18 de marzo de 2016

Canción de Leche y Pañales - Capítulo 16





Cindy





Cindy estaba de pie, la lluvia le caía sobre la cabeza, pegándole los mechones de pelo a la cara. El paraguas colgaba inerte de uno de sus brazos. No oía lo que decía el cura. Nunca había sido creyente. De hecho, era una atea consagrada, pero su madre siempre había querido un funeral religioso. Y tampoco se le ocurría ninguna otra manera de hacer un funeral.
Miro a su izquierda y vio a su hermana, sorbiéndose los mocos. Ella si sostenía el paraguas sobre su cabeza. Charlotte era demasiado pequeña para pasar por todo esto. A Cindy también le costaba soportarlo. Pero tendría que ser fuerte. Por ella misma y por su hermana. Miro a su alrededor. Podía mirar a cualquier lado menos al ataúd de su madre. Vio a muy pocas personas en el funeral; dos amigas de su madre; Gonzalo, el cocinero de la Mansión Largue; su hermana; Laura y Carla, sus dos mejores amigas…. Y a Jackie. El pequeño lactante estaba allí, de pie, sin carricoche y sin chupete, con una expresión seria en su rostro y mirando al suelo. No había ningún atisbo de comportamiento infantil en su pose, y el traje negro y sobrio que llevaba ayudaba también a ello. Hasta se había quitado el pendiente de la oreja. Dejó de pensar en él y volvió con su mente al funeral de su madre. El cielo estaba gris y llovía copiosamente. Muy apropiado. Era un día triste, el más triste en la vida de Cindy. Había perdido a su padre hace cuatro años en un accidente de coche, y ahora había perdido a su madre. Pero, sobre todo, le dolía por Charlotte. Había asistido a demasiados funerales para su edad, y era tan pequeña, tan dependiente… Era una injusticia que una personita como su hermana hubiera tenido que ver como sus dos padres morían.
Sentía que las lágrimas le empezaban a correr por las mejillas, aunque la lluvia las disimulaba. Aún así, sus ojos hinchados la delataban. Recordó como había empezado todo.
Estaba en la Mansión Largue guardando ropita de Jackie mientras éste mamaba de la teta de su madre cuando sonó el teléfono. La llamaban del hospital. A su madre le había dado un infarto en su casa y los vecinos, al escuchar el golpe que hizo al caer al suelo, llamaron a la ambulancia. Y le pedían que fuera corriendo para el hospital.
Salió todo lo deprisa que pudo de la casa, y condujo rápidamente hasta el hospital. Por el camino, llamó a Carla para que recogiera a Charlotte del cole y le diera la comida. Cuando se tranquilicen las cosas la llamaría ella para decirle que todo iba bien.
Porque en ese momento, Cindy creía que todo iba a ir bien.
Llegó al hospital y los médicos le dijeron que su madre estaba muy grave, que la habían sedado e iban a esperar a ver como pasaba la noche. Cindy les dio las gracias y salió a comer algo y llamar a Charlotte. La voz de su hermana sonó preocupada y llorosa. Le dijo lo que había pasado y entonces ella se echó a llorar. Cindy la consoló como pudo a través del teléfono y le pidió que le dijera a Carla que se pusiese. Le comunicó a Carla que su hermanita llevaba pañales para dormir y que esa noche le iba a tocar a ella ponérselos. Carla le dijo que no se preocupase, que ella se ocupaba de todo y que se quedase tranquila. Cindy le dio las gracias y colgó.
Fue entonces, para distraerse, cuando puso la televisión. Vio en todas las cadenas como Karen Largue entraba esposada en un coche de policía con una teta fuera. Se enteró de que la habían acusado del asesinato de Gertrudis y de que pedían 15 años de cárcel. Cindy, lejos de preocuparse por su trabajo, se atormentó pensando el suplicio que debería estar pasando el pobre Jackie. Le vinieron de golpe todos los pensamientos, como un obús incontrolable;  su madre, Jackie, su hermana, su trabajo, hasta Karen Largue…
Su jefa podía tener muchos defectos, pero Cindy estaba segura de que no era una asesina. Llamó a Alicia Sanders, la ayudante de su jefa. La encontró muy atareada, pues estaba intentando descubrir quién le había tendido la trampa a Largue. Sabía quién, pero necesitaba pruebas. Alicia la colgó sin casi despedirse y Cindy se quedó a oscuras en la habitación, con el móvil colgando de una mano, y sin menos compañía que el pitido del aparato que medía las constantes de su madre.
Al día siguiente, una manita la despertó zarandeándola. Era Charlotte, que había venido con Carla antes de ir al colegio. Le preguntó que cómo estaba su madre y Cindy le dijo la verdad: sin cambios.
Carla le dijo que Cindy se había portado muy bien. Se había comido toda la cena y dejó que le pusiera el pañal tranquilamente, aunque por la mañana se había levantado con pipí.
Charlotte rio tímidamente mientras se sonrojaba.
-Eso es normal –le dijo Cindy a Carla mientras acariciaba a su hermana.
Cindy aupó a Charlotte y su hermanita le dio un beso en la frente a su madre. Salió con Carla, y juntas se fueron al colegio. Cindy se quedó allí toda la mañana, esperando que llegase el médico.
Lo hizo casi dos horas más tarde de lo que le tocaba. Y es que Cindy, no tenía dinero para un hospital mejor.
Pero casi deseaba que el médico nunca hubiese llegado.
Las noticias que le dio no pudieron ser peores; su madre tenía obstruidas la vena cava superior y la aorta, que impedían que la sangre pudiese ser bombeada con la suficiente fuerza. Esto hacía que su corazón tuviese que trabajar el triple que uno sano. Y ya estaba cansado de hacerlo. Estaba en su último sprint. Le dijo que llamase a su familia porque a su madre le podían quedar horas.
Y tras darle una palmada en el hombro y decirle un ‘Lo siento’ que sonó a ‘En realidad me da igual’, el médico salió de la habitación.
Cindy no sabía qué hacer. Había fallado. Siempre encontraba una solución para todo pero ahora había fracasado. Su madre se estaba muriendo y no podía hacer nada. Se sentó en la silla que había junto a la cama y la observó durmiendo, con la respiración entrecortada. La máquina que medía su pulso cada vez tardaba más en hacer el siguiente pitido. Miró a la tele sin sonido que había colgada en la pared y vio a la criada Sara empujando el carrito de Jackie en la entrada del juzgado. Era el juicio de su jefa.
Apartó la vista de la televisión pensando que ya tendría tiempo de preocuparse de eso. ahora lo que le interesaba era no separarse ni un momento de su madre. Le cogió la mano, deseando que se despertase para poder decirle unas últimas palabras, decirle por última vez que la quería…
Pensó en todos los momentos buenos que había pasado con su madre: cuando venía corriendo a su cuarto porque se había despertado con una horrible pesadilla, y su madre la apretaba contra su pecho y le dejaba tomar un poco de teta a pesar de ser algo mayor, como se sentaba junto a ella en el suelo para jugar con sus juguetes, como le dejó llevar chupete hasta los 12 años, cuando le dijo que estaba embarazada y que iba a ser una hermana mayor, cuando nació Charlotte, lo unidas que estuvieron tras la muerte de su padre…
Pasó toda la mañana sujetándole la mano, hasta que los pitidos de las constantes desaparecieron por completo para convertirse en un único y largo pitido. Abrazó el cuerpo sin vida de su madre, se secó las lágrimas y llamó al médico. El doctor certificó el fallecimiento de su madre e hizo los preparativos para que se la llevasen al depósito. Cindy miró la televisión. Otra personita la necesitaba.
Cindy llegó al juzgado justo cuando Karen Largue salía acosada delante de un grupo de paparazzis.
Detrás de ellos, iba corriendo Jackie. Al encontrarse se abrazaron muy fuerte y ambos compartieron lágrimas por la pérdida de sus madres.
Subió junto con Benson y Jackie a la limusina que les llevaría de nuevo a la Mansión Largue. Benson todavía tenía el ojo morado pero condujo como siempre. Sara no subió a la limusina porque Cindy le había dado el día libre, y el siguiente también, y el siguiente, y el siguiente… Así hasta nuevo aviso.
Llegaron a una mansión más silenciosa que de costumbre. Estaban todos los criados esperando en el hall. Gonzalo, nada más verla, corrió a abrazarla. Era el único que estaba al tanto de los problemas familiares de Cindy. Jackie la cogió de la mano y le preguntó si podía cambiarle el pañal. Le dijo que por supuesto, así que lo aupó y lo llevó arriba. Les dijo a los demás trabajadores que esperasen ahí, y todos le hicieron caso.
Jackie estaba muy inquieto. Cindy tuvo que acunarle contra su pecho y mecerlo para que se tranquilizase. Cuando estuvo ya más calmado, le pudo cambiar el pañal.
-¿Cómo estás, Cindy? –le preguntó Jackie mientras ella le desabrochaba las cintas del pañal mojado.
-Mal, Jackie. ¿Y tú, mi amor?
-Mal también… -parecía muy triste. Echo de menos a mi mami.
-Y yo a la mía Jackie –Cindy le extrajo el pañal.
-Cindy… -empezó Jackie.
-Dime, cariño –comenzó a limpiarle.
-¿Qué va a pasar ahora?
Cindy pensó un momento. Iba improvisando sobre la marcha. Le había venido todo de golpe. Ahora tenía que cuidar del bebé al que le estaba cambiando el pañal. Después lloraría a su madre y cuidaría de su otro bebé.
-Ahora, vas a venirte a vivir conmigo. Al menos provisionalmente –le empezó a poner el pañal nuevo-. Le diremos a Benson que suba tu cuna plegable a la limusina. Les daré el día libre a los demás criados de la Mansión Largue hasta que sepamos a quien le pertenece ahora que tu madre está en la cárcel y cuál es tu nuevo papel en todo.
-¿Mi nuevo papel? –se extrañó Jackie.
-Sí –Cindy le abrochó el body y lo aupó para llevarlo hasta el parque de juegos-. Ahora es muy posible que te toque a ti hacerte cargo de Modas Largue, y de esta casa y de la gente que trabaja en ella.
-¿Hasta de ti?
-Hasta de mi, cielo. Ahora tú eres mi jefe.
Eso pareció poner a Jackie muy nervioso.
-Pero Cindy, yo no quiero ser tu jefe. Tú eres mi amiga. Quiero que seamos amigos.
-Y lo somos, Jackie. Pero las cosas están así.
-No, Cindy. Las cosas van a estar como yo quiera. De momento, te cedo el mando hasta que sepa que hacer, ¿vale? Que te he visto dar órdenes y lo haces muy bien.
Fue un comentario tan mono que Cindy le pellizcó la mejilla.
-Vale, Jackie –le dejó en el parque de juegos y salió- Coge los juguetes que quieras llevarte, ¿vale? Voy a prepararte la ropita para venirte a mi casa.
Bajó hasta el hall. Allí les dijo a los criados que no sabía que era lo que iba a pasar, pero que de momento, estaban de vacaciones hasta nuevo aviso. Gonzalo se acercó a ella y le dijo que para cualquier cosa que le necesitara, podría llamarla. Cuando Benson se iba, lo detuvo para darle las instrucciones de la que iba a ser su última tarea: llevarla a ella y a Jackie hasta su piso, pero antes tenía que ir al funeral de su madre.
Ahora, veía desfilar delante suya a las personas, dándole el pésame a ella y a su hermana. Pero no las oía hablar, sólo movían los labios. Llegó Jackie, vestido de manera solemne con el traje que Di Carlo le había tenido que hacer corriendo. Sabía que llevaba puesto un pañal porque se lo había cambiado ella, pero no tenía en ese momento ni una pizca de bebé. La abrazó y siguió andando detrás de Gonzalo, que era la única persona que conocía.
Cuando bajaron el ataúd de su madre, llovía más fuerte todavía. A Cindy le vino un pensamiento gracioso y absurdo a la cabeza; que pasaría si se llenaba de agua el agujero y su madre se quedaba flotando dentro de su caja de madera, como los muertos piratas que arrojaban por la borda.
Por fin terminó el entierro. El cura le pidió 50 dólares por haber dicho el nombre de su madre 4 veces, pero Cindy se negó a dárselos.
Llegó a su piso calada hasta los huesos, empujando el carrito de Jackie con una mano, y con su hermana Charlotte de la otra.
Sacó a Jackie del carrito y lo tomó. Él estaba seco, y Charlotte también, que iba aguantando un paraguas.
-Bueno chicos, voy a ducharme y os preparo la cena –dejó a Jackie en el suelo-. Jackie, le dije a Benson que dejase tu maleta sobre la cama. Ve y cámbiate de ropa que seguro que lo estás deseando. Charlotte –se dirigió a su hermana-, ayúdale tú si ves que él no puede.
Se dirigió al cuarto de aseo a darse una ducha caliente. Se quedó un rato debajo del agua. No pensaba en nada, era curioso. Pero de todas formas, le relajó enormemente.
Al salir, encontró a Jackie vestido con un pijama mono, con su chupete puesto y abrazando a Ronnie. Estaba sentado al lado de Charlotte en el sofá, y veían juntos la televisión en silencio.
Preparó para cenar pescado a la plancha para ella y para su hermana. Y a Jackie le hizo una papilla de cereales y fruta.
Charlotte comía mirando como ella le daba la cena a Jackie, y como lo aupó y le dio golpes en la espalda para que soltase los gases. Al estar Jackie de espaladas a Charlotte, aprovechó para decirle a su hermana moviendo sólo los labios: ‘Es un bebé’.

26 de febrero de 2016

Canción de Leche y Pañales - Capítulo 15




Jackie



Jackie se despertó en su cuna. Estaba muy adormilado, pero bostezó sonoramente y se desperezó contra los barrotes. El chupete se le cayó al hacerlo, de modo que lo buscó en la oscuridad y se lo volvió a poner en la boca. Cogió a Ronnie y gateó hasta el vigila-bebés, que estaba colgado en una de las esquinas de la cuna.
-Mami, estoy despierto –le dijo.
Suponía que lo iba a escuchar su mami, pues Cindy había tenido que irse por la mañana. A Jackie le rugió el estómago. Tenía bastante hambre. Desde lo del hotel, sólo se alimentaba de teta, por lo que solía tomar mucho más que antes. Necesitaba la teta de su mami; que le acariciarse, le acunase y le diera golpecitos en su pañal mientras mamaba. Se palpó el pañal por debajo y se dio cuenta de que tenía pipí, por lo que antes de tomarse la teta, su mami tendría que cambiarlo. A Jackie le encantaba que le cambiasen el pañal, pero cuando sabía que después le tocaba teta, se mostraba inquieto, pues quería que le cambiasen pronto para poder engancharse al pezón de su mami. Se puso de pie en la cuna y fue cuando mami entró.
-Mami tengo hambre. Y pipí.
-¿Qué mi bebecito tiene pipí en su pañal? –le dijo mientras lo tomaba en brazos-. Pues vamos a cambiarle enseguida –le hizo cosquillitas en la barriga, que hicieron que Jackie se riera.
Mami lo tumbó en el cambiador y Jackie agitó sus piernecitas inquieto. Quería que mami lo cambiase pronto para poder tomarse la teta. Mami lo tranquilizó susurrándole y Jackie se abrazó a Ronnie, listo para disfrutar con el cambio de pañal. Mami le desabrochó suavemente los botoncitos del body y se lo sacó por su cabecita con mucho cuidado. Jackie se quedó desnudo solamente a excepción del pañal.se llevó las manos al mismo y empezó a mover su chupete. Mami abrió uno de los cajones del cambiador y sacó un pañal limpio. Lo dejó al lado de Jackie y empezó a quitarle el que llevaba puesto. Le desabrochó las cintas adhesivas. Jackie separó las manitas del pañal y estiró los brazos por encima de su cabeza mientras mami le seguía cambiando. Le levantó las piernecitas y extrajo su pañal mojado. Después empezó a limpiarle cuidadosamente antes de ponerle el otro pañal. Cuando ya estuvo limpio, mami le volvió a levantar las piernas, le pasó el pañal por detrás y luego por delante, y cuando estuvo ajustado a su cintura, se lo apretó muy fuerte. Jackie ya estaba cambiado. Agitó sus piernecitas y sus bracitos y sonrió desde detrás de su chupete.
Mami fue hasta el armario y volvió con un pijama mono de color azul. Le encantaban esos pijamas, pues eran muy cómodos y se sentía muy a gusto con ellos. Le encantaba andar (o gatear) por la casa con ellos. En ese momento, le rugió la barriga.
-Mami, quiero teta –le dijo cuando llegó con el pijama.
-Sí, Jackie. Ya lo sé –le dijo mientras le acariciaba el pelo -. Y mami te va a dar de su tetita después de ponerte el pijamita, ¿vale, mi amor?
-Vale –dijo sonriendo.
Mami le levantó una pierna a Jackie y le paso una patita del pijama. Después hizo lo propio con la otra. Le levantó la espaldita y le paso la parte del pijama por detrás. A continuación le pasó los dos bracitos por las mangas y le subió la cremallera de la parte delantera. Jackie se llevó de nuevo las manitas al pañal y rió. Mami le sonrió con mucha ternura y lo aupó en brazos y empezó a acunarlo. Jackie quería ya su teta. Mami lo llevó hasta el sillón de la habitación y se sentó en él en su regazo. Le quito el chupete suavemente y Jackie empezó a hacer el gesto de mamar con la boca. Se puso inquieto y Ronnie cayó al suelo, pero a Jackie no le importaba. Lo cogería después. Ahora su prioridad era tomarse ya la teta. Mami se abrió la blusa y sacó su enorme teta llena de leche. Jackie se estiró hacia ella, pegó los labios al pezón, mami le sujetó su cabecita y Jackie empezó a mamar. Se tomaba la leche con mucha ansia, pues era de lo único que se estaba alimentando últimamente. Se acurrucó en su regazo y mami lo abrazó más. Jackie agarró la teta con sus manitas para colocársela mejor y siguió mamando. Le encantaba estar en ese sitio. La teta de su mami. sentía una pazo total enganchado al pezón y notando como la leche caía en su garganta y como los brazos de mami lo rodeaban y lo protegían. Mami empezó a darle golpecitos suaves en su pañal. A Jackie eso le gustaba mucho. Sentía que en ese momento era un bebé total. Necesitaba a su mami para alimentarse, para que lo cambiara y para todo. No podía hacer nada sin ella. Contento, siguió tomando teta. Cerró los ojos para disfrutar de esa sensación. Cuando los abrió, mami estaba mirando cómo se alimentaba de ella, como Jackie movía los labios enganchados al enorme pezón de mami y cogía el seno con sus manitas. Mami le sonreía con una ternura infinita y le apartó los mechones de su rubia melena que le caían por delante. Jackie estaba realmente a gusto. Se acomodó todavía más contra ella, de manera que ya no le hacía falta agarrar la teta con las manos para que le fuera más fácil mamar. Ahora era mami la que se sujetaba bien su teta para que Jackie estuviera más cómodo. Jackie estuvo mamando un buen rato más.
De pronto la puerta se abrió de repente. Jackie no se fijó en quién era, pues estaba mirando hacia la teta de mami.
-Señora Largue –dijo la voz de un hombre que no conocía-, soy el teniente O’Callahan, Distrito de Los Ángeles. Queda usted detenida como sospechosa del asesinato de Emma Blanc y Gertrudis Talafé. Tiene derecho a un abogado y a guardar silencio. Todo lo que diga podrá ser usado en su contra.
Jackie había oído las palabras del hombre pero no las había asimilado. De pronto, un policía que también había entrado, levantó a su mami y otro lo cogió a él por la cintura y empezó a separarlo de la teta de mami. Pero no lo lograba. Jackie estaba unido con sus labios al pezón de mami. El policía tiraba y tiraba, pero la boca de Jackie no se separaba de la teta de mami. Jackie no la mordía ni hacía más fuerza que de costumbre. Simplemente no se separaban. Jackie estaba unido a su mami por algo muy fuerte. Sin embargo, haciendo un esfuerzo descomunal, los policías consiguieron separar a madre e hijo por fin
-¡¡¡¡MAMIIIIIIII!!!! ¡¡¡No os la llevéis!!! ¡¡¡¡MAMIIIIIIII!!!!! –el policía lo puso en brazos de Sara, una de las criadas que había entrado junto con los policías. También estaba Gertrudis, el ama de llaves.
-¡¡Mi bebé!! ¡¡¡Soltad a mi bebé!! –gritaba su mami intentando zafarse de los brazos del policía. Todavía tenía la teta fuera y goteaba leche-. ¡¡¡Soltadlo por favor!!! ¡¡¡Soy inocente –en ese momento, entre el policía y el primer hombre que había hablado, empezaron a ponerle unas esposas-.  ¡¡¡Dejad al menos que termine de darle la teta!!! ¡¡¡MI BEBEEEEEEEEEE!!!!
Jackie de pronto comprendió lo que pasaba. Se puso muy, muy inquieto. Tanto como lo había estado a la entrada y a la salida del hotel. Se hizo pipí encima.
-¡¡¡¡¡MAMIIIIII!!!!! –gritaba en brazos de Sara, intentando alcanzarla con los suyos.
Los hombres se llevaron a su mami fuera de la habitación de Jackie.
-Quédense ustedes aquí –les dijo el último policía a Sara, que tenía a Jackie tomado, y que salía detrás de ellos.
Jackie estaba realmente asustado. Su mami no era una asesina. ¿Qué estaba pasando? Saltó de los brazos de Sara y fue hasta la ventana. Allí vio en la entrada un coche de policía y cientos de periodistas que se agolpaban en la puerta. Los dos policías y el otro hombre arrastraban a su mami por el jardín. Ni siquiera le habían dejado guardarse la teta. La metieron en la parte de atrás del coche abriéndose paso entre todos los periodistas que se agolpaban contra ellos y que siguieron agolpados contra el cristal una vez la puerta se hubo cerrado. El coche de policía salió muy rápidamente con las sirenas puestas y todas las furgonetas de los periodistas salieron detrás de él.
Jackie saltó de los brazos de Sara y empezó a moverse inquieto por la habitación. Se volvió a hacer pipí encima.
Su chupete. Necesitaba su chupete. Fue hasta el sillón donde mami había estado dándole la teta y se lo puso en la boca. De pronto se dio cuenta. Estaba sólo. Por primera vez en su vida, estaba sin mami y sin Cindy. Se puso muy muy inquieto y empezó a andar por su habitación de un sitio a otro. Se cayó y siguió gateando entonces. Sara lo observaba todo estupefacta, sin moverse.
No estaba mami. No estaba Cindy. Tenían que cambiarle el pañal. ¿Qué hacía? No podía razonar. Estaba en estado de shock. Se hizo caca encima. Se sentó en el suelo y dejó que saliera. Cuando se levantó para seguir gateando se dio cuenta que tenía un pañal con dos pipís y una caca sin quitar. Miró a su alrededor y vio a Sara.
-Cámbiame el pañal –le ordenó.
-Pero, señor… -balbuceó.
-¡¿No me has oído?! –le dijo-. Tengo pipí y caca en el pañal. Así que cámbiamelo. ¡Cámbiame el pañal! ¡¡Cámbiame!! ¡¡¡CÁMBIAME!!!
-Pero, ¿cómo…? –Balbuceó.
-¡Me subes al cambiador, me quitas este pañal y me pones otro! ¡¡Vamos!! –Se estaba enfadando. Y estaba muy inquieto por lo de mami.
Sara lo subió al cambiador. Torpemente, le desabrochó los botoncitos del pijama. Le soltó las cintas del pañal y se lo extrajo. Comenzó a limpiarle.
-¿Qué haces? –preguntó una voz a sus espaldas.
-Tenía caca y le estoy cambiando el pañal, María –le contestó Sara.
-¿Y por qué lo haces tú?
-No está Largue. No está Cindy. Alguien tiene que hacerlo.
-¿Pero sabes cambiar un pañal?
-No es muy difícil. Tengo un primo pequeño y se lo cambié una vez.
Sara terminó de cambiarle el pañal. Lo hizo bastante mal pero por lo menos tenía el pañal limpio de nuevo.
-Ahora méteme en la cuna –le dijo.
Sara lo cogió en peso y lo llevó hasta su cuna. Jackie no sabía si era porque habían arrestado a Mami, porque Cindy no estaba, porque le habían puesto un pañal bastante mal o por una combinación de las tres, pero el caso es que antes de llegar a la cuna se hizo pipí otra vez.
-¡Espera! –le dijo a Sara cuando estaba a punto de descargarlo dentro como si fuera una caja de patatas-. Tengo pipí otra vez.
-¡¿Mes estás tomando el pelo?! –le preguntó mirándole a la cara.
- No te estoy tomando el pelo –Jackie se enfureció-. Y será mejor que me vuelvas a cambiar el pañal y esta vez me dejes en la cuna y no abras la boca.
Sara lo llevó al cambiador. Le volvió a cambiar de manera torpe y lo llevó a la cuna. Cuando lo dejó dentro, Sara apagó la luz y salió de la habitación.
Jackie tuvo que taparse el mismo. Se puso bocabajo a la misma vez que se cubría con las sábanas. Se abrazó a Ronnie y se quedó durmiendo moviendo su chupete.
Lo despertó una mano conocida. Jackie abrió los ojos y vio a Cindy sonriéndole desde fuera de la cuna.
-¿Cómo está mi rey? –le dijo.
-¡Cindy! –Jackie se tiró a su cuello.
Cindy lo aupó y lo sacó de la cuna. Jackie vio que Sara también estaba en su habitación, lo que lo molestó un poco.
-¡Mi bebé! –dijo Cindy mientras lo acunaba-. ¿Cómo estás?
-Mal… -empezó a recordarlo todo-. Se han llevado a mami, Cindy. Y tú no estabas… Y… Y…
-Oh, no hagas pucheritos, mi amor –Cindy le limpió las lágrimas de los ojos con el dedo pulgar-. Que Cindy ya está aquí para cuidarte. ¿Tienes pipí?
-Sí…
-Pues venga, vamos a cambiarte ese pañal.
-¿Cuántos pañales va a usar hoy este niño? –preguntó Sara, que estaba de brazos cruzados observando la escena.
-Los que le hagan falta, Sara –le contestó Cindy-. Creo que tienes cosas que hacer. Te aconsejo que vayas a ocuparte de ellas.
-Tú no me mandas, Cindy –le contestó Sara de buena manera-. Será mejor que recuerdes…
-¡Eh Sara! –le cortó Jackie-. Será mejor que le hagas caso a Cindy y vayas a hacer lo que tienes que hacer. ¡Largo!
Sara lo miró, luego a Cindy, y salió corriendo de la habitación.
-No hacía falta eso, Jackie –le dijo Cindy, aunque sonreía, mientras lo llevaba al cambiador.
-No me gusta que te hablen así –le contestó-. En ausencia de mami, mandas tú. Díselo a todos cuando bajes.
Cindy lo tumbó en el cambiador. Le desabrochó los botoncitos del pijama y luego las cintas adhesivas del pañal. La manera de la que lo hizo Sara estaba a años luz.
-Oye, Cindy –le dijo Jackie mientras lo cambiaba-. ¿Por qué has tenido que irte?
Cindy suspiró y lo miró a los ojos.
-Mi madres se ha puesto muy enferma, Jackie. Me llamaron del hospital diciendo que la habían ingresado –le empezaron a saltar las lágrimas.
-¡Cindy! –Jackie se incorporó cuando Cindy le estaba limpiando y la abrazó. Ella le devolvió el abrazo-. Jo, Cindy… No llores…
-Ya está –dijo mientras se secaba las lágrimas-. Ya se me está pasando.
Cindy terminó de cambiarle el pañal y lo llevó hasta el sillón de donde lo habían separado de mami esa mañana. Allí, había un biberón. Cindy se sentó, puso a Jackie en su regazo, cogió el biberón y le acercó la tetina a los labios. Jackie la recibió encantado, y empezó a chuparla y a tomarse la leche. Prefería mil veces antes mamar de mami, pero estar recostado encima de Cindy mientras ella le sujetaba el biberón y Jackie la abrazaba por la cintura también hacía que se sintiese muy cómodo. Terminó de tomarse le bibe, Cindy lo aupó y comenzó a sacarle los gases. Cuando se tiró dos eructos lo llevó de nuevo hasta la cuna.
-Debes dormir mucho, Jackie. Mañana es un día muy importante.
-¿Qué pasa mañana? –preguntó una vez estuvo posado en el colchón de su cuna.
-Mañana es el juicio de tu mami, cielo. Y debes de ir.
Jackie se empezó a poner nervioso de nuevo, pero esta vez no mojó el pañal. No quería volver a salir de la Mansión Largue. Quería quedarse siempre allí. Con su pañal, su chupete, su cuna y abrazado a mami tomando su teta.
-No sabemos si tu mami va a volver a casa, Jackie –le dijo Cindy, que era como si le estuviese leyendo el pensamiento-. Las pruebas en su contra son muy fuertes; y es la única sospechosa ya que es la única persona que tenía acceso a todas las cámaras de seguridad.
-¡¡Pero mami es inocente!! –Jackie gritó y se le cayó el chupete.
-Ya lo sé, cielo –le dijo Cindy mientras le acariciaba un mechón de pelo de la frente y le volvía a poner el chupete que ella le había comprado en la boca-. Yo lo sé, ella lo sabe y tú lo sabes. Pero los jueces no y están deseando meterla en la cárcel, mi amor.
Se empezó a poner realmente intranquilo. Cindy lo notó y lo sacó de la cuna. Lo apretó contra su pecho y comenzó a acunarlo.
-Lo que es la vida, Jackie. Ayer teníamos a nuestras mamis con nosotros y hoy quizá estemos a punto de perderlas. Pero tranquilo, mi bebé. Yo no te voy a dejar sólo nunca. A mí chempre me vas a tener, mi amor.
-¡Y tú a mí, Cindy! –y se abrazó más fuerte a ella.
Allí, en sus brazos, se dio cuenta de que lo estaba pasando muy mal. Podría perder a su mami para siempre. Pero Cindy se estaba portando increíblemente bien con él. De pronto se puso en su lugar. Cindy si podría perder a su mami para siempre. Y estaba ahí con él. Dándole el biberón y cambiándole de pañal como a un bebé. Ella podría estar con ella, cuidándola ahora que le hacía tanta falta.
-Cindy –se quitó el chupete de la boca como hacía cada vez que tenía que decir algo importante-, no hace falta que te quedes conmigo esta noche. Ni que mañana vengas al juicio. Vete con tu mami, que te necesita más que yo.
-¡Oh, Jackie! –Cindy lo miró con una enorme sonrisa-. ¿De verdad que puedo?
-¡Claro que sí! Yo puedo pasar una noche sólo. Además, tengo siempre a Ronnie para que me haga compañía. Mañana que Sara me cambie el pañal como pueda y ya está. Intentaré no hacerme pipí esta noche.
-¡Gracias, Jackie! Eres un cielo, mi vida! –Y le dio un sonoro beso en la mejilla que hizo que se ruborizase un poquito.
Cindy lo abrazó. Lo dejó de nuevo en la cuna, lo arropó, le dio un beso en la frente y un tirón cariñoso del asa del chupete y salió de la habitación.
Al día siguiente, Jackie estaba cambiado (Sara le puso el pañal mejor que ayer pero aún le quedaba mucho por aprender a esa chica), se había tomado su biberón (Sara empezó a dárselo como pudo, pero Jackie, asqueado porque ella no paraba de querer meterle el bibe hasta la garganta, la echó y le dijo que ya se lo acababa él) y estaba en el carricoche listo para salir.
Había decidido que ya que el mundo sabía que llevaba pañales, usaba chupete e iba en carrito, no había ninguna razón para volver a tener que ir con un traje y sin su chupete.
-Pero, señor… –protestó Sara
-Nada de ‘’peros’’, Sara –contestó mientras le ponía el body y un peto de color azul-. En ausencia de mami, aquí mando yo. ¿Entendido?
-Sí, señor.
Salieron de la Mansión Largue y, para su sorpresa, no había ni un solo periodista esperando en la puerta. Debían de estar todos en el juicio de su mami. Jackie se alegraba. Odiaba a los periodistas. Aunque, según le dijo Cindy cuando le dio su nuevo chupete, no todos eran tan malos como los que Jackie había conocido. Así pues, no hubo ningún problema para llegar a la limusina que conducía Benson.
Durante el viaje, se sintió muy inquieto. No era consciente, o no quería ser consciente, pero era un día muy importante, pues quizá mami podría acabar en la cárcel. Se puso nervioso y empezó a mover su chupete más rápido, deseando no hacerse pipí, pues no sabía si podría sobrevivir a un nuevo cambio de pañal de Sara.
Al llegar a los juzgados, Benson aparcó en la manzana de atrás, de manera que Jackie puso subirse al carricoche con total tranquilidad. De pronto aparecieron cuatro hombres vestidos de traje que medirían unos tres metros cada uno. Detrás de ellos iba la ayudante de mami en Modas Largue; Alicia, recordó Jackie que se llamaba.
-Buenos días –saludó-. No nos conocemos pero a ellos sí que los conozco –le hablaba sólo a Sara-. Me llamo Alicia Sanders. Soy la ayudante personal de Karen Largue en Modas Largue. Os presento a Bartolo, Burtolo, Cartolo y… Bueno, éste seguro que tiene un nombre parecido. He pensado que después de los desagradables incidentes que ocurrieron en el hotel, os vendría bien llevar una escolta. Apartarán a todos esos pseudo-periodistas de la prensa amarilla y podréis entrar en el juzgado. Es la sala número 3. Hay que ver que prisa tiene la justicia cuando le interesa –añadió.
Los cuatro gorilas hicieron su trabajo igual de bien que Alicia. Les apartaron a todo el mundo y Jackie pudo entrar sin recibir flashes dentro de su carricoche.
Una vez en la sala de juicio, Jackie le dijo a Sara que lo sacase del carrito y lo tomase. Quería ver a su mami cuando entrase. Al poco, su mami entró por la puerta de la sala y recorrió el pasillo entre dos policías. Iba esposada y tenía un aspecto lamentable; despeinada y con la misma ropa que vestía cuando se la llevaron de casita.
Jackie se enfureció. No se sentía inquieto ni indefenso. Quería golpear a esos guardias. Y a los periodistas que había en la sala. Y a todos.
Llamó a su mami, pero entre el griterío que se montó cuando entró y que se habían sentado al final, ella no lo escuchó. Quiso bajarse de Sara y correr hacia ella, pero no le dejó. Furioso también con Sara, comenzó a mover su chupete y a hacer mucho ruido con él.
Durante el juicio, Jackie no entendía muy bien qué es lo que decían. Las palabras eran muy complejas para él. Sin embargo, nunca olvidaría el final. Cuando después de toda la perotata de los abogados, el juez declaró culpable a Karen Largue y la sentenció a 15 años de cárcel.
Jackie se puso aún más furioso. Se hizo pipí en el pañal. Era la primera vez que mojaba el pañal por estar furioso. Comenzó a saltar en su asiento. Los periodistas se percataron de su presencia y comenzaron a hacerle fotos a diestro y siniestro.
Todo iba muy rápido; mami se volvía a ir esposada y la marabunta de gente iba detrás de ellos. Jackie se guardó el chupete en uno de los bolsillos del peto por si se le caía y echó a correr detrás de ellos. Se coló entre las piernas y los cuerpos de la gente y casi llegó hasta su mami, pero unos brazos familiares lo rodearon. Se giró esperando encontrarse a Sara y soltarle una reprimenda, pero en su lugar, se encontró la cara hinchada por las lágrimas de Cindy.
-¡Cindy! –Jackie estaba incrédulo. Se lanzó a su pecho a llorar-. ¿Qué haces aquí?
-Verás, cielo –le contestó Cindy al tiempo que se le volvían a saltar las lágrimas-. No hay nada que pueda hacer ya por mi madre.

9 de febrero de 2016

Canción de Leche y Pañales - Capítulo 14

Aquí tenéis el decimocuarto capítulo de Canción de Leche y Pañales :)
Es más largo hasta la fecha, creo. No estoy seguro. Aprovecho también para recordaros que el apartado de esta historia no está completo por vete tú a saber que problema informático...
Bueno, no os entretengo más; disfrutad!!


Karen



Karen estaba sentada en el sillón de la habitación de su hijo. Tenía a Jackie en sus brazos mientras le daba de mamar. Jackie estaba realmente mono: se abrazaba a ella con sus bracitos y chupaba sus pezoncitos con su boquita para tomarse la leche. Karen lo acariciaba mientras su hijo se alimentaba de ella. Hacía dos días que habían tenido que abandonar el hotel, y Jackie había pasado los peores días de su vida. Karen se sentía especialmente furiosa por aquello. Jackie era su bebé. Y hacía cuanto podía para que no le faltase de nada. Aunque últimamente, a lo mejor incrementado por todo lo que había salido en los medios, se preguntaba si Jackie no era mayor ya para tomar teta, llevar pañales, tener chupete y dormir en cuna. Sin embrago, cuando lo veía aferrarse a su teta con sus manitas, se le olvidaba todo. Jackie había tenido 5 días muy inquietos: le habían humillado públicamente dos veces y para colmo, había perdido su chupete. Le habían comunicado a Jackie que un reportero lo encontró y lo estaba subastando en internet. Y según parecía, la puja estaba alcanzando grandes cotas de dinero. Karen pensó en pujar durante un instante cuando se enteró, pero luego pensó que el chupete podría estar sucio, o que incluso podrían haberle instalado un chip localizador y saber dónde estaba su bebé en cualquier momento. De todas formas, se preguntaba quién podría pujar por un chupete de su hijo, porque era inconfundible que el chupete era el de Jackie: amarillo con su nombre escrito en el asa. Ella quería comprarle un chupete nuevo, uno que estuviese a la altura de Jackie Largue, pero Cindy se había adelantado. Ayer, un día después de la salida del hotel, apareció con un chupete naranja corriente que habría comprado en una tienda de barrio. A Jackie le encantó, le dio las gracias, un fuerte abrazo y la cubrió de besos antes de ponerse el chupete en la boca. Karen sintió envidia. Por un momento pensó que Cindy quería quitarle a su bebé y se le pasó por la cabeza despedirla. Sin embrago, a Jackie se le veía muy feliz con ella. Karen frunció los labios, y con la más falsa de sus sonrisas le dio las gracias a Cindy y le dijo a Jackie que estaba muy guapo con su nuevo chupete.
En ese momento, Cindy estaba guardando la ropita de Jackie en su armario. Jackie estaba concentrado en mamar. Karen pensó que eso era algo que nunca le podrían quitar; ella era la única que podía darle la teta a Jackie. Y eso era lo que a Jackie más le gustaba del mundo. Karen lo miró con ternura: Jackie mamaba con los ojos cerrados chupando su pezón. Separó los bracitos de la cintura y enganchó la teta con las manitas para colocársela mejor. Karen lo agarró por si se caía y comenzó a darle palitos en su pañal. Jackie le sonrió y se le salieron unas gotitas de leche. Karen se las limpió de la comisura de los labios y él siguió mamando. Paró un momento y se llevó las manos a la parte delantera del pañal.
-Me he hecho pipí, mami –dijo.
-¿Te has hecho pipí Jackie? Bueno, pues  termina de tomarte la tetita y luego te cambio el pañal, ¿vale, mi bebé?
-Vale –y volvió a pegar los labios al pezón y a seguir mamando.
-Señora –Cindy se había acercado hasta donde estaban. Llevaba el móvil en la mano-. Es de mi casa. Y es importante. ¿Puedo salir fuera a hablar?
-Sí.
No le hacía especialmente gracia que Cindy abandonara su puesto de trabajo, pero así estaría separada de Jackie. Sabía que esta era una rabieta infantil, pues Cindy era la niñera de Jackie y tenía que pasar tiempo con él.
Volvió a mirar a su hijo mientas mamaba. Iba vestido sólo con un body por lo que su abultado pañal se notaba mucho. A Karen le encantaba que Jackie fuera todavía un bebé. Lo miró con mucha ternura. Jackie mamaba concentrado en la tarea y ella le acariciaba el pelo. Parecía tan débil, tan indefenso. La necesitaba para protegerlo. Para que a su bebé no le pasase nada.
De pronto, Karen entro con la cara descompuesta.
-Señora –parecía muy nerviosa -. Tengoqueirmeamicasaseñora.
Karen no la entendió muy bien. O no quiso entenderla.
-¿Perdona? ¿Cómo dice? Me has hecho creer, Cindy, que querías irte a tu casa.
-No es que quiera irme, señora. Es que debo irme. Además, ni siquiera voy a mi casa. Voy al hospital. Han ingresado a mi madre –parecía realmente apurada.
Jackie despegó los labios del pezón y miró a Cindy con cara de preocupación. Karen intentó que se volviera a enganchar a la teta pero no había manera. Así que se guardó su enorme seno. Pero lo que más le molestaba era que tenía que dejar que Cindy se fuera.
-Está bien, Cindy. Puedes irte –accedió de mala gana.
-Muchas gracias, señora –hizo una pequeña reverencia-. Adiós, Jackie.
-Adiós, Cindy –dijo Jackie-. Espero que no sea nada.
-Gracias, corazón.
-Ya puedes irte, Cindy.
La chica salió rápidamente.
Jackie se volvió a girar contra ella y le metió la mano por la blusa para sacarle la teta.
-Sigo queriendo teta, mami.
-Toma, mi amor –y Karen se sacó una teta y se la volvió a ofrecer a Jackie, que inmediatamente pegó los labios y siguió mamando.
Estuvo un ratito más tomándose la teta. Jackie no paraba de pedirle teta los últimos días. Desde que le humillaron a la entrada del hotel no quería otra cosa que mamar. Hecho que se intensificó con la humillación en su salida. De hecho, casi no se alimentaba de otra cosa. Sólo quería su leche. Así que últimamente las tomas de Jackie se habían hecho más largas. Y a la misma vez, ella producía más leche. Su interior sabía que a su bebé no podía faltarle de nada, así que mientras Jackie quisiera leche, ella iba a producirla. Cuando Jackie se cansó de mamar, Karen lo cogió para ir a cambiarle el pañal. Lo puso sobre el cambiador y le quitó los botoncitos del body. Se lo levantó un poco para dejar al descubierto el pañal. Jackie empezó a agitarse.
-Chupete… Mami, quiero chupete… -decía.
Karen fue hasta la cuna y allí lo encontró, revuelto entre las sábanas de su bebé junto a Ronnie estaba el chupete que Cindy le había comprado. Se lo llevó a Jackie y se lo puso en la boquita, e inmediatamente empezó a moverlo. Ahora sí que pudo proceder a cambiarle el pañal.
Le desabrochó las cintas y le separó el pañal del cuerpecito, le levantó las piernas y lo extrajo. Le limpió cuidadosamente y de manera muy tierna. Jackie le sonreía y se reía de manera muy graciosa. Cuando ya estuvo limpio, Karen cogió un pañal nuevo, le levantó de nuevo las piernas, se lo pasó por debajo y luego entre las piernas, se lo ajustó y le abrochó fuertemente las dos cintas adhesivas. Jackie ya estaba cambiado. Se llevó las manitas al pañal y se río con esa risita de bebé tan suya. Karen le volvió a abrochar los botoncitos del body lo levantó en peso. Le encantaba cambiarle el pañal a Jackie. Era lo que más le gustaba después de darle teta. Jackie estaba muy vulnerable y le encantaba ver su reacción cuando ya tenía un pañal sequito. Jackie bostezó y se abrazó a ella. A pesar de que era por la mañana, se ve que tenía sueño. Y no podía reprochárselo, había pasado unos días muy malos. Llevó a Jackie hasta la cuna y lo dejó dentro. Jackie gateó hasta donde estaba Ronnie y se abrazó a él, haciéndose un ovillo. Karen lo arropó y le dio un beso en la frente. Fue hasta la ventana y bajó la persiana. Con la habitación a oscuras, ya se oía el chupeteo de su hijo. Encendió la luz para no tropezar y salió cerrando la puerta con mucho cuidado.
En el pasillo, Karen suspiró. Se acomodó bien las tetas dentro del sujetador y se dirigió a la cocina. Cuando bajó al hall se encontró con Sara, la sirvienta más joven.
-¿Y Gertrudis? –le preguntó-. ¿Tampoco ha venido a trabajar hoy?
Gertrudis era la sirvienta que más tiempo llevaba trabajando en la Mansión Largue. Su ausencia sin justificar no tenía buena pinta.
-Llámala a su casa, Sara. No vaya a ser que le haya pasado algo –le dijo a la criada.
-Sí, señora. Enseguida, señora –dijo-. Pero mientras tanto, la señora tiene una visita. Le espera en la sala del fondo.
¿Una visita? ¿De qué se trataba para que fueran a visitarla a su casa? A lo mejor era Roderick Marsell, que iría a verla para aportarle el capital que le faltaba a Modas Largue. Con todo el jaleo de lo de Jackie, ya casi se había olvidado que el motivo de ir al hotel era para conseguir que la empresa de Marsell salvase Modas Largue.
Cuando llegó a la sala, no se encontró con Roderick Marsell, sino con Alicia Sanders. Parecía muy preocupada.
-Señora –se puso de pie en cuanto entró -. Ha habido un terrible problema en Modas Largue, señora.
-Siéntate –le dijo con amabilidad señalando el sofá-. ¿Qué es lo que ocurre?
-Su criada, Gertrudis, ha aparecido muerta de un disparo en la Sala de Juntas.
Karen trató un rato de asimilar lo que acababa de oír. ¿Qué tenía que ver Gertrudis con su empresa?
-¿Qué estás diciendo Alicia?
-Y eso no es todo, señora. También ha aparecido muerta, y también de un disparo con una bala del mismo calibre, la encargada de la Sala de Juntas, Emma Blanc.
Karen estaba en una especie de estado de shock.
-¿Un atraco? –fue lo primero que se le ocurrió. ¿Pero Gertrudis que pintaba en eso?
-No, señora. No se llevaron nada. Pero quien quiera que fuera, lo hizo desde dentro. Desconectó las cámaras de seguridad porque conocía los códigos. Y nadie sabe todos los códigos de las cámaras de segurdad excepto usted. Por lo tanto…
-… Se trata de un complot –terminó Karen.
-Alguien quiere desacreditarla, señora.
Karen tenía un nombre en mente desde el principio.
-Florth Vincent. Odia a mi familia más que nadie.
-Pero no es el único que tiene motivos. Todos los del Consejo de Administración quieren verla en la calle.
-Y además son ellos los que conocen el resto de códigos para desactivar las cámaras. Pero sigo sin saber qué pinta Gertrudis en todo esto.
-Lo averiguaré, señora.
Karen estaba realmente nerviosa. La situación la sobrepasaba.
-¿Qué me aconsejas que haga, Alicia?
-Que espere, señora. Usted es inocente. Esta situación se aclarará. Yo me encargaré de eso. Usted quédese con su familia. Su hijo la necesita.
-Muchas gracias, Alicia. Eres una gran trabajadora… Y una gran amiga.
-Sólo hago mi trabajo, señora.
-Llámeme Karen.
-Sólo hago mi trabajo, Karen –sonrió.
Karen se dio cuenta de que Alicia podía ser la única persona en el mundo que de verdad podría llamar amiga. Porque tampoco había vuelto a saber nada de Roderick Marsell ni de su capital desde que hablaron en el baile de la cena del Wallace Place.
Alicia salió de la habitación. Karen sentía unas ganas enormes de llorar. Los del Consejo de Administración le habían tendido una trampa. Querían eliminarla. Y habían recurrido a una táctica que hasta ella consideraba ruin. Pero no podían salirse con la suya. Ella iba a ganarles. Por Jackie. Oh, Jackie. ¡Cuánto sufriría su bebé si a ella le pasase algo! Pero no le iba a pasar nada. Alicia era eficiente y lo conseguiría. Encontraría la relación entre las dos balas y Flotrh Vincent. Todo esto llevaba su firma. Parecía que después de tantos años, por fin se había vengado de la familia Largue. Le había quitado a Karen el control de la compañía. Pero no, no lo había hecho. No aún. Se puso tan nerviosa por su hijo que le dio una subida de leche y manchó la blusa.
Se maldijo a sí misma y salió corriendo de la sala. Llegó hasta su habitación sin tropezarse con nadie. Se quitó la blusa y el sujetador y vio que goteaba leche desde sus enrojecidos pezones. Se limpió con un pañuelo y maldijo que Jackie estuviese durmiendo para poder acercárselo a su teta, pero afortunadamente tenía un sacaleches en su habitación. Se lo pegó al pezón y empezó a sacarse la leche. Se sintió más aliviada. Evidentemente, no era lo mismo que cuando Jackie mamaba de sus tetas pero le valía para el momento. Se quedó toda la mañana en su habitación, pensando. Ni siquiera bajó a comer.
A media tarde, sonó por su vigila-bebés la voz de Jackie.
-Mami, estoy despierto. Tengo hambre.
Karen salió enseguida para su habitación. Era normal que Jackie tuviese hambre, pues no había comido nada en todo el día. Sólo su teta. Y seguro que ahora quería más teta. Y ella estaba encantada de que su bebé pegase sus labios a su pezoncito.
Entró y lo encontró de pie en la cuna, apoyado en los barrotes. Estaba realmente adorable. Con su chupete, sosteniendo a Ronnie con un bracito y con el abultado pañal que se notaba debajo del body.
-Mami, tengo hambre –le dijo cuando entró-. Y tengo pipí.
-¿Qué mi bebecito tiene pipí en su pañal? –le dijo con voz dulce al tiempo que lo aupaba-. Pues vamos a cambiarle enseguida –y le hizo cosquillitas en la barriga, con lo que se rió muy infantil.
Tumbó a Jackie en el cambiador, éste agitó sus extremidades inquieto. Karen lo tranquilizó con un chisteo muy dulce y él se abrazó a su peluche y dejó que su mami le cambiase de pañal. Karen le desabrochó el body, y se lo quitó. Durante un instante, contempló a su bebé llevando sólo un pañal y un chupete, y abrazado a su peluche favorito. Estaba tan mono, tan vulnerable. Sintió muchas ganas de darle teta pero antes tenía que cambiarle el pañal. Abrió uno de los cajones de abajo y sacó un pañal. Lo puso al lado de Jackie mientras le quitaba el que llevaba puesto. Le desabrochó las cintas, le levantó las piernas y lo extrajo. Le limpió y le volvió a levantar las piernas para ponerle el pañal. Le pasó la parte del culete por debajo y luego el resto por la entrepierna. Le pasó la parte del pañal por delante y se lo sujetó muy fuerte con las 2 cintas adhesivas. Jackie se agitó en el cambiador, contento de estar sequito.
Karen fue hasta el armario para coger un pijama mono y ponérselo. A Jackie le encantaba estar en casa con esos pijamas, no llevarlos sólo para dormir; además, estaba muy mono con ellos.
Al volver al cambiador, Jackie estaba moviendo su chupete muy rápido.
-Mami, quiero teta.
-Sí, Jackie. Ya lo sé –le dijo mientras le acariciaba el pelo -. Y mami te va a dar de su tetita después de ponerte el pijamita, ¿vale, mi amor?
-Vale –le dijo sonriendo.
Karen le puso el pijama a su bebé con mucha delicadeza y ternura. Después, lo tomó en brazos y empezó a acunarlo. Llevó a su hijo lactante de 12 años hasta el sillón de la habitación, cuya única utilidad era precisamente esa: darle la teta a Jackie. Karen se sentó y luego puso a su bebé sobre su regazo. Le quitó el chupete, y Jackie ya estaba haciendo el gesto con su boquita de mamar. Se empezó a agitar y Ronnie se cayó al suelo. Karen se abrió la blusa y se sacó un pecho por debajo del sujetador. Jackie se estiró un poco hacia arriba para enganchar el pezón con sus labios y empezó a mamar. Karen lo abrazó mientras Jackie tomaba su teta. Sentía como Jackie le sacaba la leche y le agarraba la teta con sus manitas. Su bebé se acurrucó más contra ella. Karen le iba dando golpecitos en el pañal y le acariciaba sus mechones de pelo. Jackie se estaba tomando la teta con mucha ansia. Mamaba y mamaba y se acurrucaba más contra ella.
De pronto la puerta se abrió de repente. Un hombre vestido con un traje marrón, una camisa blanca y una corbata roja portaba una placa en la perchera de la chaqueta. Le seguían dos policías; y detrás iban Sara y Concepción.
-Señora Largue, soy el teniente O’Callahan, Distrito de Los Ángeles. Queda usted detenida como sospechosa del asesinato de Emma Blanc y Gertrudis Talafé. Tiene derecho a un abogado y a guardar silencio. Todo lo que diga podrá ser usado en su contra.
Un policía la levantó mientras el otro le apartaba a Jackie de su teta. Jackie se resistía a dejarla. No separa su boca de su pezón, ni sus brazos de su cintura.
-¡¡¡¡MAMIIIIIIII!!!! ¡¡¡No os la llevéis!!! ¡¡¡¡MAMIIIIIIII!!!!!
Haciendo mucha fuerza, por fin consiguieron separarlo de ella. El policía le pasó su bebé a Sara. Karen también se resistía.
-¡¡Mi bebé!! ¡¡¡Soltad a mi bebé!! ¡¡¡Soltadlo por favor!!! ¡¡¡Soy inocente!!! –se agitaba como una loca mientras el policía la retenía y el teniente O`Callaham le ponía las esposas-. ¡¡¡Dejad al menos que termine de darle la teta!!! ¡¡¡MI BEBEEEEEEEEEE!!!!
-¡¡¡¡¡MAMIIIIII!!!!! –gritaba su hijo en brazos de Sara, extendiendo los suyos hacia ella.
Y así, a rastras, esposada y con una teta fuera que goteaba leche, Karen Largue abandonó la mansión que llevaba su apellido.

20 de enero de 2016

Canción de Leche y Pañales - Capítulo 13




Robert



Robert McKenzie llegaba tarde a la reunión de ese día. Lo habían avisado con muy poco tiempo. La noche de antes. Cuando habían tenido lugar los acontecimientos. Al parecer, en la presentación del hijo de Largue en la cena del Wallace Place, a la que ningún otro directivo de Modas Largue había acudido para mostrar su rechazo hacia Karen Largue, éste se había mostrado llevando un pañal y comportándose como un bebé. Y su salida del hotel al día siguiente en un carricoche y llevando chupete y nuevamente un pañal lo había confirmado. Robert se frotó las manos aquella noche. Se la pasó entera viendo todas las tertulias de la prensa amarilla y saboreando el final de Karen Largue. Lo que habían planeado los miembros del Consejo de Administración de Modas Largue como un empuje para la compañía se terminó convirtiendo en algo mucho mejor: la caída en desgracia de Karen Largue. Esa mujer estaba acabada. Ella lo sabía. Ellos lo sabían. Sólo quedaba cronometrar lo que tardaba en estrellarse contra el suelo. Realmente había sido un golpe de suerte que el hijo de Karen y John Largue fuera aún un bebé.
Robert iba relajándose en el coche. Su chófer conducía tranquilamente y él iba aún más tranquilo en la parte de atrás leyendo el periódico. Una foto de John Largue Jr. ocupaba la portada. En ella se veía al crío tirado sobre el suelo, bocarriba, agitando sus extremidades mientras lloraba y llevando un pañal al descubierto. Parecía muy poco probable que el niño se hubiera bajado el pantalón el sólo allí en medio, pero no se veía ninguna mano tirando del mismo. Robert suponía que habían sido los periodistas quienes le habían bajado los pantalones y luego eliminado sus manos con Photoshop para publicar la imagen. De hecho, se podía apreciar como el suelo no era igual en su conjunto.
Sonrió. La ayuda de la prensa era fundamental para derrocar y mantener tiranos en el poder. Miró su reloj. Si seguía retrasándose le costaría una reprimenda del Consejo de Administración. Poseía el 30% de Modas Largue, pero los auténticos jefes del Consejo eran Esther Lorrian y Florth Vincent. Sobre todo Florth Vincent, impulsado por su odio hacia los Largue.
-Es muy importante que tengamos la reunión mañana, Robert –le había dicho Florth, su amigo y compañero del Consejo el mismo día que Jackie salió del hotel-, Largue estará pasando el día en su casa meditando las consecuencias de lo ocurrido y es nuestra única oportunidad.
Su chófer llegó al edificio de la empresa.
-Ven a recogerme en una hora –le dijo mientras se bajaba del coche.
-Por supuesto, señor –le contestó sin mover la cabeza ni para mirarle.
Robert McKenzie era un hombre duro. Con sus trabajadores y con su familia.
Modas Largue estaba inusualmente vacía, pero se trataba de un día festivo.
Cuando llegó al penúltimo piso de la empresa le estaba esperando la encargada de esa planta.
-Le he dicho lo mismo a los demás miembros del consejo –le anunció-, que hoy no había convocada ninguna reunión.
-Es una situación extraordinaria, Emma –le dijo él secamente.
Cuando entró en la sala de juntas se encontró con Florth Vincent y con el resto de miembros del Consejo: Terry Gillbert, Evan Lincert y Esther Lorrian. Todos lo saludaron cuando ocupó su sitio.
-Bien, ahora que estamos todos –comenzó Florth-, podemos empezar con esta reunión no oficial de Modas Largue –hizo una pausa pero nadie dijo nada-. Todos sois conocedores de los sucesos ocurridos ayer en el Wallace Place. Al igual que yo, decidisteis no asistir por una razón de discrepancia con nuestra jefa. Y como predecimos todos, las acciones de Modas Largue han caído una cifra considerable desde que se le vio el pañal a ese crío, concretamente un 57%. Esto es una barbaridad caballeros. Deja esta empresa en una situación mucho más precaria y complicada de lo que ya se encontraba. Es por eso que Karen Largue, por su ineficacia como empresaria y su ineptitud como madre, debe abandonar esta empresa.
-¿Cómo predecimos todos? –la expresión de Florth había cogido por sorpresa a Robert
-Que Largue debe largarse es algo que ya sabíamos todos desde que ocupó su cargo tras la muerte de su marido –apuntó Esther sonriéndole-, sin embargo, creo que esto dejaría a Modas Largue en una situación muy comprometida. ¿Quién se quedaría al frente? ¿Nosotros?
-Desde luego, ese es el plan, Esther –contestó Lincert-. Pero creo que nuestro amigo Florth tiene una idea mejor.
-Sí. Así es. Propongo que el jefe sea, de puertas para afuera, su hijo: John Largue.
-¡¿Qué?! ¿¿Ese imbécil que lleva pañales?? –saltó Robert, olvidándose del comentario que había hecho Florth.
-De puertas para afuera, compañero. Aquí dentro, seguiríamos mandando nosotros.
-¿Entonces por qué poner al crío? –preguntó. Era evidente que se le escapaba algo
-Porque para la opinión popular…y de la prensa…sería mucho mejor que esto siguiera siendo considerado como una empresa familiar. El impacto sería menor. A primera vista la empresa seguiría siendo llevada por los Largue, pero nosotros actuaríamos desde la sombra. Mandaríamos desde la sombra. Nos enriqueceríamos desde la sombra. El crío sería simplemente una marioneta. Por Dios, todavía lleva pañales, no tiene que ser muy difícil de manejar.
-Precisamente por ese hecho de seguir llevando pañales me parece que va a ser muy difícil de manejar. Si su madre no ha conseguido ni siquiera quitarle el pañal, ¿qué te hace pensar que nosotros podremos manejarlo? –preguntó Esther.
-Su madre lo quiere, Esther. Ya te lo dije en la última reunión. Para nosotros es sólo un peón prescindible.
-Exactamente –corroboró Gillbert.
-Hazle caso al hombre del gato aplastado en la cabeza, Esther –dijo Florth riéndose. Desde que nos enteramos de lo del hijo de Largue, el plan se me vino sólo a la cabeza.
-¿De qué estáis hablando? –Robert estaba totalmente fuera de lugar- ¿Qué plan?
-El plan para echar a Karen Largue, Robert –le dijo Esther.
-El plan era que presentase a su hijo al mundo para que crecieran los beneficios. Aunque me encante la idea, nadie dijo de echar a Largue.
Los cuatro intercambiaron miradas cómplices.
-¿Quién se iba a creer que presentar al hijo de la jefa al mundo haría que aumentasen los ingresos de una empresa? –dijo Lincert mientras sonreía.
-Alguien tan estúpido como Karen Largue –respondió Florth mirando a Robert.
-Alguien tan estúpido que no tiene ni idea de cómo funciona una empresa.
-¿Qué queréis decir? ¡¿Qué sabíais que no funcionaría?! –Robert estaba que echaba chispas-. ¡¡¡Pues nos ha costado una caída de las acciones de un 75%, caballeros!!
-Siéntate, Robert –le dijo Florth.
Se dio cuenta de que se había puesto de pie en algún momento.
-Todo estaba planeado –le dijo Esther.
-¿Cómo que planeado? –preguntó mientras se serenaba poco a poco.
-Nosotros sabíamos que pasaría esto cuando le dijimos a Largue que mostrase a su hijo al mundo –le dijo Lorrian.
-¿Cómo que lo sabíais? ¿Queréis decir que sabías lo del…? –se paró de pronto. Las piezas empezaban a encajar.
-Sabíamos lo del hijo de Karen Largue.
-Sabíamos que lleva pañales, usa chupete, va en carricoche y… Ah, también sabemos que aún toma teta –dijo Esther sonriéndole.
-¿Cómo os enterasteis?
-Gertrudis, ¿quieres pasar, por favor? –Esther se giró en su asiento para mirar a la puerta que estaba detrás de la sala de juntas, que daba a un pequeño cuarto.
De su interior apareció una mujer mayor, con el pelo recogido en un moño y las manos juntadas delante a la altura de la cintura.
-Gertrudis lleva trabajando en la Mansión Largue 40 años –siguió Esther. Ha visto todos los secretos que esconde Largue dentro de sus protegidas cuatro paredes y se ofreció a compartir algunos conmigo a cambio de una generosa suma de dinero. Como sabéis, todo el mundo tiene un precio.
-La señora nunca me subió el sueldo en ninguno de mis años de servicio.
-Vaya, una criada despechada. Magnífico –río Lorrian.
-¿Lo sabíais todos? –les preguntó Robert.
-Así es –le dijo Esther.
-¿Por qué demonios nadie me dijo nada?
-Tienes el 30% de las acciones de la empresa. Era un plan muy arriesgado y no ibas a querer participar por si te arruinabas
-¡¡¡¿¿Y no estoy arruinado, maldición???!!! Las acciones han caído un 75%. ¡¡¡Estoy en la puta ruina, joder!!!
-Robert, cállate –le dijo seriamente Florth. Su amigo nunca le había hablado en ese tono-. Vamos a solucionar eso, te lo prometo. El plan ha salido a la perfección.
-¡Pues contadme como vais a arreglarlo, maldita sea. Qué. Todavía no. Vamos, que estoy esperando. Contádmelo –estaba realmente alterado.
Florth le dirigió una sonrisa y se giró hasta la criada.
-Gertrudis, realmente lo has hecho muy bien. Sin tu aportación, este plan no habría llegado ni siquiera a madurarse.
-Ha sonado como si fueras a decir ahora ‘’Pero tus servicios han llegado a su fin, ya no eres imprescindible’’ –dijo sonriendo muy nerviosa.
Florth empezó a reírse de forma muy exagerada.
-¿No creerás que esto es una película de mafiosos, verdad? – y volvió a reírse.
Los demás lo siguieron. Y hasta Gertrudis se río un poco.
¡BANG!
Florth tenía en su mano un revólver de la que salía humo del cañón. Gertrudis estaba tirada en el suelo, con un agujero en el estómago de donde salía sangre.
-Florth… Díos mío, Florth… -Robert se llevó las manos a la boca, horrorizado.
-¿Qué? Explícame porque es más noble dejar morir de hambre a las familias de tus trabajadores que pegarle un tiro a uno de ellos sin más.
-Has… Has perdido la cabeza… -no conseguía encontrar las palabras.
-Será mejor que alguien le dé un vaso de agua a nuestro amigo –dijo Esther.
Gillbert se lo llevó de inmediato.
-Bien, ahora que te has calmado un poco –prosiguió Esther-, vamos a explicarte el resto del plan.
-Karen ha caído. Está fuera del juego. El incidente con su hijo ha hecho que retiren sus acciones la mayoría de los brokers de Wall Street. No tiene ninguna excusa para permanecer en esta empresa, por mucho que lleve su nombre. Si quiere seguir viviendo dignamente, venderá su parte del capital por el precio que sea. Nosotros seremos quienes se lo compremos. Sacaremos la empresa a flote sin ella y los inversores volverán como cuervos a un festín de cadáveres. Tengo ya a tres seguros que van a invertir. La empresa saldrá adelante y nos habremos quitado al último miembro de la familia Largue.
-Te olvidas de su hijo, Florth –le dijo Robert.
-¡Por dios! –bufó-, ese crío todavía lleva pañales, ¿qué problema supone para nosotros?
-Es el heredero de Modas Largue.
-Si ni siquiera su padre ha mostrado el menor interés por la empresa que creó, dudo mucho que vaya a hacerlo su hijo –le dijo Lorrian.
-Además, no le queda ni un centavo a su familia para que pueda acceder como inversor. Si tienen suerte, podrá trasladarse con su mamacita a un pequeño apartamento.
Robert veía que el plan era muy inteligente. Y que había salido todo a pedir de boca. Pero aún había algo que se le escapaba.
-¿Cómo sabíais que se le vería el pañal en público?
-¿Qué quieres decir? –le preguntó Esther.
-¿Cómo sabíais que se le vería el pañal en público? –repitió. Es decir, sabíais que llevaba pañales, pero teníais que aseguraros de que se le iba a ver.
-Contábamos con la turba de ex trabajadores de la empresa –contestó Lincert-. Cuando Karen sugirió que despidiésemos a unos cuantos casi la hubiera besado. Eso ayudo a propiciar su caída.
Florth sonrió. Se dirigió hasta el aparador y sacó una botella de champán. Los cinco brindaron por una nueva era de Modas Largue.
Salían de la sala cuando se encontraron a Emma en la puerta.
-Me había parecido oír un sonido como de dispa… -se cayó cuando vio el cadáver de Gertrudis al fondo.

-Ay, Emma, ¿por qué no has mantenido la boca cerrada? –se lamentó sin mucha pena Florth. Sacó de nuevo su revólver y le disparó allí mismo.