo el rato con mi magnífica performance –dijo haciendo aspavientos con las manos.
Al final, y a pesar de todas las críticas de Jorge, que se movía todo el rato de un lado a otro de las butacas, siguiendo la obra con la vista, los labios, el cuerpo entero y prácticamente repitiendo todos los movimientos de cada actor, el ensayo salió bastante bien.
Jorge dijo que era adecuado. Y no usaba esa palabra a la ligera. Eso significaba que estaba sublime. Así lo sentían todos los actores y así sabían que lo harían al día siguiente.
Cuando terminaron el ensayo, fueron a ponerse de nuevo su ropa de calle.
-¡Eh! –Silvia llamó la atención de todas-. Después del estreno salimos, ¿no? Como siempre.
Hubo un murmullo de aprobación.
-Y con más razón esta vez que Laura nos abandona –añadió Almudena, actriz que hacía de Alisa.
-Sí, nos deja para irse a hacer las américas –dijo Teresa-. Va a ser la próxima Pe.
<<Están que se mueren de envidia, pensó Sara>>
Cuando salían, se esperó un momento para hablar con Laura.
-Tú vas a ir, ¿no?–le preguntó.
-Sí… Supongo –contestó Laura-. Aunque la verdad no me apetece nada salir con esa panda de envidiosas. ¿Tú qué vas a hacer?
-Saldré también –contestó-. No quiero dejarte sola con esos buitres… Además, creo que necesitaré un buen copazo para afrontar lo que tengo pasado mañana.
Y le contó toda la llamada.
-¿Y piensas que deberías ir? –le preguntó Laura cuando terminó.
Seguían las dos de pie en la puerta del teatro. Se habían ido ya todos, Jorge había cerrado, se despedido de ellas y marchado en su descapotable de morro infinito.
-Creo que estaría feo si no fuera.
-Sí… Supongo que tienes razón… -admitió Laura-. ¿Quieres que te acompañe?
-No –se dio cuenta inmediatamente de que había sonado muy brusca-. No, no gracias. Es… Es algo que tengo que hacer sola.
-¿Quieres que me quede con Lucía?
-Creo que Lucía también debería ir.
-¿Estás segura?
-Sí, sí. Es… Es algo en lo que he pensado mucho.
-Está bien –Laura le dio una palmadita de ánimo en el hombro-. Como todas las madres, haces lo mejor para tu hija.
-Yo no soy su madre, Laura –Sara giró la cara para evitar mirarla y que su amiga viese la expresión que adquiría su rostro cuando recordaba que no era la madre de Lucía.
-Bueno, me refería a que sabes qué es bueno para ella. ¿Quién te iba a decir a ti que lo del pañal saldría tan bien?
-Ya… Eso fue un golpe de suerte –Sara se encogió de hombros.
-No hay golpes de suerte, cielo –le dio un beso en la mejilla-. Me voy que todavía tengo que hacerle la cena a Esteban. Si necesitas lo que sea, llámame ¿vale?
-Va-vale… Gracias, Laura.
-Como me vuelvas a dar las gracias por ofrecerte mi ayuda, te mataré -Sara rió-. Lo digo en serio –prosiguió Laura-. Cogeré ese cuerpo precioso que tienes, te pondré unos zapatos de cemento y te tiraré al Llobregat.
Se despidieron y Sara puso rumbo a su piso. Se dio cuenta de lo afortunada que era por tener una amiga como Laura, y lo mucho que la iba a echar de menos cuando se fuera.
Cuando llegó al piso, Lucía estaba haciendo los deberes en su cuarto.
-¿Cómo lo llevas, guisantito? –le preguntó desde la puerta.
-Muy bien.
Parecía sincera. Y no los Muy bien que le soltaba Sara a su madre para que la dejase en paz.
-¿Necesitas ayuda con algo?
-No –contestó. Pero enseguida añadió-. Bueno…
-¿Qué es? –Sara entró en la habitación, contenta de poder sentirse útil.
-Es que… -Lucía estaba un poco vergonzosa-. Es que esta tarde te has ido al ensayo y no me has hecho el bibe.
<<¡Así que era eso!>>.
-Es verdad, mi amor –le dijo mientras Lucía apretaba su carita contra la barriga de Sara, un poquito colorada-. Es tarde ya para merendar, ¿pero quieres te haga un bibe?
-¡Vale, sí! –Lucía parecía muy contenta.
Sara le dio un beso.
-Termina antes los deberes, ¿vale, mi amor?
-¡Vale! –y se giró hacia su cuaderno y hundió la cabeza en unas cuentas que estaba realizando.
Sara fue hasta la cocina a prepararle el biberón. Cuando estuvo listo, se dirigió de nuevo hasta la habitación de Lucía.
-¿Estás ya, cielo?
-¡Un momento! –contestó de dentro la niña.
-Te espero en el salón.
-¡Vale!
Sara llegó al salón, dejó el biberón sobre la mesa y se dejó caer en el sofá. Encendió la tele a ver que estaban echando.
No le gustaba mucho ver la televisión, ya que no emitían nada que le pudiese interesar. Sara se informaba navegando en internet, en páginas que no pertenecían a uno u a otro medio de comunicación y que no publicaban noticas manipuladas por uno u otro partido político.
Al final decidió dejar puesto un canal en el que estaban echando una sitcom que ella había visto ya infinidad veces: Friends.
Lucía llegó enseguida.
-¡Ya está, Sara! –exclamó muy contenta.
 Y se dejó caer sobre ella.
-¡Ay! ¡Eres una garrapata! –le dijo Sara cuando le cayó encima.
Lucía se rió.
-¿Qué estás viendo?
-Nada. Una serie más vista que el tebeo. ¿Sabías que la palabra tebeo viene de una revista que se llamaba T B O, como Te veo?
-Aaaah… ¿Me das el bibe?
-¡Oye! –Sara le dio un cachete cariñoso en el culete-. ¡Que te estoy contando una cosa interesante!
-¡Pero yo quiero mi bibe!
Sara se inclinó hacia ella.
-Eres una glotona.
-Jijijijijiji ¡Chi!
Sara cogió el biberón de la mesa y lo inclinó hacia Lucía con la tetina en dirección a su boca. Lucía no espero a que llegase; estiró el cuello y aferró la tetina con los labios.
Chopchopchopchopchopchopchopchop.
Lucía se tomaba el biberón con los bracitos encogidos sobre su pecho. Sara le sostenía la cabecita y le aguantaba el biberón, mientras veía cómo su sobrina se alimentaba.
Le encantaba darle el biberón, pero a Lucía le encantaba mucho más que se lo dieran. En los últimos días, Lucía solo se lo había tomado ella sola un par de veces. Casi siempre era Sara quien se lo daba. Era un momento íntimo que compartían las dos. Ese y el ponerle y quitarle el pañal.
Lucía ya había hecho varias amigas en el colegio. Sara había ido a hablar con sus profesores y todos coincidían que en Lucía era una chica muy inteligente y muy trabajadora, y que le esperaba un futuro brillante. Se alegraban todos de que ahora estuviese a cargo de una persona responsable que pudiese fomentar sus cualidades.
Sara se alegraba mucho cuando oía esos comentarios de Lucía; sonreía para sus adentros recordando que a esa niña tan madura y tan inteligente había que darle el biberón y ponerle un pañal para dormir.
Lucía ya pasaba mucho tiempo con sus amigas, tanto en el colegio como cuando iba sus casas o ellas venían al piso de Sara. Cuando eso pasaba, Lucía escondía todas las bolsas de pañales y los biberones en la habitación de Sara.
-¡A ver si se van a pensar que la que lleva pañales y toma biberón soy yo! –le decía Sara bromeando cuando Lucía metía a toda prisa los biberones y las bolsas de pañales dentro del armario de Sara momentos antes de que llegasen sus amigas.
Sus amigas se llamaban Angie, Ashai y Lidia. Eran muy simpáticas y divertidas. Todas sacaban muy buenas notas, sobre todo Angie, que era una empollona de cuidado, y habían aceptado totalmente a Lucía en su grupo de amigas. De las tres, era Angie la que había introducido a Lucía en el grupo, y era con ella con quien mejor se llevaba.
Sara les parecía una persona muy guay. Estaban acostumbradas a tratar con madres que no veían películas de anime con ellas ni les dejaban subir los pies al sofá.
Sara estaba muy, muy feliz de ver a Lucía tan integrada en el cole y de que hubiera hecho tan pronto buenas amigas.
Pero a pesar de eso, Lucía había seguido conservando totalmente su lado más infantil. Seguía queriendo que le pusiesen un pañal, que le diesen el biberón y que la acostasen junto a Peppy. Y Sara estaba encantada de que aunque Lucía fuese una niña muy social y extrovertida de puertas para fuera, todavía pudiese acurrucarse con ella a darle el biberón o a ponerle su pañal antes de dormir. En definitiva, de conservar esos momentos que las habían unido tanto a las dos.
Lucía se terminó el biberón, Sara lo dejó a un lado y la aupó para expulsarle los gases. Después estuvieron un rato viendo la televisión. Ninguna quería ver Friends pero estaban tan amodorradas que preferían eso a cambiar de canal. Al final, hicieron acopio de unas fuerzas que no sabían dónde estaban y, entre las dos, tirándose de los brazos y empujándose la una a la otra con los pies, consiguieron levantarse e ir a la cocina a hacer la cena.
A pesar de que mientras ella quisiera, Sara le iba a poner el pañal y darle el biberón, quería enseñarle a Lucía poco a poco a ser autosuficiente en lo demás. Esa noche, le enseñó a hacer un puré de verduras; a lavarlas, cocerlas, aliñarlas y luego triturarlas.
Lo hicieron entre las dos y al final no estaba tan bueno como el que preparaba Sara sola, sin embargo, para ser la primera vez que Lucía cocinaba, no estaba nada mal.
-Vas a ser una gran esposa, Lucía –le dijo Sara irónicamente mientras cenaban.
-¡Cállate! –Lucía le tiró una miga de pan.
-¿Qué pasa? –Sara siguió con la broma-. ¿Es que no quieres pasarte la vida fregando platos, barriendo la casa, planchando ropa y pariendo a los hijos de tu marido?
-¡Pues no! –contestó-. Ni siquiera quiero tener hijos.
-¿Por qué?
-Porque no sabría cómo ponerles el pañal.
Las dos rieron con ganas.
A Sara le encantaba el humor de Lucía y su capacidad para seguir las bromas.
Terminaron de cenar, y como entre el ensayo, el bibe que le había dado más tarde de lo habitual y la pereza de ambas en el sofá, era demasiado tarde para ponerse una película. Fueron directamente a la habitación de Lucía a ponerle el pañal y acostarla.
Sara dejó a Lucía poniéndose el pijama mientras ella iba a prepararle el biberón. Llegó y se encontró a Lucía tumbada boca arriba en la cama, llevando solo la camiseta del pijama. También había sacado un pañal y lo había puesto a su lado.
-¡Aquí está el bibe! –dijo Sara mientras lo agitaba.
-¡Bibeee!
Sara se inclinó hacia Lucía, ocultado el biberón tras de su espalda.
-¿Qué quieres antes? ¿Qué te dé el bibe o te ponga el pañal? –le preguntó en tono infantil y cariñoso.
-Ummm… -Lucía pensó rascándose la barbilla-. ¡Las dos! –contestó con una sonrisa.
-¿Las dos? –Sara se sorprendió, aún poniendo el tono infantil.
-¡CHI!
-Pero no te puedo poner el pañal y darte el bibe a la vez, mi amor.
-Ummm… ¡Me tomo el bibe mientras me pones el pañal! –dijo la niña.
-¡Muy bien, mi amor!
Sara le tendió el biberón, que Lucía cogió inmediatamente y se llevó a la boca. Sara empezó entonces a ponerle el pañal.
Le levantó las piernecitas con una mano, le pasó el pañal por el culete y las dejó caer con  suavidad. De fondo se oía el chochopchop de Lucía chupando la tetina. Sara levantó la mirada y la vio. Lucía la miraba mientras se tomaba el biberón con una sonrisa, lo que hacía que se le cayesen unas gotitas de leche por la comisura de los labios.
Estaba tan mona…
-Cuidado, mi amor. Que te estás manchando.
-¡Uy! –Lucía se dio cuenta y se limpió la boca con el dorso de la manga del pijama. Se volvió a llevar el biberón a la boca y siguió tomándoselo.
Sara le pasó el pañal por delante y se lo sujetó al cuerpo fuertemente con las cintas. Se incorporó y miró a Lucía. Se tomaba el biberón, acostada bocarriba sobre la cama, llevando solo la parte de arriba del pijama y con un pañal puesto que quedaba al descubierto.
-¿Puedo hacerte una foto, mi amor?
Lucía paró de tomarse el biberón y la miró, recelosa.
-¿Una foto? ¿Una foto para qué?
-Para imprimirla y pegarla por todo tu colegio –contestó con sarcasmo-. ¡Para guardarla yo, tonta! ¿Para qué va a ser si no?
-Está bien… -seguía un poco desconfiada.
-¡Lucía! –Sara estaba sorprendida-. Que no se la voy a enseñar a nadie, jopé. Que es para tenerla yo.
-Vaaale.
Sara sacó el móvil.
-¡Pero sonríe un poco, hombre! ¡Que estabas muy bonita!
Lucía sonrió pero le salió forzado.
-No te gusta que te hagan fotos, ¿verdad?
-Es que no quiero que alguien me vea con pañal y bibe.
Sara la entendía pero le fastidiaba un poco que no se fiase de ella.
-Lucía, me molesta que creas que le voy a enseñar esta foto a alguien –le dijo.
-Jo… No te enfades, porfi…
-¿Acaso crees que voy a ir enseñando esta foto por ahí?
-Sé que no…
-Esta foto es para mí. No tengo ninguna tuya, y estás francamente guapa con tu bibe y el pañal.
-Ya lo sé… Jopé, lo siento, Sara…
La niña bajó la cabeza y Sara vio que estaba sollozando. Rodeó la cama y se sentó a su vera.
-Lucía… -le pasó un brazo-. No llores, cariño.
-Es que… Tú te has portado tan bien… Y yo… ¡Hip! Y yo creyendo que… ¡Hip! Que le ibas a enseñar la foto a al... ¡Hip! A alguien…
Sara la abrazó. Lucía volvió a bajar la cabeza.
-Perdóname, Sara… ¡Hip! Perdóname, porfi…
-Te perdono, Lucía –le dio un beso en el pelo.
-¿De verdad?
-De verdad de la buena.
Lucía levantó la cabeza. Tenía los ojos enrojecidos.
-Échame una foto bien ahora –le dijo.
Sara sonrió. Se levantó y le echó la foto buena. Al verla, veía a una niña con su bibe en la boca y su pañal al aire. Y esa niña era Lucía. Y esa niña, aún con los ojos rojos, estaba muy guapa. Quizá se debía a la sonrisa verdadera que lucía en su rostro. En las últimas horas, Sara había aprendido a distinguir las sonrisas verdaderas de las falas, y la de Lucía en ese momento era auténtica.
Estuvieron un rato fotografiándose las dos. Con biberón, sin biberón, viéndose el pañal, ahora que no se viera... Una de ellas les gustaba mucho, particularmente a Sara. Era un autofoto en la que salían las dos de cintura para arriba sentadas en la cama, dejando ver un poquito solamente de la parte de arriba del pañal de Lucía, que si no sabías que llevaba pañales, no parecía un  pañal. Lucía tenía a Peppy en brazos y salía dándole un beso en la mejilla a Sara.
Tras acostar a Lucía, Sara fue hasta el salón, y antes de irse a la cama, estuvo un buen rato viendo en el móvil todas las fotos que se habían hecho, haciendo zoom a la carita de Lucía para ver la expresión de felicidad que había en su rostro, y yéndose a dormir con esa bonita imagen en su mente.
Al día siguiente, sin embargo, ya no estaba tan relajada. Le entraron todos los nervios previos a un estreno.
Lucía la notó distante cuando le estaba dando el biberón. La niña dejó de chupar la tetina y, aún acurrucada en sus brazos, le preguntó si le pasaba algo.
-No es nada, Lucía, cielo –le contestó intentando que no se notase su inquietud-. Es que me pongo un poco nerviosa antes de estrenar una obra.
-No te preocupes, tía Sara –le contestó Lucía-. Seguro que lo haces súper súper bien. Te he visto ensayar y me gustaba mucho cómo lo haces –Sara sonrío. Le llevó de nuevo el biberón a los labios, y Lucía siguió tomándoselo.
Era un amor que Lucía se diese ánimos. Su sobrina no sabría mucho sobre interpretación, pero la manera que tenía de animarla, le subió mucho la moral a Sara.
Después de comer, Sara empezó a prepararse el vestuario para la obra y lo que se pondría después para salir. Estaba en su habitación doblando ropa y dejándola sobre la cama cuando entró Lucía. Se acababa de despertar de la siesta y llevaba su pañal puesto y a Peppy entre sus brazos.
-¿De verdad es necesario que me quede a dormir en casa de Esteban? –le preguntó.
Sara le había dicho que esa noche, las compañeras de teatro saldrían a celebrar el estreno y a despedir a Laura. Lucía no se había tomado bien al principio tener que dormir en casa de Laura porque no quería que Esteban ni nadie la viese con pañal. Sin embargo, después de que Sara le prometiese una y otra vez que nadie la iba a ver con pañal, Lucía se mostró más dispuesta, pero aún no veía el plan con buenos ojos.
-Sí, cielo –le contestó Sara-. Esta noche es la despedida de Laura. Además –añadió-, ya te he dicho que nadie va a verte con pañal. Dormirás en la habitación de Laura y Esteban en la suya. Te pondré el pañal antes de irte, y mañana por la mañana, cuando despiertes. Estaré ahí para quitártelo.
Lucía se sentó de piernas cruzadas sobre la cama de Sara, parecía que todavía seguía dándole vueltas al plan en su cabeza, intentando buscar algún resquicio o un cabo suelto.
-¿Y si me hago caca por la noche?
-No comas hamburguesas del McDonalds ni bebas batidos de ochocientos litros y eso no pasará –le contestó con segundas.
-Ja, ja –Lucía rió sarcásticamente -. Muy graciosa… ¿Pero y si hay que cambiarme el pañal por algún otro motivo en plena noche?
-¿Qué otro motivo?-Sara arqueó una ceja.
-No sé… Que me haga pipí, por ejemplo.
-Lucía, cuando te haces pipí estás dormida.
-¿Pero y si me despierto? Cuando no llevaba pañal, me despertaba cada vez que me hacía pipí.
-Pero ahora llevas pañal –le replicó Sara haciendo hincapié en esa evidencia.
-Jo… Yo no quiero dormir en casa de Esteban –refunfuñó.
-Yi ni quiri dirmir en quisi di Istibin –se burló Sara imitando su tono de enfado.
-¡Jum! –Lucía se acostó boca abajo y enterró la cara en el edredón de Sara-. Yo no quiero ir –dijo con la boca taponada.
Sara la dejó ahí y siguió preparándose el vestuario. Salió de la habitación y fue hasta la cocina a por su infusión de menta y limón, que se tomaba siempre antes de actuar. Se sentó en la mesa, repasando mentalmente su texto cuando Lucía entró.
-Tía Sara, ¿me quitas el pañal? –le preguntó con voz tímida.
-Claro, cielo –le contestó-. ¿Quieres que te lo quite ya?
-Sí, quiero prepararme la mochila.
-Muy bien, cariño –Sara dejó la infusión sobre la mesa y se levantó.
Fue detrás de Lucía hasta su cuarto. La niña se tumbó en la cama boca arriba, como era costumbre, en la posición de ponerle y quitarle el pañal.
Sara le desabrochó las cintas y separó el pañal del cuerpecito de su sobrina; le levantó las piernas y lo extrajo. La limpió y salió con el pañal hecho una bola.
<<Si lo encesto, es que el estreno nos va a salir bien, pensó cuando llegó a la cocina y vio el cubo de basura abierto>>
Por si acaso, dio dos pasos hacia delante. Lanzó y encestó.
Por extraño que pudiera parecer, eso le dio más confianza, pero ésta se esfumó enseguida. Se sentó de nuevo a la mesa y se terminó su infusión. Miró la hora en su móvil. Debía salir en quince minutos. Los nervios crecieron en su estómago como un enredadera.
<<Tengo que mear>>
Cuando evacuó, le entraron ganas de hacer pis otra vez.
<<Al final me voy a tener que poner un pañal también>>
Meó de nuevo y fue a ver si Lucía estaba lista.
Se asomó a la habitación y la vio sentada sobre la cama leyendo Las Lágrimas de Shiva.
-¿Estás lista? –le preguntó.
-Sí –contestó Lucía levantando la vista de la lectura un segundo.
-A ver… -Sara fue hasta su mochila, la misma que tenía cuando llegó a su casa, y miró el contenido-. Pijama, ropa para mañana, Peppy y dos pañales. Está bien.
Desde luego, Lucía era muy madura para la edad que tenía.
-He echado dos por si hay alguna emergencia de cualquier tipo.
-Bien pensado, guisantito –miró la hora de nuevo-. Pues… Vamos a irnos ya, ¿te parece?
-Sí –contestó-. Bueno, un momento.
Fue hasta el escritorio y echó un libro más en la mochilita. Sara lo reconoció como suyo.
-¿Por qué te has echado mi libro de La Isla del Tesoro? –le preguntó.
-Porque la señorita Isabel nos lo ha mandado para que nos lo leamos –contestó.
A Sara le extrañó. Era un libro para adultos. O juvenil como mínimo. Pero desde luego no infantil.
-¿La profesora os ha mandado leer La Isla del Tesoro?
-Bueno… Solo a mí –Lucía pareció un poco avergonzada-. En clase hablamos de Stevenson y le dije que tú tenías un libro suyo. La profesora me preguntó que cuál era y le dije que La Isla del Tesoro. Entonces ella me dijo que si podía que me lo leyese que era un libro de aventuras y me iba a gustar muchísimo. Me dijo que aunque no fuese para mi edad, yo me lo podría leer sin problemas.
Sara sonrió. Desde luego, Lucía podía leer La Isla del Tesoro sin problemas. Pero le encantaba sobre todo que su profesora recomendase buena literatura aunque no fuese para su edad.
-Yo nunca te voy a prohibir leer un libro para muy para mayores que sea –le dijo Sara-. Beber cerveza teniendo menos de 18 años, sí. Bueno, si veo que eres responsable, te daré de probar un poquito antes. Pero un libro nunca.
Lucía se rió.
A Sara le vino bien esta pequeña charla maternal para desconectar, pero enseguida su mente volvió de nuevo al estreno de esa tarde. Apremió a Lucía para salir y enseguida ambas estaban en el coche. Sara conducía hasta el teatro en silencio, y Lucía tampoco decía nada, respetando su concentración.
Cuando llegó al teatro, vio que el coche de Laura ya estaba en el parking. Entró, con Lucía de una mano y su vestuario en la otra, y vio a Esteban sentado en el patio de butacas. Le dijo a Lucía que fuese con él y ella entró al camerino.
Dentro, el ambiente era de extrema concentración. No había el murmullo habitual de los ensayos ni el dicharachero tono de cuando ya llevas varias representaciones de una misma obra.
-He dejado a Lucía con Esteban –le dijo a Laura.
En ese momento, Jorge entró en el camerino.
-Desastroso. Atroz. Terrible. Apocalíptico.
-¿Qué pasa ahora? –le preguntó Silvia.
-Les dije a los de la tintorería que quería estas cortinas verde menta. No verde jade. No verde oliva. No verde chartreuse. No verde esmeralda. Dije verde menta.
-¿Sabes, Jorge? –Sara le habló con solemnidad-. Vete a la mierda.
Todos rieron en el camerino.

En el patio de butacas, Lucía y Esteban hablaban sobre la obra.
-¿Pero tú sabes de qué va? –le preguntó Esteban.
-Tía Sara me dijo que iba de un hombre que se enamora de una mujer pero ella no le quiere y entonces él recurre a una bruja que antes era prostituta para que la chica se enamore de él.
-¿Qué es una prostituta?
-¿Cómo, qué? –esa pregunta la pilló desprevenida.
A veces se le olvidaba que Esteban era más pequeño que ella. Pero claro, cuando llevas pañales y tomas biberón siendo ya mayor para ambas cosas, es normal que te olvides a veces de tu edad real.
-Pues es… Eh… Una mujer que… Eh… Que se acuesta con los hombres por dinero.
-¿Pero se acuesta a dormir con ellos? Jo, es el trabajo más fácil del mundo.
-Nonono –replicó rápidamente Lucía-. Se acuesta para… ¿Para hacer el amor? –dijo mirándole, sin estar segura de que Esteban supiera qué era hacer el amor.
-¿Qué es hacer el amor?
-Pues es… Es… Es una cosa que hacen los mayores... Pregúntale a tu madre –añadió rápidamente.
Suspiró. Que se comiese el marrón Laura. Al fin y al cabo, era su hijo.
La gente empezó a entrar poco a poco. Lucía vio al dueño del bar al que fue con tía Sara, Joe, pero no conocía a nadie más.
La obra empezó puntual. Lucía la observó con atención. Le encantaba la historia, y tía Sara lo hacía muy bien. No sabía si era porque era su tía, pero le pareció que era la que mejor lo hacía. Laura tampoco lo hacía nada mal, pero no estaba al nivel de su tía.
Cuando terminó, el público se puso de pie y aplaudió a rabiar. Los actores volvieron a salir a recibir la ovación. Lucía se puso de pie sobre la butaca y empezó a aplaudir muy fuerte. Esteban la imitó. Lucía vio que tía Sara los estaba mirando y les saludaba. Ésta le dio un codazo a Laura y les señaló donde estaban. Laura los vio y los saludó agitando la mano.
En ese momento subió al escenario el que Lucía sabía que era el director. Iba vestido con un traje blanco y una bufanda rosa, y recibía los aplausos de todos, incluidos los actores, que se acercaban y le daban palmaditas en la espalda.
Entonces le pasaron un micrófono.
-Damas y caballeros –decía mientras su voz se amplificaba en los altavoces-. Muchísimas gracias a todas y a todos por venir. Es un placer haber podido dirigir esta representación, pero cuando un tiene un texto de, aparentemente Fernando De Rojas, aunque no está confirmada su verdadera autoría, y unos actores tan maravillosos…
-¡Pelota! –le gritó Sara.
El público se rió. Hasta Jorge también lo hizo.
-Decía –continuó el director-, que cuando uno tiene actores tan maravillosos, es más difícil hacerlo mal que bien.
El público aplaudió de nuevo.
-Y hablando de los actores, la piedra angular de toda obra, quería deciros, aunque sé que ella me va amatar, que nuestra compañera, Laura Garrick… ¡Va protagonizar en Hollywood una película!
El público se quedó estupefacto, pero aplaudió con mucha fuerza. Sus compañeros  y Jorge sobre el escenario también.
-¡Máquina! –le gritó uno de los actores.
Todos tenían una sonrisa muy forzada.
-¡Guapa! –le gritó Sara.
Su expresión sí que era de felicidad real.
Al final, Laura tuvo que coger el micrófono.
-Gracias, gracias –dijo, visiblemente sonrojada-. Bueno, en realidad, soy actriz secundaria –y el público se rió-, que aquí el dire quería ponerme por las nubes –hizo una pausa-. Nada deciros solo que os voy a echar de menos a todos –se dirigió al público y a los actores-, que ha sido un  placer actuar para vosotros y con vosotros. ¡Gracias!
Volvieron a aplaudir. A Lucía ya le dolían las manos. La ovación duró un rato más, pero finalmente, los actores pasaron de nuevo detrás del telón.

-¿Cómo me haces eso, cabronazo? –le dijo Laura a Jorge bromeando.
Sara la oyó mientras se quitaba la pesada peluca de la cabeza.
-Así ahora todos sabrán la pedazo actriz que hay aquí –contestó-. Disculpadme, Tico ha venido a ver la obra y se pone nervioso cuando hay mucha gente. Voy a buscarle.
-¿Quién es Tico? –preguntó Silvia.
-Su perro –contestó Teresa.
-Será falso el tío –dijo Laura cuando Jorge ya se había ido-. Solo lo hace para que todo el mundo sepa que –y puso una voz de pito imitando a Jorge-, él dirigió a esa actriz que va a parecer en esa película.
Sara se acercó a ella.
-Ni te rayes. Ya sabes cómo es.
-Sí…
-Oye, voy a salir a saludar a Lucía. ¿Te vienes?
-Sí, sí. Y así veo a mi Esteban también.
Fueron hasta las butacas donde los habían dejado sentados. Allí estaban los dos. En cuando las vieron fueron hacia ellas y las abrazaron. Les empezaron a decir que lo habían hecho muy bien y que les había encantado la obra.
-Bueno, yo no la he entendido del todo –dijo Esteban.
Los tres se rieron.
-¡Bravo! –dijo una voz conocida por detrás. Sara se dio la vuelta y era Joe-. Oh, morenas, habéis estado sublimes.
-Vaya, vaya –dijo Laura mientras recibía el abrazo de Joe-. Mira quien ha aparecido por fin en una obra nuestra.
-¿Has cerrado el bar por nosotras? –le preguntó Sara riendo mientras Joe la abrazaba.
-¡Ni hablar! –contestó-. He dejado a cargo a Alberto. El pobre estaba tan nervioso que creía que se iba a mear encima.
Sara, Laura y Esteban se rieron. Lucía también, pero con una risa muy forzada.
Sara la miró disimuladamente sonriendo y Lucía le dedicó una mirada de pánico. Ninguno de los demás se dio cuenta.
Joe se puso a hablar con Laura de su inminente partida a Estados Unidos, diciéndole que si se enteraba de algún local por Los Ángeles que quedase libre, le informase.
-Pero Joe –le dijo Laura-, tú no tienes dinero para pagar un local en Los Ángeles.
Se volvieron a reír todos.
Joe se despidió de ellas y se fue de nuevo a su bar. Había recibido una llamada de Alberto diciéndole que no sé qué botella de vino se había roto y Joe puso una cara de horror y salió corriendo.
Sara y Laura volvieron dentro a cambiarse, prometiéndoles antes a Esteban y Lucía que saldrían enseguida e irían los cuatro a por una pizza.
En el camerino, mientras Sara se estaba cambiando, se acercó Isidoro.
-Sara –la saludó-. Lo has hecho genial –y le dio un abrazo.
-Gracias, Isidoro. Tú también has estado sublime, como siempre.
-Uno hace lo que puede –contestó-. Escucha –bajó un poco la voz-. Un compañero mío de la escuela de interpretación está haciendo un casting para una serie que van a estrenar el año que viene en no sé qué cadena –le dio una tarjeta-. Me ha dicho si conozco a alguna chica morena, particularmente atractiva pero sin pasarse que sepa actuar bien, así que…
-¿Me estás llamando fea? –bromeó Sara.
-No, no –Isidoro rió-. Dios me libre. Es solo que… Bueno, que das el perfil y yo creo que tienes posibilidades para conseguir el papel. En la tarjeta está la fecha del casting. Ve y hazlo. No pierdes nada.
-Vaya –Sara estaba perpleja-. Muchas gracias, Isidoro. Te debo una.
-No me debes nada hasta que no consigas el papel –le dijo. Y se fue a terminar de quitarse el vestuario de Calisto.
Sara guardó la tarjeta en su cartera.
Había hecho muchos castings para series de televisión a lo largo de su vida y no la habían cogido en ninguno, por lo que no tenía muchas esperanzas y dudó incluso en si presentarse a ese. Pero bueno, el no ya lo tenía así que…

Mientras esperaban a tía Sara y Laura, Esteban empezó a decirle entusiasmado las películas que podrían ver esa noche. Lucía le dijo que seguramente los acostarían pronto porque se les haría tarde después de ir a cenar.
En realidad, no sabía si eso iba a ocurrir pero de lo que sí estaba segura era de que quería que tía Sara le pusiese el pañal y la acostase cuanto antes.
Ella volvió enseguida, vestida de calle y con el vestuario de Melibea bajo el brazo.
-Tu mamá sale en seguida, Esteban –le dijo-. Está recibiendo las últimas felicitaciones.
Esteban contestó con un Vale que a Lucía no le sonó muy entusiasmado. Sabía que no le hacía mucha gracia tener que dejar el cole e irse a vivir a otro país. Lucía podía entender perfectamente cómo se sentía. Había experimentado algo parecido varias veces en su vida, pero ahora parecía que por fin había conseguido una necesaria estabilidad.
Laura apareció por fin. Iba vestida con ropa de calle también, pero a diferencia de Sara no llevaba el vestuario colgado del brazo.
-He dejado la ropa por si le hace falta a la sustituta –dijo-. Aunque supongo que si tengo éxito Jorge la subastará en internet.
Fueron todos a cenar una pizza a un restaurante italiano que había cerca del teatro. Después se dirigieron al piso de Laura. Ellas iban a acostarlos y luego se irían de fiesta.
-Y vosotros nada de fiesta en casa –les dijo Laura-. Cada uno a dormir en su habitación. Mañana haremos las fiestas que tengamos que hacer.
-Mamá –Esteban no parecía muy convencido de lo último-, cuando sales, al día siguiente no estás para fiestas. Siempre te duele la cabeza y te molesta cualquier ruido.
-Sí, mamá –le dijo Sara con sorna-. ¿Por qué al día siguiente de salir te duele la cabeza y te molestan los ruidos?
-Cállate.
El piso de Laura era más grande que el de tía Sara. Tenía tres habitaciones: la de Esteban, la de Laura y otra llena de chismes que servía de trastero. Pero por otro lado, parecía mucho más viejo que en el que vivía Lucía. Tía Sara le había dicho que antes era de los padres de Laura, pero que se lo dejaron en herencia al morir.
-¿Qué vas a hacer a hora con el piso? –le preguntó tía Sara al entrar.
-Venderlo no, eso seguro –contestó Laura-. Lo dejaré como está por si vengo alguna vez. Le tengo mucho cariño como para venderlo. Si quieres, vente tú a vivir y olvídate de pagar el alquiler.
-Gracias, pero estoy muy a gusto en mi piso que se limpia en una hora. Además me pilla cerca del trabajo y del cole de Lucía.
Laura le enseñó la habitación donde iba a dormir. Era muy grande, con una cama de matrimonio con un cabezal de madera muy viejo. Los muebles y la decoración también parecían del siglo pasado.
-Siempre digo que en esta habitación debió de nacer Matusalén –dijo tía Sara al entrar.
-Ja, ja. Muy graciosa –Laura entró detrás de ellas-. Solo he venido a coger unas mantas para el sofá, que por la mañana me da mucho frío. Os dejo para que os instaléis.
Salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí.
Lucía se sentó en la cama y se descolgó la mochila.
-Da un poco de miedo, ¿no?
-Bueno, es antigua, eso sí –tía Sara se sentó a su vera-. Venga, voy a ponerte el pañal que Laura y yo nos vamos a ir ya.

Sara miró a Lucía. La niña tenía una expresión de preocupación en el rostro.
-Oye, Lucía… ¿Seguro que estás bien?
-Sí, es solo que…
-Nadie te va a ver con pañal –le dijo Sara de nuevo.
-No es solo el pañal, es que… -Lucía bajó la cabeza. Sara se levantó, se situó frente a ella y le levantó la carita suavemente cogiéndole la barbilla-. Es la primera noche que no voy a dormir en el mismo sitio que tú… Y me da miedo que no vuelvas…
-¡Lucía! –Sara la abrazó-. No te voy a dejar, mi amor.
-Vale… -contestó la niña mientras sollozaba sobre su pecho-. Tampoco me vas a dar el bibe hoy ni mañana por la mañana. Y esta tarde tampoco me lo he tomado…
Sara se sintió muy mal. Iba a salir de fiesta, olvidándose del biberón de Lucía. No había pensado en ese detalle. El momento de darle el biberón, era muy especial para las dos. Tanto o más que ponerle el pañal, y ahora ella se iba, despreocupándose totalmente del bibe de Lucía. Si se hubiera quedado a dormir en su piso, hubiera sido distinto. Porque podría darle el biberón antes de salir y al día siguiente por la mañana también. Incluso si no hubiera sido el estreno, podría haberle dado el biberón de la merienda. Pero no. Había pensado tanto en el estreno de la obra y en la fiesta de después que se había olvidado de las necesidades de su sobrina.
-Lucía –le dijo Sara muy seria-. Lo siento. Lo siento mucho. Te prometo, y una promesa es una promesa, que voy a darte el biberón todas las noches, y todas las mañanas y cada vez que me lo pidas. Pero perdóname esta vez. He pensado solo en mí y se me ha olvidado tu bibe. Te prometo que no volverá a pasar.
-Vale –contestó la niña frotándose los ojitos.
Sara le dio un fuerte abrazo y un sonoro beso en la mejilla.
-Venga –dijo tratando de poner un tono más animado-. Vamos a ponerte el pañal y a acostarte.
Lucía se tumbó boca arriba sobre la cama, levantando las piernecitas. Sara fue hasta su mochila, y sacó uno de los pañales. Le quitó los tenis a su sobrina, luego le bajó el pantalón y las braguitas. Le levantó las piernas y le pasó el pañal por debajo. Las dejó caer y pasó el pañal entre ellas. Se lo pegó a su cuerpecito y se lo abrochó fuertemente con las dos cintas, para darle una sensación de protección y seguridad. Lucía agitó sus extremidades, contenta de llevar su pañal. Sara la levantó en peso y le dio de nuevo un beso en la mejilla.
-¿Estás lista ya, Sara? –preguntó Laura desde el otro lado de la puerta.
-Enseguida –le contestó tía Sara-. Bueno, mi guisantito –se dirigió a Lucía-. Ahora tienes que acostarte, ¿vale? Si quieres puedes leer un poco, pero enseguida apagas la luz –la dejó sobre la cama -. Ponte el pijamita que antes de que te des cuenta, estaré aquí otra vez –le dio un beso en la frente-. Te quiero mucho, guisantito.
Fue hasta la puerta, la abrió un poco, salió y cerró con cuidado.
-Ya estoy –le dijo a Laura, que la estaba esperando en la cocina.
-Por fin –miró su móvil-. Éstas están ya en Courk. Vámonos.
Cuando salieron, su amiga se fijó en qué no tenía buena cara.
-¿Te encuentras bien?
-Sí, es solo que… Bueno, me pone un poco triste dejar a Lucía sola.
-Es la primera vez que sales por la noche desde que se vino a vivir contigo?
-Sí, y me siento un poco mal…
-Eso es normal al principio –le contestó su amiga-. Con el tiempo verás que no pasa nada y saldrás sin ese sentimiento de culpabilidad.
-Se me ha olvidado darle el biberón –las palabras le salieron de la boca como un reproche a sí misma-. Esta tarde, esta noche y mañana por la mañana tampoco podré dárselo.
-Bueno, mientras no se te haya olvidado ponerle el pañal y me moje la cama…
-¡Cállate! Eso sí que lo he hecho –y bajó la cabeza.
-Escúchame –Laura le levantó la cabeza cogiéndole de la barbilla, como había hecho ella con Lucía momentos antes-. Lucía va estar bien, y Esteban también. Y esta noche tú y yo vamos a salir a quemar la ciudad. Es mi despedida y a saber cuándo podemos salir otra vez de fiesta. Así que sécate esas lágrimas y vamos a por las primeras cervezas de la noche.
Laura tenía razón.
Sara sonrió y asintió.

Lucía no podía dormir.
Había pagado la luz hace tiempo, pero estaba inquieta y le costaba conciliar el sueño. Tenía la mente muy activa y pensaba en muchas cosas a la vez. Los distintos pensamientos se entremezclaban en su cabeza y se mantenía totalmente activa. Abrazaba la almohada con una mano y con la otra a Peppy. No le gustaba esa cama. No le gustaba esa habitación.
Se tocó el pañal un momento. Estaba seco. Ella sabía que estaba seco porque no se había dormido.
Cambió de postura. Soltó la almohada, la puso paralela al cabezal y se acurrucó abrazando a Peppy con las dos manos. Estaba muy inquieta. A los bebés les daban para calmarlos un chupete, pero ella no tenía en ese momento ni una tetina de biberón para chupar. Probó a meterse el dedo pulgar en la boca, pero tenía que cambiar toda su postura y soltar una mano de Peppy, y eso sí que no lo quería. Abrió los ojos. Entraba luz por la ventana y hacía que las sombras de todos objetos sumamente viejos de la decoración del cuarto, como perros de porcelana y pastores que había por las estanterías hiciesen unas sombras nada tranquilizadoras en la pared. Volvió a cerrar los párpados. Se cambió de nuevo de postura y se puso bocarriba, intentado que el pañal sonase lo mínimo, aunque la habitación de Esteban estaba en la otra punta de la casa y era imposible que lo oyese. Se palpó el pañal por delante. Le gustaba el tacto del plástico. Tía Sara le había puesto un pañal de Mulán, y se imaginó como luciría la guerrera en los dibujos del mismo. No le preocupaba hacerse pipí, se sentía segura con el pañal puesto. Sabía que si se hacía pipí, podría volver a dormirse. Lo que le preocupaba era que le viniesen las ganas de hacer pipí sin haberse dormido aún y que tuviera que hacérselo encima. Y más aún, le preocupaba que eso pudiese pasar más de una vez.
Se puso de nuevo boca abajo. Tenía que intentar dormirse. Se puso a contar hacia delante hasta cien a ver si así lo conseguía, pero su cerebro enseguida empezaba a irse de nuevo a la posibilidad de tener que hacerse pipí encima y perdía la cuenta.
Se relajó. Si no dejaba de pensar en eso, se haría pipí seguro.

Sara estaba en la discoteca Sarao con las demás compañeras. Estaban todas sentadas en los sofás y con una copa en la mano. Se habían marchado de Court y seguían con su particular ruta etílica. Sara ya casi se había acabado su copa, pero Laura llevaba dos más que ella.
Sus compañeras no paraban de darle consejos a Laura sobre la que sería su nueva vida y hacían cábalas sobre a qué famosos podría conocer, y  con cuáles podría ligar.
-Ay, tía. Ojalá te encuentres con Christian Bale –le decía Silvia.
-Pues a mí me gusta más  Tobey Maguire –replicaba Teresa.
-Oye, ¿Y Hugh Jackman?
Mientras tanto, Sara no podía dejar de pensar en Lucía. La había dejado sola. Suponía que estaba durmiendo pero algo en su cabeza le decía que no. La había visto muy triste cuando habían salido, y aunque al ponerle el pañal se había mostrado más alegre, lo cierto es que Sara la notaba muy alicaída.
<<Ella queriendo su biberón y yo preocupándome solo de que me iba a poner para salir. ¿Así cómo vas a ser su madre, Sara?>>
-¡TRAGA! ¡TRAGA! ¡TRAGA! ¡TRAGA! –le decían sus compañeras a Laura.
Ésta se iba tomando la copa de un trago y cuando la vació, la dejó fuertemente sobre la mesa y eructó. Hasta un grupo de chicos que había en la mesa de al lado le aplaudieron.
-¡Y ahora otra! –le dijo Teresa.
-Sí, pero esta vez me va a acompañar Sara a por ella.
Se levantó y tiró de su brazo, arrastrándola por todo el bar de la mano.
-Oye, espabila que estás dormida –le dijo cuando llegaron a la barra.
-Ya, ya lo sé… Es que no puedo parar de pensar en Lucía.
-Mira, la primera vez que salí cuando fui madre, Esteban era un bebé. Había que cambiarle los pañales…
-¡A Lucía también hay que ponerle pañales! –le cortó Sara.
Laura le hizo un gesto al camarero para que se acercase y pidió dos copas.
-Cierto, al igual que a Esteban –prosiguió-. ¿Y sabes qué? No pasó nada. Llegué y Esteban seguía durmiendo. Por la mañana, le cambié el pañal y como siempre.
Le pusieron las dos copas. Sara empezó a sacar la cartera.
-Guárdatela. A éstas invito yo –le dijo Laura-. Pero con una condición –añadió-. Que cuando volvamos allí cambies la mentalidad de madre…
-No soy madre –replicó Sara.
-…Por la mentalidad de fiestera –concluyó Laura-. Había un chico en la mesa de al lado que te estaba mirando y tú ni siquiera te has percatado. Y no es nada feo, además.
En ese momento, alguien que pasaba por detrás golpeó a Sara e hizo que se le cayese la copa encima, mojándole todo el pantalón.

Lucía sentía como se le escapaba el pipí y mojaba el pañal. Había intentado aguantarse, pero al final le vinieron las ganas y no tuvo más remedio que hacérselo encima.
Mientras le salía el pipí, se llevaba las manos a la parte delantera del pañal y maldecía para sus adentros.
<<Genial, y ahora además tengo pipí en el pañal>>
Se palpó el pañal, pero no se notó mojada. La única evidencia de que se hubiera hecho pipí era que el pañal pesaba más. Se dio cuenta de que en realidad estaba muy cómoda, como si no se hubiese hecho pipí. Verdaderamente, los pañales que le había comprado tía Sara eran muy buenos. Ahí estaba la prueba de por qué no se despertaba por las noches cuando mojaba el pañal pero sí cuando se hacía pipí y no lo llevaba: el pañal era tan bueno que la mantenía seca, como si no se hubiese mojado.
<<Bueno, ahora sí que debo intentar dormir. El pañal me ha dado otra oportunidad>>
Se acurrucó de nuevo en la cama, abrazando a Peppy.
-Peppy –le dijo muy flojito-, me he hecho pipí encima.

-Vaya, te he tirado todo el cubata encima –le dijo el chico a Sara.
-Es igual –Sara se secaba con una servilleta-. No estaba teniendo una noche muy buena tampoco.
-¿Y eso?
-He dejado a mi hij… A mi sobrina. He dejado a mi sobrina sola.
-Bueno, ahora que te preocupes por ella no va a servir de mucho. Yo en tu lugar intentaría disfrutar de la noche –y le echó una mirada que no le habían echado en mucho tiempo y que Sara sabía perfectamente qué significaba.
-¿Quieres bailar? –le preguntó.
El chico tenía razón.
Laura tenía razón.
Era su noche de salir.
Iba a estar con Lucía las demás noches, dándole el biberón y poniéndole el pañal. Pero esta noche, aunque fuese la despedida de Laura, también iba a ser su despedida de una vida de fiestas y salidas nocturnas continuas.
-Claro –contestó el chico.
Salió con él a la pista de baile. Y bailaron. Bailaron mucho.
Sara miraba hacia sus amigas, que le hacían señas y le animaban a seguir.
Entonces, Sara le plantó un beso en la boca.
-Esto no me lo esperaba –dijo el chico cuando Sara lo soltó.
Parecía poco espabilado, pero no un mal tipo.
No había intentado propasarse con ella mientras bailan ni tocarla donde no debía. Sara pensó que si esa era su noche, iba a darse un homenaje, y que ese chico podría tener su noche de suerte.
-¿Vives cerca? –le preguntó Sara.
-Tengo un piso a un par de calles…
-Suficiente. Vámonos.
-Esto sí que no me lo esperaba.
-Un momento. Voy a despedirme de mis amigas.
-Y yo de los míos. Nos vemos en la puerta de la discoteca en cinco minutos.
-Perfecto.
Sara fue hasta donde estaban Laura, Teresa, Silvia y Almudena.
-Mírala, que al final ha pillado a un tontico –le dijo Teresa.
Silvia y Almudena se rieron, pero Laura no.
Realmente esas mujeres llevaban la envidia en las venas. Sara no les hizo caso. Se dirigió a Laura, que simplemente le sonreía. Con una son risa de verdad
-Oye, Laura. ¿Tienes condones?
-Eh, que es la despedida de Laura, ¡no puedes irte! –le dijo Almudena
-¡Claro que puede! –le contestó Laura-. Tiene mi permiso. In nomine patris et filii… -empezó a hacer como que la bendecía-. Córtame que no sé cómo sigue la bendición.
-Prefiero ver cómo te metes en un jardín del que no sabes salir –le dijo Sara con una sonrisa.
Laura sacó un paquete de condones de su bolso y se lo dio.
Tres minutos después, estaba en la puerta con el chico besándose. Y seis minutos después iban ambos de la mano a su piso.
Realmente, ese tío había tenido mucha suerte. En cualquier otra situación, Sara le habría dado calabazas, pero esa noche necesitaba su fiesta particular. Además, llevaba ya demasiado tiempo sin echar un polvo.
-Oye, ¿cómo te llamas? –le preguntó el chico.
-Sa… Samantha –contestó Sara-. ¿Y tú?
-Xavier –le dijo él.
Llegaron a su casa y fueron directamente a la habitación. Se tiraron en la cama y empezaron a besarse y desnudarse. Llevaba tiempo sin follar, pero Sara recordaba perfectamente todo el procedimiento. Estaba, para qué engañarse, bastante cachonda. Se siguieron besando con pasión y rodaron por la cama abrazados.

Lucía daba vueltas por la cama abrazada a Peppy. Seguía sin poder dormir. Tenía muchas ganas de llorar. Echaba de menos a Sara y quería que le cambiase el pañal. Pensó que si no podía dormir, al menos intentaría leer. Cogió el libro de La Isla del Tesoro que había dejado sobre la mesa de al lado de la cama, pero cuando lo abrió, no podía distinguir las letras a pesar de que entraba luz por la ventana.
Esteban ya debía de estar más que dormido. Pensó en encender la luz y leer, pero no quería arriesgarse. Además, tía Sara y Laura podrían aparecer en cualquier momento.
Desesperada, decidió tomárselo con resignación. Aceptó que no iba a dormir, se relajó y comenzó a pensar en el sitio al que tenía que ir al día siguiente con tía Sara.
Realmente, no quería ir, pero tía Sara le había dicho que al menos debería de ir aunque fuera solo una vez. Lucía pensó que en el fondo tenía razón, pero la perspectiva no le agradaba mucho.
Ese fue su último pensamiento antes de quedarse dormida…

Sara se despertó de repente. Estaba brazada a Xavier.
Miró por la ventana y vio que aún no era de día.
Se serenó. Lucía aún no se habría despertado. Podría estar allí para cuando lo hiciese.
Sacó su móvil del pantalón que estaba tirado en el suelo y le mandó un mensaje a Laura. Ella le contestó enseguida. Le dijo que estaban en un bar cerca del anterior pero que ya estaban cerrando y se iban. Le dijo también que no había querido llamarla para no molestarla y añadía un Jeje.
Sara sonrió y le dijo que iría hacia allá enseguida.
Despertó a Xavier. Le dijo que lo había pasado muy bien pero que tenía que marcharse. Xavier le preguntó podía volver a llamarla. Sara le sonrió y le dio como respuesta un beso en la frente. El chico debía de ser más espabilado de lo que a Sara le había parecido al principio, porque entendió lo que eso significaba.
-Bueno, siempre nos quedará Sarao –dijo resignado, antes de girarse y volver a dormirse.
Sara se sentó en la cama y comenzó a vestirse deprisa. Se hizo un moño rápido en el pelo y cuando fue a guardarse el móvil en el bolsillo del pantalón notó algo dentro.
Lo sacó y vio que era la caja de condones que le había dado Laura.
Estaba sin abrir.