4 de diciembre de 2018

Los 2 Mundos de Robin Starkley - Capítulo 6: Avioncitos, helicópteros y cohetes




Knock. Knock.
-¿Robin?
La cara de mami asoma tímida por la puerta de mi habitación.
Yo estoy sentado en la cama jugando a Mario Kart. Mami ha estado esquiva desde que esta tarde me gritase en el coche. Durante la cena, bajamos Elia y yo, y ella estuvo todo el rato en el salón. Ahora es la hora de dormir y Mami entra en mi cuarto trayendo consigo mi biberón.
Yo dejo de mover el chupete y la miro expectante y con un poco de recelo.
-Es hora de irse a dormir, cielo –dice mientras pasa y cierra la puerta delicadamente tras de sí-. Te he traído tu biberón –dice aunque no hace ninguna falta mientras lo deja sobre el escritorio y se sienta en la cama.
Yo pauso la partida y cierro la consola.
-¿Cómo estás? –me pregunta mientras me acaricia el pelo.
Yo sigo sin decir nada. Estoy muy molesto con Mami. Vuelvo a mover mi chupete.
-Lo siento mucho, Robin –dice mientras se le empiezan a enjuagar los ojos-. Siento mucho haberte gritado… Yo… -y rompe a llorar.
A mí se me parte el corazón de ver así a Mami y salgo de la cama para abrazarla.
-Siento mucho lo que ha pasado… Yo… no debería haberte gritado, Robin… -Mami sigue llorando y yo la abrazo muy fuerte.
De rodillas sobre la cama solo soy un poquito más alto que ella sentada.
-No pasa nada, Mami –le digo yo, que noto que también se me empiezan a salir las lágrimas.
-No, sí que pasa… Me he portado muy mal contigo –Mami me separa un poquito de ella y me mira a los ojos. Los suyos están rojos y vidriosos-. No ha sido culpa tuya… Ha sido mía, por no ponerte un pañal… Me sentía muy frustrada conmigo misma y la pagué contigo… Perdóname, mi bebé…
-¡Yo te perdono, Mami! –y la abrazo de nuevo.
-Te prometo… Te prometo que a partir de ahora, cada vez que te vayas a subir al coche, te voy a poner un pañal… Mi bebé… -dice mientras seguimos abrazados.
Yo la abrazo más fuerte. Me encanta llevar pañal, y después de lo que ha pasado hoy es evidente que necesito uno para ir en coche porque puedo quedarme durmiendo.
-¡Mi bebé! –Mami me devuelve el fuerte abrazo y me da golpecitos en el pañal-. ¡Mi bebé con su pañal! –yo me río con la risita de bebé-. ¡Que su mami le va a poner un pañal siempre!
-¿Siempre? –le pregunto con mi vocecita infantil.
-Siempre, siempre, siempre –me responde ella muy deprisa.
Siempresiempresiempre.
A continuación Mami me separa de ella y me tumba bocarriba sobre la cama, me levanta la camiseta del pijama y empieza a hacer cosquillitas en la barrigota. Yo me río mucho y agito mis extremidades como un bebé, con los puñitos cerrados y las piernecitas pataleando en el aire.
Mami sigue jugando conmigo a las cosquillas mientras también me hace pedorretas y yo me río más aún. Se me escapa el pipí, pero no me importa. Llevo un pañal así que dejo simplemente que salga. El chupete hace rato que se me cayó de la boca.
Los juegos de cosquillas de Mami son mortales. Por fin termina y se queda mirando a su hijo mientras sonríe, como si no quisiera estar en otro sitio del mundo que este; con su hijo de 12 años que lleva pañales y haciéndole reír como a un bebé.
Si entrase alguno de mis amigos y me viera ahora, siendo totalmente un bebé… Bueno, no quiero ni imaginar cómo me haría sentir eso.
Probablemente me moriría de la vergüenza.
Pero bueno, no es momento de preocuparse por lo que puedan pensar mis amigos. Es momento de ser el bebé de Mami.
-Mami, cántame una canción de bebés –le pido.
-¿Una canción de bebes? –Mami se recuesta a mi lado-. ¿Y qué canción quiere mi bebé?
-¡La de Pata Palo!
-Muy bien, mi bebé, la de Pata Palo –Mami me hace cosquillitas en un costado y me vuelvo a reír-. Vamos a allá, ¿Cantas conmigo, bebé?
-¡Sí! –respondo entusiasmado.
Y Mami y yo empezamos a entonar.

Pata de Palo
es un pirata malo
que se toma la tortilla
debajo de la silla.

Tiene una abuela
que es una carabela
que come mortadela
debajo de la mesa.

Ar, ar, ar.

-¡Bieeeeen! –decimos Mami y yo al unísono y empezamos a hacer palmas.
-Qué bien canta mi bebé –me dice mientras me vuelve a hacer cosquillitas.
Mami está muy mimosa esta noche. Seguro que es porque se siente mal por haberme gritado antes.
La canción que acabamos de cantar es una canción muy infantil que se les enseña a los niños en las guarderías para que hagan palmas. Tengo que decir que no es mi estilo de música favorito pero me encanta cantar canciones infantiles con Mami cuando estoy bebé.
Y ahora estoy muy bebé.
Mami me dice que ya es hora de que me vaya a dormir, y entonces se sienta de nuevo sobre la cama y yo gateo con mi pañal mojado (tengo que decirle luego que me cambie) hasta su amplio regazo de madre. Mami se pliega la bata y yo me recuesto entre sus caderas, que forman una especie de cesto de bebés. Me acurruco en su regazo, mirándole a la cara con mi expresión de bebé: ojitos fijos en los suyos y moviendo mi boquita como si llevase un chupete invisible, que también es mi forma de decir Quiero chupete o Quiero biberón. Le abrazo por la cintura, Mami me sonríe con su cálida sonrisa y me aparta un mechón de pelo de la cara. Estira el brazo hasta el escritorio, de donde coge mi biberón y comprueba su temperatura echándose unas gotitas de leche en su muñeca. Tras corroborar que está en su punto, inclina el biberón y acerca la tetina hasta mi boquita, yo cierro los labios en torno a ella y comienzo a chupar.
Mami aguanta el biberón con una mano mientras que con la otra sujeta mi cabecita hacia arriba. Yo me voy tomando la leche que Mami me ofrece mientras cierro los ojitos y disfruto de la ternura del momento.
Me encanta ser un bebé por estas cosas. Por estar cobijado por Mami mientras ella me alimenta. Soy su bebé. Su bebé que lleva pañales y chupete y necesita que le den el biberón.
No quiero que este momento acabe. Quiero ser siempre el bebé de Mami…
Qué curioso…
Recuerdo haber pensado algo parecido una vez.
Tenía 6 años y seguía mojando la cama, usando chupete y tomando biberón. Vamos, como ahora. Solo que por aquel entonces no me comportaba tanto como un bebé estando con Mami ni nadie se imaginaba que con 12 años fuese a seguir llevando pañales, usando chupete y tomando biberón.
Con 6 años no es tan escandaloso para la sociedad que un niño use esas cosas de bebé.
El caso es que estábamos viviendo aún en nuestra antigua casa con él y Mami lo pasaba fatal, por esa época lloraba mucho.
A mí me partía el corazón ver a Mami llorar, y como habéis podido ver, es algo que todavía me sigue pasando. Pero parecía que cuando Mami estaba cuidando de mí, ya fuera cambiándome los pañales o dándome el biberón, lo pasaba bien. Le gustaba, siempre sonreía. Se la veía feliz y parecía que cuidar a sus hijos la hacía sentirse mejor y olvidar el infierno en el que vivía y del que tanto tardó en salir.
Y yo también necesitaba eso. Necesitaba a Mami cuidando de mí para poder soportar mi vida dentro de esa casa.
En esa época, hace seis años, cuando Mami me ponía el pañal para irme a dormir y me daba el biberón pensaba Ojalá este momento no terminase nunca, ojalá pudiese ser siempre el bebé de Mami.
Y así hasta ahora. Tengo 12 años y sigo tomándome un biberón para irme a dormir y llevando pañales.
Cuando me acabo la leche, Mami me da un par de golpecitos en la espalda para expulsar los gases y me tiene un rato más sobre su regazo acunándome y pasándome la mano por el pelo.
Yo me dejo hacer pero noto que me falta mi chupete. Desde que había despegado los labios de la tetina del bibe, mi boca estaba intranquila.
-Mami… -le digo flojito, y abro y cierro los labios varias veces.
Mami lo entiende perfectamente, me sonríe y estira su brazo hacia atrás, palpando las sabanas en busca de mi chupete, que se me había caído durante el momento de las cosquillas. Mami sonríe otra vez, y yo sé que lo ha encontrado, saca el brazo hacia delante y sujeta mi chupete lila por el asa, le sopla un poco y me lo introduce delicadamente en mi boquita abierta. Yo lo recibo entre mis labios y cierro los ojitos mientras lo chupo.
-Bueno, mi bebé –Mami me da un besito en la frente-. A dormir.
Mami se levanta conmigo tomado y me recuesta de nuevo sobre la cama. Yo casi me olvido.
-Mami, ¿me puedes cambiar el pañal?
-¿Estás mojado, Robin?
-Ajá –le contesto flojito sin abrir los ojos.
-Bueno, pues te cambio y te acuesto, ¿vale, bebé?
-Vale, Mami…
Yo estoy casi dormido. Tengo los ojos cerrados desde hace tiempo y no voy a volver a abrirlos hasta mañana. Noto como Mami me baja el pantaloncito del pijama y separa las cintas adhesivas del pañal. Me lo despega del cuerpecito y levantándome las piernas, me lo quita. Noto como sus pasos se alejan hasta el armario y la oigo sacar de dentro un pañal nuevo. Mami vuelve hacia mí y me limpia. Después me levanta las piernas y comienza a ponerme el pañal para irme a dormir. Y lo último que oigo es el ruido que hacen las cintas adhesivas al pegarse al pañal.


*****


Es por la tarde y acabamos de jugar un partido de fútbol. Estamos sentados en los bancos que hacen las veces de banquillo y las veces de gradas. Somos Ronald, Joseph, César, Miles, Eddy y yo.
-Vaya paliza nos han dado –dice Miles.
-Lo dices como si fuese una novedad –a Ronald le da igual ganar o perder. En eso se parece a mí.
-Ya, joder, pero está bien que vengamos a jugar y pasárnoslo bien, pero hay que competir un poco.
-Eso díselo a este –Joseph señala a Eddy-. Que el cabrón no corre una mierda.
-Tío, yo os dije que me pusieseis de portero –protesta Eddy.
-¡Pero si tampoco las paras! –Joseph se lo suelta como si también le importase y todos nos partimos.
-Estás gordo, cabrón –le dice Miles a Eddy mientras le da un palo en la panza y todos nos volvemos a reír.
Tengo que decir que yo no soy muy bueno jugando al fútbol, pero tampoco soy malo. Estoy y hago algo, pero si no estuviese tampoco pasaría nada.
A mí el fútbol no me interesa mucho. De vez en cuando veo algún partido si es medianamente importante y cuando mis amigos me llaman para jugar, voy y echo un rato. Pero me da exactamente igual si ganamos o perdemos.
En esto no me parezco nada a Miles.
-Bueno, este y yo nos largamos –dice César, y señala a Miles mientras se levantan.
-¿A dónde vais? –pregunta Joseph
-Esta noche hay Copa de Europa –responde Miles, que se levanta y coge su botella de agua y el balón.
-¿Copa de Europa? –me extraño-. ¿Veis eso?
-Por suerte para el mundo no todos vemos dibujos animados, Robin.
Era verano y estaba en casa viendo Tom & Jerry y aparecieron Joseph, Ronald, Miles y César para salir a jugar. Estaba la puerta abierta porque hacía calor y no tenemos aire acondicionado, así que entraron sin llamar. Normalmente, y mucho más en verano, cuando están todas las ventanas y puertas abiertas, me cuido mucho de que nadie vea ni un ápice de mi faceta de bebé, limitándome a llevar chupete y el pañal solo en mi habitación, a no ser que tenga que ir a mi rinconcito de hacer caca. Pero esta vez entraron mis amigos y yo no me di cuenta. Y de nada les sirvió decirles que la televisión estaba en ese canal porque había estado mi prima pequeña hacía un rato, cosa que era mentira.
-¡Una vez! –protesté, aunque sin darle demasiada importancia-. Una vez estaba viendo dibujos animados y era porque estaba mi prima y me lo vais a estar recordando toda la vida.
-Allí no había ninguna prima tuya –dice César mientras se ríen.
-¡Porque se acababa de ir!
-Ya, igual que la novia de este –y Miles le da a hora a Joseph un palo en la barriga.
-¡Ay! Para, cabrón, que me haces daño.
-Bueno, ahí os quedáis –Miles coge el balón y empieza a hacer toques mientras anda-. Nos vemos mañana en clase.
-Hasta luego –César se va detrás de él y le grita a Miles que le pase el balón.
-¡Que os den! –les grita Joseph, y Miles le hace una peineta de espaldas.
-Yo también me voy –dice Eddy-. Tengo que terminar la redacción de Historia y quiero ver un poco del partido.
-Déjate de copas de Europa y de esas mierda y escucha –le dice Ronald-. Escuchad –su voz se vuelve casi un susurro y nos tenemos que acercar para oírle-. No quería decir nada delante de estos porque no quiero que se entere todo el mundo.
-¿De qué estás hablando? –le pregunta Joseph.
-Mis tíos de Nueva York estuvieron en mi casa este fin de semana.
-Ah, pues enhorabuena. Dale recuerdos –dice Joseph sarcásticamente.
-Este tío es gilipollas –Ronald sigue explicando-. Déjame acabar, mongol. El caso es que sabéis que están forrados. Los cabrones viven en una pedazo de casa en Forrest Hills. Bueno, pues nos trajeron unos regalos a mi hermano y a mí, como siempre hacen –hace una pausa dramática-. A él le regalaron un coche teledirigido de esos todoterreno que va por tierra, agua, aire y lava candente si hace falta, pero da igual porque es muy pequeño todavía para usarlo.
-¿Nos vas a contar de una vez lo que pasa? Que te enrollas más que una persiana –Eddy dice lo que pensamos todos. Es una costumbre que tiene desde preescolar.
-Ya voy, joder –pausa más larga y más dramática-. Bueno, pues que a mí me regalaron en War of Empires III –y tras soltar la bomba, deja caer la espalda sobre el respaldo del banco, satisfecho, disfrutando del efecto exacto que pretendía conseguir.
Nosotros no damos crédito. El War of Empires es el juego de guerra más cotizado del mercado en este momento. No lo venden suelto, si no en un pack con la Gamesphere y cuatro mandos y auriculares y micrófonos para jugar con gamers de todas partes del mundo. Es un capricho demasiado caro que ninguna de nuestras familias se puede permitir, pero claro, los tíos de Ronald nadan en dinero. Seguro que hasta tienen una piscina a lo Tío Gilito.
-¡¿PERO. QUÉ. COÑO. ME. ESTÁS. CONTANDO?! –Joseph lo coge de la pechera y empieza a zarandear a nuestro común amigo exultante-. ¡¿¿CUÁNDO VAMOS A IR A VICIARNOS A ESA MARAVILLA??!
-¡Pues, joder, cuando queráis! –contesta Ronald-. ¡Si para eso os lo he dicho, pringaos!
-Joderjoderjoder, ¡el War of Empires con la Gamesphere y todo! ¡Me cago en la puta!
-¡Yo también quiero unos tíos ricos! –digo yo.
Es cierto que a mis tíos Gayle y Francis no se les puede catalogar de pobres precisamente, pero están a años luz de tener una piscina con dinero, como los de Ronald. Y si la tienen a mí no me hacen un regalo ni parecido al War of Empires III con consola y mandos incluidos.
Lo último que me regalaron, de hecho, fue un peluche de un castor de prominentes paletas al que si le apretabas la barriga, decía cosas como Te quiero o Eres mi mejor amigo.
Eso fue el año pasado por Navidad. Las risas de Elia aún resuenan en mi cabeza y el peluche se fue al altillo y ahí sigue. Mis tíos debían de pensar que como llevo pañales todavía soy un bebé y me gustan todas las cosas de bebé.
Una cuna no me regalarán los muy millonarios.
-Os jodéis que ha sido el hermano de mi madre quien ha pillado a una millonaria. Un braguetazo en toda regla.
-Será un calzoncillarazo más bien –dice Joseph.
Los cuatro nos reímos.
-Y ya fuera de bromas –Eddy vuelve a adoptar un tono de hablar normal una vez pasada la emoción de la noticia-. ¿Cuándo podemos ir a tu casa y probarlo?
-Pues vamos a ver –Ronald se pone pensativo-. Esto hay que hacerlo bien. Propongo coger una noche, un viernes o un sábado, pedir unas pizzas, unas Coca-Colas, bajarnos a la televisión del sótano con los sacos de dormir y todo y estar allí todos juntos jugando la noche entera.
Joseph y Eddy reciben encantados la noticia.
-Sisisisi. Partida al War of Empires hasta el amanecer.
A mí hay varias palabras ahí que me causan nerviosismo e inquietud: dormir, todos, noche entera. Y el trasfondo de esa frase no es tampoco nada halagüeño para mi persona: quedarme a dormir en casa de un amigo.
-¿Y no sería mejor hacerlo una tarde? Siempre que quedamos a jugar a videojuegos es por la tarde –digo yo, intentando poner sobre la mesa un plan más acorde a mis necesidades nocturnas.
-Pero eso lo hacemos siempre –dice Eddy-. Yo creo que el War of Empires merece una ocasión especial.
-Estoy de acuerdo –dice Joseph.
-Pues decidido –Ronald se levanta de un salto-. Voy a preguntarle a mis padres cuando podemos disponer del sótano y si me dejan que os vengáis todos, que yo creo que no va a haber problema. ¡Es el puto War of Empires!
-¡Yeah! –gritan Joseph y Eddy a la vez.
-Ahora vámonos que quiero ver ese partido de la Copa de Europa.
-Eres un cerdo –le espeta Joseph con socarronería.


*****


Por la noche estoy en la cama viendo en HBO Supergirl. La serie sobre la prima del hombre de acero puede que no sea la mejor serie del mundo y puede que tampoco sea la mejor serie de superhéroes del mundo, pero junto con Arrow, The Flash y Legends of Tomorrow forma un universo superheróico que vale, está a años luz del Universo Cinematográfico de Marvel, pero una vez que aceptas eso, se vuelven unas series muy disfrutables, y además son muy comiqueras.
Cuando acaba el capítulo, miro la hora en el ordenador. Son las diez y media. Mami suele venir a las once aproximadamente a ponerme el pañal y darme el biberón, de modo que no me da tiempo de ver otro capítulo. Así que dejo el portátil sobre el escritorio y me vuelvo a la cama con Wile.
Juego con él a que es Wile E. Coyote de la versión Lunatics, que son una especie de Looney Tunes superhéroes. Y Wile vuela por el espacio con Supergirl y Superman, luchando por mi cama contra versiones invisibles de Brainiac, Zod y Parásito.
La puerta de mi cuarto se abre y entra Mami. Me pilla jugando con mi peluche y me sonrojo un poco. Me da vergüenza que me vean jugar.
-¿A qué juegas, Robin? –me pregunta Mami con una sonrisa.
Yo me sonrojo más y me río de manera vergonzosa.
-A nada ji, ji, ji –en ese momento reparo en que Mami lleva una bolsa de papel marrón en la mano-. ¿Qué es eso, Mami?
Mami mira la bolsa antes de contestar y sonríe.
-Te lo enseño luego –dice mientras la deja en el escritorio-. Ahora voy a darte el bibe y ponerte el pañal.
Al oírlo me tumbo rápidamente sobre la cama en posición de ponerme el pañal: perpendicular a la almohada mirando al techo.
Mami deja también el biberón sobre el escritorio y va al armario a por un pañal. Regresa con uno de los conejitos blancos sobre azul cielo, lo deja a mi lado y comienza a desvestirme. Primero me quita la camiseta tirando de ella hacia arriba con cuidado, después me baja pantalones y calzoncillos a la misma vez.
-Mi bebé desnudito.
Yo me río con un poco de vergüenza y me tapo la pilila.
Debo parecer muy infantil diciendo Pilila pero recordad que llevo un chupete y están a punto de ponerme el pañal.
Mami abre el pañal de conejitos blancos y con una mano me levanta las piernas; luego pasa el pañal abierto por mi culete y me deja caer las piernas suavemente. Después lo pasa por mi entrepierna y me lo pega al cuerpo para después abrochármelo con las dos cintas adhesivas.
-Ale, mi bebé ya tiene su pañal –y me besa la barriguita.
Me llevo las manos a mi abultado pañal bien sujeto y agito las piernecitas.
-Y ahora, ¿qué le falta a mi bebé? –me pregunta Mami poniendo su voz infantil.
-Ummm… ¡El bibe!
-¡Su bibe! –Mami coge mi biberón y lo sostiene delante de mí.
-¡Mi bibe!
Mami me lo da y me llevo la tetina a la boca, chupándola para tomarme la leche de cereales, que está rica y calentita.
Chup, chup, chup, chup, chup, chup.
-¿No quieres que te de Mami el bibe? –me pregunta inclinándose hacia mí mientras me pellizca la barriguita.
-¡Sí!
Le doy el biberón a ella, que se sienta en la cama abriendo su enorme regazo y gateo hasta él. Me acurruco y Mami me termina de acomodar sobre ella. Entonces me sujeta la cabecita con una mano y con la otra lleva el biberón a mis labios. Yo rodeo la tetina con ellos, cierro los ojitos y me tomo la leche.
Durante unos minutos no se oye otra cosa que mis chupeteos al berón. Mami y yo estamos en silencio en nuestro momento del día. De vez en cuando ella me da un golpecito en mi pañal y me aparta el pelo de la cara mientras me acaricia la cabeza y me susurra Eso es, mi bebé y me da un beso en la frente.
Yo soy un bebé. Llevo un pañal y tomo biberón.
Mami me está dando el biberón.
Me acuna en su regazo y me da el biberón. De vez en cuando también me da una suave palmada en el culito, sobre mi pañal.
Yo me hago pipí encima y tengo que llevar un pañal.
Soy un bebé.
El bebé de Mami.
De mi Mami.
Cuando me acabo el biberón me da pena de que no sea más grande para poder estar más tiempo acurrucado junto a Mami recibiendo sus mimitos, pero Mami deja el bibe sobre la mesita de noche y centra de nuevo su atención en su bebé.
Me sigue acariciando el pelo mientras me acuna, y yo quiero ser siempre un bebé. Abro y cierro mi boquita pidiendo el chupete, y Mami lo coge de la cama y me lo introduce cuidadosa y delicadamente en mi boquita.
Cierro los ojos y lo muevo mientras me acurruco más junto al pecho de Mami.
Chup, chup, chup, chup, chup, chup.
Balbuceo también algo inteligible y me encojo más sobre Mami.
Soy un bebé y los bebés no hablan.
-¿No quieres ver lo que te ha traído Mami? –me pregunta muy flojito.
Yo abro los ojos y la miro con curiosidad, sin dejas de mover mi chupete.
Soy un bebé y los bebés no hablan, pero Mami entiende perfectamente mi mirada.
Me deja sobre la cama y yo me quedo en esa misma postura, moviendo el chupete y agitando mis piernecitas y bracitos. Mami va hasta el escritorio y coge la bolsa de papel. Se sienta de nuevo sobre la cama y me mira con una enorme sonrisa.
-¿Preparado?
Yo agito mis extremidades y muevo mi chupete más rápido. Estoy ansioso.
Mami me sonríe de nuevo y mete la mano en la bolsa de papel.
De ella saca un móvil de avioncitos, helicópteros y cohetes que dan vueltas uno detrás otro y que se ponen encima de las cunas.
Yo estiro mis manitas hacia él muy emocionado mientras muevo más rápido el chupete.
Chupchupchupchupchupchupchup.
Mami lo sujeta por encima de mi cabeza y le da un toquecito a los avioncitos para que empiecen a girar. Estiro mis manitas hacia ellos. Qué bonitos son. Son tan infantiles y tan de bebés que me gustan mucho. Me río detrás de mi chupete y gimoteo feliz intentando alcanzarlos. Mami no deja de sonreír mientras ve a su bebé jugar con su regalo.
-Como no podemos ponerte una cuna he pensado que esto te podía gustar. Es como los que hay en las cunas de bebés.
Claro que me gusta. Sigo estirando mis bracitos hacia arriba intentado alcanzarlos y balbuceando muy contento con mi chupete.
-Podemos colgarlo del cabezal de tu cama –dice Mami-. Se puede poner y quitar con este enganche de aquí así que si vienen tus amigos o alguien, podemos descolgarlo en un momento.
Pero a mí eso me da igual, solo quiero jugar con mi juguetito, ver los avioncitos girar e intentar alcanzarlos.
Mami aleja el móvil de mí y lo lleva hasta el cabezal de la cama. Le añade una especie de bastoncito que engancha los avioncitos, helicópteros y cohetes por arriba y que termina en una especie de pinza muy grande. Mami lo sujeta en el cabezal de la cama con la pinza, quedándose justo encima de mi almohada.
Yo gateo hasta allí y me tumbo de nuevo bocarriba debajo del móvil, estirando ahora también mis piernecitas para intentar darle a los avioncitos. Soy bebé. Me siento tan feliz.
Soy un bebé.
Los sonidos que salen de mi boca mientras estiro mis manitas y chupo mi chupete son Agu-gu y Ga-ga.
Mami me ve jugar esbozando con una sonrisa que le va casi de oreja a oreja.
-¡Elia! ¡Ven a ver esto! –grita sin apartarme la mirada
Mi hermana llega al poco, y lo que ve es a un niño de 12 años llevando únicamente un pañal, que chupa un chupete y balbucea feliz mientras intenta golpear con sus manitas y piececitos un móvil de avioncitos, helicópteros y cohetes que han colgado sobre su cama.

27 de noviembre de 2018

Los 2 Mundos de Robin Starkley - Capítulo 5: Nada de lo que preocuparse



El trayecto en coche se hizo más corto de lo que pensaba. Me lo pasé casi entero jugando con la Nintendo DS mientras Mami y Elia hablaban en los asientos delanteros. Al mi lado, y también con el cinturón puesto, estaba el bolso de los pañales, que contenía un par de ellos, el biberón y mi chupete. Siempre que salíamos a algún sitio, Mami se lo colgaba junto con su propio bolso por si en algún momento necesitaba que me pusieran un pañal. El biberón y el chupete se los echaba también casi por costumbre, pues nunca había pedido un biberón en público o mi chupete fuera de casa. El bebé Robin estaba siempre entre los muros de su hogar.
Otra cosa bien distinta era lo que pasaba cuando tenía que hacer caca. Normalmente podía aguantarme (si no tendría que llevar pañales también para ir al colegio y eso es algo que no pienso permitir en mi vida) y pedir el pañal una vez estuviésemos ya en casa, pero hay otras veces que si no me ponen un pañal, me hago caca en los calzoncillos.
En mi familia saben todos que yo llevo pañales, lo que es un poco humillante pues a excepción de Raola y Andrea, que tienen 25 y 19 respectivamente, soy el mayor con diferencia de todos mis otros primos. Los hijos del tío Stein y su mujer Julia, los gemelos Gred y Feorge, tienen 7 años, y su hermano pequeño Carlos 2. Solo él lleva pañales para dormir. Las hijas de tía Marie, Laëtitia y Felicia, tienen 5 y 3 años, y solo Felicia lleva pañales.
De todas formas, en este momento no me siento para nada un bebé. Soy un niño de 12 años normal y corriente, enganchado a su maquinita de videojuegos, como diría mi madre.
Llegamos a casa de mi tía, que vive en un séptimo piso de un moderno edificio del centro de Chicago. Elia y yo tenemos la teoría de que un antepasado de mi tío tuvo que ser miembro de la banda de Al Capone y que por eso pueden pagarse ese enorme apartamento en medio de la ciudad.
Esto es broma.
-Bueno, como dice Meñique en Juego de Tronos: cuando se está en la cama con una mujer fea, lo mejor es cerrar los ojos y esperar que se acabe lo antes posible. Pues aquí pasa lo mismo.
-¡Elia! –exclama Mami.
Yo me río.
-Era broma, Mamá. No voy a estar todo el rato con los ojos cerrados.
Nos bajamos del coche y Eli me dice al oído.
-Aunque por mujeres feas seguro que no es.
En el ascensor, estamos los tres en silencio, como si fuésemos presos camino del patíbulo, y solo cuando salimos Mami nos dice:
-Una sonrisa, aunque sea falsa, saludamos y que vean que nos alegramos de verles –dice Mami mientras llama al timbre.
-A ver si abren pronto que pueda quitar esta cara de gilipollas –dice Elia entre dientes.
Yo me vuelvo a reír y la sonrisa que estaba poniendo tipo Sheldon Cooper se transforma en una de verdad.
La puerta se abre.
-¡AAAAAAAAAAAAAAH! –grita emocionada tía Gayle.
-¡Aaaaaaah! –dice mi madre siguiéndole la corriente.
-¿Aaah? –dice Elia sarcásticamente.
-¡Pasad, pasad! ¡No os quedéis ahí! –tía Gayle nos coge de la solapa y nos arrastra dentro.
-¡Cuánto tiempo sin veros! ¡Pero qué preciosidad de niño! –me estampa un pegajoso beso en la cara, que no puedo por menos que soportar y seguir sonriendo-. ¡Y qué guapa que está esta niña ya! –abraza fuertemente a Elia-. Bueno, ¡mujer! ¡Mujer! ¡Que ya está muy mayor!
-Sí, sé ir al baño por mí misma –dice Elia flojito.
Mami le pega un pisotón, pero tía Gayle no parece haberla oído.
-Bueno, ¡entrad, entrad! ¡Están todos en el salón!
-Ah, ¿somos los últimos? –pregunta Mami mientras se quita el abrigo.
-No, no. Aún falta Marie con sus dos niñas. ¡Deberías verlas! ¡Están guapísimas las dos!
-¿Dónde puedo dejar los…? –pregunta Mami sosteniendo su abrigo y los bolsos.
-En mi dormitorio, en mi dormitorio. Al final del pasillo, la última puerta a la izquierda.
-Vale, vale… Vamos, chicos.
Cuando dejamos el recibidor y estamos lejos de tía Gayle, Elia me dice:
-Al lado de sus hijas, todo el mundo le parece guapo a tía Gayle.
-Elia, ¿por qué no te callas un ratito? –le espeta Mami flojito y con su voz más peligrosa mientras andamos hacia el salón.
-¿Te has fijado? –me pregunta mi hermana haciendo caso omiso de la advertencia de Mami-. Tía Gayle lo dice todo dos veces, como el matón ese de Uno de los nuestros. A lo mejor es verdad que su marido es un mafioso.
Yo me río por lo bajini, pero Mami le dice de nuevo, muy bajito y sin borrar la falsa sonrisa:
-Elia, como no te calles te juro que cuando salgamos de aquí te vas a quedar sin salir un mes.
El recibimiento de los demás familiares fue como esperábamos. El tío Francis me dijo lo mucho que había crecido (mentira, soy un enano); sus hijas, Andrea y Raola (la de la noticia) abrazaron a mi hermana y le dijeron que se alegraban de verla; Gred y Feorge, los gemelos del tío Stein y la tía Julia iban corriendo de un lado para otro tirándose cosas y el pequeño Carlos, con sus dos años, estaba escondido detrás de la falda de su madre.
Mami fue a dejar las cosas en el dormitorio y Elia y yo nos sentamos en los sofás sin saber muy bien qué decir o qué hacer. Llevábamos un año sin ver a esas personas, y la relación antes no era la mejor del mundo. Habíamos estado cuatro años sin vernos. No eran unos auténticos desconocidos para nosotros pero sí que es verdad que ni Elia ni yo habíamos olvidado el pasado. Mi hermana se puso a hablar con Raola y Andrea de la Universidad como si le cayesen bien, fingiendo interés de manera soberbia, mientras los niños pequeños jugaban a su bola, de manera que, como había previsto, me encontraba en una Tierra de nadie.
Nada cambió cuando llegó tía Marie con sus dos hijas, Laëtitia y Felicia. En cuanto entró por la puerta se hizo patente su condición de madre soltera: empujaba ella sola una silleta en la que iba sentada Felicia mientras que su hermana iba de pie en una pequeña plataforma con ruedines enganchada en la parte de atrás. Tía Marie cargaba un bolso de juguetes, otro de pañales y el suyo propio. Me recordó un poco a Mami y sentí un poco de vergüenza, pues esos pañales eran para alguien mucho más pequeño que yo.
Tía Marie dejó todos los bártulos en la habitación de tía Gayle y se sentó en los ya de por si abarrotados sofás. La situación no cambió. Los mayores hablaban de sus cosas y los pequeños jugaban en la alfombra. Y yo, en silencio entre dos mundos.


*****


Por fortuna, la comida estaba deliciosa. Normalmente no suelo comer mucho, pero esta vez repetí el segundo plato. Tía Gayle había encargado la comida a una empresa de catering. Tuve que desabrocharme el botón de los pantalones porque me estaban ya hasta apretando. Lo bueno que tiene estar en medio de varias generaciones durante una comida es que puedes comer todo lo que quieras que nadie va a hablar contigo.
Durante los postres, tía Gayle se levantó y le dio varios golpecitos a su copa de vino con la cuchara del flan.
-Un momento por favor, me gustaría decir algo –el murmullo de la mesa cesó al instante-. En primer lugar quiero daros las gracias a todos por venir –murmullo diciendo que no hay de qué y todas esas cosas-, y que ojalá podamos hacer estas reuniones familiares con más asiduidad, pues es bien cierto que nos vemos poco  –murmullo de nuevo de asentimiento, aunque la sonrisa de alguno se volvió de repente algo más forzada-, así pues, yo me comprometo a poner de mi parte para que podamos vernos mucho más de lo que nos hemos visto hasta ahora –la gente empezó a aplaudir-. Gracias, y por último, hay un motivo para esta comida –el silencio absoluto reinó de nuevo en la mesa. Eso era lo que les interesaba a todos, pues en el fondo son todos unos cotillas. A mí por el contrario, me daba bastante igual lo que fuese a pasar a continuación-. Y no es otro que mi hija mayor, Raola, tiene algo que deciros.
Tía Gayle se sentó y Raola se puso de pie, también con su copa en la mano. A mí toda la situación me estaba empezando a dar ya un poco de vergüenza ajena.
-Bueno, como ha dicho mi madre, gracias a todos por venir y ojalá que podamos vernos mucho más a menudo –de verdad, qué coñazo de todo-. Y bueno, la noticia es… ¡Que me caso!
La mesa entera tembló. Los comensales se pusieron de pie y corrieron todos a abrazarla y besarla. Yo me quedé quieto soportando la estampida mientras todos corrían al lado de mi prima. Por fin la cosa se serenó y volvimos todos a comportarnos como personas normales, sentados en nuestros sitios pero sin dejar de acosar a Raola a preguntas sobre su futuro marido, al cual nadie conocía.
A mí me daba bastante igual con quien fuese a casarse mi prima, pero como sabía que era un día importante, tuve que quedarme allí y fingir que todo eso me interesaba algo.
Al cabo de un rato, todos los primos pequeños se habían levantado de la mesa y se habían ido a jugar al salón. Pensando que allí no pintaba nada, pues se habían formado varios grupos distintos de conversaciones y ninguno me incluía a mí, me levanté y me fui.
En el salón, mis primos jugaban a revolcarse por el suelo y pelearse entre ellos. Estaban todos sudados y despeinados. Carlos y Felicia, los más pequeños, estaban algo apartados de la gran pelea que se había formado entre los gemelos y Laëtitia.
Estoy casi seguro de que esa pelea era broma, pero no sé nada de críos.
Yo saqué mi móvil y me puse a perder el tiempo un rato en las redes sociales, pero entonces las tripas rugieron y me entraron ganas de hacer caca.
Me tranquilicé. Quizá podría aguantar hasta llegar a casa.
No. Las tripas me volvieron a rugir.
Tenía que hacer caca ya o me la haría encima.
Me levanté lo más rápido que pude del sofá pero sin llamar mucho la atención y fui hasta el comedor. Allí estaba Mami hablando con el tío Francis y la tía Marie de algo de política.
Me acerqué a ella y le dije muy flojito.
-Mami, tengo que hacer caca.
Ella interrumpió la conversación y se giró.
-¿Ahora? –me preguntó más flojito aún-. ¿No te puedes esperar a llegar a casa?
Negué con la cabeza.
-Está bien –Mami suspiró. Se levantó y se dirigió a tía Gayle-. ¡Gayle! –mi tía levantó la cabeza, interrumpiendo también su conversación con la tía Julia y el tío Stein-. ¿Hay algún sitio donde le pueda poner el pañal a Robin?
Yo noté que me ponía rojo y bajé la cabeza rápidamente. Podía sentir la mirada de todos clavada en mi persona, en el niño de 12 años que todavía necesita que le pongan un pañal para hacer caca. Me empecé a poner muy inquieto. Todos sabían que llevaba pañales pero una cosa era eso y otra verse allí en medio, esperando que me pongan un pañal.
Por suerte, no había primos pequeños en la sala y en ese momento yo era la más pequeña de todas las personas.
Será una tontería pero esas cosas me consuelan bastante.
-Sí, puedes ponérselo en mi dormitorio –contestó tía Gayle frunciendo un poco los labios.
-Vale. Gracias, Gayle. Vamos, Robin.
Salí antes que Mami del salón y la esperé en el pasillo. Luego la seguí hasta el dormitorio de tía Gayle. Estaba muy inquieto. Necesitaba que me pusieran un pañal porque si no me iba a hacer caca encima.
Entramos en el dormitorio de mi tía e instintivamente me tumbé bocarriba en la cama, al lado de todos los abrigos y bolsos para esperar el pañal. El sitio era bastante grande. La cama era enorme, mucho más grande que la de Mami, y había también un sillón en una esquina y un vestidor en una pared. También había dos silletas plegadas en un rincón: la de Felicia y la de Carlos, supongo.
Mami abrió el bolso de los pañales y sacó uno. Era uno de cochecitos infantiles sobre la franja de la cintura. Lo dejó a mi lado y comenzó a desvestirme. Me quitó primero los zapatos y luego me bajó los pantalones y los calzoncillos. Me los quitó y empezó a desplegar el pañal. Luego me levantó las piernas con una mano y pasó el pañal por debajo, me lo acomodó en el culito y lo pasó por delante. Finalmente, me lo abrochó bien fuerte con las cintas adhesivas sobre los cochecitos.
-Ale, ya está –Mami se incorporó-. Cuando termines me avisas y te lo quito –dijo antes de salir del dormitorio.
Entonces me vi allí solo llevando solamente una camiseta y un pañal. Me sentía muy expuesto, pero tenía que hacer caca ya. Giré la cabeza buscando un rinconcito en el dormitorio que me gustase para poder sentarme y hacérmela, pero ninguno me convencía. Empecé a andar torpemente escudriñando diferentes sitios, pero no había ninguno que me transmitiera seguridad para hacer caca sin ser visto.
Me daba mucha vergüenza que me vieran haciendo caca.
Abrí el vestidor, pensando que sería un lugar cobijado, y al principio era así, pero cuando me puse en cuclillas me vino todo el olor de los zapatos y decidí salir.
Me estaban entrando muchas ganas de hacer caca. Tenía que encontrar un sitio ya. Estaba seguro que si me salía la caca allí en medio, me pondría a llorar como un bebé, y ya había sido demasiado bebé ayer.
Ninguno de los sitios de ese cuarto me convencía para hacer caca. Tenía que buscar otro. Así que no me quedaba otra que salir del cuarto. Me puse rápidamente los pantalones, pero no pude abrochármelos, pues el pañal era tan abultado que no daban de sí. Abrí la puerta dejando solo un resquicio y me asomé. Miré a ambos lados del pasillo y no vi a nadie. Salí sin hacer ruido llevándome las dos manos al culete, como sí así pudiese ocultar el enorme pañal que llevaba puesto. Los retortijones aumentaban.
Me iba a hacer caca ya.
Entonces vi que el pasillo giraba a la derecha. No sabía a dónde llevaba, pero seguro que no era muy largo, pues enfrente de mí estaba una ventana. Fui hasta allí intentando ocultar el volumen del pañal con las manos, ahora una por delante y otra por detrás, y rogando porque no saliese ningún primo ni ningún tío de ninguna puerta. El pañal hacía ruido a cada paso que daba, pero eso sí que no podía disimularlo. Bueno, ni eso ni su tamaño.
Giré en la esquina y vi un pequeño rinconcito en el que había solo una cómoda con cuatro fotografías encima. Entre el mueble y al pared había un pequeño hueco en el que podía ocultarme a primera vista si alguien pasaba por allí. Fui hasta allí y me puse en cuclillas.
Pero, ¿por qué será que si te estabas haciendo caca hace un momento ahora no quiere salir?
Creía que iba a ser inclinarme y hacérmela. Pero no podía, seguía estando un poco nervioso. Notaba toda la caca pero no había manera de que saliese. Me empecé a poner inquieto. Mi chupete estaba lejos. No me atrevía a ir a por él.
No me quedaba otra. Tenía que hacer caca allí como fuese.
<<Vamos, caquita. Sal, por favor>>
Finalmente, y haciendo mucha fuerza, noté como la caca empezó a salir. Me palpé el culete y pude notar el bulto dentro de mi pañal.
Por fin.
Poco a poco, me fui relajando y la caca empezó a salir de manera normal. Pero aun así me seguía sintiendo inquieto. No dejaba de estar en un lugar ajeno y cualquiera podría venir y verme haciendo caca en un pañal, así que me di prisa por acabar.
No tardé mucho. Al cabo de unos minutos noté que ya no tenía más caca. Me palpé de nuevo el pañal por detrás y pude notar que tenía un enorme bulto de caca ahí dentro. Me levanté para ir a decirle a Mami que me cambiara rápidamente.
Al ponerme de pie noté que no podía cerrar las piernas. Normalmente ya me cuesta hacerlo de por si cuando llevo puesto un pañal, pero cuando me hago caca es ya imposible, pues se queda amontonada en la entrepierna y me deja unos andares de cowboy en el lejano Oeste.
Fui hasta el salón andando como si me acabase de bajar del caballo y sin despegar la mano de mi culete, en un vano intento de disimular el pañal. Anduve hasta el lugar en el que se encontraba Mami sentada sin querer mirar a nadie pero notando sus ojos clavados en mí. Todos sabían que llevaba caca en el pañal.
En el pañal. Como un bebé.
Tenía ahora los brazo encogidos a la altura de mi pecho, con los puñitos cerrados, como si quisiese rezar pero no supiera como.
Llegué a Mami y le dije muy flojito con mi carita de pena.
-Mami, ya he terminado.
Mami me sonrió de manera cálida y reconfortante antes de contestarme.
-Vale, cielo. Vamos.
No dijo en ningún momento nada de Vamos a cambiarte o mencionó la palabra Pañal. Sabía cómo me sentía y que esas palabras no harían otra cosa que humillarme aún más. Estaba ahí de pie con mis 12 años y un pañal lleno de caca.
Pero lamentablemente, no todo el mundo es como mi madre.
-¿Ya se ha hecho su caquita el bebé? ¿Hay que cambiarle el pañal? –me preguntó con voz infantil mi prima Raola.
En ese momento, no sabía si lo hacía para burlarse de mí o porque de verdad pensaba que me gustaba que me hablaran como a un bebé.
Mi prima nunca ha tenido muchas luces.
Por fortuna, Elia estaba sentada al lado suya.
-Cállate, anda –le espetó a la par que le soltaba un codazo.
Mi hermana. La mejor.
Mami y yo salimos del salón y llegamos hasta el dormitorio de tía Carla. Yo me encontraba realmente mal. Quería que me quitaran ya ese pañal lleno de caca. Me tumbé rápidamente en la cama bocarriba y Mami se inclinó hacia mí.
No había hecho más que el frunch, frunch de despegarme las cintas adhesivas cuando se abrió la puerta de golpe y mi prima Laëtitia entró en la habitación.
Se quedó parada al verme allí, tumbado sobre la cama mientras Mami me cambiaba el pañal.
-Se llama antes de entrar, Laëtitia –le recriminó mi madre.
-Solo venía a por un juguete de la silleta… -dijo ella, visiblemente avergonzada, como si la hubiesen pillado haciendo  una travesura.
-No pasa nada –le contestó Mami al ver el apuro de la niña-. Cógelo y sal.
Laëtitia cruzó la habitación sin dejar de mirarme y fue hasta a silleta. Removió una bolsa que había al lado y sacó un peluche de esos de animales con los ojos muy grandes. Cuando pasó de nuevo frente a mí, le preguntó a Mami.
-¿Es que el primo lleva pañales?
Mami me miró y dio un pequeño suspiro antes de contestar.
-Solo para dormir y hacer caca –le dijo.
-¿Se hace  pipí por la noche?
-A veces –mintió Mami.
La niña se quedó ahí parada, sin saber qué decir. Se empezó a poner también un poco roja, pero no tanto como yo, que estaba hecho un tomate.
-¿Me dejas que siga cambiando al primo? –le pregunta amablemente Mami, que había detenido todo el cambio cuando mi prima entró en la habitación.
-¡Sí! –contestó mi prima sonriendo, y salió corriendo.
-¡Qué mona es! –exclamó Mami mientras abría la parte delantera del pañal.
-¿Por qué has hecho eso? –le pregunté aún inquieto.
-¿Hacer qué? –se extrañó.
-¡Eso! –contesté mientras Mami me levantaba las piernas-. ¡Darle conversación!
-Ay, Robin, hijo –exclamó exasperante-. Es una niña pequeña. Siente curiosidad. Por si no lo sabes, no es nada común ver a un niño de 12 años llevando pañales.
-¿Eso es lo que pasa? ¿Que no quieres que lleve pañales? –pregunto haciendo pucheros.
-Robin, a veces eres muy melodramático. ¿He dicho yo eso?
No, Mami no ha dicho eso.
Le prometí hace mucho tiempo que siempre sería su bebé.
-¡Pero ha entrado sin avisar! –protesté. Me había fastidiado mucho lo de mi prima.
-Y ya le he reñido por eso –Mami comenzó a limpiarme-. ¿Qué quieres que haga? ¿Qué la castigue al rincón o que hable con su madre? ¡Solo tiene 5 años! No seas niño tú también…
-Es que no quiero que me vean con pañal… -dije mientras unas lágrimas me empezaban a correr.
-¡Robin! –Mami había terminado de limpiarme y me estaba poniendo los calzoncillos-. Pobrecito –me alzó y me apretó junto a su pecho.
Mami me prometió que siempre iba a cuidar de mí.
Yo dejé escapar unas lágrimas silenciosas. Me había dado mucha vergüenza entrar con caca al salón con toda mi familia presente, soportar los comentarios vejatorios de una de mis primas y para colmo ver como otra más pequeña se colaba en la habitación y nos pillaba mientras me iban a quitar el pañal.
Mami fue hasta el sillón conmigo en brazos, se sentó, me puso en su regazo y empezó a acunarme.
-Ya está, Robin… Shhh…
Yo me sentía muy seguro en brazos de Mami pero me faltaba algo.
-Mami, ¿puedes darme un poquito el chupete?
-Claro, cielo.
Y Mami se levantó y fue hasta la bolsa de los pañales y cogió de uno de los bolsillos pequeños de fuera mi chupete de color lila. Me lo puso en la boca y yo cerré los labios en torno a él.
Estuve chupándolo en el regazo de Mami mientras ella se mecía, me acariciaba el pelo y me susurraba:
-Mi bebé.


*****


En el coche de Mami. Afortunadamente ya volvemos a casa.
Mami y Elia hablan en los asientos delanteros mientras yo miro por la ventana viendo pasar el paisaje.
La Nintendo DS se ha quedado sin batería, ¿vale?
-¿Y dices que la cría os abrió la puerta así de sopetón?
-Sí.
-Joder, qué fuerte. Le dirías algo.
-Le dije que se llamaba antes de entrar.
-Así que por eso le estaba riñendo tía Marie.
-Sí, luego me pidió perdón también. Pero le quité hierro al asunto. No es para tanto.
-Así que tenemos boda a la vista.
-Y un montón de comidas familiares más.
-Estás tan encantada como Robin y yo.
-En realidad no están tan mal. Ya lo has visto. Nos tratan bien. Hay buen ambiente…
-Buenooo…
-Mejor que el de antes.
-Eso sí.
-Has visto que ya no tienen tantos problemas con que Robin lleve pañales.
-Eso me ha parecido.
-El pasado, pasado está. Hay que quedarse con lo bueno –Mami hace una pausa-. Mírales ahora con tu hermano. Tiene 6 años más. Mucha gente me pondría mala cara si tuviera que quitarle la caca a un niño de 12 años en su casa.
-Eh, que os estoy oyendo.
-Sí, eso es verdad –las dos ignoran mi comentario- Aun así no me agrada nada tener que empezar a ir a un montón de comidas familiares.
-Tranquila, eso es lo que siempre se dice. No creo que vayan a ser tantas.
-Todos los fines de semana no, ¿verdad?
-Ni de coña, espero. Serán cada mes o cada dos meses.
-Mami, ¿y mi chupete?
-En la bolsa de los pañales, cielo. ¿Te lo vas a poner ahora?
-No, solo lo quiero para que no se sienta solo –contestó sarcásticamente-. ¡Claro que me lo voy a poner!
-Ten cuidado, Robin –me dice Elia-. Te van a ver los coches que adelantemos.
-Me da igual.
-Y a mí también. Te lo decía para cabrearte.
-Ja. Ja. Me parto.
Abro el bolsillito pequeño del bolso de los pañales y cojo mi chupete. Me lo pongo y comienzo a moverlo haciendo el ruidito.
Chup, chup, chup, chup, chup
-¿Vas a dormirte, Robin? –me pregunta Mami.
-No… Bueno, no sé. No creo.
-No llevas pañal –me advierte.
-Pero no vamos a tardar mucho –apunta Elia.
-¿Tú sabes que tu hermano aunque se quede durmiendo dos minutos se hace pipí?
-Ala, ala… exagerada. Además, ha dicho que a lo mejor no se duerme ¿verdad, Robin?
-No sé, no creo.
-Pon un poco también de tu parte, Robin –me dice Eli mientras se ríe.
-Verás tú –dice Mami a nadie en particular.
Yo apoyo la cabeza contra la ventanilla del coche y muevo mi chupete. Elia y Mami han vuelto a hablar de los rollos familiares. Fuera, el sol está poniéndose y a mí me empiezan a pesar los párpados…

Por una pequeña cabezadita no creo que pase nada…


*****


No estoy en el coche. Estoy en un parque que hay cerca de casa, junto a una fuente. Ronald y Joseph también están conmigo. Aparecen César, Miles y Eddy y comenzamos a pasarnos un balón. Eddy, que no tiene nada de puntería, lo lanza a la fuente.
-No os preocupéis, que voy yo a por él –digo.
Meto un pie en la fuente y me sorprendo al ver que no se me moja. Entonces meto el otro y tampoco. Pero cuando el agua me llega a la altura de la entrepierna y la cintura, me siento todo mojado. Cojo el balón y salgo de la fuente.
-Te has mojado –me dice Miles.
-Ya, pero es solo agua –contesto.
Voy a volver a jugar con ellos, pero noto una mano que me zarandea el hombro.
-Robin, ¡Robin!
-Tengo que ir a jugar.
-Pero, ¿qué dices? ¡Despierta!
-¿Eh? –digo abriendo los ojos.
Estoy en el coche de Mami, no en el parque. Pero sí que me siento mojado.
-Ya hemos llegado –me dice Elia-. Te has dormido.
Elia está a mi lado. La puerta está abierta y mi hermana está fuera del coche inclinada hacia mí.
-Mira ver si se ha hecho pipí –dice la voz de Mami, también desde fuera del coche.
-A ver… -Elia me suelta el cinturón y me palpa un poco los pantalones. Luego me mira compasiva y contesta a Mami-. Sí, está mojado.
-¡Lo sabía! ¡Si es que lo sabía! –Mami se inclina también hacia mí y comienza a gritarme-. ¡Sabía que se iba a mear encima! ¡Es que es matemático! ¡Es matemático! ¡Se duerme y se mea! ¡Te lo dije! –le grita a Elia-. ¡¡¿Te lo dije o no te lo dije?!!
-Sí, Mamá, me lo dijiste –contesta Elia cansinamente.
Entonces es cuando me doy cuenta de lo que ha pasado. Me he hecho pipí encima y no llevo puesto un pañal. Me he mojado los calzoncillos y los pantalones. Me siento húmedo y asqueado, y huelo a pipí. Odio mearme encima.
Comienzo a llorar en silencio, moviendo mi chupete. Me siento muy avergonzado y humillado por haberme mojado encima. Esto no habría pasado si llevara puesto un pañal. Me habría hecho pipí en el pañal, Mami me hubiera cambiado y ya está. Pero ahora… ahora solo estoy meado y me siento muy mal.
-¡Ala! ¡Y ahora se pone a llorar! –exclama Mami-. Si es que de verdad… Qué lata de niño.
Me pongo a llorar más.
-No seas tú así tampoco, Mamá –le recrimina Elia-. Sabías que esto podía pasar…
-No. Podía no. ¡SABÍA que esto iba a pasar!
-Bueno, pues se le seca y se le baña y ya está –dice Elia.
Yo sigo sentado sobre el asiento, que también está mojado. Chupando mi chupete y llorando en silencio.
¿No sé da cuenta Mami que bastante tengo yo con estar así?
-Ven, Robin –me dice Elia delicadamente-. Ven, cariño.
Elia me ayuda a salir del coche, y tras mirar a los lados y cerciorarse de que no hay nadie en la calle, me saca llevando aún el chupete en la boca.
-Vamos a lavarte, cielo –me dice mientras me lleva de la mano dentro de casa.
Yo me dejo llevar. Con mi pantalón y mis calzoncillos mojados de pipí, sintiéndome la persona más lamentable del mundo y llorando con un chupete.
Como un bebé.
-¡¡Encima ha mojado también el asiento!! –oigo gritar a Mami desde fuera.
-No pasa nada -me dice Elia suavemente. Me habla todo el rato con una voz muy dulce-. Mamá solo está enfada. No se lo tengas en cuenta.
Eli me lleva hasta el baño y comienza a desnudarme. Yo me dejo hacer mientras sigo llorando y moviendo el chupete.
Nada de esto habría pasado si llevase puesto un pañal…
Mami no se habría enfadado y yo… yo no estaría mojado.
Comienzo a llorar más fuerte, berreando como un niño pequeño con una rabieta.
-Robin, Robin –Elia viene hacia mí y me rodea con sus brazos-. Ya está… Shhh… ya pasó… la próxima vez te pondremos un pañalito cada vez que te vayas a subir al coche, ¿vale?
Asentí con la cabeza, aún llorando.
-¡Mi atún pequeñito! –Elia sonríe y me abraza-. Vamos a lavarte y a quitarte este olor a pipí, ¿vale, cielo?
-Vale… -logro decir yo.
Elia abre el grifo del agua caliente al máximo y lo deja salir un rato. Cuando se forma una nube de vapor, viene hacia a mí y me ayuda a entrar en la bañera. Regula la temperatura del agua y comienza a mojarme los pies.
-¿Está bien así?
Asiento.
-¿Me das el chupetito para que no se te moje?
Elia me saca el chupete de la boca y me deja así completamente desnudo. Pero enseguida vuelve con mi chupete de baño y me lo pone con delicadeza. Yo lo recibo agradecido y comienzo a moverlo.
Chupchupchupchupchupchupchupchupchupchupchup.
-Eso es, Robin –me dice mientras comienza a mojarme la cabecita-. Eso es…
Elia me rocía entero con agua caliente, haciendo así que la humedad que sentía a causa del pipí vaya desapareciendo. Después enjabona todo mi cuerpo haciendo especial hincapié en las zonas que estaban mojadas de pipí. Finalmente, me quita el jabón de nuevo con agua muy caliente. El pelo cae sobre mi frente y no puedo ver nada. Solo siento el chupete en mi boca y que ya me voy sintiendo algo mejor.
Mi hermana mayor me cubre en una toalla y me ayuda a salir de la bañera. Después coge una toalla más pequeña y envuelve mi pelo en ella. Elia va secando poco a poco todas las partes de mi cuerpo. Cuando me seca la carita, cambia el chupete de baño por el normal y después me seca el pelo.
-Ya está. ¿Ves como no era para tanto? –me dice con voz dulce mientras me levanta la barbilla para que la mire a los ojos –me da un beso en la frente-. ¿Quieres que te ponga un pañalito?
Asiento.
Necesito un pañal.
Parecía que Elia me leía el pensamiento.
Abre los cajones del baño.
-¿Sabes si aquí hay algún pañal o tengo que bajar abajo? –hace una pausa mientras sigue buscando-. Ah, vale. Aquí hay uno –Eli viene con el pañal hacia mí-. Es uno de ositos.
A mí me da igual. Solo quiero mi pañal.
-Ábreme un poquito las piernas, Robin.
No había ningún sitio para tumbarme y Eli no sabe ponerme el pañal de otra manera, así que tuvo que improvisar y ponérmelo allí estando yo de pie.
Abrí las piernas y ella puso el pañal debajo, después me pasó la parte de delante y me dijo que la sujetase mientras ella me ponía la parte del culete. Me lo acomodó detrás y abrió una cinta adhesiva. La estiró y la pegó a la parte de delante del pañal. Después sujetó esa parte mientras estiraba fuertemente la otra y la pegaba sobre los ositos, dejándome el pañal muy fuertemente agarrado a mi cuerpecito.
-¿Estás bien? –me preguntó-. ¿Se ha quedado bien sujeto?
Asiento de nuevo.
Me siento mucho mejor ahora que llevo un pañal. Ya no pasa nada si me hago pipí.
-¡Ay, atún! ¡Que eres un pedazo de atún! –Elia me abraza y me besa la cabecita-. ¿Te quieres venir un ratito conmigo a mi habitación?
Volví a asentir.
No me sentía con fuerzas para hablar.
Elia me cogió de la mano de nuevo y salimos del baño. Yo llevaba puesto únicamente un pañal y movía mi chupete en silencio. Elia me dejó sobre la cama y salió. Supuse que estaría recogiendo mi ropa del cuarto de aseo y trayéndome otra nueva. Y así era.
Mi hermana entró de nuevo con mi pijama bajo el brazo. Y con Wile. Yo me puse de pie y ayudé a mi hermana a ponerme el pijama. Después ella me tendió a Wile, a quien cogí y abracé contra mi pecho.
Ahora sí que me sentía ya mucho mejor.
Elia se tumbó sobre su cama y sacó un libro titulado Fundamentos de la Arqueología Contemporánea y comenzó a leerlo. Yo me tumbé junto a ella abrazando a Wile y mi hermana me pasó un brazo por encima. Mientras leía, me iba acariciando mi brazo de arriba abajo con la punta de los dedos.
-¡Elia! ¡¿Está el niño contigo?! –la voz enfada de Mami llegó desde abajo.
-¡Sí, Mamá! –contestó Elia no de muy buenas maneras tampoco.
Elia se giró y me dio un beso en la mejilla, como disculpándose por la actitud de Mami.
Yo me acurruqué junto a mi hermana. Tenía sueño pero llevaba puesto un pañal.
No había nada de lo que preocuparse.