31 de octubre de 2020

Sobre gratitud y felicidad

 Hola a todos, hola a todas!

Quería escribiros esta entrada para dirigirme a vosotros con todo mi corazón, con toda gratitud. Espero que hayáis disfrutado del último capítulo de Los 2 Mundos de Robin Starkley, pero no es de eso de lo que quiero hablaros.

Desde que empecé está aventura hace ya 6 años, me habéis hecho el mejor de los regalos que puede recibir un escritor: ver a gente que disfruta con sus historias. Me habéis hecho muy, muy feliz. He conocido a gente maravillosa que me ha brindado su apoyo y gratitud desde todos los sitios de España, mi querida América Latina y de muchos otros sitios del mundo. Nunca tendré palabras suficientes para expresaros lo feliz que me habeís hecho, pues escribir es lo que más me gusta del mundo. Sí, más que llevar pañal.

Pero también me he topado con personas sin escrúpulos que plagian mis historias y las publican sin consentimiento como si fueran suyas. Por suerte, han sido pocas, pero me han dado disgustos bastante grandes. Os ofrezco unas historias que llevan un currazo de tiempo. No solo escribir, sino también planificar, releer, corregir, etc. Y gratis, porque me encanta escribir, ya os lo he dicho.

Hace unos meses me plagiaron la historia de mi corazón, a la que más cariño le tengo. Mi primera historia y que inició este blog: Vida de Chris. La historia estuvo en Wattpad (esa red social que odio con todo mi ser) varios meses. Denuncié, la historia y a la persona que la había plagiado. Pero no parecía haber resultado.

Y hoy puedo decir, por fin, que mi historia ha desaparecido de esa plataforma. Quiero agradecer desde aquí a alexabdl59 su apoyo y su movimiento en redes sociales para que esta historia desapareciese de Wattpad. Como también quiero agradeceros a todos y a todas que habéis denunciado la publicación, que me consta que habéis sido varios.

Cosas así hacen que tenga cada vez más fuerzas para seguir con este blog, con las historias, con el podcast... Sois los mejores lectores que un escritor AB/DL pueda tener y de verdad que os quiero mucho.

Gracias infinitas por existir y hacerme tan feliz.

Con una radiante sonrisa de satisfacción detrás de mi chupete,
Tony P.

26 de octubre de 2020

Los 2 Mundos de Robin Starkley - Capítulo 24: La soledad

 Muchísimas gracias a todxs por vuestra paciencia, por haber estado ahí siempre. Este capítulo y los que le siguen hasta el final de la historia están dedicados a vosotrxs.

Gracias por vuestra paciencia y comprensión, para vosotros:


Los 2 Mundos de Robin Starkley
Capítulo 24 - La soledad


Estaba solo en el recreo, como era costumbre desde hacía unas semanas. Hoy había sido con diferencia el peor día de cole de mi vida. Para empezar, llegué tarde porque a Mami le había costado más que de costumbre quitarme el pañal, ya que yo me sentía muy inseguro sin él y no quería ponerme calzoncillos, pero Mami no estaba dispuesta a mandarme al colegio con un pañal, y luego en el coche, pensándolo fríamente, yo también estuve de acuerdo. Pero me seguía sintiendo muy raro sin un pañal abrochado y abultándome entre las piernas.
El caso es que cuando entré a clase, ya encontré a casi todos mis compañeros dentro, y al verme atravesar el umbral de la puerta, todas las conversaciones cesaron al instante, entre chisteos y codazos al de al lado.
¿Alguna vez habéis tenido la sensación de que pillabais a alguien hablando de vosotros? ¿Y alguna vez habéis tenido esa sensación con todo el mundo al entrar a un sitio? Un murmullo que desaparece de repente para dejar paso al silencio.
Atravesé el pasillo entre las filas de pupitres para llegar al mío, rojo de la vergüenza, agachando la cabeza pero decidido a no llorar. No iba a darles esa satisfacción.
Mis amigos sabían que llevaba pañales. Ahora ya todos en mi clase lo sabían. Y solo era primera hora. Antes de que acabase el día lo sabría todo el colegio; el niño de último curso que aún lleva pañales, usa chupete y su madre lo cambia en los aseos del McDonald’s. Sentía los ojos de todo el mundo fijos en mí. Y seguro que muchos apuntaban a mi culo, buscando el bulto que forma el pañal, pero se iban a dar con un canto en los dientes, porque ni había bulto ni había pañal. Pero aun así, el silencio ensordecedor que se había creado a mi llegaba solo me confirmaba una cosa: que Samantha, Selena y Sonia habían contado lo del cine, corroborando la historia que Ronald, Joseph y Eddy habían contado semanas atrás. Así que en ese momento no había ni un solo niño o niña en mi clase que no supiera que yo era un bebé.
Ahora estoy en el patio, en una esquina limítrofe de la pequeña valla que separa nuestra zona de la de los niños más pequeños. Aquí no suele venir mucha gente porque es solo eso: un rincón sin nada más. Ni banco, ni papelera, ni rayuela. Nada. Ni siquiera van los profesores a hacer la ronda. Lo malo es que no es un rincón aislado, sino que es perfectamente visible desde casi cualquier sitio, por lo que ahora todo el mundo puede ver al niño marginado sin amigos que pasa los recreos sin más compañía que su soledad mientras se come a trocitos muy pequeños el sándwich de pollo que le ha hecho su madre.
Su madre que también le pone pañales.
Siempre había pensado que la soledad podía ser buena compañía. A veces, cuando Mami me ha cambiado el pañal en casa de mis tíos y he tenido que soportar sus mofas y burlas, nada más volver a casa me reguarnecía en la cama cubriéndome completamente con las sábanas, me abrazaba a Wile e imaginaba que estaba en realidad en una cuna, en calma y total silencio. Llevaba un pañal para hacerme pipí, tenía el chupete para calmarme y a Wile para jugar y hacerme compañía, pero a nadie más. Solo. Ni siquiera a Mami o Elia. Ese pequeño fuerte debajo de la sabanas era mi propia Fortaleza de la Soledad, como Superman, solo que yo no llevaba la ropa interior por fuera. Ni quiera por dentro. Llevaba un pañal.
Y lo más curioso es que era feliz. Podría pasar ahí toda mi vida; con mi compañero de pañales viviendo debajo de una manta. Separado del mundo real. De todo y de todos. Y con una Nintendo DS con varios juegos, pero ya está. Sin compañía humana. Y a oscuras, eso era importante. Pero siempre me quedaba durmiendo y Mami me encontraba hecho un ovillo debajo de las sábanas, con el pañal mojado y muestras de haber llorado. Entonces Mami me cambiaba, me daba la cena, que podía consistir en únicamente un biberón, y luego me acostaba. Y yo disfrutaba de su compañía y sus mimos, pero siempre echaba algo de menos mis momentos de soledad  debajo de las sábanas.
Hacerte amigo de la soledad puede resultar algunas veces lo más inteligente del mundo, como me dijo Elia una vez.
Sin embargo, ahora no era una de esas veces.
Sentado en mi rincón, abrazándome las rodillas, veía a los demás niños. Joseph, Ronald, Miles, Eddy y los demás jugaban al futbol en una de las pistas deportivas; los que eran incluso más frikis que yo se concentraban debajo de un árbol a jugar a las cartas de Yu-Gi-Oh!; y las chicas se reunían en su banco habitual y hablan de sus cosas habituales. O no. Quizá hablaban de mí y de que aún llevase pañales. De hecho había algo raro en el patio. Un ambiente extraño que no se respiraba otras veces. Pequeños corros de personas se formaban esporádicamente en un sitio y al poco se disolvían. El equipo de fútbol que esperaba su turno para jugar no miraba el partido gritando insultos o ánimos a los demás jugadores, sino que cuchicheaban en voz baja. En todas partes veía a gente hablar flojito, como si tramasen algún plan oculto, del que yo no formaba parte, por supuesto.
Y entonces deduje lo que pasaba, como si los mecanismos de mi cerebro se hubiesen puesto a funcionar de repente. Y todas las piezas encajaron con asombrosa precisión.
Yo no formaba parte de ese plan, pero era sin duda el protagonista. La atracción principal de una feria de chismorreos y burlas mal disimuladas. Ya ni se molestaban en esconderse. ¿Para qué? ¿Qué haces cuándo eres el payaso del día y todos los chistes son a tu costa?
Ver a un patio entero contarse entre muecas de asco y burla que todavía te ponen pañales y que usas chupete... la repulsión y el asco de sus rostros… Cómo si no fueras más que un gusano, cómo si hubieras descendido hasta la última escala social de repente…
Hasta algunos niños hablaban con los del otro patio, que más pequeños que yo… Y ellos también se reían y corrían a contárselo a sus compañeros.
Entonces agudicé el odio y empecé a captar algunas frases y palabras sueltas. Las que más se repetían eran Chupete, Madre y Pañal. Sobre todo esta última, que también la leía en numerosos labios. Las frases sueltas que alcancé a oír eran en su mayoría del estilo Su madre le estaba cambiando el pañal, Llorar como un bebé o Ya lo dijo Joseph.
Ni siquiera me miraban, era como si yo no estuviese allí. Como si fuese un bebé incapaz de tomar ninguna represalia contra ellos.
¿Qué hacía allí? ¿De verdad yo tenía algo que ver con esa gente? No eran como yo. Nunca lo habían sido. Ni yo era como ellos. Solo fingía serlo. Me ocultaba tras una máscara que disimulaba que en realidad era un bebé.
Pero esa máscara se había caído. No, caído no. Me la habían arrancado. Quizá yo debí de sujetarla mejor pero el caso es que ya no había máscara alguna. Solo había un niño solitario totalmente desnudo y llevando un pañal. Y lo peor, porque sí, puede haber algo peor, es no ver ni una sola muestra de afecto o de compasión entre todos los niños. Porque podían haberse enterado de que llevaba pañales y decir Pobre o Qué mal lo debe de pasar. Incluso alguien podía haber dicho Pues a mí me parece mono. A lo mejor a alguna niña podía parecerle mono con un pañal y chupete, ¿no? A algunas niñas les parecen monos los bebés, ¿verdad?
Pero aquí no había nada de eso. Solo miradas de asco y vergüenza, y el gesto que se te quedaría si te hubiesen contado el mejor chiste de tu vida.
Mi mundo exterior se desmoronaba. Lo del sótano de Ronald solo había sido un pequeño seísmo. El terremoto de verdad estaba teniendo lugar allí, delante de mis narices. Silencioso pero implacable. El mundo exterior de Robin Starkley había llegado a su fin. Hora de defunción: 10:15 de la mañana, del día que fuera del mes de noviembre de 2018.
El problema era que yo seguía viviendo en ese mundo. Un mundo de ruinas, esqueletos de hormigón de antiguos edificios ahora derrumbados. El edifico de la amistad, el primero en caer. El de la confianza, el del respeto… todos. Derribados y destruidos. Y en medio de todos esos escombros: yo. Con un pañal, chupando el chupete y aferrándome a Wile. Casi podía visualizarme. Todo rodeado de humo y hollín. El único superviviente de un mundo que se ha venido abajo.
Y entonces noté un líquido caliente mojándome la entrepierna.
No.
Aquí no.
Pero como mis plegarias no sirven de nada, el pipí siguió su curso, mojándome todo el pantalón y formando un charquito debajo de mi culo. Afortunadamente las piernas no se me mojaron porque las tenía flexionadas hacia arriba.
¿Afortunadamente?
¿Dónde ves aquí la fortuna, Starkley?
Me llevo una mano a la entrepierna aunque ya sé lo que voy a notar.
Pipí.
Estoy mojado.
Miro alrededor. Las conversaciones y cuchicheos no cesan pero ya no les presto atención.
No puede ser.
Nononono.
Me llevo la mano al culete para comprobar la gravedad de la situación. El pantalón está empapado de pipí.
Estoy mojado en el colegio.
Me he hecho pipí encima. En el colegio.
Me empiezo a agitar.
Me tiembla el labio.
Necesito el chupete, un pañal y a Mami.
Y nada de eso lo tengo aquí.
Mojado.
Pañal.
Mami.
Cambio.
Solo.
¿Qué hago?
De momento me chupo el cuello de la camiseta para intentar calmarme, pero no sirve de nada así que dejo de hacerlo.
Sigo muevo inquieto sobre el charquito de pis, sin levantarme aún. Mi pantalón y mis calzoncillos empiezan a desprender olor a pipí pero estamos al aire libre y el tufo no le llega a nadie más que a mí.
Estoy mojado en el colegio. En medio del patio. Sin ningún sitio al que huir. Hago un esfuerzo monumental para controlar mi llanto, agotando los últimos estragos del Robin de 12 años. me meto el dedo índice en la boca y lo muerdo con fuerza para sofocar el llanto. Lo muerdo tan fuerte que me dejo los dientes marcados, pero logro evitar un berrido que de otra forma, habría atraído la atención de todo el mundo, y eso es lo que menos me conviene.
No es el momento de ser un bebé, Robin –me digo-. Es el momento de salir de aquí.
<<¿Para ir adónde?>>
-A los lavabos del tercer piso.
<<¿Pero cómo vas a llegar hasta ahí sin que te vean?>>
-No lo sé.
<<Podrías quitarte la sudadera y atártela a la cintura, así no verían todo el culo mojado. Con la parte de delante ya tendrías que rezar>>.
-Pero cuando me levante verán el charquito de pis
<<Podrías limpiarlo con la camiseta o la sudadera>>.
-Pero entonces se quedaría alguna manchada de pipí y no podría ponérmela otra vez…
Suena el timbre que marca el fin del recreo. La gente interrumpe sus conversaciones humillantes, juegos de cartas y partidos de futbol y se encaminan hacia las clases aulas, pero con parsimonia y sin dejar de hablar.
Sin dejar de hablar de mí, pero poco importa ya eso.
Las lágrimas empiezan a escapárseme.
Tengo un pantalón mojado de pipí en el cole. Con 12 años.
Me he hecho pipí en el colegio.
Nononono.
¿Por qué tiene que pasarme esto a mí? ¿Por qué no puedo ser normal?
Quiero ser normal.
<<No, quieres ser un bebé>>.
-¡¡CÁLLATE!!
El grito resuena entre los muros del patio, rompiendo todos los murmullos. Y entonces la gente se fija en mí. Estoy sentado en un rincón, con lágrimas que caen como cascadas de mis ojos y mojado de pipí, aunque eso ellos no lo saben.
De momento.
-Starkley, ¿qué hace aún ahí? –me grita el profesor de Matemáticas, que es uno de los que hacían la ronda-. ¿Es que no ha odio el timbre? ¡Vaya a clase!
No me muevo. Le sostengo mínimamente la mirada, y entierro la cabeza entre las piernas. La boca me sabe a lágrimas y mocos.
-Vete, por favor, vete –ruego para mí mismo-. Que se vaya, que me deje en paz. Que se vayan todos y podré ir al lavabo a secarme.
-¡¡¿¿No me ha oído, Starkley??!! –su voz suena más cerca.
Levanto la cabeza y lo veo viniendo hacia mí.
-¡A clase! ¡No volveré a repetírselo! –se acerca hacia mí a grandes zancadas.
Algunos alumnos que se dirigían a clase se han detenido y han girado sus cabezas para contemplar la escena.
-¡Como no se levante inmediatamente se ganará una semana de castigos.
Ni siquiera le importa por qué un alumno está llorando de esa manera. Solo le interesan las estúpidas clases.
Levanto la cabeza y lo veo inclinado hacia mía, con su cara casi más roja que la mía y la vena de la sien palpitándole en la frente.
-¡¡Le he dicho que se levante y vaya a clase, Starkley!! Y… -hace una pausa y olfatea el aire-. ¿A qué coño huele aquí?
No puedo más.
-¡¡DÉJAME EN PAZ!!!!
Todas las caras mirándome, ese tío gritándome como un poseso. Que se vayan todos.
Me levanto de un salto, me tapo cubro el culo con las manos y echo a correr todo lo rápido que puedo con los ojos nublados por las lágrimas, dejando atrás un charquito de pis y a un profesor gritando como un energúmeno.
Oigo que me grita para que regrese. Algunos profesores también me llaman. Hasta algún alumno.
Pero me da igual.
Corro sin saber adónde.
Solo quiero correr.
Huir de un mundo que no es el mío. Escapar de insultos y burlas.
Subo corriendo las escaleras en la que no hace tanto tiempo creía tener amigos y entro en el edifico principal. Algunos profesores y alumnos se giran al verme.
Asar corriendo por su lado. Algunos tratan de detenerme, pero no lo consiguen. Corro, doblo un pasillo y sigo corriendo. Veo una puerta abierta. No sé ni de qué es, pero entro corriendo y casi me doy de lleno con un montón de escobas y fregonas. Es el armario del bedel. Huele a humedad y productos de limpieza, pero la puerta tiene un pestillo por dentro. Cierro de un portazo y lo corro.
El interior es frío y oscuro. Pero seguro.
La soledad.
 
 
*****
 
 
Llevan un buen rato aporreándome la puerta, instándome a que salga. Fuera se ha formado un corrillo de alumnos y profesores. Los primeros no paran de reírse y de terminar de contarse cómo aún llevo pañales y que seguro que me he meado encima, que hay un charco justo en el sitio en el que estaba en el recreo. Los segundos intentan mantener el orden, mandando a los alumnos a sus clases y gritándome para que abra la puerta.
Yo los ignoro todo lo que puedo tapándome los oídos para no escucharles.
-Irse, por favor. Dejadme en paz. Dejadme en paz –digo para mí mismo.
Tengo frío, estoy mojado y no paro de llorar.
Los golpes en la puerta no cesan. El que más fuerte pega es el profesor de Matemáticas.
-¡¡Starkley!! –golpegolpegolpe-. ¡¡Será mejor que salga ahora mismo si no quiere que la situación vaya a peor!!
Golpegolpegolpe.
Yo sigo en el suelo con la cabeza entre los brazos, rogando porque se vayan y me dejen en paz.
Solo quiero eso, que me dejen en paz.
-¡¡¡Los demás a clase!!! –grita el profesor de Matemáticas.
-Venga, chicos, chicas. Dispersaos, vamos –parece ser que acaba de llegar el profesor de Arte, que tiene un carácter muy distinto al del profesor de Matemáticas.
-¿Qué es lo que pasa? A clase, chicos. ¡YA! –es la directora.
El murmullo se va alejando poco a poco
-Pues Starkley se ha encerrado en el armario –le explica el profesor de Matemáticas. Golpegolpgolpe-. ¡¡Abra!!
-Para de una vez, Barrabás –le dice molesto el profesor de Arte.
-Sí, ¿no ves que así no consigues nada? –puntualiza la directora, y el profesor de Matemáticas cesa inmediatamente de golpear la puerta-. Robin no es mal chico. ¿Qué ha pasado?
-Pues no estoy muy seguro, pero creo que se ha meado encima.
-¡Barrabás!
-¿Qué?
-Eso no puedes decirlo así –le dice el profesor de Arte.
-¿Por qué no?
-Bastante lo ha tenido que pasar el chico para que encima vengas tú aquí sin tener un mínimo de consideración –le espeta la directora-. ¿Estás seguro de eso?
-Se ha formado de un charco de meado donde estaba sentado así que yo diría que sí.
-Pobre… -dice el profesor de Arte con voz suave.
-Este chico no necesita que le griten y le obliguen a salir, Barrabás. Vete a clase. Ya hablaremos.
-Pero...
-Ya.
Los pasos del profesor de Matemáticas se oyen alejarse golpeando fuertemente el suelo.
Me dan mucha pena los alumnos a los que vaya a darle clase ahora, pero tengo mis propios problemas.
-Robin, ¿estás bien? –unos nudillos golpean dos veces la puerta y la voz calmada del profe de Arte me llega desde el otro lado-. ¿Quieres que hablemos?
-Sal, hombre –dice también la directora-. Que no te va pasar nada. Nadie te va a castigar ni nada parecido.
Sigo sin decir nada.
Ahora que los alumnos y el profesor de Matemáticas se han ido me siento un poco más tranquilo, pero sigo viéndome incapaz de salir.
-Un accidente lo puede tener cualquiera –sigue la directora-. Pero no puedes encerrarte en el armario del bedel toda la vida.
-Claro –corrobora el profe de Arte-. Yo en tu lugar habría hecho lo mismo, de verdad. Pero también es normal que en algún momento salgas de ahí.
Dejo de llorar un poquito, ahora solo hipo suavemente. Miro hacia la puerta, pero solo veo oscuridad y un pequeño filtro de luz exterior que se desliza por debajo de la puerta.
-Ma… ¡Hip!... Mami –digo-. Llamad… ¡Hip!... A mi Mami.
 
 
*****
 
 
Oigo unos pasos familiares a la media hora.
Durante este tiempo no he hecho otra cosa que abrazarme las rodillas y suplicar por un chupete y un pañal.
-¿Dónde está? ¿Es ahí? –la voz de Mami suena muy preocupada.
-Sí –le responde el profesor de Arte-. No quiere salir, pero está bien.
-¿Podéis dejarnos solos? –pregunta Mami.
Oigo su voz muy pegada a la puerta, y a baja altura, lo que quiere decir que se ha inclinado para hablarme.
-Desde luego –responde la directora, y sus pasos y los del profe de Arte se alejan en la distancia.
Mami espera un poco para hablarme.
-Mi bebé, ¿qué ha pasado?
Pego la palma de la mano a la puerta, donde suena su voz.
-Mami… -le digo con un hilo de voz, tenue-. ¿Estás ahí?
-Sí, estoy aquí, bebé.
Puedo jurar que sentí la palma de su mano al otro lado de la puerta
-Me he hecho pipí, Mami.
Se oye un sollozo antes de que Mami vuelva a hablar.
-¿Te ha visto alguien?
-No, pero todos saben ya que llevo pañales.
Otro sollozo. Oigo como sorbe los mocos.
-No te preocupes, bebé. Todo va a salir bien. Ya lo verás –hace una pausa-. Te lo prometo.
-Mami…
-Dime, bebé.
-Tengo frío. Y estoy mojado. Y muy inquieto.
-Lo sé, bebé –hace una pausa-. Abre la puerta, bebé –es casi una súplica-. Por favor. Necesito abrazarte.
-¿Estás sola?
-Sí, bebé. No hay nadie.
Me levanto, descorro el pestillo y vuelvo a la posición que tenía antes: de pie y cubriéndome con las manos la entrepierna mojada.
Mami entra en el armario y me rodea muy fuerte con sus brazos, inclinándose para estar a mi altura.
-¡Mi bebé! –exclama entre lágrimas-. ¡Mi pobre bebecito! ¿Estás bien, bebé? ¿Estás bien?
-Sí… -miento.
-Oh, mi bebé –Mami se separa para contemplarme. Mi cara llena de lágrimas y mocos-. ¡Mi bebé, mi bebé, mi bebé!
-Mami, estoy mojado…
-Sí, sí, mi bebé. Ya lo sé. He traído un pañal –se señala su bolso-. Y tu chupete. ¿Quieres que te ponga el chupete?
Asiento con la cara llena de pena.
Mami abre un bolsillo pequeño del bolso y saca mi chupete, de color lila con el asa amarilla. Lo limpia en su manga y me lo introduce delicadamente en la boquita. Yo lo tomo y comienzo a chuparlo, sintiéndome mejor con cada uno de los chupeteos.
Llevo un chupete en el colegio.
Mami me contempló con una mezcla de alivio y preocupación mientras yo movía mi chupete. Al poco, y tras el efecto tranquilizador de sentir la tetina en mi boca, se me escapó una media sonrisa y agité un poquito los bracitos como habría hecho un bebé.
-¿Mejor, Robin?
Asentí sin dejar de chupar el chupete. Mami me sonrió.
-Pues venga, vamos a ponerte un pañalito que así no puedes estar –me tomó la mano y juntos salimos del armario del bedel.
Yo caminaba por los pasillos del colegio de la mano de Mami y llevando un chupete, consciente de que podrían verme en cualquier momento pero sin avergonzarme lo más mínimo; era un bebé y necesitaba un chupete.
Llegamos al despacho de la directora y la encontramos hablando con el profesor de Arte, que estaba de brazos cruzados apoyado en una de las sillas, con expresión preocupada. Al vernos entrar, fueron a decir algo, pero mi imagen llevando un chupete les cortó las palabras.
Como tenía pinta de que se iba a formar un silencio bastante tenso, el profe de Arte rompió rápidamente el hielo.
-¿To-todo bien? –llegó a decir, e intercambió una fugaz mirada con la directora.
-Sí –contestó Mami, y se le ruborizaron un poquito las mejillas-. ¿Dónde puedo ponerle una muda limpia? –preguntó.
Se refería a mí, evidentemente.
-En los vestuarios del gimnasio puede haber sitio…
-Están ahora ocupados –dijo el profesor de Arte de rápidamente, dirigiendo una intencionada mirada a la directora-. Toma –volvió a dirigir su vista a nosotros al tiempo que sacaba un manojo de llaves de su bolsillo y separaba una-. Id a mi aula, está cerca de aquí.
Mami le dio las gracias y salimos del despacho. Yo seguía de su mano, moviendo el chupete sin decir nada. Dirigí a Mami hasta el aula de Arte, y una vez dentro, cerró la puerta con llave y suspiró aliviada.
El aula de Arte era una estancia amplia, llena de bancos de trabajo en torno a la mesa del profesor. Olía a pintura acrílica y cola y las estanterías estaban repletas de esculturas de papel maché a medio terminar. De las paredes colgaban dibujos de los alumnos en los que se apreciaban los diferentes trabajos que realizábamos en clase. Mami se quedó mirándolos con atención.
-¿Alguno de estos es tuyo? –me preguntó.
Negué con la cabeza. En clase de Arte estábamos trabajando los colores luz del círculo cromático en un mandala, y aún no lo habíamos terminado.
Pero a mí me daban igual los trabajos de Arte; estaba mojado y me sentía inseguro, con la sensación de que podría hacerme pipí encima en cualquier momento. Sin embargo, Mami miraba muy interesada los dibujos de la pared.
Os he hablado alguna vez del vínculo madre-hijo, pues bien. En ese momento yo estaba seguro de que por la cabeza de Mami estaba sobrevolando la pregunta de si era buena idea o no ponerme un pañal en el colegio, en un sitio rodeado de tantas personas que no dudarían un segundo en mofarse si me veían con uno puesto.
-Mami… -me acerqué a ella y le tomé la mano, sacándola de sus elucubraciones-. ¿Puedes ponerme el pañal? Lo necesito…
Mami me miró sonriendo, y se secó una lágrima que le acababa de empezar a brotar.
-Claro que sí –dijo-. Vamos a ponerte un pañal.
Mami me aupó y me recostó bocarriba sobre uno de los bancos de trabajo. Después fue a la mesa del profesor, donde había dejado su bolso, y sacó uno de mis pañales. Uno de ositos. Regresó y lo dejó a mi lado. Yo seguí el pañal con la mirada y vi que justo al lado de dónde lo había dejado Mami, garabateado sobre la mesa, estaba uno de los personajes de Dioses y Monstruos.
Era la mesa en la que me sentaba son Ronald, Joseph y Eddy.
Una mesa que ahora iba a ser usada para ponerme un pañal.
Mami me desabrochó las cordoneras de las deportivas y me las quitó. Luego hizo lo propio con los calcetines, el pantalón, los calzoncillos y la camiseta, de modo que me quedé totalmente desnudo.
Y entonces fui consciente de mi situación: Mami me iba a poner un pañal en el colegio.
Un pañal que yo le había pedido.
Un pañal que yo necesitaba.
Pero en el colegio.
En el lugar donde yo era un niño de 12 años. El último lugar del otro de mis mundos. Si me ponían un pañal allí, y llevando ya un chupete, se desmoronaría el último reducto del Robin de 12 años.
Solo quedaría el Robin bebé.
El Robin que necesita llevar pañales, usar chupete, tomar biberón y dormir con su peluche.
El Robin que quiere una cuna.
El Robin bebé.
Sabía que estaba arriesgando no solo mi vida social presente, sino que si algún alumno me veía en el colegio llevando un pañal y chupando un chupete, tendría que arrastrarlo durante el resto de mi vida, como una cadena que no me pudiese quitar. Un cartel en el pecho para el resto de mis días que rezase Este es Robin, el niño de 12 años que iba con chupete y pañales al colegio. De momento, lo único que tenían eran rumores. Confirmados por bastante gente, sí. Pero rumores. Ninguna prueba visual de que yo realmente llevase pañales. A no ser que todos supiesen a ciencia cierta que me había hecho pipí en el recreo, que también podía darse el caso. Pero esa historia era como mínimo endeble. No tenían nada más que un niño encerrado en un armario. Podía ser por cualquier cosa.
Sin embargo, si me veía un gran número de alumnos llevando un pañal, si mucha gente lo confirmase, no solo mis amigos y Samantha, sería un estigma demasiado fuerte como para que el resto de gente lo ignorase. Se lo dirían a todo el mundo, hasta a sus amigos de otros colegios. Y muy pronto lo sabrían sus padres también. Y quizá en cuestión de una semana lo supiese ya todo el vecindario.
Robin, el niño de 12 años que aún lleva pañales y usa chupete.
Como Jackie Largue.
Sería la comidilla de todo el mundo y un hazmerreír.
Marcado para toda la vida.
Aun así, quería que Mami me pusiese mi pañal.
Izó mis piernas tirando hacia arriba de los tobillos y me pasó el pañal por el culito, las bajó y me lo acomodó para que me quedase bien puesto. Luego pasó el pañal entre las piernas y pegó la parte interior a mi bajo vientre, cubriéndome un poquito por encima del ombligo. Me lo ajustó a la cintura y, sujetando el pañal con una mano, se valió de la otra para abrocharme una cinta adhesiva. Después hizo lo propio con la otra.
El resultado fue un pañal fuertemente abrochado y un bebé de 12 años que agitaba feliz sus extremidades.
Feliz de llevar un pañal.
Feliz de sentirse seguro, pero a la misma vez vulnerable como el bebé que era.
Mami volvió a rebuscar en su bolso y regresó con ropa limpia. Una camiseta de Teen Titans Go! y unos pantalones largos. No eran los más anchos del mundo pero lograban disimular algo el pañal. Sin embargo, al tener el pañal recién puesto, andaría de manera pomposa y torpe. Por no hablar del ruido que hace el plástico al rozarse con los muslos.
Mami me vistió y me bajó ella misma de la mesa. Luego sacó una bolsa de plástico de su bolso, que a veces parece el bolsillo de Doraemon, y guardó mi ropa mojada dentro. Volvió a ofrecerme su mano para irnos, pero antes de salir, se volvió hacia mí.
-¿Quieres ir con el chupete, Robin?
Me paré a pensar un momento.
Soy un bebé y necesito mi chupete, peor nadie quiere que se rían de él. El pañal podría disimularse con algo de suerte, pero el chupete quedaba totalmente a la vista. Y por otro lado, con el pañal me sentía ya lo suficientemente seguro y tranquilo. Podría pasar un momento sin mi chupete.
Mami debió de leerme la mente usando nuestro vínculo madre-hijo porque extrajo el chupete de mi boquita tirando del asa con suma delicadeza. Lo volvió a guardar en el bolsillo pequeño de su bolso y me volvió a tender la mano, y juntos salimos del aula de Arte camino, no sé muy bien por qué, al despacho de la directora.
Fue de nuevo el profesor de Arte quien nos abrió la puerta. Tenía una expresión preocupada, pero al mirarme y verme sin el chupete, se le relajó considerablemente.
-¿Todo bien? –preguntó.
-Sí –contestó Mami-. ¿Podemos pasar?
-¡Por supuesto!
El profe se hizo a un lado y Mami y yo entramos en el despacho. La directora seguía sentada en su mesa, pero se levantó al vernos entrar y señaló a las dos sillas de enfrente. Mami se sentó en una de ellas y me colocó a mí en su regazo, con lo que hizo que mi pañal no solo se oyera sino que quedase algo visible por encima del pantalón al tirar de mí hacia arriba. Ninguno dijo nada. El profesor de Arte arrastró la silla que había quedado libre al lado de la mesa de la directora y se sentó en ella, mirándonos con expresión de educado interés.
-Verán… -comenzó Mami. Suspiró. Parecía que no sabía cómo seguir, y aún ni había empezado-. Robin… Esto…
-Tranquila –le animó la directora-. Adelante.
Mami dio un suspiró de resignación.
-Robin lleva pañales –dijo resueltamente-. Ahora mismo lleva uno puesto. Se lo acabo de poner en tu aula –señaló al profesor de Arte, que la miraba estupefacto-. Aquí tienes las llaves –el profesor se las cogió sin dejar de mirarla-. Siempre ha necesitado un pañal para dormir, pero últimamente se lo he tenido que poner para estar en casa porque ha tenido algún que otro accidente.
Yo estaba empezando a necesitar mi chupete muy urgentemente.
-Durante el día siempre ha podido controlarlo –continuó Mami-, pero ahora parece que está teniendo problemas. Evidentemente no quiero tener que ponerle un pañal para venir al colegio, pero parece que Robin no puede pasar sin él.
-No se permite venir al colegio con pañales –dijo la directora. Se la veía muy abochornado y evitó mirarnos mientras decía eso.
-¿Cómo dice? –le preguntó Mami educadamente.
La directora hizo un considerable esfuerzo por levantar la cabeza y mirar a Mami a los ojos.
-Es una norma del Reglamento de Régimen Interno. Los niños no pueden venir con pañales al colegio. Se aplica especialmente para los niños de parvulario como es lógico, pero es igual de válida para todos. Lo que pasa es que… Bueno –carraspeó-. No se contemplaba la posibilidad de que un niño de último curso aún tenga que llevar pañales, especialmente durante el día… Lo que haga en su casa ya…
-Robin necesita llevar pañales –dijo Mami-. Se hace pipí encima –hizo una pausa-. Pero no me ha entendido. Yo en ningún caso quiero traer a mi hijo con pañales al colegio. Le estoy pidiendo permiso para que no lo haga mientras solucionamos esta crisis. Como si estuviera enfermo o algo…
-Es evidente que si se está orinando encima en condiciones de asistir a clase –apuntó el profesor de Arte.
La directora asintió para darle la razón.
-¿Entonces…? –Mami miraba a uno y a otro.
-Queda justificada la no asistencia –dijo la directora-. Necesitaremos una firma del médico pero no habrá problema.
Mami suspiró aliviada.
-Muchas gracias… No se imaginan lo duro que está siendo para nosotros…
-Robin no parece muy alterado –dijo el profesor de Arte mirándome con curiosidad.
Yo aparté la vista y miré al suelo.
Seguía muy inquieto.
-Está en estado de shock –dijo Mami mirándome con preocupación.
La camiseta se me levantó un poco y Mami tiró de ella hacia abajo para ocultarme el pañal. Yo quería irme de ahí lo antes posible. Quería estar en casa con mi chupete, sin avergonzarme de llevar pañales.
-En cualquier caso… -la directora miró de soslayo al profe de Arte y luego volvió a mirar a Mami-. Tómese el tiempo que necesite. Es evidente que a ningún niño de 12 años le gusta verse con un pañal sentado encima de su madre. Y menos en el colegio.
Me puse muy nervioso y me empezó a temblar el labio. Me había aventurado mucho con aquello de no necesitar el chupete para este momento
-Mami, ¿me pones el chupete? –pedí flojito, pero me oyeron todos los allí presentes.
Mami miró nerviosa a la directora y el profesor, luego abrió con delicadez el bolsillo pequeño de su bolso donde guardaba mi chupete y lo sacó. Fue a ponérmelo en la boca pero antes de que hubiese levantado mucho el brazo, me abalancé sobre él entornando los labios alrededor de la tetina. Lo chupé y miré a la directora. Tanto ella como el profe de Arte me miraban con una mezcla de estupefacción y… bochorno. Se me salió un poco de pipí. Me apreté contra el pecho de Mami.
Se produjo una pausa. Mami tenía los ojos cerrados con fuerza, y un amago de lágrima amenazaba con brotarle de uno de ellos. Entonces los abrió de repente, se enjugó la lágrima naciente con el dorso de la mano que no me sujetaba el culito y se levantó conmigo en brazos.
-Nos vamos ya –dijo, porque ya estaba todo el pescado vendido.
Ninguno de ellos nos acompañó a la puerta. Yo no recogí ni mi mochila de clase. Mami caminaba por el pasillo conmigo en brazos, aguantándose las lágrimas. Yo estaba muy triste. No estaba seguro, pero tenía la sospecha de que Mami lloraba por mi culpa. Llegamos hasta la puerta doble que daba al patio que teníamos que cruzar para salir y Mami puso una mano en el picaporte para abrir, pero vaciló.
-Robin… -me dijo sin mirarme. Tenía la vista fija en la puerta, como si pudiese ver a través de ella-. ¿Quieres que te quite el chupete para salir?
-Me he hecho pipí –dije como respuesta.
-Muy bien –dijo Mami, decidida.
Abrió la puerta y salimos al exterior.
Mami bajó las escaleras en las que otrora me sentase con mis amigos conmigo aún en brazos. Andaba con paso firme y seguro, apretándome muy fuerte por la espalda y sujetándome el culito con el antebrazo. Fue cuando llegamos a las pistas polideportivas que teníamos que cruzar para llegar a la puerta exterior que me llegaron los ecos de unas voces que conocía demasiado bien.
Es miércoles, y a esta hora debería de estar en clase de Educación Física, pero no lo estaba. Estaba en brazos de Mami, llevando un pañal y un chupete, y a punto de irme a casa. El resto de mi clase, sin embargo, sí estaba en Educación Física. Los vi dispuestos a ambos lados de una red que atravesaba la pista de lado a lado y jugaban por parejas al tenis. O al menos lo hacían hasta que nos vieron a Mami y  a mí atravesar el patio.
-¡Joder! ¡Fijaos en eso! –gritó Miles señalándonos con la raqueta.
Todos dejaron de jugar y se volvieron para mirarnos. Los rostros iban de la sorpresa a la burla, pasando por el asco. Mami no podía verlos porque iba andando lo más deprisa que podía sin llamar la atención hacia la salida, pero yo, con los brazos echados a su cuello y la barbilla apoyada en un hombro, podía vislumbrarlos claramente. Se reían y se daban codazos entre ellos diciendo cosas como Hay que joderse, Lo ves o Qué puta vergüenza.
Si estaba el profesor, no se le veía por ninguna parte.
-¡Eh, Robin! –me grito Eugene-. ¡Enséñanos el pañal!
-¡Mira el bebecito encima de su madre! ¡Jajaja! –Johnny.
-¡Robin! ¿Te has meado encima o qué? -César
-Ooooh –Selena burlonamente infantil-. ¡Mirad su chupete! ¡Jajajajaja!
-¡Qué asco! -otro
-¡Es un bebe! –otra.
-¡Es una mierda! –otro.
-Ni caso Robin –me dijo Mami. Parecía estar a punto de derrumbarse-. Como si no existieran –y siguió andando decidida.
Pero entonces unos cuantos, que no alcancé a distinguir pues estábamos ya algo lejos, empezaron a cantar la canción del pañal.
Se la sabrían del anuncio de hace tanto tiempo, ya que fue bastante famosa en su momento. Pero no la cantaban como la cantábamos Mami y yo; de manera dulce y cariñosa, mientras ella daba palmaditas y yo movía mi culito a los lados, resaltando el pañal que llevaba puesto. Ellos golpeaban el suelo violentamente con las raquetas, vociferando sin ningún ritmo, con el único objetivo de burlarse de mí, cantando socarronamente mientras hacían gestos de bebé a modo de mofa. Algunos hacían como si chuparan el dedo, otros agitaban los brazos en una cruel imitación de un bebé. Algunos no se sabían la letra del todo, pero daba igual.
-¡¡¡NI GOTA, NI GOTA!!! ¡¡¡NI GOTA, NI GOTA!!! ¡¡¡CON EL NUEVO PAÑAL EL BEBÉ NO SE MOJA!!!
Mami no los vio, pero si los oyó.
Para mí fue más de lo que pude soportar.
A Mami se le escapó un hipido y sentí que empezaba a llorar. Me apretó aún con más fuerza si cabe contra su pecho y echo a correr, torpemente, como podía, conmigo en brazos.
Yo empecé a llorar al ver a todo un grupo de gente hacerme burla al unísono. Riéndose de mí sin que les importase que Mami estuviese delante. Un grupo de gente unido con el único fin de hacerme daño. De reírse de mí porque era diferente, porque no encajaba en los cánones que estaban establecidos como normales. Comencé a llorar a lágrima viva. El chupete se me habría caído pero lo aferré fuertemente con los dientes porque lo único que me faltaba ya era perderlo en ese lugar.
Mami no podía correr todo lo que le hubiese gustado porque me llevaba en brazos. Tropezó y casi se cae conmigo encima, pero en el último momento logró recuperar el equilibrio y continuó.
Durante ese momento, las carcajadas aumentaron. Estaban riendo tanto de mí como de Mami.
Por fin llegamos a la puerta. El coche de Mami estaba aparcado justo enfrente. Mami abrió la puerta trasera y me descargó dentro. Los demás corrieron hasta situarse en la valla y continuaron señalándome y riéndose. Al caer en el asiento el pañal se me había visto por encima del pantalón, de modo que todos los niños de mi clase vieron los ositos con pañales que lo decoraban. Las risas se incrementaron. Algunos incluso tenían que enjugarse las lágrimas porque no dejaban de reír. Mami cerró rápidamente la puerta y corrió a entrar en el coche para irnos de allí lo más deprisa posible. Yo me arrastré hacia atrás sobre el asiento para estar lo más alejado posible de ellos y apoyé la mano en un bulto de felpa que no me era desconocido. Me giré y allí estaba Wile, con su pañal. Mami lo había traído para mí. Lo abracé pensando en que era el único amigo que tenía en el mismo momento en el que Mami entraba en el coche y lo arrancaba. Los que antes eran mis amigos ahora se reían con más fuerza al verme abrazar a mi peluche. Y cuando Mami puso el coche en marcha y nos alejábamos de aquel espantoso lugar, yo me pegué a la ventanilla y mientras me hacía pipí encima les gritaba:
-¡Tontos! ¡Sois tontos!
Y me lancé bocabajo contra el asiento y lloré durante el resto del trayecto a casa.
Igual que Mami.

29 de septiembre de 2020

Volvemos!

 Hola a todas, hola a todos!

Han sido los peores meses de mi vida, y nada ha tenido que ver esta puñetera pandemia. Estoy seguro de que he salido de la depresión del todo y muy pronto subiré un podcast contándoos como llevar pañales y usar chupete me ayudó a salir de la depresión. El segundo programa casi un año después de subir el primero, pero es que fueron justo los meses en los que todo me vino de golpe... No tenéis ni idea de lo frustrante que es comenzar un nuevo proyecto con toda la ilusión del mundo y que después de un primer programa (que era más una introducción que otra cosa, tengas que dejarlo). Pero bueno, Balbuceos desde la cuna va a regresar pero no es de eso de lo que quiero hablaros.

Hay una historia que se vio abruptamente interrumpida: Los 2 Mundos de Robin Starkley.

De eso es de lo que quiero hablaros.

Va a volver, más pronto que tarde. Muy, muy pronto me atrevería a decir.

Los 2 Mundos de Robin Starkley es una historia a la que le profeso un tremendo cariño porque es y será mi historia AB/DL más extensa. Algunos diréis que me voy por las ramas a veces; puede ser que tengáis razón. Pero esas páginas en las que parece que no pasa nada, esos tiempos muertos, están escritos a propósito para tratar el transcurrir del tiempo y el día a día en un niño que... bueno, no quiero hacer spoilers pero voy a asumir que todos los que os estáis leyendo esto lleváis Los 2 Mundos de Robin Starkley al día, así que lo diré: el proceso de convertirse poco a poco en un bebé lleva su tiempo y su aceptación, y Chris podía hacerlo más rápido, pero a Robin le cuesta más. Quizás también porque en esta historia el mundo del protagonista está más desarrollado y hay más personajes, pero Robin tiene que acostumbrarse poco a poco a ese nuevo mundo que que se va a quedar cuando decida en cuál de los dos quiere vivir.

Así que deciros, aunque ya lo sabéis por la anterior publicación que a Los 2 Mundos de Robin Starkley le quedan 5 capítulos. 5 largos capítulos (uno es casi una historia en sí mismo) con los que le pondré punto final a esta historia. Sé que dije que sería solo la primera parte, pero también creía que en el capítulo 20 iba a terminar. No obstante la historia que tenía pensada para la segunda parte se me quedaba un poco coja y vi que podía ajustarla en una única historia.

Con el final de Los 2 Mundos de Robin Starkley me tomaré un descansito de escribir historias AB/DL. Quiero probar con algunos otros géneros, y quién sabe si publicar un libro que nada tenga que ver con el mundo AB/DL... O quizá si haya algún elemento, quién sabe ;)

Seguiré por el blog, y seguiré por el podcast, pero lo de escribir más cuentos AB/DL estará pausado un tiempo, aunque no para siempre. Ady, Annie y por supuesto Álex tiene una historia pendiente :)

Ahora la parte mala. Plagios.

Han vuelto a plagia la historia de mi corazón, mi favorita, mi Vida de Chris. Una chica en Wattpad la ha publicado ENTERA cambiándole el nombre a Un pañal para dormir. Manda narices. Y tiene el potorro de decir en los comentarios que la historia es suya. Yo ya la he denunciado pero os agradecería a todos que os pasáseis por el enlace de la historia y la denunciáseis. A ver si entre todos hacemos presión y Wattpad nos hace caso. Os dejo aquí el enlace: https://www.wattpad.com/story/230568218-%C2%A1un-pa%C3%B1al-para-dormir .

En fin, a ver si Wattpad nos hace un poco de caso porque de verdad no sabéis los frustrante que es esforzarte por intentar ofrecer un material de calidad y gratuito para que todo el mundo pueda acceder a él y ver como hay otras personas sin escrúpulos que se aprovechan de él y hasta fingen que lo han escrito ellos....

Por último quería dar las gracias a las personas que me informan vía Twitter o Instagram de estos plagios, porque así puedo actuar. De verdad, gracias de corazón. Los 2 Mundos de Robin Starkley estará dedicada a vosotros.

Y también daros las gracia a todos por vuestros mensajes y comentarios de ánimo cuando anuncié que tenía depresión. No tenéis ni idea, pero ni idea, de todo lo que me ayudaron. Algunos me hicieron llorar, y os juro que lo digo de verdad. Me hicieron ver que había gente a la que le importaba, que disfrutaba con lo que hacía y que, de alguna manera, me tenían cariño. Muchísimas gracias a todos.

Os llevo en el corazón.


Con una sonrisa detrás de mi chupete,

Tony P.


2 de abril de 2020

Depresión. Lo siento.
No puedo volver a escribirlo.
Os dejo los tweets.
Intentaré volver pronto.
Os quiero.


18 de noviembre de 2019

Los 2 Mundos de Robin Starkley - Capítulo 23: Así que era verdad

Cuando abrí los ojos, lo primero con lo que me encontré fue la cara de mi prima pequeña mirándome a un centímetro de distancia
Casi me caigo del sofá del susto.
Di un bote debajo de la manta y trepé de espaldas por el respaldo del sofá. El chupete se me cayó y el corazón me palpitaba a mil por hora. Me recompuse poco a poco y volví a situarme física y temporalmente en el lugar y en el momento.
Estaba en casa de tía Marie. Había dormido en una improvisada cuna que me había hecho con el sofá y un par de sillas y Felicia se habría despertado antes y venido a verme.
Mi prima seguía mirándome. Aún llevaba su chupete en la boca, pero lo mantenía inmóvil.
-Por dios, Felicia –le dije llevándome una mano al pecho-, ¿te parece que esto es forma de despertar a alguien?
-No te he despertado –dijo con su voz amortiguada por el chupete.
-¿Cuánto tiempo llevas ahí? –le pregunté mientras volvía a sentarme sobre el sofá.
Cogí a el chupete y a Wile de debajo de las sábanas y me puse al primero en la boca y al segundo en mi regazo.
-Un rato.
-¿Crees que eres invisible, como Drax de Los Guardianes de la Galaxia?
-¿Quién?
Me acuerdo mucho de esa escena de Vengadores: Infinity War porque tuve que aguantarme mucho el pipí de la risa. Luego no pude hacerlo y todos sabemos cómo acabó aquella fatídica tarde en el cine.
Por inercia me llevé la mano a mi pañal, y lo noté hinchado, como era de esperar.
-¿Y tu hermana?
-Está con mi madre en la cocina haciéndonos los bibes.
Resoplé. No tenía ni idea de la hora que era ni cuánto había dormido. Aparté ligeramente una de las sillas que formaban la mitad de los barrotes de un lado de la improvisada cuna y anduve hasta mi mochila, donde tía Marie había dejado mi pantalón al ponerme el pijama.
Anduve con los andares de quien se acaba de levantar con un pañal mojado. Ya sabéis: pomposos y torpes. El pañal hacía mucho ruido, pero como llevaba puesto un pijama enterizo no podía verse, así que estaba más tranquilo. De todas formas todos en esa casa ya sabían lo bebé que podía llegar a ser.
Regresé al sofá con mi móvil tras comprobar que había dormido menos tiempo del que creía, pues solo eran las nueve de la mañana, y aparté las dos sillas de manera que pudiese volver a considerarse un sofá.
-Va a empezar Kim Possible –dijo mi prima, y cogió el mando del suelo y encendió la televisión.
Todavía estaba puesta en Disney Channel, de manera que la imagen de la heroína adolescente apareció en pantalla en el acto.
Entonces me fijé en el pañal de mi prima. Lo llevaba al descubierto, y gracias a mi experiencia llevando pañales pude comprobar que ese era el pañal con el que había dormido y que aún no la habían cambiado, a juzgar por su aspecto y arrugas; de modo que no había debido de pasar mucho tiempo desde que se había levantado.
-Estaba a punto de despertaros y daros los bibes –dijo mi tía mientras entraba en el salón con un biberón en cada mano.
Laëtitia iba detrás bebiéndose el suyo.
-Aquí está. Uno para mi bebé –dijo dándoselo a Felicia-. Y otro para el otro bebé –y me lo dio a mí.
Mi tía se sentó en el sofá y subió a su hija pequeña a su regazo para darle su biberón, Laëtitia se sentó también mientras se tomaba su bibe yo ya estaba ya en el sofá, de manera que la estampa mañanera era cuanto menos, curiosa.
Yo me quité el chupete de la boca y me llevé el bibe hacia ella.
-¿Has dormido bien, Robin? –me preguntó mi tía mientras no dejaba de darle el biberón a Felicia.
-Sí –dije, y unas gotitas de leche se derramaron por la comisura de mi boca.
Mi tía estiró el brazo para limpiármelas.
-El sofá no es muy cómodo –continuó-, pero espero que está cuna primitiva que e hice sirviese de algo.
-Sí, no me he caído –dije, y esta vez tuve cuidado de que no se me saliera la leche.
-¿Tienes pipí en el pañal? –siguió preguntándome.
Asentí.
-Yo también tengo pipí –dijo Felicia soltándose del biberón y derramando mucha más leche que yo.
-Y yo –dijo Felicia.
-De uno en uno, de uno en uno –dijo mi tía riendo y limpiando con la manga de su bata la boca de su hija-. Primero Robin, que es nuestro invitado.
-A mí me da igual… -comencé.
-Insisto –me dijo tía Marie con una sonrisa.
Nos terminamos los biberones, tía Marie nos hizo expulsar los gases y salí con todos ellos vacíos a la cocina y a traernos nuestros pañales.
-¡Yo no voy a querer pañal! –le gritó Laëtitia.
Entonces tía Marie regresó con un pañal para mí y otro para Felicia.
Yo no le había dicho nada, pero ella había supuesto que iba a querer un pañal.
Acertó.
-Túmbate bocarriba, Robin –me dijo mientras sostenía uno de mis pañales de conejitos.
Dejó el de Felicia a un lado.
Yo obedecí y mi tía me soltó los botoncitos del pijama, después me lo extrajo con delicadeza y me dejó desnudo encima del sofá a excepción del pañal.
Así que ahí estaba yo: un niño de 12 años completamente desnudo de no ser por un pañal y delante de sus primas pequeñas.
Me puse un poco inquieto y mis labios temblaron así que tía Marie me puso el chupete.
Me calmé.
Entonces, tras sonreírme risueñamente, comenzó a cambiarme el pañal.
Primero me soltó las cintas adhesivas que lo sujetaban y luego lo separó de mi cuerpecito. Me alzó las piernas con una mano y con la otra extrajo el pañal. Laëtitia y Felicia no dejaban de mirar cómo le cambiaban el pañal a su primo de 12 años, que chupaba un chupete y miraba al techo.
Mi tía comenzó a limpiarme.
Hace no tanto tiempo, si me estuviesen cambiando el pañal delante de mis primas, yo habría gritado, pataleado y seguramente mojado encima. Pero ahora no me sentía humillado, sino solo un poquito avergonzado.
Antes no hubiese dejado que otra persona que no fuese Mami o Elia me cambiase el pañal, pero ahora no me importa tanto. Soy un bebé, y un bebé necesita que le cambien los pañales.
Mientras chupaba mi chupete mirando hacia el techo, agitaba un poquito los puñitos, pues mi tía me hacía de vez en cuando algunas cosquillitas.
Cuando terminó de limpiarme, cogió de mi lado el pañal que me había traído, de conejitos y cubiletes del abecedario y comenzó a desplegarlo.
Sobre el sofá, mirando al techo, chupando mi chupete y, ahora sí, completamente desnudo, yo esperaba pacientemente a que terminasen de cambiarme el pañal.
Mi tía entonces me levantó de nuevo las piernecitas y puso el pañal debajo de mi culete, dejándome caer de nuevo suavemente y ajustándome bien el pañal.
-¿Habéis visto qué pañales más monos trae el primo Robin? –le dijo tía Marie a Laëtitia y Felicia mientras me pasaba el pañal por el entrepierna.
Tía Marie me ajustó el pañal a la cintura, me lo acomodó y lo cerró fuertemente con las dos cintas, dejándomelo bien sujeto a mi cuerpecito.
Mis primas no dejaron de mirarme durante todo el cambio.
-Ale –dijo mi tía-. Uno listo –me bajé del sofá de manera torpe, pues me acababan de poner un pañal-. Felicia, tu turno.
Andando mientras llevaba solo un pañal, fui hasta mi mochila para ponerme una camiseta, pues me estaba dando algo de frío. Mami me había echado una de Código KND. Me la puse y regresé hasta el sofá.
Cuando mi tía cambió de pañal a Felicia y le quitó el suyo a Laëtitia, nos tiramos sobre la moqueta a jugar con los Pinypons. Mi prima mayor se comportó mucho mejor que ayer: me dejó elegir todo el rato quien quería ser y no me humilló por llevar puesto un pañal o usar chupete. Pasamos toda la mañana jugando. Felicia también traía solo una camiseta, por lo que su pañal quedaba al descubierto al igual que el mío, y los dos llevábamos puesto nuestro chupete.
Hay que decir que aunque mi prima mayor no me humillase, sí se comportaba un poco como si fuese la mayor de los tres, y supongo que se debía al hecho de que tanto su hermana pequeña como yo estuviésemos en pañales y con un chupete. Felicia y yo echamos una carrera de bebés, esto es, gateando, y Laëtitia actuó de jueza. He de decir que no me sentía incómodo en esa posición de bebé. Lo que me había molestado es que se metiese conmigo por serlo.
Laëtitia elegía los juegos a los que íbamos a jugar, pero nos dejaba escoger a nosotros nuestros personajes, y entre los tres creábamos una historia. Jugamos a Pinypon, pero también a animales, a superhéroes, a carreras como ya os he dicho, a caballeros y princesas, al escondite inglés… Por primera vez en mucho tiempo yo me sentía a gusto rodeado de la compañía de otros. Integrado. Parte de algo. Disfrutaba mucho de la compañía de mis primas, y no me sentía cohibido ni humillado porque se me viese el pañal todo el rato. Mi prima Laëtitia nos mandaba, sí. Pero no lo hacía siendo una borde, sino que también nos escuchaba y cuidaba de su hermana pequeña, como cuando había dicho que era Supergirl y quiso saltar del sofá. Una vez incluso, a mí se me cayó el chupete de la boca y fue ella quien me lo volvió a poner.
-Toma tu chupetito, primo –había dicho.
Yo se lo agradecí y seguí jugando.
Seguí jugando hasta que oí que un coche se detenía en la puerta.
Ding-dong, hizo el timbre.
-¿Quién será, quién será? –dijo tía Marie con voz misteriosa mientras corría a abrir.
La puerta se abrió y Mami apareció en el umbral.
-¡¡MAMI!!
Comencé a gatear hacia ella, luego me levanté y corrí.
Mami me alzó en peso y me dio un sonoro beso en la mejilla.
-¡Mi bebé! –dijo mientras me daba palmaditas en el culete sobre el pañal-. ¡Cuánto te he echado de menos!
-¡Yo también, Mami! –le dije dándole muchos besitos de chupete.
-¿Y eso que estás con un pañal, eh? –me dijo con tono de regañina, aunque no del todo seria. Yo sonreí excusándome de ser tan bebé. Luego Mami se dirigió a mi tía-. ¿Cómo se ha portado?
-Muy bien –respondió mi tía contemplando tiernamente la escena-. Es un encanto tía Marie vino hacia nosotros con mi mochilita y Wile-. Se puso un poquito nervioso cuando se hizo caca pero ya está.
-¿Ah sí? ¿Y eso? –me dijo con gesto reprobatorio.
-No pasa nada, mujer –contestó mi tía-. Es normal. Es la primera vez que hace caca en mi casa y no está acostumbrado.
-¡Pero si se la hace en el pañal! –exclamó Mami, que no comprendía la situación.
-Yaa –respondió mi tía con voz paciente-. Pero no habría encontrado el rinconcito…
-Ah –Mami empezaba a entender-. Ya. Antes en mi casa me pedía un pañal y se metía siempre debajo de la mesa, pero ahora como lleva siempre uno puesto, se la hace dónde esté.
-Me lo puedes dejar cuando quieras –dijo mi tía por si había quedado alguna duda-. Nos lo hemos pasado muy bien.
-¿Y tú? ¿Te lo has pasado bien con la tía y las primas? –me preguntó Mami.
-Sí –contesté con mi vocecita de bebé.
-¿Y vosotras os lo habéis pasado bien con el primo? –le preguntó Marie a sus hijas, que miraban absortas lo bebé que podía llegar a ser su primo de 12 años.
-Sí –respondió Laëtita.
Felicia asintió.
-Qué guapas que estáis las dos –les dijo Mami.
Tía Marie me dio a Wile, que así contra mi pecho, y Mami tomó mi mochila.
-Dile adiós a las primas que nos vamos, Robin.
Agité mi manita hacia ellas.
-¿Cuándo va a venir otra vez? –preguntó de pronto Laëtitia.
Mami y tía Marie se miraron con un gesto algo satisfactorio.
-Cuando Robin quiera –contestó mi tía, y volvió a guiñarme un ojo.
Yo salí de casa de tía Marie en brazos de Mami, vestido solo con una camiseta y llevando mi pañal al descubierto.
Así entré en el coche y así llegué a casa.


*****


-Te echado tanto de menos, mi bebé… -me decía Mami mientras me cambiaba el pañal.
Iba a acostarme a dormir la siesta. Mami había estado todo el rato conmigo: jugando, haciéndome cosquillitas, cantándome la canción del pañal… A la hora de la comida, me había sentado sobre su regazo y me la había dado ella misma. luego me ha traído en brazos a mi habitación y me ha dado un biberón.
Ahora está cambiándome el pañal para que pueda acostarme.
Yo me he comportado todo el rato como un bebé: apenas he hablado, balbuceaba para pedir que me cogiese en brazos o abría y cerraba la boquita para que me diera el chupete. Mami me entendía perfectamente, gracias a nuestro vínculo de madre e hijo, madre y bebé, que yo notaba cada vez más fuerte, aunque aún incompleto. Aun así, ella sabía siempre qué necesitaba para sentirme mejor.  A veces era cantarme la canción del pañal, otras acunarme en su pecho, y algunas simplemente estar a mi lado, mesándome el cabello o dándome palmaditas en el pañal.
-Ya estás –dice tras abrocharme la última cinta-. A dormir.
Yo agito mis extremidades sobre la cama y balbuceo.
Mami me abrocha los botoncitos del pijama y me coge en brazos, haciéndome sonar el pañal. Me prepara la cama y me mete entre las sábanas. Luego me arropa.
Agito mis bracitos inquieto.
-Ah, sí –dice Mami-. Tu bebé.
Mami coge a Wile del escritorio y lo pone entre mis brazos. Yo me aferro a mi peluche y me hago un ovillo.
Chupo mi chupete.
Me quedo dormido.


*****


Me desperté.
No debía llevar mucho tiempo durmiendo.
Sentí un suave zarandeo en mi hombro y abrí los ojitos. La cara de Mami me miraba, sonriente pero con una ligera expresión de culpabilidad.
-Robin… - hablaba muy flojito. Mi habitación seguía sumida en la oscuridad, pero aun así la cara de Mami iluminaba mi despertar-. Escucha, cielo, Elia iba a ir esta tarde al cine con Clementine, pero le ha surgido un programa en directo de repente. Entonces me ha dicho si quería que nos fuésemos con ella. Le he dicho que tú estabas durmiendo y que te preguntaría. ¿Qué te parece?
Chupé mi chupete y la mire inexpresivamente. Era demasiada información para asimilar estando aún medio dormido. Y más para una mente de bebé.
-Robin… -Mami me acarició un mechón de pelo-. Di algo, mi bebé.
Di un chupeteo.
-¿Ahora? –dije.
-Sí.
-¿Al cine?
-Sí.
-¿Qué vamos a ver? –eso era importante.
-Una de un tiburón gigante.
-Vale, pero quiero ir con pañal –eso era más importante.
Mami me sonrió.
-Por supuesto. ¿Cómo va a ir mi bebé sin pañal?
Diez minutos después estaba ya cambiado (‘’Este niño, aunque duerma cinco minutos, siempre se hace pipí’’) y esperando en el recibidor. También tenía mi chupete en la boca.
Mami había me había elegido un conjuntito que disimulase un poco mi pañal. Llevaba puesto una camiseta holgada, porque me estaba unas cuantas tallas más grande, de Super Mario y unos pantalones largos que arrastraba un poquito. La verdad es que con ese aspecto parecía un niño incluso más pequeño.
A mi lado estaba el bolso con pañales de recambio por si necesitaba un cambio.
En verdad estaba un poco sorprendido de que Elia quisiese que fuésemos con ella al cine. Normalmente huye de todo lo que sean planes en familia, pero esta vez no tenía más remedio si no quería ir sola al cine, ya que su novia no podía y cada vez le quedaban menos amigos.
Como a mí.
Bueno, yo no tenía ninguno.
Pensé en mis antiguos amigos y sentí una punzada de dolor.
Los niños de mi edad suelen ir al cine en pandilla, y algunos supongo que ya empiezan a besar sus primeras chicas allí. Sin embargo, yo voy al cine con mi madre y llevando un pañal puede escapárseme el pipí.
-¿Listo? –me preguntó Elia al bajar mientras empezaba a retocarse en el espejo de la entrada-. En realidad, no sé para qué me arreglo si solo voy a ver una película –decía para sí misma.
-Yo tampoco voy arreglado –digo.
-Ya –me contesta volviéndose hacia mí-. Pero llevas puesto tu pañalito –me dijo con una voz muy infantil y aguda.
Era una burla. Pero no con mala intención.
Sonreí a modo de disculpa.
Sí, Elia. Soy un bebé.
-¿Nos vamos? –Mami acaba de bajar también.


*****


De camino al cine, Elia se justificaba por querer ir a ver una película protagonizada por un tiburón gigante. Ella, que dista siempre de ver cine intelectual con mensaje cultural.
-A ver, de vez cuando una película como esta en la que no hay que pensar está bien –decía-. Con efectos especiales, acción, interpretaciones horribles… Tíos mazados, tías bunas…  Yo qué sé. Se puede pasar un buen rato. Es como con Vengadores: Infinity War.
-Elia, ya nos has convencido para venir. Puedes dejar de justificarte –le dijo Mami.
-Ya, ya –replicó-. Pero quiero que quede claro que sé que la película es mala.
-Yo mientras no sea cine francés…. –dije desde el asiento de atrás.
Me había quitado mi chupete y guardado en el bolsillo del pantalón.
-Eh, enano. Cuidado con lo que dices del cine francés.
-¿Cómo era eso que dicen en la película esa del tío que hace del Joker?
-Cuidado –me vuelve a advertir mi hermana-. Esa película que dices es Las vidas posibles de Mr. Nobody, y ese actor es Jared Leto. Es una película muy buena.
-¿Yo la he visto? –pregunta Mami sin dejar de mirar la carretera.
-¡Claro! –le contesta Elia-. Te la puse el mes pasado, cuando le compraste pañales al peluche.
-Cuidado –le advierto ahora yo-. Ese peluche que dices es Wile y es mi único amigo.
-Tienes razón –se disculpa Elia-. Lo siento, Robin.
-No pasa nada…
Me llevo una mano al pañal. A veces me gusta sentirlo al tacto que lo llevo puesto, y más en situaciones peligrosas como ir al cine con uno, a pesar de sentirlo muy agarrado a mi cuerpecito y atravesándome la entrepierna. No se nota demasiado en este momento; el pantalón es ancho y la camiseta me lo cubre también, pero aun así es un pañal muy grueso y yo soy un poquito raquítico, siempre va a destacar algo por muy holgada que sea la ropa. Por no hablar de que si se me levanta lo suficiente la camiseta puede verse asomando por encima del pantalón.
Me di cuenta entonces de que iba a ir a un sitio público con un pañal. Un sitio en el que podría haber conocidos, no era como Largue’s. Si me encontraba con algún compañero de clase o alguien del colegio y se daba cuenta de que había algo raro en mi cintura, algo abultado y que hacía ruido con cada paso que daba… Con un poco de suerte, ni podría llegar a pensar que lo que llevaba fuese un pañal, pero si era demasiado evidente…
Llegamos al centro comercial, y para mi horror, pude comprobar que el parking estaba casi abarrotado de coches, lo que significaba que el cine estaría lleno. A mami le costó un rato encontrar un hueco, y yo solo podía pensar en que estaba en un sitio público llevando un pañal. ¿En que estaría pensando cuando le dije a Mami que quería ir con uno puesto?
<<-En que te haces pipí encima –dijo una voz en mi cabecita>>.
Bajamos del coche, y yo me llevé las manos al pañal y miré a mi alrededor, vigilando que no hubiese caras conocidas.
-¿Estás bien, Robin? –me preguntó Mami con cara preocupada.
-¿Quieres que te quitemos el pañal? –me dijo Elia.
Yo volví a mirar a mi alrededor. No veía a nadie, y necesitaba mi pañal. Negué con la cabeza.
Mami me ofreció su mano, yo la tomé y los tres juntos nos encaminamos a la cola del cine.
Yo caminaba de manera torpe a causa del pañal, y me llevaba la mano libre al culete en un absurdo intento de disimular que lo tenía tres veces más grande.
-¿Podéis ir un poquitín más despacio? –les pregunté.
-¿Por? –se extrañó Elia.
-Se me nota mucho el pañal…
-Si haces eso se te nota más –me dijo Elia apartándome mi mano del culete.
-¿Te quito el pañal, Robin? –me preguntó ahora Mami.
Pensé en mi última visita al cine.
-No. Necesito pañal –dije.
-Venga, pues vamos –Mami me apretó un poquito la mano-. Caminaremos más despacio.
Cuando entramos dentro yo volví a mirar a los lados para cerciorarme que no hubiese nadie que pudiera jugarme una mala pasada. Nos pusimos a la cola para sacar las entradas, y delante nuestra había también un niño cogido de la mano de su madre. Debía de tener unos 4 años, llevaba chupete, y, con mi experiencia para detectar pañales debajo de la ropa, me di cuenta de que también traía uno puesto. Pero el niño debía de tener también experiencia en este campo, pues miraba hacia el bulto que marcaba mi pañal en el pantalón. Me cubrí esa parte con la mano que tenía libre y aparté la mirada del niño, sintiéndome enrojecer.
Cuando llegó nuestro turno, Elia discutió con la dependida porque quería unas entradas en el centro del a sala, que es según ella donde mejor se ve la película, pero la dependienta le decía que ahí no se las podía dar porque antes tenían que llenarse otras butacas.
-¿Pero qué tontería es esa? –le espetó mi hermana
-Son las normas. El ordenador no me deja.
Yo estuve a punto de decir algo, pero vi que la dependienta era la misma chica que me había preguntado la otra vez si aún me hacía pipí encima, así que me apresuré a agachar la cabeza.
Finalmente, y acompañados del cabreo y la resignación de Elia, salimos de la cola con unas entradas que según mi hermana no estaban del todo mal. Yo creí la que la dependienta no se había percatado de quién era yo, pero por el rabillo del ojo, mientras no marchábamos, puede ver que nos señalaba y le decía algo a su compañera, aunque quizá  fuese por lo pesada que había sido mi hermana. Yero por si acaso, andé más deprisa.
Graso error.
Así el pañal se nota más.
Aminoré la marcha porque también estaba tirando demasiado del brazo de Mami y me pegué todo lo que pude a ella.
La sala estaba ya a oscuras. Alumbrándonos con el móvil de Elia, seguimos a mi hermana hasta nuestros asientos. Al atravesar la fila hasta llegar a ellos, podía oír el ruido que hacía mi pañal mientras caminaba por esa zona tan estrecha abarrotada de pies y sentía los ojos de las demás personas clavados en mi abultado culete.
Finalmente, llegamos a nuestro sitio y pude relajarme un poco.
En ese lugar, a oscuras y durante las próximas dos horas, podía estar tranquilo. Nadie iba a venir a fijarse en sin llevaba pañales o no. Saqué mi chupete del bolsillo y me lo puse.
Miré a mami, sonriendo casi como si me disculpara por ser tan bebé.
Mami sonrió con gesto de resignación y le dio un beso a su hijo de 12 años, que estaba en un sitio público con un chupete y llevando un pañal.
Y que también se hizo pipí encima durante la película.
Pero como llevaba un pañal no pasó nada.


*****


-Tenía cero expectativas, y aun así ha logrado decepcionarme –comentó Elia cuando salimos del cine tras casi dos horas de tiburones gigantes y proezas imposibles de Jason Statham y una continua sucesión de clichés-. Aunque ha sido un gusto ver a Ruby Rose –añadió-. ¿Sabes que va a ser Batwoman en esas series que te gustan tanto, Robin?
Yo seguía cogido de la mano de Mami. Sin saber muy bien por qué, cuando se encendieron las luces de la sala y nos pusimos de pie, le di la mano instintivamente. No le había dicho que tenía el pañal mojado, porque podía aguantar con él, y además no quería que me volviese a cambiar allí.
-¿Las de Arrow y The Flash? –pregunté, sin voz amortiguada, pues había vuelto a guardarme el chupete.
-Sí, esas –corroboró Elia-. La estrenan dentro de poco.
La verdad es que últimamente no me interesaban ni las series de superhéroes. El poco tiempo que veía la televisión lo gastaba en series de dibujos animados. Me sentía súper bien sentado sobre el sofá, con las piernas cruzadas, llevando pañal y chupete y aferrado a Wile. Veía dibujos animados infantiles como Loonatics Unleashed, House of Mouse o Kim posible. Era casi como ser pequeño de verdad. Mami venía de vez en cuando a revisarme el pañal o traerme un bibe, y siempre se quedaba a hacerme mimitos, lo que también ayudaba bastante a que me sintiese así.
-¿Adónde queréis ir a cenar? -preguntó Mami.
-A mí me apetece McDonald’s –dije.
-Puaj, qué asco –exclamó Elia-. Yo no pienso pisar ese sitio.
-¿Dónde quieres cenar tú?
-Pues en un tailandés o algo. Hay un Wok aquí al lado.
-A mí no me gusta la comida tailandesa –protesté.
-¡Pero si nunca la has probado!
-Está bien. Vamos a hacer una cosa –sugirió Mami-. Robin y yo vamos al McDonald’s, y mientras hacemos cola para pedir, tú te vas al Wok ese y te lo pides para llevar. Nos lo comemos todo en el McDonald’s.
Elia estaba de acuerdo, de modo que se despidió de nosotros y se fue a su querido restaurante tailandés mientras Mami y yo hacíamos cola.
A mí me hubiese gustado que nos fuésemos ya a casa por el tema de llevar un pañal mojado, pero por otro lado, no se me presentaban muchas oportunidades de comer en un McDonlad’s  porque Mami no era muy propensa a la comida basura, así que tenía que aprovecharlas. Tampoco me importaba demasiado tener pipí en el pañal, el problema era que por cada minuto que pasase en un sitio público con un pañal, había más posibilidades de que me descubriesen. Volví a mirar a mi alrededor para asegurarme de que no hubiese alguien conocido. Si tenía que elegir, prefería mil veces antes que fuese un desconocido quien se enterase que llevaba pañales a que fuese alguien del colegio.
-¿Cómo vas? –me preguntó Mami.
Sabía a qué se refería.
-Mojado –contesté-. Pero puedo esperar.
-Llevo aquí la bolsa –me dijo Mami haciendo un ademán de irnos-. Puedo cambiarte.
-Da igual. Puedo esperar.
-¿Seguro?
-Sí.
No había mucha gente en la cola. Aún no había terminado la última de Vengadores, que era la que la mayoría de la gente había ido a ver, así que no tuvimos que esperar demasiado. Pedimos nuestra comida y regresamos con las bandejas a buscar una mesa. Yo le tuve que soltar la mano a Mami para coger bien la mía.
Entonces aparecieron frente a nosotros. Como si se hubiesen materializado de pronto en el McDonald’s.
Samantha, Selena y Sonia. Las tres chicas más populares de clase. La cream de la cream del colegio. Las que conocían a chicos del instituto y salían de fiesta con chicas  mayores.
Y enfrente yo, con 12 años y llevando un pañal.
Me puse rojo al verlas a las tres frente a mí.
Se me escapó un poco de pipí.
-…Total, que le digo a Eugene: Frena el carro, que no te he dicho que pudieras meterme la mano en… -Samantha se calló de repente al vernos a Mami y a mí.
-¡Robin! ¡Y la madre de Robin! –sabían que era mi madre porque la habían visto alguna vez por el colegio-. ¡Qué sorpresa! –la voz de Samantha sonaba un poco abochornada. No sé si debía a que sabía que habíamos oído su conversación o… a otra cosa.
Otra cosa en la que prefería no pensar.
-Hola, Samantha –saludó alegremente Mami, que también la conocía-. ¿Qué hacéis por aquí?
-Pues ya ves, que hemos venido a por unas cuantas calorías –contestó. Las cuatro mujeres rieron-. ¿Y vosotros?
-Hemos venido con mi hija a ver una película y ahora a cenar. ¿Habéis venido con vuestros padres?
Me sentí enrojecer y la bandeja que inestablemente ya sostenía tembló entre mis manos
-No, nosotras ya no… -empezó Samantha.
-Nosotras ya no salimos con nuestros padres –terminó Sonia, como si el simple hecho de pensar en eso ya la abochornase (casi tanto como llevar un pañal en público)-. Qué vergüenza.
Agaché la cabeza y se me volvió a escapar un poquito de pipí
Mami también se había quedado un poco pasmada.
-Bueno, pues no sé… Robin viene conmigo y no le ha pasado nada.
-Ya, bueno –Samamtha estaba un poco apurada-. Cada uno…
Mi corazón se saltó un latido.
¿Lo sabían?
No es que esas tres chicas me hubiesen prestado mucha atención a lo largo de mi vida académica, porque en mi vida social no me la habían prestado nunca,  pero ahora evitaban por todos los medios dirigirme a mí la mirada. Samantha miraba a Mami, Selena al mostrador y Sonia sus pies.
-Cada uno puede hacer lo que quiere, ¿no? –dijo Sonia-. Aunque, bueno… Nosotras –enfatizó-, somos ya mayores para algunas cosas -se le escapó una risita.
Y entonces los ojos de Selena se fijaron fugazmente en mi entrepierna, y después en la bolsa que Mami llevaba colgada del hombro.
<<Lo saben>>
Se me volvió a salir el pipí. Esta vez del todo. Se me escapó y llenó mi pañal.
La bandeja se me cayó de las manos, manchando todo el suelo de Fanta y partes de hamburguesa que hicieron que las tres chicas se apartasen de un salto y me mirasen con una mezcla de reproche y vergüenza. Yo me llevé las manos a al pañal mientras el pipí seguía saliéndome y miré a Mami con una carita de pena.
-Se me ha caído la bandeja –dije.
Mami me miró exasperada y suspiró.
-Bueno, nosotras… Nosotras nos vamos… -dijo Samantha con una risita mientras Sonia y Selene reían sin disimulo y miraban mis manitas aferradas al pañal.
Mami esperó hasta que volvieron a la cola.
-De verdad, Robin. Mira cómo has puesto todo. ¿Te has manchado tú?
Negué con la cabeza.
-Es que me he hecho pipí.
Mami volvió a suspirar, visiblemente incómoda y miró a los lados.
-Voy a llamar a alguien para que venga a limpiar –dijo, pero en ese momento ya aparecía un chico con un cubo y una fregona-. Muchas gracias. Lo siento mucho -se disculpó Mami.
-No pasa nada –respondió-. No es la primera vez que pasa.
-Tengo pipí –volví a decir.
Mami me miró, muy molesta.
-¿Y no puedes esperarte a llegar a casa? –me preguntó, todavía sosteniendo su bandeja.
Negué con la cabeza.
-¿Me puedes cambiar el pañal?
Mami dio un suspiro todavía más grande.
-Vamos –dejó su bandeja en la primera mesa que encontró y tiró de mi mano, quizá demasiado fuerte.
Entramos en el baño, y Mami me subió al cambiador.
-Cámbiame rápido –le imploré.
-No me metas prisa, Robin. Sino haberte aguantado hasta llegar a casa.
Me sentó muy mal eso y empecé a hacer pucheros.
-No, no, Robin… -Mami se inclinó hacia mí y me pasó una malo por el hombro-. No lo decía en serio, es que estoy un poco alterada. ¿Y tu chupetito? –Mami metió la mano en mi bolsillo, sacó mi chupete y me lo puso-. Así. ¿Mejor?
Lo chupé compulsivamente.
Aunque le cambiador estuviese hecho para bebés más pequeños, lo cierto era no quedaba tan escueto. Tenía las piernas colgando, pero mi espalda reposaba perfectamente. Mami me bajó rápidamente los pantalones, dejando al aire mi pañal, con lo que me puse más inquieto y chupé mi chupete más rápido. Mami me desabrochó las cintas, separó mi pañal de mi cuerpo, me levantó las piernas y me lo extrajo.
Tenía mis partes al aire en un baño público, y fuera estaban unas compañeras de clase. Y también llevaba puesto un chupete.
Me agité sobre el cambiador.
-Robin, si no te tranquilizas no puedo ponerte el pañal –me dijo Mami.
Mi pañal. Tenía que dejar de moverme.
-Eso está mejor –me dijo Mami.
Mami me limpió y sacó un pañal de la bolsa. Yo seguía desnudo sobre el cambiador de cintura para abajo. Ella desplegó el pañal y me volvió a levantar las piernas para pasarlo por mi culito. En ese momento se abrió la puerta de par en par y entraron dos chicas.
La primera se llamaba Samantha.
La segunda Sonia.
Se quedaron de piedra al verme.
Mami les daba la espalda así que no podía saber quién había entrado en el baño, pero yo sí.
Mis compañeras de clase vieron como Mami me pasaba el pañal por el culito, cómo me lo ajustaba y me lo volvía a pasar por la entrepierna.
Yo estaba tan asustado que no era capaz de moverme.
-Joder… Así que era verdad… -dijo Samantha.
-Te dije que Joseph no iba a mentirme.
Mami se giró y las vio allí, de pie, mirando fijamente cómo me cambiaban el pañal.
Samantha y Sonia enrojecieron al instante y se metieron cada una en un aseo lo más rápido que pudieron y cerraron de un portazo.
-Mami… -dije yo con cara de pánico.
-Lo sé, Robin…
Se la veía muy apenada. Me cerró rápidamente las cintas del pañal, me subió los pantalones y me bajó del cambiador.
Salí del aseo todavía chupando mi chupete.
-¿Dónde narices estabais? –nos preguntó una molesta Elia sosteniendo una bolsa del Wok para llevar.
-Te lo explico de camino –le dijo Mami.
-¿Y por qué lleva el chupete?
-Te lo explico de camino.
-¿No cenamos aquí?
-Elia, te lo explico de camino.


*****


Por la noche, Mami me preparó un biberón hasta arriba porque no había cenado. Me lo dio recostada sobre su cama, conmigo encima. De camino a casa, me hice caca en el pañal, por lo que estaba recién cambiado. Iba totalmente desnudo a excepción del pañal, que ya formaba parte de mí. Llevaba con pañales desde el viernes por la tarde, cuando Mami me lo puso en el coche, por lo que había pasado todo el fin de semana con pañal.
Mami me tenía cobijado en su regazo, pasándome un brazo por la espalda y dándome palmaditas en el pañal y con la otra mano sujetando el biberón. Yo la abrazaba por la cintura y movía mis labios chupando de la tetina. Lo había pasado muy mal esa tarde, y estar de nuevo entre los brazos de Mami, me consolaba bastante. Me sentía un bebé impotente, incapaz de valerse por sí mismo y que siempre iba a necesitar a su Mami. Ella también lo sentía; de poco en poco, me daba un besito en la frente y me susurraba Mi bebé, mi pobrecito bebé.
Y me daba una palmadita en el pañal.
Me terminé el biberón, y seguí moviendo los labios, pidiendo algo para chupar, así que Mami me puso el chupete. Entonces me acomodó contra su pecho y me palmeó la espalda para que expulsase los gases. Eructé y me dejé caer contra ella, como un muñeco inerte.
Pasamos así un tiempo en silencio, sin decirnos nada. Solo disfrutando de la compañía del otro.
Mami irradiaba mucho calor y amor, lo que a mi cuerpo desnudito y a mi mente convulsa le sentaba genial. No quería ni pensar en que dos chicas de clase me habían visto mientras me cambiaban el pañal. Y tampoco en que Joseph se había ido de la lengua con una de ellas. Mañana sería otro día y tendría que afrontarlo. Ahora estaba en brazos de Mami llevando solo un pañal. Y ahora los móviles de mis compañeros de clase, y del colegio entero, estarían echando humo, todos hablando de cómo a Robin Starkley su madre le estaba poniendo un pañal en los aseos del McDonald’s.
Me empiezo a quedar dormido y Mami se da cuenta. Me besa en la corinilla y me deja con cuidado sobre la cama. Yo tengo ya los ojitos cerrados y solo muevo mi chupete acompasadamente. Siento cómo Mami me pone el pijama con mucha delicadeza, con mucho cuidado de no despertarme. Es una tarea ardua, pues yo estoy totalmente inerte como un pelele, y es ella quien tiene que introducir todas mis extremidades en el pijama.
Cuando ya lo tengo puesto y todos los botoncitos están abrochados, siento un tacto en mi pecho suave, pero sea lo que sea hace un ruidito de plástico también, de pañal. Así que solo puede ser Wile. Me aferro a mi peluche y me encojo en posición fetal sobre la cama de Mami. Ella me besa en una mejilla y me introduce dentro de las sábanas, arropándome con cuidado. Yo me dejo hacer, y de pronto estoy súper cobijado y me siento protegido de todo mal. Mi pañal me mantiene seguro, el chupete calmado, Wile en compañía, y sentir el colchón hundiéndose por un lado solo indica que Mami acaba de meterse también en la cama. Esta vez no tengo que moverme hacia ella, sino que es Mami quien, poniéndome una mano en el culete y palmeándome el pañal antes, me arrastra hasta su lado, hasta que mi cabecita reposa sobre sus tetas.
Me vuelve a dar otro beso, me palmea por última vez el pañal y nos quedamos dormidos.